sábado, 11 de octubre de 2014

Para acercarse a Modiano

Patrick Modiano.
Más allá de que no lo haya recibido (otra vez) Philip Roth, me alegré de saber que este año el Nobel de Literatura se lo dieron a Patrick Modiano, porque es un autor al que he leído y disfrutado y del que tengo la sensación de que no defraudará nunca a nadie. El crítico español J. Ernesto Ayala-Dip dijo esto ayer tras la concesión del premio:
No recuerdo haberme alegrado nunca tanto como ayer, cuando supe que el Nobel de Literatura le fue otorgado a Patrick Modiano. Un alegría inmensa, en contraste con la decepción que me invadió cuando hace unos año, el mismo premio le fue dado a otro autor francés, Jean-Marie Gustave Le Clézio. Aquel día me pregunté, sin despreciar la labor literaria del autor de El africano, para cuándo el Nobel a un clásico contemporáneo de la talla de Modiano, no solo de la literatura gala sino también universal.
La casualidad quiso que leyendo una novela de George Simenon, me viniera a la memoria un personaje de Modiano. En la historia de Simenon, Los Mahé, hay un hombre de treinta y cinco años que se pregunta por el futuro de su existencia. La angustia de ese hombre me recordó al Louis de Una juventud de Modiano, de la misma manera que el policía final de La hierbas de la noche me recordó tanto la resignada serenidad del comisario Maigret. Nada tienen que ver Modiano y Simenon, salvo que ambos tienen un sonido inimitable, de la misma manera que hay sonido Mozart o un sonido Ravel. También hay un sonido Modiano. Lo hay cuando registra la vergüenza colectiva de una ciudad colaboracionista. O el sonido entre desesperanzado y canallesco de la ciudad martirizada por el hambre y la necesidad de supervivencia.
Si hay alguien que nunca hubiera leído nada del flamante premio Nobel y quisiera empezar hoy mismo con su lectura, me atrevería a sugerirle cinco libros. Empezaría con La trilogía de la ocupación (El lugar de la estrella, 1968, La ronda nocturna, 1969, y Los paseos de circunvalación, 1972), excelente idea de Anagrama al juntar en un volumen las tres grandes novelas ambientadas en el París ocupado. No dejaré de recomendar Una juventud (1980), texto esencial para entender el funcionamiento psicológico y moral de sus habituales supervivientes.
Un libro que suele pasarse por alto pero que es un ejemplo de literatura de investigación y a la vez de pronunciamiento ético sin explicitarlo (las famosas elipsis modiananas), sobre la redada de judíos ejecutadas por las autoridades policiales de París en el verano de 1942: me refiero a Dora Bruder. También Un pedigrí (2007): texto cumbre de la literatura autobiográfica: no se trata de ninguna confesión, se trata de un ejercicio de memoria individual vinculada a la memoria colectiva. La escritura de Modiano al servicio de las verdades personales, sin ira, sin resentimiento: la intachable búsqueda (o crónica interior) de unos progenitores condenados a sobrevivir al filo de lo delictivo y la vergüenza. Y por último, La hierba de las noches (2012): libro paradigmático de la literatura de las turbiedades. Una historia de amor escondida entre seres que son sombras, mediaspalabras, seres tan reales como conjeturales.
La Academia sueca se premia a sí misma premiando a quien ha escrito siempre el mismo libro (como dice el propio Modiano). El mismo libro imposible de no escribir y de no imaginar, dado lo que se vivió en una tristísima Europa hace solo un poco más de medio siglo. Y con esa prosa de quirúrgico lirismo. Así es el sonido Modiano, en medio del ruido del mundo.

lunes, 6 de octubre de 2014

Sobre "literatura femenina"

"Algunas alumnas, sobre todo las que tenían pelo lacio y pecas en la cara, aseguraban que en el mundo existía una cosa que respondía al nombre de escritura femenina y, con donaire, con inigualable desdén, citaban trabajos de filósofas francesas cuyos apellidos pronunciaban sin asomo alguno de acento. Los alumnos usualmente argumentaban que eso no era más que o frustración personal de escritoras frígidas o espurias presiones de mercado y, de paso, defendían una literatura, como la llamaban ellos, sin adjetivos".
La muerte me da. Cristina Rivera Garza.

