miércoles 10 de marzo de 2010

Contra los bloggers

Como quien no sabe reírse de sí mismo no puede reírse de los demás, y como me gustar reírme de los demás, pego aquí esta diatriba de Renato Cisneros sobre los que, como yo, dedican algo de su tiempo a hacer esto que ahora hago. Tomada de Etiqueta Negra:
Celebro que existan los blogs, aunque no tanto los bloggers. No sé. Me da la impresión de que con el paso del tiempo fueron perdiendo su inventiva, al punto de convertirse en aburridos jueces omniscientes de la realidad. Tal vez sea la necesidad de persuadir a su auditorio; o tal vez estén acusando cierta falta de legitimación, pero hay algo que los está arrastrando progresivamente hacia una neurosis colectiva on-line. Quizá andan un poco aturdidos con todo el laberinto que se ha armado alrededor de ellos. Porque no hay que ser mezquinos: los bloggers todavía son una novedad; administran y canalizan información camuflada, atractiva; y muchos invierten sus inquietudes privadas como pretexto para formar comunidades. Hasta ahí todo bien.

El problema es que, de la noche a la mañana, muchos bloggers (o bloguers, o blogers, o blogueros, no sé ni cómo coño se escribe) empezaron a tomar demasiado en serio su simulado papel de fiscalizadores de todo lo que existe. Ahora se han agrandado, se sobrestiman. Ladran, sermonean, concluyen, pontifican. Se retan entre ellos, miden el alcance de su pretendida irreverencia, comparan el diámetro de su ombligo y se abrazan con interactivo cinismo. Pero no dejan de ser chistosos. Simulando una confraternidad que no les nace, organizan eventos en favor de ellos mismos, masajeando desproporcionadamente su autoestima. Y lo más feo: permiten que en sus vidas haya lugar para esa horrible combustión que produce el ego cuando se le suma la envidia.

No me gustan los bloggers porque son regularmente patéticos: se obsesionan con la cantidad de lectores que los visitan (y sobre todo con los que no los visitan) y con el número de comentarios que (no) les dejan. En eso se les va la vida. Pueden cortarles la luz y el agua; en sus casas puede faltar el acceso telefónico; pero si les quitan la conexión a internet, morirían de inanición: los mataría la invisibilidad, ésa de la que intentan torpemente escapar con cada post deslenguado y cascarrabias.

Me caen mal cuando se ponen a establecer rankings y estadísticas para ver quién es el blogger más leído de todos; pero me caen peor cuando se sabotean unos a otros insultándose desde el canalla zanjón del anonimato. Hasta en una olla de grillos, es más, hasta en un balde repleto de cangrejos, la convivencia entre las especies es más llevadera.

Definitivamente todo era más estimulante cuando los bloggers posteaban por el puro gusto de hacerlo, casi sin darse cuenta de cuán original era la propuesta que tenían entre manos. Bastó que algunos medios les reventaran cohetecillos para que se corrompiera el espíritu solitario y desfachatado que los reprodujo. Ahora se creen estrellas de la web, líderes de opinión, revolucionarios de una aparente causa digital que sólo existe en su ciberespacio mental.

¿Si yo también me veo así? Pues supongo que no puedo correrle del todo a esos efectos colaterales. En todo caso, la única manera que encuentro de contrarrestarlos es asumiéndome como un sujeto sin importancia que, entre las muchas cosas que hace para sobrevivir con dignidad, escribe un blog con la misma prosaica naturalidad con que un plomero se tira al suelo para cambiar una tubería.

lunes 8 de marzo de 2010

FVallejo: "El hombre es una basura, un asco"

 
Fernando Vallejo. Foto: AFP.
Fernando Vallejo es uno de esos escritores que no son sólo sus libros. Porque cuando sale de la letra impresa de sus libros, se sale de verdad, como en esta entrevista publicada hoy en Público, en donde, entre otras cosas, llama farsante a Gandhi, dice que el ser humano es un asco y que la humanidad entera no tiene salvación:
Porque no cree en nada y dispara a todo lo que suene a poderoso es uno de los autores más sugerentes y polémicos. Ahora aparece El don de la vida, una novela protagonizada por alguien que piensa como el propio Fernando Vallejo (Colombia, 1942) y suena a testamento escrito desde el sarcasmo más lúcido.
¿Para qué sirve la literatura?
Para desenmascarar a los impostores y molestar a los tartufos. Eso a mí me produce un placer casi sexual.
¿Cuáles son los límites?
Que me maten.
¿Para qué ha quedado hoy la novela entre la muerte de lo visual y lo provocativo?
El único camino que le veo es el de la primera persona, el del narrador que habla en nombre propio y cuenta la verdad. No el del novelista omnisciente que inventa y miente.
¿Cuántas vueltas de crueldad y absurdo resiste la realidad?
La realidad es absurda, cruel, monstruosa, desquiciada, delirante, y sólo la Muerte [el autor la prefiere en mayúscula] nos libra de ella. La vida es una desgracia.
¿Es ‘El don de la vida' un ideario con traje de ficción?
El don de la vida no es más que un título con una aliteración de tres letras "d" dispersas en seis sílabas.

