Mostrando entradas con la etiqueta Pablo Zelaya Sierra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo Zelaya Sierra. Mostrar todas las entradas

lunes, 24 de noviembre de 2008

PZS: arte moderno e indigenismo (V)

Pablo Zelaya Sierra. Hermanos contra hermanos. 1932? Oleo sobre lienzo.
Por Gustavo Larach
Regreso a Honduras
Las primeras décadas del siglo XX habían sido en Honduras un tiempo de agitación política y guerra civil, con liberales y conservadores luchando entre sí y, para ello, creando milicias con ciudadanos provenientes tanto de la esfera urbana como de la rural. Pablo Zelaya Sierra regresó a Honduras en octubre de 1932. En noviembre de ese año, un mes después de su regreso a Honduras, un nuevo conflicto estalló. Tiburcio Carías Andino, un conservador que gobernaría Honduras hasta 1949, había sido electo presidente y una facción del Partido Liberal se levantó en armas en contra de su propio presidente, Vicente Mejía Colindres, para que éste no transfiriera el poder a Carías. Zelaya entró en contacto con la brutal realidad de su país, y los hechos que en aquel momento discurrían sobre el paisaje nacional se vieron reflejados en la única pintura que Zelaya realizó tras su regreso a Honduras. Hermanos contra hermanos, imagen de siniestra masacre, contrasta diametralmente con la serenidad de las pinturas exhibidas en Madrid tan sólo unos meses antes. En un texto de 1996, Helen Umaña describió la pintura con estas palabras:
Hermanos contra hermanos es una quemante obra casi imposible de soportar: cuerpos despedazados, huesos al aire; músculos sangrantes, cabezas degolladas, pisoteadas y sostenidas en las manos como infame trofeo; familias huyendo; ranchos devorados por las llamas, aviones en labor de destrucción; el ojo vaciado por el sadismo del hierro impávido; la mancha indeleble de Baco embruteciendo al hombre. La apoteosis de la irracionalidad y el odio (Umaña, 1996, págs. 12-13).
Al venir a Honduras, Pablo Zelaya Sierra traía consigo muchas de sus pinturas, y traía también muchos sueños. Había bosquejado, en Apuntes a lápiz, una agenda artística para su país. Expresó claramente la necesidad de un museo de arte precolombino, y dispuso que, solamente después de haber creado dicho museo, sería razonable el establecimiento de un museo de arte clásico. Estos dos museos eran necesarios para la implementación de una escuela nacional de bellas artes, argumentaba Zelaya, pues sólo así se podría entrenar los ojos de los artistas hondureños. Zelaya quería que los hondureños practicaran el arte, quería que adultos y niños manifestaran sus propias visiones (Zelaya Sierra, 1990, pág. 12).
El 6 de Marzo de 1933, tan sólo cinco meses después de haber regresado a Honduras, Pablo Zelaya Sierra murió en un hospital de caridad, en absoluta pobreza. Nunca sabremos qué dirección habría tomado su trabajo si las actividades artísticas de un Zelaya Sierra residente en Honduras se hubieran prolongado por lo menos durante algunos años. A pesar de esta ausencia radical, su obra es un referente central del arte moderno hondureño y continúa siendo discutida y estudiada hoy.
Traducción: Adalberto Toledo y Gustavo Larach

lunes, 17 de noviembre de 2008

PZS: arte moderno e indigenismo (IV)

Fig. 1: Pablo Zelaya Sierra. Campesinas. 1932. Oleo sobre lienzo. 73.7 x 83.4 cm
Fig. 2: Pablo Zelaya Sierra. La muchacha del huacal. 1932. Oleo sobre lienzo, 94.6 x 80.3 cm