“Sin duda pienso que alguna diferencia hay, no mucha, entre la sensualidad masculina y la femenina, una diferencia que todo en nuestra cultura contribuye a incrementar. Quizás haya una diferencia de raíz ligada a las distintas fisiologías y los distintos órganos sexuales. Pero no creo que exista una escritura femenina o masculina… Si las mujeres han sido condicionadas para pensar que deberían transcribir sus sentimientos, que el intelecto es masculino, que pensar es una cosa brutal y agresiva, entonces por supuesto que escribirán otro tipo de poemas, de prosa o de lo que sea. Pero no veo la razón por la cual una mujer no pueda escribir cualquier cosa que escriba un hombre y viceversa”.
Susan Sontag en una entrevista que Jonathan Cott le hiciera para la revista Rolling Stone, citada ahora por Ignacio Echevarría en El Cultural.

sábado, 4 de octubre de 2014

¿Bukowski para los adolescentes?

Ilustración: Ulises
Juan Bonilla comenta en este texto (publicado en El Mundo) el libro Charles Bukowski. Retrato de un solitario, de Juan Corredor, pero lo hace desde la perspectiva del lector de Bukowski que él mismo fue, con algo de nostalgia y la distancia necesaria, porque como apunta: "Bukowski nos resultaba muy útil a los adolescentes de los 80. Y se lo sigue resultando a los adolescentes posteriores si he de creer las preferencias declaradas de algunos poetas de poco más de 20 años que lo citan en el panteón de los venerables de quienes reciben algún tipo de influencia".
Es bien sabido que con la figura del perdedor han hecho su fortuna muchos triunfadores. Uno de los más significativos es Charles Bukowski, que cuando ya vivía en un chalet de dos plantas y conducía un BMW de miles de dólares pagados al contado, escribió: Esto es mucho mejor: vivir: donde vivo ahora/ escuchar/ el consuelo/ la bondad/ de esta inesperada/ sinfonía del triunfo: una nueva vida"  Los versos parecen dar a entender que "la vieja vida" fue terrible, y, de hecho, el 'héroe bukowskiano', con insolentes rasgos autobiográficos, es reconocido por ser un marginal que se gana la vida como puede, disparando poemas a revistillas que los pagan mal y tarde o con trabajos de poca monta en los que es humillado a cambio de una paga que se va mayormente en litros de cerveza y montañas de putas. Borracho, mujeriego, bronquista y jugador: así es el personaje principal erigido por Bukowski a través de muchos relatos, muchísimos poemas y unas cuantas novelas que, convenientemente barajadas, pueden hacer las veces de autobiografía: La senda del perdedor, se titula precisamente el volumen en el que revisita una infancia marcada por la dureza del padre y por los padecimientos de la xenofobia y aliviada por el descubrimiento de un lugar seguro desde el que vengarse del mundo y su realidad: la soledad, la literatura. De hecho el componente autobiográfico es uno de los encantos de Bukowski, esa alquimia mediante la cual la vida verdadera de un perdedor se transformaba en el oro de la literatura de alguien que, ajeno, aparentemente, al mundo literario, enemigo de la pedantería, martirizador de intelectuales, parecía entender el poema o el cuento como un lugar en el que caerse muerto. Esa imagen de poeta entregado a la vida -que iba al fango de la vida para extraer los materiales con los que levantaba sus poemas y sus cuentos y sus artículos y sus novelas- era la que nos fascinaba de chavales. Ay aquellos libros blancos de la colección Contraseñas de Anagrama con títulos tan elocuentes como La máquina de follar, Erecciones, eyaculaciones exhibiciones, Escritos de un viejo indecente, Se busca una mujer, Factotum, Lo que más me gusta es rascarme los sobacos...
Bukowski era cualquier cosa antes que un literato. Su mal gusto era desafiante. Su manera de hundirse en la mala vida, auténtica rebeldía ante un orden social para autómatas. Ah, qué jóvenes éramos. De hecho, siempre me ha parecido que Bukowski es un gran autor de literatura juvenil, que si hubiera alcanzado ese mundo suyo ya adulto hubiera mirado para otra parte o me hubiera tapado la nariz o lo hubiera discutido viendo auténtico conformismo en esa vida de perros que llevaban sus agónicos personajes. Pero habérmelo encontrado de adolescente me convirtió en un hincha, es decir: en alguien que no atiende a razones. Bukowski era nuestro enviado especial a un infierno del que él volvía envuelto en carcajadas, en suficiencia, en poesía brutal, en el sosegado nihilismo de quien ya antes de hundirse estaba muy convencido de que no había nada que hacer. Su personaje principal -Chinaski- nos mejoraba porque se las arreglaba para alcanzar algunos paréntesis de plenitud en medio de la cochambre y porque, a pesar de su pegajosa incapacidad para llevar una vida normal, a pesar de sus frecuentes derrotas, conservaba el pulso suficiente como para, aliviada la resaca y antes de entrar