domingo, 7 de noviembre de 2010

Opiniones contundentes (de Mal-herido)


¿Aún no han curioseado por el blog Lector Mal-herido, que aparece enlazado aquí abajo, en la columna de la derecha de este blog? Échenle un ojo, probables eternos resentidos y ofendidos de H que repiten hasta el cansancio aquello de "crítica constructiva o crítica destructiva", para que aprendan un poquito. La cosa es que, según este artículo de Rafael Reig en ABCD..., una editorial española acaba de publicar una selección de las papadas cagadas de la risa que escribe Juan Mal-herido, el autor del blog mencionado:
La editorial Melusina acaba de publicar Vida y opiniones de Juan Mal-herido en una edición al cuidado de Alberto Olmos. En los mentideros corre el rumor de que Juan Mal-herido es el propio Olmos. Me niego a creerlo. Olmos es uno de los escritores jóvenes más consolidados, recién elegido por la revista Granta en español: ¿iba a echar a perder sus Grantas Esperanzas sólo por darse el gustazo de escribir lo que piensa?

El tal Juan Mal-herido mantiene un blog que visitan 150.000 usuarios únicos al año (¡ya quisiera Olmos!) y allí expone sus opiniones sobre literatura. Este libro (imprescindible) es una selección de los disparates del Mal-herido y admito que, leyéndolo en un vagón de metro, me reía a carcajadas. Como sugiere Olmos, lo más verosímil es que Mal-herido sea (por lo menos) francés: en España no hay gentuza de su calaña. Aquí nadie es machista, nadie es xenófobo, nadie quiere hacerse rico, nadie siente envidia y nadie, nunca, ha tenido un mal pensamiento. «Hay que entender», explica Olmos, «que en España no es de sentido común escribir sin ser una buena persona» y los libros que «incluyen sexo explícito y provocación gratuita están todos traducidos del francés.» El español y la española, cuando escriben, escriben de verdad, y a ninguno le interesa escribir por frivolidad: «Aquí hay que hacer películas protagonizadas por mujeres extraordinarias y escribir novelas sobre la Guerra Civil en las que los republicanos sean todos maestros amorosos: nada de borrones, nada de incursiones en oscuridades que nos retraten, nada de vida verdadera. Cosmética, ¡y premios!». Por tanto, Mal-herido y Olmos no pueden ser la misma persona, ya que Mal-herido, a la fuerza, ha de ser francés, ¡y me consta que Olmos es de Segovia!

Un francés como Mal-herido es indispensable en el panorama crítico español, porque, como dice Olmos, «a lo mejor el peligro no es opinar, sino estar todos de acuerdo».

Siempre he dicho que, para pensar, hay que arriesgarse a no tener razón. Nadie en España quiere correr tanto peligro y, por eso, no logramos sacar la cabeza del corralito de lo obvio, esa cochiquera en la que hozamos complacidos. Aquí nadie se atreve a decir algo con lo que se pueda no estar de acuerdo. Al contrario, sólo se permite hablar de aquello que no admita discusión: que la guerra es mala, que hay que proteger al planeta, que la lluvia moja o que los puñetazos duelen. Éste es un ademán totalitario, ya que, si nuestro interlocutor no tiene más remedio que estar de acuerdo, entonces hablamos sólo para evitar el pensamiento (esa funesta manía). En el fondo, lo que se pretende es borrar al otro, que no responda. ¿Qué se puede contestar, por ejemplo, a las simplezas babeantes que van empapando al Quijote? Nada. O sólo que sí, que vale, que lo que usted diga. ¿Quién en su sano juicio podría contradecir las lindezas que han ido soltando los ganadores del Premio Quijote (y lo que nos queda)? Nadie o, como mucho, algún maldito francés. Recuerdo, por ejemplo, haber leído que el Quijote es un libro sin sentido de la proporción, con una arquitectura narrativa débil (sobre todo el de 1605) o de una crueldad repelente. Pero, ¡faltaría más!, eso no se lo he oído decir a Vargas Llosa, ni a Carlos Fuentes, ni a Juan Goytisolo: ellos sólo han dicho cosas a las que nadie pueda oponerse. Gracias a Dios, las barbaridades las han dicho extranjeros, rusos inclusive (como Nabokov): aquí somos todos decentes y de Segovia, acostumbrados a mostrar adhesión inquebrantable.

El que saca los pies del plato, el que se arriesga a no tener razón, deja un espacio para el otro, admite un interlocutor. Aquí nos va más el pensamiento totalitario, es decir, la extinción del pensamiento (y del riesgo de no llevar razón) en favor del lugar seguro y protegido: ese lugar común con el que sólo se puede estar de acuerdo. ¿Se trata de Cervantes? Pues venga: libertad, tolerancia, diversidad, igualdad? Algo que elimine de un plumazo el derecho a réplica. ¿Quién podría no ser partidario de la libertad, la tolerancia, etc.? Sólo un francés, sin duda.

