viernes, 19 de diciembre de 2008

De cómo Bolaño se dejó encantar por la H

Bolaño investigando en las calles de Tegucigalpa. Fuente: El Mercurio, Alfredo Cáceres.

En "El discreto encanto de la H", el relato de Mario Gallardo que hemos venido copiando y pegando aquí para engrosar nuestro archivo sobre la presencia de la H en la literatura mundial, el narrador ofrece algunas pistas que nos ayudarán a comprender por qué Bolaño se dejó seducir. Veamos:

En su afán por iluminar algunos detalles en torno a esta alusión, la investigadora Helen Umaña, en su libro inédito Roberto Bolaño y la literatura nazi en Honduras, confirma que el autor chileno estuvo de visita varias veces en Tegucigalpa a fines de la década del 80. No fue necesario que tratara de preservar su anonimato porque, de hecho, en aquellos tiempos nadie conocía su gracia ni su obra por estos patrios lares. Umaña refiere que “una fuente fidedigna, que me rogó guardar su nombre bajo absoluta reserva”, le había confiado que Bolaño había visitado Tegucigalpa “para reforzar la investigación sobre su libro La literatura nazi en América, ya que fuentes cercanas al nimio y, dicho sea de paso, vitalicio director de la Editorial Universitaria, le habían informado que a fines de la II Guerra 80 Mundial arribó al país un buen grupo de nazis de medio cuño, la resaca de los que no pudieron asilarse en Argentina, Chile, Brasil y Paraguay, quienes finalmente lograron establecerse en el sur, por la facilidad que les ofrecía, como posible ruta de escape, el puerto de Amapala”.
A manera de conclusión, Umaña agrega que “en la historia de Popescu y su esposa hondureña Asunción Reyes es evidente que Bolaño, durante sus visitas a Honduras, pudo percibir algunas características de la vida nacional, y de esta suerte vemos retratada con singular fidelidad la importancia de las autoridades eclesiásticas, así como la influencia determinante de los Estados Unidos en la economía, aunque quizás resulta excesiva su observación sobre la pujanza del síndrome de Alí Babá entre nuestros connacionales”.
"El discreto encanto de la H". Las virtudes de Onán. Mario Gallardo.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Bolaño y la jodida H en 2666

En tres de sus libros, Roberto Bolaño hace referencia a esta hermosa tierra catracha. Para pesar de muchos, y alegría de pocos, el autor chileno utiliza lupa y bisturí cuando escribe acerca de nuestra bella, acogedora e inigualable patria.
Si estos párrafos ficticios recuedan algo de la realidad, es pura coincidencia. Así que no deben preocuparse quienes se sientan aludidos, esto es literatura, y no una investigación de posibles actos de corrupción. Además, para esos casos en el país hay suficientes jueces, sellos y firmas por medio de cuales demostrar la honradez.
Pero vamos a lo nuestro, en 2666, en La Parte de Archimboldi, nos encontramos con un ciudadano rumano llamado Hermes Popescu. Luego de la guerra, Popescu "se introdujo en negocios turbulentos en los que se mezclaba el hampa, el espionaje, la Iglesia y las licencias de obra. Llegó el dinero. Dinero a manos llenas". Con el paso del tiempo, se casó con una actriz centroamericana, hondureña para más señas. Veamos el texto.
Popescu y Asunción Reyes
"Muchos años después, cuando su fortuna era más que considerable, Popescu se enamoró de una actriz centroamericana llamada Asunción Reyes, una mujer de una belleza extraordinaria, con la que se casó. La carrera de Asunción Reyes en el cine europeo (tanto en el francés como en el italiano y en el español) fue breve, pero las fiestas que dio y a las que asistió fueron, literalmente, innumerables. Un día Asunción Reyes le pidió que, ya que tenía tanto dinero, hiciera algo por su patria".
Navidad en Tegucigalpa

"Al principio Popescu creyó que Asunción se refería a Rumanía pero luego se dio cuenta de que hablaba de Honduras. Así que aquel año, por navidades, viajó con su mujer a Tegucigalpa, una ciudad que a Popescu, admirador de lo bizarro y de los contrastes, le pareció dividida en tres grupos o clanes bien diferenciados: los indios y los enfermos, que constituían la mayoría de la población, y los así llamados blancos, en realidad mestizos, que era la minoría que ostentaba el poder".

