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viernes, 9 de diciembre de 2011

Por qué a Escoto no le gustan las antologías


Portada del libro Puertos abiertos. Antología de cuento centroamericano.
¿Esta antología ofrece una visión saludable del cuento en CA?, le preguntó el periodista Carlos Rodríguez a Julio Escoto en una corta entrevista publicada recientemente en La Prensa con motivo de la antología del cuento centroamericano Puertos abiertos, preparada por Sergio Ramírez. Y tras leer la respuesta de Escoto es difícil dejar de imaginarse en su rostro una mueca de disgusto, de incomodidad y hasta de dolor:
No estoy muy seguro de ello. En el caso de Honduras ocurrió una sustitución de autores que yo, como responsable de la selección por país, no autoricé nunca. He solicitado explicación sobre eso a Sergio Ramírez y a esta hora no la he recibido. El director de la antología realiza la selección final pero no introduce a otro autor sin consultar, o por lo menos informar al responsable por país. Si eso ocurrió con Honduras pudo haber pasado con otros países, o con el tomo de poesía. Situaciones que desde luego deforman e incluso vician la idoneidad de una antología. En segundo lugar, la escogencia de solo autores vivos es una muestra parcial del desarrollo de una narrativa, corte transversal de un momento, no de un extenso período o la totalidad. Pero en este caso ese fue el criterio y me parece bien, excepto que no se puede hablar de “saludable” cuando solo conocemos a una parte del cuerpo global.
Obviamente el periodista no supo (o no quiso) ejercer su profesión de la manera en que podría esperarse y por eso hasta el sol de hoy desconocemos cuáles autores aparecen en esa antología en lugar de otros, según el fino criterio de Escoto. Desconocemos también cómo fue que se le otorgó a Escoto (si es que se le otorgó verdaderamente) la potestad de "seleccionar" los cuentos hondureños que aparecerían en ese libro. Desconocemos finalmente por qué Sergio Ramírez, responsable de la edición, incluyó a ciertos autores en la antología "sin consultar" a Escoto.
Cosas curiosas que ocurren en países de ciegos...

lunes, 2 de febrero de 2009

SRamírez sobre un fotógrafo de H

El fotógrafo Andres Serrano. Fuente: Bernardo Pérez. El País.
Encuentro por casualidad un texto de Sergio Ramírez, publicado el 25 de junio de 2007 en su blog de El Boomerang, en el que nos habla de un fotógrafo hondureño cuyas fotografías, entre las que destaca una de un crucifico en una bolsa de orina, "ponen el dedo en la llaga". Aquí les va el texto:
Madrid. Me han dicho que en el Círculo de Bellas Artes se exhiben las fotografías de un artista hondureño de renombre, Andrés Serrano, y he ido a ver la exposición que se llama El dedo en la llaga. Las referencias de los vínculos de Serrano con Honduras no las he encontrado por ningún parte, y no he dado con ellas sino después. Nació en Nueva York en 1950, hijo de un marinero de la costa norte de Honduras y de una cubana a la que abandonó. La madre, sometida a crisis mentales, llevó al niño a Honduras, un viaje fracasado en mucho sentidos, pues el hombre tenía otras tres mujeres, y Serrano habría de regresar más tarde solo, otra vez en busca del padre, como si persiguiera un fantasma. He ido primero a ver su serie de La Morgue en un sótano del edificio, aterradoras fotografías de cadáveres que representan un homenaje a la sensualidad de la muerte, cuerpos desnudos que enseñan su belleza congelada, que es a la vez su última fealdad; y luego, he recorrido el piso de la biblioteca donde se exhiben sus retratos de personajes de la cultura pop de los Estados Unidos, desde artistas del vodeville y payasos célebres a miembros encapuchados del Ku Klux Klan, y monjas, frailes, boy scouts. Un formidable artista provocador cuyo Piss Christ, la fotografía de un crucifijo metido en una bolsa de su propia orina escandalizó al establecimiento conservador de los Estados Unidos, tele predicadores y pastores de sectas fundamentalistas, al grado de haber sido amenazado de muerte. Un outsider que registra la vida a través del lente descarnado, como lo haría un retratista de caballete, capaz de pintar santos y monstruos. Éste es el hijo del marinero hondureño, que pone el dedo en la llaga.