Por Gustavo Larach

La recepción del trabajo de Zelaya Sierra en Europa
En 1922, León Pacheco, un intelectual costarricense que estudiaba en La Sorbona durante la década de 1920, vio las pinturas de Zelaya en una exhibición en París y expresó mucha admiración por sus habilidades. León Pacheco vio a Zelaya como alguien que buscaba libertad dentro del desarrollo estético (López & Becerra, Pablo Zelaya Sierra: vida y trayectoria artística, 1991, p. 23). Es muy probable que a Zelaya le hayan agradado los comentarios que el crítico Abel Romero Castillo hiciera de su trabajo, luego de observarlo en una exhibición individual realizada en el Salón Heraldo de Madrid en 1929. Romero Castillo exaltó a Zelaya por vaciar sobre el lienzo, al regresar al estudio, las sensaciones que recolectaba en la cuenca española. El crítico describió el método de Zelaya como el proceso de reunir, colocar y ordenar dichas sensaciones sobre la superficie del lienzo (López & Becerra, Pablo Zelaya Sierra: vida y trayectoria artística, 1991, pp. 24-25).
Zelaya decidió regresar a Honduras en 1932, y en febrero de ese año realizó su última exhibición en Europa, en el Ateneo de Madrid. Los trabajos más aclamados en esta muestra fueron aquellos que, como La mujer y el niño, mostraban mujeres nativas en un ambiente rural. Otras dos pinturas con temática similar que se incluyeron en la exhibición fueron Campesinas (Figura 1), también conocida como Dos muchachas, y La muchacha del huacal (Figura 2). El prominente crítico español Gil Fillol subrayó el carácter precolombino de estos trabajos: “El carácter americano—precolombino, mejor dicho—tan patente en “Dos muchachas”, “Muchacha del guacal”, “La aldea”, “Mujer y niño”, etc., es matiz de sensibilidad del que, a mi juicio, [el artista] no debe desprenderse, cualquiera que sea su orientación definitiva” (Gil Fillol, citado en López & Becerra, Pablo Zelaya Sierra: vida y trayectoria artística, 1991, pág. 25).
A inicios de 1927, el filósofo peruano José Carlos Mariátegui escribía en defensa del indigenismo, una corriente vigente en la literatura latinoamericana de aquel momento, y que Mariátegui comparaba con el mujikismo ruso, una tendencia literaria que portó las semillas espirituales para la eventual socialización de la tierra iniciada por la Revolución Bolchevique. En aquel momento Mariátegui escribió: “El problema indígena tan presente en la política, la economía y la sociología no puede estar ausente de la literatura y el arte” (Mariátegui, 1976, pág. 32). Mariátegui encontraba un valor cosmopolita en el indigenismo, ya que diferentes autores de distintos países latinoamericanos podrían interpretar a su propia gente a través de su práctica literaria o artística. Al mismo tiempo, el filósofo advertía en su texto contra la práctica de cierto exoticismo, síntoma de decadencia en la cultura europea, según Mariátegui. Una de las formas de practicar este exoticismo era exigir a los artistas americanos que visitaban Europa que trabajasen temas nativos (Mariátegui, 1976, pág. 33).