La naturaleza de los hondureños
"Todos gente simpática y degenerada, afectados por el calor y por la dieta alimenticia o por la falta de dieta alimenticia, gente abocada a la pesadilla. Posibilidades de negocio había, de eso se dio cuenta en el acto, pero la naturaleza de los hondureños, incluso de los educados en Harvard, tendía al robo, a ser posible el robo con violencia, por lo que trató de olvidar su idea inicial. Pero Asunción Reyes insistió tanto que en el segundo viaje navideño que realizó se puso en contacto con las autoridades eclesiásticas del país, las únicas en las que confiaba".
Un metro en la capital, ¡qué bonito!
"Una vez hecho el contacto y después de hablar con varios obispos y con el arzobispo de Tegucigalpa, Popescu estuvo meditando en qué ramo de la economía invertir el capital. Allí lo único que funcionaba y daba ganancias ya estaba en manos de los norteamericanos. Una tarde, sin embargo, durante una velada con el presidente y con la mujer del presidente, Asunción Reyes tuvo una idea genial. Se le ocurrió, sencillamente, que sería bonito que Tegucigalpa tuviera un metro como el de París. Popescu, que no se arredraba ante nada y que era capaz de ver los beneficios en la idea más peregrina, miró al presidente de Honduras a los ojos y le dijo que él podía construirlo. Todo el mundo se entusiasmó con el proyecto".
¿Realidad o ficción?

"Popescu se puso manos a la obra y ganó dinero. También ganó dinero el presidente y algunos ministros y secretarios. Económicamente tampoco quedó mal parada la Iglesia. Hubo inauguraciones de fábricas de cemento y contratos con empresas francesas y norteamericanas. Hubo algunos muertos y varios desaparecidos. Los prolegómenos duraron más de quince años. Con Asunción Reyes Popescu encontró la felicidad, pero luego la perdió y se divorciaron. Olvidó el metro de Tegucigalpa".

Ocultos y furibundos, según JMarías

Habrá gente que diga que Javier Marías es un mal escritor o que no le gusta cómo escribe, etcétera. Yo, no lo creo así, pero sí creo que en su último artículo, Una región ocultamente furibunda, publicado en diario El País se puso a mear fuera de la nica. El resultado: cachimbazo de críticas recibidas precisamente de quienes forman parte de esa ROF. En una de ellas es ésta: Traducción furibunda de la columnita de Javier Marías. Ah! Se me olvidaba: ya existe también el blog Una región ocultamente furibunda. Les sugiero seguir los enlaces en el orden en que aparecen. Hasta otra.

Alan Pauls y la H para Sofía

El escritor argentino Alan Pauls. Fuente: www.publico.es

Otro argentino, Alan Pauls, que fue seducido por el discreto encanto en su excelente novela El pasado, ganadora también del premio Herralde. Esta vez el informante pudo haber sido Horacio Castellanos Moya:

Pero otro porteño de nuevo cuño, Alan Pauls, se dejó querer por la musicalidad abisal de su nombre y lo escogió para una de las últimas direcciones conocidas de ese vampiro detestable llamado Sofía, precisamente adonde se llevará al pequeño Lucio, disparatado secuestro que marca el final del matrimonio de Rímini y Carmen y, además, se convierte en el simbólico primer escaño del protagonista en su desbocado descenso a los infiernos. El episodio es entrecortado y sibilante -como la tos de un enfermo de enfisema- pero su simbología es clara, la asociación del nombre con el inicio de la debacle de Rímini: “Finalmente subió, mientras rumiaba una vaga represalia contra la zapatería o la marca, y al oír la dirección que daba Rímini –“Bulnes y Beruti, por favor”- corrigió: “Honduras al 3100”. Ante la sorpresa de Rímini, ese espectro vengador llamado Sofía le explicará que fue desalojada de su anterior apartamento mientras estaba en Alemania, pero la declaración final es alegórica in extremis: “Y conseguí Honduras, que tiene mil veces mejor vista”. Y así, en la página 305 de El pasado nos encontramos con que la sima insondable se ha esfumado, como por arte de magia, ante la irrupción de la panorámica altura.
Definido por Roberto Bolaño como un "melancólico que escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país", Horacio Castellanos Moya -desde su refugio en Frankfurt- le refirió a Deutsche Welle que, conocedor de su origen centroamericano, Pauls le había preguntado por esa nación de nombre tan recóndito. Castellanos Moya entonces se vio obligado a darle un crash course sobre su país de nacimiento (Tegucigalpa, 21 de noviembre de 1957), aunque le aclaró que, por formación cultural y afinidad electiva, era más salvadoreño que Roque Dalton, declaración que dicho sea de paso cayó como un balde de agua fría sobre los ingenuos pedagogos nacionales, seguidores acérrimos del jus solis, que para ese entonces planeaban otorgarle a HCM un doctorado honoris causa al estilo que acuñaron con Tito Monterroso, a quien importunaron con protocolares razones en su refugio mexicano apenas acabaron de leer Los buscadores de oro. Pero esa es otra historia, lo cierto es que Castellanos Moya le habló a Pauls, quien le seguía con contenida atención, sobre una historia compartida, acerca de la gratuidad del crimen, de los abusos de la derecha y de la izquierda, del deterioro de las utopías revolucionarias y el desencanto que comparten las naciones del istmo centroamericano. Una vez terminó de hablar Lacho, y tras darle una larga chupada a su cigarro, Pauls se limitó a decir: “Es un buen nombre para albergar a Sofía”.
"El discreto encanto de la H". Las virtudes de Onán. Mario Gallardo.