Me llama la atención lo que Ramírez nos cuenta de este fotógrafo y me voy a buscarlo a Google. Lo primero que encuentro es una entrevista en El País, con el título "Mi fotografía es religiosa y blasfema a la vez". La entrevista abre con esta frase: "No conozco al señor Andres Serrano y espero no hacerlo nunca. Porque no es un artista; es un gilipollas". Fue pronunciada en 1989 por el senador estadounidense republicano Jesse Helms después de haber observado una foto de Serrano, la conocida con el nombre de Piss Christ (El Cristo de la orina).
Esperemos que los buscahéroes de La Prensa no se emocionen demasiado cuando se enteren de que este hombre tiene la mitad de la sangre catracha. Todavía no sabemos siquiera si conserva en su memoria alguna visión de infancia en nuestra querida H. Sólo sabemos que su tata era marinero, nacido en H y que los abandonó a él y a su nana para disfrutar en H de sus otras tres mujeres. ¡Vaya cabrón el marinero!

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Publicado el prólogo de SRamírez

El poeta Carlos Martínez Rivas, cuya antología finalmente no será publicada y distribuida por El País luego que el gobierno de Nicaragua censurara el prólogo de Sergio Ramírez.

Horno al rojo vivo. Prólogo censurado a la antología de Carlos Martínez Rivas

Por Sergio Ramírez
A la hora del desayuno de mis tiempos oficiales en el gobierno de la revolución ya estaba allí el correo de Carlos Martínez Rivas como si una mano invisible lo hubiera dejado sobre la mesa: un sobre de manila que había tenido antes otro uso, rotulado con su letra escolástica, firmes y elásticos arabescos de tiempos de empatador y tintero que enlazaban con sus rúbricas, como virutas, unas palabras con otras. Caligrafía de alumno díscolo del Colegio Centroamérica de Granada junto al Gran Lago de Nicaragua, mimado de los jesuitas, sobre todo del poeta navarro Ángel Martínez Baigorri, su mejor maestro, y mimado de las musas. Dóctor, se dirigí a mí en el sobre, o Doktor. Él era the poet, nada más el poeta.
Ya estaban allí también los informes oficiales, los recados tempraneros, los partes y las tiras de telex que ya no existen más, pero la avidez me llevaba de primero a rasgar el sobre de Carlos para encontrar, sino era otra vez su testamento ológrafo, porque varias veces fui su heredero universal honorífico y legatario otras tantas veces de su biblioteca, disposición esta última que llegó a anular bajo el temor, sic, de que "la convertiría en una biblioteca popular", sus poemas aún envueltos en el dorado calor del horno: madeleines para mojar en la taza de te de tilo a la hora del asma en Combray, croissantes para comer de pie junto a la barra en los desayunaderos de piso cubierto de aserrín de la rue Monsieur-le-Prince, muy al alba aguardentosa, hora de la alta resaca, mareo nostrum, los tiempos aquellos en que Octavio Paz lo recuerda aparecer entre los amigos de la inquerida bohemia con una guitarra y una botella llena de ron.
Su casa de Managua en el barrio de Altamira, uno de esos colmenares construidos después del terremoto, era como una panadería. Aunque alguien dijera por allí, quizás nosotros dos mismos conversando en eterna risa que ya traíamos muertos de risa desde los años ejemplares que compartimos en la década de los setenta en Costa Rica, que él llamaba con risa Costa Risa, encerrados en mi oficina burocrática de San Pedro de Montes de Oca, o en su celda monacal del falso Hotel Sheraton de la Avenida Central de San José, nombre ampuloso para un albergue de media mala muerte que sus propietarios chinos habían inscrito en el registro de marcas y no había trasnacional del mundo que pudiera quitarles, o como una ocurrencia más de aquellas de las tertulias de anochecer discutiendo literatura con José Coronel Urtecho a la luz de lámparas tubulares en el corredor con barandas de la hacienda Las Brisas que daba al Río Medio Queso anegándose en tinieblas, aunque alguien dijera, digo, cualquiera de nosotros dos, que más que una panadería se trataba más bien de una cueva, la cueva de Altamira con sus bisontes en la pared y el minotauro hidrópico que era él mismo paseándose en pelota entre esos muebles que no eran de hogar, sino de oficina de impuestos porque casa y muebles se los había proveído el gobierno, para qué más servía una revolución sino para amparar a un poeta, acaso sobre su desnudez una robe de chambre amarilla como una capa pluvial esponjándose en el aire tibio de la mañana. Y el espejo y la navaja de afeitar cruzados sobre la bacía llena de espuma de jabón. Cueva, o torre.