El Mal-herido dice barbaridades y nos hace reír, pero nos obliga a pensar, a replicar, a no estar de acuerdo. Es un tipo que cree que Hemingway es un palurdo pretencioso, que Carmen Laforet aburre a las ovejas o que Luis Martín-Santos es incapaz de escribir en español. Cita a Martín-Santos: «Andando sobre las piernas de su cuerpo», y comenta: «¡No va a ser sobre las piernas del cuerpo de Cristo!»; cita «ella delante, cogiendo con la mano el cuerpo de él» y comenta: «¡Qué manos tan grandes tiene tu novia! Y qué construcción gramatical. ¡No la entiendo! ¿Es que la novia ha empuñado al novio?». Es un tipo que detesta las novelas escritas por mujeres, que pone a Borges de vuelta y media, que dice que Kaf-

ka le dijo a Max Brod: ¡quema mis escritos, que los va a leer Vila-Matas!, o que afirma que la opinión de Vicente Verdú sobre las mujeres es idéntica a la de «Espartaco Santoni, Julio Iglesias y tantas otras mentes progresistas».

Seamos sinceros, ¿quién se cree que el Mal-herido sea Olmos? Olmos es de Segovia y, por consiguiente, más honrado que una lata de sardinas. El Mal-herido, oxígeno puro a carcajadas, tendrá que ser como mínimo francés.

Dos veces París


Puente Mirabeau.
El colombiano Santiago Gamboa nos trae, desde El Espectador, este recuerdo de sus dos veces en París: 
He vivido ya dos veces en París, sumando entre ambas diez años, y una de las cosas que comprendí es que jamás volveré a hacerlo, aunque siempre tenga que volver y, en ocasiones como la de esta semana, con mucha honra y junto a una docena de escritores colombianos para participar en Les Belles Etrangères, el más importante festival literario de Francia, que en 2010 tiene como invitado a Colombia.

La primera vez llegué con una mano delante y otra atrás, un maletín y un número de teléfono, y sobre todo el furioso deseo de convertirme en escritor. Era el inicio de los años noventa. Venía siguiendo la huella de grandes latinoamericanos como Cortázar, Vargas Llosa o García Márquez. Pero cuando llegué ya todos se habían ido. O casi todos. Sólo quedaban el peruano Julio Ramón Ribeyro y el cubano Severo Sarduy. La novela en la que narro algunas peripecias de esos años alocados comienza con la siguiente frase: “Por esa época la vida no me sonreía”. Y era verdad. Me sentía profundamente desdichado. Las dificultades de la vida parisina me llevaron al límite, pero ese límite, recordado hoy, fue una verdadera escuela. Tal vez una escuela militar, pero escuela al fin y al cabo. Yo venía de Madrid, que era un gigantesco bar. Un poco de disciplina no venía mal.

La segunda vez llegué como diplomático, a la Unesco, es decir, que tenía un sueldo y disfrutaba de ciertas canonjías. Creí que todo sería diferente y que, de algún modo, llegaba la revancha, pero no fue así. Si a principios de los noventa los propietarios de apartamentos me colgaban el teléfono por ser colombiano —peligrosa modalidad de “extranjero”—, en 2006 me colgaban por ser diplomático. ¿Se volvieron locos?, pregunté, y me respondieron: no, lo que pasa es que los diplomáticos tienen inmunidad y no se les puede hacer juicio de expulsión. Me quedé de piedra. Sólo una marca de carros les vendía a crédito a diplomáticos y casi era mejor no tener, pues por la calle les hacían rayones. ¿Y por qué?, pregunté de nuevo, aterrado. Porque odian que otros tengan privilegios. De nuevo tuve problemas, aunque fue menos novelesco. A pesar de las dificultades conseguí un apartamento cómodo frente al Sena, a la altura del puente Mirabeau. Cómodo para los niveles parisinos, se entiende, pues igual tenía unos baños tremebundos y ese color amarillento en las paredes que transmite al espíritu una helada sensación de dejadez y avaricia.

Ah, París. En mi primera visita recorrí a pie, a medianoche, desde Notre Dame hasta el Arco de Triunfo, dándome un empacho de urbanismo, cultura y arquitectura. Luego, siempre con los libros de Cortázar por delante, conocí la Place Furstenberg, que aparece en "El perseguidor", y la Place des Vosges, con la casa de Victor Hugo, y por supuesto la Place de la Contrescarpe, tan mencionada por Bryce Echenique, vecina de los lugares en los que vivieron Hemingway y James Joyce. Recuerdo que leía las placas de los edificios recordando a Verlaine, a Joseph Roth, y me llenaba de emoción, pues me decía: estos escritores se ganaron su reconocimiento a pulso, escribiendo y escribiendo, contra toda esperanza. Y esa fue para mí, junto a la dificultad y el frío y la nostalgia, la mejor de todas las escuelas literarias.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Fracasa otra vez

