lunes, 11 de febrero de 2008

Lectura de Archimboldi

Fue un texto del francés Jan Claude Pelletier, publicado en la revista madrileña Estudios Literarios, lo que me remitió por primera vez a la obra de Benno von Archimboldi (Alemania, 1920). El texto correspondía a una ponencia que el crítico leyó en un congreso dedicado a la obra del escritor alemán y celebrado en la ciudad de Maastricht en 1991. Se titulaba “Heine y Archimboldi: caminos convergentes” y trataba, por supuesto, sobre la estrecha relación que el autor había descubierto entre la obra del poeta alemán Heinrich Heine (1797-1856) y este narrador hasta ese momento desconocido para mí: Benno von Archimboldi. Me sorprendió primeramente que Archimboldi fuera un escritor alemán con apellido que sonaba a italiano. En ese momento sólo alcancé a relacionarlo con el pintor manierista italiano Giuseppe Arcimboldo, que me gusta mucho por sus retratos compuestos por frutas, animales, flores u otros objetos, pero entonces me dejé llevar por lo que el francés decía del alemán. Hablaba de las convergencias del mal, de la locura y sus manicomios, del concepto de novela como un puzzle que había que desarmar y rearmar constantemente. Hablaba de cementerios futuros y de un párpado muerto, de la literatura como un oficio peligroso y de meter la cabeza en la mierda y por si fuera poco abrir los ojos. Este feliz descubrimiento ocurrió el 2005, y a partir de entonces empezó la búsqueda exhaustiva.
A la fecha, casi tres años después, he encontrado –y leído- casi todas las novelas de Benno von Archimboldi y acabo de terminar Los bajos fondos de Berlín, su único libro de cuentos. De toda su obra me ha gustado especialmente la trilogía conformada por El jardín, de tema inglés, La máscara de cuero, de tema polaco, y D’arsonval, de tema francés. Hay en estas tres novelas, aparte de su evidente continuidad temática y punto de vista, unos rasgos muy particulares que convierten a Archimboldi en un escritor fuera de serie. Aquí el alemán satisface plenamente a los lectores ávidos de historias, de acontecimientos; pero estos acontecimientos tienen la particularidad de no conducirnos, en apariencia, a ninguna parte. Cada una de las tres novelas es una explosión de múltiples historias, contadas a un ritmo vertiginoso y desprovistas de alardes retóricos. A mi parecer, en ellas consolida Archimboldi el estilo que habría de llamar la atención de Manuel Espinoza, Jan Claude Pelletier, Piero Morini y Liz Norton, los cuatro críticos que le descubrieron en la década de los ochenta, cuando parecía que sus libros no saldrían nunca de las lúgubres bibliotecas en que se encontraban confinados.
Les dejo a continuación la bibliografía –quizá incompleta- de Archimboldi para que continúen con la búsqueda:
La trilogía compuesta por El jardín, de tema inglés, La máscara de cuero, de tema polaco, y D’Arsonval, de tema francés. Ríos de Europa, publicada en 1971, Herencia, una novela de más de quinientas páginas, en 1973, y La perfección ferroviaria en 1975. Antes se había publicado, en 1964, la selección de cuentos titulada Los bajos fondos de Berlín. También están Letea, una novela de apariencia erótica, Bitzius, una novelita de menos de cien páginas, El vendedor de lotería, que narra la vida de un lisiado alemán que vende lotería en Nueva York, y El padre, en la que un hijo rememora las actividades de su padre como psicópata asesino. Otras novelas son El tesoro de Mitzi, Santo Tomás, La ciega, La rosa ilimitada y Bifurcaria bifurcata.

sábado, 9 de febrero de 2008

Sobre Roberto Castillo, un recuerdo precipitado

Por Horacio Castellanos Moya

Como presagio fatídico del año que comienza, Roberto Castillo murió en la mañana del 2 de enero. Tenía 57 años. Un día de septiembre pasado le descubrieron un tumor en el cerebro, hubo cirugía, pero enseguida le ganó la muerte.
Era el narrador hondureño de mayor reciedumbre.
Nació en San Salvador, en el Hospital de Maternidad. La explicación que daba a este hecho era sencilla: en 1950, desde la población de Erandique, en el occidente de Honduras, donde vivían sus padres, era más fácil llegar a la capital salvadoreña que a la hondureña.
Estudió filosofía en la Universidad de Costa Rica. Y a eso se dedicó durante muchos años: a enseñar rudimentos filosóficos a los alumnos de nuevo ingreso en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).
Así lo conocí, un día de marzo de 1980: yo llegaba desde San Salvador, de huída, y busqué la ayuda del poeta Roberto Sosa, entonces director de la Editorial Universitaria, y el poeta Sosa me contactó con el cuentista Eduardo Bahr, y éste con el crítico Tony Bermúdez. Tony me dio trabajo en la UNAH y me presentó a Roberto Castillo.
En aquellos días, cuando comíamos casi a diario en un cafetín universitario, Roberto ya tenía la barba que siempre usaría, los lentes de aro de carey y la incipiente barriga; también el tacto y las buenas maneras. Era siete años mayor que yo, y había leído muchísimo más: se movía a través de las diversas literaturas con pasión, gozo, contundencia; yo lo escuchaba con sed de aprendiz. Y caminábamos, entusiastas, un día sí y el otro también, hacia los talleres de la Editorial Universitaria, donde imprimían su primer libro, Súbida al cielo y otros cuentos, la salida del cual pronto celebraríamos. En las noches, a veces, me llevaba de gira por lupanares y cantinas de mala muerte en la vieja Comayagüela; su consigna era beber una sola cerveza y al camino.
Ese primer semestre de 1980 fue de mucha agitación en Centroamérica, incluso en Tegucigalpa. Roberto, Tony y el poeta Rigoberto Paredes fundaron la revista Alcaraván y luego la editorial Guaymuras, donde sería publicada, un año más tarde, la primera novela de Roberto, El corneta, un texto que marcaría un hito en Honduras. Yo ya no estuve para celebrarlo; sólo permanecí tres meses en esa ciudad, pues el dios de la guerra me puso de nuevo en la ruta.
En 1984, Roberto obtuvo el Premio de Cuento de la Revista Plural en México. Como muy pocas veces sucede en esas latitudes, lo ganó a las limpias, sin padrinos ni "grillas", sólo gracias a la calidad de su obra. Lo recuerdo en una habitación de hotel en las cercanías de la Alameda en la Ciudad de México, rebosante de contento, impresionado por la magnitud de la metrópoli. En esa ocasión ya venía acompañado por Leslie, quien sería su mujer el resto de su vida. Generoso como siempre, me traía ejemplares de mi primer libro de relatos, publicado por Guaymuras, gracias a su apoyo y al de los otros amigos. El cuento que ganó ese premio, "La laguna" (si mi memoria no me falla), lo incluyó luego en el volumen Figuras de agradable demencia, publicado en 1985.
En los últimos años de la década de los 80, lo vi con alguna frecuencia. Vivía con Leslie en El Hatillo, en la cumbre de la montaña, en una especie de cabaña grande escondida entre los pinares, a un par de kilómetros de la casa donde yo pernoctaba cuando visitaba Honduras. En las tardes, bebíamos un par de copas en la terraza de la cabaña y luego salíamos a caminar por el bosque, bajo la niebla y el zumbido del viento. Era un placer escucharlo: tenía la sabiduría del hombre ajeno a la jactancia y las vanidades fáciles, la sabiduría de aquellos pocos para quienes el conocimiento es placer, asombro, misterio; y también tenía un humor agudo, pícaro, pero sin resentimientos, el humor de quien ya se ha resignado ante la tontería del género humano. En esos años, trabajaba con pasión en su novela mayor, La guerra mortal de los sentidos, que sería publicada finalmente en 2002, luego de varias peripecias.
A principios de la década de los 90 hubo un cambio de look en Roberto: empezó a vestir formalmente, con saco y corbata, sin importar el día ni la circunstancia, como los escritores de la generación anterior, formados en el oficio del funcionariado. Yo me burlaba, le decía que parecía diputado hondureño; él sólo sonreía y enseguida aprovechaba para hacer escarnio de la cultura de provincia que tan bien conocía. Su vestimenta formal no varió en lo mínimo su carácter jocundo, perspicaz; su risa contagiosa; su comentario punzante, demoledor, dicho al vuelo, como si apenas importara.
Releo el último email que me envió y decía: "Lamento ser el que te da tan triste noticia: ayer murió nuestro querido amigo Enrique Ponce Garay". Enrique había sido librero, crítico de cine, censor cinematográfico, pero sobre todo un gran lector. No sabía Roberto que su turno pronto vendría.
Escribe el poeta Adam Zagajewski en recuerdo de Zbigniew Herbert: "En las primeras semanas y los primeros meses después de haber perdido a un gran amigo la memoria repite: aún es demasiado pronto, todavía no veo nada, esperemos". Este es pues un recuerdo precipitado, apenas unas líneas balbuceantes del retrato que Roberto merece.
Este texto fue publicado originalmente en la revista virtual Carátula, dirigida por Sergio Ramírez, en su edición 22.

viernes, 8 de febrero de 2008

¿Sueña Fabricio con ser un replicante?

