lunes 8 de febrero de 2010

Malditos tiempos modernos



Por Giovanni Rodríguez
En otros tiempos la mejor manera de preservar las copias de los textos escritos era utilizando papel carbón. El original y dos copias es lo que quedaba para guardar celosamente. En esos tiempos, y con esas copias obtenidas, había que ser muy cuidadoso. La humedad y el fuego eran los peligros latentes, pero en algunos casos también la censura y el permanente acecho de unas autoridades mojigatas, intolerantes y represoras. Se hablaba de manuscritos o de mecanoscritos. Eran los tiempos en los que la humanidad ni soñaba con Internet, con los e-mails ni con los programas procesadores de textos. No soñaba siquiera con las computadoras.

Ahora, en estos tiempos modernos, todo es distinto. No soñamos con todas esas cosas sino que las usamos permanentemente; y algunos incluso no podríamos concebir otra manera de sobrevivir en este mundo y en estos tiempos sin las posibilidades que ofrece el wi-fi, el correo electrónico y los archivos en bytes.

No me imagino, por ejemplo, escribiendo este texto a mano, mientras mojo la pluma en el tintero, a la luz de una vela en el siglo XVI. Ni siquiera logro imaginarme escribiéndolo en la máquina de escribir que mi mamá, experta mecanógrafa, aún guarda en el fondo de un armario de mi casa en el pueblo. Es que vine a nacer en estos tiempos modernos. Soy uno más de la generación Google, de la generación Facebook, de la generación YouTube.

Recuerdo las vicisitudes de Reinaldo Arenas cuando vivía en Cuba y trataba de preservar el manuscrito de alguna de sus novelas, probablemente la titulada Otra vez el mar, que llegó a escribir tres veces porque las dos primeras versiones le fueron decomisadas por el gobierno de Fidel Castro y, si no falla mi memoria lectora, logró ver la luz tan sólo porque introdujo, por partes y en varias ocasiones, la tercera de estas versiones en su cavidad anal, para pasarla con éxito por los controles de la prisión en donde se encontraba recluido y entregársela a dos amigos que la publicarían finalmente en Francia.

Se supone que en estos tiempos ya no deberíamos tener problemas para preservar nuestros escritos. Podemos guardar copias en varias computadoras, en nuestra cuenta de correo electrónico, en alguna página web. Incluso podemos imprimirlos cuantas veces deseemos. Y sin embargo son muchos los casos de personas a las que alguna vez un virus o el fin de la vida útil de su computadora acabaron llevándose al limbo informático el trabajo de algunos meses o años.

Acaba de ocurrirme algo parecido. Acaba de ocurrirme, además, por segunda vez. Por fortuna en esta ocasión no tendré que rescribir demasiado. Tan sólo sondear por aquí y por allá para reagrupar textos, y después, eso sí, volver a corregirlos. Es el precio que se paga por pertenecer a estos tiempos modernos, por ser uno más de la generación Google o Facebook o YouTube.

Algo más peligroso que la humedad, el fuego o la censura son los virus de las computadoras y las computadoras mismas. Y más peligrosa aún es la aparente seguridad que uno adquiere con las herramientas de la tecnología, al grado de llegar, a veces, a confiar absolutamente en ellas, como si fueran ellas las que habrán de sufrir a la hora de las pérdidas. A veces da rabia pertenecer a estos tiempos, a estos malditos tiempos modernos.