En cuanto a la vida literaria, ésta en esencia es enredo de tedios, rencores, lucha de vanidades y trasvase de venganzas. Lo dice Enrique Vila-Matas, en Babelia, en un artículo que habla sobre el fracaso del escritor:
Hace tres años, recibí una invitación a participar en un congreso literario sobre el Fracaso. La gentil propuesta llegó desde la Universidad suiza de Saint-Gallen. No es desde luego la clase de invitaciones que los escritores reciben normalmente y, sin embargo, pocas cosas parecen tan íntimamente vinculadas como fracaso y literatura. Tal vez por eso, porque en realidad lo raro era que la invitación no me hubiera llegado antes, leí la carta de Saint-Gallen con la más absoluta flema, como si hubiera sabido desde siempre que un día la recibiría. No moví ni un músculo de la cara. Sólo una duda: ponerme la máscara de fracasado o continuar llevando mi vida normal de fracasado. Después descubrí que, por causas ineludibles, no podría acudir al congreso y así lo comuniqué a Yvette Sánchez, catedrática de Lenguas Romances en Saint-Gallen y organizadora del encuentro.

En Nueva York, por los mismos días, Sergio Chejfec recibía también la invitación para el congreso. Bromeó con los amigos, pero poco a poco fue quedándole "el gusto amargo de no sólo haber ofrecido, sino también blandido, un flanco débil. Como decía Borges, uno puede pensar que cuando se ríe o habla mal de sí mismo lo hace en broma y para acercarse a los otros, pero los demás lo toman a uno muy en serio".

El año pasado se publicó el libro Poéticas del fracaso, que contenía las ponencias del Congreso y así pude por fin enterarme de lo que acerca de ese tema dijeron allí escritores admirados, Vidal-Folch y Chejfec entre otros. "Un tema, cuya brutal y siempre humillante esencia, con espacio propio en la literatura de todos los tiempos, se neutraliza estéticamente en dicho arte", escribe Yvette Sánchez en el prólogo del libro. Como sea que últimamente el tema me atrae con fuerza, la semana pasada rescaté Poéticas del fracaso y acabé releyéndome el libro de cabo a rabo, al tiempo que me adentraba, en fascinante lectura paralela, en el número 4 de la revista mexicana Número 0, con su monográfico en clave literaria sobre la Fama, es decir, sobre el éxito, el aguerrido envés de la derrota.

En Poéticas del fracaso hay textos de Dorian Occhiuzzi, Ignacio Vidal-Folch (cuatro agudas piezas breves), Ottmar Ette, Ana Merino (una bella aproximación a cómo abordaron los dramas infantiles Buñuel, Julio Ramón Ribeyro y el pintor Berni; especialmente interesante el caso de Ribeyro, que buscó la esencia del ser humano desde la misma marginalidad frágil creando una poética dolorosa, portadora de una inevitable derrota), David Freudenthal, Roland Spiller (que habla del "fracaso con éxito" de Roberto Bolaño).

¿Se "neutraliza estéticamente" el fracaso en la literatura? Desde luego sobra gente que haya querido situarse en la vaga estela de los artistas románticos para que su previsible desengaño en la vida les resultara más suave. En el prólogo a Poéticas del fracaso Yvette Sánchez cita a Beckett, pero no al que dijera ciertas palabras memorables ("Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor"), sino al que declaró que los artistas se hallan en una posición privilegiada para fracasar donde los demás no se atreverían a hacerlo y lograr así crear obras de arte "auténticas", que carecerían de sentido, si no contuvieran el fracaso en su propia esencia.

Sin embargo, todo indica que esa posición de la que hablaba Beckett ha dejado de ser tan privilegiada. Porque hasta no hace mucho las grandes derrotas literarias tenían prestigio, pero últimamente, en pleno apogeo del culto al éxito, el fracaso ha pasado a ser simplemente un puro y duro fracaso; es más, para cualquier escritor actual es una amenaza permanente, incluso ya desde su primer libro. Antes, al menos, al fracaso le dejaban ser, por ejemplo, una paranoia recurrente. Me acuerdo de Italo Calvino, que cada vez que sacaba un libro temía que los reseñistas lo fumigaran y escrutaba el horizonte con miedo de ver aparecer el escuadrón de salvajes que aullaría en su contra y pediría que le arrancaran el cuero cabelludo. Y también me acuerdo de escritores sin otras conexiones con el fracaso que la de vivir feliz y permanentemente en él. Onetti, por ejemplo, con su galería de personajes inmersos en el universo quieto de la derrota. Y el pobre Felisberto Hernández, gran fracasado que hacía que fracasaran hasta sus mejores cuentos, historias como Nadie encendía las lámparas, donde hundía las expectativas del lector escamoteándole el final, permitiendo que el abrupto desenlace quedara ahí flotando, en suspenso.