¿Yo Paíspoesible? ¡Ni loco! No me imagino, en primer lugar, llamándoles solemnemente “poetas” a mis amigos al tiempo que nos fundimos en uno de esos abrazos de hermanos dispuestos a cambiar el mundo con nuestra solidaridad. No puedo imaginarme tampoco escribiendo cada noche los versos humanísimos que habré de leer la mañana siguiente en un parque, un mercado, un colegio o una prisión para rescatar almas perdidas y afiliarlas a un supuesto ideal que todo lo cree posible. No, definitivamente no puedo imaginarme siquiera cómplice de alguna de las bufonadas de Paíspoesible.
La verdad es que me aburre pensarme poeta, pensar que la poesía –acaso muerta ya- es un arma obsoleta cargada de futuro, pensarme “pugnando con esternón y estilete”, pensar que todos los que están a mi alrededor son mis hermanos, que formo parte de un movimiento que representa la esperanza del mundo.
“He visto cosas que ningún ser humano ha visto”, dice el último de los replicantes en la memorable escena de Blade Runner, y algo parecido se le oye balbucear a Fabricio Estrada en su manifiesto cuando dice: “nosotros hemos visto el atorrante mundo del video clip y su hardcore”. Ahora sí que logro imaginar algo: a Fabricio y algunos de sus hermanos impoesibles con una paloma descendiendo a sus cabezas, mientras en el fondo un unicornio atraviesa quizá un arcoiris. ¿Qué hermoso, no creen?
Gracias, Fabricio, pero no, yo no soy Paíspoesible. Ni lo quiera Dios! Esa “poética” de ustedes, mitad Philip K. Dick y mitad Marinetti, que proclama que “no hay que seguir imaginando al nuevo ser humano desde la teoría del arte y su estética”, no va conmigo. Creo, Fabricio, que definitivamente no se puede imaginar “desde la teoría del arte y su estética” ninguna otra cosa que no sea a un artista, porque si quisiéramos imaginarnos a un ser humano, bastaría con la “teoría del abrazo y la palmadita en la espalda”, y ya sabemos que para esto no se necesita escribir un tan solo poema. Conozco muchos seres humanos que no escriben versitos para demostrar alguna cara de su humanismo.
Cómo voy yo a identificarme con eso de la “carcajada agónica que apenas se contiene” cuando la frase misma entraña una contradicción: ¿una carcajada que está muriendo pero que apenas se contiene? ¿Cómo entender semejante paradoja? O con aquella otra barbaridad de que Tegucigalpa es el ombligo de Honduras, cuando bien sabemos que es Olanchito (según declaraciones de Mando García), y cuando habría que decir más bien que Tegucigalpa es el hoyo de Honduras, el enorme agujero en cuyo fondo yacen el nombre de la patria y sus hundidos últimos patriotas.
Gracias, Fabricio, pero no, yo no soy Paíspoesible. Que se borre mi nombre de esa lista.

