viernes, 8 de diciembre de 2006

Formotón asai

En la narrativa de Mario Bellatín (mexicano nacido en Perú) se produce una proliferación de historias, pero éstas no responden a esquemas argumentales tradicionales: no hay en ellas desarrollos ni desenlaces, sólo planteamientos. Les dejamos este curioso cuento: Formotón asai, para que lo comprueben.

Formotón asai*
Ni el oscurísimo pantano donde sumergen a los niños. –Federico García Lorca Los depósitos manejados por el gremio de carniceros se levantaban cerca de los muelles de la ciudad. A partir de las diez de la noche aquella era una de las zonas urbanas más desoladas. Entre un depósito y otro existían pequeños locales abandonados que alguna vez sirvieron de merenderos para trabajadores. Casi todos contaban con sótanos espaciosos donde en determinados días de la semana se producían los Altares. Para saber dónde se iba a llevar a cabo el siguiente Altar, existía una complicada red telefónica por medio de la cual se daba a conocer el tipo de espectáculo que se iba a producir. Los datos sólo podían conocerse horas antes del comienzo de una sesión. Era posible que se tratase de un encuentro de sadomasoquismo en sus distintas variantes. Había días en que los animales también formaban parte de la función. Para esas reuniones solían escogerse cerdas rechonchas o perros daneses. En otras oportunidades podía estar dedicada a los Adultos maltratados en la infancia. Aparecían entonces hombres o mujeres vestidos como niños haciendo el simulacro de ser apaleados por sus padres o tutores. Casi todos los Altares comenzaban a las dos de la mañana, salvo los dedicados a Jóvenes que Aman a los ancianos. Durante todas las sesiones los asistentes podían subir al escenario. El espectáculo duraba cerca de una hora y, por temor a las autoridades, todos se retiraban apenas acabada la función. Aparte de lo que sucedía en escena nada realmente importante pasaba entre el público. Esa pasividad le molestaba al Joven de la pierna artificial que protagoniza este relato. Por más que llevara pantalones cortos y hubiese decorado su pierna ortopédica con piedras semipreciosas, nadie parecía dispuesto a conocer las posibilidades sádicas o masoquistas que aquel miembro falso era capaz de ofrecer.

El Joven Protagonista del Relato esperaba hasta que se fuera el último asistente para abandonar el local. Aguardaba hasta que el hombre maduro que ofrecía masajes gratuitos en medio de la sala se quedara sin clientes. Más de una vez había querido pedirle un turno, pero era incapaz de atreverse a hacerlo. Era sólo para una sesión terapéutica, no para uno de esos masajes que no habían dejado de solicitarle durante toda la noche. Al Joven de la pierna artificial lo que más le llamaba la atención de esa actividad era la pulcritud con que aquel hombre se desinfectaba las manos y los brazos antes y después de cada uno de sus tratamientos.

Una vez que se puso el pantalón largo y el grueso abrigo que había dejado en el guardarropa, el Joven Protagonista del Relato se dispuso a salir. Iba a pedir un taxi con destino a la avenida de locales donde había cabinas de video de triple equis. Aunque estaba seguro de que nada ocurriría allí tampoco. Lo más probable era que sólo hubiese otro solitario masturbándose detrás de las placas de plástico transparente que separaban una cabina de otra. Después quizá caminara unas cuadras hasta llegar al muelle que daba al río. Debido al frío del invierno el muelle se encontraría vacío.