en la siguiente borrachera, contar algo de sí mismo, fijar sus experiencias por mediocres o patéticas que fueran, elevarlas mediante la literatura. Una literatura que pugnaba por alcanzar la naturalidad. El compromiso del escritor era un árbol de pega cuyo único fin era que no se viera que no hay bosque alguno, en afortunada frase de Juan Corredor. Al fin y al cabo eso es ficción: lo que hacían los alfareros con el barro, darle forma para conseguir algo útil. Bukowski nos resultaba muy útil a los adolescentes de los 80. Y se lo sigue resultando a los adolescentes posteriores si he de creer las preferencias declaradas de algunos poetas de poco más de 20 años que lo citan en el panteón de los venerables de quienes reciben algún tipo de influencia.
Charles Bukowski. Retrato de un solitario (Editorial Renacimiento) de Juan Corredor es un excelente estudio del autor de Factotum. Se propone, y consigue, retratar a un escritor que consiguió subirse a un pedestal hecho de tópicos que podían fácilmente desmentirse o al menos ser corregidos y muy matizados: no era Bukowski un escritor que desdeñara los corredores del mundo literario, antes bien, sabía moverse por ellos con singular celeridad, ambicionaba recorrerlos creando al hacerlo su propio público, un público que iría en aumento desde que empezara a llamar la atención en revistas marginales y editoriales con escasa difusión. Un público que parecía interesarse tanto o más que por sus poemas y cuentos y columnas, por sus circunstancias: es decir, un público al que le intrigaba si aquello que se contaba en poemas y cuentos y columnas era verdad o no, como si no les bastara la calidad y la personalidad de los textos. Bukowski era capaz de convertir sus fracasos en éxito: de hecho una de sus primeras ventas es una historia acerca de las cartas de rechazo que colecciona un escritor. Detalladamente, con muy buena prosa, Corredor va desnudando a Bukowski, o al menos, la leyenda Bukowski: se ve en todas las páginas del libro que también es un hincha, pero al contrario que los chavales que fuimos, es capaz de razonar sin que sus argumentos quiten mérito alguno al escritor.
Bukowski construyó una leyenda -como Salinger, como tantos otros- y despistó a los críticos que se le acercaban más por ser leyenda que por ser escritor de una obra tan personal e influyente. El personaje era indispensable para que el escritor destacara, para potenciarlo: el lector medio, sobre todo los jóvenes, agradecía que tras textos intensos y descarados y -a veces- geniales (como ese gran cuento titulado Deje de mirarme las tetas, señor, un relato que por otra parte no tiene nada de autobiográfico) hubiera un tipo tan singular, una biografía tan difícil como la que vendía Bukowski. Si, como quieren algunos, la misión esencial de un escritor -en la jungla de escritores que es la literatura- consiste en alcanzar una voz personal y reconocible no cabe duda de que Bukowski es de los que alcanzaron la meta. Lo malo de alcanzar esa meta es que pueden darte por leído quienes ni siquiera han pasado de escuchar unas cuantas cosas sobre ti: quienes se agarran a unas pocas etiquetas y se dejan llevar por ella, como si las etiquetas no mintiesen casi siempre y como si no fueran las etiquetas lo primero que hay que quitarle a las cosas para empezar a utilizarlas. No hace falta haber leído a Bukowski para tener ciertas nociones sobre él: prosa ligera, diálogos llenos de palabrotas, escenas violentas, cierto aire melancólico, borracheras, sexo a tutiplen y de pago la mayor parte de las veces, desdén por el mundo cultureta, resacas, todo eso, asco de vida.
Escarbando en su vida, el retrato de Bukowski que nos presenta Corredor matiza cada una de las etiquetas que con harta facilidad se le colgó al personaje: ciertamente en toda su obra hay muchos trallazos contra la literatura pomposa y contra autores a los que consideraba "escritores para escritores o para profesores", pero, por mucho que en declaraciones y algunas columnas Bukowski tratara de dar la impresión de que la literatura y la poesía le importaban bastante menos que las botellas que iba a beberse esa tarde, lo cierto es que era un gran lector, que siempre fue un  gran lector, dotado de una aguda capacidad para amortajar grandes nombres con un epigrama o con un elogio. Tampoco es cierto que fuera un inmenso pasota al que la suerte de sus escritos se la trajese floja: habrá pocos escritores que hayan dado tanto la brasa por conseguir que le publicasen aquí o allá, que escribiesen tantas cartas a sus editores, que colaborasen tanto con revistas de medio pelo para ir erigiendo su propia estatua. Ello no dice nada bueno ni malo del escritor, de sus textos, sólo de lo poco que tenía que ver lo que el escritor decía de sí mismo, cómo se presentaba ante sus lectores, con la verdad. Desde muy joven Bukowski ambicionó ser alguien y serlo en la poesía norteamericana. Y lo consiguió, primero porque se lo merece, y segundo porque en pocas cosas gastó más energía que en esa empresa.
