lunes, 15 de enero de 2007

Confesiones de un lector desde su pubertad

Por Gustavo Campos
Cuando todavía no tenía noción de la existencia de ciertos seres llamados “escritores”, o “artistas”, a pesar que ya había leído cuentos, muy pocas “novelas” (de éstas omito sus títulos, para evitar la humillación mi memoria los borró) y poemas (yo creí que eran anónimos, aunque estaban debidamente firmados aún no me obsesionaba con sus nombres), leí un cuento que me fascinó: “Los juramentos de las mujeres”, de Marco Denevi. Entonces contaba con menos de 14 años, aún no tenía la obligación –preocupación- de escoger una carrera que estudiar (y me refiero al bachillerato, no a la universidad). También había leído “La tela de Penélope, o quién engaña a quién”, de Monterroso, y uno que otro cuentito más, incluyendo “La trama”, de Jorge Luis Borges. (Me reservaré algunos detalles –vergonzosos- de mis experiencias literarias de púber ingenuo)
Igualmente tuve la oportunidad de conocer y extasiarme con algunas pinturas de arte contemporáneo: “La mesa solar” y “La persistencia de la memoria”, de Salvador Dalí; “El caracol”, de Henri Matisse; además de obras de Goya y Picasso, entre otras.
Sobre la poesía prefiero no “referirme” (nótese el entrecomillado siniestro). Ya imaginarán qué escritores enseñan a los jóvenes colegiales; en su mayoría son artistas españoles, por aquello del idioma. ¡Sí que fui una víctima del mal gusto! Quizás sea ésta una de las razones por la que ahora no me sienta muy afín a la literatura de ese país, salvo una lista muy pero muy reducida, que me gusta llamarle “depurada”, en la que no desfilan grandes nombres y sin embargo algún Nóbel se cuela. De pequeño claro que fui un ferviente admirador de ellos, como todos -por ignorancia-, pero algo me hacía desconfiar de una poesía que me parecía algo florida, cursi, aburrida y hasta hipócrita, heredada por muchos escritores de América. Literatura de cobardes y conservadores, de seres que no tenían ni la mínima intuición de la rebeldía, en el sentido de una fuerza devastadora capaz de agotar al artista y corromperlo hasta la saciedad de su inconformidad, herederos del “árbol de Adán”, sino en modestia y rebeldía, ésta como una postura “hacia” no “desde”. Su mayor logro: las imágenes y metáforas exóticas. El disfraz perfecto del artista mediocre, su fórmula. Su ilusión, la redención por medio de valores morales. A veces dejaban deslizar uno que otro chillido necio o una agudeza poética, lo que los hacía más repugnantes. Kitsch a más no poder. Incapaces de transgredir valores morales y espirituales, de transgredir la sociedad misma y proponer cambios, quiebres violentos y rotundos. Ese mundo me desterró. Y ese exilio se transformó –gracias a cualquier Dios, aunque esté muerto, se haya suicidado, o esté en el infierno llorando víctima de sus propias leyes naturales- en la manifestación de mi hastío y “buen gusto” o “gusto exclusivo”, como buen mimalapalabra. En esos años colegiales nunca me presentaron un escritor capaz de “contorsionarse en el punto extremo de sí mismo”, como decía Ciorán acerca de Rimbaud y Nietzsche; ninguno proponía “vértigos”. Nada de conocimiento para un aficionado de lo insondable, para un futuro “fanático de la carroña”.
Aunque un año después, ya todo un “quinceañero”, tuve la fortuna de conocer un poema que después recitaría en cualquier ocasión: “Me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias…”, de Oliverio Girondo, argentino, por una película que había visto, “El lado oscuro del corazón”, junto a un compañero de colegio, gracias a que yo era miembro del videoclub Magic Maker (ya cerrado) que funcionaba en la Zona Viva de San Pedro Sula. Claro que en mi experiencia lectora existen los altibajos y momentos sombríos, de los cuales ya me excusé al inicio de este escrito. Y fue hasta después, en una lectura de "Los Novísimos" en la librería Caminante, cuando descubrí “seres con sonrisas vencidas por mil espantos”, parecidas a la mía (aunque en más de alguna ocasión habrán descubierto al editor de este blog sonriendo en las calles por una propensión natural a la simpatía: es la inteligencia del corrompido. O como decía Henry de Montherlant: “Ah, es que mi humor es la cortesía de mi desesperación”, respondiendo a la pregunta que frecuentemente le hacían de por qué su humor siendo él tan triste y oscuro). Esos amigos “iluminados por la muerte”, compañeros de travesías y de chupas, son ahora los mimalapalabra.
¿Por qué no me gusta hoy la poesía española? En mi defensa diré, para acabar con el tema, citando aquel viejo aforismo -citado también por Bukowski en los Escritos de un viejo indecente, edición de Anagrama-, “El conocimiento es, si no se aplica, peor que la ignorancia”. Desde que descubrí que existía otro tipo de escritores me hice libre. Y al mismo tiempo esclavo de mi dudosa libertad, pues ésta es relativa y aparente. Y comencé a reconsiderar el “papel” de la poesía en mi vida.
Volviendo a uno de los temas que motivó esta confesión, fue en la narrativa –cuentos cortos, en su mayoría-, y no en la poesía, en la que empecé con pie derecho como lector.
Y hoy quiero compartirles ese cuento de Denevi que me fascinó, imposible de creer, más para un joven sin el debido “adiestramiento” en la “suspensión de la credulidad”, imposible de creer por su maestría en la manipulación ingeniosa y humorística de uno de los temas principales en la leyenda de “Tristán e Isolda”: el de los juramentos de Isolda. En su concisión devela una de las preocupaciones obsesivas –o fundamentales, según el juicio- que lo acompañaron en su creación y le valieron el reconocimiento de ser uno de los grandes escritores de su país, Argentina, y de todo Hispanoamérica: “esclarecer problemas, develar embustes, plantear dudas”, según un artículo publicado en La Nación después de su muerte, en el año 1998. Traducido a muchos idiomas, también fue miembro de la Academia Argentina de Letras y merecedor de muchos premios literarios, entre ellos el Kraft, por su novela Rosaura a las diez, en 1955, y el Primer Premio en el concurso de cuentos realizado por la revista “Life”, Ceremonia secreta, en 1960.
Él ocupa uno de los lugares de mayor prestigio dentro de las letras latinoamericanas de hoy. Su obra mantiene una calidad estética y un humor lúcido, a veces mordaz, a mi juicio; y además, comparte una exquisita ironía, como la de nuestro Monterroso. Y por haber leído esos cuentos, aunque fue hasta años después que creció la semilla, le debo un agradecimiento a los libros de texto de Editorial Norma, “Comunicándonos”, y al profesor de español que nos “aburría” (y esto lo digo en serio) leyéndonos poesía todos los viernes mientras estuve en ciclo básico: el poeta Jorge Martínez, el temeroso del “martillo incesante” que horadó, no sé en qué tiempos, su propia carne, o la de otro.
Como imagino que los lectores de nuestro blog son muy letrados, me abstendré de incluir el argumento o una breve reseña de la leyenda, suponiendo que ya es parte de su acervo cultural.
Recomiendo además, leer “Dulcinea del Toboso” y cualquier otro cuento de Denevi que logren encontrar en la red.
El cuento es de ustedes, espero lo disfruten.
Los juramentos de las mujeres