La mezquita de la ciudad estaba ubicada en una calle estrecha que de principio a fin contaba con una serie de negocios. La entrada pasaba casi inadvertida, pues estaba situada en un recodo escondido entre una florería y una tienda que ofrecía ropa en la acera. Cierta tarde de enero, el sheik que dirigía las reuniones se sentó delante de los fieles para establecer una conversación sobre el papel de la Virgen María como nexo entre el pensamiento cristiano y el musulmán. Comenzó refiriéndose al profeta Zacarías. De acuerdo con algunos historiadores bíblicos cuando aquel profeta alcanzó los ciento veinte años de edad y su esposa cumplió los noventa, aprovechó un periodo de sequía para quejarse ante Dios. Le reprochó no haber tenido nunca hijos. A pesar de pedirlo una y otra vez su esposa jamás había quedado embarazada. Deseaba un vástago para que lo sucediera como líder espiritual y difundiera la Verdad suprema entre la población descreída.
El sheik interrumpió su relato y confesó que no entendía por qué hablaba de Zacarías precisamente en ese momento. Los fieles entonces bajaron la cabeza y pronunciaron la palabra inshalá todos al mismo tiempo. Luego bebió de una lata de refresco que había mantenido junto a sus pies durante todo el discurso. Prendió un cigarrillo. Fumó una y otra vez. Con el cigarro aún en la mano señaló al Joven Protagonista del Relato allí presente y lo conminó a que contara un sueño místico. Era normal que todos los fieles tuvieran este tipo de sueños de vez en cuando. Lo difícil era diferenciar un sueño místico de otro que no lo era. Para eso se contaba con la presencia del sheik de la mezquita. Para orientar a los discípulos dentro del mundo onírico. Una de las misiones del sheik era reconocer qué era revelación y qué estado psicológico.

Durante todas las sesiones, a las que solía acudir los lunes y los jueves, al Joven Protagonista del Relato le gustaba estar en silencio. Permanecía callado hasta el momento en que debía girar junto con los demás. A la hora del sikher, que era el momento en que los asistentes comenzaban a bailar rotando sobre su eje emulando de ese modo a los astros que se movían alrededor del sol, el Joven Protagonista del Relato entonaba un canto gutural que no recordaba haber aprendido en forma consciente ni cuál podía ser su significado. Mientras tanto continuaba dando vueltas con el cuerpo sosteniéndose normalmente sobre su única pierna. En esas ocasiones casi siempre se encontraba despojado de su aparato ortopédico, quizá para tener mayor libertad de movimiento. Acostumbraba dejar la pierna en la entrada, junto a los zapatos que se debían quitar los demás fieles antes de ingresar en la mezquita.

El Joven Protagonista del Relato se cuidaba de no llevar la pierna adornada con piedras de fantasía. Ante el asedio del sheik, que había dejado el cigarrillo en un cenicero puesto en el suelo y lo miraba con atención, el Joven Protagonista del Relato empezó a contar un sueño que se situaba en un jueves, Día de la remembranza. En el sueño ha pasado gran parte del día bebiendo en un bar. No ha sentido culpa por tomar bebidas alcohólicas. Muchas de las personas que están presentes en aquel bar le parecen auténticos bebedores, pues han comenzado a tomar desde temprano en la mañana. Durante la jornada escucha infinidad de historias que cuentan esas personas mientras beben. Unas son tristes, otras alegres. Es testigo también de algunos altercados y del extraño desmayo de una mujer que momentos antes se ha escondido con uno de los asistentes detrás de una cortina. Se les ve bastante animados. De pronto, el hombre sale con rapidez y abandona el local. Un instante después la mujer aparece trastabillando y a duras penas puede llegar a la barra. Acto seguido cae de espaldas produciendo un ruido seco al golpearse contra el piso. Las acciones entonces parecen paralizarse. Los demás asistentes se concentran en sus propias bebidas y sólo el barman se pone a silbar mientras seca un montón de vasos que hay al costado de la barra.

En esos momentos el Joven Protagonista del Relato (HAY QUE EXPLICAR EN ESTE PUNTO EL RESTO DE CARACTERÍSTICAS FÍSICAS DEL PERSONAJE Y SI A LO LARGO DE LA HISTORIA CONTARÁ CON NOMBRE O NO) siente los primeros síntomas de embriaguez. Experimenta pavor: horas después debe celebrar el Día de la remenbranza en la mezquita. Sin embargo confía en que durante el tiempo que falta para su encuentro con el sheik se diluyan los efectos alcohólicos. Teme un acto de repudio y hasta la expulsión si es descubierto.

