miércoles, 17 de diciembre de 2008

El País recomienda

La librería La Central del Raval, en Barcelona. Fuente: elpais.com

En su edición de hoy, elpais.com ofrece "las 30 lecturas más recomendables para Navidad". Obviamente, como su título anuncia, es una nota dirigida al tipo de lector que lee (o al menos compra) lo que le recomiendan. Ya saben: los libros que combinen con rompopo, cerdo y pavo; con manzanas, uvas y Tres Leches; con cervezas, champaña, vino y villancicos; con Chelato, Nasralla y Copán Álvarez anunciando la llegada del Año Nuevo. A mí en Navidad que no me recomienden libros, que los que voy a leer los compré desde Semana Santa. Pero en fin, aquí les dejo algunos:

  • La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, Stieg Larsson (Destino)

La arisca Lisbeth Salander, hacker de metro cincuenta y temperamento volcánico, es la protagonista absoluta de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, la segunda entrega de la trilogía Millennium, de la que su autor, el fallecido periodista sueco Stieg Larsson (1954-2004), ha vendido cerca de 7,5 millones de ejemplares en todo el mundo. Tras Los hombres que no amaban a las mujeres (300.000 ejemplares vendidos en España), en la que el reportero Mikael Blomkvist formaba equipo con Salander para resolver una misteriosa desaparición y denunciar una gran estafa empresarial internacional, la pareja protagonista vuelva a reunirse un año después. Ahora es Salander la es acusada de un triple asesinato, incluido el de un reportero que investigaba una trama de tráfico de jóvenes del Este obligadas a prostituirse en Suecia. Poco a poco, las pesquisas van relacionando de manera inesperada a la cúpula de la organización criminal con el turbulento pasado de la propia Salander. Si en la primera novela Larsson hilvanaba una impecable investigación detectivesca, en esta compone un thriller centrado en el origen de Salander y en un secreto de Estado en el que resultan implicados periodistas, asistentes sociales, miembros de los servicios secretos suecos y hasta ex espías soviéticos.
  • Los relatos del padre Brown, G. K. Chesterton (Acantilado)

El padre Brown, el clérigo capaz de meterse en la piel de cualquier criminal gracias a su buen conocimiento del alma humana, regresa en un volumen que reúne por primera vez en español todos sus casos. Considerado una paradoja andante (un religioso que recurre a la razón para investigar crímenes), el padre Brown ha escuchado cientos de confesiones de arrepentidos y conoce palmo a palmo el corazón humano. Sabe que por sobrenatural que parezca cualquier crimen, siempre hay una explicación lógica. Las aventuras del padre Brown, hermano literario de Auguste Dupin y Sherlock Holmes, transcurren en una cincuentena de relatos, publicados entre 1910 y 1935. En esta colección se reúnen los canónicos (editados originalmente en cinco recopilaciones) más tres recuperados posteriormente, traducidos todos ellos de nuevo por Miguel García Temprano. Buena ocasión para releer esos casos tan espléndidos que deleitaron a Kafka, Hemingway y Burgess, entre tantos otros. Relatos como, por ejemplo, 'El puñal alado' y 'El cartel de la espada rota'.
  • Cuentos esenciales, Guy de Maupassant (Mondadori)

Gran maestro del cuento, el francés Guy de Maupassant (1850-1893) exhibe su talento en esta voluminosa recopilación que reúne buena parte de sus mejores relatos. Seleccionados por Marie-Helèn Badoux, son más de 110 textos publicados entre 1879 y 1891 y recién traducidos por José Ramón Monreal. Discípulo y protegido de Gustave Flaubert y próximo a la órbita naturalista de Ivan Turguéniev y Émile Zola, Maupassant cautivó al público lector francés (y sobre todo al parisino) con su destreza para la construcción de tramas y para hallar detalles iluminadores (acompañados con ilustraciones de Ana Juan). Aquí figuran cuentos tan aplaudidos como 'Bola de sebo' (1880), ambientado en la guerra franco-prusiana y con el que alcanzó un reconocimiento unánime, 'Las joyas' (1883), y el inquietante 'El Horla' (1887), crónica enfebrecida de lo que parece un desdoblamiento de personalidad (y en el que algunos han querido ver una prefiguración de la manía persecutoria que llevó al propio Maupassant a la locura y al intento de suicidio). Considerado uno de los padres del cuento moderno, Maupassant también brilló en la novelística, con trabajos como Bel-ami, pero seguramente fue su habilidad para concentrar trozos de vida en los breves relatos lo que le ha hecho perdurar.
  • Crepúsculo, Stephenie Meyer (Alfaguara)

El otro fenómeno editorial de la temporada es un romance vampírico; el amor imposible entre la joven Bella y el no muerto adolescente Edward, que no tiene colmillos y aborrece la sangre humana. La novelista debutante Stephenie Meyer (Connecticut, EE UU, 1973), mormona, casada y madre de tres hijos, ha construido una trama adictiva que reinterpreta la tragedia de Romeo y Julieta en clave transilvana con las dosis justas de romanticismo gótico y malestar púber de instituto estadounidense. Crepúsculo es la primera entrega de una tetralogía novelística que ya ha vendido 17 millones de ejemplares en todo el mundo y que ha sido traducida a 37 idiomas. La adaptación cinematográfica ha conseguido una taquilla considerable, con una recaudación de más de 70 millones de dólares en EE UU.
  • Lecturas de mí mismo, Philip Roth (Mondadori)