A esa puerta de la panadería de Altamira en la Managua que hervía a cuarenta grados centígrados llamó Graham Greene un mediodía de los dichosos años ochenta y el panadero barrigón en robe de chambre amarilla, válgame Dios, pelo hirsuto y labios tumefactos, abotagado de gin barato como aquel de la Fábrica Nacional de Licores de Costa Rica, comprado por cuartas en el Chellez Bar y que sabía a Pinesol, no le quiso abrir, y our man in Managua se quedó en el porche donde crecía feraz, el monte. La zarza ardiendo. Llamó con mejor suerte Mario Vargas Llosa, suerte que conocía a Blanca Varela y tuvo entonces entrada, y en la boca del horno le propuso al fauno comprarle su tomo crítico de las cartas de Flaubert, un viejo Flammarion de postguerra, y no se lo quiso vender, ni por todo el oro del mundo, me dijo luego esponjando en orgulloso disgusto la boca.
Por nada del mundo vendería tampoco la reproducción de la foto de Baudelaire, obra de Nadal, fijada con chinches al estante, pero quién quita un día de estos se la roban, como tantas cosas que desaparecen aquí, en toda fábrica de pan ocurre, se roban los huevos, la mantequilla. Hasta los moldes. Tanto derelict (palabra suya preferida=a social outcast, vagrant) rodeando a su dioscuro coronado de pámpanos, pululando ya de noche entre los sacos de harina, hurgando entre los desperdicios, un cardumen de gorgojos que busca pedacitos de gloria, fragmentos brillantes dispersos por el piso sin barrer, y a quienes el panadero de barba entrecana, una barba de días, gozoso de su papel, dirige como si se tratara de las pulgas amaestradas de un circo venido a menos.
En ese cuarto de la alacena están los libros en sus estantes y los viejos periódicos arpillados en mesas y en el piso donde andan los gatos, el viejo Poe que bota a su paso pelambre, el primero. ¡Amontillado! ¡Quién tuviera a su disposición un barril de amontillado aunque fuera en el rincón de la escena de un crimen! Huele por doquier a alcohol derramado, a orines estancados, a materia fecal, a desperdicios de cocina; pero aquí en la alacena toda la materia prima es apetitosa, aceite, harina, azúcar, sal: son los libros sabios y suculentos que uno siempre quisiera leer, libros citables, precisos, suficientes para confeccionar las hogazas de pan que se sirven en la fonda de Henry Fielding (Tom Jones, expósito, Libro I, Capítulo 1): los formidables portables de Penguin, ese Edmon Wilson, por ejemplo (y se colocaba imaginariamente el tomo bajo el brazo, dando un orgulloso paseo). O el sólido bollo, harina y levadura, que es Judas the obscure de Thomas Harding, y qué me decís de Sons and Lovers de D.H. Lawrence, ¿y Der Tod des Vergil, de Hermane Broch?, la muerte de Virgilio, no menos que la otra muerte, La muerte en Venecia, Der Tod im Venedig de Thomas Mann, y Dirk Bogarde sudando en la barbería funeraria bajo el maquillaje espectral. Una pronunciación espaciada, declamatoria, de cada título, el goce sapiente de cada palabra, como lo haría seguramente en las tertulias de cinco de la tarde Alexander Pope conversando con Orlando, el caballero-mujer de Virginia Wolf.