lunes, 21 de enero de 2008

Crónica familiar

Hernán Antonio Bermúdez es quizá uno de los primeros lectores de Horacio Castellanos Moya en Honduras, algo que bien valdría para calificarlo como el “descubridor” de este excepcional narrador honduro-salvadoreño que se pasea con solvencia en las Grandes Ligas de la literatura mundial. En esta entrega 29 de mimalapalabra, Bermúdez nos reseña, con amplio conocimiento y afinado sentido crítico, la última novela del narrador, Desmoronamiento, publicada por Tusquets el 2006, que tiene como escenario principal Tegucigalpa, como fondo el conflicto bélico entre Honduras y El Salvador y como personajes a los miembros de una familia acomodada que asume con la diáspora su ocaso en una casona de El Hatillo.
Hernán Antonio Bermúdez
Desmoronamiento. Horacio Castellanos Moya. Tusquets Editores. Barcelona. 216 Págs.
“Uno debe tener siempre las botas puestas, y estar listo para partir”. Michel de Montaigne
Desmoronamiento es el título de la novela de Horacio Castellanos Moya publicada por Tusquets Editores en el 2006. Por primera vez en su corpus narrativo, la acción novelesca se desarrolla, al menos en las dos terceras partes del libro, en Tegucigalpa, ciudad natal del autor, y donde vivió la familia Moya Posas, su rama materna. Este linaje ha dado destacados hombres de letras como David Moya Posas y la propia abuela del novelista, Emma de Moya Posas, tuvo, en su momento, veleidades literarias.
En ninguna parte se oculta más un escritor que en su propio ámbito familiar y, sobra decirlo, el parentesco es una de las tiranías más primitivas. No en vano Gerald Durrell (hermano de Lawrence) escribió dos libros con los títulos Mi familia y otros animales y Pájaros, bestias & parientes. Castellanos Moya emprende en Desmoronamiento una búsqueda –un reconocimiento, más bien- de sus raíces hondureñas y revalida que, como el caracol, uno carga con su casa a cuestas y no puede desprenderse fácilmente de sus ancestros.
Tras la lectura de esta novela, queda la impresión de que el autor sintió la necesidad expresiva de recoger –y lidiar con- parte de su pasado, de hacer un ajuste de cuentas, de escribir y reescribir fragmentos del historial familiar. En esta recuperación de la memoria utiliza, por supuesto, material autobiográfico abierto y encubierto.
Pero la memoria, se sabe, es selectiva: hace añadidos para restaurar algún vacío, omite lo incongruente, lleva a cabo reacomodos, cambia los énfasis y dondequiera que la experiencia pareciera carecer de sentido intenta sugerirlo o inventarlo.
Éste es el libro más personal de Castellanos Moya y si bien contiene seguramente datos de su vida real no es en sí mismo autobiográfico. Sólo ciertos hechos o incidentes son verdaderos. Me explico: puede que algunas situaciones psicológicas o contextos emocionales de la novela correspondan a una vivencia genuina pero los detalles de la misma a menudo son del todo ficticios.
Vale decir, por más de que el autor recree episodios que le pertenecieron, que formaron parte de su saga familiar, los personajes, atmósferas y contextos han sido alterados o han sido objeto de un reordenamiento imaginativo. Con todo, su inmediatez resulta enteramente convincente.
Lo difícil de comenzar un relato es con frecuencia encontrar un punto de vista y un tono a partir del cual narrar la historia. En Desmoronamiento esto se consigue de tres maneras diversas en las tres partes en que se divide la novela. Veamos.
En la primera, la acción se ubica en la casa solariega –la heredad familiar, entre pinares- en El Hatillo, esa “montaña mágica” que rodea a Tegucigalpa por el Norte, encumbrada sobre la llanura prosaica donde se extiende la ciudad, a finales de 1963, una vez perpetrado el golpe de estado contra el gobierno liberal de Ramón Villeda Morales. Allí se asiste a los parlamentos diríase teatrales (fluctuantes entre la histeria y el melodrama) que intercambian Doña Lena, acomodada matrona, intolerante y enérgica (quien sabe ejercer la química del odio y cuyo fanatismo anti-comunista sería de mal gusto incluso en una cena rotaria), y su marido Erasmo Mira Brossa, connotado dirigente del Partido Nacional de la época y hombre de confianza del ex-dictador Tiburcio Carías. Ambos personajes remiten irremisiblemente (lo que no significa que sean idénticos) a los abuelos maternos del autor (la ya mencionada Emma de Moya Posas y Horacio Moya Posas).
También aparecen Teti, la hija de ambos, y su compañero salvadoreño Clemente, de inclinaciones izquierdistas. Esta pareja está a punto de partir a San Salvador con su hijo Eri (quien vendría a ser el propio autor del libro), para consternación y dolor de Doña Lena, posesiva, prendada de su nieto. Es este apego enfermizo al niño, y su rechazo visceral a Clemente, lo que hace que la abuela impida que Don Erasmo asista a la boda de Teti y su novio, que buscan así formalizar su relación antes de viajar a la capital salvadoreña. Para evitar que haga acto de presencia en dicha boda Doña Lena no vacila en encerrar bajo llave a Don Erasmo en el baño de la casa de El Hatillo. Sin embargo se trata de una batalla perdida, pero da lugar para que ella vocifere sus frustraciones y resentimientos contra su consorte.
En la segunda parte se lee el intercambio de cartas entre Teti y Don Erasmo, ella desde San Salvador y él desde Tegucigalpa, en 1969, justo cuando se desata el conflicto armado entre El Salvador y Honduras, y luego se deriva hacia las circunstancias ominosas en que se produce el asesinato de Clemente, que no acaban nunca de esclarecerse y tiene que ver, según se colige, con los vínculos indirectos que le ponen en la mira de ciertos círculos militares (ya se prefigura la violencia salvaje que azotará a ese país en las dos décadas siguientes).
No deja de resultar llamativo que Castellanos Moya acuda aquí al género epistolar para iluminar las circunstancias históricas de la guerra de 1969, al igual que lo supo hacer de modo brillante Eduardo Bahr en El cuento de la guerra (1971), sobre la misma temática. Otra novela reciente donde se emplea este género (pese a que algunos críticos lo consideran anacrónico) como eficaz estrategia narrativa es Cartas cruzadas (1997), del poeta y novelista colombiano Darío Jaramillo Agudelo, del todo recomendable.
En la tercera parte de Desmoronamiento se da un salto cronológico hasta finales de 1991 y principios de 1992, a través del relato de Mateo, el jardinero (y mayordomo) de Don Erasmo (ya muerto para entonces) y de Doña Lena, quien sobrelleva su viudez y, víctima de un derrame cerebral, es hospitalizada antes de fallecer. Aquí Mateo es testigo y narrador del cierre de un período en la vida familiar de los Mira Brossa, y acompaña en las diligencias domésticas a Eri (quien, ante la inminencia de la muerte de su abuela, ha regresado a Honduras desde México, donde reside) y a su hermano menor Alfredito. No deja de ser notable la manera en que Castellanos Moya es capaz de visualizarse a sí mismo en el personaje de Eri como un hombre joven, con todas sus características y rasgos individuales: se trata de un logro literario de difícil ejecución.
Esta última parte tiene un sabor agridulce: el narrador describe las pérdidas, las interacciones de la familia que se diluye y desmorona. Se asiste al ocaso y colapso de la vida en la casona de El Hatillo (cerca de “el Peñón de las Águilas”, tan entrañable en la mitología privada del clan) que, ya sin moradores, será vendida para dar paso a la diáspora definitiva en el exterior*.
Raras veces el arte se explica por la locación de las fuentes en la vida real. Desmoronamiento es uno de esos casos. Aquí Horacio Castellanos Moya, con ese certero instinto del escritor que sabe ver las cosas en términos verbales, expía fantasmas de su fuero íntimo. Y lo hace, como cabe esperar, mediante toques maestros y efectos de virtuoso.
El lector familiarizado con su obra creativa –la adicción a una dicción- sólo echará de menos el humor negro, el cinismo y las epifanías eróticas. En esta ocasión están de más. Suficiente con la indestructible ironía que juega alrededor de la vida y la muerte, de la disolución y el exilio.
Quito, 8 de noviembre del 2007
*Nota al pie: Ello conduce, a propósito, a rechazar una vez más esa crítica chauvinista que considera a Castellanos Moya como un expatriado que mejor se hubiera quedado en casa, y según la cual el hecho de que las obras anteriores del autor se escenifiquen fuera de Honduras le descalifica para formar parte de la literatura hondureña. Ahora con Desmoronamiento supongo que será mas difícil persistir en ese tipo de anatemas y "penalizaciones". Y es que la literatura es un sistema transnacional con bordes flexibles, porosos (sobre todo en Centroamérica). Ese empeño transfronterizo de las letras tiene que ver más con el territorio de la lengua y del lenguaje que con los límites establecidos de un solo país. Desmoronamiento, como tantos libros previos de Horacio Castellanos Moya, enriquece y le abre las fronteras de modo decidido a la narrativa hondureña, aunque ello no sea del agrado de los profesores/académicos con mentalidad de agentes aduaneros.
  • Datos del autor Hernán Antonio Bermúdez (1949), escritor y crítico literario, perteneció a los grupos de vanguardia cultural "Vidanueva" (a finales de la década del 60) y "Tauanka" (a principios de la década del 70). Ha formado parte de consejos editoriales de varias revistas literarias del país ("Coloquio", "Senales", "Alcaraván", "Astrolabio" y "Galatea"). Fue uno de los fundadores de la Editorial Guaymuras en 1980, y se desempeñó como Director Ejecutivo de la misma hasta 1982. Ha publicado los libros Retahila (1980), Cinco poetas hondureños (1981) y Afinidades (2007). Tras su ingreso al Servicio Exterior en 1973, ha vivido en Bogotá, Buenos Aires, Nueva York, Washington DC, Montevideo, Madrid, Londres y Quito, como diplomático de carrera.

sábado, 19 de enero de 2008

¿Adiós?

¿Por qué habríamos de decir adiós si apenas vamos llegando?
Esmirna Chomsky. Diario para matar a la poesía.
Quizá de ahora en adelante haya que colocar una advertencia previa en cada entrevista publicada en nuestras páginas que diga: “mimalapalabra no se hace responsable de las respuestas de sus entrevistados, como sí de las preguntas que les haya formulado”.
No encuentro nada en la última publicación impresa de mimalapalabra que contravenga nuestro “ideario ético-estético”, y si las respuestas resultaron, como dice Mario, infaustas, eso fue, quizá, porque no son de nuestra autoría sino, por supuesto, de la autoría del entrevistado. Para bien o para mal, seguiremos con la mimada mala palabra, hasta que otra vez la abulia o el tedio nos separen.
  • Adiós a mimalapalabra "Hartos de las pobres y malas palabras, pero sin perder el hábito de la carcajada...". Así comenzó, hace ya algunos años, una aventura ético-literaria llamada mimalapalabra. Y mantuvimos la imprescindible integridad necesaria para sobrevivir con dignidad en un medio tan pendejo como el nuestro, donde cualquier indigente mental se cree compelido a cumplir un destino natural al proclamarse como el único salvador posible de la poesía. Y nos reímos a carcajada batiente de tanto palurdo aspirante al Nóbel, de tanto publicista confundido entre el verso y el eslógan, de tanto epíteto bancario, de la poesía macdonald para llevar, de versos a-fónicos, de papeles sin arte ni oficio, de idiotas anónimos y de amargos peces trasnochados... Luego vino la etapa en La Prensa, donde tratamos de mantener nuestro ideario ético-estético y, hasta hace muy poco, todo marchó bien, con disensos y asperezas que fueron sorteadas con cierta gracia, con sentido común y solidaridad. Pero el retiro de uno de los editores responsables y una infausta manipulación provocaron que la última edición de mimalapalabra fuera usurpada por las opiniones de un diletante -apenas disfrazadas por los tímidos balbuceos de un anónimo partenaire- celebrador de los antivalores literarios que hemos combatido desde siempre. Por esa razón hemos optado por abandonar la nave de la mala palabra mimada, al menos en su actual formato impreso, donde no tenemos la garantía de que los ideales que dieron vida al grupo puedan sobrevivir en medio de las absurdas presiones mediáticas y una cierta ingenuidad colindante con la abulia malsana. Tal vez en fechas próximas tengamos lista una agradable sorpresa.