Cuando Isolda desciende del barco que la trae a Cornualles y el rey Markel la abraza, ella le jura que sólo la han tocado sus brazos y los brazos del marinero que la bajó del navío para que no se mojara los pies. El marinero es Tristán, disfrazado.

Cuando el rey la besa por primera vez, Isolda le jura que sólo ha besado a dos hombres: a él y un leproso que encontró camino del castillo. El leproso es Tristán, disfrazado.

Cuando el rey Markel empieza a sospechar que su mujer lo engaña con Tristán, Isolda le jura que sólo se ha acostado con un hombre. Como el rey cree acostarse todas las noches con Isolda, sus sospechas se disipan. Quien todas las noches se acuesta con el rey es Brangania, disfrazada.

Cuando, a raíz de ciertas acusaciones de adulterio proferidas por Melot, Isolda pide someterse a Juicio de Dios para probar su inocencia y se prepara para caminar descalza sobre carbones encendidos, un fraile la levanta en sus brazos y la lleva hasta el otro lado. Isolda le jura al rey que sólo la han tocado sus manos y las manos de ese fraile. El fraile es Tristán, disfrazado.

Cuando Tristán e Isolda huyen y durante un tiempo viven juntos en el bosque de Morrois y el rey Markel los busca y una noche los encuentra durmiendo el uno al lado del otro y ciego de cólera se dispone a matarlos, Isolda le jura que durante todo ese tiempo, ella y Tristán se mantuvieron tan puros como, por ejemplo, Brangania con el rey.

Cuando, por las dudas, el rey Markel destierra a Tristán, Tristán desposa a una segunda Isolda, la de las blancas manos, a la que no ama y con quien se casa sólo para tratar de olvidar a la otra Isolda. Esta, enterada de todo por Kurneval, escudero de Tristán y amante de Brangania, le jura al rey Markel que Tristán siempre ha detestado a Isolda, y si alguna vez, y bien, es verdad, ha fingido amarla, lo ha hecho únicamente para olvidar a otra mujer a la que, no obstante, sigue amando.