¿Es ‘El don de la vida' un purgatorio?
De ser algo más que las seis sílabas que te digo con las tres "d", sería la providencia de Dios expresada en la bendición de la Muerte.
¿Cuál es su verdad?
Ninguna, es un engaño, un libro mentiroso.
En los diálogos del libro usted se arrincona sin pudor. ¿Es la muerte el espejo de uno mismo?
No, yo no estoy ahí. Ahí lo que hay es un loco dividido en dos, con el alma partida.
¿Para qué limpiar el alma, para ser Gandhi?
El alma es un espejismo de las neuronas y Gandhi era un farsante que no fue capaz de dejarse morir de hambre. Los que sí se dejaban morir de hambre eran los albigenses del siglo XIII, cuando llegaban a lo más alto de su perfeccionamiento espiritual.
Hay referencias a Heidegger y a su olvido, ¿filosofía para qué?
En sus 2.500 años de existencia la filosofía no ha hecho más que plantearse falsos problemas, problemas necios, insolubles, que embrollan más las cosas. De toda ella sólo salvo dos frases, la de Heidegger: "El hombre es un ser temporal y contingente lanzado entre dos nadas"; y la de Sartre: "El infierno son los demás".
Colombia no sale bien parada en el libro, ¿qué esperanzas tiene el país?
Colombia ninguna. Y España tampoco. Y como Colombia y España el resto de la humanidad. La especie del Homo sapiens está perdida. Hoy más que nunca. No tenemos salvación.
"Sólo la Muerte nos libra de la realidad. La vida es una desgracia"
¿Qué faltas suyas le suponen mayor indulgencia?
Durante buena parte de mi vida me comí a los animales: a las vacas, a los cerdos, a los pollos, a los peces... Y esa infamia mía no tiene perdón del cielo, me siento un criminal. Sólo en estos últimos años me he podido quitar de los ojos la venda moral que me puso el cristianismo y he logrado ver a esos animales que te digo como mi prójimo. Que es lo que no alcanzó a ver el loquito de Galilea.
¿Hay alguna esperanza de cambio para el hombre?
El hombre es un animal confuso, de mente cambiante y caótica que le hace creer que es la gran cosa pero no, es un pobre simio atropellador y mentiroso. El ser humano es una basura, un asco. Que se acabe.
¿El libro electrónico es un enemigo o un amigo?
No te preocupes por el libro electrónico, que no va a alcanzar a desplazar a otro porque antes explota esto. Esa es mi gran esperanza, la última que me queda, la de la gran explosión.
¿Cuál es el peor enemigo de la democracia?
La democracia es una alcahueta del delito, prefiero la tiranía.

domingo 7 de marzo de 2010

Contra los novelistas

Como casi siempre ocurre, el texto que sigue (escrito por Enrique Prochazka y publicado originalmente en Etiqueta Negra) afectará emocionalmente a más de uno, como ocurrió con un texto gemelo de éste, titulado "Contra los poetas"; pero tampoco serán muchos los afectados (por lo menos en H, pues en H novelistas hay muy pocos). En cualquier caso, leamos:
Pese a todo lo que se habla acerca de los placeres de la lectura, yo no puedo leer novelas por placer. Así, no he leído novela alguna de Fuguet, Kureishi, Pérez Reverte, Bolaño, Cervantes, Allende, Hemingway, Roncagliolo. Quizá porque se ocupan de cosas que no me seducen, como la vida y lo cotidiano. Para orientar mis no-lecturas mis mejores guías son la publicidad y las recomendaciones. Si algo o alguien me recomiendan algo, pierdo las ganas por completo. Leyendo reseñas y escuchando sugerencias descubro que en estas novelas la gente hace cosas que yo nunca hago, mientras que yo practico muchas conductas en las que los personajes de novelas rara vez incurren. Cuando ocasionalmente leo una novela lo hago porque me obligo a hacerlo, siempre a partir de una sorpresa que atañe a la inusual valentía o talento del personaje, virtudes que me dicen que, si insisto en la lectura, quizá aprenda algo.

No es que juzgue que las novelas de estos autores sean malas (aunque, según la certera Ley de Sturgeon, el noventa por ciento de todo es basura). ¿Cómo saber que una novela es mala, si ella constituye su propio antídoto? Se extingue en la mesa de noche. Simplemente, sucede que son novelas. Se dirá que yo mismo las escribo, pero al hacerlo me rehúso a degradar la estupefacción en anécdota, la grisura del día a día en un argumento que te envuelva, en unos personajes que aspiren a parecer reales. Naturalmente: si no puedo leer sobre ellos mucho menos puedo escribirlos. Lo cotidiano, tu día a día, me importan un pito.