Hasta entonces, adiós...
Mario Gallardo

martes, 15 de enero de 2008

“Los poetas son la voz del pueblo”

Fiel a su condición clerical y apelando a la palabra como arma de defensa, Fausto Leonardo Henríquez responde a esta entrevista de mimalapalabra en su edición 28. Para él la literatura es un deporte que le permite “reinventar el mundo con la imaginación” y los falsos escritores son como cantantes de kareoke que se creen artistas mientras dure la melodía. Poeta, narrador y ensayista, también ha sido promotor cultural durante los años de su permanencia en San Pedro Sula. Ahora se marcha a España para continuar su trabajo con la Iglesia, pero antes quiso dejarnos estas respuestas escurridizas que hablan, entre otras cosas, de libros y de Dios, de la fe y la verdad, del compromiso y de la crítica literaria.

Mimalapalabra: ¿En qué se diferencian el Fausto sacerdote y el Fausto escritor?
FL: Lo primero me lleva a lo segundo. Es como un médico que ejerce en su consultorio y luego hace algún deporte. Dos planos distintos para un objeto.
¿Conviven en armonía su temperamento cristiano y su temperamento artístico?
Sin duda, como el agua mezclada al vino. Si le damos un vistazo a la historia del arte nos vamos a hallar con la agradable sorpresa de que, tanto en la plástica como en la arquitectura, la música y la creación literaria (poesía concretamente), ha habido de forma casi natural una fusión tal entre fe y arte que no veo yo exista contradicción.
Según su experiencia, ¿con qué debe estar comprometido siempre un escritor?
Con su oficio. Un escritor que no se dedica de lleno a cultivar su talento, a perfeccionar el espíritu, difícilmente podrá lograr una obra acabada. Hacia afuera, el escritor debe rescatar lo verdaderamente humano, el sentir de su época y plasmarlo en la página. Los griegos y los romanos escribieron la vida, los hechos, la historia, los anhelos espirituales de su tiempo y nos lo legaron en sus obras inmortales. Los que tienen vocación de escritores, en cualesquiera de sus manifestaciones, tienen el deber inclaudicable de ser testigos de su época. Los poetas son la voz del pueblo.
¿Qué es la literatura? ¿Qué es Dios?
La literatura es una forma de recrear, de reinventar el mundo con la imaginación. Dios, en términos filosóficos, el Ser, el Absoluto; en términos teologales, el Creador, el Padre que comunica al mundo su amor infinito.
¿Qué considera que ha sido lo más importante que ha hecho durante su permanencia en San Pedro Sula?
En el plano pastoral, acompañar, orientar y caminar con el pueblo humilde de los barrios, colonias y aldeas de San Pedro Sula. En el plano cultural, haber transmitido los ideales de la estética de la Poética Interior con la publicación de varios libros de poesía y cinco números de la revista CriticArte.
¿Qué opinión le merece la más reciente generación de poetas y narradores hondureños? ¿Cree que se está diciendo algo verdaderamente nuevo o es sólo una fábrica de espuma condenada a la desaparición inmediata?
En mis diez años de estancia en Honduras he seguido de cerca a la generación de “poetas emergentes”, para usar los términos del animador cultural y poeta Salvador Madrid, y me hago la idea de que las obras publicadas en poesía apuntan a obras mayores, más serenas y profundas. No hay nada nuevo bajo el sol, reza el adagio, pero no cabe duda de que cada uno de los autores jóvenes trata de plasmar su propia visión del mundo y el arte literario, aunque sea de forma incipiente e inacabada. En este sentido, eso sí es nuevo.
Además de la poesía, usted ha incursionado en la crítica literaria. ¿Cuál es su diagnóstico acerca de la actual literatura hondureña con respecto a la literatura mundial contemporánea?
Para Pablo Neruda lo particular es una forma certera de universalización. En este sentido, no es menos narrativa la de Julio Escoto, Armando García, José Bográn, entre otros, que la de cualquier premio Planeta, Alfaguara o Casa de las Américas; ni es menos poesía la de Óscar Acosta, Roberto Sosa, Rolando Kattán o Giovanni Rodríguez, que la de uno de los poetas de la Poesía de la Experiencia de España o uno de los poetas del Movimiento Interiorista de República Dominicana. Cuanto más auténticos seamos, cuanto más valoremos lo hondureño, en consideración al pensamiento nerudiano, más universales seremos. El último libro de José Adán Castelar, Cauces de la última estación, 2007, por poner un ejemplo, es una obra maestra que se sostiene de pie y compite, en términos genuinamente poéticos, con cualquier obra de poesía contemporánea o clásica.
¿Qué aspectos considera indispensable abordar a la hora de criticar una obra literaria?
Conocer el texto y contexto a fondo, leer en distintas claves al autor en cuestión, comparar, si fuera posible, la obra con otras publicadas por el mismo. Si la obra se enmarca en una generación o corriente literaria, también hay que tomarlo en cuenta. El crítico debe ser sincero e imparcial, riguroso. La crítica literaria es una forma de recrear, de ahí el género ensayístico, la obra en cuestión.
Usted siempre ha dicho que “no hay que frustrar espíritus”. ¿Qué sería lo contrario a eso: aplaudir automáticamente las necesidades de expresarse de cualquier individuo, aunque carezca de recursos para hacerlo artísticamente, o aclararle el panorama para que en el futuro no meta las de andar?
Los jóvenes escritores y poetas -así empezamos todos- en sus primeros vuelos son proclives a movimientos erráticos, pero después, los que verdaderamente tienen el genio para cultivar el oficio en todo rigor, terminan planeando libremente con profesionalismo y estilo propio. Hay que dejar que vuelen, pero afinando bien el instrumento. A eso me refiero con “no frustrar espíritus”.
¿Cuál es la diferencia entre escribir bien y hacer literatura?
Un periodista, por ejemplo, puede escribir bien y no necesariamente tiene que ser un literato. Éste, en cambio, tiene que escribir como el periodista y, además, usar la imaginación y todos los recursos y técnicas para crear la obra de arte.
¿Qué opina de quienes publican libros, se hacen llamar escritores y ni siquiera han aprendido a redactar?
Tengo un hermano que canta karaoke, imita a cantautores, sigue la pista y el compás, y lo hace bastante bien, pero no es artista. Aunque pretenda ser Juan Luis Guerra o Juanes, siempre será un cantante de karaoke.
Usted es el abanderado del Movimiento Interiorista en Honduras. ¿Cree que su poética ha sido adecuadamente exteriorizada en este país?
En mi opinión sí, pero no del todo. Sí en lo divulgativo y expositivo. La Poética Interior ha sido divulgada oral y escrituralmente en periódicos, en la revista CriticArte, en conversatorios en el Centro Cultural Sampedrano, en colegios y universidades. No del todo por la poca producción poética en una década de tintinear la estética interiorista. Poca, pero ya suficiente para empezar con tentativas como Muestra Poética: Los Novísimos; Horizonte que me toca y Voz en el agua de María de los Ángeles López; La otra latitud, Ínsula Presentida de quien suscribe; más la Antología Mayor del Movimiento Interiorista puesta a circular en octubre, 2007, en San Pedro Sula. La obra poética Morir todavía de Giovanni Rodríguez también está, por los hilos que la tejen, bajo la égida del Movimiento Interiorista.
¿Existen dentro del Interiorismo escritores de esos denominados “malditos”, o en las filas de este movimiento sólo hay lugar para beatos y personas decentes?
El Movimiento Interiorista aglutina a artistas de cualquier condición, siempre que sus ideales, por antagónicos que sean, exploren la dimensión trascendente de la realidad en cualquier orden, esto es, el metafísico, el mítico y el místico. En el Movimiento Interiorista hay poetas de la angustia, inconformes, inencasillables, rebeldes, inadaptados, bonachones, etc.
En todos sus libros publicados la experiencia mística se percibe como un elemento importante. ¿Cree, como Platón, que a los poetas les es “revelada” la verdad? De ser afirmativa su respuesta, como creo que lo es, ¿asumiría de buena gana su expulsión de la república de las letras en favor de su incursión en la república de Dios?
¿Qué serían las letras sin el halo de lo divino, de la trascendencia? ¿Qué, el pensamiento platónico sin el mundo de las Ideas divinas? Si se van los poetas de ese territorio, ¿quién se encargará de revelar la verdad? ¿Qué sería la poesía sin San Juan de la Cruz, Reiner Maria Rilke o Rabindranah Tagore? Aceptaría ser expulsado si no me suscribiera, para decirlo con san Agustín, a la Ciudad de Dios.
¿Qué piensa de los libros de autoayuda y motivación?
Leí muchos cuando era joven de facultad.
¿Qué lee actualmente?
Acabo de leer el quinto tomo de las obras completas de Octavio Paz, dedicado todo él a Sor Juana Inés de la Cruz; y la antología poética Sor Juana Inés de la Cruz, como lectura complementaria, de la editorial Planeta; y las obras trágicas de Séneca, a saber: Medea, Fedra, Edipo, Agamenón y Tiestes. De postre estoy terminando el libro ensayístico Cuentos Chinos de Andrés Oppenheimer.
¿Ha leído al Marqués de Sade, a Henry Miller, a George Bataille? ¿Sabía que éste último consideraba los burdeles como sus auténticas iglesias, que quiso ser sacerdote en su juventud y que perdió su fe a los 25 años? ¿Qué opinión le merece todo eso?
No los he leído. Me he concentrado más en los últimos quince años en la lectura de literatura antigua greco-romana, con la manía de ir a las fuentes, al origen de nuestra cultura occidental; en la poesía española, hispanoamericana, centroamericana y caribeña. He ido terciando con novelas, pero confieso que tengo una deuda con muchos autores universales y, en particular, de mi país, República Dominicana.
¿Alguna vez ha sentido, por un instante al menos, perder su fe?
Perder la fe no, la motivación sí. He tenido muchos momentos de alegría indescriptible fruto de mi vivencia de fe que me han reafirmado en la vocación misionera. Pero también he tenido momentos de decepción y desánimo.
¿Qué opina de la verdad? ¿Cree que la verdad es única? ¿Cree, como Vargas Llosa, que la literatura es una mentira que dice la verdad?
En literatura y en las artes nada es absoluto, cada artista aporta un trozo de verdad. Baste pensar, por ejemplo, en el Impresionismo, el Cubismo o la pintura abstracta. La verdad absoluta sólo está en Dios, la verdad que nos acerca a Dios y “nos hace libres” “se hizo carne” y la verdad que nos deleita en una obra se hizo arte.
¿Hacia dónde dirige su mirada de ahora en adelante? ¿Qué le dice a todo esto que deja atrás?
A España, la cuna de nuestra lengua castellana. Vuelvo a la Madre Patria a servir pastoralmente y a cultivar el espíritu. Nada dejo atrás y todo lo llevo conmigo. En realidad me quedo todo yo en mi partida. Mi gratitud infinita a la gente hondureña que forjó mi carácter y me ayudó a descubrir hasta dónde es capaz el amor y la entrega.
  • Datos del entrevistado