Su obra, por otra parte, enlaza claramente con la novela picaresca: su héroe no deja de ser de la estirpe de Lázaro de Tormes, alguien que conoce bien los bajos fondos y tiene que aviárselas para vivir como se pueda, hermanándose con espontáneos iguales que serán olvidados a la vuelta de la esquina, donde otros iguales le esperan para seguir el camino hacia ninguna parte. A pesar de que en un cuento de uno de sus grandes libros, Hijo de Satanás, hay una pieza en la que se intuye la necesidad de una revolución de los parias de la tierra -con un ejército de mendigos apropiándose de un supermercado- no hay muchas páginas de Bukowski donde se revele una conciencia de clase que se ve obligada, dado su aplastamiento, a declarar una guerra: lo que hay más bien es una conciencia de solitario que está en guerra con el mundo, sin distingos de clase, y esa conciencia a lo máximo que llega, la mayor parte de las veces, es a mandar a tomar por culo a un jefe que quiere pasarse de explotador o a ajustarle las cuentas a un idiota que quiere hacer uso de su posición de poder porque es el que firma los cheques. Poco más. Bukowski detesta al prójimo, sea burgués o pensionista. Si el paraíso es el lugar donde uno puede sentir la cercanía del prójimo sin temor alguno, en frase feliz de Walter Benjamin, el único paraíso sobre la tierra en los cuentos de Bukowski es la habitación de la pensión donde el héroe está solo, a salvo del mundo, fumando y bebiendo y tecleando en su máquina. "Yo era un hombre que me alimentaba de soledad: sin ella era como cualquiera privado de agua y comida. Cada día sin soledad me debilitaba. La oscuridad de mi habitación era fortificante para mí como la luz del sol para los otros. Le di un trago a la botella", se lee en Factotum. El héroe de Bukowski parece haberse tatuado en la corteza del alma aquella frase de Ibsen según la cual "el hombre más grande es aquel que está más solo".
También la leyenda de que llevó una dura vida que se sostenía gracias a trabajo de poca monta se lleva un varapalo aquí: lo cierto es que era funcionario de Correos y lo fue durante un montón de años y sólo se salió de la administración cuando hizo cuentas y vio que podía vivir de la escritura. Tuvo mucho que ver con ello el gran ángel de la guarda de Bukowski, el editor John Martin, que se hizo editor para publicar a Bukowski, que fundó la mítica Black Sparrow Press después de vender su colección de primeras ediciones de D.H. Lawence, que le ofreció un sueldo mensual a Bukowski -como Carmen Balcells a Vargas LLosa- para que dejara cualquier ocupación que no fuese escribir. Y a esa pasión se entregó frenéticamente -porque ya estaba entregado antes, eso hay que decirlo en su honor- y empezó a abrírsele el cielo de la fama, no sólo en Norteamérica sino sobre todo en Europa. Como había que alimentar al mito sus recitales, multitudinarios, siempre llevaban algún regalo espectacular. Había que complacer a la hinchada. Una hinchada en la que figuraban las sucesivas amantes que iban a certificar su fama de mujeriego, chicas jóvenes enamoradas de un mundo siniestro y de su arrasado creador, al que elocuentemente se proponían salvar de un fango ficticio. Las mujeres -que daban título a una de sus novelas- son también importantes en el retrato del solitario que propone Corredor. A pesar de la fama de misógino inveterado de Bukowski, parece necesitarlas como a la propia escritura. No era una cosa sólo de follar y hasta otra, no: hay en Bukowski un romántico irredento con peligrosa facilidad para enamorarse. Se diría que no hizo otra cosa, una vez llegada la fama y la atención de las multitudes y el ejército de groopies, que vengarse de una adolescencia complicada y solitaria en la que su rostro arrasado por las marcas de acné no resultaba muy atractivo para las chicas a las que quiso conquistar.
Una de las grandes virtudes del libro de Corredor es que, presentándonos a un Bukowski mucho más real que el mítico Bukowski que se inventó a sí mismo, invita a meterse en el mundo de Bukowski, en la literatura de Bukowski, en sus poemas largos y narrativos y sus cuentos cortos y poéticos, duros, sucios, vivificadores y enérgicos. No sé si yo lo haré, porque me tengo prohibido volver a visitar los libros que me resultaron importantes en la adolescencia, por el riesgo de  no ver en ellos ahora nada de lo que entonces me resultó importante. Ya digo que para mí Bukowski es el más grande de los escritores de esa parcela que conocemos como literatura juvenil y, lamentablemente, aunque Bukowski siga siendo el mismo que cuando me lo bebí, yo ya no soy el que era y tampoco quiero corregir el recuerdo que tengo de su admirable e indecente escritura.