Libros arrastrados en el aluvión de su vida, piedras, lodo, amores perdidos, guitarras despanzurradas como aquella su guitarra en bandolera con la que lo vio llegar Octavio Paz, Carlos trastejando las cuerdas en el bar ya sin clientes del Hôtel des Etats-Unis, y otros amaneceres con Blanca Varela, y Fernando de Szyslo, y Julio Cortázar, y Ernesto Cardenal, todos juntos en aquella mesa del fondo que se aleja en un zoom inverso hasta que el obturador de la cámara se cierra en oscuridad, eternos desconsuelos, rencores de bolero, él, que como San Juan de la Cruz lloraba por verse postergado, (a ti te premian, a mí me plagian, le dijo en un poema a Octavio Paz), manías persecutorias, desprecio fementido de la fama.
Lecturas insuficientes: no hay lecturas suficientes, Doktor, porque ser sabio del todo sería como la muerte según el Doktor Faustus de Thomas Mann. Libros metidos en cajas de leche condensada para atravesar el mar, handle with extreme care, y los que se quedaron perdidos en París, y los otros abandonados en el apartamento de Argüelles en Madrid cuando fue el consejero cultural de la Embajada de Nicaragua que deambulaba por los bares hasta las claras del alba, y los que reposan aún en una oscura bodega en Los Ángeles, California, en espera del regreso de su dueño, el empleado de aduana marítima, puntual cuando no estaba en las cantinas, de corbata y cuello duro, mangas cortas, un clerk, como Rosseau el aduanero de los leones apacibles en azul nocturno. Igual a como vestía cuando lo conocí en León en tertulia improvisada, en la casa de Edgardo Buitrago en mayo de 1964, yéndose ya a España a asumir su puesto en la embajada, y yo a Costa Rica a asumir el mío en el Consejo Superior Universitario Centroamericano, clerk=la persona que realiza tales funciones como llevar registros y atender correspondencia, el clerk (oficinista) que guarda en una gaveta del escritorio el libro que lee furtivamente, talvez las poesías escogidas de William Blake, talvez las de Emily Dickinson: At last, to be identified!/At last, the lamps upon thy side/The rest of life to see! (¡Al fin, ser identificado! ¡Al fin las lámparas a tu lado, lo que queda de vida para ver!)
Después, en esa casa de Altamira, la cueva que fue panadería, estaban las sartenes, colocadas en orden, donde esperaban para entrar al horno los textos en proceso (work always in progress). Se ve lo que no se toca. Carpetas rotuladas con plumones violeta, negro, marrón, a las que nadie puede asomarse, y sin embargo, todo mundo se asoma, todo mundo se siente en esta feria con el derecho de secuestrar esos manuscritos (mecanoscritos) para llevárselos como souvenirs, travestis sin fortuna, efebos indefensos como aquel del dormir plácido en el sótano del Louvre, erinnias mal disfrazadas de monjas, o peor, de vedettes, o de vampiresas, putillas, poetillas: si no estuviera el otro. El difuso terco mundillo del amanecer. La pululante línea de la imperfección y el anonimato...
Y finalmente el horno, la máquina de escribir, seriamente colocada sobre el escritorio de contador segundo, frente al sillón de vinilo estacionado a la distancia precisa. Su firma al pie de cada poema, cmr. La manía cmr ha llegado a consistir en sus constantes denuncias contra los tipógrafos primero, y las operadoras de computadora al acabarse los tipógrafos, porque cometen demasiados errores y arruinan los textos ¡La fatalidad de una letra trastocada, de la línea de un verso mal cortada, traiciones a la fidelidad! De modo que las cuartillas salidas de la máquina, y tecleadas con primor maniático a veces con subrayados en rojo (llegó la hora en que esas cintas de máquina de dos colores dejaron, alas, de existir) iban directamente a la plana del suplemento literario, fotografiadas en vivo. Si es que iban, porque había aún una mejor manía, la de negarse a publicar sus poemas.
Pasaron los años. El horno, con su rojo fulgor de infierno, aventando chispas por la boca que traga las sartenes, no hay modo que no siga encendido en la cueva desierta del panadero que toda la vida pasó aprendiendo a actuar, a vivir, a beber como Baudelaire, la perfomance de su vida que fue toda su vida. Suyo el rescoldo del absintio, suya la resaca del ajenjo que tiñen de verde las llamas del horno y el cielo del paraíso, infierno de cielo. Un ensayo de infierno. Ensayo con trajes, hoy, general rehersal, y la gran gala, poet, suspendida por fuerza mayor. Pan duro, duro aprendizaje. La última sopita. La cama final de la sala J del Hospital Militar de Managua.