No hace nada descubrí, gracias al comentario de un amigo, que mi imposibilidad de encarnar la literatura me ha condenado a un exilio perpetuo. Me gustó mucho en un primer momento su frase, quizás porque juzgué elegante que me sucediera algo así. Pero pronto la condena a perpetuidad me fue dejando en un penoso estado de ánimo, del que sólo me recuperé cuando vi que mi desgracia era compartible. ¿O no ha dejado de ser el fracaso un tema narrativo para ser sinónimo de la literatura en general?

En su ponencia de Saint-Gallen dedicó Chejfec unas interesantes líneas a 'Escritor fracasado', de Roberto Arlt, cuento incluido en El jorobadito, seguramente un relato esencial (junto con El divino fracaso de Rafael Cansinos Assens) de toda poética de la derrota literaria. Narra la historia de alguien que advierte muy temprano, poco después de los 20 años y tras su primer libro, obviamente prometedor, que carece de talento. Desde entonces, el resto de su carrera se lo pasa conspirando contra las señales que ponen de manifiesto esa condición. Escritor fracasado puede ser leído como un manual de tácticas literarias para la supervivencia en el medio gremial. Y, según como se lea, ofrece pistas, además, para comprender mejor por qué el medio literario español tiene una plantilla tan completa de fumigadores.

"¿Para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?", escribe Arlt. Muchos años después, en la misma Argentina, César Aira cerraba así un diálogo con Graciela Speranza: "Tal vez se trate de una resignación: resignarse a ser escritor y seguir escribiendo".

Veo horrible escribir para total acabar logrando, con suerte, algún feliz hallazgo literario, siempre negado por los demás, que para compensar su mezquindad esperarán al funeral para darte un estúpido aplauso cerrado. En cuanto a la vida literaria, ésta en esencia es enredo de tedios, rencores, lucha de vanidades y trasvase de venganzas. Entrar en esa vida equivale a caer en el derrotero mismo de la derrota. En cualquier caso, el auténtico verdadero gran fracaso del escritor, aquel que alcanza a tantos, llega siempre con puntualidad, generalmente muy temprana. Es un fiasco doloroso, íntimo. Llega cuando no podemos reproducir con fidelidad lo que acabamos de pensar y querríamos haber escrito. Llega cuando comprendemos que no hemos podido ser fieles a la ambiciosa idea que nos habíamos propuesto al comenzar un libro o un artículo. Son fracasos que a veces, por prudencia (surgen los enemigos como hongos), se silencian. Querríamos que nuestros libros y artículos contuvieran la verdad de nosotros, o por lo menos la parte de esta que puede ser transmitida mediante el lenguaje. Pero escribir sabe a traición. Ese fracaso lo conocen todos los escritores serios. Como conocen también otro, de matiz no menos trágico, una clase de desastre que podríamos habernos ahorrado de no ser porque existe la literatura. Llega cuando comenzamos a envidiar a los personajes de las grandes novelas, tan correctos ellos, tan sólidos, tan bien explicados, aunque no sean más corpóreos que el vuelo de un alma. En cambio nosotros, aun estando inscritos en los registros de nuestra parroquia, cuanto más nos ilusionamos con la idea de estar vivos, más vemos que tendemos a borrarnos. Este drama nos sitúa precisamente en la curva principal del derrotero de los fracasos sin fin. O con fin. De hecho, el fin es otro fracaso.

Poéticas del fracaso. Yvette Sánchez / Roland Spiller (editores). Narr (Frankfurter Studien zu Iberoromania und Frankophonie, 1). Tübingen, 2009. 2009. Revista Número 0. Número 4. Fama. Editorial Almadía. México, 2010. El jorobadito. Roberto Arlt. Losada, Buenos Aires, 2006. El divino fracaso. Rafael Cansinos Assens. Valdemar. Madrid, 2002.

jueves, 28 de octubre de 2010

Memoria y literatura

Escribir novelas es el arte de convertir los recuerdos reales en recuerdos inventados; de reemplazar nuestra memoria privada, individual y limitada, por la particular manera de recordar que tiene la literatura, cuyo rasgo más extraño es el de formar parte de eso que llamamos inconsciente colectivo mientras nos provoca la ilusión de estar hablando de nuestra vida más íntima. “La memoria”, dice Sebald, “es el espinazo moral de la literatura”.
Juan Gabriel Vásquez en el ensayo Memoria perfeccionada.

martes, 26 de octubre de 2010

El autor que se adelantó a su muerte


Édouard Levé.
Encuentro en Público esta casi necrológica:
La nota de suicidio de Édouard Levé (París, 1965-2007) es una novela. El escritor, fotógrafo y pintor le envió el manuscrito a su editor por internet el 5 de octubre de 2007, éste le dejó un SMS en su teléfono móvil el 8, luego un mail, una llamada telefónica y por fin quedaron: "Como yo me iba a la Feria de Fráncfort, nos citamos para la mañana de mi regreso, es decir, el 16. Se suicidó el 15 por la tarde", cuenta a este periódico Paul Otchakovsky-Laurens (París, 1944), fundador de la prestigiosa editorial francesa POL, que publicó el libro póstumo.