jueves, 2 de octubre de 2014

¿Festín de cuervos o Tormenta de espadas?

Prometemos y cumplimos. Les dejamos ahora la primera entrada de nuestra nueva sección, que aún no decidimos si llamar "Los Premios Chucos" o "Festín de Cuervos" o "Tormenta de Espadas". Normalmente hay que empezar por el principio pero hoy empezaremos por el final. En este final observamos a Giovanni Rodríguez (sí, el editor plenipotenciario de este blog devenido en espada de Damocles para los premios literarios de H) recibiendo en La Ceiba un premio de cuento en un breve acto celebrado por los organizadores ante los medios de comunicación. Mitad resfriado, mitad satisfecho por el cheque recibido, G. Rodríguez agradeció lo que debía agradecer, felicitó a quien debía felicitar y prefirió, clemente y misericordioso, no referir en ese momento las circunstancias en las que había cuestionado dicho certamen.
El jurado calificador, al que Rodríguez agradece de la misma manera en que Bolaño agradeció a Angeles Mastretta tras la obtención del Rómulo Gallegos, estuvo integrado por Julio Escoto, Armando García y Helen Umaña, y se expresó sobre la obra ganadora en estos términos: 
"El Jurado distingue a este texto por su singular dominio técnico del relato, la economía de medios expresivos de que hace gala y, particularmente, la originalidad de sus temas".
¡Qué cosas más simples las que se dicen cuando hace falta inspiración!
¡En fin! La cosa es que tras haber cuestionado el proceso de la recepción de los textos participantes y del envío a los miembros del Jurado, Rodríguez había sido declarado ganador en un comunicado oficial que se le envió por correo electrónico. Sin embargo, había una condición para el otorgamiento del premio. Pongan atención, que ahora viene lo bueno. La condición era que Rodríguez ofreciera una disculpa pública por haber cuestionado el proceso en que se desarrolló el certamen. Cosa que no hizo, obviamente, aunque eso significara que declararan desierto el premio o se lo concedieran a otro participante, como decían en el comunicado. Les remitió, en cambio, una aclaración en la que enumeraba las razones por las cuales había cuestionado el proceso y reafirmaba su derecho al haber procedido de esa manera y su negativa a disculparse. Pasaron unos cuantos días, durante los cuales podemos imaginar un incesante intercambio de correos electrónicos entre organizadores y Jurado, que dieron finalmente con la invitación para que el día 1 de octubre Rodríguez llegara a La Ceiba a recibir el premio.
Si decidimos aclarar también aquí esas incidencias es sólo para evitar más rumores (¡falsa esperanza!) y reivindicar la doble victoria de Rodríguez: una, por la posible calidad de la obra con la que ganó, y la otra, por haberles negado el placer de salirse con las suyas a unas cuantas personas malintencionadas y ahora, de dudosa reputación.
¡Brindemos, pues!

lunes, 29 de septiembre de 2014

Nueva sección: "Los Premios Chucos"