Las mejores cosas que se han dicho contra los escritores las han dicho ellos mismos. De cierta novela, Dorothy Parker señaló que «no era como para dejarla de lado así no más: había que arrojarla lejos, con mucha fuerza». Insuperable es Groucho, quien con una esquela condenó al anonimato a un autor en el más imbatible y citado de sus garrotazos. «Estimado Sr. Tal: desde el momento en que tomé su libro entre mis manos no he podido dejar de reírme. Espero leerlo algún día». Diera la impresión de que escribir novelas es lo más fácil del mundo, con tanto incontinente que lo hace; allí está la conocida queja de Cioran: «Escribir una novela sin argumento está muy bien, pero ¿para qué escribir diez o veinte?».

Pero no abruma sólo la inflación de novelas, sino además la pobreza de los recursos con las que se las redacta. Es penoso que casi siempre se escriba desde las simas de la ignorancia. Demasiadas novelas parecen nacer de esta pulsión extraña que aquejó a Gibbon (denso contador de historias, si bien no novelista) quien confesó que una mañana «desprovisto de una educación original, deshabituado a los hábitos del pensamiento e incapaz en las artes de la composición, resolví escribir un libro». Por eso renuncio a escribir de lo que no sé, y así investigar es para mí la causa formal –más que la eficiente– de todo lo que escribo. Y uno escribe porque está disconforme con lo que esta leyendo.

Al oficio de novelista se dedican, las más de las veces, personas que buscan la figuración por razones endocrinas. Se agitan como locos bajo la presión de las editoriales, que por las necesidades del márketing hacen del novelista un personaje mediático si no ha logrado hacerlo ya él o ella primero para parchar sus deficiencias, si no enzimáticas, sin duda afectivas. Los flashes simulan mal el cariño, pero a veces esta prostitución es lo único que se tiene. Se la maneja mejor soportada, si acaso, por el desprecio. No en vano Jules Renard anotó que escribir es la ocupación en la que uno continuamente trata de demostrar talento ante quienes no tienen ninguno.

Así la vida del novelista exitoso se convierte en la vida de una vedette. Algunos apuran pasos y antes de ser buenos, o siquiera famosos, ya son exitosamente malditos: diríase que por superstición, como quien toca madera o se persigna. A veces, muy raras veces, los novelistas tienen poder.

Lo más probable es que los lectores de esta nota no hayan leído mis libros. A eso me dedico. Un novelista ha dicho que yo sólo escribo para mí mismo; pero es mejor escribir para uno mismo y no tener público, que viceversa.

Y sin embargo sí leo novelas. Son siempre las mismas ocho o diez. Hace un par de décadas eran quince o veinte. Con un lápiz, en las márgenes de las que quedan, voy subrayando quién soy. Quizá, al final, lo averigüe.

Una memoria mala


En el ABCD las Artes y las Letras, J.J. Armas Marcelo se despacha un texto alusivo a Egos revueltos, el libro sobre el que responde Juan Cruz, su autor, en la entrada anterior de este blog. ¿Qué se tendrán (o se habrán tenido) estos dos?
Detesto a los escritores (que dicen) que escriben para que sus amigos los quieran más. Son unos impostores que terminan por traicionar (a cambio de un plato de lentejas) a los amigos que dicen querer tanto. Conozco muy bien el caso famoso de uno de esos escritores cínicos que intentó ligarse a la mujer de su íntimo amigo. El intento frustrado le costó al genio un puñetazo del airado marido, un puñetazo en público, inolvidable y suntuoso. Conozco el caso de otro de esos escritores, mamones y querendones, que se iba de burdel con su mejor amigo y, cuando se despedían tras la juerga, llamaba por teléfono a la mujer de aquel amigo tan íntimo suyo para contarle cada uno de los episodios prostibularios en los que andaban juntos.

«Por ti, yo soy capaz de arrancarme un brazo», le dijo uno de esos escritores aparentemente íntegros a uno de sus amigos escritores que le había pedido el voto en un premio donde él era jurado. «Lo que pasa es que yo tengo un solo voto... y ya sabes...» Al final, se alió con los oficinistas del odio y la envidia, y no lo votó. Jo, que tropa, diría Romanones.

He leído Egos revueltos porque está escrito por alguien que dijo siempre que escribía para hacer amigos, y porque habla de amistad y de sus amigos (algunos de los cuales me consta que también lo son míos). Es una memoria blanda, maquillada de bondad y merengue dulce, escrita en una prosa empalagosa y apalanganada que busca repetir que su objetivo es querer cada vez más a los amigos, citados profusamente y de manera conveniente. En este Olimpo de la memoria literaria, todos los escritores grandes (salvo Cela, que está en los infiernos, también en la comedia divina de esta memoria) son ángeles santos sin mezcla de mal alguno y la Mamá Grande, Nuria Monclús (para José Donoso), que en Egos sale con su propio nombre, es una dama catequista.