"No creo que Édouard Levé quisiera hacer de Suicidio un aviso. En fin, desgraciadamente, yo no lo tomé como tal. Pienso que estaba decidido. Me parece que para él era un libro que concluía su obra y que precisamente escogió el modo del recuerdo y de la ficción para descartar cualquier sospecha", cuenta el editor francés refiriéndose a cómo el autor, siempre en una descriptiva segunda persona, convierte el relato del suicidio de un personaje en su propio autorretrato, encarando los motivos que le llevan a tomar el paso.

Suicidio, que ahora se publica en España, de la mano de 451 Editores, es una novela que crea magisterio a partir de la crudeza de sus análisis y del desapego de sus imágenes. Como el propio Paul Otchakovsky-Laurens cuenta, lo que más llama la atención -más que los acontecimientos que rodean su publicación, si cabe- es la constancia del tono, el rigor descriptivo y la total ausencia de sentimiento: "Más allá de lo que se cuenta, el texto tiene un carácter absolutamente indispensable, a pesar de su aparente frialdad, conmovedor".

sábado, 9 de octubre de 2010

Vila-Matas sobre Coetzee

Volvamos, pues, a un Nobel que nadie discute: J.M.Coetzee, de quien nos habla E.V-Matas en este texto extraído de El País:
En pleno agosto inculto, una encuesta proclamó que Verano, de J. M. Coetzee, era el libro más recomendado por los escritores españoles para las vacaciones estivales. Toda una sorpresa, un extraño brote verde de nuestro panorama literario, porque Coetzee es un escritor de radical contemporaneidad y en el gremio hispánico, en cambio, predomina -tal vez no les encuestaron- un sector dinosáurico, que es recio aliado de nuestras apolilladas universidades y de las convenciones narrativas de antes de la guerra de Cuba.

Ya es raro que queramos tanto a Coetzee en un país en el que es minoritaria la tradición de complejidad en la narración de historias (tradición que usa la referencia, la construcción sobre otros elementos ya hechos y, en el contexto español, la meditación, en el sentido más benetiano del término) y mayoritario el sector entregado a una "narrativa normal" de fácil acceso "a todo el mundo", un sector que encajaría en lo que Ricardo Piglia ha calificado de neopopulismo antiintelectual de la cultura de masas, "con un elenco de escritores que quieren ser admitidos como seres sencillos, nunca intelectuales", que viven felices y castizos, reyes del folclore nacional.

Hay una hegemonía de la simplicidad. Predominan mundos llanos y comprensibles, con un orden palmario. Por eso sorprende ese podio para Verano, de Coetzee, un autor que acostumbra a mezclar narrativa y ensayo y crear personajes y tramas buscando combinarlos con el pensamiento filosófico y la discusión de ideas; un autor que en sus últimos libros ha abierto la invención novelesca a otros horizontes disciplinares, aunque sin abandonar el núcleo narrativo, es decir, sin prescindir del componente emocional propio de la creación.

No es una moda, sino una renovación que el propio género novelístico exigía para no quedarse palurdo o muerto. De hecho, sin esos procesos de los que dispone la literatura para reorganizar sus argumentos, el arte de la novela y del ensayo estarían condenados a repetirse de forma mortal. Cuando oigo que todavía se discute sobre si realidad y ficción pueden ser lo mismo, me quedo de piedra. ¿No sería más pertinente hablar de las relaciones entre novela y ensayo? Por poco que estos dos géneros colindantes se mezclen, surge potente a veces un arte literario (acaba de suceder con los cuentos de La bicicleta estática, el maravilloso libro de Sergi Pàmies) que cada día se interesa más por ocuparse de cosas que solo pueden decirse escribiendo, que no pueden expresarse bien a través de una película, una serie televisiva o un cuadro.

Ese arte estrictamente literario está en Verano, tercera entrega de la Autobiografía de Coetzee, donde uno descubre que persiste todavía "algo", fuera de la cultura del consumo, desde lo cual sería posible reiniciar las cosas. En ese "algo" -que podríamos llamar zona ártica, en honor de Deleuze: lugar desolado donde todas las brújulas giran enloquecidas sin saber dónde apuntar- se puede pensar de otro modo. Es el espacio de los relatos de Pàmies. En realidad, a esa zona se acercó ya Walter Benjamin en su momento cuando miró hacia los orígenes mismos del lenguaje: un lugar atávico, donde una palabra no es un signo, un sustituto de otra cosa, sino el nombre de una idea. De Coetzee y Pàmies admiro su misteriosa facilidad para conducirnos hacia ese lugar, y también los itinerarios que van abriendo cuando maniobran con la inteligencia, específicamente narrativa, del pensamiento.