Fausto Leonardo Henríquez (La Vega, Rep. Dominicana, 1966). Ha publicado los libros de poesía Claridades, 1994; Sucesiones, 1995; La seducción del aire, 1999; La otra latitud, 1999; Muestra poética, 2002; e Ínsula presentida, 2005. Es editor de la revista CriticArte, además de miembro titular y dirigente del Movimiento Interiorista. Ha aparecido en las siguientes antologías: Juego de Imágenes, de Frank Martínez; La Creación Interiorista y El Interiorismo, de Bruno Rosario Candelier.

jueves, 10 de enero de 2008

De la obra que nos queda

El 31 de julio del año recién finalizado recibí un correo electrónico de Roberto Castillo. Me decía que acababa de leer mi reseña sobre su novela La guerra mortal de los sentidos y que encontraba, con independencia de lo que tenía que ver con su trabajo de narrador, mis puntos de vista “lúcidos, poseídos de un genuino ímpetu renovador y unlenguaje limpio y preciso”. (Uf! Imaginen la burbujita de mi ego inflándose a la par de los latidos en el pecho). En las últimas líneas del mensaje me pedía que le proporcionara mi dirección postal para enviarme algo que podría ser de mi interés. Fue tan grande mi alegría que le respondí de inmediato con un correo emocionado y algo excesivo en su extensión, de lo que, luego de teclear “enviar”, me arrepentí. En mi correo yo le hablaba de mi admiración por su obra, le comentaba que justamente estaba leyendo una novela de Patrick Deville, titulada Pura vida, en donde él aparecía como personaje y amigo del narrador, y le informaba incluso que una amiga tenía intenciones de publicar su tesis de licenciatura sobre su obra.
Para entonces no había ocurrido nada todavía. Él se mantenía alejado del mundanal ruido escribiendo su tercera novela y nosotros ya le habíamos hecho un homenaje en nuestra sección en diario La Prensa: dos páginas con un fragmento de La guerra mortal de los sentidos, tratando de devolver a los lectores del periódico algo del enorme placer que había representado para nosotros la lectura de esa magnífica obra.
A partir de la semana siguiente, cada día al llegar a casa a las ocho de la noche, abría la puertecita de mi buzón esperando encontrar en su interior el paquete enviado por Roberto Castillo. Pero no llegaba. Recordé que un amigo me había mencionado algo acerca de ciertos problemas relacionados con el Correo Nacional en Honduras, y después de que el escritor me enviara otro email preguntándome si ya tenía en mis manos el envío, le respondí que no y que era probable que se debiera a esos problemas aludidos por mi amigo.
Pero un día, después de revisar sin demasiadas esperanzas el interior de mi buzón y comprobar que tampoco había nada, subí las gradas del edificio hasta el segundo piso, abrí la puerta del apartamento, me dirigí a mi cuarto y, sobre mi cama, estaba el paquete enviado desde Honduras por Roberto Castillo. Mi hermano lo había dejado ahí. Dentro estaba el último libro de ensayos de Castillo: Del siglo que se fue, con una postal en donde se ve a una alfarera lenca de Cofradía, Intibucá y se lee la siguiente dedicatoria: “Estimado G. R.: me da mucha satisfacción hacerle llegar este libro. Saludo cordial, Roberto Castillo”.
Recuerdo haber tenido ese libro en mis manos durante un breve momento del año 2005 en la librería Guaymuras de Tegucigalpa. Al descubrirlo ahí, con su discreta tapa color café, me sorprendí y pensé que era una lástima que para un libro de ensayos de un escritor tan importante no hubiera mayor esperanza de llegar a los lectores que a través de su simple colocación en la librería de un país en donde muchos, como yo entonces, no disponen de dinero suficiente para comprarlo y tienen que conformarse con sopesarlo, leer la contraportada, echarle un vistazo a sus primeras palabras y finalmente devolverlo al estante, en medio de otros libros que probablemente también pasarán mucho tiempo inadvertidos.
En los últimos días me llegaron algunos emails en donde mis amigos me anunciaban la noticia. Antes me habían hecho saber que Roberto Castillo estaba muy enfermo, y de alguna manera presentíamos lo que sucedería. No podemos evitar esa mala costumbre de dedicarle a los muertos nuestras mejores palabras, ni de dejar para el último momento (o para después del último momento) las dedicatorias, los aplausos y los homenajes. Yo sólo puedo decir que lo mejor sería leerlo, o releerlo, y para los que alguna vez tuvimos la oportunidad de conocerlo en persona, también recordarlo (no olvido su figura imponente, parado frente a una cátedra en el Museo de Antropología e Historia el 2002, hablando sobre La guerra mortal de los sentidos, no sé si antes o después de su publicación, con una voz fuerte, muy fuerte, y con un entusiasmo desbordante, hablando sobre los hombres lencas borrachos en la orilla de la carretera, hasta donde sus mujeres van a levantarlos, sobre los ángeles y don Juan Diego Eleudómino de la Luz Morales, sobre cipotes como Chorro de Humo, sobre el Buscador del Hablante Lenca, sobre la molonca…)