El coche funerario arrastrado por la pareja de caballos enclenques de cabezas empenachadas y los lomos cubiertos por un velo negro como de mosquitero, va por la Calle Real de Granada mientras los transeúntes se alinean extrañados en las aceras porque detrás la banda militar toca marchas dolientes. Y no hay manera que se aparte de la cabeza del muerto eximio el recuerdo implacable de su madre endeudada que se suicidó porque había dispuesto de las joyas que el Monte de Piedad le confiaba para colocar, sólo para que el hijo se hiciera poeta en París, el hijo pródigo, el hijo prodigio. Y la edición príncipe de un mil ejemplares de La insurrección solitaria, su único libro que siempre crecía o disminuía, según el caso, que se trajo de México casi íntegra y se comieron la humedad y las polillas en la bodega de un beneficio de café de la hacienda de un pariente suyo, cercana a Managua. ¿Hay un ataúd que clavan con gran prisa en alguna parte? Ce bruit mystérieux sonne comme un départ...
Y vestido ya para la gran gala, según la foto de Nadal, mantos y mangas de mujeres lo depositan en la obscura y helada tumba que se buscó. Y que viene a ser lo mismo según su San Malcolm Lowry y el mío, la oscura tumba donde yace mi amigo.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Sergio Ramírez y la censura

Sergio Ramírez, esta semana en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México). Foto: GIOVANNY GARRIDO
No sé por qué presiento que en Honduras empezarán a suceder muy pronto cosas parecidas. ¿Será porque estamos en tiempo de elecciones y los resultados primarios hacen que la sospecha empiece a derivar en terrible certeza? Esta vez le ocurrió a Sergio Ramírez, y ahí al lado, en Nicaragua. Leamos esta nota de J. R. Marcos que aparece hoy en EL PAIS:

El Gobierno de Nicaragua, a través del Instituto Nicaragüense de Cultura, ha impuesto su veto a Sergio Ramírez (Managua, 1942) como prologuista de la antología de Carlos Martínez Rivas (1924-1998) que EL PAÍS tenía previsto publicar el 27 de mayo de 2009. La selección formaba parte de la colección de poesía dedicada a los grandes poetas en lengua española del siglo XX que este periódico viene publicando semanalmente desde el pasado 23 de noviembre. El diario ha decidido retirar la antología de Martínez Rivas por considerar "inaceptable" el veto a Ramírez.
Los títulos de la colección, dirigida por José Manuel Caballero Bonald, han sido prologados por diferentes escritores, actores y cantantes españoles y latinoamericanos. El Instituto Nicaragüense de Cultura, depositario de los derechos de publicación de Martínez Rivas, expresó su negativa oficial a que Sergio Ramírez prologara a su compatriota en una carta dirigida al gerente de recursos de EL PAÍS el 25 de noviembre. En ella, Luis Morales, director del Instituto, afirma que la voluntad del poeta era que su obra quedara "bajo el estudio únicamente del escritor nicaragüense Pablo Centeno Gómez".
Diez días antes, no obstante, Héctor Avellán, designado por el mismo Instituto como interlocutor para la confección de la antología, transmitió a la editorial Santillana, responsable de la edición de la colección, argumentos igualmente negativos respecto a la participación de Ramínez pero que en ningún momento mencionaban la cláusula de exclusividad supuestamente establecida por Martínez Rivas. De hecho, según el equipo editorial, los trabajos preliminares de la antología avanzaron sin problemas mientras el prologuista provisional designado por Caballero Bonald era un poeta español. Fue en el último ajuste de autores y presentadores (que también afectó a otros títulos de la colección) cuando Sergio Ramínez fue designado como prologuista definitivo.