viernes 5 de febrero de 2010

Vuelve 2666 versión Àlex Rigola


Escena de "La parte de Fate", de la obra 2666 de Àlex Rigola.
Las tres funciones de 2666, desde hoy y hasta el domingo, en el Teatre Lliure, se han convertido en un acontecimiento para el que no quedan localidades. A pesar de tratarse de una reposición –procede del Grec del 2007–, a pesar de su duración de cinco horas, la obra, basada en la novela homónima de Roberto Bolaño y dirigida por Àlex Rigola, ha levantado una enorme expectación por los elogios cosechados en su paso por Europa y América y por la imparable aura de mito literario alcanzada por Bolaño tras su muerte.
¿Cómo se le ocurrió adaptar una novela de 1.119 páginas?
Yo buscaba dirigir una pieza épica, por su dimensión, con muchos personajes que se conectaran. Pensaba en "Los siete afluentes del río Ota" de Robert Lepage. Buscaba mis propios afluentes en textos teatrales, y no las encontraba. Buscaba una historia que la gente no conociera, como los juglares que sorprendían al público con nuevas historias, sentía que había pasado mi etapa de hacer clásicos. Shakespeare es muy bueno, pero todo el mundo sabe cómo acaba. Vi, de repente, que la novela que yo había devorado y estaba recomendando a todos mis amigos cumplía esas condiciones y además mostraba una temática social que, bajo mi punto de vista, es importantísima para el teatro. Era, asimismo, una novela que contenía cinco novelas, lo que permitía a mí pasar por cinco formas de narrativa teatral.
Es su obra más ambiciosa...
Sí, sin duda. Transcurrido un año y medio después de cada estreno, acostumbro a detestar mis propias obras, casi sin excepciones. Con 2666 no me sucede. 2666 es como una summa de lo que soy, me permite mostrar todos los caminos que he seguido en mi carrera, todo lo que he hecho estos años, cada una de las cinco partes es un lenguaje teatral diferente.
¿Cuál es el tema principal?
Habla de muchas cosas pero sobre todo de la capacidad del ser humano de apartar la vista de lo que está sucediendo cuando no nos gusta. En Ciudad Juárez –la Santa Teresa de la obra– hay siete asesinatos cada día, es la ciudad más peligrosa del mundo y, hasta hace muy poco, ese era un hecho absolutamente desconocido.
¿Qué tiene esa ciudad?
Es la frontera entre el tercer mundo y el país más rico del planeta. Es tal vez el único lugar del mundo donde esa frontera es solamente una línea: normalmente hay un mar, países intermedios, una cordillera… Es el reino de las maquiladoras, fábricas donde reina la esclavitud, y los trabajadores fabrican productos en condiciones de vergüenza, como las anteriores a la revolución industrial. Y a todo ello se suma el negocio de la droga, que genera una economía sumergida gigantesca, dinero fácil, prostitución… La gente crece en un entorno en el que el valor de la vida es tan bajo que los jóvenes, colocados tras una noche de marcha, esperan que salga una trabajadora de la maquiladora y, en vez de irse a pagar un servicio sexual, la violan y luego, para que no haya problemas, la matan. Y el desierto está lleno de cadáveres. En este contexto se desarrolla también la violencia entre bandas por el control del negocio.
Usted ha dicho que es una ciudad capitalista llevada al extremo.
Sí, es el mismo funcionamiento. El capitalismo es un sistema basado en el ego, no en el individuo, como se dice. El individuo, justamente, es atacado desde todos los lados. Ciudad Juárez es el paraíso capitalista, el extremo total: los empresarios contratan a quien quieren al precio que quieren.
Bolaño dijo: "Escribir bien lo puede hacer cualquiera, la literatura de calidad es saber meter la cabeza en lo oscuro". ¿Es su idea del teatro?
Sí, no siempre lo conseguimos, eh, es algo que nos tenemos que recordar cada vez. Bolaño, hay que decirlo, escribía muy bien, fuera de lo normal, porque procede de la poesía y su lenguaje funciona teatralmente, todas las frases provienen del libro. No es un Larsson, vaya.
¿En qué sentido?
He leído a Larsson y me ha enganchado, pero su prosa es tramposa, artificial. Engancha la trama pero, al finalizar, te invade una sensación de pérdida de tiempo porque, para eso, mejor me voy al cine. Dedicar 30 horas a la lectura de una cosa superflua es más grave que dedicarle solamente dos. Y encima esa vacuidad se esconde tras la denuncia de la violencia de género. Para mí, 2666 es la verdadera novela denuncia de la violencia de género, porque nos cuenta los asesinatos reales de mujeres en Ciudad Juárez. En Larsson la violencia de género no es más que una excusa para la distracción, no hay calidad.
¿Cuánto tardó en leer la novela?
La he leído muchas veces. Unas 50 horas la primera vez, tenga en cuenta que la gente del teatro leemos mentalmenete en voz alta, sin verbalizar pero, en vez de leer significados, yo escucho los fonemas, y me la iba imaginando representada a medida que la leía.
Vamos por la primera parte, La parte de los críticos.
Es una conferencia. Los cuatro profesores explican su tesis doctoral sobre Archimboldi, ese escritor que nadie ha visto y del que nadie sabe nada. Comienzan hablando de él y acaban explicando su propia vida.
La segunda, La parte de Amalfitano.
La parte teatral más clásica, con géneros que permiten mostrar lo sobrenatural, la angustia, la tristeza. Los estudiosos se trasladan a Santa Teresa y allí conocen a Amalfitano, un trasunto de Bolaño, porque es de Barcelona y de padre chileno. Ha ido a Ciudad Juárez con su hija. Su mujer, Lola, es una gruppie de Leopoldo Panero, un poeta loco al que nunca se cita por el nombre.
La tercera, La parte de Fate.
Es la parte en que el libro es una novela policíaca. Un periodista negro llega desde Detroit para cubrir un combate de boxeo y se encuentra con los asesinatos de mujeres. Y conoce a la hija de Amalfitano. Es la parte más complicada en cuanto a la acción, porque hay que representar varios miedos, el mundo de la noche, de las drogas… y lo hacemos en un solo espacio, hemos creado una caja verde en la que se pueden sentir estos temores.
La cuarta, La parte de los crímenes.
Hemos montado una instalación, que reproduce el desierto de Ciudad Juárez. Si tuviéramos que escoger una sola parte que describa la obra sería esta, con la descripción de los asesinatos de mujeres. Y cómo las autoridades se mueven en relación a los hechos, y las diferentes actuaciones de los policías. Hay miles de historias pequeñitas, que podrían ser relatos y que hemos tenido que seleccionar mucho. Es dramaticamente bella y clásica.
¿No es muy dura?
Le voy a decir algo: sabía perfectamente cómo acabar esta parte consiguiendo un magnífico aplauso del público, pero mi voluntad fue que los espectadores no salieran contentos, que experimentaran una sensación desagradable y extraña. De la tragedia hacemos belleza y, en vez de un final amable, acabamos de forma muy dura.
La quinta, La parte de Archimboldi.
Un espacio vacío, con la historia del escritor. Hay una gran crítica a la Alemania nazi y también al comunismo, aunque por este segundo aspecto hemos pasado de puntillas porque no nos cabía.
¿Habrá más funciones?
Nos lo estamos planteando. Creíamos que era anticomercial, por eso tenía sentido hacerlo en un teatro público, porque era un proyecto de riesgo. Y, en cambio, agotamos las localidades...