martes, 18 de diciembre de 2007

El guardián entre el centeno

En El guardián entre el centeno (1951), Holden Caulfield es expulsado de su escuela y para evitar el encuentro con sus airados padres decide vagar por Nueva York; ese viaje es la justificación narrativa de la novela, pero su razón de ser son las observaciones de Holden sobre el mundo y el lenguaje que oscila entre la ternura y el desprecio. A partir de la publicación de este libro, J.D. Salinger, escritor a quien Ernest Hemingway llamó “un tipo endemoniadamente talentoso”, se convirtió en lectura de rigor de la juventud estadounidense. Es un texto ejemplar por sus diálogos ágiles, su atractivo protagonista y su lenguaje inventivo que se desluce con la traducción. En el número 27 de mimalapalabra en La Prensa, un fragmento de esta magnífica obra.

El guardián entre el centeno

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás basura estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primeroporque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. Él será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un Jaguar, uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora tiene mucha lana. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.
Empezaré por el día en que salí de Pencey, que es un colegio que hay en Agerstown, Pennsylvania. Habrán oído hablar de él. En todo caso, seguro que han visto la propaganda. Se anuncia en miles de revistas siempre con un tipo de muy buena facha montado en un caballo y saltando una valla. Como si en Pencey no se hiciera otra cosa que jugar todo el santo día al polo. Por mi parte, en todo el tiempo que estuve allí no vi un caballo ni por casualidad. Debajo de la foto del tipo montando siempre dice lo mismo: “Desde 1888 moldeamos muchachos transformándolos en hombres espléndidos y de mente clara”. Estupideces. En Pencey se moldea tan poco como en cualquier otro colegio. Y allí no había nadie espléndido, ni de mente clara. Bueno, sí. Quizá dos. Eso como mucho. Y probablemente ya eran así de nacimiento. Pero como les iba diciendo, era el sábado del partido de fútbol contra Saxon Hall. A ese partido se le tenía en Pencey por una cosa muy seria. Era el último del año y había que suicidarse o -poco menos si no ganaba el equipo del colegio. Me acuerdo que hacia las tres, de aquella tarde estaba yo en lo más alto de Thomsen Hill junto a un cañón absurdo de ésos de la Guerra de la Independencia y toda esa perorata. No se veían muy bien los graderíos, pero sí se oían los gritos, fuertes y sonoros los del lado de Pencey, porque estaban allí prácticamente todos los alumnos menos yo, y débiles y como apagados los del lado de Saxon Hall, porque el equipo visitante por lo general nunca se traía muchos partidarios. A los encuentros no solían ir muchas chicas. Sólo los más mayores podían traer invitadas. Por donde se le mirase era un asco de colegio. A mí los que me gustan son esos sitios donde, al menos de vez en cuando, se ven unas cuantas chavalas aunque sólo estén rascándose un brazo, o sonándose la nariz, o riéndose, o haciendo lo que les dé la gana. Selma Thurner, la hija del director, sí iba con bastante frecuencia, pero, no era exactamente el tipo de chica como para volverle a uno loco de deseo. Aunque simpática sí era. Una vez fui sentado a su lado en el autobús desde Agerstown al colegio y nos pusimos a hablar un rato. Me cayó muy bien. Tenía una nariz muy larga, las uñas todas comidas y como sanguinolentas, y llevaba en el pecho unos postizos de esos que parece que van a pincharle a uno, pero en el fondo daba un poco de pena. Lo que más me gustaba de ella es que nunca te venía con el rollo de lo fenomenal que era su padre. Probablemente sabía que era un hipócrita.
Si yo estaba en lo alto de Thomsen Hill en vez de en el campo de fútbol, era porque acababa de volver de Nueva York con el equipo de esgrima. Yo era el jefe. Menuda cretinada. Habíamos ido a Nueva York aquella mañana para enfrentarnos con los del colegio McBurney. Sólo que el encuentro no se celebró. Me dejé los floretes, el equipo y todos los demás trastos en el metro. No fue del todo culpa mía. Lo que pasó es que tuve que ir mirando el plano todo el tiempo para saber dónde teníamos que bajarnos. Así que volvimos a Pencey a las dos y media en vez de a la hora de la cena. Los del equipo me ignoraron durante todo el viaje de vuelta. La verdad es que dentro de todo tuvo gracia. La otra razón por la que no había ido al partido era porque quería despedirme de Spencer, mi profesor de historia. Estaba con gripe y pensé que probablemente no se pondría bien hasta ya entradas las vacaciones de Navidad. Me había escrito una nota para que fuera a verlo antes de irme a casa. Sabía que no volvería a Pencey. Es que no les he dicho que me habían echado. No me dejaban volver después de las vacaciones porque me habían suspendido en cuatro asignaturas y no estudiaba nada. Me advirtieron varias veces para que me aplicara, sobre todo antes de los exámenes parciales cuando mis padres fueron a hablar con el director, pero yo no hice caso. Así que me expulsaron. En Pencey expulsan a los chicos por menos de nada. Tienen un nivel académico muy alto. De verdad. Pues, como iba diciendo, era diciembre y hacía un frío que pelaba en lo alto de aquella dichosa montañita. Yo sólo llevaba la gabardina y ni guantes ni nada. La semana anterior alguien se había llevado directamente de mi cuarto mi abrigo de pelo de camello con los guantes forrados de piel metidos en los bolsillos y todo. Pencey era una cueva de ladrones. La mayoría de los estudiantes eran de familias de mucho dinero, pero aún así era una auténtica cueva de ladrones. Cuanto más caro el colegio más te roban, palabra. Total, que ahí estaba yo junto a ese cañón absurdo mirando el campo de fútbol y pasando un frío de mil demonios. Sólo que no me fijaba mucho en el partido. Si seguía clavado al suelo, era por ver si me entraba una sensación de despedida. Lo que quiero decir es que me he ido de un montón de colegios y de sitios sin darme cuenta siquiera de que me marchaba. Y eso me revienta. No importa que la sensación sea triste o hasta desagradable, pero cuando me voy de un sitio me gusta darme cuenta de que me marcho. Si no luego da más pena todavía. Tuve suerte. De pronto pensé en una cosa que me ayudó a sentir que me marchaba. Me acordé de un día en octubre o por ahí en que yo, Robert Tichener y Paul Campbell estábamos jugando al fútbol delante del edificio de la administración. Eran unos amigos estupendos, sobre todo Tichener. Faltaban minutos para la cena y había anochecido, pero nosotros seguíamos dándole a la pelota. Estaba ya tan oscuro que casi no se veía ni el balón. Al final no tuvimos más remedio. El profesor de biología, el señor Zambesi, se asomó a la ventana del edificio y nos dijo que volviéramos al dormitorio y nos arregláramos para la cena. Pero, a lo que iba, si consigo recordar una cosa de ese estilo, enseguida me entra la sensación de despedida. Por lo menos la mayoría de las veces. En cuanto la noté me di la vuelta y eché a correr cuesta abajo por la ladera opuesta de la colina en dirección a la casa de Spencer. No vivía dentro del recinto del colegio. Vivía en la Avenida Anthony Wayne...