A finales de la década de 1920, Mariátegui percibió que la nacionalidad peruana se encontraba aún en proceso de formación: “Se conviene, unánimemente, en que no hemos alcanzado aún un grado elemental siquiera de fusión de los elementos raciales que conviven en nuestro suelo y que componen nuestra población” (Mariátegui, 1976, pág. 34); lo mismo podía decirse no solamente de Honduras sino de muchos países latinoamericanos. En el mismo párrafo, Mariátegui argumentaba que la tierra indigeniza al mestizo, quien es absorbido por el espíritu indígena, mientras que en los centros urbanos la predominancia de lo colonial extiende la presencia del espíritu heredado de España. Según Mariátegui, lo que le da al nativo peruano, y por extensión a los nativos de América, el derecho a ser el elemento principal de la conciencia literaria y artística de su nación es el contraste y conflicto entre su predominancia sobre la tierra y su servidumbre social y económica (Mariátegui, 1976, pág. 36).
La recepción positiva de las pinturas de Zelaya de 1932 en Madrid fue sintomática, ya que pinturas como Campesinas y La muchacha del huacal presentan un mundo idílico, una utopía de perfecta dicha rural. En una pintura como Campesinas, no percibimos la extensiva labor significada por las imágenes de Cândido Portinari, por no decir la cruel explotación de las poblaciones nativas plasmada por un artista como Eduardo Kingman. El mundo gestado en estas imágenes de Zelaya se encuentra lejos de la atmósfera sombría y de sufrimiento vista en el trabajo de David Alfaro Siqueiros u Oswaldo Guayasamín, quienes tan crudamente representaron las condiciones devastadoras sufridas por las poblaciones indígenas.
En el primer plano de Campesinas, dos mujeres mestizas intercambian miradas alegremente, se detienen al borde de un pozo natural y sostienen las vasijas de barro en las que cargan el agua que se encuentra disponible en la naturaleza. Un niño observa distraídamente su reflejo sobre la superficie del agua. La escena toma un carácter más bien lúdico. Las figuras femeninas son robustas y muestran satisfacción, las formas de la imagen son rítmicas y armoniosas, y la labor se percibe solamente en la distancia, dependiendo más del buey que tira del arado que del hombre que lo sostiene.
La figura femenina de La muchacha del huacal es enorme en relación a los elementos que se observan en el fondo próximo, y la vasija de barro a su lado es también monumental. En su mano derecha sostiene un huacal, pero no realiza con él ninguna acción. La figura está absorta en sus pensamientos, en su propio mundo, y no tiene conciencia del espectador, quien tal vez mira la imagen para echar un vistazo a los elementos que constituyen su mundo: ella, la mujer nativa o mestiza en el centro y la fuente justo frente a ella; vegetación, colinas, animales, otra gente a su alrededor y, en el fondo, la casa.
Mientras Zelaya, como hubiera gustado a Mariátegui, colocó a un nativo, una mujer en este caso, en el centro del mundo que construyó con pintura, este mundo excluye muchos de los aspectos que constituyen la realidad de los indígenas. Las aclamadas pinturas que Zelaya exhibió en 1932 no representaban con fidelidad al nativo hondureño, y creaban una imagen de Honduras moldeada más por el deseo y el anhelo que por un reconocimiento de su realidad profunda. Estas pinturas constituyen una visión idealizada de la vida rural, distante de las privaciones y adversidades que enfrentan los hondureños que se mantienen cerca de la tierra y la trabajan por su fruto, quienes constituyen la gran mayoría de la población del país. Zelaya, quien provenía de la esfera rural, había estado distanciado por doce años de la tierra que no había podido ofrecerle la oportunidad de realizarse como artista.
Traducción: Adalberto Toledo y Gustavo Larach