Mapa para adentrarse sin miedo en la vasta y densa obra de Philip Roth, considerado uno de los mayores (si no el mayor) novelistas estadounidenses vivos. Recopilación de artículos, ensayos y entrevistas publicados desde 1959 y a lo largo de 25 años, Lecturas de mí mismo presenta un material valioso para entender la poética del autor de Pastoral americana (que se completa con la otra gran recopilación ensayística rothiana: El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (Seix Barral). Conocido por sus obsesivas reflexiones sobre la creación literaria, él mismo desentraña aquí su relación con sus álter egos (Lonoff, Portnoy y, sobre todo, Zuckerman) y advierte de que su obra no debe leerse como una obvia recreación autobiográfica ('Entrevista para Le Nouvel Observateur'). El autor de Elegía desgrana algunos referentes clave de sus novelas, como su relación con la ciudad de Newark, en Nueva Jersey, su afición por el béisbol y su obsesión por el sexo. Al tiempo que reflexiona sobre su posición como escritor judío ('Escribir sobre los judíos') y estadounidense ('Escribir narrativa norteamericana'), el propio Roth ofrece glosas sobre algunos de sus títulos más destacados, como El lamento de Portnoy, Nuestra pandilla, La gran novela americana y Mi vida como hombre. Roth explica a Roth.
  • Obra selecta, Edmund Wilson (Lumen)

Quizá nadie como Edmund Wilson (1895-1972) ha ejercido mejor la tarea asignada comúnmente al crítico literario: un árbitro del gusto literario. En Obra selecta, el editor Aurelio Major ha reunido una parte sustancial (900 páginas) de la producción crítica del erudito estadounidense que reúne sus certeros análisis sobre la obra de Lewis Carroll, Gustave Flaubert, Charles Dickens, James Joyce, Ernest Hemingway, T. S. Eliot, Francis Scott Fitzgerald, además de parte de su correspondencia con Vladímir Nobokov y John Dos Passos, entre otros. Dueño de una vasta cultura, una escritura clara y un criterio independiente, Wilson se alzó como una de las voces de referencia de la crítica estadounidense. "Su celebridad se cimentaría en su periodismo literario y crítico, de precisión judicial, erudito y concentrado, atento a los hechos, presentado con una de las prosas más atractivas y elegantes de sus contemporáneos, lo que le confirió una autoridad (...) sin parangón", señala Major. Una buena aproximación a la obra del que ha sido considerado "el mayor hombre de letras de la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos", según indica Major en el prólogo.
  • Gomorra, de Roberto Saviano (Debate)

Un libro que ha valido una condena a muerte lanzada por el crimen organizado. El periodista Roberto Saviano (Nápoles, 1979) se adentra en las entrañas de la Camorra napolitana, también conocida como el Sistema, una organización criminal sustentada en el comercio de mercancías frescas (videojuegos, relojes, ropa de marca) y mercancías muertas (residuos químicos tóxicos y basuras diversas) que llegan de toda Europa para ser vertidas en los alrededores de Nápoles. Saviano documenta el funcionamiento del Sistema, un gran complejo empresarial que mezcla las operaciones financieras con los delitos de sangre, y sus ramificaciones internacionales. Sus miembros, muchos de los cuales se inspiran en películas como El padrino o El precio del poder, han amenazado de muerte a Saviano tras el éxito de ventas del reportaje (más de dos millones de ejemplares vendidos), que ha sido llevado a la gran pantalla por Matteo Garrone, con éxito de público y crítica.

sábado, 13 de diciembre de 2008

FMallo y las "fanfictions"