Cuando Kurneval aparece con la noticia de que Tristán, malherido en su combate, quiere ver a Isolda antes de morir, Isolda, sin pedirlo permiso al rey, corre hasta donde agoniza Tristán. Detrás de ella llega también el rey Markel. Demasiado tarde: Tristán ha muerto. Sobre el cadáver de Tristán, Isolda jura no haber amado jamás a ese hombre. El cadáver es Kurneval, disfrazado.

Y cuando el navío conduce de regreso al rey Markel y a Isolda hasta Cornualles, e Isolda desciende del barco, un marinero la toma en sus brazos para que no se moje los pies. El marinero es Tristán, disfrazado.

Marco Denevi

Dulcinea del Toboso

Leyó tantas novelas que terminó perdiendo la razón. Se hacía llamar Dulcinea del Toboso (en realidad se llamaba Aldonza Lorenzo), se creía princesa (era hija de aldeanos), se imaginaba joven y hermosa (tenía cuarenta años y la cara picada de viruelas). Finalmente se inventó un enamorado al que le dio el nombre de don Quijote de la Mancha. Decía que don Quijote había partido hacia remotos reinos en busca de aventuras y peligros, tanto como para hacer méritos y, a la vuelta, poder casarse con una dama de tanto copete como ella. Se pasaba todo el tiempo asomada a la ventana esperando el regreso del inexistente caballero. Alonso Quijano, un pobre diablo que la amaba, ideó hacerse pasar por don Quijote. Vistió una vieja armadura, montó en su rocín y salió a los caminos a repetir las hazañas que Dulcinea atribuía a su galán. Cuando, seguro del éxito de su estratagema, volvió al Toboso, Dulcinea había muerto.

Marco Denevi

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18 comentarios:

G. Rodríguez (Editor) dijo...

Recibí hoy de Gustavo un email en el que me decía que después "de sacar cuentas con los dedos" había llegado a la conclusión de que en el tiempo en el que leyó el cuento de Denevi tenía "menos de 15 años" y no "menos de 14", como se lee en sus "confesiones". Supongo que la aclaración tiene como fin rebatir el término "pubertad" que decidí incluir en el título para su texto (y que él mismo menciona). Pero debo decirte, Gustavo, que esta etapa (según la definición en cualquier diccionario) está comprendida entre los 13 y los 15 años, en el caso de los hombres. Así que de todos modos, con 14 o con 15 años, en ese tiempo eras púber. Yo no le veo nada de malo.

Gustavo Simón dijo...

Estimado editor, mi intención no era la de "rebatir el término 'pubertad'" , correspondía más a una aclaración necesaria, ¿qué tal si a algún sam spade de las biografías le diera por averiguar con "pasión" la mía? Quedaría como un mentiroso, aunque decir es inventar...¿lo decía Molloy o Morán o Beckett?
No tengo porqué preocuparme por el término, pues conozco a "pubertos tardíos".

G. Rodríguez (Editor) dijo...

Que púberes canéforas te brinden el acanto.

La Nena dijo...

No soy una persona muy entendida de poesía digámosle así, (para minorizar mi pena cultural), te aclaro que no todos somos tan letrados cono los ¨mimala palabra ¨ pero te escribo para agradecerte Gustavo Simón por compartir con nosotros tu experiencia y gustos literarios. Espero leer otro artículo tuyo.

G. Rodríguez (Editor) dijo...

Ves, Gustavo, que no hay nada de malo con ser púber o confesar los gustos de la pubertad? Esta "Nena" no identificada así lo cree, aunque te dispara la ironía por lo "letrados" que somos.

Gustavo Simón dijo...

Un argumento así es siempre incontestable. Amén.

Una cita así es siempre incontestable. Amén.

la nena dijo...

Hola, no era mi intención tocarles el ego, mis ilustres amigos, pero si de confesiones se trata les confieso que deseo y espero ver las confesiones púberes de Giovanni, espero señor editor nos deleite con ellas.

G. Rodríguez (Editor) dijo...

Confieso, en primer lugar, que he bebido (Algo parecido dijo Neruda, sólo que no se refería a la bebida). Confieso también haber perdido mi guitarra la tarde en que amé a una mujer lejana. Confieso haber perdido mi virginidad con una mujer casada a mis 15 años. Te confieso, "Nena" que nos gustaría que confesaras tu nombre. Confieso que esto parece un confesionario y que yo parezco un cura y a la vez penitente. Así que para todos (especialmente para nuestra "Nena") dos padrenuestros y un ave maría.