jueves, 13 de noviembre de 2008

PZS: arte moderno e indigenismo (III)

Fig. 1: Pablo Zelaya Sierra. Paisaje con hombre segando. 73 x 63.5 cm. Sin fecha.

Fig. 2: Pablo Zelaya Sierra. La mujer y el niño. 96 x 70 cm. Sin fecha.
Fig. 3: Daniel Vázquez Díaz. El Refectorio. 1931. Oleo sobre lienzo. 229 x 205 cm.

Una madona descalza

Por Gustavo Larach
En Paisaje con hombre segando (Figura 1), Zelaya ha ampliado su paleta y, a través de modulaciones cromáticas más analíticas, es decir, que integran un rango mayor de variaciones en intensidad, matiz y valor, ha logrado una evocación luminosa más resonante, en la que la luz parece menguar y expresa así cierta nostalgia. A lo lejos, su apariencia atenuada por la perspectiva atmosférica, pueden percibirse aun las altas chimeneas industriales, disminuida su escala por la gran distancia. En el fondo de la imagen, los grandes edificios de un centro urbano se elevan contra el cielo. Muros altos y gruesos atraviesan la zona intermedia de la composición, sugiriendo un espacio profundo y encerrando una gran extensión de tierra. Fuera de ese dominio, de espaldas a todo el conjunto urbano, un hombre se inclina sobre la tierra. El título de la obra, Paisaje con hombre segando, sugiere que este hombre cosecha o limpia el terreno;[i] su trabajo no parece tener mayor importe ni ocasionarle mayor beneficio; su existencia, unos cuantos trazos de azul sobre una porción mínima del lienzo, parece casi sin consecuencia.
La tela de Zelaya titulada La mujer y el niño (Figura 2) presenta una configuración radicalmente distinta a la vista en Paisaje con hombre segando. La figura humana, femenina en este caso, ha sido amplificada hasta abarcar toda la dimensión vertical del lienzo y el ambiente ha sido extremadamente simplificado: un área de gris azulado para el cielo, grandes áreas homogéneas de blanco como nubes, un horizonte bastante alto, una casa sencilla que descansa sobre la colina y un camino que corta la ondulante superficie del terreno y que conecta la casa con la monumental figura en primer plano. Las formas de la figura también han sido simplificadas, y es importante observar que se han hecho abultadas y pesadas, como si la figura estuviera hecha de gruesos bloques de madera toscamente tallados.
El tratamiento de la figura, el espacio austero y la luz demasiado fuerte pero modulada que se observan en La mujer y el niño son recursos visuales próximos a los usados por Vázquez Díaz para crear la imagen de los monjes en su tela de 1931 titulada El refectorio (Figura 3). Dichos elementos plásticos constituyen un lenguaje visual desarrollado por el pintor español con el fin de representar lo intemporal (Gállego, Hierro, Morales y Marín, & Antolín Paz, 1993, p. 220). Aunque los monjes de Vázquez Díaz dan la sensación de figuras de piedra, sus semblantes no pierden la expresividad; algunos tienen grandes ojos abiertos, otros sombras que ocultan la mirada, varios tienen las cavidades oculares vacías, lo que da la sensación de estar viendo una máscara; todas las formas son simples pero sólidas, incluso las de los manteles que cuelgan de la mesa donde los monjes se reúnen para sus comidas frugales. Es este lenguaje de lo intemporal el que Zelaya ha utilizado para crear la imagen de una mujer fuerte y colosal, quien puede dar seguridad y sustento a un niño aun bajo las duras condiciones de la tierra yerma. Pablo Zelaya Sierra pintó una madona descalza, una monumental figura secular de gran importe poético, cuya serenidad y estabilidad se expresa a través de formas toscas, muy distintas a las formas romanizantes de su maestro: en La mujer y el niño, Zelaya impregna su pintura de contenidos que buscan evocar lo propio de su tierra natal.
Traducción: Adalberto Toledo y Gustavo Larach

lunes, 3 de noviembre de 2008

PZS: arte moderno e indigenismo (II)

Ilustraciones:

Fig. 1 (izquierda): Manuel Benedito. Pescadora. 1895. Oleo sobre tela. 55.8 x 80.6 cm. Fig. 2 (medio): Pablo Zelaya Sierra. Cabeza de escultura. Carboncillo. 58.4 x 40 cm. Sin fecha. Fig. 3 (derecha): Pablo Zelaya Sierra. Estudio. Sin fecha. Fig. 4 (izquierda): Daniel Vázquez Díaz. La Fábrica Dormida. Oleo sobre lienzo. 115 x 145,5 cm. 1925. Fig. 5 (derecha): Pablo Zelaya Sierra. Ciudad de España. Oleo sobre lienzo. 76.5 x 59.5 cm. Sin fecha