Tres veces primer libro

El escritor argentino Andrés Neuman
Por Andrés Neuman
Siempre hay una primera vez para todo. Pero en literatura, que es un oficio de asombros, todas las veces parecen la primera. Por eso recuerdo haber publicado al menos tres primeros libros. Quizás un escritor publica para eso: para quedarse con las manos vacías y enfrentarse de nuevo a la incesante, gozosa incertidumbre de la primera vez.
1º. Era la primavera de 1997. Yo tenía muchísimo entusiasmo, 20 años y 200 cuentos pésimos. En Granada, la ciudad donde vivo, acababa de inaugurarse una pequeña editorial llamada Sureste Narrativa. La dirigía José Vicente Pascual, quien mostraba una inexplicable paciencia con mis textos imberbes. Pascual me invitó generosamente a reunir mis cuentos (él dijo los mejores, hoy yo diría los menos ilegibles) en un volumen que se publicaría a finales de ese año. Recibí su propuesta con alborozo y vértigo: ¿cómo sería eso de tener lectores? Me puse temblorosamente manos a la obra y, al cabo de unos meses de noches en vela, los cuentos quedaron listos para su edición. El poeta Álvaro Salvador, que me había dado clases en la facultad, tuvo la amabilidad de escribir la contraportada. Para entonces, la colección no iba camino de batir récords, o quizá sí: el último título había vendido siete ejemplares. Al filo del invierno, mi primer libro se distribuyó en las librerías de Granada. El libro se llamaba Pertenecí, título que terminaría resultando profético: seis meses después Sureste Narrativa cerró por problemas de presupuesto. El libro se saldó y mis cuentos pasaron a un benévolo limbo. Si no recuerdo mal, las ventas alcanzaron la entrañable cifra de 180 ejemplares. Contando las decenas que compró mi madre.
2º. Al año siguiente, el poeta granadino Miguel Ángel Arcas daba sus primeros pasos con Cuadernos del Vigía, que hoy dispone de un exquisito catálogo. En aquel momento la editorial sólo publicaba plaquettes de poemas, y Arcas apostó por poetas muy jóvenes que pronto se convertirían en nombres destacados de la nueva generación. Tuve la suerte de participar en esa colección con un librito llamado Simulacros, título de nuevo profético. A mediados de 1998 se celebró la presentación de mis primeros poemas, y sucedió algo divertido. Allí estaba mi altruista editor, allí estaba Luis García Montero (que se había tomado la molestia de presentar el acto), la sala estaba llena, pero el libro no venía: habían surgido problemas en la encuadernación. Ninguno había traído los poemas impresos, así que tampoco disponíamos de los textos. Tras varias llamadas desesperadas a la imprenta, nos miramos con nerviosa complicidad y decidimos dar comienzo a la presentación. Debatimos. Contamos chistes. Recitamos versos de memoria. Y le anunciamos al público que acababan de asistir a una performance titulada Simulacros. Todo el mundo pareció encantado. A la salida del acto, un señor sudoroso llegó corriendo con una caja de libros. Al ver que mi libro existía, la gente se quedó decepcionada.
3º. A principios de 1999, yo acababa de terminar una novela que estaba seguro de que jamás se publicaría: me conformaba con que algún novelista admirado aceptase leerla para señalarme los errores. Ese autor fue el excelente Justo Navarro, quien no sólo leyó la novela con insólita diligencia, sino que además me instó a mandarla nada menos que a Anagrama. Me pareció un disparate. Pero como la literatura es un oficio disparatado, seguí su consejo y presenté Bariloche al premio Herralde, en cuyo jurado estaba un para mí desconocido Roberto Bolaño. Cuando escuché por teléfono la voz del colosal Herralde comunicándome que había sido finalista, me acordé de mis anteriores primeros libros y tuve un ataque de risa. No dejamos jamás de ser un poco vírgenes.
Tomado de El Cultural

Borges y la H en “El Aleph”

Borges y su dilema de si Honduras o Garay... Fuente: www.pagina12.com.ar

Seguimos con este hondo encantamiento de la H; esta vez le toca el turno a Borges. Y de nuevo aparece Óscar Acosta como informante:

Ni siquiera Borges pudo sustraerse a su encanto. En Borges. Esplendor y derrota, María Esther Vázquez afirma, en la página 350, que el ilustre narrador argentino pasó largos días cavilando sobre la posibilidad de ubicar el aleph a inmediaciones de la calle Honduras. Aunque Borges aclaró en su momento algunas claves personales que aparecen en “El Aleph”, Vázquez advierte que Georgie encontraba una “hermosa y bizarra analogía entre su esfera tornasolada de casi intolerable fulgor y la recia hondura del centroamericano onomástico, sin embargo, a última hora, en una decisión quizás influenciada por alguna charla con su madre, optó por la añeja casa de la calle Garay para que fuera el albergue del aleph de Carlos Argentino Daneri”. Esto no debe extrañarnos, ya conocemos la devoción de Borges por su madre y los gustos aristocráticos de doña Leonor que obviamente influyeron para que el nombre de la calle escogida evocara al segundo fundador de Buenos Aires: Juan de Garay (1528-1583), explorador y colonizador español.
Sobre este tema, el poeta Oscar Acosta, entrevistado por Carlos Rodríguez para la sección “El Personaje” de La Prensa, señaló que “en Borges quizás haya influido la fraterna amistad que desarrolló con el escritor hondureño Arturo Mejía Nieto, con quien compartieron intensas charlas en la sede de la Sociedad de Escritores Argentinos, junto a otros autores como Eduardo González Lanuza, Horacio Rega Molina, Evar Méndez, Conrado Nalé Roxlo, Norah Lange, Ricardo Molinari, Carlos Mastronardi, Roberto Arlt, Raúl González Tuñón, Nicolás Olivari, Jacobo Fijman y otros más.”
Más adelante, Acosta le dice a Rodríguez: “Tal vez fue durante una de esas tertulias que Borges supo de Honduras –a través de Mejía Nieto- y pensó en ubicar su aleph en la calle Honduras, para reforzar el simbolismo, pero luego pudo más la influencia de su madre y se decidió por la calle Garay, como refiere la señora María Esther Vázquez en su libro, aunque le aconsejo que investigue otras versiones, por ejemplo, le recomiendo la biografía de Borges escrita por Volodia Teitelboim, tal vez allí encuentre nuevos datos.”
"El discreto encanto de la H". Las virtudes de Onán. Mario Gallardo.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La H, BTraven y Vila-Matas

Fotografía que posiblemente corresponda al escritor B. Traven. Fuente: traven
Empezamos por donde hay que empezar siempre que no se sabe cómo empezar: por el principio, o sea, por la introducción de "El discreto encanto de la H", el relato de Mario Gallardo que da nombre a este archivo catracho en la literatura mundial. Después viene la parte en la que se habla del encantamiento de la H a Vila-Matas:
Cercado desde sus orígenes por la polémica, el absurdo y la modestia, su encanto, no obstante, se ha ido afirmando con la sorda persistencia que algunos envidiosos definen como característica inconfundible de los mediocres exitosos, condición sine qua non de quienes ven al mundo, pese a sus obvias limitaciones, como el teatro incuestionable de sus hazañas, el espacio vital en donde están predestinados a escribir la gesta inmarcesible de su doméstico triunfo histórico. Y así, con el discreto encanto del convidado de piedra, nombre y gentilicio campean a lo largo de las mejores páginas de la literatura universal, siempre asequibles para la pluma indecisa cuando de exhibir exóticos bizantinismos se trata.
Algo de su honda trascendencia atrajo a Vila-Matas, y al escribir Bartleby y compañía decidió incluir una referencia capciosa a un incierto colectivo de escritores hondureños que escribieron varias de las obras de B. Traven, el elusivo autor de El barco de la muerte y El tesoro de la Sierra Madre.
En su afán por resolver el enigma Traven (¿Quién fue Traven? ¿El cerrajero polaco llamado Feige? ¿O Ret Marut, el actor que se convirtió en periodista radical en la ciudad de Munich? ¿O el emigrante alemán o tal vez noruego que se llamaba Traven Torvsan y desembarcó en Tampico en 1942? ¿O sería el Hal Croves que en 1947 se presentó ante John Huston como el agente del autor de El tesoro de la Sierra Madre? ¿O, en otra desopilante versión, será que se trata del hijo ilegítimo, producto de los amoríos del Kaiser Guillermo con la actriz llamada Helen Mareck o Helen Maret?), Vila-Matas abreva de todas estas historias, pero es evidente que el narrador español se ve seducido por el discreto encanto al plantear la hipótesis que bajo el nombre B. Traven se escondía, en realidad, un colectivo de plumas nacionales, y así a la altura de la página 176 asegura: “Cuando se estrenó la película se puso de moda el misterio de la identidad de B. Traven. Se llegó a decir que detrás de ese nombre había un colectivo de escritores hondureños”. Tito Monterroso, a quien las narraciones de Vila-Matas le parecían poco menos que admirables, aseguró -en una entrevista publicada por la revista “Lateral” poco antes de su fallecimiento- que “la hipótesis no me parece tan descabellada, probablemente se trate de un grupo coordinado por mi viejo amigo Óscar Acosta, a quien siempre le han apasionado las ficciones misteriosas y retorcidas”.
"El discreto encanto de la H". Las virtudes de Onán. Mario Gallardo.

Sada y Tegucigalpa

Me divierto enormemente cada vez que encuentro en alguna novela o cuento una mención a nuestro querido paisito. Se me ocurre incluso que podemos ir archivando en este blog esas divertidísimas apariciones catrachas en la literatura mundial. Las primeras que me vienen a la mente ahora son las de Borges, Bolaño y Vila-Matas, pero trabajaré en la lista y en el archivo (se aceptan colaboraciones). De momento los dejo con la última en esta deliciosa novela de Daniel Sada, Casi nunca, reciente ganadora del Premio Herralde:
Entonces con lo dicho pongámonos en Parras, ese centro cultural universal, superior a, digamos, Tegucigalpa, ¿o cuál fue la referencia anterior?; bueno, pongámonos, sin problemas, en virtud de que ahí estaba viviendo Demetrio en casa de su madre...
¿Se imaginan a Parras, Coahuila como un polo de la cultura universal? ¿No, verdad? Lo que sí es imaginable -y quizá hasta comprobable- es que sea un sitio con mayor proyección cultural que nuestra escheriana capital hondureña. Definitivamente, Sada maneja la ironía, como diría un conocido personaje de la farándula jampedrana.
P.D.: Estoy pensando en un nombre para etiquetar esta sección, este archivo del que hablo en el primer párrafo. Carlos sugiere, seguramente contagiado de la ironía de Sada, el de "Hondureños en el extranjero", lo que me hace recordar otro, proveniente del mismo pestilente sitio al que alude Carlos: "Los legionarios", que en nuestro caso debería ser algo así como "Legión catracha", pero, no, no cuadra y suena mal. Sigamos pensando...
¡Ya! ¡Decidido! Etiquetaré estas entradas catrachas con el título de un cuento de Mario: "El discreto encanto de la H". De hecho, las siguientes entradas corresponderán a fragmentos de este cuento.