Sale del bar luego de pagar la cuenta. El barman le recibe el dinero pero no le da el cambio que le corresponde. El Joven no protesta. La mujer continúa echada en el suelo. Nadie parece dispuesto a marcar el número de emergencias médicas. El Joven encuentra en la calle una gran cantidad de gente. El sonido del tráfico le molesta. Recorre algunas avenidas. Toma el transporte subterráneo. Hace un cambio de líneas, para lo cual debe volver a la superficie y caminar hasta otra estación que dista un par de cuadras. En el camino se detiene delante de una cancha de básquetbol. El partido que se libra le parece interesante. A un costado ve un restaurante de comida de Tailandia y pocos metros después un local donde en las noches se escucha jazz. Camina unos minutos más y llega por fin a la calle donde se encuentra la estación del metro que lo llevará a la mezquita. Para su sorpresa algunos de los asistentes del bar están esperándolo en la puerta.

El Joven Protagonista del Relato no sabe por qué se encuentran allí. Tampoco comprende las razones por las que han llegado antes que él. Apenas lo ven, un par de ellos levantan la mano en señal de saludo. Mientras se va acercando escucha que le piden que los haga pasar a la mezquita. En ese instante reflexiona sobre el Mandato divino que ha hecho que esas personas se encuentren en ese lugar en aquel preciso momento. El Joven Protagonista del Relato no puede oponerse a la voluntad de Dios. Se acerca entonces y les indica por dónde deben ingresar. Es cierto, la entrada es confusa y nunca se sabe dónde está la puerta que lleva a la mezquita. Si junto a la florería o a la tienda que exhibe las ropas en la calle. Cuando el grupo trata de entrar curiosamente la puerta se empequeñece. Casi como por efecto de un milagro se vuelve más baja y angosta. Sólo algunos de los personajes más delgados logran pasar. Los que se quedan afuera reclaman. Incluso uno queda atascado al pretender ingresar por un espacio que obviamente es más pequeño que su cuerpo. Adentro los fieles ya están reunidos. Se hallan en el momento previo a las oraciones del anochecer. Están esperando la aparición del sheik, quien bajará del segundo piso vistiendo un kaftan negro o blanco según lo requieran las circunstancias.

El Joven Protagonista del Relato, que ha entrado precisamente antes de que el hombre quedara atascado en la puerta, ve señales de alarma en las caras de los fieles cuando advierten la intromisión del grupo de gente ebria. Es en ese momento cuando El Joven Protagonista del Relato comienza a hablar. Todo debe ser cambiado, dice, mientras trata de liberarse del pantalón y de las correas que sujetan la pierna ortopédica. Las costumbres variarán desde sus raíces, continúa cuando se ve libre de la pierna. Primero se efectuarán los giros, que durarán una hora exacta. Luego será el momento de la cena, durante el cual se servirá vino para acompañar los alimentos. Las oraciones deben situarse al final de la ceremonia. Afirma asimismo que la dirección de La Meca debe ser ignorada. Pero hay que visitarla aunque para hacerlo se tenga que pedir dinero prestado. De pronto aparece en el sueño Abu Ákar, uno de los compañeros preferidos del profeta Mohammed, con una sonrisa dirigida al Joven Protagonista del Relato. Sigue adelante, le dice Abu Ákar, el espacio te pertenece. Ignorando a los demás, incluyendo a Abu Ákar y al sheik que ha bajado apresuradamente vestido de color negro y se encuentra sentado en el suelo moviendo la cabeza en forma pendular, el Joven Protagonista del Relato camina por el resto de la mezquita. Cruza el patio y el adoratorio, hasta ponerse frente a uno de los textos de profecía escrito en una tabla que cuelga de la pared. La tabla está protegida por un vidrio que el Joven rompe asestándole un puñetazo. El ruido que hace el cristal quebrado despierta a la mujer acostada en el piso del bar. En ese punto termina el sueño. El Joven Protagonista del Relato se lo dijo al sheik, quien dejó de improviso de moverse. El sheik le sonrió antes de preguntarle lo que pensaba de su propio sueño. El Joven no contestó. Estaba avergonzado por las cosas que acababa de contar. Se levantó con dificultad y se dirigió a la ventana.