Con la vuelta al ocio del editor plenipotenciario de este blog, mostramos ahora nuevos signos de vida. Aunque supongo que esto es algo que muy pocos habrán notado. Coincide esta vuelta con la de Los hermanos de la uva, más conocidos como Guaipe 1 y Guaipe 2, quienes me han dado, sin querer, la idea de una nueva sección para este blog mimalapalabrero: una nueva sección que se llame algo así como "Los Premios Chucos" o "Festín de Cuervos" o quizá tan sólo "Tormenta de Espadas" y que aluda al tema de los certámenes literarios en H, que siempre se han debatido entre la corrupción y el aldeísmo. Una nueva sección que funcione más o menos como la policía de los premios literarios en H. Y que ofrezca la posibilidad de llevar a juicio entre nuestros lectores a acusadores y acusados. (Este es el momento en el que los Señores Anónimos empiezan a echar saliva y a restregarse las manos...) Una sección cuya primera entrada está más que lista. ¿Por dónde empezamos? ¿Por quiénes empezamos?

martes, 16 de septiembre de 2014

Los informes de Bazlen

Bobi Bazlen.
Pudiera ser que exista un género literario que no conocíamos: el informe de lectura, o que ya lo conocíamos pero no considerábamos su importancia como género literario. O pudiera ser tan sólo que, sin estar pensando o no en la posibilidad de un nuevo género, nos interesemos por esos informes de lectura que escribió Bobi Bazlen, de quien nos habla Enrique Vila-Matas en esta ocasión en las páginas de El País:
Bobi Bazlen (Trieste, 1902-Milán, 1965) fue un legendario ágrafo que leía mucho y no ensalzaba a casi nadie, pero festejó como un loco la aparición de Gombrowicz: “Uno de los aliados más honestos que podemos tener en la verdadera revolución contra el amor, el arte, los principios inmortales y todas las tonterías de siempre”. Fue también un perfecto detector de la falta de talento de sus contemporáneos y de la recaída constante de muchos de estos en “las tonterías de siempre”.
Huyó tanto de la escritura que acabó apasionándose por la intervención directa en la vida de las personas. Una de sus amigas le recordó así: “Era maléfico. Se pasaba el tiempo ocupándose del vivir ajeno, de las relaciones de los otros, lo liaba todo: en suma, un fracasado que vivía la vida de los demás”. 
Como este “fracasado” opinaba que casi todos los libros de sus contemporáneos no eran más que notas a pie de página, apenas escribió nada, salvo un cuaderno de notas, una novela inacabada, y un montón de dictámenes literarios entregados a editoriales de Turín. Cuando hace dos años una selección de sus Informes de lectura (acompañados de unas cuantas cartas al poeta Montale) fueron publicados por la editorial argentina La bestia equilátera, algunos se enteraron entonces de que Bazlen no escribía, pero se le podía leer. En sus papeles hablaba de los mismos libros que publicaba entonces Carlos Barral en Barcelona: la prueba de que al menos en el terreno editorial no andábamos en nuestro país tan atrasados como en todo lo demás.
En esos informes califica a Blanchot de “acróbata inconsistente”, pero ensalza su ensayo La mirada de Orfeo. Confiesa no haber pasado de la página 30 de Los reconocimientos, de William Gaddis. Se ríe de un modo infinitamente serio de García Lorca, de Neruda, de Robbe-Grillet. Y, al ocuparse de El hombre sin atributos, de Musil, sentencia que es un libro importantísimo, pero nada comercial, pues la novela le parece “demasiado larga”, “demasiado fragmentaria”, “demasiado lenta, o aburrida, o difícil” y “demasiado austríaca”.
En una reciente reseña, Christopher Domínguez Michael observa cómo Bazlen nunca se olvidaba del factor comercial de un libro; parecía no perder jamás de vista que si sus dictámenes engañaban a la editorial y ésta se arruinaba, él iría directo al paro. Debería escribirse, propone Domínguez Michael, la historia del informe literario junto a la historia de su hermana-enemiga, la contraportada. Creo que sin duda daría para un exquisito relato: los informes de lectura eran siempre ferozmente sinceros; las contraportadas, en cambio, modosas y artísticamente hipócritas, aunque mucho más decorosas que el Blurb de nuestros días, esa “máxima para tarados”, lo llama Domínguez Michael, para quien si la contraportada pertenece al dominio de las virtudes públicas, el informe de lectura se origina en los vicios privados… ¿Mi conclusión? Pues que a medio camino entre el texto hipócrita y el excesivamente sincero, se encuentra el manuscrito ideal: aquel que alguien —tal vez un ágrafo trágico— escribirá algún día.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El ruido y la furia de James Franco

Una de las primeras imágenes de El ruido y la furia, protagonizada y dirigida por James Franco.