Entrevista de Xavi Ayén a Àlex Rigola en La Vanguardia.

La carretera: De la nada a ninguna parte


Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee, de perfil, en La carretera.
Cuando una película anunciada está por llegar a las salas de cine, me voy a buscar la crítica de Carlos Boyero en El País. Así, reduzco las posibilidades de equivocarme. Confío en el criterio de Boyero, que nunca apreta la boca ni se muerde la lengua y sabe cuándo tirar unas discretas flores. Hoy estrenan La carretera en las salas de cine de España, película basada en la magnífica novela de Cormac McCarthy, con Viggo Mortensen como protagonista, y esto es lo que escribió Boyero, ésta es su invitación al cine para esta semana:
En las perplejas y desoladas reflexiones mentales que hace el hastiado sheriff de No es país para viejos, en la visita que hace al solitario anciano que está impedido en una silla de ruedas, en la sombría atmósfera de ese libro excepcional, latía el sentimiento de que el mundo se estaba pudriendo irremediablemente, que el mal era tan caprichoso como invencible. En La carretera, su siguiente novela, Cormac McCarthy nos cuenta que ya ha llegado el Apocalipsis. No ofrece las razones. ¿Qué más da? Sólo ofrece un doloroso y angustioso tratado de supervivencia, ese instinto animal que permanece aunque todo sea oscuridad y devastación, la esperanza de encontrar un refugio duradero en un lugar remoto. Centrada en un padre y su desarmante niño, descrita su relación por McCarthy como "el uno para el otro, todo cuanto tienen en el mundo", esta estremecedora novela te engancha en el corazón de principio a fin. Esa prosa honda y desgarrada te hace vivir el camino pedregroso e infectado de peligros que recorren los vagabundos, te contagia el miedo de que los caníbales que pueblan montes, valles y carreteras se los zampen, hace que compartas su lógico desfallecimiento y su épica determinación de seguir adelante, que sientas su frío, su hambre, su terror, su exaltación, los recuerdos lacerantes de que alguna vez existió el esplendor en la hierba, la tentación de acabar con todo para no prolongar el sufrimiento.

Temática tan angustiosa no invitaba a que las productoras de Hollywood apostaran por ella, a que invirtieran demasiado dinero reconstruyendo un infierno sin salida. Tampoco están los tiempos ni el ánimo de los espectadores para historias con planteamiento y desarrollo tenebroso e imposible final feliz, a no ser que el que invierte la pasta sea tan bellaco y tan cínico como para cambiar el espíritu del texto literario e inventarse un desenlace complaciente y al gusto del espectador más convencional.

El director John Hillcoat ha optado por la fidelidad absoluta al texto de McCarthy. Retrata con arte poderoso ese indeseable universo. Sus imágenes, los personajes, sonidos y situaciones que describe son tal como imaginábamos al leer la novela. Está obsesionado con dotar de fisicidad el recorrido de esos cuerpos temblorosos, de esas almas perdidas.

Ocurren muchas cosas en La carretera. La mayoría de ellas horrorosas, pero también hay respiros y oasis, la sensación de que en el mundo que se ha tornado embrutecido y salvaje, en el que la única norma es el sálvese quien pueda, hay vestigios de humanidad. Es dura pero también muy tierna la historia de amor entre ese padre forzosamente pragmático y ferozmente precavido ante los monstruos que les amenazan y ese hijo que no ha perdido la inocencia a pesar de los pesares. Sus escasos y compartidos momentos de alegría te conmueven y cuando todo invita a la claudicación a ti también se te encoge el alma. Nunca he oído un llanto tan auténtico e hiriente (ignoro lo que habrá hecho con él los casi siempre temibles doblajes) que el de ese crío a la intemperie.