En la calle había comenzado a oscurecer. Los de la tienda de al lado estaban retirando sus mercancías de la acera. En la florería comenzaban a bajar los visillos de las ventanas. Se escuchaba el sonido de una sirena. El frío se acentuó. El Joven escritor que protagoniza este relato sentía no poder seguir desarrollando su trabajo teniendo su casa en el centro de la ciudad. Además de la perturbación que le producía la dinámica citadina tenía problemas para pagar la renta. No era suficiente el dinero que había recibido del ayuntamiento para realizar su investigación sobre las distintas maneras como se ejercía el sexo en la ciudad (DESCRIBIR EN DETALLE EN QUÉ CONSISTE EL PROYECTO DEL AYUNTAMIENTO.) Contaba con ahorros para los siguientes dos meses.

Comenzó entonces a recorrer distintas zonas suburbanas buscando la más adecuada para mudarse. Quería vivir lejos, sin embargo no estaba dispuesto a traspasar los puentes que delimitaban el centro de la ciudad. Pensaba que ir más allá haría que su rutina de vida variara en forma notable. Tampoco podía irse lejos porque el libro en el que trabajaba actualmente se desarrollaba en pleno centro de la ciudad.

El Joven Protagonista del Relato escribía sobre algunos de los grupos de personas que deambulaban principalmente por las calles conocidas como el Hell kitchen. Debía visitarlas a diario para ver qué tipo de variantes sexuales podía encontrar. Aparte de los establecimientos clásicos dedicados a las Drag queens y de los bares de mujeres que jugaban al billar varias horas seguidas, el Joven Protagonista del Relato había descubierto a un puñado de muchachas que vestidas como hombres se reunían todas las tardes en un local de puertas doradas llamado el Okoge. En la entrada había un par de afiches donde se representaba a dos picapedreros en plena faena. A esas mujeres les atraían los hombres, siempre y cuando éstos gustasen de otros hombres. Casi ninguna lograba emparejarse, pese a que sabían que en otras sociedades este tipo de relación contenía un alto grado erótico. Pese a todo, las muchachas del Okoge continuaban sus pesquisas en teatros, bares y cabinas de video de triple equis de los alrededores.

Ante la necesidad de encontrar un nuevo lugar para vivir, el Joven Protagonista del Relato llamó por teléfono a la única persona con la que solía comunicarse ocasionalmente. El Joven lo había bautizado como el Amante Otoñal, por su gusto a frecuentar el mundo de los ancianos. Cuando hablaron, el Amante Otoñal le informó que una tía suya quería rentar el cobertizo de la casa que habitaba. La tía vivía en un conjunto de viviendas con patio trasero, visible desde lo alto cuando una de las líneas de transporte público elevaba sus rieles por aquel sector de la ciudad. Desde las ventanas de los vagones se podían ver los techos de las casas.

El Joven Protagonista del Relato había conocido al Amante Otoñal una noche en que ambos estaban apostados frente a las cabinas de video sin atreverse a entrar. Quizá por el hecho de que se encontraban en la misma situación comenzaron a hablar. El Joven le dijo que era escritor y de inmediato trató de describirle el libro en el que trabajaba. Algunos hombres salieron en ese momento de las cabinas y abandonaron el local. El Joven Protagonista del Relato señaló que se trataba de una novela donde cada uno de los personajes travestis intentaba encontrar un travestismo personal. Conversaron hasta el amanecer. El Amante Otoñal le dijo que en una época acostumbraba salir a la calle vestido de mujer. Abandonó esa práctica cuando fue acuchillado por un anciano con el que se metió en el elevador de un edificio vetusto. A la hora del cierre, el Protagonista y el Amante Otoñal se retiraron de las proximidades del local de videos y fueron a sentarse en las bancas de un parque rodeado de abetos. El Amante Otoñal dijo que después de su recuperación comenzó a vestirse como una anciana. Su atuendo estaba conformado por una blusa blanca con lazo, una chaqueta y una falda recta que le llegaba hasta debajo de las rodillas. En apariencia se trataba de un atuendo de tres piezas, pero era en realidad un mismo vestido cosido para poder ser sacado y vuelto a poner con facilidad. Usaba además una peluca blanca cubierta con un sombrero con tul. Nunca llevó ropa interior. Por esa época frecuentaba algunos bares leather donde solía convertirse en el centro de atención. Al escogerlo como parte de sus ritos nocturnos, algunos asistentes no maltrataban con sus bates de béisbol de imitación al Amante Otoñal sino a la anciana en la que se había convertido.