Al autor nadie le hizo daño nunca, por lo que no cae en el pecado del ajuste de cuentas, ni -por supuesto, sólo faltaba- él, el autor, ha matado jamás una mosca, ni ha roto un plato; va por la vida de bueno y no fue jamás agente activo de ninguna canallada o ruindad evidente. Es, pues, el autor, el más santo de todos. En lo que a mí respecta, una cita neutra, le recordaré que fui yo quien lo llamó a él para que viniera al barco, en Tenerife, a conocer a Vargas Llosa. En la casa del pintor Machado, en Vistabella, no estaba Emilio Sánchez-Ortiz, sino Elfidio Alonso. Vargas Llosa no se puso nervioso porque el autor no dejaba de hacerle preguntas, sino porque alguien que acababa de conocerlo -él, que ha llegado a ser ahora uno de sus mejores amigos- le puso delante una de sus novelas, creo recordar que era Pantaleón y las visitadoras, y le dijo: «Tú escribes ahí «Para Pilar y para Juan, con amor», y firmas». Vargas Llosa le entregó el libro y le contestó, irritado, con cara de indio londinense: «¡Escríbelo tú y yo te lo firmo!».

Impreciso, pretencioso, rodeado de «amigos», el autor de Egos (Higos, dice José Esteban) se larga una memoria mala del Olimpo literario, que antes tengo la impresión de que fue un libro inédito de entrevistas y, después, un ensayo personal del boom tipo Donoso, y ha terminado por ser «una memoria personal de la vida literaria». Además, no todos los episodios los cuenta como fueron, sino como le conviene a su memoria, incluso alguno de los más delicados, en los que por mucho que diga «yo estaba por ahí», nunca estuvo presente. En fin, nada nuevo bajo el sol de esta literatura nuestra cuyos prestigios se hacen con estas vainas de memorias, puro régimen, donde lo políticamente incorrecto no es encontrable ni con lupa y el empalago es como un helado de fresa repetitivo y onanista.

Se atribuye a Octavio Paz una anécdota que el autor no cuenta y que, para terminar esta intemperie, me conviene -por políticamente incorrecta- contarles. Una vez, el autor de Egos le pidió a Octavio Paz que le firmara uno de sus libros recién publicado. El Nobel mexicano, cansado del revoloteo insaciable del periodista, tomó el libro en sus manos y le espetó en letra bien grande y clara: «A Juan Cruz, más cruz que Juan».

martes 2 de marzo de 2010

JCruz: "Tengo un ego instantáneo, de usar y tirar"

 
Juan Cruz. Foto: JUAN MANUEL PRATS.
De El Periódico me traigo esta entrevista de Elena Hevia a Juan Cruz, autor del libro Egos revueltos:
No es Dios. Pero conoce el secreto de la ubicuidad, que no es truco de feria, sino laboriosidad, hiperactividad. A Juan Cruz (Tenerife, 1948), hoy director adjunto de El País, le tocó bailar como editor y como entrevistador con Borges, Cortázar, Cabrera Infante, Günter Grass, Francisco Ayala y Manuel Vázquez Montalbán, entre otros, y así lo evoca, con amor y humor. Y aunque él también chupe plano en esta feria de las vanidades, afirma no haber querido salir guapo.
Egos revueltos. ¡El título de su libro prometía más cotilleo y más ajustes de cuentas!
–Es que no estoy dotado para eso y no me siento cómodo. Hay una frase en El gran Gatsby que refleja bien mi intención: «Siempre que quieras criticar a alguien, solo recuerda que todas las personas en este mundo no han tenido las ventajas que has tenido tú».
–Por eso excepto Marina Castaño, viuda de Cela, apenas nadie se le va a ofender.
–No crea. Sí que hay gente que se ha enfadado, pero mi intención no era crear malentendidos, sino más bien deshacerlos.
–¿Conocer a los escritores en zapatillas destruye el encanto inicial de su lectura?
–No siempre. Los escritores son como sus libros. Charlar con un impertérrito Vargas Llosa sobre Picasso en una playa de Perú rodeado de insectos, eso es Zavalita [el de Conversación en La Catedral], rodeado de peligros en Lima. Delibes cabreado es Delibes y Borges cantando en islandés en un restaurante de Madrid no hace más que lo que se espera de él.
–Comprende usted muy bien todos esos egos tan bien constituidos.
–Es que los he querido mucho.
–¿Incluso a Cela? Ese plusmarquista de la egolatría.
–Es uno de los egos más grandes, sí. Pero no el único. Octavio Paz, por ejemplo, tenía un ego equiparable.
–Pero es difícil imaginar a Paz partiéndose de risa en un avión leyendo uno de sus propios libros como sí hizo Cela.
–¿Y qué le parece corregir palabra a palabra una entrevista que yo le hice a su mujer? Esa anécdota compite con la de aquel escritor cuyo nombre está en el libro, pero a quien no quiero señalar, cuya mujer manda una notita a los contertulios de una velada diciendo: «Llevan ustedes media hora hablando, y como no han dicho nada de mi marido, él se está deprimiendo».
–Es Pablo Neruda. ¿Por qué no quiere decirlo?
–Porque cuando cuentas las cosas en los libros, como hay más contexto, se entienden mejor.
–El libro, con tanto muerto convocado, tiene también un perfume melancólico de fin de época.
–Lo escribí entre el 2008 y el 2009, unos años devastadores. Murieron, entre otros, Rafael Azcona, Ángel González, Mario Benedetti. Simbólicamente, fue la despedida a un tiempo. El libro es como un abrazo que lamenta la pérdida, pero agradece el resplandor.
–También es una memoria anegada en alcohol.
–Entonces bebíamos mucho y en algún caso nos drogábamos con hachís. Como editor acompañé a muchos escritores hasta el último segundo de su último whisky. Con Ángel González, Caballero Bonald, Sabina o Javier Rioyo... Recuerdo aquellos tiempos como una época de alcohol, alegría y noche. No sé de dónde sacaba tanta energía.
–«El día que no recordé el teléfono de mi madre dije hasta aquí hemos llegado», confiesa sin pudor.
–Ahí me empecé a curar. Espero que sea una enseñanza para los acompañantes de escritores.
–¿El alcohol sigue siendo la gasolina de la literatura?
–Eso se ha aminorado. Los escritores son ahora más profesionales. Pero, en fin... Yo no sé qué grado de inseguridad tiene los abogados y los carniceros, pero si tuvieran el mismo que los escritores, beberían tanto como ellos.
–¿Cómo mantiene un periodista la distancia frente al autor cuando se ha sido editor?
–Un periodista puede ser editor y es bueno que tenga esa experiencia. La diferencia entre ambos trabajos es que el editor no puede hacer su trabajo desde el cinismo –que en el caso del periodista es una decisión–, porque en cierta forma es el coautor de la obra del escritor.
–¿En ese revoltijo de egos reconoce el suyo?
–Yo tengo un ego instantáneo, de usar y tirar. Fui un niño asmático y me acostumbré a ver el mundo desde la cama, y a veces tengo la sensación de continuar allí. De todas maneras, el periodismo me ha quitado la pasión de quererme.
–¿De quererse o de creerse?
–Ambas. El otro día en un chat alguien me dijo que ya era hora de que me bajara del pedestal. Si la gente supiera la consideración que yo tengo de mí mismo, quizá no me querrían más, pero me entenderían mejor. Porque yo no tengo una alta consideración de mí mismo, yo me siento muy defectuoso.