La educación española de Pablo Zelaya Sierra

Por Gustavo Larach
Dentro del eclecticismo que caracterizó al arte español de inicios del siglo XX, Manuel Benedito puede situarse en la tradición de luz y color que implementó Joaquín Sorolla, en cuyo taller en la Academia de San Fernando estudió, y a quien reemplazó eventualmente como instructor de color y composición (Wikipedia, 2007). Un historiador de arte, el español José Luis Morales y Marín, señala que su dibujo obtiene con rigor los parecidos, su modelado crea un duro relieve y añade que sus figuras reflejan cierto grado de melancolía, a la vez que hay en sus composiciones cierta simplicidad heredada quizá de Whistler. De forma general, Morales y Marín califica la técnica de Benedito como un “naturalismo tradicional” (Morales y Marín, 1993, pág. 58).
Pescadora (Figura 1), una pintura de 1895, muestra ciertamente los elementos que Morales y Marín señala como característicos del trabajo de Benedito. La pintura, hecha en óleos, muestra a una joven de vestido sencillo que sostiene una canasta de mimbre. La pescadora observa distraídamente algo que está fuera de nuestro campo de visión, y en cuya expresión se percibe cierto sentimiento de anhelo. No alcanzamos a ver los contenidos de la canasta, que quizás esté más bien vacía. Vemos una escena exterior en la que una luz blanca baña tanto la piel trigueña de la figura como el llano ambiente que la rodea. Puede sentirse cierta idealización en esta imagen (que a la vez tipifica a la persona que representa): específicamente, la idealización se observa en una construcción de la figura académica y sólida, una forma de trabajar la figura humana que Zelaya practicó, como puede observarse en sus estudios de bustos clásicos o dibujos del natural (Figuras 2 y 3).
El crítico español Mario Antolín señala que el otro maestro de Zelaya Sierra, Daniel Vásquez Díaz, fue, junto con artistas como Picasso, Miró y Gris, uno de los pintores ibéricos responsables de renovar el arte español. A esta lista debemos agregar al artista mexicano Diego Rivera, quien pintó en Paris desde 1913 hasta 1921. Antolín afirma que las enseñanzas de Vásquez Díaz operaron como un verdadero puente entre el arte español y el europeo (Antolín Paz, 1993, págs. 70-71). El poeta español José Hierro recuerda cómo Vázquez Díaz llegó a Paris en 1906, cuando el cubismo estaba en gestación, y pudo así experimentar sus distintas fases. Aunque Vázquez Díaz abandonó el cubismo propiamente dicho, mantuvo muchos de los aspectos formales que surgieron del desarrollo de la pintura europea durante las primeras dos décadas del siglo XX. El pintor también se involucró en el arte mural y el realismo, combinando en figuras y paisajes la severidad de Zurbarán con una “explosiva” luminosidad (Hierro, 1993, págs. 47-48). Juzgando por los trabajos de Zelaya, otra influencia clave sobre su desarrollo artístico fue el pintor mexicano Diego Rivera, de quien Zelaya debió haber tenido por lo menos noticias, si no contacto personal, en algún momento de sus primeros años de estancia en Europa.
La fábrica dormida (Figura 4) es un interesante ejemplo del trabajo de Vázquez Díaz, en el que podemos ver formas cúbicas que se aglutinan y se dispersan, ascienden y se alejan, creando así patrones y ritmos que resuenan en toda la tela, hasta en la cordillera que hay al fondo. La densidad de aire y luz que envuelve las montañas de la cordillera las hace perder sustancia, y las empuja hacia el fondo del espacio pictórico, en el registro superior de la composición. La luz cambia y se transpone de un plano geométrico a otro, de una masa vegetal a la siguiente, en las caras de las montañas, en las facetas de los edificios industriales y en los techos de las casas en primer plano. Una luz transitoria se despliega sobre el paisaje, en el cual alternan casas con vegetación y montañas, elementos característicos de una construcción del espacio introducida por Cézanne y consolidada por Rivera. Sin embargo, un complejo industrial que culmina en una torre humeante, y cuya exhalación polvosa contribuye a la blancura que ayuda a palidecer el fondo lejano, crece y se expande en el área central de la composición. En esta pintura, aunque la fábrica “duerme” y no hay figuras humanas en ella o a su alrededor, aunque el artista se centra en transiciones de luz y masa que sugieren un alejamiento del estado productivo, lo rural se encuentra desplazado por lo industrial.
Si en La fábrica dormida, Vázquez Díaz muestra la colonización del espacio rural por la industria, Ciudad de España, de Zelaya (Figura 5), que muestra muchas similitudes formales con la tela de Vázquez Díaz, evita incurrir en comentarios similares y denota más bien la exploración formal propiciada por el paisaje. En la pintura de Zelaya, la luz es uniforme y estable, y las formas cúbicas de la arquitectura se elevan hasta exceder el borde superior de la imagen. Los edificios mantienen su anonimidad y los dramáticos accidentes del paisaje encuentran un correlato en la enérgica división del plano pictórico, en el que se pueden identificar áreas pictóricas discretas y hasta cierto punto desconectadas entre sí: aglutinaciones de cubos arquitectónicos de distintos tamaños, las pendientes de las montañas y colinas, altos riscos de perfiles verticales, árboles y otra vegetación, todo modulado en masas de color reminiscentes de Cézanne. No vemos en este paisaje elementos palpables de la industria, más bien Zelaya encuentra en este pueblo español y su paisaje una excusa para experimentar y fracturar la superficie del lienzo, yuxtaponer planos, construir forma a través de valores y modulaciones cromáticas, y de esta manera explora la tensión entre el plano bidimensional y el espacio tridimensional que tanto fascinó a los pintores modernistas.
Ciudad de España usa colores más oscuros y fríos que los empleados en La fábrica dormida, colores que crean una iluminación tenue y evocan un atardecer tranquilo. Al recrear la sensación de una determinada hora del día, Zelaya incorpora en su pintura un elemento del impresionismo; en su sentido de la forma y uso de modulaciones cromáticas, Ciudad de España refleja un estudio del postimpresionismo; y, finalmente, en la disposición vertical de figuras afiladas y planos angulados, los que construyen la arquitectura, y en la atrevida fragmentación del plano pictórico, Zelaya implementa prácticas heredadas del cubismo.
Traducción: Adalberto Toledo y Gustavo Larach