Mientras iban aclarándose los contornos en el parque, el Amante Otoñal señaló que recordaba esa etapa como una de las más intensas de su vida. Siempre había disfrutado de la compañía de la gente mayor. Recordaba ese gusto desde niño. Los fines de semana acostumbraba pedir que lo llevaran al Hogar de Ancianos donde estaba internada su abuela. Sólo le hicieron caso una vez. La vio sentada en una sala junto a algunos ancianos que se miraban entre sí. El Amante Otoñal recordaba que en cierto momento de la visita la abuela comenzó a llorar quejándose de su condición de huérfana de padre y madre. El Joven Protagonista del Relato le dijo que ya era de día, pero que antes de irse le gustaría hablarle de las quejas del profeta Zacarías y de su mujer. El reclamo de la abuela se lo había traído a la memoria. Era curioso, años después escucharía hablar de aquel profeta al sheik de la mezquita. Al final, la pareja formada por Zacarías y su mujer fue recompensada y procrearon un hijo, el Arcángel San Juan. El Amante Otoñal lo escuchó con atención. Después señaló que aún en la actualidad disfrutaba con la contemplación de los ancianos. En las mañanas paseaba por los parques de la zona para ver cómo los viejos alimentaban a las palomas, comían solos o se quedaban dormidos bajo el sol con las bocas abiertas. Había tratado de hablar de aquello con otras personas, pero al parecer a nadie más le interesaba aquella afición.

Continuaron conversando hasta cuando los primeros practicantes de jogging empezaron a dar vueltas alrededor del parque. La mayoría llevaba una toalla alrededor del cuello. El Joven y el Amante Otoñal se levantaron y se despidieron. Habían comenzado a llegar algunos paseantes con perros que poco a poco fueron ocupando el espacio reservado para que retozaran las mascotas. Alice era la tía del Amante otoñal que quería rentar el cobertizo. Tenía más de ochenta años y vivía sola. A lo largo de los años había perfeccionado la habilidad de conseguir que algunos de sus vecinos le sirvieran de nexo con el mundo exterior. Sabía del horario de muchos de ellos. Por ejemplo, conocía la hora exacta en que la muchacha de la casa de al lado iba a hacer sus compras. Alice aparecía por la ventana y ofreciendo una sonrisa le arrojaba una lista con los artículos que requería. También tenía conocimiento de la hora en que regresaba del trabajo el corpulento hombre que habitaba la casa al lado de la suya. Acostumbraba llamarlo cada vez que se producía un problema relacionado con la electricidad o la plomería. Alice se mostró bastante desconfiada cuando el Joven Protagonista del Relato se presentó a indagar por el cobertizo (NO HACE FALTA DES-CRIBIRLO, PUES EL COBERTIZO NO TIENE NINGUNA SEÑA EN PARTICULAR).

Leyó con dificultad la tarjeta que el Joven le pasó por abajo de la cadenita que dejaba entreabierta la puerta. El ideal de inquilino de Alice parecía estar constituido por muchachas llegadas a la ciudad con aspiraciones menores. Aparte del dinero, lo que deseaba en realidad era alguien que fuera un acompañante. Una persona con quien ver la televisión en las noches, que de cuando en cuando pudiera hacerle las compras y que la acompañase a su visita mensual a la peluquería. Pese al recelo inicial hizo pasar al Joven a la casa. Lo invitó a tomar asiento en uno de los sofás de una sala decorada con figuras de porcelana china y muebles cubiertos con fundas de plástico. Sin apartar la vista de la pierna artificial que se insinuaba debajo del pantalón, Alice comenzó a hacer preguntas.