jueves, 7 de octubre de 2010

El Nobel para Vargas Llosa


Mario Vargas Llosa.
El premio Nobel otorgado a Mario Vargas Llosa no es sorpresivo porque se lo den a él antes que a otro sino porque casi nadie esperaba ya que se lo dieran. Y es seguro que ya empiezan a saltar, por aquí y por allá, esos mismos ignorantes que suelen confundir literatura con otras cosas. Lo cierto es que este premio es un acto de justicia no sólo con Vargas Llosa sino con la literatura. La alegría es unánime entre quienes sí lo hemos leído. Dice la nota de El País:
Faltaban todavía unos segundos para la una de la tarde cuando Peter Englund, secretario de la Academia sueca, abrió la famosa puerta blanca de la sede académica y pronunció el nombre del escritor hispanoperuano Mario Vargas Llosa como nuevo galardonado con el premio más prestigioso de las letras universales. Lo dijo en varios idiomas y cerró "en castellano".

En declaraciones a EL PAÍS, el autor ha afirmado, tras conocer la noticia, que "es una gran alegría" que comparte "con tantos amigos". "Gracias a ustedes por felicitarme y por tenerme siempre cerca. Cuando nos llamaron, a Patricia [su esposa] le pareció que podía ser una broma", ha subrayado, según informa Juan Cruz. Para el autor, que se reconoció "muy conmovido y entusiasmado", el premio supone un "reconocimiento a la lengua española". El escritor también ha señalado, a W Radio Colombia, que es "un estímulo fantástico". "Creía que había sido completamente olvidado por la Academia, ni siquiera sabía que el premio se entregaba este mes", ha declarado Vargas Llosa en declaraciones a la agencia sueca TT.

El Premio Nobel de Literatura 2010 fue celebrado de forma unánime por escritores y editores españoles e hispanoamericanos que asisten a la Feria del Libro de Francfort. Entre las felicitaciones recibidas por el escritor procedentes de todos los rincones del mundo está la del presidente de Perú, Alan García, que se ha referido al galardón de su compatriota como "un acto de justicia". "El mundo reconoce la inteligencia y la voluntad libertaria y democrática de Vargas Llosa y es un acto de justicia enorme que en verdad esperábamos desde nuestra juventud", ha afirmado García en una entrevista con la radio local RPP, recogida por Efe.

Como siempre, las razones de la Academia caben en dos líneas: "Por su cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota". En el momento del fallo el escritor se encontraba en Nueva York, dictando un curso sobre Borges en la Universidad de Princeton. El próximo 10 de diciembre recibirá el premio (dotado con 10 millones de coronas suecas, 1,1 millones de euros) de manos del rey de Suecia en el auditorio de Estocolmo. Antes, la editorial Alfaguara publicará su nuevo libro, El sueño del celta (Alfaguara), un apasionante relato novelesco sobre un personaje histórico, Roger Casement (1864-1916), que indagó la brutalidad del Gobierno de Leopoldo II de Bélgica durante la colonización del Congo y la violencia contra los recolectores de caucho en el Amazonas.

"Pensar en ello [el Premio Nobel] es malo para el estilo, tardío o no". Esa fue la respuesta que Mario Vargas Llosa dio en agosto a EL PAÍS durante la entrevista en la que hablaba extensamente sobre su nueva novela. "Siempre me ha angustiado mucho la idea de esos escritores que pierden el fuego, se callan", dijo también respecto a la tendencia de algunos escritores consagrados a convertirse en monumentos de sí mismo. "Me sentiría muy desgraciado si no pudiera trabajar. Con el tiempo se pierden capacidades, me temo que sí, pero hay que mantener la lucidez y el espíritu crítico. Perder el espíritu es una enfermedad en la que caen muchos escritores. Es como volverse una estatua en vida".

Nacido en Arequipa (Perú) el 28 de marzo de 1936, Mario Vargas Llosa, miembro de la Real Academia Española, atesoraba ya todos los premios importantes de su idioma: del Cervantes al Príncipe de Asturias. Después de años de sonar como favorito en todas las quinielas del Nobel, el escritor peruano ha visto recompensada una trayectoria que incluye clásicos de la literatura contemporánea como La ciudad y los perros (1962), La casa verde (1965) o Conversación en La Catedral (1969).

miércoles, 6 de octubre de 2010

Cormac McCarthy suena fuerte para el Nobel


El novelista estadounidense Cormac McCarthy, en 2006. Foto: AP.
Si de escoger entre los favoritos se tratara, yo escogería a Cormac McCarthy, a quien considero superior a los otros favoritos. Y si se tratara de escoger entre todos los candidatos, me quedaría con Philip Roth. Pero de lo que se trata es de esperar a que los de la academia sueca se decidan. Y eso sucederá mañana, dice la nota de El País:
El nombre de Cormac McCarthy suena con fuerza como favorito para obtener el Premio Nobel de Literatura, que se fallará mañana en Estocolmo. El autor de La carretera encabeza las listas de apuestas de la casa británica Ladbrokes , por delante del keniano Ngugi wa Thiong'o, segundo, el japonés Haruki Murakami, tercero, y el húngaro Peter Nadas, cuarto. El primer autor hispanohablante es el argentino Juan Gelman, que se coloca en octavo lugar.