lunes, 10 de diciembre de 2007

From the beginning

Giovanni Rodríguez

Ileana soltó mi mano y en el mismo instante una imagen fugaz me cruzó por la mente. Caminábamos por esa avenida poco iluminada que Jorge una vez llamó “La avenida del amor”. Para mí nada en esa avenida, silenciosa y con algo de película de terror a esa hora de la noche, invocaba el amor, pero desde que había salido con Ileana rumbo al bar, la sensación no era otra que la de continuar con la tácita promesa de los besos y los abrazos establecida desde la noche anterior. Ileana, sin embargo, me había soltado la mano hacía un momento, y entonces sólo alcancé a pensar, no sabría explicar por qué, en una tarde de principios de diciembre en la que llovía un poco y salía de la universidad por el portón del área de las ingenierías.
Ricardo me recibió en el bar con una cerveza a punto de explotar de tan fría. Programó en la computadora From the beginning, de Emerson, Lake and Palmer, y le dio play. Eran pocos los que habían llegado para disfrutar del concierto y se mantenían en su mayoría en el área del largo balcón que daba a la calle, mientras los miembros de la banda dejaban todo a punto para cuando llegara la hora. Permanecimos unos minutos en la barra intercambiando bromas con Ricardo, hasta que ella se incorporó, con su vasito de ron y coca-cola en la mano, y caminó hacia la terraza para recibir, me dijo, un poco de aire fresco. La seguí un instante con la mirada, estableciendo impunemente como blanco sus nalgas firmes bajo la tela delgada de la falda, y Ricardo aprovechó para preguntarme cómo había llegado a conectarme con una muchacha así de buena. Le expliqué con detalles lo ocurrido durante la noche previa y lo que llevábamos de ese día. No había habido lugar para otra cosa más que para el amor, palabra que, lógicamente, se traducía en sexo y quizá una cierta comunión espiritual casi siempre en los momentos posteriores al coito.
El bar comenzó a llenarse en la última media hora antes del inicio del concierto. Las voces se fueron multiplicando hasta que fue necesario subir el volumen de la música ambiente porque ya casi no se escuchaba. A quien pasara afuera le hubiera parecido que el local era una caja de música algo descompuesta. En la barra, yo saludaba a uno u otro amigo que llegaba, pedía nuevas cervezas y de vez en cuando me dirigía al sitio desde donde Ileana había decidido dejar pasar la noche, para invitarla a unirse al grupo de amigos que empezaba a formarse o, en su defecto, para ofrecerle un trago más. Se negaba, con maneras suaves, siempre a ambas ofertas. Me decía amistosamente que ya iría ella misma por otro cuba libre cuando le apeteciera, que no me preocupara. Yo entonces volvía al grupo sin perderla de vista, pero a medida que el local se llenaba resultaba difícil ubicarla todo el tiempo.
La banda, de repente, empezó a tocar. Vertigo, de U2, encendió definitivamente el ánimo de todos. Le siguieron Californication, de Red Hot Chili Peppers; The man who sold the world, de Nirvana; y Roxane, de The Police. Entonces recordé a Ileana y decidí, con algo de culpa por mi olvido momentáneo, ir a acompañarla. La encontré, no en la terraza sino en el balcón, con un tipo de unos treinta y cinco años, mayor que nosotros dos, que apenas éramos unos jovenzuelos con la cabeza hecha una diáspora de sueños. El tipo me recordó a un tío mío, el menor de los tres hermanos de mi papá, con su pelo largo y el aire de alguien que se la ha pasado fumando marihuana durante las últimas dos horas. Al verme llegar, Ileana adoptó una posición erecta, después de permanecer acomodada frontalmente sobre el murito del balcón, y con una excesiva sonrisa, nos presentó. Ileana ha estado hablándome de vos, dijo el treintañero, dice que sos poeta, y de los buenos. Sentí la garganta seca y la necesidad impostergable de una nueva cerveza. Se los hice saber y les ofrecí a ellos algo de beber. Pidieron una cerveza y otro ron y entonces, revolviendo en mi cabeza los momentos de las últimas veinticuatro horas con la muchacha y preguntándome qué otras cosas le podía haber contado a ese desconocido, empecé a abrirme paso a través de la enorme cantidad de gente que en muy poco tiempo había convertido aquel bar tranquilo en un lugar asfixiante. Me costó mucho llegar a la barra. Sentía la garganta como si hubiera tragado un puñado de arena. Ricardo había desaparecido y ahora sólo estaba esa pareja de zombies atendiendo a una clientela enfebrecida por el alcohol y la música de la banda. Me costó mucho hacerme atender y cuando al fin pude salir de entre aquel espontáneo grupo de bebedores, sentí como que acababa de ganar una justa olímpica.
Al volver, unos diez minutos después, ellos habían desaparecido. Los busqué por toda el área del balcón, pero era claro que no estaban ahí. Volví al interior del local. Lo recorrí con la mirada por sobre las cabezas de la masa eufórica. Nada por ningún lado, ni en la terraza. Me encontré a Ricardo y le pregunté por Ileana. No sabía. Decidí volver al balcón. Me tomé mi cerveza, luego la del treintañero y por último el trago de Ileana, que me supo a agua azucarada. Pensé, sin darle mayor importancia, en el tamaño de la cuenta que Ricardo, al final de la jornada, iría reduciendo a medida que mi expresión de desconcierto, por no contar con suficiente dinero, fuera aumentando. Un sube y baja permanente, me dije, resignado y complacido.
No llegaban. Fui a la barra por otra cerveza. Esta vez me la sirvió Ricardo, quien me preguntó si ya había encontrado a la chica. Le contesté que no, malhumorado. Alcancé a ver un esbozo de sonrisa maliciosa en su cara mientras preparaba unas bebidas para otros clientes. Pasó una hora en la que la imagen de aquella fría tarde de diciembre en la salida de la universidad volvía y se disolvía en cada nuevo trago que daba a mi cerveza, hasta que decidí por fin marcharme. Ella tendría que llegar tarde o temprano al apartamento para recoger las cosas que había dejado.
Cuando empezaba a bajar las gradas que conducen a la salida, mortificándome con la idea de que, de repente, la situación había empezado a afectarme, mi subconsciente, más allá de los pensamientos y la inercia alcohólica, percibió algo en las vibraciones del aire. Ese algo se transformó en las notas de Wicked game, y aunque la versión de la banda era bastante caprichosa, me detuve un momento con la intención de escucharla y disfrutarla, pero no pude, mi mente trabajaba en la recreación de otros momentos posibles, imaginarios y sin embargo posibles, perversamente posibles. Imaginaba a Ileana y al treintañero en algún rincón oscuro del bar, en alguno de los baños o, por qué no, en un cuartucho de hotel de a cincuenta lempiras la hora. Seguí bajando las gradas, que ahora me parecieron más empinadas, y entonces los vi. Pensé en evitar el encuentro, pero ya era tarde. Antes de que pudieran verme fui testigo de la conexión que existía entre ambos, mayor que la que Ricardo aludió cuando me preguntó por el momento en que la había conocido. En el breve espacio de unos cinco segundos los vi abrazarse distraídamente, reírse, plantarse ante el mundo, ante la vida como una sola entidad, como un solo ser acostumbrado a las mismas circunstancias, como una pareja. Hasta que me descubrieron ahí, seis o siete peldaños arriba, con una expresión en el rostro que pretendía ser rígida, pero que debía resultar algo cómica, evidentemente ebrio. Te estábamos buscando, dijo Ileana. Pensamos que nos habías cambiado por unas cuantas cervezas, dijo el treintañero, sonriente. Cansado de la situación, aburrido, a esas alturas de la noche melancólico, me limité a sonreír desinteresadamente. ¿Nos vas a traer al fin unas bebidas?, preguntó el tipo. No, me voy, contesté. Sí, nos vamos, dijo Ileana. El intruso se apresuró a ofrecernos transporte hasta el apartamento. Les dije que no se preocuparan, que me iba solo, pero no me lo permitieron. Hubo una discusión amistosa entre Ileana y el tipo que no llegué a entender del todo; sólo alcanzaba a escuchar el sonido de sus voces mezclado con la música de la banda en el fondo, de la que ahora sobresalía desastrosamente el bombo de la batería. No recuerdo si me despedí, pero sí que Ileana me alcanzó del otro lado de la calle.
Caminamos de regreso al apartamento, por la misma avenida por la que llegamos, tomados de la mano. Los faroles emitían una luz tenue, nada convincente. Por un momento, mientras me dejaba llevar hacia el final de la noche, mientras la avenida se me revelaba como una pista infinita hacia ninguna parte, volví a sentir, especialmente en la cara, el mismo frío de aquella tarde de diciembre en la universidad. Me vi entonces, como en una película muda y en blanco y negro, con apenas diecisiete años, caminando despacio sobre los adoquines, mientras unas finísimas gotas caían del cielo, y pensé absurdamente en el tiempo como en una cuerda larguísima cuya punta llevaba precisamente ahora de la mano. Supe entonces, por ese instante al menos, que la vida consiste algunas veces en el murmullo insistente de las cosas pasadas, pero que en la mayoría de las veces sólo consiste en la inmersión total, sin remordimientos ni arrepentimientos posteriores, en la mierda cotidiana. Y supe, además, que lo importante, lo verdaderamente importante era tener siempre los ojos bien abiertos, por lo menos mientras la vida aún fuera cierta. Así que miré a mi derecha, primero al rostro de Ileana, que me veía desde otra realidad con unos ojos tan comunes y corrientes como los de cualquier mujer, y con una expresión de absoluta complacencia, y después al foco encendido en el pasillo entre dos edificios. Luego ya no vi nada más o no recuerdo haber visto nada más, apenas la imagen en mi cabeza de un beso ajeno más allá de los primeros árboles detrás del edificio de las ingenierías, y mis pasos cada vez más lentos sobre los adoquines, y la lluvia suave, indiferente.
No recuerdo nada, absolutamente nada, pero las cosas debieron haber ocurrido más o menos como todos dicen. Yo reconstruyo la escena con los fragmentos de las versiones de todos y la imagino así: Ileana conduciéndome hasta el apartamento, y una vez dentro, metiéndome en la habitación, desvistiéndome sin encender la luz, practicándome una entusiasta felación para despertarme e invitarme a hacerle el amor, primero ella sobre mí, pero después, con mi cuerpo y mi mente abandonados a la suerte carnal, yo sobre ella, hasta el fondo en ella, pensando quizá en el pasado, en el maldito pasado que no se acaba nunca, con mis manos en su cuello, cada vez más fuertes mientras el pasado vuelve, insistente, pegajoso y persuasivo, con mis manos, sus dedos y sus mínimos tendones dedicados a la inconciente ceremonia de la muerte, mientras sus gemidos aumentan y se convierten en gritos, en espasmos, en manotadas apenas efectivas, en pequeñas explosiones óseas en su garganta; y después el sueño profundísimo y otra vez el frío y los mismos pasos lentos, pero ya no sobre los adoquines en la salida de la universidad sino en un lugar y un día distintos, quizá en un cuartito como éste, pequeño y sin embargo interminable, y quizá en un domingo como hoy, insulso como todos los domingos, perfecto día para morir de tedio, como todos los días, como toda la vida, con su irremediable mierda cotidiana.
  • Datos del autor
Giovanni Rodríguez (San Luis, Santa Bárbara, 1980) estudió Letras en el CURN. Es miembro fundador de mimalapalabra. Publicó en 2005 Morir todavía y en 2007 Las horas bajas, libro que le valió en 2006 el Premio Hispanoamericano de Poesía de la edición número 69 de los Juegos Florales de Quetzaltenango, Guatemala. Actualmente vive en Figueres, España.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Juan Gelman: Cervantes 2007