lunes 1 de marzo de 2010

JMarías: "La gente, en vez de leer, reacciona"

 
Javier Marías en su domicilio. Foto: EMILIA GUTIÉRREZ.
Los villanos de la nación (Los Libros del Lince) es el título del último libro de Javier Marías, una selección de los textos que, sobre temas políticos, éticos y sociales, ha publicado en diferentes medios de comunicación desde 1985. Con este motivo lo entrevistan en La Vanguardia y yo pego aquí algunas de las partes de esa entrevista que me interesaron más:
-¿Qué importancia da a sus escritos sobre actualidad?
-A uno le sirve a veces de desahogo. Tengo la sensación de que tienen pocos efectos prácticos. Pero hay mucha gente que los agradece, que me dicen que les da alivio ver que alguien dice ciertas cosas. Uno siente ahí que tiene cierta obligación de decir lo que piensa de verdad. En cambio, en las novelas, no, no me responsabilizo de ellas como ciudadano. Hay un narrador que cuenta y unos personajes que dicen las cosas que quieren. Aunque cada vez hay más confusión y hay lectores que me recriminan opiniones de mis personajes. La ficción se había distinguido siempre de lo real pero ahora cada vez hay más personas que no realizan tal distinción.
-¿Por qué critica ciertos aspectos de la solidaridad?
-Critico sus trampas. Aquí debajo de mi casa hay varios señores tumbados en el suelo a los que ningún transeúnte echa una mano. Nuestros pobres son concretos, sucios y desagradables, no los tocamos porque podrían transmitirnos su desesperación pero, eso sí, efectuamos donaciones a Haití. No es muy simpático decirlo, pero me produce un efecto contraproducente ver cómo todos los famosos del mundo entero se vuelcan como un solo hombre en Haití, y empiezan a donar dinero de manera ostentosa. Tengo la sensación de que estas solidaridades son mecánicas, que hay más deseo por parte de quienes la practican de mirarse al espejo y pensar qué majo soy que verdadera voluntad de ayudar y verdadera empatía. A mí me suena a falsedad, a medalla que se pone la gente a sí misma. Uno tiene el impulso de enviar un poco de dinero a Haití, y lo haces, privadamente, pero piensas: ¿qué es esto? Uno acaba desconfiando de los propios movimientos más altruistas del espíritu por el abuso que se hace de ellos.
-¿Los artículos contribuyen a su fama de conflictivo?
-Me ven como áspero, pendenciero, grosero. No es una imagen grata. Da la impresión de que la gente no lee bien, te contestan a cosas que no has dicho. En vez de leer, reaccionan. Semana que pasa, semana que hago nuevos amigos. Me llega mucha irritación. Hay muchas personas que cuando me conocen personalmente, aunque sea un par de minutos, me dicen: "Ah, pues eres muy normal, creía que eras muy arrogante". No sé bien, en realidad soy cortés y a veces incluso supongo que puedo ser cordial. Pero, al escribir, uno dice cosas impertinentes porque no tiene sentido escribir para decir lo que todo el mundo ya sabe, lo que todo el mundo ya piensa, lo que toca. 
-Cuando habla de que un escritor no puede saber si su editor le engaña en las liquidaciones, resuena su vieja rencilla con Jorge Herralde…
-Me temo que eso ha pasado muchas veces en la historia, y todavía sigue siendo así. Los autores no tenemos manera de saber los libros que vendemos, es muy difícil, a uno le informan de que se ha hecho una tirada determinada de ejemplares, se puede pedir el resguardo del impresor, pero se sabe que hay algunos impresores que ponen lo que les dice el editor porque, si no, pierden el volumen de trabajo procedente de dicho editor. Nunca hay una seguridad absoluta. Pero uno no puede ir por la vida con desconfianza, es un horror ir por la vida creyendo que te engañan. Pero llega el momento en que tienes la convicción de que es así, ves las cifras que no casan, no tienes pruebas para ir a un tribunal pero sí la certeza.
-Para acabar, una pregunta literaria. Lo de publicar su última novela (Tu rostro mañana) en tres entregas, a medida que las escribía, demuestra una enorme auto-confianza, ¿no? ¿Qué sucede si quiere hacer cambios en capítulos anteriores?
-Si descubría que me convenía algo diferente no podía rectificar, porque ya estaba publicado el libro anterior. Pero no ha sido tan distinto, tengo esta manera de escribir un poco rara y un poco suicida, voy improvisando en gran medida y no me permito cambiar nada de lo que he escrito con anterioridad. No hago una segunda versión de los textos. Trabajo mucho cada página pero luego va a la imprenta tal como ha quedado. Aplico el mismo principio de conocimiento a las novelas que el que rige en la vida: a los 50 dices: 'ojalá me hubiera casado con esta persona, hubiera aceptado aquel trabajo…' pero te tienes que conformar, ser consecuente con lo que has hecho.