Aquel interrogatorio desanimó rápidamente al Joven Protagonista del Relato de la idea de rentar el cobertizo. Se puso de pie y después de despedirse salió de la casa con rumbo a la estación del subterráneo (EN ESTE PUNTO PUEDE INSERTARSE UN FLASH BACK DE LA INFANCIA DEL PERSONAJE HACIENDO ALUSIÓN A QUE SE TRATA DE UNA VÍCTIMA DE LA TALIDOMIDA**). Después de que transcurrieron los dos meses que le permitían sus ahorros, el Joven Protagonista del Relato decidió llamar a Alice con la vaga esperanza de que el cobertizo se encontrara rentado. Estaba angustiado pues no había hallado nada que se ajustara a su presupuesto y a sus necesidades. No tenía grandes expectativas con respecto a las condiciones del cobertizo de Alice, pero intuía que no pediría mucho dinero por su arriendo. El pequeño cobertizo continuaba vacío. El Joven notó cambios en la voz de Alice. Parecía como si hubiera recapacitado después de su visita. Quizá había conversado con su sobrino. Alice le preguntó en ese momento algo inusual: "¿usted no es negro ni viejo, verdad?" Cuando el Joven llegó a la casa, Alice lo recibió inquiriendo acerca de lo sucedido con su pierna. Sólo cuando le respondió dejó que pasara verdad? En cuando le respondió dejó que pasara.

Mientras se adentraban en la casa, Alice le contó que cuarenta años atrás un autobús le seccionó la pierna a una de sus mejores amigas. Cuando salieron al patio, el Joven Protagonista Del Relato descubrió que el cobertizo era peor de lo imaginado. No tenía más de tres metros cuadrados y las paredes estaban repletas de agujeros. Se sentó en una esquina. Mientras contemplaba aquel espacio pensó que costaría mucho dinero repararlo. Alice había ido a la cocina a preparar un poco de té. En esa época el Joven no sabía aún rezar. No había entrado en el espacio místico donde se comprendía que toda la realidad obedecía a una misma naturaleza divina. Aquel momento, en el que se encontraba sentado en aquel cobertizo destartalado, habría de recordarlo muchas veces en sus visitas a la mezquita. A pesar de no haber aún aprendido a rezar sintió un estado similar al que experimentaría años después cuando se ponía a girar. Tomó en ese momento una decisión, que se reforzó cuando Alice volvió con el té y le informó que las reparaciones iban a ser descontadas de la renta. El Joven aceptó.

En las semanas siguientes se dedicó a trabajar cubriendo los huecos y pintando las paredes. Consiguió además algo que no creyó posible lograr: Alice le permitió apropiarse no sólo del cobertizo sino del patio de la casa. El Joven Protagonista del Relato no entendía aquel cambio de conducta. A partir de entonces se comunicaron mayormente por una pequeña ventana que tenía roto el vidrio. En los tres años que duró la convivencia ninguno de los dos hizo nada por componerlo. El Joven comenzó a pasarle por ese agujero las compras que le hacía y algunos platos que preparaba en una esquina del patio, que luego de cubrir con un pequeño techo había adaptado como cocina.