El 18 de noviembre, Héctor Avellán subrayaba a los editores el deseo del Instituto Nicaragüense: "Reanudamos el proceso de edición del libro si se retoma la idea de que sea un autor español u otro autor quien presente el libro de Carlos Martínez Rivas. Sólo así damos nuestro visto bueno". A continuación proponía el nombre de un poeta español.
Para Caballero Bonald, se trata de "un acto de censura, un atentado a la integridad de la cultura". El responsable de la colección interpreta el veto del Gobierno nicaragüense como "una venganza" de su presidente, Daniel Ortega. Ramírez fue, entre 1984 y 1990, vicepresidente del primer Gobierno sandinista. En 1995 abandonó el Frente Sandinista por discrepancias con el propio Ortega.
Para el novelista, que estos días participa en la Feria del Libro de Guadalajara, el veto es un "atropello a la libertad de expresión" que sólo demuestra una "ambición totalitaria". "El siguiente paso será la prohibición de que mis libros circulen en Nicaragua", informa Pablo Ordaz.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Margarita, está linda la mar

Por Giovanni Rodríguez
En Margarita, está linda la mar, del nicaragüense Sergio Ramírez, el relato se presenta en dos niveles, uno que nos remonta a 1907, año del regreso de Rubén Darío a Nicaragua, siendo recibido por sus compatriotas con gran entusiasmo en un homenaje que se le brinda; y el otro en 1956, año de la muerte del dictador Anastasio Somoza García a manos de Rigoberto López Pérez, un poeta leonés que, tras un plan llevado a cabo minuciosamente por él y sus compañeros, logra infiltrarse en una fiesta que se realizaba en honor al dictador.
Ambas historias, la que inicia con la llegada de Darío a Nicaragua y que acaba con su muerte producto de cirrosis hepática, y la que conduce finalmente al atentado y muerte del dictador Somoza, son presentadas alternativamente, ya sea por un narrador omnisciente, que nos lleva principalmente desde la perspectiva del capitán Agustín Prío, uno de los conspiradores de Somoza, o por los apuntes de Rigoberto López Pérez en 1956, que obligan a saltar constantemente al pasado.
Rubén Darío llegó, se dijo, procedente de París, a la ciudad de León en 1907. Los nicaragüenses reunidos a orillas del mar esperando el barco le brindaron un homenaje sin precedentes que el poeta recibió con mucho agrado, sobre todo porque entre los anfitriones figuraba Eulalia, una joven mujer ya casada pero con grandes atributos, que de inmediato atrapó la atención del homenajeado.
49 años más tarde el capitán Agustín Prío observa desde el balcón del café, donde desde hace algún tiempo viene reuniéndose un grupo para reconstruir la historia del poeta y al mismo tiempo conspirar contra el régimen dictatorial de Somoza, cómo el dictador y su esposa Salvadora Debayle, la Primera Dama, llegan a León para disfrutar de una fiesta en honor a Somoza.
Desde este momento, a partir de lo que el capitán Prío supone que debe estar pensando la Primera Dama frente a la tumba de Rubén Darío, empiezan a ocurrir los frecuentes saltos al pasado y su consiguiente vuelta al presente a través de las conversaciones de los conspiradores en el café.
Darío se prende de la belleza de Eulalia y la hace sentarse a su lado durante el homenaje. Todos comparten la alegría del poeta: el sabio Louis Debayle, su esposa Casimira, el obispo Simeón, el entonces pequeño Quirón, a quien el poeta habría de traspasarle luego el numen de las musas apretando fuertemente su cabeza, y las hijas del sabio y Casimira, Salvadora y Margarita, esta última propietaria del abanico depositario del famoso poema de Darío "Margarita, está linda la mar".
Pero todo vuelve a 1956, el presente del relato, cuando los conspiradores llegan al punto en su recuento de la vida del poeta en el que La Maligna, apodo adjudicado a la legal esposa de Darío, se presenta sorpresivamente en el homenaje y sin considerar el valor de los buenos modales se brinda con todo a su impostergable pregunta: "¿Quién es esa puta?" , refiriéndose, por supuesto, a Eulalia, tan inocente y presumiblemente tan casta hasta el día en que el vate operó divinamente en ella.