domingo 28 de febrero de 2010

8 veces H

 
Hijos de H celebrando un gol (clímax de nuestro patriotismo).
Estaba tan insistente la H en la edición sabatina de El País, que decidí inventariar sus apariciones. 

1. Primero fue en un texto titulado "La gran tentación latinoamericana", en el que comentan que en Colombia al presidente Uribe le niegan la opción de un tercer mandato. La H aparece cuando recuerdan el golpe de Estado del pasado 28 de junio:
"En Honduras, el derrocado presidente Manuel Zelaya intentó reformar la ley para optar a otro período de gobierno, pero el golpe de Estado truncó sus aspiraciones".
Hay que ver con qué ligereza dan por descontado que todo lo ocurrido en H a partir de la fecha mencionada anteriormente es consecuencia directa de la propuesta de la Cuarta Urna, una propuesta que daría lugar a una Asamblea Nacional Constituyente, y que una vez instalada ésta, los ahí reunidos habrían de estudiar democráticamente si se reformaba y modernizaba un poco nuestra vetusta Constitución, y que en el hipotético caso de que una de las reformas concediera la opción de la reelección presidencial, Zelaya decidiera volver a ser candidato, y que en el caso de que así lo decidiera, que finalmente el pueblo votara, en su mayoría, por su reelección, como ocurre en todo país verdaderamente democrático y civilizado, pero para qué volver con la misma babosada, ¿verdad?, si ya nuestra H está resurgiendo, ganándose nuevamente el favor del mundo entero, con su carita y su camisita blanca, pura, democrática e independiente...

2. La H apareció de nuevo en la nota titulada "EE UU se resiste a apoyar a Insulsa para liderar la OEA":
"La secretaria (de Estado de EE UU, Hillary Clinton) está especialmente molesta por la maniobra propiciada por el secretario general en la Asamblea de la OEA de San Pedro Sula (Honduras), en junio pasado, para reincorporar a Cuba a la organización".
Es una situación que, "por la enorme importancia que tiene para mi vida", desconozco, pero que me permite observar de nuevo esa simpática costumbre gringa de meterse en todo y con todos porque, claro, todo lo que hagan todos en todas partes del mundo al fin y al cabo tiene algo que ver con ellos, los gringos. Pero no me interesa indagar en los intereses de la señora Clinton, tan sólo consignar aquí, una a una, las apariciones de la H este sábado en El País.

3. Va la tercera: "Que cada palo aguante su vela" es el título del discurso del presidente de Costa Rica, Óscar Arias, en la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe, en Cancún, México, el pasado 22 de febrero, en donde, entre otras cosas, de esas típicas cosas suyas medio claras medio oscuras, dice:
"Y es también lamentable que en esta Cumbre de la Unidad se encuentre ausente el Gobierno de Honduras, cuyo pueblo es víctima del militarismo y no merece castigo, sino auxilio".
Muchas gracias, señor Arias, pero si su mediación seguirá teniendo el objetivo de caerle bien a todo el mundo mientras bajo bajo planea algo sucio que favorecerá a algunos, mejor ni se meta, que ya le sabemos el juego.