Para el Joven Protagonista del Relato una de las imágenes recurrentes de esa etapa era la visión de Alice conversando a través del agujero con alguno de los informantes travestis que necesitaba para llevar adelante su proyecto (MENCIONAR EN ESTE PUNTO CON DETALLE EL PROGRAMA PARA TRAVESTIS QUE FINANCIA LA ESCRITURA DEL JOVEN). Alice prefería conversar con uno de mediana estatura que acudía siempre acompañado por su hijo de tres años de edad. Por esas fechas, el Joven Protagonista del Relato tuvo un breve encuentro con cierta crítica literaria que conoció durante la presentación de un libro. El Joven y la crítica se sentaron juntos. Alguien los presentó y hablaron sin cesar de lo que se producía en materia literaria en la ciudad. En realidad el Joven la escuchó, pues guardó silencio casi todo el tiempo. Es imposible, afirmó la crítica, establecer una medida estándar de las obras que van apareciendo. Parecía desconcertada con los cambios. Hasta unos años atrás era fácil detectar los distintos tipos de corrientes establecidos. Luego de cenar fueron juntos al departamento de la crítica. La hija estaba ya dormida. Apenas llegaron, la crítica despidió a la niñera. Comenzaron a besarse en la sala y terminaron acostándose en la habitación. En la madrugada el Joven Protagonista del Relato quiso ir al baño. Se puso la pierna artificial y salió del cuarto. Pasó frente a la habitación de la hija. A un lado estaba la cama y en el piso era posible ver desparramados algunos juguetes. El Joven se quedó en la puerta mirando a la niña dormida. No la podía ver bien pero intuyó su presencia. Luego se asomó por la ventana del corredor. Abajo la calle estaba animada. Al frente había un club nocturno. El portero hacía formar en fila a la gente que quería ingresar. Momentos antes de dormirse la crítica literaria lloró al lado del Joven. Ambos estaban desnudos echados encima de la cama. Se oían de manera nítida los ruidos de la ciudad. En un par de ocasiones se escucharon las sirenas de algún vehículo de emergencia. La pierna estaba puesta de pie a un lado de la puerta. La crítica literaria señaló que le gustaría dejar aquel apartamento. No lo hacía porque la niña estaba acostumbrada a vivir allí. Dijo también que desde hacía unos meses ya no preguntaba por su padre. En ese momento comenzó a llorar.

Cuando se calmó quiso contarle al Joven la historia completa. Al finalizar el invierno pasado, su esposo, con quien llevaba cerca de diez años de casada, cierta noche decide invitarla a cenar fuera de casa. Dejan a la hija al cuidado de la niñera y salen a un restaurante situado a pocas cuadras de distancia. Cuando están por terminar el postre el esposo lanza la noticia. Va a someterse a una operación de cambio de sexo. Dice también que le siguen atrayendo las mujeres, pero de una manera distinta. Quiere acercarse a ellas de mujer a mujer. No se atreve a pedírselo, pero si está dispuesta pueden continuar con el matrimonio. A la manera de dos mujeres que viven juntas teniendo una niña pequeña que criar. Ovillada y desnuda en una esquina de la cama, la crítica literaria le dijo al Joven que era la primera persona a quien le contaba la verdad. Para los demás se trataba de un simple divorcio. A partir de aquella noche el marido no vuelve más al apartamento. Al día siguiente la crítica empaca sus cosas y las envía a un depósito. La crítica literaria cree que lo peor del asunto no es la decisión del marido de cambiar de sexo, sino no haber aceptado la propuesta de seguir viviendo juntos.

Luego de volver del baño, el Joven Protagonista fue por sus ropas y se vistió en silencio. Salió del apartamento sin que nadie lo advirtiera. En los días siguientes visitó en las tardes el parque de diversiones aledaño al edificio donde vivía la crítica. Desde lejos vio jugar a la hija. Algunas veces estaba acompañada por su madre y otras por mujeres desconocidas. El Joven Protagonista nunca volvió a comunicarse con la crítica. En un par de ocasiones encontró en su contestador mensajes donde la mujer le pedía textos para publicar en distintas revistas. El Joven nunca devolvió las llamadas. En las tardes observaba de manera persistente a la niña. Sólo se le acercó en una ocasión. Sucedió cuando en el parque fue hallado un perro perdido. Se trataba de un animal pequeño. Tenía el pelo corto y una mancha marrón aureoleando un ojo. El Joven vio cuan-do la niña tomaba la correa que arrastraba por el piso. Sólo en ese momento, cuando observaba cómo la hija de la crítica cogía la correa y se ponía a preguntar por el dueño advirtió que su conducta podía tener algo de anormal. No estaba bien que un hombre adulto dedicara tardes enteras a visitar a escondidas parques infantiles. El Joven Protagonista se acercó a la niña y le dijo que el perro era suyo. La hija de la crítica se lo entregó. El Joven caminó con el perro unas cuadras. Al llegar a una esquina se lo dio a un viejo que estaba ocupado en armar una covacha usando cajas de cartón. Ante la sorpresa del anciano, el Joven Protagonista del Relato le proporcionó además un billete. Luego tomó una de las avenidas principales que recorrían de sur a norte la ciudad.