Si el trabajo de Hillcoat posee una notable fuerza visual, ambiental y sentimental, las interpretaciones de Viggo Mortensen y del niño Kodi Smit-McPhee, la comunicación y la química que establecen entre ellos, son admirables. También está más allá del elogio la obra de arte que ha logrado la fotografía de Javier Aguirresarobe. Te hace respirar el frío, las cenizas, el dolor deprimente grisáceo de una insoportable jungla. El Oscar se degrada al haberlos desdeñado en sus candidaturas.

jueves 4 de febrero de 2010

Contra los poetas


El texto que sigue fue publicado por Alejandro Zambra originalmente en Etiqueta Negra, pero no lo saco hoy de ahí sino de este otro sitio: Cinosargo, porque el archivo de la otra está un poco jodido. Se trata de un repaso rápido a la vida de un poeta cualquiera. Se parecen tanto los poetas de todas partes que es casi imposible equivocarse al generalizar. ¡Qué vidas más tristes y aburridas!
A los veinte años ya acumulan experiencias importantes: han publicado poemas en revistas y antologías, han participado en talleres, han escrito artículos para anuarios escolares y quizá han concedido una o dos precoces entrevistas. Ya tienen listos sus primeros libros, que están a punto de aparecer en editoriales emergentes. Son libros muy malos, pero por ahora eso no importa. Sus poemas son largos y sentenciosos, abusan de los gerundios, de los signos de exclamación y de los puntos suspensivos. Leen a Vicente Huidobro, a Delmira Agustini y a Oliverio Girondo, pero sobre todo se leen los unos a los otros, en interminables sesiones sólo a veces amistosas.

A los veinticinco años ya han renegado de esos primeros poemas, que consideran lejanos pecados de juventud. Esperan encontrar pronto la madurez como poetas, que a ellos les importa mucho más que la madurez como personas. El segundo libro cumple con creces el objetivo: no es bueno, pero indudablemente es mejor que el primero. Dicen estar todavía buscando una voz propia y mientras tanto planean antologías que incluyen a todo el grupo, pero nadie quiere escribir el prólogo, pues nadie desea correr el riesgo de convertirse en crítico literario.

A los treinta años ya han sufrido varios desengaños. Han sido incluidos en antologías nacionales y latinoamericanas, pero han sido excluidos de otras tantas publicaciones y les cuesta muchísimo aceptarlo. Por momentos escriben solamente para demostrar cuán arbitrarias han sido esas exclusiones. Han publicado, a esta altura, tres libros de poesía. Han fundado dos editoriales y cuatro revistas literarias. En sus reseñas biográficas se afirma que han participado en más de trece –en catorce– encuentros de poetas y que sus libros han sido parcialmente traducidos al italiano. En realidad les han traducido solamente un poema, pero da lo mismo: los han traducido, eso ya es mérito suficiente.

Recién a los treinta y cinco años comienzan a incomodarse cuando los presentan como poetas jóvenes. Ahora dictan talleres en los que aconsejan a sus alumnos que eviten los gerundios, que cuiden los adjetivos, que declaren la guerra a los puntos suspensivos y a los signos de exclamación. Les inculcan la suprema libertad creadora, pero les prohíben una lista bastante larga de palabras: vacío, angustia, desolación, desesperación, crepúsculo, ocaso, alma, espíritu, corazón, vagina. Les hablan de melopoeia, de fanopoeia y de logopoeia, pero se enredan un poco en la explicación. Se enamoran de poetas de dieciséis años y las comparan con Alejandra Pizarnik, pero nunca han visto una foto de Alejandra Pizarnik.

A los cuarenta años a nadie se le ocurre presentarlos como poetas jóvenes, pues sus caras y sus barrigas han cambiado de forma tal vez irreversible. Los poetas experimentan con mayor sufrimiento que el común de la gente la llamada crisis de los cuarenta. No decidieron ser poetas para tener cuarenta años. De ahora en adelante todo será decadencia. Se han vuelto inofensivos. Es más fácil incluirlos, pedirles prólogos, invitarlos a los recitales y aplaudirlos sin énfasis, respetuosamente. Son, en otras palabras, verdaderos fracasados.

Para que el fracaso se cumpla es necesario que reciban, de vez en cuando, señales equívocas. A los cincuenta, a los sesenta, a los setenta años los poetas ganarán dos o tres premios menores; tímidos estudiantes de pregrado y quizás alguna bella doctora norteamericana analizarán sus libros, que tal vez serán traducidos al francés, al alemán, al griego o al menos al argentino. Por lo demás, siempre habrá alguna editorial emergente interesada en rescatarlos del olvido.

Da lástima verlos junto al teléfono, esperando la noticia de un premio, de una pensión del gobierno, de un homenaje, de un viajecito al sur, lo que sea. Parecen niños asustados, y en el fondo eso son: niños asustados, adolescentes ya muy viejos para suicidarse. A veces algún reportero compasivo les pregunta para qué sirve la poesía en este mundo deshumanizado y consumista. Ellos suspiran y responden lo que han respondido siempre: que sólo la poesía salvará al mundo, que hay que buscar, en medio de la confusión, palabras verdaderas y aferrarse a ellas. Lo dicen sin fe, rutinariamente, pero tienen toda la razón.