4. "El ciudadano se aleja de sus líderes", es el título de la siguiente nota en donde vuelve a aparecer nuestra querida H. La nota contiene un mapa de los derechos políticos y las libertades civiles, diseñado por Freedom House, un "centro de estudios independiente estadounidense fundado en 1941 que analiza la situación mundial de libertades y democracia", en el que H aparece marcada entre los "países parcialmente libres", de un total de 58 en todo el mundo, a la par de los "países libres" (89) y los "países no libres" (47). Hasta en esto somos "término medio".

5. Otra fugaz mención a la H la encontramos en la nota "El equipo del Mundial", en la que podemos leer la lista casi definitiva de los jugadores que Vicente del Bosque convocó para los próximos partidos amistosos de España antes del Mundial en el que habrá de enfrentarse a la temible selección de H. No se habla mucho de H en esta nota, pero supongo que servirá al menos para que vayamos haciendo cábalas y pensando si es más conveniente que el penal a Casillas lo tire Pavón o Amado Guevara.

6. Ya en Babelia me encuentro un reportaje de Winston Manrique Sabogal sobre el Diccionario de americanismos titulado "Polola, menso, trucho, rumbear...", en el que se cita una frase de Humberto López Morales, el secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española:
"Vale lo mismo el español de Honduras que el de España o el de Argentina".
Es una frase que, si la descubre alguno de los iluminados cerebros de nuestro periodejismo que se la pasan "poniendo en alto el nombre de Honduras", puede hacer correr mucha tinta y saliva, para acabar, probablemente, con la declaración de que ellos (llámense Kilvet Bertrand, Animal de Barro o Reñato Álvarez) son tan buenos periodistas como cualquiera y que escriben y se expresan tan bien como García Márquez, por ejemplo.

7. Una reseña de Caballero Bonald sobre una "antología de la poesía hispanoamericana contemporánea" titulada Cuerpo plural me dejó con curiosidad por saber el nombre del único poeta hondureño incluido. Así que al llegar a casa busqué en Google y descubrí que ese poeta era Fabricio Estrada (por suerte, porque tenía el mal presentimiento de que se trataba de alguno de esos poetas sonámbulos o peripatéticos o simplemente tarados que tanto abundan en nuestra aldea). Felicidades, Fabricio.

8. Y finalmente, en la nota titulada "La vida de los refranes" reúnen a 22 escritores de 22 países para "compartir los refranes preferidos o los que mejor retratan a sus regiones". Así que por H, cómo no, Julio Escoto, que puso esto:
"Bien vale perder un barco por conocer un puerto"
Típico de mi madre. Es bellísimo, poético, nostálgico, no ocupa aclararlo: por la Gran Ilusión vale sacrificar algo o mucho. Otro muy de acá es: "Machete estate en tu vaina". Lo particular es que sólo hay un enunciado a medias, no tiene conclusión verbal. Tampoco la ocupa porque sólo esa oración ya expresa la idea: hay que contenerse, no saltar a la violencia con la primera agresión (mejor que el arma esté quieto en su vaina). También pide no provocar. Cuando alguien está ofendiendo se le dice el refrán, o sea, que haya paz para no pelear, no nos vayamos a las manos.

viernes 26 de febrero de 2010

¿Es usted lector de Javier Marías?

 
Tercer volumen de Tu rostro mañana.
Acabé el 2009 y empecé el 2010 leyendo Tu rostro mañana, de Javier Marías, y ya lo he dicho varias veces, pero lo repito: es de las mejores novelas que he leído. Que nadie le tema a las 1,600 páginas de sus tres volúmenes porque son un reto que vale la pena. Juan Gabriel Vásquez opina más o menos lo mismo en el siguiente texto tomado de elespectador.com:
El primer libro que leí de Javier Marías fue Corazón tan blanco, y me sigue pareciendo que es ésta la puerta de entrada ideal a su obra.

Lo leí en marzo de 1999; en estos once años he leído todo lo que ha escrito Marías: sus extraordinarias novelas, sus novelas menos extraordinarias, sus varios volúmenes de cuentos o artículos. E incluso he leído lo que no ha escrito, sino traducido: El espejo del mar, de Conrad, lo leí primero en la traducción de Marías que en el original. Lo que quiero decir es que Marías es uno de esos autores rarísimos: los que generan pasiones, los que no permiten las medias tintas. Uno lo colecciona o lo aborrece. Yo lo colecciono, aunque no podría defender todos sus libros. Pero tampoco puedo defender todos los libros de Vargas Llosa, por decir algo, ni de Philip Roth. Y siempre me interesarán más estos novelistas, los que se caen por la borda de tanto llevar las cosas al extremo, que los otros, los medianos que no disgustan a nadie, esos tibios de la literatura.