Es difícil imaginar una adaptación cinematográfica de El ruido y la furia, aunque nos enteremos ahora de una hecha en 1959 por Martin Ritt, pero James Franco se ha atrevido y acaba de presentarla en la Mostra de Venecia, fuera de competición. Todos sabemos que Franco tiene una carrera exitosa como actor pero pocos sabemos que ha dirigido algunas películas, que estudió filología inglesa y escritura creativa en las Universidades de Yale y California, que publicó un libro de cuentos, que imparte clases en algunas universidades y que se interesa particularmente por las películas que tengan una relación más estrecha con la literatura. El asunto es que últimamente James Franco ha estado haciendo películas basadas en obras literarias o en escritores: una versión de Mientras agonizo, de Faulkner, otra sobre Bukowski, otra sobre Allen Ginsberg... Pero volvamos a El ruido y la furia, de la que hasta el momento no se ha dicho mucho:
"La novela escogida por el actor, hijo de una profesora de literatura y autora de libros infantiles, no era la más sencilla que podía adaptar. Franco, que se reserva el papel de Benjy en un auténtico festín de histrionismo interpretativo, ha apostado por una simplificación de la novela en esta adaptación. Para empezar, se ha desprendido del último capítulo, relatado por un narrador omnisciente, y ha apostado por centrarse en los pasajes que más le interesaban para comprimir las 350 páginas de la novela en 110 minutos de metraje" (El País).
"Hay algo esencialmente admirable en un tipo que se lanza a la dirección adaptando a Faulkner, McCarthy y otra vez a Faulkner. Y que lo hace buscando soluciones estéticas y narrativas (por muy discutibles que sean) que sirvan visualmente a los experimentos con el lenguaje y el punto de vista de los escritores que le gustan. Todos los que hayan leído «El ruido y la furia» saben que es tan imposible de adaptar como el «Ulises» de Joyce. Sin embargo, y fuertemente influido por el estilo asociativo de Malick, James Franco logra que los monólogos interiores de cuatro de los miembros de la familia Compton se traduzcan en imágenes mentales que se corresponden con el carácter y la sensibilidad de cada uno de ellos, y a pesar de los saltos en el tiempo, la historia llega con claridad al espectador". (La Razón).
“Mis películas como director nunca serán blockbusters, ni quiero que lo sean. El cine también puede ser arte puro y no solo entretenimiento para ganar dinero”, dice Franco, que además es profesor de literatura en Yale, integrante del grupo musical Daddy y autor de un libro de relatos, Palo Alto, inspirado en su adolescencia.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Ehrenhaus, un argentino de "escritura personalísima"