miércoles 3 de febrero de 2010

Un Bolaño primerizo y sus wargames


La Costa Brava (Blanes en la foto) en temporada baja es el marco en que se desarrolla El Tercer Reich. Foto: mimalapalabra.
Bolaño seguirá despertando nuestra curiosidad, ya sea si se publica, como ahora, otra novela suya o tan sólo alguna de sus listas del supermercado. En Estados Unidos, por ejemplo, es tanta la fiebre por él que Phil Jackson, entrenador de los Lakers de la NBA, ya pone de tarea leer 2666 a sus jugadores. Acaba de publicarse El Tercer Reich y Ricardo Baixeras escribe esta nota para El Periódico:
La situación de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953 - Barcelona, 2003) no es cómoda. Para empezar está muerto y eso le impide contestar a las preguntas que seguramente se le hubieran formulado si el tiempo le hubiera permitido seguir corrigiendo más allá de la página 60 el manuscrito mecanografiado de El Tercer Reich. En segundo lugar –y precisamente porque está muerto– todo el mundo espera otro «gran Bolaño»: un texto repleto de lecturas y relecturas, guiños y contraguiños post mórtem que le permita seguir sentado en el Olimpo de la literatura.

Bolaño terminó de escribir El Tercer Reich en 1989 y ahora lo rescata su agente Andrew Wylie. A nadie importa si es una novela mejor o peor que La literatura nazi en América, Amuleto, Monsieur Pain o La pista de hielo. Es evidente que su lectura no queda enfrentada con la de Los detectives salvajes ni con 2666 y sí con esas otras.

No está en esa confrontación absurda el valor de esta novela inédita y que se publica ahora de manera póstuma. De nada sirve preguntarse si hubiera o no publicado este texto o por qué no lo hizo: sabemos que en su literatura una cosa es el ritmo frenético de la escritura y otra muy distinta la oportunidad de la publicación. Bolaño la hubiera publicado, pero tuvo que dedicarse con ahínco al monstruo que le estaba devorando: 2666.

Sí importa, y mucho, decir que El Tercer Reich es una obra primeriza, pero en modo alguno la de un escritor novel. Importa decir que es un texto de la marca Bolaño, con algunas de las obsesiones y temáticas que marcarán después su obra.

Cuando el 19 de marzo del 2000 le hicieron una entrevista en el diario chileno La Tercera y le preguntaron cuál era su mayor extravagancia Bolaño contestó: «Mi gran colección de wargames y mi pequeña colección de wargames de computador». Tenía otras, pero rescatamos esta porque en una primera lectura El Tercer Reich se ofrece al lector como una novela de juegos de estrategia. Pero es también una novela de misterio, una novela policiaca y de personajes solitarios que bucean en el mar de la desesperación colectiva en busca de sí mismos. Los secretos diseminados por el texto de El Tercer Reich no son solo los de Udo Berger y su novia Ingeborg. El misterio no solo depende de personajes como el Lobo, el Cordero o el Quemado, o de la extraña desaparición de Charly o de la sensualidad de Frau Else, encargada del hotel Del Mar en el que se desarrolla la acción.

El misterio depende del lector. Como en otros textos posteriores de Bolaño se diseminan secretos, sospechas y conjeturas que permiten construir el relato. Un Bolaño conjetural provocando una lectura conjetural de El Tercer Reich: he ahí el valor de esta botella encontrada en el mar de todas las dudas. No importa, como tantas veces en su literatura, resolver el enigma (¿habrá muerto Charly? ¿Quién es realmente el Quemado? ¿Qué pretende Udo quedándose en la Costa Brava? ¿Qué quiere el marido de Frau Else? ¿Ganará Udo el Tercer Reich?) porque la realidad que se propone es fragmentaria, provocando así la narración en forma de diario de una investigación de casualidades, descuidos y tramas dispersas que no conducen al fetiche del relato policial: la verdad, que ni está, ni se la espera.

Bienvenido este rescate arqueológico de un Bolaño inicial que apuntaba maneras. Descansa saber que en 1989 era ya un escritor fiel a sí mismo, aún no ahíto de todos sus demonios, pero sí muy consciente del artefacto literario que quería proyectar.

martes 2 de febrero de 2010

Una visión histórica del Golpe de Estado en Honduras

Rodolfo Pastor Fasquelle, ex Ministro de Cultura, Artes y Deportes, en un foro sobre el Golpe de Estados en Honduras, realizado en México el día martes 02 de febrero de 2010.

Fuente: http://www.ustream.tv/recorded/4399079

Texto íntegro: Los errores de Mel. Rodolfo Pastor Fasquelle

lunes 1 de febrero de 2010

Salinger al cine


El fotógrafo Anthony Di Gesu tomó esta instantánea el 20 de noviembre de 1952 en su estudio de Manhattan. Salinger había encargado este retrato, entre otros, para hacerles un regalo a su madre y su prometida y pidió al fotógrafo que no hiciese públicas las imágenes. Di Gesu, que se arrepintió de no haberle pedido al escritor que le firmase una de sus obras, cumplió su promesa durante 30 años. Según el artista, Salinger quedó muy satisfecho con los resultados. Hasta ahora la imagen no se había difundido públicamente, tan sólo se incluyó en una muestra en 1982.
Precisamente ayer me decía Bayron que no tardarían en aparecer los inéditos de Salinger. Quizá también pasó por nuestras mentes la posibilidad de alguna película en el futuro pero no que ese futuro fuera tan cercano. El País publica hoy esta noticia de la existencia de un documental sobre el escritor:
Tras la reciente muerte del esquivo escritor J. D. Salinger, viene la sorpresa: existe un documental de más de dos horas sobre la vida y la obra del escritor y se sospecha que el propio Salinger podría tener una aparición estelar en él. Sin que el resto del planeta lo supiera, un cineasta llamado Shane Salerno pasó los últimos cinco años indagando en la vida del autor de El guardián entre el centeno y el resultado es Salinger, cuya existencia hizo pública el viernes la periodista Nikki Finke a través de su blog Deadline Hollywood, considerado el oráculo sobre las noticias de la industria. A la película también le acompañará un libro de 700 páginas con información extra recopilada durante el rodaje.