Más adelante, antes de la muerte de Rubén Darío y del atentado contra Somoza, los momentos más importantes de la novela, se registran otros episodios que ayudan a hilvanar la relación entre las dos historias creando una continuidad temporal entre pasado y presente para situarlos como un mismo orden de acontecimientos en la percepción de los lectores.
Quirón se constituye en uno de esos personajes tejedores y unificadores de la historia cuando, luego de la muerte del poeta, el sabio Debayle y Andrés Murillo, hermano de La Maligna, se disputan su cerebro. Quirón, a quien, recordemos, el poeta había traspasado el numen de las musas, logró al final de cuentas apoderarse del cerebro y salir corriendo a enterrarlo al pequeño jardín trasero del burdel de La Caimana. Y lo mismo hizo casi medio siglo después con los testículos de Rigoberto López luego que éste disparara contra Somoza y muriera acribillado por miembros de la Guardia Nacional. Quirón se deslizó, como antes lo había hecho por el cerebro de Darío, esta vez por las calles oscuras y vigiladas por la Guardia Nacional y luego de que Caradepiedra Diómedes Baldelomar, un esbirro del dictador, le cortara, según presunta orden del convaleciente mandatario, los testículos, aprovechó una distracción de todo el mundo para agenciarse tan preciada joya, o más bien joyas, si recordamos que eran dos, para salir de nuevo corriendo al jardincillo del burdel de La Caimana y enterrarlos junto al cerebro del poeta Darío.
Rubén Darío murió debido a una de las tantas operaciones infructuosas, entre las que valdría mencionar la de cambio de sexo de La Caimana, que a lo largo de toda su vida como médico había practicado Louis Debayle. El poeta había recaído por causa de su nada reprochable afición a los productos destilados y tonificadores del ánimo, afición que lo conducía hacia lo que él mismo llamaba "Los paraísos artificiales", y el sabio Debayle, aún sabiendo que para la cirrosis hepática no había cura, se aventuró en busca de la tan ansiada gloria científica, encontrándose solamente con la triste muerte de uno de los más grandes poetas de todos los tiempos.
Mientras tanto, casi medio siglo después, en el que, repetimos, es el presente de la historia, Rigoberto López Pérez ha entrado ya con una acompañante a la fiesta en honor de Somoza. La forma de perpetrar el atentado está suficientemente discutida por todos ellos, los conspiradores. Todo está listo. Calcula los movimientos, saca a bailar a su pareja, se acerca a Somoza y le encaja los libertadores disparos que diez días después habrían de ocasionarle la muerte en el refugio de una clínica privada.
Así nos presenta la historia Sergio Ramírez, con un Rubén Darío de carne y hueso y un Somoza no tan poderoso que termina siendo atacado, para después morir, de una forma muy simple.
La novela, el héroe, el estilo
Margarita, está linda la mar es una novela que refleja la madurez literaria de Sergio Ramírez, quien llega a la raíz literaria y al drama político de Nicaragua y América Latina con una conjunción perfectamente armónica de sustancia y estilo.
Las dos líneas argumentales que se alternan responden al declive y muerte del poeta Rubén Darío, entre 1907 y 1916, y a la pequeña conspiración que terminará con la vida de Somoza, en 1956. A partir de un poema escrito en el abanico de una niña se desarrolla la historia de la Nicaragua del siglo pasado teniendo como centro la ciudad de León y como telón de fondo la corrupción política, la constante intervención militar y política norteamericana y la violencia de la dictadura somocista.
Se trata, una vez más en Sergio Ramírez (ya lo había demostrado en sus dos novelas anteriores), de la fuerza poderosa de la memoria tamizada por la imaginación del escritor que incluye, además, la imaginería centroamericana, y expresada mediante un prodigio verbal rico y sutil.
La voz del narrador adquiere a veces un carácter omnisciente y a veces se individualiza en la del poeta Rigoberto López Pérez, un joven que investiga y apunta en su cuaderno de notas a los personajes curiosos que le rodean en León, y cuya afición lo lleva tanto a averiguar detalles de la muerte de Darío como a conocer los antecedentes miserables del dictador a quien odia. Rigoberto no sólo será la voz que dé coherencia a las numerosas historias que constituyen en entramado narrativo, sino que se irá convirtiendo en el héroe que lúcidamente se enfrentará a la muerte para cumplir con lo que considera un deber patriótico: matar al dictador.