Sin duda, premios como el Cervantes de Literatura traen a primera fila a escritores que de repente son poco conocidos. El considerado máximo galardón de las letras españolas ha recaído este 2007 en Juan Gelman, poeta argentino que hace de la palabra un arma de angustia, dolor, amor y humor. El Cervantes es una excusa válida para espiar su obra, de la que, en su edición 25, mimalapalabra publica una pequeña muestra.

Arte poética
Entre tantos oficios ejerzo éste que no es mío,/ como un amo implacable/ me obliga a trabajar de día, de noche,/ con dolor, con amor,/ bajo la lluvia, en la catástrofe,/ cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,/ cuando la enfermedad hunde las manos.
A este oficio me obligan los dolores ajenos,/ las lágrimas, los pañuelos saludadores,/ las promesas en medio del otoño o del fuego,/ los besos del encuentro, los besos del adiós,/ todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.
Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,/ rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.
XVI
No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, /no a la fuerza./ La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida./ Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, las calores./ Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, /propiamente del aire./ Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo,/ nos separan dos mares/ y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.
Una mujer y un hombre
Una mujer y un hombre llevados por la vida,/ una mujer y un hombre cara a cara/ habitan en la noche, desbordan por sus manos,/ se oyen subir libres en la sombra,/ sus cabezas descansan en una bella infancia/ que ellos crearon juntos, plena de sol, de luz,/ una mujer y un hombre atados por sus labios/ llenan la noche lenta con toda su memoria,/ una mujer y un hombre más bellos en el otro/ ocupan su lugar en la tierra.
Opinión
Los poemas escritos en estado de frialdad tienen una ventaja: están escritos en estado de frialdad. El odio del vecino no entra ahí, ni el vecino atado a su odio y se puede alabar las bellezas del paisaje. Alabar es una palabra rara, lleva del ala al bar donde el estaño está mudo. Los poemas sin sangre tienen una ventaja: no tienen sangre, ni sacudones mortales o inmortales, ni la imperfección, la suciedad de todos. Eso cae y nada perturba a la tierra. A los poetas que practican esa visión y sin duda escriben hermosos poemas, habría que levantarles una estatua ciega que no se vea. Es bello su no estar. Todo está bien afuera de todo lo que está mal, intocado y lejos de la escritura, lejos, en un canto bajito.
Nota I
te nombraré veces y veces./ me acostaré con vos noche y día./ noches y días con vos./ me ensuciaré cogiendo con tu sombra./ te mostraré mi rabioso corazón./ te pisaré loco de furia./ te mataré los pedacitos./ te mataré uno con paco./ otro lo mato con rodolfo./ con haroldo te mato un pedacito más./ te mataré con mi hijo en la mano./ voy a venir con diana y te mataré./ voy a venir con jote y te mataré./ te voy a matar, derrota./ nunca me faltará un rostro amado para/ matarte otra vez./ vivo o muerto/ un rostro amado./ hasta que mueras/ dolida como estás/
ya lo sé./ te voy a matar/
yo/ te voy a matar.
  • Gelman responde
–¿Qué dirían los muchachos de Villa Crespo al enterarse de que "el pibe Taquito" es premio Cervantes?
Cuando era joven, les tuve que ocultar bastante tiempo que era poeta. En el barrio si no fumabas, eras maricón, y si escribías poesía, eras raro.
–¿Los premios le dan mayor confianza en la palabra, en la poesía?
–Mi confianza en la poesía es independiente de los premios, que son un estímulo y un reconocimiento, sin duda, pero que no sirven para escribir el poema, que es puro trabajo.
–Aunque hay zonas de mucho humor y ternura, como en "Los poemas de Sidney West", se suele definir su poesía como política. ¿Cómo se lleva con esta etiqueta?
Es lo que pasa con todas las etiquetas, ¿no? Etiquetan un producto y después hay que mirar para ver de qué se trata. No todo lo que sucede en el mundo me despierta la necesidad de escribir un poema. Como ciudadano, tengo compromisos y responsabilidades que no tienen que estar necesariamente en la poesía. La ideología de alguien forma parte de su subjetividad, pero no es toda su subjetividad. No me afecta ni en un sentido ni en otro que digan que mi poesía es política. Lo que me importa es mi trabajo como poeta, no me preocupa lo que digan los demás, tienen todo el derecho a opinar, pero francamente lo único que influye es la lectura de la poesía, y el trabajo de escribirla.
  • *La entrega del premio será el 23 de abril de 2008. Juan Gelman nació en Argentina el 3 de mayo de 1930. Reside en México.