Las quinielas previas al Nobel de Literatura son una tradición pero no suelen acertar casi nunca. La Academia sueca cuenta con una solvente costumbre de refutar todos los pronósticos premiando a autores casi desconocidos como Herta Müller o Elfriede Jelinek o rescatando a otros prácticamente olvidados, como Doris Lessing y Harold Pinter.

Si finalmente McCarthy se lleva el galardón mañana, será el primer Nobel de Literatura para Estados Unidos desde hace 17 años, cuando lo obtuvo Toni Morrison. La representación estadounidense es nutrida y se completa con candidatos habituales como Thomas Pynchon, Joyce Carol Oates, Philip Roth y E. L. Doctorow.

Más tiempo aún hace que no lo obtiene ningún autor hispanohablante. El último fue el mexicano Octavio Paz, que lo recibió en 1990. En la nómina de aspirantes de habla hispana se sitúan, además de Gelman, el hispano-peruano Mario Vargas Llosa, el mexicano Carlos Fuentes, los españoles Javier Marías y Juan Marsé y el paraguayo Néstor Amarilla, entre otros.

Otros narradores como el alemán Ulrich Holbein, el sueco Tomas Tranströmer, la canadiense Alice Munro y el australiano Gerald Murnane aparecen bien situados en las quinielas, que hace años que apuntan también al triunfo de un poeta, algo que no se produce desde que la polaca Wislawa Szymborska ganó en 1996.

Tras los pasos de Müller y Le Clézio
Quizá la entrada más inesperada es la de Wa Thiong'o, que ha ascendido rápidamente durante los últimos días en las listas de Ladbrokes, algo similar a lo que ocurrió en 2009 con la rumano-alemana Herta Müller y en 2008 con el francés Jean Marie Le Clézio, que finalmente lograron el galardón. Algunos medios suecos atribuyen la subida del keniano a que participó en la reciente Feria del Libro de Gotemburgo, la más importante de Suecia, y que en esta edición estuvo dedicada a África.

Los italianos Antonio Tabbucchi y Claudio Magris, el austríaco Peter Handke, el albanés Ismail Kadaré, el holandés Cees Nooteboom, el checo Milan Kundera, la argelina Assia Djebar, el israelí Amos Oz y el polaco Adam Zagajewski forman también parte de la interminable lista de supuestos candidatos.

La Academia insiste siempre en que sólo premia a autores y no a literauras ni países, aunque sus elecciones parecen llevarse a veces más por cuestiones políticas o por el criterio de rotación geográfica que por la calidad literaria.

Las etapas del Nobel de Literatura
Electores: Miembros de la Academia sueca (18 integrantes) y de las correspondientes organismos literarios, ganadores anteriores y profesores de literatura pueden nominar candidatos hasta el 31 de enero.

Los candidatos: son elegidos en primavera en una lista de unos 15-20 nombres, que luego reducen a cinco nombres durante el verano. Se trata de un proceso de selección que se mantiene en secreto desde hace 50 años.

Votación: El comité del Nobel lee las obras de los candidatos durante el verano. El 6 de octubre elige al ganador del premio de la Academia. Más de la mitad debe votar al ganador.

Fallo: El ganador se da a conocer el 7 de octubre a las 13.00 (hora local), por el secretario de la entidad, Peter Englund, que asumió el cargo el año pasado, tras la salida de Horace Engdahl.

El ganador: recibe 10 millones de coronas suecas (un millón de euros). El galardón se entrega durante una ceremonia en la Sala de Conciertos de Estocolmo el 10 de diciembre.

lunes, 4 de octubre de 2010

Los Cuentos completos de Fogwill


Portada del libro, editado por Alfaguara.
Siempre preciso en sus reseñas, Rafael Lemus nos habla ahora de los cuentos de Fogwill en Letras Libres:
Téngase en cuenta este nombre, Fogwill, antes de apresurarse y decretar la defunción de las literaturas nacionales. Téngase en cuenta la obra de este escritor, novelas y cuentos y un puñado de ensayos, cuando se esté a punto de afirmar que ya no hay fronteras y que ya nada nos es ajeno. Porque resulta que Fogwill (Buenos Aires, 1941) es, como Marcelo Mellado en Chile, como David Toscana en México, como tantos otros autores en tantos otros países, un escritor esencialmente nacional –un argentino para argentinos.

No es que los escenarios y las referencias de sus ficciones sean locales –así se arma casi toda narrativa. No es tampoco que su escritura esté contaminada de habla –en este caso, de estilizada jerga porteña. Es sencillamente que este hombre escribe desde Argentina para debatir y afectar la –ya de por sí autorreferencial– literatura de Argentina. Basta con notar la manera en que cita o parodia el canon local, o la frecuencia con que participa en controversias tribales, o los escándalos que él mismo genera al interior del circuito literario bonaerense, para entender que no es a nosotros a quienes mira.