martes, 28 de octubre de 2008

Pablo Zelaya Sierra: arte moderno e indigenismo (I)

Fig. 2: Pablo Zelaya Sierra. Los arqueros.
Tempera sobre tela. 178.5 x 207 cm. Sin fecha.
Fig. 2b: Emile-Antoine Bourdelle.
Herakles el arquero, 1909, bronce
Fig 1: Gino Severini.
Tren blindado en acción. 1915.
Óleo sobre tela, 115.8 x 88.5 cm

Por Gustavo Larach

Introducción

El arte es un refugio contra la crudeza de la vida.
Pablo Zelaya Sierra
Pablo Zelaya Sierra (1896-1933) es una de las figuras centrales del arte moderno hondureño. Vivió 12 años en Europa (1920-1932), donde aprendió y experimentó con las tendencias artísticas de vanguardia. En algunas de sus telas más aclamadas trató temas indígenas, en las que pintó figuras femeninas monumentales. La gran solidez de estas figuras sugieren la estabilidad o la continuidad de su forma de vida en un ambiente agrícola apacible.
Zelaya era nativo de Ojojona, una localidad rural hondureña, y no tenía los medios económicos para una educación formal. Siendo aun adolescente, viajó a pie hasta Tegucigalpa, en donde visitó al director de la escuela normal y le pidió una oportunidad para estudiar arte. El director le ofreció intercambiar trabajo por estudio y así Zelaya logró iniciar su entrenamiento artístico bajo la dirección del pintor mexicano Nicolás Urquieta (López & Becerra, Pablo Zelaya Sierra: vida y trayectoria artística, 1991, p. 9).
A los 19 años decidió dejar Honduras para poder continuar su educación. De nuevo viajó a pie, yendo el sur hasta llegar a Managua, donde se detuvo para ganar algo de dinero enseñando arte. Luego continuó su viaje, pintando paisajes cuando se detenía, hasta que llegó a San José, dos años después de haber dejado Honduras. Ahí se inscribió en la Academia de Arte, de la cual Urquieta le había hablado (López & Becerra, Pablo Zelaya Sierra: vida y trayectoria artística, 1991, pp. 9-11).
Un año y medio más tarde, en 1920, un beca del gobierno hondureño le permitió iniciar estudios en la Academia de San Fernando, en Madrid, donde estudió bajo la tutela de Manuel Benedito, alumno de Joaquín Sorolla y Bastida, y también bajo Daniel Vásquez Díaz, quien había viajado a París con Picasso y otros artistas españoles con el deseo de experimentar las nuevas tendencias de vanguardia (López & Becerra, Pablo Zelaya Sierra: vida y trayectoria artística, 1991, pp. 12-13). Durante su estancia en Europa, desde 1920 hasta 1932, Zelaya adquirió fluidez en el uso de los elementos formales característicos de las vanguardias de principios del siglo XX. Este ensayo señala los aspectos formales específicos de la obra de Pablo Zelaya Sierra que lo hacen un pintor modernista, examina las ideas que condicionaron la recepción de dicha obra en Europa, y, si muestra cómo el maestro hondureño se acercó al arte europeo, también muestra cómo, en sus telas, se distanció de él para buscar la representación de lo hondureño.
Pablo Zelaya Sierra dentro del engranaje del arte moderno
De acuerdo con Apuntes a lápiz, un texto escrito por Pablo Zelaya Sierra y encontrado por su familia entre sus papeles después de su muerte, el pintor parece haber estado preparándose para mostrar su trabajo en Honduras, luego de 10 años de entrenamiento en Europa.[i] En este escrito, Zelaya describió a Honduras como una tierra rica en temas bucólicos. Expresó su preocupación por distinguir lo sustancial y permanente de lo “secundario y adjetivo”. Criticó a los artistas académicos y a los artistas con medallas, quienes no siguen su propio espíritu sino que buscan consentir los caprichos del gran público. Arrojó en esta categoría de arte decorativo a la mayoría de monumentos producidos en América y Europa durante el siglo XIX. Argumentó en contra de la pintura que agrada a través de temas anecdóticos, en la que todos los aspectos formales están subordinados a las exigencias de una evocación literaria, y remarcó que realmente no había valor en el impulso a imitar la naturaleza y lograr simplemente una figura bien proporcionada.