El documental, que aún no tiene fecha de estreno, es un recorrido exhaustivo por la vida del escritor y contiene, según Finke, cinco minutos que aún nadie ha visto y que podrían esconder la única entrevista de las últimas tres décadas con el autor.

En principio, no parece que Salerno, guionista de éxito que actualmente trabaja en un proyecto para James Cameron, contara con el beneplácito del escritor para realizar el documental, pero siempre, según Finke, el filme incluso arroja cierta luz sobre la obra acumulada por el escritor durante las pasadas cinco décadas y de la que nadie sabe realmente nada.

Financiado con sus propios medios -Salerno ha ganado millones de euros durante los últimos años firmando superproducciones para Hollywood-, el documental está basado en la biografía (no autorizada) Salinger escrita por Paul Alexander. En principio, iba a ser una película de ficción, pero este guionista de 37 años enseguida entendió que el filme tendría mucha más fuerza como documental, puesto que muchos de quienes conocieron a Salinger estaban cercanos a la muerte y sus testimonios se perderían.

Más de 150 personas desfilan por su documental, desde sus compañeros de redacción en la revista The New Yorker a escritores como Tom Wolfe, E. L. Doctorow, A. Scott Berg, Elizabeth Frank, Gore Vidal, o actores como Philip Seymour Hoffman, Edward Norton o Martin Sheen. Hay fotografías y filmaciones inéditas del autor y muchos detalles sobre momentos cruciales de su vida, desde su experiencia interrogando a nazis durante la II Guerra Mundial hasta su decepción cuando Oona O'Neill, hija del dramaturgo Eugene O'Neill, le abandonó para casarse con Charlie Chaplin.

La pasión del director Shane Salerno por el autor de El guardián entre el centeno fue la que le llevó a embarcarse en el proyecto. Según Finke, el cineasta sentía una conexión personal con el escritor. Se recoge en estas frases: "Adoro su obra y el hecho de que tuviera el mundo a sus pies y fuera capaz de decir, 'no gracias'. Salinger entendió en 1951 el efecto corrosivo que la fama y el dinero podrían tener sobre su forma de escribir. Era único y, en esta era de Internet en la que la gente persigue sus 15 minutos de fama, nadie es capaz de hacer lo que Salinger hizo: retirarse a vivir a los bosques de New Hampshire y escribir sólo por el placer de hacerlo".

domingo 31 de enero de 2010

Vila-Matas y su pistola mexicana


Vila-Matas visto por Mikel Casal.
En octubre de 2007 conocí personalmente a Enrique Vila-Matas (aunque quizá en esa ocasión lo que hiciera fuera re-conocerle, pues me parecía haberlo visto meses antes en un aeropuerto). De lo que Vila-Matas habló esa vez (era una charla en Caixa Forum con motivo de un festival de literatura mexicana) es de unos extraños días en México que incluyó un viaje en tren algo movidito. Escribí, tal como lo escuché del escritor, el relato de ese viaje en tren en una nota que titulé Donde toda ficción era posible. Resulta que ayer leí en el ABCD un artículo de J.J. Armas Marcelo con motivo de la entrega de un premio al escritor catalán que alude precisamente a ese viaje. Así que si a lo que contó Vila-Matas en aquella ocasión de 2007 le sumamos los detalles que ofrece Armas Marcelo en este artículo, podríamos tener una idea más completa (y sumamente divertida) de esa historia mexicana:
El tren llegó a Guadalajara, México, y Enrique Vila-Matas se bajó con la pistola en alto, pegando tiros al aire y gritando: «¡Jalisco, no te rajes!». Un escándalo. Gonzalo Celorio pudo calmarlo. Le obligó a que guardara la pistola, que le cabía en la palma de la mano y era plateada, como las navajas gitanas. Yo llegué en avión, con Rodrigo Fresán, que me confesó que iba a quedarse en Jalisco por una temporada. «¡Voy a casarme!», me dijo. Vila-Matas, otros escritores y yo mismo acabamos alojados por el Ministerio de Cultura español en un cuchitril que se llamaba Mendoza. «Para que conozcan bien el centro de la ciudad», me dijo un alto funcionario (y se fue al Hilton). Vila-Matas pidió tequila en el bar del Mendoza y puso la pequeña pistola sobre la mesa. Subí a mi cuartucho, hice una pequeña descubierta por el hotel y, a las dos de la mañana, llegaron Celorio, Hernán Lara Zavala, el Pollo Ruy Sánchez y Rafael Ramírez-Heredia. A estas alturas, Vila-Matas gritaba a cada rato: «¡El horror, el horror!» (y acariciaba la pistola con ganas de usarla). «¿Qué haces en esta cueva inmunda?», me preguntó Rayo McCoy. Yo estaba cansado y le dije, rendido, que me quedaba allí. Pero en la madrugada, mientras dormía en mi cuartucho, aterrizaban en mi presunta habitación el ruido y la furia de un avión en la pista de un aeropuerto: un bajante general en mi supuesto baño hacía el resto. A la mañana siguiente, me fui al Hotel Guadalajara, salvado por mis amigos de la UNAM. Vila-Matas, invitado a ese periplo, contestó como uno de sus clásicos: «Preferiría no hacerlo».