Dibujo de Eulogia Merle/El País.
Curioso este artículo del AFMallo que leo en Babelia y del que dejo a continuación algunos fragmentos. Lo más interesante del artículo no es que FMallo o cualquier otro lector-cibernauta haya descubierto este subgénero de la ficción llamado "fanfictions", porque ni yo ni nadie (incluso el mismo FMallo) podría creer que se trata de un descubrimiento. La cosa trasciende simplemente porque se ha producido el bautismo. Ahora ya existe un nombre para esas ficciones que toman personajes o situaciones de otras ficciones para recrearlos o procurarles una realidad distinta a la original. Veamos:
¿Qué es una fanfiction? Como el asunto cae dentro de la esfera Internet, parece lógico acudir a una base de datos de ese hábitat. De Wikipedia: "La/el fanfiction (literalmente, ficción de fans), a menudo abreviada fanfic o simplemente fic, son relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de televisión o cualquier otro trabajo literario o dramático. En estos relatos se utilizan los personajes, situaciones y ambientes descritos en la historia original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes". Esta modalidad apropiacionista, típicamente posmoderna, es elaborada cada día por una legión de escritores embebidos en la Red, que no se toman a sí mismos por escritores, y posee una legión aún mayor de seguidores cuyo grado cero o metafísico vendría representado por Enjuto Mojamuto, el abstracto y tecnorromántico personaje de Muchachada Nui.
FMallo propone cuatro ejemplos para considerar las fanfictions "como una práctica literaria tan legítima, grandiosa, aburrida o abyecta como otra cualquiera":
1. Coger al personaje Luke Skywalker, o a Harry Potter, o al kafkiano Joseph K, y meterlos en otra ficción, darles otra vida, ¿no es acaso lo que lleva haciendo la literatura desde su inicio? Como ha señalado Carmen Morán Rodríguez, el primer posmoderno fue Homero, quien elaboró la primera fanfiction al meter al Aquiles de la Ilíada interpretándose a sí mismo en el canto XI de la Odisea (primer cameo teatral y literario de la Historia). Por no hablar del Quijote respecto a los personajes y libros de caballerías. De ahí a fanfictions como Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, de Borges, o el detective Colombo introducido en la película El cielo sobre Berlín, de Wenders, no hay más que un salto de charco.
2. Habría que recordar lo defendido por Barthes a colación de la muerte del autor. El texto le pertenece al lector, lo elabora el lector en cada lectura, y como legítimo propietario de su fantasía no debería haber impedimento para que la gestionase como creyera conveniente. Se habla mucho de los derechos de autor, pero ¿y los derechos del lector? Como escritor, entiendo que mis personajes no me pertenecen; de entrada, porque eso constituiría una modalidad como otra cualquiera de esclavismo contemporáneo.
3. En estricto, hasta la común inclusión de cursivas en un texto como cita de textos predecesores constituye un tipo de fanfiction.
4. Hay fanfictions de alta y baja calidad literaria, de la misma manera que hay novelas mejores o peores. Una novela no deja de ser novela porque sea mala ni es más novela porque sea buena.
Pero la parte más curiosa del artículo no es precisamente la que aclara el panorama sino más bien la que, por esa manía -a veces divertida, a veces aburrida, a veces interesante- de FMallo de meterle a su literatura toda la ciencia y el lenguaje científico que le salga del pecho, acaba enredándolo todo con una tal teoría de "El Centro de Tiempos". Leámosla completita, si es que no nos atascamos (en este caso valdrá la pena una relectura, y después quizá otra, y otra):
La falta de legitimación que suscita esta práctica literaria tiene que ver con una mirada clásica, ya no de la literatura, sino del propio concepto de Tiempo. En efecto, la presunción de existencia de un texto canónico, el cual es copiado o violentado por la fanfiction, remite a una conciencia de tiempo no relativista y más bien lineal: la fanfiction siempre viene después en el tiempo que su correspondiente novela matriz. Pero ese argumento se puede puentear y hasta invertir a través de un símil. En la física básica hay una manera bastante ingeniosa y útil de visualizar el choque de dos partículas, que consistiría en ver ese choque no como un observador externo que está plantado en el laboratorio viendo cómo una partícula va a toda velocidad contra otra que está quieta (por ejemplo, cuando jugamos al billar y queremos golpear con una bola otra que está detenida), sino verlo como un observador que fuera montado en el Centro de Masas de las dos partículas, es decir, montado en un punto imaginario situado, por simplificar, en el punto medio entre ambas partículas en cada instante, y que, lógicamente, se desplaza a medida que la partícula en movimiento se aproxima hacia la que está quieta. Para este observador, montado cual jinete en ese Centro de Masas, ninguna de las dos partículas (o bolas de billar) está detenida, sino que las dos viajan hacia él, hacia su cara, lugar donde finalmente colisionarán. Es decir, que de la típica visión de una partícula en movimiento aproximándose a otra que estaba quieta hemos pasado a la visión de dos partículas que se mueven la una hacia la otra con tal de hacer un cambio a un sistema de referencia llamado Sistema de Referencia Centro de Masas, que es relativo. Haciendo por fin el símil literario que pretendíamos, ese cambio a un sistema de referencia relativo es el que legitimará las fanfictions, sólo que ahora el cambio no es en el espacio, sino en el tiempo, es decir, no vamos a suponer que existe una obra literaria original y fija (la partícula detenida), de la que le son extraídos más tarde personajes a fin de crear una fanfiction posterior en el tiempo a aquella obra original, sino que vamos a imaginar que cambiamos a un sistema de coordenadas de tiempo relativo, que flota entre las dos obras, en el cual ni la obra original precede a la fanfiction ni viceversa, sino que las dos se retroalimentan de personajes y decorados en un tiempo situado entre ambas, fuera del tiempo marcado por el reloj histórico. A ese punto temporal, que flota entre ambas obras, podríamos denominarlo un Centro de Tiempos bajo el cual las dos obras van la una hacia la otra (como antes, en el sistema Centro de Masas, las dos bolas de billar iban la una hacia la otra aunque una de ellas estuviera quieta). En ese Centro de Tiempos, ya no hay una dirección temporal privilegiada, no hay delante ni atrás, ni anterior ni posterior, sino un sistema de dos o más obras literarias que intercambian flujos literarios mientras giran las unas en torno a las otras. Por definición, ese Centro de Tiempos es relativo ya que carece de movimiento absoluto, y es el que me parece adecuado para describir la literatura del apropiacionismo en general y las fanfictions en particular, desde Homero a Internet. Es más, en último extremo, creo que es este modelo de tiempo el que define la posmodernidad y que hace que desde el origen de la literatura esa posmodernidad haya existido; lo que ocurría es que, como en la revolución copernicana, sólo hay que cambiar de sistema de referencia para verlo. No estaría mal ir pensando que esa revolución copernicana, ese cambio a la visión de la literatura desde un Centro de Tiempos, existe y da interesantes frutos. Debe existir la libertad para elegirlo o no según le convenga al autor.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Saramago responde