Prosigue aclamando a una minoría, a una élite vanguardista, que luchaba por el progreso artístico; en ella situó a Velázquez, Goya y Manet, así como a van Gogh y Gauguin, quien era “mitad francés y mitad peruano”. Por sobre todos los impresionistas colocó a Cézanne,[ii] quien tuvo el deseo de construir cuando “la forma se disolvía en efectos de luz”, y cuyo ejemplo estaba ligado a Seurat, quien, entre otras cosas, se esforzó en buscar el ordenamiento de los elementos constructivos en la imagen (Zelaya Sierra, 1990, pág. 8). Zelaya concebía la historia del arte como una renovación constante, como una corriente ascendente, y creía que la tecnología había revolucionado todo lo social y todo lo económico, y que los sentidos humanos habían sido refinados también. Pensaba que:
La obra de arte es el reflejo o la resonancia de la espiritualidad de una época, de un pueblo. El arte se apoya en la técnica, pero no es la técnica sola sino técnica mas espíritu. (…) La naturaleza es bella, cuando por un azar feliz, se encuentra en orden. (…) Se conceptúa el cuadro como un objeto independiente de la naturaleza, para cuya construcción se ha necesitado la geometría y lo más selecto del espíritu (Zelaya Sierra, 1990, pág. 9).
Podemos percibir en estas palabras varias ideas hegelianas en torno al "Zeitgeist", el particular espíritu de un tiempo. Las ideas del ordenamiento de la naturaleza y la construcción de un objeto artístico análogo a ella fueron temas contemporáneos cruciales para el desarrollo del arte moderno. Estas ideas dieron campo a la abstracción, a una separación de la obra de arte de las apariencias fenoménicas de la naturaleza, y a la incorporación en el arte de las preocupaciones individuales del artista (Zelaya Sierra, 1990, pág. 9).
La forma en que Pablo Zelaya Sierra entendía el arte y su misión estaba influenciada por las ideas de Gino Severini, quien argüía que el cubismo había sustituido la perspectiva de los ojos por la perspectiva del espíritu y que, al hacerlo así, había puesto al arte otra vez en el camino correcto (Taylor, 1967, pág. 55). Zelaya, en Apuntes a lápiz, identificó sus convicciones con las de un grupo de hombres que practicaban el cubismo, y que querían implementar en sus pinturas las leyes constructivas olvidadas desde el Renacimiento. Estas leyes, señaló, estaban claramente delineadas en el libro titulado Du cubisme au classicisme, escrito por el pintor italiano Gino Severini. Zelaya argumentó que los trabajos de los maestros del Renacimiento:
Se fundamentan en las matemáticas, que se omiten al convertir al arte en sensual y naturalista. Se piensa que el estudio de las matemáticas, en particular de la geometría, es el cimiento fuerte de una cultura sólida, tan necesaria en nuestra época de improvisaciones. (…) Se afirma que “el espíritu ha creado la geometría y que la geometría responde a nuestra necesidad de ordenar” (Zelaya Sierra, 1990, p. 10).