En el cocido con el que premiamos su talento literario el otro día, en Buenaventura, Madrid, se contó esta batalla antes de que alguien preguntara quiénes son los escritores españoles «que se creen que van a ganar el Nobel más temprano que tarde». Descartado por suecos Justo Jorge Padrón, descubrimos un número desusado de «candidatos interiores»: quince para ser exactos. En México, dije por molestar, conozco a otros, empezando por Homero Aridjis. Entonces recordé que en aquella FIL de Guadalajara corrió la leyenda urbana de que Vila-Matas había disparado a Aridjis un par de tiros. Aridjis hablaba de Salvador Novo, el poeta de los Contemporáneos, pero Vila-Matas se empeñaba en llamarlo, con razón, «Nalgador Sobo». La pelea terminó en un duelo al amanecer, como los de Conrad, junto a la Barranca. Yo no fui porque después del yuyu no me gusta madrugar. Ramón Pernas contó que la mejor leyenda de Vila-Matas decía que había perseguido por Coyoacán, una noche de luna azul, nada menos que a Frida, y que el pintor Rivera estuvo a punto de caparlo en una esquina negra como gato negro en noche oscura.

La fiesta del cocido, la fiesta de ABCD, ha quedado ya institucionalizada, como si estuviéramos en México. Conté además que un día, en el Distrito Federal, Ignacio Solares dio en su casa un almuerzo en mi honor. Mi sorpresa fue que, a lo largo de toda la comida y la sobremesa, no hubo más que grandes elogios hacia Vila-Matas. ¿Vila-Matas?, decía yo extrañado, por ver si alguno se atrevía a hacer una crítica decente del autor de París no se acaba nunca. Pero el silencio era de pavor. Le tenían más respeto a Vila-Matas que a Carlos Fuentes y Octavio Paz juntos. Entonces decidí leerlo, aunque hubiera preferido no hacerlo, y ahora discuto a gritos con aquellos que me dicen que la literatura de Vila-Matas es light. Siempre les pregunto: ¿en comparación con la de quién? Porque aquí, y en la otra orilla, hay muchos escritores que quieren el Nobel, están ya traducidos al francés, al inglés, al sueco y, además, pugnan por entrar en la Academia y ganar el Nacional de Literatura, asuntos que ayudan mucho al currículum de los futuros Nobel.

De modo que fue una velada espléndida la de Vila-Matas y ABCD. Sólo hablamos mal de Lady Boccacio, Juanito Ventolera y ese viajante que copia a Leguineche volando por la geografía de la malaria, el mismo que quería, en 1982, ser portavoz del Gobierno de González («Me lo quitó Sotillos», me dijo una vez con cara de Polifemo odiador). Del resto, hablamos maravillas, aunque ustedes no se lo crean.

Vargas Llosa responde en Cartagena


Mario Vargas Llosa conversa con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en Cartagena de Indias- REUTERS.

En estos días se realiza en Cartagenda de Indias, Colombia, el Festival Hay, que El País sigue con mucha atención, con la participación de reconocidos escritores. Uno de estos escritores es Mario Vargas Llosa, que el mediodía de ayer llenó un teatro. Su compañero de charla sería Héctor Abad Faciolince, el escritor colombiano que estos días publica Traiciones de la memoria (Alfaguara), una suerte de coda de El olvido que seremos, el estremecedor libro en el que narró el asesinato de su padre. Abad no dejó que la admiración inutilizara su papel de mínimo inquisidor y el resultado fue una vibrante visita guiada al universo de Mario Vargas Llosa. Éstas son algunas de las estaciones del recorrido:
Un escritor sin inspiración. "Mi disciplina a la hora de escribir nació de la comprobación deprimente de que no tenía inspiración. Por eso me sirvió tanto descubrir, cuando llegué a París en 1959, a Flaubert y, sobre todo, su correspondencia. Flaubert empezó siendo un mal escritor, un mero imitador, y para llegar a ser el genio que fue se impuso una disciplina de galeote. Yo llegué a la conclusión de que si uno no tenía talento podía provocárselo a base de trabajo".