José Saramago durante la presentación de su última obra, El viaje del elefante, en Lisboa, Portugal. Foto: EFE/Andre Kosters.

José Saramago responde así algunas de las preguntas del periodista Xavi Ayén del diario La Vanguardia. Primero: lo que le costó escribir su última novela, El viaje del elefante:

Tenía 40 páginas hechas antes de caer. En todo el tiempo que estuve enfermo, casi un año, no escribí pero estuve pensando en el libro, le decía a los doctores: 'A ver si no voy a poder acabarlo...' Cuando finalmente llegué a casa, pesaba tan solo 51 kilos, estaba muy debilitado pero, contra todo pronóstico, a las 24 horas ya estaba escribiendo como un poseso. Es algo muy bonito y gratificante que, a pesar del estado deplorable en que me hallaba haya encontrado fuerzas para escribir. Más sorprendente todavía es que me haya salido un libro tan humorístico. ¿Cómo es posible que, habiéndole visto la cara a la muerte, este sea mi libro más divertido, el único en que el humor está presente en cada página? No fue premeditado, es como si el libro hubiera querido ser escrito de ese modo. Nada de mi horrible experiencia ha pasado a él, ni siquiera un leve detalle.

Después: su negativa a “aprovechar” sus pesadillas y usarlas como material narrativo:
He tenido sueños absolutamente terroríficos, las peores pesadillas de mi vida, que olvidaría si pudiera. Nunca las recrearía en público.
¿Por qué?:
Al contrario de lo que Freud creía, no se puede describir un sueño porque siempre te queda algo esencial fuera, todo sueño contiene algo inefable que forma parte de su esencia.
Y por último: su escritura característica, su estilo que no requiere de tantas mayúsculas y signos de puntuación:
Cuando hablamos no hay signos de puntuación. Hablamos igual que se hace la música, con sonidos y con pausas. Una interrogación no es un signo al final, es una melodía. Para mí, el lector debe tener un papel que vaya más allá de interpretar el sentido de las palabras, el lector debe poner su música, interpretar la partitura del texto de un modo muscular, de acuerdo a su respiración y su propio ritmo. En el fondo, la puntuación es lo mismo que las señales blancas pintadas en las carreteras, que intentan impedir que el conductor tenga problemas pero, tal vez, si no existiera ningún tipo de señales, todo el mundo conduciría con mucho más cuidado. Eso es lo que quiero, que me lean con cuidado.

Decididamente muerto

V. Van Gogh
Por Giovanni Rodríguez
Desde hace mucho tiempo me vengo dando sopapos en la cabeza para ver si así logro redondear una idea con respecto al lugar que debo habitar, a la pose que debo adoptar y a la inflexión en la voz que debo aplicar a la hora de escribir narrativa. Y es que, de un tiempo acá, me da por asumir el papel de creador de ficciones.
Esta semana he pasado mis dos días libres en la cama, enfermo, mortalmente enfermo, tanto así que ahora que vengo al café a escribir sobre este asunto, no puedo evitar sentirme como un auténtico sobreviviente, como si después de atravesar a pie una ciudad en guerra, ahora, desde el otro lado de la muralla, pudiera mirar atrás impunemente, sin el riesgo de quedar convertido al instante en una estatua de sal.
Mientras sudaba las fiebres en la cama, caía en un delirio cabrón en el que, curiosamente, todas las angustias derivadas de mi condición de enfermo tenían que ver únicamente con la literatura. Era una especie de sueño machacón alimentado por la fiebre y que tenía su fuente en los libros, durante el cual mi yo consciente sólo alcanzaba a articular pensamientos relacionados con lo que mencioné al principio: el lugar, la pose y la inflexión de voz que deberán ser de mi exclusiva propiedad a partir del momento en el que sienta que ya soy capaz de tocarle los güevos a Dios escribiendo ficciones.
Lo curioso –y divertido- de todo esto es que durante mis dos días enfermo, mientras me debatía entre la vida y la muerte, no dediqué ni un minuto –al menos no lo recuerdo- a pensar en la familia o en los amigos: esa pequeña gran comunidad de seres insustituible y añorada; en el amor o en el desamor, que no es otra cosa que un inventario de pasiones; en los logros o en los fracasos, miserables unos, estrepitosos los otros; cosas todas ellas que suelen llegar de golpe y confundiéndose a la mente de los moribundos, según la extensa bibliografía consultada al respecto, sino que mi mente, o más bien la única idea en mi mente durante este par de días prefúnebres, trataba de encontrar el molde exacto que la contuviera.
Dos días y sus respectivas noches entre dormido y despierto, entre muerto y vivo, entre cansado de la puta rutina diaria y esperanzado en una nueva posibilidad de seguir participando, aunque fuera como simple actor de reparto, en la miserable y hermosa mierda cotidiana que es la vida, y el resultado es éste (anotado en una libreta al lado de mi cama):
El personaje primero asume una ficticia condición de enfermo terminal. Eso le permite crear “desde” y no “hacia”. Luego empieza a considerar que para escribir la gran novela de su vida no bastará fingirse desahuciado sino que deberá confirmar que lo está. Y la única manera de confirmarlo es muriendo. Pero he aquí el detalle: no está dispuesto a morir, no está dispuesto, por ahora y sobre todo ahora que la ha recuperado, a sacrificar su vida por ninguna causa, aunque esta causa sea precisamente la que le permite vivir. Decide entonces simular también su muerte. Para ello deja algunas pistas: textos cuyo tema roza la posibilidad del suicidio, conversaciones extrañas con personas cercanas… Hasta que un día por fin desaparece. Desaparece de todo y de todos. Y a partir de ese momento empieza a observar su propia vida (su propia muerte) y la vida de los otros desde el lugar privilegiado de la omnisciencia, convertido ya en un magnífico muerto y diciéndoles a todos cosas al oído con la voz de un muerto. El lugar, la pose y la voz, todo resuelto. Y se divierte así el personaje, decididamente muerto.