Pues bien, la última novela de Marías me viene muy bien para ilustrar el punto, porque no se me ocurre, dentro de la literatura contemporánea en español, un libro más radical, más extremista, que Tu rostro mañana. Todos ustedes ya conocen las características externas del libro, sus intimidantes señas particulares: son tres volúmenes de títulos herméticos que Marías publicó en 2001, 2004 y 2007; el total, por lo menos en la edición original, es de 1.608 páginas. Muchos críticos despistados siguen hablando de trilogía, pero no es una trilogía lo que tenemos aquí: es una novela en tres volúmenes, igual que En busca del tiempo perdido es una novela en siete volúmenes. Digo que es un libro extremista y radical porque —y que esto funcione a manera de advertencia— Tu rostro mañana es una especie de hipertrofia de Javier Marías: todos sus rasgos como novelista están ahí, sólo que mucho más. Y eso seduce a sus lectores de siempre, claro, pero impacienta y hasta indigna a quienes no lo son.

¿Y cuáles son esos rasgos que aparecen hipertrofiados en esta novela? Los comienzos meditativos, por ejemplo: igual que Mañana en la batalla piensa en mí y Negra espalda del tiempo, los tres volúmenes de Tu rostro mañana comienzan con esas consideraciones abstractas de los narradores de Marías, y la única diferencia es que en aquellas novelas la meditación duraba un párrafo, y en éstos dura diez páginas. Otro ejemplo: las digresiones. A Marías, lector fiel de Don Quijote y de Tristram Shandy, le ha gustado siempre interrumpir la acción para irse por una rama (que muchas veces, dicho sea de paso, acaba siendo más interesante que el tronco). En otros libros, esa digresión podía durar algunas páginas; en Tu rostro mañana hay una escena magistral en que un inglés, armado con una espada antigua, está a punto de degollar a un español en un baño para minusválidos del Londres del siglo XIX, pero basta con que el hombre levante la espada para que Marías nos tire a la cara una desviación de 70 páginas sobre las armas, el miedo y la Guerra Civil española.

En fin: se trata —como espero haber transmitido, así sea por simple entusiasmo— de una gran novela. Es excesiva, caprichosa, idiosincrásica, y no es necesariamente la que yo recomendaría para empezar a leer a Marías. Pero es una gran novela.

jueves 25 de febrero de 2010

Presentarán La piel de la ternera

 
Otoniel Natarén Álvarez.
Este viernes 26 de febrero, a las 19:00 horas, Otoniel Natarén Álvarez, poeta progreseño radicado en La Lima, estará presentando su primer libro de poesía, La piel de la ternera (mimalaplabra editores 2010), en el Museo de Antropología e Historia de San Pedro Sula. Lo acompañarán Gustavo Campos y Murvin Andino.

Otoniel acaba de ser incluido en la edición digital de la revista mexicana Círculo de poesía (clic aquí) con una buena cantidad de los poemas de este libro. Antes, habíamos adelantado algo en este blog (clic aquí).

Les recordamos que La piel de la ternera está a la venta en las librerías Caminante (4ta. Calle, 10 Ave., NO, esquina opuesta a los antiguos cines Plaza de Sula) y Metromedia (City Mall) de San Pedro Sula.

Enigma en medio de una vida común y corriente

 
Edward Hopper. Room in New York.
Personajes:
Mujer
Hombre
 
Un hombre y una mujer en un cuarto.
 
Mujer: Estuve pensando qué extraño es esto.
 
Hombre: ¿Qué?
 
Mujer: Esa gente es capaz de vivir junta. Días y noches y años. Cinco años pasan. ¿Cómo lo hacen? Diez, once, doce años. Dos personas haciendo una vida. Compartiendo diez mil alimentos. Hablándose el uno al otro cara a cara, de frente, como sánduches calientes. Todas las palabras que inundan la casa. ¿Qué se dice la gente durante la vida? Atrapados en la sintaxis del otro. La misma voz. La monótona repetición tonal. Te voy a decir algo.
 
Hombre: Me vas a decir algo.
 
Mujer: Allá existe un enigma. La gente detrás de las paredes de la casa marrón de al lado. ¿Qué dicen ellos y cómo sobreviven? Todo ese diálogo frívolo. La nasalidad. La banalidad. Estuve pensando en qué extraño es. ¿Cómo hacen ellos eso, noche tras noche, todas esas noches, esas palabras, eso poco que hacen y sobreviven?
 
Hombre: Hacen el amor. Hacen ensaladas.
 
Mujer: Pero tarde o temprano tienen que hablar. Eso es lo que destroza el mundo. Y no quiero decir que está gradualmente destrozándose por sentarse y escuchar sin ton ni son a la misma persona todo el tiempo. Palabras que se esparcen lejos. Las pausas. Las oraciones. ¿Cuántas miles de veces puedes mirar la misma cara escurrida y ver la boca empezando a abrirse? Todo está siendo primoroso hasta ahora. Es cuando ellos abren sus bocas. Es cuando ellos hablan.
 
(Pausa)
 
Hombre: Todavía no me pasa este resfriado.
 
Mujer: Ponte esas cosas que tú te pones.
 
Hombre: La inyección.
 
Mujer: La vacuna.
 
(Pausa)
 
Hombre: Largo día.
 
Mujer: Largo día.
 
Hombre: Una buena noche de sueño.
 
Mujer: Lento y largo día.
 
(Las luces bajan lentamente)
 
Telón. 

Tomado de elmalpensante.com