viernes, 15 de marzo de 2013

Sara Rolla sobre Óscar Acosta

Sara Rolla publicó hace algunos días en La Tribuna un texto que aborda la trayectoria del poeta Óscar Acosta las "virtudes fundamentales" de su obra. A continuación, un fragmento de esa reseña: 
El poeta Óscar Acosta.

Importantes estudiosos nacionales y extranjeros han abordado esa rica obra. Entre los innumerables juicios categóricos y certeros que se le han dedicado, destacamos aquí los siguientes: “Óscar Acosta es uno de los poetas hondureños que quedarán” (Rigoberto Paredes); “Lo que prevalece es la austeridad de expresión, una economía verbal que se desempeña en busca la forma, el diseño y la densidad precisas” (Hernán Antonio Bermúdez); “La depuración de sus versos (…), el antirretoricismo, el acercamiento a cierto tono coloquial, en momentos cuando todavía esos elementos no habían madurado plenamente en la poesía hondureña, colocan a Acosta en un sitial de pionero del viraje que –a partir de la generación del cincuenta- dio nuestra poesía…” (Helen Umaña); “una sabia recreación de lo cotidiano y de lo común, descubriendo su milagro” (Pablo Antonio Cuadra); “Poesía clara, comunicativa, aún conceptual” (Enrique Anderson Imbert).
Vemos cómo los acercamientos críticos coinciden en otorgarle a la obra poética de Acosta ciertos rasgos permanentes. Se trata, en efecto, de una poesía despojada, fluida y esencial, leve en su formulación pero honda en su contenido. Sin estridencias ni sobresaltos, sin rupturas léxicas ni estructurales. Podríamos, quizás, catalogarla como una poesía conversacional en registro culto (que armoniza con la personalidad refinada, siempre propensa al humor inteligente, del autor). En definitiva, este poeta nos ofrece, a nuestro juicio, una especie de baño refrescante en las viejas aguas clásicas.
Podría aplicarse a Acosta lo que dijera, tan elocuentemente, Antonio Machado acerca de la obra de uno de sus maestros (Francisco de Icaza): “En su claro verso/se canta y medita/sin grito ni ceño”. Sin duda, no es casual que Poesía menor (cuyo título es ya un manifiesto) tenga un epígrafe de Garcilaso de la Vega, ese maestro mayor de la lírica hispánica que da una lección de hondura ligada a la claridad y a la armonía acústica.
Para leer el texto completo, salir por aquí.
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