El Fogwill que alcanza a llegar hasta México es, previsiblemente, menos polémico y, desafortunadamente, bastante escaso. Sus libros circulan apenas y apenas si son discutidos y reseñados. Aun su novela más célebre, Los pichiciegos (1983), faltaba en los estantes de las librerías mexicanas hasta hace unas cuantas semanas, cuando Periférica, que reeditó la obra, mandó algunos ejemplares a esta orilla. Ahora también puede encontrarse –o tal vez no– este volumen: todos los cuentos que ha escrito Fogwill salvo los cinco o seis que él mismo descartó. En total: veintiún relatos –algunos de ellos casi nouvelles– publicados entre 1974 y 2007.

La pregunta es: ¿cómo leerlos?, ¿de qué manera enfrentarse a unos cuentos que evidentemente no fueron escritos para uno? Inútil buscar asistencia en el nimio prólogo de Elvio E. Gandolfo o en la esquiva nota preliminar del propio Fogwill: no ofrecen coordenadas, estamos a solas. Inútil, también, buscar asidero en la cronología: los cuentos se presentan sin orden temporal, obedecen la arbitraria secuencia que Fogwill quiso imponerles. Solo hay textos, veintiuno, y es difícil hallar un estilo, una estrategia, que los articule. Hay relatos con suspenso y sin suspenso, políticos o amorosos, metaliterarios o realistas. Hay lo mismo misterios marítimos (“El japonés”) que brutales alusiones a la guerra de las Malvinas (“Los pasajeros del tren de la noche”) y hasta una divertida parodia de El extranjero de Camus (“Sobre el arte de la novela”). Hay un puñado de cuentos maestros (los dos últimos más “Muchacha Punk”, “Help a él” y “Otra muerte del arte”) y hay, para ser sinceros, dos o tres narraciones bastante tortuosas.

Es tanta la oferta que uno podría llegar a pensar: este hombre es uno de esos narradores, más o menos convencionales, que sacrifican todo –estilo, poética, visión del mundo– en aras de la trama; otro cuentacuentos cuya única justificación es el tópico placer de narrar. Sin embargo, es cosa de mirar con detenimiento para notar que estos relatos, al revés de los de los narradores-artesanos, no funcionan como deberían. En vez de salir disparados hacia la meta, se demoran en el camino –su ritmo es lento e inestable, la prosa bulle y zigzaguea, el narrador arrastra ideas y manías a lo largo de las páginas. En lugar de optar por la elegancia y la ligereza, no temen ensuciarse, ni ser opacos, ni extenderse y engordar. De hecho, uno tiene la impresión de que los mejores de estos cuentos pesan y ocupan espacio –significan.

¿Que por qué pesan? Tal vez, en parte, por su densidad intelectual. Es cierto que uno nunca diría que Fogwill es un teórico o un filósofo. Es verdad, también, que dentro de la literatura argentina él pasa por ser uno de los narradores menos intelectuales –más cercano, por ejemplo, a Arlt y Puig que a Borges y Saer y Piglia. Pero ya se sabe que no se puede ser un narrador de veras argentino sin ser un narrador inteligente y Fogwill es de veras listo. Tan listo que su obra es una prueba –otra más– de que se puede narrar y pensar la narrativa al mismo tiempo. El mejor Fogwill es, en este sentido, dos Fogwills: un narrador nato, capaz de pasajes dramáticos muy potentes, y un curioso crítico que extiende y extiende el relato con el propósito de habitarlo e investigarlo durante el mayor tiempo posible. Este recurso, desplegar y estirar los textos hasta dejar a la vista su porosidad, es clave en Fogwill. Si no se cree, léase esa maravilla que es “Help a él”, una larga y paródica deconstrucción –ya desde el título– de “El Aleph”. ¿Deconstrucción? Más bien: ampliación, expansión de los elementos borgesianos para de ese modo volverlos más obvios y comprensibles.

Estos cuentos pesan, además, por toda la realidad que acarrean. Desde luego que no se trata de una realidad universal, ingrávida, tópica –de esa que, ay, hace crack. Se trata de una realidad concreta y local –experimentada. Si Fogwill tiene un compromiso, no es con lo Real ni con la cacareada Condición Humana. Por el contrario: trabaja con materiales claros y específicos –un rincón particular de Buenos Aires, un determinado taxista, una fecha puntual. En efecto: trabaja. Después de elegir su porción de realidad, no se limita a cuidarla ni a registrarla en detallados apuntes costumbristas. Procede del mismo modo que con el cuento de Borges: extiende el tejido –la trama– de esa realidad hasta botar sus costuras y abrir sus puntos. Donde se crea un espacio, clava una aguja. Que lastima en México y cómo ha de joder en Argentina.

El regreso de la dama de hierro