Portada del libro de Andrés Ehrenhaus.
Aún no sabemos si el pleonasmo del título del primer libro de Ehrenhaus y el gerundio del último son deliberados (por lo que dice J. Ernesto Ayala-Dip en esta reseña parece que sí), pero no podemos negar que esos dos libros parecen interesantes. La nota viene de El País:
En 1993, el escritor y traductor argentino Andrés Ehrenhaus (que lleva casi cuarenta años viviendo en Barcelona) publicó su primer libro de cuentos, Subir arriba. La escritura en ese libro jugaba un papel preponderante en su propósito de plasmar el mundo cabeza abajo. Nada era lo que se decía que era. El rol de la connotación se enfrentaba al orden establecido de la gramática lineal. El absurdo y el léxico acrecentaban una sensación casi pantagruélica del humor y las malas pasadas a la sintaxis. El camino que recorría Ehrenhaus ya lo habían recorrido antes otros, pero ese libro suyo era como si dicha operación la acabara de inventar él mismo en ese mismo instante, un segundo antes de comenzar a leerlo. Cuatro años más tarde, publicó Monagatari. Esta vez su hechura me pareció reiterativa. Inventiva inspirada pero al final menoscabada por un exceso de cuadros humanos muy subordinados al chiste fácil.
Ahora tenemos un nuevo libro de Ehrenhaus. Se trata de 19 relatos cortos aglutinados bajo un título muy ehrenhausiano: Un obús cayendo despedaza. Antes que entrar en su evaluación, digamos algo respecto a las normas que el autor introduce en su personalísima escritura. Los lectores se encontrarán con varios términos de imposible comprensión si no son argentinos o no están familiarizados con el sistema. Es habitual en algunos barrios de Buenos Aires alterar el orden silábico de las palabras. Ehrenhaus lo hace, pero además incrementa el caudal de su uso. También introduce en su vocabulario palabras catalanas castellanizadas. Y expresiones extranjeras traducidas: por ejemplo, un narrador de unos de sus cuentos no se doblega ante un galicismo como à la page: dice muy orgulloso de su idioma “a la página”. Esto conviene comentarlo no porque el lector lo necesite, sino porque da informe preciso de un arte poético donde estos desajustes de la lengua ayudan a configurar el mundo narrativo tan singular de nuestro autor. Todo lo que se cuenta en Un obús cayendo despedaza remite a ver las cosas por su revés y su envés. Cada relato nos cuenta una historia corriente y, a la vez, nos cuenta la única manera de contarla si se hace desde el punto de vista (y de escritura) de Andrés Ehrenhaus. Veamos el cuento ‘Un cronocimiento’, por ejemplo: se nos relata un viaje a Bucarest para visitar el cementerio judío llamado Filantropía: en él hay enterrado un judío que se llamó Adolf Hittler (como el tirano pero con una t más): era sombrerero y murió en 1896 a los 60 años. Si el lector busca en Google este cementerio (como hice yo) se le informará de la penosa historia de esa tumba durante la ocupación nazi. Pero Ehrenhaus usa ese mojón histórico (que parecía inventado por él mismo) para colarnos una historia muy suya. Muy ehrenhausiana.
Andrés Ehrenhaus plantea un interesante problema a sus lectores. Sus historias representan a seres humanos a los que podemos reconfortar con nuestro afecto, odiarlos o reírnos de ellos. Pero son gente que nunca hemos visto, ni imaginado que existieran. El insolente mundo narrativo de Ehrenhaus es un mundo inesperado. Esta felicidad de leerlo.
Un obús cayendo despedaza. Andrés Ehrenhaus. Malpaso. Barcelona, 2014. 162 páginas. 18 euros

M. A. West, el novelista desconocido

 El escritor Alexis Ravelo, creador de M. A. West. / Quique Curbelo.
La historia mínima de M. A. West, escritor estadounidense, autor supuesto de una novela negra titulada El viento y la sangre, publicada en 1950 y rescatada del olvido en 1953 por una editorial española, es digna de atención. He aquí algunas pistas, encontradas en El País:
“La encontré tras un gran trabajo de investigación”, le dijo el escritor Alexis Ravelo a Pere Sureda, de Navona Ediciones. “Puede valer para la colección de novela negra”, sugirió. Sureda, reputado experto, la leyó y se la “tragó”, reconoce. Devolvió la llamada y Ravelo le dijo que se había inventado la biografía de West, sus referencias bibliográficas y los diez trabajos más que supuestamente tenía publicados el estadounidense; que la pieza no se había escrito en Estados Unidos, y que la traductora, la periodista Thalía Rodríguez, era cómplice de la trampa. La novela se escribió en Las Palmas de Gran Canaria en 2012 y su autoría era de quien le hablaba. Sureda dudó. Se enfadó unos instantes y admitió el mérito: “Juguemos a lo que quieras jugar, Ravelo”, le dijo.
“Después de ser cómplice del autor, se la pasé a grandes expertos y amigos que me devolvieron con un aplauso esta obra sin saber que su autor era canario, consternados por no conocer a M. A. West”, dice Sureda.
M. A. West, decía su falsa biografía, era un tipo en apuros económicos, con muchos hijos, que escribía para completar un sueldo que le permitiera sobrevivir. 

miércoles, 30 de julio de 2014

Melancolía inútil, disponible en blog


Información para curiosos:
Todo mi libro de poesía Melancolía inútil (mimalapalabra editores, 2012), que incluye algunos poemas de Morir todavía, todos los de Las horas bajas (ganador de los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala, en 2006) y los veinte poemas de Réquiem, disponibles desde ahora en este enlace inútilmente melancólico.