Crisis social, salud artística. "Las sociedades inestables en las que se percibe una cierta inseguridad tienden a generar literaturas más ambiciosas que aquellas sociedades más estables en las que se percibe como algo pueril el deseo de llevar a cabo un gran proyecto novelesco. Por eso la literatura latinoamericana dio grandes frutos en los años 60, en un momento convulso en el que nadie apostaba por América Latina. Pero todo esto no es más que una tendencia y no una ley histórica, yo no creo en las leyes históricas. Además, en el arte siempre prima el elemento individual".

Políticos y rufianes. "¿Por qué me presenté a la presidencia de Perú si le había hecho decir a uno de mis personajes que la política es un mundo de rufianes? Tal vez por la atracción del abismo, pero sobre todo porque no debemos sacar conclusiones de desdén aristocrático de esa frase. Eso sería hacer el avestruz. Cuanta más gente decente haya en la política más se adecentará ésta".

Elogio de la imperfección. "Si fui muy crítico como opositor a Alan García en Perú y ahora no lo soy tanto es porque él piensa ahora cosas que yo pensaba entonces. En materia estética podemos ser intransigentes porque la imperfección es intolerable, pero en política eso es imposible. Hay que optar por el consenso y hacer concesiones, eso es la democracia, el menos malo de los sistemas. Los únicos que creen que la perfección es posible en política son los fanáticos".

Diez años huérfano. "A mí me vacunó contra el fanatismo la mala relación que tuve con mi padre, un hombre muy autoritario al que conocí cuando tenía 10 años. Hasta entonces me habían ocultado que mi padre estaba vivo por la vergüenza familiar de decir que mi madre se había divorciado. Yo me había criado como un niño muy mimado y seguro que era engreído e insoportable, pero la aparición de mi padre fue brutal. Eso sí, reconozco que en mi propio trabajo hay una dosis de fanatismo, el de sacrificarlo casi todo en busca de la gran obra".

Caudillo a la vista. Uno de los momentos cumbre de la charla fue la pregunta de Héctor Abad por las posibilidades de progreso en América Latina cuando proliferan tantos "caudillos que se hacen reelegir ,empiece su nombre por Ch, M o U", dijo el escritor colombiano en alusión a Hugo Chávez, Evo Morales y Álvaro Uribe. La respuesta de Vargas Llosa fue igual de contundente: "Hay que acabar con los caudillos, que no son más que máquinas destructoras, y hay que aceptar esa cosa que a veces parece mediocre que es la democracia. Un escritor sabe lo importante que es la forma. Si se rompen las formas de la democracia lo que sufre es su contenido".

Los riesgos del compromiso. "Ya sé que con mis opiniones políticas corro el riesgo de que me caricaturicen como imperialista y capitalista manchesteriano, pero asumo el riesgo. Por eso escribo en los periódicos, para matizar, y para que se entienda por qué hago lo que hago. Por ejemplo, apoyar a Piñera en Chile, el candidato conservador, porque me parece que la alternancia es importante. Lo conozco personalmente y sé que es un demócrata convencido que nunca apoyó a Pinochet. Por lo demás, él es católico y yo no, yo estoy a favor de los matrimonios homosexuales, el aborto y la eutanasia y él, no. Pero no puedo apoyar a alguien idéntico a mí porque no lo encontraría. La única manera de que no te caricaturicen es callarse y convertirse en un mirlo blanco. Prefiero que me ataquen y aportar mi grano de arena. Optar por una posición es optar por el riesgo. Por eso no entiendo a los intelectuales que prefieren los eslóganes a las ideas".

Nueva novela. "En una biografía de Joseph Conrad me topé con un amigo suyo diplomático que le hizo ver la brutalidad que los colonizadores aplicaban en países productores de caucho como el Congo, un país del tamaño casi de Europa occidental que las potencias mundiales decidieron regalar a Leopoldo de Bélgica. Sin él El corazón de las tinieblas no sería como es porque hasta entonces la idea que Conrad tenía del Congo estaba manipulada por la propaganda del rey de los belgas. Me fascinó el personaje y ya tengo una primera versión del manuscrito de una novela en torno a él. Siempre me vienen así las ideas: la curiosidad dispara la ficción. ¿De dónde saco la energía para viajar, estudiar y entrevistar gente preparando los libros? De que en el fondo quiero ser un buen escritor. Pero no juguemos al niño digno: es un esfuerzo, pero, sobre todo, un enorme placer".

viernes 29 de enero de 2010

La cabaña de Holden Caufield

En esta foto de la década de los 80, una de las últimas que se conoce de Salinger, se le ve agrediendo al fotógrafo.

En un pasaje de El guardián entre el centeno, el mítico personaje Holden Caufield afirma: "me gustaría encontrar una cabaña en algún sitio y con el dinero que gane instalarme allí el resto de mi vida, lejos de cualquier conversación estúpida con la gente". Fue lo que hizo Salinger, su creador: se instaló, luego del enorme éxito de esta novela en 1951, en la casa en la que murió ayer a los 91 años. Tan sólo concedió una entrevista en toda su vida, en 1974 a The New York Times, y ahí reivindicaba su decisión de desaparecer: "Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribrir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer".