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jueves, 24 de mayo de 2012

Censura y patrioterismo


Patriotas hondureños saludando a sus próceres.
El escritor peruano Iván Thays, muy conocido por su blog Moleskine Literario, publicó recientemente un nuevo artículo en ese otro blog, Vano oficio, que administra para el diario español El País. En esta ocasión, Thays cita a Salman Rushdie, un escritor más que autorizado para hablar de la censura. Es un artículo que yo recomendaría leer atentamente a esos "lectores" hondureños que corren a aplaudir cada vez que Julio Escoto publica una nueva novela patriótica. La recomendación vale también para Julio Escoto. Saludos, Juventud. Pero vámonos con Thays:
A las causas políticas, morales o religiosas que menciona Rushdie hay que sumar otras que, de manera más sutil pero con igual contundencia, actúan como entes censores en la actualidad. La primera causa es el mercado. Como dice La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa, la publicidad ha reemplazado a la crítica y el mercado es quien dicta la norma. Nada se puede publicar si no ha sido aprobado antes por el mercado. Ninguna editorial, librería o agente literario podría sobrevivir si no logra una ecuación equilibrada entre autores que el mercado exige y autores que le dan prestigio, aunque representan pérdidas. Y si las pérdidas son mayores que las ganancias, editoriales, librerías y agencias (y autores) quiebran indudablemente. Es casi imposible escapar del mercado, que no censura directamente sino que lo hace a través de sus reglas invisibles. Copar las mesas de novedades y las páginas culturales, hundir en el olvido las obras que no participan del espectáculo y mimar hasta el disparate a los autores best-sellers son algunas de esas reglas. La ley general es la frivolidad y hacia eso apunta. Incluso los libros que no son fáciles o superficiales sino incluso complejos, tienen cabida si el mercado ha sabido adoptarlos a sus reglas que todo lo frivoliza. Hace unos años, por ejemplo, en España se dio un fenómeno interesante: uno de los libros más vendidos del año fue Vida y Destino de Vasili Grossman. Un monumento histórico y meticuloso de más de 1,100 páginas sobre el cerco de Stalingrado, escrito en la década de los 40, publicado póstumamente a fines de los 70 en inglés y francés, traducido en el 2007 (versión íntegra) al castellano. Un éxito de ventas y de crítica. Pero ¿cuántos lectores están capacitados en realidad para leer un libro semejante? Poquísimos. Bajo las reglas del mercado, comprar un ejemplar complejo es adquirir un bien prestigioso, engalanar tu biblioteca con el libro del que todos hablan, pero no es una exigencia leerlo. Basta con poseerlo.
Otro factor de censura es el patrioterismo. Como sucedía con los comisarios estalinistas (aquellos que nunca hubieran dejado publicarse, justamente, Vida y Destino), el patrioterismo crea una exigencia en los escritores: mostrar una realidad positiva, no provocar la duda o el cuestionamiento, dar vivas a la patria y a sus protagonistas contemporáneos (escritores, artistas, chefs, deportistas, lo que sea). En pocas palabras: no ser un aguafiestas. Cuando en el 2010 se le otorgó el Premio Nacional de Chile a Isabel Allende, sus defensores subrayaron que ella había "puesto en el mapa" literario a Chile. No se discutía la calidad de sus obras, y menos en comparación con la de otros autores propuestos para el premio, sino el que gracias a ella Chile tenía una autora de bandera. Los críticos de Isabel Allende eran envidiosos, malagradecidos o antipatriotas. No se puede criticar a ningún personaje sobre el cual reposa la autoestima nacional. Recordemos que hace un año se intentó, en la Feria de Libro de Buenos Aires, que el recién galardonado con el Nobel Mario Vargas Llosa no inaugure la Feria porque "insultó" a Cristina Kirchner al criticar su gobierno. ¿No es eso censura? Si se mantiene esa idea patriotera que obliga a todos a apoyar ciegamente la causa nacional, y se suma a ello la mentalidad positiva de los empresarios embrutecidos por cursos de coaching, pronto tendremos comisarios de un nuevo estalinismo liberal: aquel que solo acepta a los autores que consiguen triunfos internacionales, más allá de su calidad literaria, y cuyas obras logran posicionar al país como un lugar de ganadores.
Como dice Salman Rushdie en su intervención: "El arte no es entretenimiento. Cuando el arte es muy bueno, es una revolución". Y ninguna revolución se logra siguiéndole el ritmo a un discurso hegemónico, a un slogan patriótico o a las pretensiones del mercado. Defender los libros de la censura, como pide Rushdie, implica no solo defender el derecho a escribir, sino el derecho a escribir sobre -o contra- lo que uno quiera.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Por qué a Escoto no le gustan las antologías


Portada del libro Puertos abiertos. Antología de cuento centroamericano.
¿Esta antología ofrece una visión saludable del cuento en CA?, le preguntó el periodista Carlos Rodríguez a Julio Escoto en una corta entrevista publicada recientemente en La Prensa con motivo de la antología del cuento centroamericano Puertos abiertos, preparada por Sergio Ramírez. Y tras leer la respuesta de Escoto es difícil dejar de imaginarse en su rostro una mueca de disgusto, de incomodidad y hasta de dolor:
No estoy muy seguro de ello. En el caso de Honduras ocurrió una sustitución de autores que yo, como responsable de la selección por país, no autoricé nunca. He solicitado explicación sobre eso a Sergio Ramírez y a esta hora no la he recibido. El director de la antología realiza la selección final pero no introduce a otro autor sin consultar, o por lo menos informar al responsable por país. Si eso ocurrió con Honduras pudo haber pasado con otros países, o con el tomo de poesía. Situaciones que desde luego deforman e incluso vician la idoneidad de una antología. En segundo lugar, la escogencia de solo autores vivos es una muestra parcial del desarrollo de una narrativa, corte transversal de un momento, no de un extenso período o la totalidad. Pero en este caso ese fue el criterio y me parece bien, excepto que no se puede hablar de “saludable” cuando solo conocemos a una parte del cuerpo global.
Obviamente el periodista no supo (o no quiso) ejercer su profesión de la manera en que podría esperarse y por eso hasta el sol de hoy desconocemos cuáles autores aparecen en esa antología en lugar de otros, según el fino criterio de Escoto. Desconocemos también cómo fue que se le otorgó a Escoto (si es que se le otorgó verdaderamente) la potestad de "seleccionar" los cuentos hondureños que aparecerían en ese libro. Desconocemos finalmente por qué Sergio Ramírez, responsable de la edición, incluyó a ciertos autores en la antología "sin consultar" a Escoto.
Cosas curiosas que ocurren en países de ciegos...

domingo, 28 de febrero de 2010

8 veces H

 
Hijos de H celebrando un gol (clímax de nuestro patriotismo).
Estaba tan insistente la H en la edición sabatina de El País, que decidí inventariar sus apariciones. 

1. Primero fue en un texto titulado "La gran tentación latinoamericana", en el que comentan que en Colombia al presidente Uribe le niegan la opción de un tercer mandato. La H aparece cuando recuerdan el golpe de Estado del pasado 28 de junio:
"En Honduras, el derrocado presidente Manuel Zelaya intentó reformar la ley para optar a otro período de gobierno, pero el golpe de Estado truncó sus aspiraciones".
Hay que ver con qué ligereza dan por descontado que todo lo ocurrido en H a partir de la fecha mencionada anteriormente es consecuencia directa de la propuesta de la Cuarta Urna, una propuesta que daría lugar a una Asamblea Nacional Constituyente, y que una vez instalada ésta, los ahí reunidos habrían de estudiar democráticamente si se reformaba y modernizaba un poco nuestra vetusta Constitución, y que en el hipotético caso de que una de las reformas concediera la opción de la reelección presidencial, Zelaya decidiera volver a ser candidato, y que en el caso de que así lo decidiera, que finalmente el pueblo votara, en su mayoría, por su reelección, como ocurre en todo país verdaderamente democrático y civilizado, pero para qué volver con la misma babosada, ¿verdad?, si ya nuestra H está resurgiendo, ganándose nuevamente el favor del mundo entero, con su carita y su camisita blanca, pura, democrática e independiente...

2. La H apareció de nuevo en la nota titulada "EE UU se resiste a apoyar a Insulsa para liderar la OEA":
"La secretaria (de Estado de EE UU, Hillary Clinton) está especialmente molesta por la maniobra propiciada por el secretario general en la Asamblea de la OEA de San Pedro Sula (Honduras), en junio pasado, para reincorporar a Cuba a la organización".
Es una situación que, "por la enorme importancia que tiene para mi vida", desconozco, pero que me permite observar de nuevo esa simpática costumbre gringa de meterse en todo y con todos porque, claro, todo lo que hagan todos en todas partes del mundo al fin y al cabo tiene algo que ver con ellos, los gringos. Pero no me interesa indagar en los intereses de la señora Clinton, tan sólo consignar aquí, una a una, las apariciones de la H este sábado en El País.

3. Va la tercera: "Que cada palo aguante su vela" es el título del discurso del presidente de Costa Rica, Óscar Arias, en la Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe, en Cancún, México, el pasado 22 de febrero, en donde, entre otras cosas, de esas típicas cosas suyas medio claras medio oscuras, dice:
"Y es también lamentable que en esta Cumbre de la Unidad se encuentre ausente el Gobierno de Honduras, cuyo pueblo es víctima del militarismo y no merece castigo, sino auxilio".
Muchas gracias, señor Arias, pero si su mediación seguirá teniendo el objetivo de caerle bien a todo el mundo mientras bajo bajo planea algo sucio que favorecerá a algunos, mejor ni se meta, que ya le sabemos el juego.

4. "El ciudadano se aleja de sus líderes", es el título de la siguiente nota en donde vuelve a aparecer nuestra querida H. La nota contiene un mapa de los derechos políticos y las libertades civiles, diseñado por Freedom House, un "centro de estudios independiente estadounidense fundado en 1941 que analiza la situación mundial de libertades y democracia", en el que H aparece marcada entre los "países parcialmente libres", de un total de 58 en todo el mundo, a la par de los "países libres" (89) y los "países no libres" (47). Hasta en esto somos "término medio".

5. Otra fugaz mención a la H la encontramos en la nota "El equipo del Mundial", en la que podemos leer la lista casi definitiva de los jugadores que Vicente del Bosque convocó para los próximos partidos amistosos de España antes del Mundial en el que habrá de enfrentarse a la temible selección de H. No se habla mucho de H en esta nota, pero supongo que servirá al menos para que vayamos haciendo cábalas y pensando si es más conveniente que el penal a Casillas lo tire Pavón o Amado Guevara.

6. Ya en Babelia me encuentro un reportaje de Winston Manrique Sabogal sobre el Diccionario de americanismos titulado "Polola, menso, trucho, rumbear...", en el que se cita una frase de Humberto López Morales, el secretario de la Asociación de Academias de la Lengua Española:
"Vale lo mismo el español de Honduras que el de España o el de Argentina".
Es una frase que, si la descubre alguno de los iluminados cerebros de nuestro periodejismo que se la pasan "poniendo en alto el nombre de Honduras", puede hacer correr mucha tinta y saliva, para acabar, probablemente, con la declaración de que ellos (llámense Kilvet Bertrand, Animal de Barro o Reñato Álvarez) son tan buenos periodistas como cualquiera y que escriben y se expresan tan bien como García Márquez, por ejemplo.

7. Una reseña de Caballero Bonald sobre una "antología de la poesía hispanoamericana contemporánea" titulada Cuerpo plural me dejó con curiosidad por saber el nombre del único poeta hondureño incluido. Así que al llegar a casa busqué en Google y descubrí que ese poeta era Fabricio Estrada (por suerte, porque tenía el mal presentimiento de que se trataba de alguno de esos poetas sonámbulos o peripatéticos o simplemente tarados que tanto abundan en nuestra aldea). Felicidades, Fabricio.

8. Y finalmente, en la nota titulada "La vida de los refranes" reúnen a 22 escritores de 22 países para "compartir los refranes preferidos o los que mejor retratan a sus regiones". Así que por H, cómo no, Julio Escoto, que puso esto:
"Bien vale perder un barco por conocer un puerto"
Típico de mi madre. Es bellísimo, poético, nostálgico, no ocupa aclararlo: por la Gran Ilusión vale sacrificar algo o mucho. Otro muy de acá es: "Machete estate en tu vaina". Lo particular es que sólo hay un enunciado a medias, no tiene conclusión verbal. Tampoco la ocupa porque sólo esa oración ya expresa la idea: hay que contenerse, no saltar a la violencia con la primera agresión (mejor que el arma esté quieto en su vaina). También pide no provocar. Cuando alguien está ofendiendo se le dice el refrán, o sea, que haya paz para no pelear, no nos vayamos a las manos.

miércoles, 15 de julio de 2009

De hombres e ideas

por Julio Escoto

Honduras, 14.07.09

Cuando estas letras aparezcan habrán ocurrido vivencias excepcionales en Honduras, pues se cumplió ya el plazo dictado por la OEA y naciones del orbe para restaurar la normalidad gubernativa.

Y mejor que así sea pues mi cerebro gusta de forensiar al suceso, no de vaticinarlo -si bien por veces me atrevo-, y obtener conclusiones válidas para conocer del hombre su conducta y procesos.

Por ello mismo es de mi interés el movimiento mental, sea simple o elevado, más que las acciones materiales. No me llama la atención ahora, verbigracia, comentar la acción bélica que condujo al apresamiento y destierro del presidente Manuel Zelaya, típica de esa clase de rebeliones, pero en cambio me atrae y admira la vasta operación de ocultamiento, distorsión y desinformación que se procuró de inmediato para encubrir lo que realmente había acontecido.

De pronto y como concertados, locutores de Radio América y HRN -supuestas competidoras por lo objetivo- empezaron a emplear idéntico lenguaje en su redacción de la noticia: hoy se dio una “sucesión presidencial”, declamaban, “relevo institucional” y no golpe de Estado, mientras parodiaban a otro torpe político que metaforizó al suceso como simple “cambio de un gerente por otro”... Crudamente deshonestos, veteranos comunicadores como E. Tercero y J. B. Vásquez (quien hace años confesó al micrófono que su día más feliz fue cuando le regalaron un uniforme del ejército, que desde luego vistió), por no citar a otros más perversos, mintieron al país afirmando que en la Constitución republicana vigente se prevé mecanismos legales de sustitución, lo cual es falso.

Me interrogaba: ¿por que engañan, qué necesidad?... Hasta que identifiqué pronta la causa de argumentación, cual es el hondo irrespeto que este lumpen de profesionales tiene hacia su público.

Pues acostumbrados como están a no participar en debates críticos ni aceptar retroalimentación del oyente, lo que en el fondo les da su encierro de cabina y su aislamiento de lo real es una errónea sensación de perfectibilidad, de que no se equivocan ni pueden equivocarse.

Cosa que en síntesis equivale a subestimar a la audiencia, considerarla inferior en inteligencia y capacidad.

Igual de sorprendido me dejaron otras intervenciones previas y posteriores al suceso militar y que lúcidamente me enseñaron que cuando devienen conflictos de raíz ideológica los hombres saltan barreras y prevenciones sociales, y que inventan y desinforman con extremo descaro ya que el fin justifica a los medios.

Este fenómeno que Adorno registra como rompimiento y por tanto recomposición personal de cánones morales (más allá de éticas e incluso de la realidad), y que Kristeva analiza como recurso discursivo de intoxicación (hacer creer una verdad que no existe), tumbó por tierra a la imagen idónea que guardaba de valiosísimos amigos.

Escuchar por ejemplo a Jorge Yllescas, experimentado revolucionario y con quien, creo, fundamos junto a Paz Barnica en San José un efímero Frente Patriótico contra la dictadura milica de la década de 1980; escucharlo decir que el gobierno liberal pretendía quitar la patria potestad de los infantes y recluirlos en campamentos de indoctrinación política, fue como si rompieran al suelo al Cristo de Esquipulas... Ver al inteligentísimo y brillante abogado Germán Leitzelar devanarse probando que el coup d’Etat no fue tal sino “transición democrática”, y que el usurpador era “constitucional”, mostró que nunca consideró en debida estatura al pueblo pues no vaciló en insultarle la inteligencia.

Y luego, dolor íntimo, captar desde pantalla que mi apreciado Ramón Custodio, temple ético, proponía torpe truco de validación de la dictadura mediante plebiscito capcioso, a fin de ganar tiempo y legitimar lo ilegitimable, me devolvió a mundos crueles.

Finalmente, contemplar a un descendiente de Villeda Morales respaldando a ejecutores golpistas fue puñalada histórica, por mucha explicación que él proveyera en artículo personal.

Los hombres envejecen y cambian, se diluyen en cansancio y decepción.

Bajo situaciones críticas la mente desprecia lo aprendido y asume valores opuestos, tal su plasticidad. Abandona los principios y eleva al interés como motivo rector. Bien se dice que la historia es sabia maestra.

lunes, 27 de abril de 2009

Julio Escoto: su guerra y su paz

El escritor Julio Escoto. Fuente: laprensa.hn
En la edición de hoy de La Prensa, Carlos Rodríguez pregunta a Julio Escoto algunas cosas relacionadas con la puesta en escena por Damario Reyes de su novela Bajo el almendro... junto al volcán. Aprovechando la circunstancia (o más bien complementándose mutuamente las dos circunstancias), el escritor publicará una edición de lujo de su novela, aparecida originalmente en 1988 y en la "que predomina el tema de la guerra, la hondureña-salvadoreña ocurrida en julio de 1969". He aquí algunas de las respuestas de JEscoto:
¿Está satisfecho con el guión escrito por Damario Reyes?
Sí. El guión recoge las aventuras centrales de la novela, caracteriza teatralmente a los personajes y desarrolla la tensión propia del drama que se cuenta en el libro original, el cual no es, como pudiera creerse, la invasión de El Salvador a Honduras sino la invasión al pueblo de Honduras por su propio ejército nacional, en la década de 1960 desde luego. El guión es lineal conforme a los sucesos de la novela, no ha habido cambio o traslación alguna de situaciones, como tampoco se varía el modo de ser de los caracteres. Supongo que por razones de audición, Damario Reyes eliminó a un personaje enano que llega al pueblo con los cirqueros y que es muy pícaro, así como suprimió la presencia del telégrafo, por ejemplo, pero son cambios mínimos que no afectan el contenido central del montaje.
En la respuesta a la siguiente pregunta de Carlos, Julio nos recuerda modestamente una de sus glorias pasadas y además, nos ofrece, sin querer (y sin saber) una prueba más de que lo que ha venido jodiendo a mucha de la narrativa hondureña de los últimos años es esa absurda intención moralizante, la que ha derivado, la mayoría de las veces, en textos planos y hasta panfletarios, textos que aspiraban a ser literarios pero que se quedaron en la mueca patriótica o pedagógica:
¿A 21 años de publicación de su libro, cambiaría algo del mismo?

No creo ni podría. Aquella escritura obedeció a un estado de ánimo particular y a motivaciones de época, así como a un determinado grado de madurez personal y de autor, está bien como quedó, no cambiaría nada. Como la obra fue escrita en 1983 y publicada en 1988, tuve algunos años para meditar sobre ella y pulirla como deseaba. La primera versión por ejemplo, que fue finalista de un gran certamen en España en 1983 [se refiere al Premio Sésamo de novela breve], era un chorro de texto, una vorágine de narración sin puntos ni comas, sólo dividido el bloque de relato por tres títulos o capítulos. Lo modifiqué hacia 1985 y me gusta más de esta manera. Otro elemento que varié fue el final. En la versión original el Capitán Centella terminaba maldiciendo y prometiendo que "la próxima guerra la vamos a hacer nosotros", dando a entender que favorecía una revolución armada. Leyéndola con calma pensé que en vez de incitar a la guerra debía incitar a la paz, y quedó como ahora está.
¿Eduardo Bähr, usted y aún Castellanos Moya aprovechan este hecho histórico y lo llevan a la literatura, ¿este suceso aún es una veta que podría generar otras obras?
Sí, porque cada año se recogen nuevos testimonios, se revelan otros documentos y surgen frescas interpretaciones. Eso en el área propicia a ciencias sociales. En el campo artístico no conozco música, danza, teatro ni poesía dedicados a aquel suceso, excepto lo poco que surgió en el mismo 1969. La revista "Nocturnal" va a publicar en su próximo número un artículo mío donde recuerdo cómo era la vida con los proletarios salvadoreños en nuestras ciudades, lo que será un complemento. La veta apenas si ha sido tocada, en particularidad considerando que este suceso fue uno de los tres mayores del siglo XX para Honduras. Los otros, por su terminalidad, fueron probablemente la dictadura de Tiburcio Carías y conjuntas la huelga bananera de 1954 y el ascenso al poder del liberal Ramón Villeda Morales.

sábado, 2 de diciembre de 2006

El génesis en Santa Cariba

La reinvención mítica, cuarenta años después de Macondo El génesis en Santa Cariba. Julio Escoto. Centro Editorial. San Pedro Sula. 2006. 400 Págs.
El génesis en Santa Cariba, última novela de Julio Escoto, publicada en julio de 2006, pese al regusto carpenteriano de su lenguaje barroco y algunas soluciones propias del realismo mágico, que delatan a su autor como todavía devoto de las recetas del “boom”, parece cifrar su apuesta en el ingreso a esa corriente de la novelística latinoamericana que los críticos definen como “nueva novela histórica”.
Escoto, cuyo mejor trabajo narrativo, tanto por su calidad intrínseca como por su sentido de la contemporaneidad, se encuentra en su novela El árbol de los pañuelos (1972) y en su libro de cuentos La balada del herido pájaro y otros cuentos (1968), tiene un amplio recorrido como narrador y ensayista en las letras hondureñas. Destaca en su producción, además de los dos libros ya citados, la novela Madrugada. Rey del albor, publicada en 1993, en donde pueden identificarse algunas características que prefiguran al escritor en permanente lucha por instaurar en sus lectores el sentido de una conciencia de identidad nacional.
En El génesis en Santa Cariba, antes que una propuesta narrativa acorde con los nuevos tiempos, subyace un ambicioso aunque ya gastado proyecto: contar la historia de América a través de los recursos maleables de la ficción. Un proyecto semejante implica entonces la ficcionalización de la historia tal como se conoce y por ende, la recreación de los personajes pertenecientes a esa historia; es decir, la reescritura de la historia misma. Aquí es donde empiezan a identificarse, por una parte, ciertas características que, por utilizar estrategias narrativas desmarcadas ya de la novela histórica tradicional, permiten abordar la lectura de El génesis en Santa Cariba dentro de lo que Seymour Menton y otros críticos llaman “nueva novela histórica”, y por otra, ciertas características propias del “boom” de los sesentas y setentas.
A medio camino entre el “boom” y la nueva novela histórica se encuentra esta novela de Escoto; aunque es la historia el trasfondo de su argumento, ésta se nos muestra como digerida y sintetizada finalmente, en la invención de Cariba, en una fábula tipo Macondo, que no hace otra cosa que reinventar el mito, redimensionarlo, en un afán totalizador, propio más de la narrativa de los sesentas que de la contemporánea.
La nueva novela histórica parte de lo no dicho en la historia oficial; el autor juega con las distintas versiones de la historia o con la historia no contada, y esta novela no parte de un hecho específico, sino de una serie de acontecimientos de la historia de América, que aquí se aluden vagamente a través de las analogías.
En Honduras, país al que la actualidad literaria casi siempre llega tarde, son pocas las novelas insertadas en el marco de esta denominación de “nueva novela histórica”. Las más recientes son La guerra mortal de los sentidos, de Roberto Castillo, publicada en 2001, y la ya citada Madrugada. Rey del albor, de Julio Escoto. En ambas, desde un trasfondo histórico, sus autores intentan rescribir a través de la ficción los momentos cruciales en la historia de sus pueblos, optando, como es característico en este tipo de novelas, por la utilización de recursos como la subjetividad histórica, la carnavalización, la parodia, el pastiche y la intertextualidad.
El génesis en Santa Cariba –y aquí me limitaré a transcribir el paratexto de la contraportada- cuenta las historias de un conjunto de pintorescos personajes: “una pintora adolescente que desfallece de amor; un presidente, Salvador Lejano, que enfrenta un golpe de Estado; un obispo gnóstico que encabeza una dictadura; una revolucionaria, Crista Meléndez, que resucita al tercer día; dos homosexuales que se aman bajo una montaña que cae; una periodista que aumenta de libras tras cada decepción; un sacerdote, Casto Medellín, que extravía la virginidad”; serie casi interminable de fragmentos de una historia común: la de Cariba, “una isla dominada por los británicos y que desconoce el tiempo”.
La narración nos llega a través de la voz de un personaje anónimo que, junto a Recamier, su secretario, se propone construir un reloj para medir el tiempo en Cariba. La isla “carecía de gobierno propio y era sólo una perla en el majestuoso anillo verde británico, tan íngrima que ni provocaba avaricia, tan extraviada y accidental que agradecíamos al cielo su ausencia de voluntad”, dice el narrador. Hasta que llegaron los británicos y empezó la colonización. Y luego, como en todas las historias de opresores y oprimidos, se vaticinó la llegada de un mesías, de un redentor, y entonces desembarcó Crista Meléndez (oportuno nombre), quien después de arduas luchas revolucionarias, fue capturada por “centuriones y ganapanes”, después que Iscario (nombre paródico de Judas Iscariote), uno de sus discípulos, le depositara un beso en la mejilla al tiempo que le decía: “te sigo, maestra”.
El episodio de la captura de Crista Meléndez, -quien además, para agregarle morbo a la narración, resucita al tercer día de muerta- constituye quizá el primer asomo de intención paródica en la novela. La parodia continúa con la eterna historia del pueblo sometido y colonizado que hace la revolución y alcanza el poder, hasta que de nuevo sucumbe ante la imposibilidad de sostener en terreno firme la patria de sus ideales.
El escenario en El génesis en Santa Cariba es un espacio que alberga la visión sincrética del autor. Los paisajes, la población, las costumbres, las idiosincrasias de los distintos países latinoamericanos se funden con un solo propósito: recrear la historia de América. Escoto opta en esta novela por la hibridación total, en una suerte de aleph en el que pueden verse de manera simultánea todos los motivos de lo latinoamericano. Es aquí en donde aflora de manera más obvia el eterno discurso de Escoto sobre la cuestión de la identidad nacional. La preocupación del autor por transmitir a sus lectores un sentido de conciencia colectiva sobre lo nacional lo ha llevado, con cierto infortunio, a acumular en esta novela, recipiente profundo de lo autóctono, todas las comidas, las bebidas, las vestimentas, los giros coloquiales, las costumbres, y otras yerbas de color local.
Pareciera que a los pocos novelistas hondureños contemporáneos les resultara imposible abstraerse del trasunto histórico en sus libros. Y no es que el tema agote sus posibilidades de ser representado a través de la ficción, pero habría que preguntarse si tanta insistencia sobre lo mismo, si tanto machacar los temitas de la historia, de las dictaduras, de la identidad (después que Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa y otros los explotaran hasta la saciedad), si se sigue privilegiando el contenido sobre la forma, en un afán casi didáctico (o quizá mercadotécnico) no acabará esto limitando las posibilidades artísticas.
Hace más de treinta años que Julio Escoto publicó El árbol de los pañuelos. En ese momento (1972: apenas en el 67 Cortázar había publicado Rayuela y un año antes García Márquez daba a luz Cien años de soledad) esta novela se apuntaba también como una obra representativa de aquel movimiento que la mercadotecnia y la prensa llamaron “boom latinoamericano”; Escoto, desde esta esquina del tercer mundo, estaba a tono con lo que se hacía en las altas esferas de la literatura latinoamericana. La pregunta sigue siendo la misma de entonces: ¿Es ésta una novela cuya propuesta narrativa esté acorde con los nuevos tiempos? Y de esta pregunta, otras preguntas subordinadas: ¿Está saldada la cuenta de Escoto con el ahora empalagoso realismo mágico? ¿Asimiló plenamente su aparente devoción por Carpentier? ¿Estamos condenados los lectores a seguir repasando las historias de la conquista y la colonia, de los enfrentamientos armados, de los golpes de estado, de las dictaduras, y con ellas el discursito de la identidad nacional?
No es El génesis en Santa Cariba una novela fácil de leer. Y esto puede afirmarse no sólo por el manejo de los tiempos en la narración, que nos hace saltar continuamente, sin previo aviso, del presente al pasado y viceversa, estructura que podría compararse perfectamente con la inexistencia del tiempo en Cariba y sus deliberados anacronismos; la dificultad de su lectura radica mayormente en lo tormentoso que resulta su lenguaje barroco, cuya intención no parece ser otra que velar lo que se dice, impregnado además, en exceso, de regionalismos y neologismos; en la acumulación escalonada de metáforas que representan y repiten lo mismo; en lo extenuante de las continuas divagaciones filosóficas, eruditas o irónicas del narrador, en las sofocantes descripciones del escenario, del ambiente o de las personas.
Me atrevo a decir que ésta hubiese resultado una mejor novela si su autor, en un pase de modestia, le hubiera restado a sus 400 páginas la sobreabundante palabrería que, lejos de aportar algo significativo, se queda en el mero alarde de una erudición enciclopédica; o si la historia que cuenta no estuviera marcada por una visión recta y simplista, que no ofrece nada nuevo, desde la ficción, a lo que ya conocemos de la historia de América.
Es Julio Escoto, sin duda, un novelista consumado. Y el proyecto narrativo que emprendió para la redacción de esta novela no puede menos que impresionarnos, no sólo por la magnitud del mismo, sino también por la “noble” intención de ayudar a consolidar, a través de la literatura, un sentido de la identidad nacional en sus lectores. Sin embargo, los pecados ya mencionados revelan el enorme distanciamiento que existe entre los novelistas hondureños y sus contemporáneos latinoamericanos, pues cuando aquí la preocupación mayor todavía es el asunto de la historia o de la identidad, en Guatemala, Nicaragua, México, Chile o Argentina los novelistas indagan en las grandes pasiones humanas, en las contradicciones del individuo, en su condición de ser en el mundo, en fin, en los grandes problemas inherentes a la condición humana, y todo ello a través de la plena conciencia de estar transformando el lenguaje y revolucionando de verdad la narrativa latinoamericana.
Algo de experiencia vital parece faltar en esta novela, pues aunque en ella se presenten situaciones límite, a través de las guerras, conflictos de poder o episodios eróticos, estos no acaban saltándose la página para instalarse definitivamente en la mente y el corazón de los lectores. Su redacción no parece sobrepasar el dominio técnico y el derroche erudito de su autor.
Esta es probablemente la novela más ambiciosa y compleja de Julio Escoto, pero es también –hay que decirlo- un proyecto literario que no cuaja del todo como propuesta estética. Y esto por dos razones fundamentales: no se despega totalmente de las fórmulas que constituyeron el “boom” y no entra tampoco en los códigos narrativos de la “nueva novela histórica”, que, por lo demás, no es, a estas alturas, nada nuevo, si recordamos que sus primeros brotes datan de por lo menos hace treinta años.
El génesis en Santa Cariba es una novela que se mantiene en un limbo estético que no permite observarla como un acierto en la narrativa hondureña; antes bien, en este país casi siempre benévolo y mentiroso con los novelistas, es necesario hacer énfasis en estos aspectos, como una forma alternativa de “hacer patria” a través del sentido crítico. Habrá que esperar entonces el próximo trabajo de Escoto, para ver si ha superado por fin el pálpito local y encuentra un camino más recto hacia lo contemporáneo y lo universal.
Giovanni Rodríguez
San Pedro Sula, noviembre, 2006.