La vida de Rubén Darío forma parte del fondo de Margarita, está linda la mar y su poesía impregna el estilo y la forma de la novela. El afán de coherencia, la madurez conceptual de Sergio Ramírez han dado lugar a que en esta novela su lenguaje sea un vehículo modernista terso y matizado para una historia al mismo tiempo provinciana y universal. El estilo de Margarita, está linda la mar revela la reflexión del autor sobre la propia escritura, la preocupación, al mismo tiempo obsesiva y refinada, por encontrar una forma adecuada y nueva para esta historia de pasiones humanas.
La forma
Margarita, está linda la mar presenta una secuencia aparentemente lineal; de hecho, si consideramos por separado las historias de Rubén Darío y de Anastasio Somoza, cada una presenta su propia secuencia de acontecimientos en un orden lineal. Sin embargo, a pesar de que los hechos se van presentando en un orden cronológico dentro de cada una de las dos historias, al analizarlas juntas se registran numerosos saltos al pasado (1907-1916), del cual es posible volver para instalarse de nuevo en el presente (1956) sólo a través de las conversaciones de los conspiradores en el café Prío.
De modo que esta novela tiene una forma bastante compleja que implica una lectura muy atenta para no perder el hilo de los acontecimientos.
El rompimiento de los mitos
Algo que llama la atención en esta novela es la forma como Sergio Ramírez presenta a la figura de Rubén Darío. “Voy a poner a caminar en las calles de esta novela a un Rubén Darío de carne y hueso”, declaró una vez Ramírez en una entrevista que le hicieran en Costa Rica.
De modo que el Rubén Darío mítico de las estatuas de mármol y de bronce, el aristócrata impecable, aparece aquí como un hombre cualquiera; y no sólo eso, lejos de una intención meramente desmitificadora, que se conformaría sólo con restarle pompa y colorido a sus días, Ramírez se permite ofrecernos una perspectiva nueva del poeta, muy diferente de la tradicional, observando sus más marcados defectos, sus momentos de declive artístico y humano e incluso aquellos episodios de su vida que resultan cómicos, por ejemplo aquél en que se duda de la virilidad del poeta: "El impotente era Rubén. Nunca pudo haber preñado a Eulalia –dijo Edwin-. Para los días de su viaje triunfal a Nicaragua el licor le había consumido toda su potencia viril".
Otra de las características de esta novela es que la verdad acerca de los acontecimientos, ya sean los históricos o los ficticios, depende de la perspectiva desde la cual se los mira. Así es como los personajes entran en constantes contradicciones respecto de lo que ocurrió en la vida del poeta Darío. Un ejemplo de esto puede encontrarse en el episodio del traspaso del numen de las musas de Darío al niño Quirón. La primera vez que se nombra el suceso en la voz de Rigoberto se lee: "El niño quiere retroceder pero las manos lo retienen implacables, apretándolo cada vez más. Un sordo rumor de caracolas va llenando su cráneo, y tanto lo aturde aquel ruido que rueda desvanecido". Y en la segunda ocasión, durante la discusión de los conspiradores en el café Prío, puede, en cambio, leerse: "-Eso de que se le pueda traspasar a un niño el numen de las musas con sólo apretarle la cabeza, me parece una grave exageración –dice entonces Edwin. -Ninguna exageración –dice el Capitán Prío-. El niño rodó por los suelos, prendido en calentura. El sabio Debayle lo estuvo tratando por meses. Sufría una especie de paludismo mental".
Estos pasajes demuestran una vez más las dotes de narrador de Sergio Ramírez. Tal vez el contenido argumental de Margarita, está linda la mar lleve a la idea preliminar de que estamos sólo ante una novela de época, con personajes históricos, con anécdotas verificables, con un paisaje social y político de inmediata identificación; y, sin embargo, con tener todo ello, la novela de Sergio Ramírez se eleva sobre sus circunstancias históricas para proponerse como un excelente artefacto de encantamiento narrativo.