Gustavo Simón dijo...

Yo y el blog (el arte de magrear el ego).


¿Os quejáis de los "ilustres sabios hondos"? ¿Reclamáis el porqué de la colorida aureola en el ego? Permitidnos esos defectos, pues te encontramos con las manos en nuestro ego.

Gustavo Simón dijo...

Gio, ¡qué confeso andás!
Hay alguien que también quiere confesarnos algo:

"Con la poesía sucede lo mismo que con las mujeres: llega un momento en que la única actitud respetuosa consiste en levantarles la pollera."
(O. G.)

Gustavo Simón dijo...

Nena: ¿ves que el editor es "so sweet"? Él está "sickly in love with life and birds".
¿Ves que no es tan malo como pretende? El día que esa mujer le devuelva la guitarra y vos le confesés tu nombre él corregirá su reprochable forma de proceder.

Ah, y gracias por agradecerme (ja, ja).

la nena dijo...

Que puede decir esta chica ante tales confesiones, sin que se me ruboricen las mejías (por querer indagar los detalles).

Me pides que confiese mi nombre,
que por los momentos no puedo revelar.
Me pides dos padrenuestros, un ave maría,
que no puedo rezar.
Me cuentan que eres dulce,
cosa que no puedo negar.
Me cuentan que de la vida, enamorado estas,
cosa que me deja en paz.
De tu guitarra perdida,
en el olvido espero la dejaras.
Pídeme lo que quieras,
que talvez se te dará.
Pero no creas todo lo que escrito aquí esta.

G. Rodríguez (Editor) dijo...

Bah! Nos salió "pueta" la Nena. Aquí te va un acróstico que escribió un amigo:


Desde el primer momento
Angel de amor que te vi
Mi corazón yo te di
Extasiado y anhelante.

Este corazón amante
Late por ti con ternura,

Concédeme virgen pura
Una mirada piadosa,
la muerte dame dichosa
O tu amor, linda criatura.

la nena dijo...

Muy lindo, dale mis felicitaciones a tu amigo dile que a la ¨pueta¨ le encanto.

Anónimo dijo...

Mi comentario va dirigido al editor de esta revista virtual; Giovanni Rodríguez. Por regla propia nunca visito este tipo de sitios en Internet ya que generalmente están plagados de comentarios de gente corriente y vulgar, muy a mi pesar debo decir que este no es la excepción. Es una enorme decepción darse cuenta de cómo es realmente una persona que aparenta ser totalmente lo opuesto y ese es el caso en esta oportunidad; ya que quién hubiese imaginado que tan laureado ‘’escritor’’ que ha obtenido primeros lugares en certámenes de poesía regionales, nacionales e incluso a nivel centroamericano sea capaz de tan vergonzoso y vulgar ‘’acróstico’’.
No te equivoques, no muchos hablamos en prosa, pero si tenemos la cultura y el entendimiento suficiente para saber; que es una ofensa disfrazada de poema; lo que más lamento es que te hagas llamar ‘’docente’’ no quiero ni imaginar siquiera el daño que estás causando en mentes en la edad de ser moldeadas, sólo espero en Dios que no se conviertan en parias a tu imagen y semejanza.

Es una tristeza ver que a quién yo pensé uno de nuestros orgullos nacionales no sea más que un fraude barato y una vergüenza como hondureño; si de mí depende todo mundo sabrá quien eres y la careta de la cual haces uso. Y finalmente; si tan sólo una sola neurona tienes que funcione positivamente sabrás quien te escribe estas líneas, ya que como verás no estoy usando ningún seudónimo, sino mi verdadero nombre.
Y ni te molestes en contestarme con alguna otra obscenidad ya que ésta es mi primera y única intervención en este sitio de corrupción y majaderías.
Atentamente,

Elia Orellana

PD: Por cierto, como puedes ver yo no soy tan dulce e inofensiva como mi hermanita la ‘’nena’’ de rizos hermosos.

G. Rodríguez (Editor) dijo...

Sí que salió brava la cuñadita...

Qué pena ya no ser más tu personal "orgullo nacional". De ahora en adelante, para reivindicarme (y quizá para evitar que le revelés a todos mi verdadero rostro de corruptor de menores), escribiré sólo poemas sacros, románticos y dulces. Tal vez descubro en mi única neurona positiva mi verdadero talento como poeta. Mínimo me dan un premio en una iglesia.

G. Rodríguez (Editor) dijo...

Y para la "Nena":
No seás como tu hermana, tenés que leer el poema sólo por el derecho. El revés es para ella.

Bessy dijo...

Extrañamente, con las películas españolas me pasa lo mismo.