Para Zelaya, se volvía entonces necesario aplicar los principios del arte clásico a temas contemporáneos; las leyes geométricas del arte, pensaba Zelaya, permitirían comprimir el universo en una obra de arte eurítmica. La palabra euritmia tiene por los menos dos acepciones, una que implica proporciones armoniosas y otra, relacionada con la música, que se define como “un sistema de movimientos físicos rítmicos” (Soanes & Stevenson, 2006, p. 492). Para Severini, un tema contemporáneo lleno de movimientos rítmicos era la guerra moderna. Filippo Tommaso Marinetti, un colega futurista, le aconsejó “tratar de vivir la guerra pictóricamente, estudiándola en todas sus maravillosas formas mecánicas” (Museum of Modern Art, 2007).
La obra de Severini Tren blindado en acción (Figura 1), de 1915, sigue tal estética. En esta composición de formato vertical, las fuertes líneas diagonales que se proyectan desde el borde superior del lienzo definen un tren en marcha visto desde arriba. Hay un cañón que sale del tren y dispara, y dentro de la máquina hay soldados armados listos para disparar. El ritmo es creado por las formas repetitivas de los soldados, las líneas diagonales que en ángulos cambiantes se proyectan desde tren, las formas de la vegetación entre la que se mueve la máquina, las formas curvas del humo expulsado por el tren y el cañón y las formas cilíndricas que se repiten alrededor de todo el tren. Es ésta la estética de la máquina, traducida aquí a los ritmos musicales y sensaciones de movimiento con las que los futuristas celebraban la guerra.
Pablo Zelaya Sierra no ensayó con temas de guerra o con maquinarias, más bien, utilizó la repetición, el ritmo y la armonía de la forma orgánica para construir un mundo preindustrial, marcado algunas veces por labor rural y otras por subsistencia salvaje. Un ejemplo de esto es Los arqueros (Figura 2). El motivo unificador de la imagen es el hombre con arco y flecha, motivo que hace eco de la famosa estatua de Antoine Bourdelle en París, uno de las piezas de arte público más conocidas a principios del siglo XX (Figura 2b). Los arcos son sostenidos y sus cuerdas extendidas por dos figuras masculinas desnudas, los arqueros. Zelaya también usó la forma del arco para delimitar las inmensas formaciones rocosas que hacen de fondo a los arqueros colocados al lado derecho de la composición; el tronco del árbol que divide la imagen en dos mitades desiguales también repite la forma del arco, e incluso la cabra montés, que es el blanco de los arqueros, se estira arqueando su cuerpo al otro lado del árbol. Un tercer arquero, de quien solamente vemos parte de su brazo y su mano, apunta desde el extremo inferior izquierdo de la imagen, haciendo contrapunto a los otros dos arqueros.
Si los elementos compositivos de Los arqueros han sido así armonizados, dichos elementos han sido también fundidos en un solo plano: la superficie pictórica. Esto es logrado gracias a la manera en que las formas curvas coinciden, como lo hace el borde del árbol con el de la gran roca que hay detrás de él, por ejemplo, y se superponen, como lo hacen los arcos estirados por los arqueros a la derecha. El reposo inmediato de las formas sobre la superficie pictórica y las tensiones y ambigüedades creadas por la colocación y la proporción de las formas viene de ese gran precursor del cubismo, Paul Cézanne, y del amigo de Auguste Rodin, Antoine Bourdelle. Mientras que la paleta de Cézanne y su forma de sugerir volumen a través de modulaciones cromáticas se percibe en Los arqueros, el uso de figuras en acción implementado por Bourdelle también se puede percibir en la tela. Esta obra de Zelaya se cimienta en el trabajo de los modernistas, quienes buscaban la armonía y solidez del arte clásico. En ella, Zelaya parece en deuda con Cézanne y Bourdelle, a quienes gustaba distanciarse de la esfera urbana.
Traducción: Adalberto Toledo y Gustavo Larach