Conforme continuaba su camino, el Joven Protagonista del Relato se preguntó por su conducta de las últimas semanas. Le parecía extraño haber pasado tardes enteras espiando a la niña en el parque. Más raro aún haber entregado el perro perdido a aquel anciano. Ante la imposibilidad de hallar al dueño, la crítica literaria quizá lo hubiera aceptado en su apartamento. Aquello habría hecho feliz a la niña. Aunque en sus pesquisas en el parque no había visto a la niña triste. Al recordar lo alegre que lucía mientras se columpiaba, el Protagonista recordó un momento específico de su infancia. Se acordó de cuando su madre no podía comprarle la pierna artificial que necesitaba. Desde niño sabía lo costosos que suelen ser los aparatos ortopédicos. Afirmaba que era porque no eran construidos en serie, pues cada persona malformada tiene su malformación particular. De alguna manera aquello sucedía también con ciertos grupos del Hell kitchen (TRATAR DE AMPLIAR EN ESTE PUNTO EL DESEO DE AQUELLAS PERSONAS). Muchos de ellos querían hallar una sexualidad propia.

Como la madre no contaba con los recursos necesarios para pagar la prótesis, el Joven fue llevado a un programa de televisión. Se trataba de un espacio conducido por una mujer y dirigido a un público femenino. Aparte de ofrecer clases de manualidades, se daban también lecciones de cocina y había también un espacio para pedir ayuda de orden social. Antes de que el programa llegase a su fin, el Joven fue sentado junto a la conductora, quien después de decir unas palabras a la cámara le pidió que mostrara el muñón. Aquella exposición hizo que se consiguiera el dinero necesario para la confección de la prótesis. Los talleres quedaban casi a treinta kilómetros de distancia. Hasta antes de volverse musulmán, el Joven aseguraba que la imposición de una prótesis a edad temprana era posiblemente la causa de que al despojarse de ella el usuario se sintiera desnudo (EXPLICAR EN DETALLE EL PROCESO DEL PASO DEL PROTAGONISTA DEL CRISTIANISMO A LA RELIGIÓN MUSULMANA). Actualmente, y gracias a los giros que realizaba ocasionalmente, el Joven podía prescindir de su pierna en el momento que juzgara conveniente.

*Expresión que significa repudio. **Fármaco que causó malformaciones a más de 40,000 recién nacidos.
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3 comentarios:

Gustavo Simón dijo...

Es un sorprendente relato. Una experiencia de la que hay que sobrevivir y reponerse. La historia de una víctima de la irresponsabilidad –avances- de la ciencia, la valentía de un personaje “desorientado”, como lo sugieren sus injustificadas visitas al parque, que hacen sospechar cierto rencor producto de una melancolía profunda que parece resquebrajar su “normalidad” de "ser" en el mundo. He ahí un planteamiento de la esperanza (al decidirse por el oficio de escritor como filtro) y del sufrimiento, con leves insinuaciones de una psiquis atrofiada; la suma de las experiencias: la tensión del relato.

G. Rodríguez (Editor) dijo...

En la contraportada de "Damas chinas", novela breve de Mario Bellatin, se lee algo así como "el lector no quedará indemne ante una lectura semejante". No es eso lo que te ocurrió, Gustavo?

Gustavo Simón dijo...

Eso mero.