martes, 9 de diciembre de 2008

Faverón sobre Roncagliolo

Fotograma de la película Al final de la escapada, de Jean-Luc Godard.

Encontré este excelente comentario en el blog Puente aéreo, en donde su autor, Gustavo Faverón, ofrece una rápida pero contundente opinión sobre los hipermodernos consumidores de arte (¿qué será eso?). Veamos:

Un comentario sobre Jean-Luc Godard vertido por Santiago Roncagliolo en un artículo reciente de la Revista Ñ, del diario Clarín, ha causado una divertida respuesta en el blog argentino La Lectora Provisoria. Supe de la reacción del cinéfilo argentino a través del comentario de un lector y con dos paradas previas, la primera en el blog Páginas del Diario de Satán, del más interesante crítico peruano de cine, Ricardo Bedoya, y la segunda en la bitácora, también peruana, Cinenuentro.
Básicamente, lo que Roncagliolo dice sobre Godard es que el suyo es cine somnífero y aburrido, a lo mucho útil para ligar con chicas esnobs (y eso además sólo en la época en que Godard era cool, o sea, dice Roncagliolo, en los... ¿noventas...? ¿No hay allí un resbalón de unos treinta años?).
Nadie tiene ganas (ni tiempo) para volver a la vieja seudo-polémica armada por quienes piensan que despreciar lo intelectual por aburrido implica volver cool, como por arte de magia, lo que es simplemente malo y vacío. Pero sí vale la pena, quizás, fijarse en cómo va perdiendo gracia el asunto cuando los abogados de la superficialidad encuentran que todo, excepto quizá algún fascículo de Hellboy, es demasiado intelectual y, por tanto, excesivamente aburrido.
O sea, en otras palabras: Godard no debería ser aburrido ni demasiado intelectual para nadie que haya elegido como terreno para su obra el territorio que Roncagliolo ha escogido para la suya: los cuadrantes de las mejores obras de Godard son precisamente los que, se supone, prefiere Roncagliolo: el film noir, el drama y la tragedia de la burguesía decadente, la serie B de Hollywood, y otros que abundan entre las referencias que nuestro compatriota suele poner sobre la mesa: la narración distópica, la ciencia ficción, etc.
Entonces, la pregunta es: ¿no será que, con autores como Santiago Roncagliolo, no estamos ya ante el más o menos trasnochado reclamo por un arte desintelectualizado, sino que, más bien, nos enfrentamos a una especie de desvergonzada reivindicación de la más absoluta vacuidad? ¿Cuán ausentes tendrían que estar en una obra de arte la inteligencia, la sutileza y la complejidad para que lectores o espectadores a lo Roncagliolo no se queden dormidos ante ella?

Personaje de ficción

Fotografía de Olivier Roller, portada de Dietario voluble.
Por Enrique Vila-Matas
1
-Al recibir una carta de Alberto Manguel desde su casa del norte de Francia, siento que en mi respuesta tendría que hacer alguna referencia a cómo me ha sentado verme convertido en personaje de ficción del inquietante thriller literario Todos los hombres son mentirosos, su elogiada última novela. Vencida la tentación inicial de mentirle y decirle que me he instalado también en el norte de Francia, en Saint-Nazaire, frente a la antigua base de submarinos nazi, me pongo finalmente a escribirle con el ánimo encogido y el lógico complejo de inferioridad que puede tener un personaje que se dirige a su autor. En un primer momento, hago como que llevo muy bien el asunto de ser héroe casual de ficciones y le explico que precisamente acabo de aceptar con naturalidad mi discreto papel en Pacífico, la magnífica novela de José Antonio Garriga Vela (uno de los libros del año), y que llevo también muy bien la odisea de ser personaje de la próxima novela (ya acabada) de Paul Auster y también la de ser personaje de la nueva novela (también ya acabada) del misterioso Casas Ros.
No es tarea ingrata y, además, me voy acostumbrando, le digo, a ser personaje de ficción en libros de amigos y de desconocidos. Pero nada más terminar esta frase, estoy a punto de romper a llorar. No, no llevo bien mi existencia de ficción en esos libros, como tampoco mi existencia de ficción en la vida. Para no llorar, me dedico a explicarle que quizá he leído demasiado a Vilém Vok y a Garriga Vela, pero tengo para mí que el mundo es un escenario en el que todos actuamos; algunos, cuando se dan cuenta, siguen interpretando como si no pasara nada; otros, perturbados por haber descubierto que están participando en una mascarada, tratan de irse del escenario y de la obra, y se equivocan. Porque fuera del teatro no hay nada. El espectáculo, al igual que el teatro kafkiano de Oklahoma, es, por así decirlo, el único que hay en la cartelera. Así las cosas, le digo, creo que bastante tengo con ser un personaje de ficción en el teatro de la vida para encima tener ahora que caer en la redundancia de serlo también en las novelas de amigos y de desconocidos.
Me interrumpo. No puedo seguir montándole tanto teatro a mi autor, y me pregunto si no será mejor una carta elegante, decir que estoy encantado y que, después de todo, me tengo bien merecido ser tratado como personaje de ficción cuando he tratado a tantos escritores de la misma forma. Y entonces sí, ya no resisto más y rompo de verdad en llanto, me apiado a fondo de mi doble condición de personaje de ficción, mientras se oyen a lo lejos las voces del televisor, vociferantes e indiscretas: una retransmisión teatral.
2
-Decido reiniciar la carta, pero busco sentirme menos dramático y para ello me planteo desprenderme de mi conciencia. Me acuerdo de unas palabras de Joan Mitchell: "Quiero estar disponible para mí misma. En cuanto cobro conciencia de mí, dejo de pintar". Voy escribiéndole a Manguel sin acordarme ya de ser su personaje y enseguida me distraigo pensando en la propia Joan Mitchell, sobre la que él escribió precisamente un bellísimo ensayo, La imagen como ausencia. Y dejo de distraerme cuando me pregunto si ese título no se referirá a lo que me ocurre cuando me veo como personaje de ficción en una novela y cuanta más imagen noto que voy adquiriendo en sus páginas, más percibo al mismo tiempo la realidad intangible de mi profunda ausencia.
Reacciono a tiempo y vuelvo a perder la conciencia y, de nuevo, a expresarme con una disponibilidad inédita, que me permite por fin escribirle a mi autor con un olvido completo de mi doble condición de triste figura ficticia. Le escribo de repente muy liberado, como si mi carta estuviera hecha a base de los brochazos que Joan Mitchell se permitía cuando encaraba un cuadro donde, como ella misma luego decía, no pasaba nada, no se representaba nada. "Lo que los espectadores recibimos al mirar el cuadro no es un relato, sino algo al borde del movimiento, la promesa de una presencia identificable que jamás habrá de cumplirse", escribió Manguel acerca de cierta atmósfera de ausencia en el gigantesco cuadro Dos pianos, de Joan Mitchell.
Ahora sé que mi autor recibirá la carta de alguien y nadie, la carta sin sentido de alguien que es nadie y a la inversa y le cuenta que se niega a explicar el sentido de su epístola y que encima especula en torno a su condición de personaje de ficción y le dice, como si todo perteneciera al pasado: "No sabía cómo llevar esa frenética nueva actividad. Sólo algo estaba claro. Hasta entonces había tenido suerte con los exquisitos Alberto Manguel, Paul Auster y compañía, pero podían estar por llegar escritores que me parecieran unos indeseables. Y, por terrible que me pareciera, no me sería permitido elegir ser personaje sólo de unos y no de todos. De modo que, viendo lo que se avecinaba, decidí llevar una vida más discreta, ausentarme más todavía, y finalmente hacer mutis por el foro".
Y nunca mejor dicho, porque si la vida la pasamos en un escenario, la imposible salida está en el foro. Nuevo mutis. Le he enviado la carta a Manguel con la tristeza de un prisionero del escenario y el deseo de que piense que, como él bien sabe, cuando se confirma que la imagen es ausencia, nuestra única respuesta ante el absurdo es una oración de gracias por el arte, por aquello que aún nos permite, con nuestros limitados sentidos, una multitud razonable de lecturas en busca del improbable esclarecimiento del teatro.
Tomado de elpais.com

sábado, 6 de diciembre de 2008

Sergio Ramírez y la censura

Sergio Ramírez, esta semana en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México). Foto: GIOVANNY GARRIDO
No sé por qué presiento que en Honduras empezarán a suceder muy pronto cosas parecidas. ¿Será porque estamos en tiempo de elecciones y los resultados primarios hacen que la sospecha empiece a derivar en terrible certeza? Esta vez le ocurrió a Sergio Ramírez, y ahí al lado, en Nicaragua. Leamos esta nota de J. R. Marcos que aparece hoy en EL PAIS:

El Gobierno de Nicaragua, a través del Instituto Nicaragüense de Cultura, ha impuesto su veto a Sergio Ramírez (Managua, 1942) como prologuista de la antología de Carlos Martínez Rivas (1924-1998) que EL PAÍS tenía previsto publicar el 27 de mayo de 2009. La selección formaba parte de la colección de poesía dedicada a los grandes poetas en lengua española del siglo XX que este periódico viene publicando semanalmente desde el pasado 23 de noviembre. El diario ha decidido retirar la antología de Martínez Rivas por considerar "inaceptable" el veto a Ramírez.
Los títulos de la colección, dirigida por José Manuel Caballero Bonald, han sido prologados por diferentes escritores, actores y cantantes españoles y latinoamericanos. El Instituto Nicaragüense de Cultura, depositario de los derechos de publicación de Martínez Rivas, expresó su negativa oficial a que Sergio Ramírez prologara a su compatriota en una carta dirigida al gerente de recursos de EL PAÍS el 25 de noviembre. En ella, Luis Morales, director del Instituto, afirma que la voluntad del poeta era que su obra quedara "bajo el estudio únicamente del escritor nicaragüense Pablo Centeno Gómez".
Diez días antes, no obstante, Héctor Avellán, designado por el mismo Instituto como interlocutor para la confección de la antología, transmitió a la editorial Santillana, responsable de la edición de la colección, argumentos igualmente negativos respecto a la participación de Ramínez pero que en ningún momento mencionaban la cláusula de exclusividad supuestamente establecida por Martínez Rivas. De hecho, según el equipo editorial, los trabajos preliminares de la antología avanzaron sin problemas mientras el prologuista provisional designado por Caballero Bonald era un poeta español. Fue en el último ajuste de autores y presentadores (que también afectó a otros títulos de la colección) cuando Sergio Ramínez fue designado como prologuista definitivo.
El 18 de noviembre, Héctor Avellán subrayaba a los editores el deseo del Instituto Nicaragüense: "Reanudamos el proceso de edición del libro si se retoma la idea de que sea un autor español u otro autor quien presente el libro de Carlos Martínez Rivas. Sólo así damos nuestro visto bueno". A continuación proponía el nombre de un poeta español.
Para Caballero Bonald, se trata de "un acto de censura, un atentado a la integridad de la cultura". El responsable de la colección interpreta el veto del Gobierno nicaragüense como "una venganza" de su presidente, Daniel Ortega. Ramírez fue, entre 1984 y 1990, vicepresidente del primer Gobierno sandinista. En 1995 abandonó el Frente Sandinista por discrepancias con el propio Ortega.
Para el novelista, que estos días participa en la Feria del Libro de Guadalajara, el veto es un "atropello a la libertad de expresión" que sólo demuestra una "ambición totalitaria". "El siguiente paso será la prohibición de que mis libros circulen en Nicaragua", informa Pablo Ordaz.

viernes, 5 de diciembre de 2008

"Cada vez escribo peor"

El escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince. Foto: Luis Benavides/EL TIEMPO
Hernán, nuestro corresponsal en Colombia, nos envía una divertida entrevista (tomada de aquí) a Héctor Abad Faciolince con motivo de la reciente aparición de su libro de cuentos Amanecer de un marido. Digo divertida porque el pobre periodejo que se la hace parece saber de literatura lo mismo que yo sobre radiaciones atómicas, de modo que (para que les quede claro a ese segmento de pobres lectores cobardes que nunca entienden nada e insisten en manifestarse cada día a través de correos anónimos) el título de ésta es irónico y demuestra tan sólo que el entrevistado se aburrió mucho con las preguntas que le hicieron. He aquí algunas de sus respuestas.
'La Balada del viejo pendejo' ya la había incluido en Basura, ¿son los cuentos de este libro resultado de una recopilación de textos que ya había escrito con los años, o los escribió pensando en este libro? ¿En qué circunstancias escribió este libro? ¿En Berlín, en Medellín, después de una separación dolorosa?
No escribo libros de cuentos. Escribo cuentos. Algunos de los cuentos del libro, como es normal en cualquier escritor, han aparecido en revistas literarias, en suplementos de periódicos o en antologías de relatos. Hay cuentos escritos en Berlín, cuentos escritos en Turín, cuentos escritos en Medellín. Encontré un hilo temático y los junté en este libro. En cuanto a mis separaciones, han sido siempre indoloras, como las de todo el mundo.
¿Qué tan autobiográfico es Amanecer de un marido?
Es completamente autobiográfico: mi madre se acaba de morir en un asilo de ancianos (cuento 'Album'). Una esposa mía se suicidó por amor a mí, porque yo la traicionaba con otra (cuento 'Memorial de agravios'). Me separé porque me pusieron unos cuernos inmensos como catedrales (cuento 'Alguien oculta algo'). Soy un celoso patológico que se imagina que su mujer lo traiciona con muchachitos (cuento 'La fiebre en Tolú'). Tengo una amante de 20 años por lo que se me puede considerar un perfecto viejo verde (cuento 'La balada del viejo pendejo'). Cometí un homicidio culposo con mi padre, en un accidente de tránsito (cuento 'Juventud, divino tesoro'). Tengo un hermano gemelo, pero sólo lo supe después de su muerte (cuento 'Sosia'). Me encontré una guaca millonaria en el apartamento de mi casa, ahora soy millonario y vivo en Montreux (cuento 'La guaca'). Y como si esto fuera poco, también fui asesinado hace poco por sicarios (cuento 'Mientras tanto'). Como puede ver, escribo sobre mí desde el más allá.
¿Por qué dar este título al libro si no contiene en su mayoría cuentos sobre el matrimonio?
Piense en esto: ¿por qué Borges habrá llamado su libro de cuentos El Aleph, si la mayoría de cuentos no hablan del Aleph? ¿Y por qué Chéjov habrá titulado su libro de cuentos La dama del perrito si en la mayoría de los cuentos no hay perritos? Es habitual que un libro de cuentos lleve el título de uno de los cuentos. Eso es todo. Y cuente bien: la mayoría hablan del matrimonio.
En una entrevista afirmaba que con el tiempo ya no sabe si lo que escribe vale la pena, ¿le quedó ese sentimiento con El olvido que seremos o con Amanecer de un marido?
Lo que escribo no vale la pena, ni ahora ni nunca.
¿Qué libro lo hace sentirse más orgulloso?
Los libros de los demás. Los míos, yo dejo que se defiendan solos. No los defiendo de los ataques de los maliciosos ni los acaricio con los elogios de los benevolentes.
¿En qué cree que ha evolucionado o involucionado su escritura desde que comenzó a publicar libros?
Su pregunta, como en las encuestas mal hechas, sugiere ya la respuesta. Usted habla de involución. En efecto, cada vez escribo peor. ¿Qué tanta presión ejerce sobre usted el éxito de El olvido que seremos?
Ninguna presión. El que crea en su propio éxito es un bobo o un ingenuo. Todo está condenado al fracaso porque todos nos vamos a morir.
¿Le habría gustado o le gustaría tener dos esposas, como le ocurre a su personaje de 'Oriente empieza en El Cairo'?
Practico la poligamia, aunque no al mismo tiempo, sino a lo largo del tiempo.
¿Se considera una persona melancólica?
Melancolía es una bonita palabra, porque melan es negro, en griego, y kholé humor o bilis. Según la teoría de los humores, el alma de uno se manifiesta según el color de los humores predominantes que secreta nuestro cuerpo. Hay entrevistas que me vuelven melancólico, sí. Por ejemplo ésta. Las preguntas impertinentes generan bilis negra.

martes, 2 de diciembre de 2008

Carpe Diem

Fotografía: Dorothea Lange

Hay días

como una calle entre solares baldíos,

pavimentada y sólo

basuras y maleza a los lados.

Días en que el café y el pan

saben a yeso, a furia seca, a estafa,

ya dispuestos y lanzados desde el periódico

con su político yankee

deteniendo el cortejo

para besar a una niña birmana

o maternalmente calculando votos

mientras acaricia a un negrito en Harlem.

El jugo de naranja como purga

mientras sonríe con sus quince abriles

una gentil culta filósofa etcétera

damita qué asco

y más allá está el Papa declarando

con una perspicacia aturullante

que la situación del mundo es grave.

Atravesar la calle con cuidado

por moderno atavismo,

el mismo gordo vendedor de frutas

con su falsete por lo visto patentado

el vendedor de lotería como una mariposa plañidera

ejercitando su ingenua demagogia

y en la esquina, ya con ojos de camello,

ver otra vez que el Papa

ha prometido orar por las víctimas

del terremoto de Turquía,

y las ganas terribles de gritar ¡mierda todo!

hasta que se nos sosieguen las glándulas y los dientes.

Días como una carretera

bajo el sol, recta, vacía, interminable.

Nelson Merren, Color de exilio (1970)

lunes, 1 de diciembre de 2008

Cristina cuenta un cuento

La escritora barcelonesa Cristina Fernández Cubas. Foto: Ricardo Gutiérrez, El País
En la última edición del ABCD las Artes y las Letras aparece una entrevista a la narradora española Cristina Fernández Cubas (acaban de publicarse en Tusquets todos sus cuentos), de la que dejo aquí su última respuesta, que no es otra cosa que una deliciosa pieza narrativa breve que le da una vuelta de tuerca al clásico recurso de justificar mediante el sueño la presencia de lo fantástico:
Es de noche, un coche espera en la calle, el conductor me informa del nombre del moribundo. El nombre cambia a veces, el trayecto jamás. Abandonamos el pueblo y nos internamos por un camino sin asfaltar hasta alcanzar una granja ruinosa. Una mujer me recibe en el porche. "Gracias por venir tan pronto, señor notario". Me invita a pasar, señala una puerta al final del pasillo y yo, sin poder remediarlo, me pongo a temblar. Presiento que en la habitación del fondo se oculta algo terrible, algo de cuya visión no lograré reponerme nunca... Y entonces me despierto. Siempre igual. Pero hoy no se trata de un sueño. Esta vez no. Porque la puerta, lenta, muy lentamente, está empezando a abrirse...