Ineluctable modalidad de lo visible

Breakingfall. Tomada del blog sashanonserviat.blogspot.com/
Por Giovanni Rodríguez
Ineluctable modalidad de lo visible. Inevitable forma de lo que se ve. Irremediable imagen. Inevitable visión. Pienso, no sé por qué, en lo cabrón que fue Stephen Dedalus al dejar ir a su madre a la muerte sin antes haber accedido a su petición. Pudo haber fingido que lo haría, pudo haberle dicho a ella, ahí, minutos antes de su muerte, que lo haría, pudo habérselo prometido y ello hubiese significado únicamente una pequeña traición a sus principios antes que la cruel traición que su negativa representó para su madre.
El pasaje del Ulises, de James Joyce, que aludo lo alude también el gordo Buck Mulligan en estas líneas: “Podrías haberte arrodillado, maldita sea, cuando te lo pidió tu madre agonizante -dijo Buck Mulligan-. Yo soy tan hipérboreo como tú. Pero pensar que tu madre te pidió con su último aliento que te arrodillaras y rezaras por ella. Y te negaste. Tienes algo siniestro...”.
¿Qué le respondería yo a mi madre si me pidiera lo mismo? ¿Qué le responderíamos todos nosotros a nuestras madres si nos pidieran lo mismo? ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a mantener una postura en nombre de los principios? Es una pregunta que también abarca el asunto de la dignidad y el de la condición humana. “Me consideraron traidor, cuando en realidad estaba siendo fiel a mi condición humana”, dijo Sabato luego que la comunidad científica argentina reaccionara con desagrado a su decisión de abandonar la ciencia por la literatura. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a traicionar a los otros sólo para no traicionarnos a nosotros mismos?
Ahora comprendo por qué pienso en estas cosas. Pienso en ellas porque, de alguna manera, yo soy también ese Stephen Dedalus que traiciona en nombre de sus propios principios, soy parte del mismo espíritu que empujó a Sabato a traicionar a los otros en nombre de la fidelidad a su propia condición humana. Eso soy, un traidor, pero también un hombre con su pequeña cuota de dignidad. Después de todo, soy humano.
Sin embargo, y al hacer un recuento de todo aquello que es inherente a mi “condición humana”, llego a verme insignificante entre toda esa masa de gente que me rodea, gente que ve las cosas de manera radicalmente opuesta a la mía, personas, en su mayoría, a las que jamás hubiera elegido como amigos. Al estar ahí, cumpliendo disciplinadamente mi papel de simple engranaje en el sistema, cediendo a sus caprichosas disposiciones, volviéndome parte de su juego infame, no puedo evitar verme como uno más de ellos, y acabo aceptando que no estoy siendo del todo fiel a mi condición humana. Ineluctable modalidad de lo visible. Es peor, además de traicionar a los otros, me traiciono a mí mismo.
¿Pero cómo un individuo puede ser absolutamente fiel a su condición humana? ¿Qué necesitaría hacer cualquier persona para serlo sin tener que sacrificar algo de eso que constituye la dignidad o los principios? En mi caso, sería adoptar una actitud extrema como ésta: renunciar a todo: a los trabajos estúpidos y “necesarios para sobrevivir”, renunciar precisamente a esa “necesidad de sobrevivir”, dedicarme enteramente a leer y a escribir. ¡Bah! Leer y escribir. Actividades inútiles. El arte no sirve para nada, dijo Wilde. No es posible. Hay que sacrificar un poco el derecho que uno tiene a defender su dignidad. Por eso seguiré trabajando donde ahora trabajo, fingiendo que soy –o que puedo ser- el mejor empleado, el mejor compañero, fingiendo ante mi familia, ante mis amigos, ante todo el mundo, que estoy siendo fiel a mi condición humana. Seguiré siendo un impostor. Así es como lo veo. Ineluctable modalidad de lo visible.

Publicado el prólogo de SRamírez

El poeta Carlos Martínez Rivas, cuya antología finalmente no será publicada y distribuida por El País luego que el gobierno de Nicaragua censurara el prólogo de Sergio Ramírez.

Horno al rojo vivo. Prólogo censurado a la antología de Carlos Martínez Rivas

Por Sergio Ramírez
A la hora del desayuno de mis tiempos oficiales en el gobierno de la revolución ya estaba allí el correo de Carlos Martínez Rivas como si una mano invisible lo hubiera dejado sobre la mesa: un sobre de manila que había tenido antes otro uso, rotulado con su letra escolástica, firmes y elásticos arabescos de tiempos de empatador y tintero que enlazaban con sus rúbricas, como virutas, unas palabras con otras. Caligrafía de alumno díscolo del Colegio Centroamérica de Granada junto al Gran Lago de Nicaragua, mimado de los jesuitas, sobre todo del poeta navarro Ángel Martínez Baigorri, su mejor maestro, y mimado de las musas. Dóctor, se dirigí a mí en el sobre, o Doktor. Él era the poet, nada más el poeta.
Ya estaban allí también los informes oficiales, los recados tempraneros, los partes y las tiras de telex que ya no existen más, pero la avidez me llevaba de primero a rasgar el sobre de Carlos para encontrar, sino era otra vez su testamento ológrafo, porque varias veces fui su heredero universal honorífico y legatario otras tantas veces de su biblioteca, disposición esta última que llegó a anular bajo el temor, sic, de que "la convertiría en una biblioteca popular", sus poemas aún envueltos en el dorado calor del horno: madeleines para mojar en la taza de te de tilo a la hora del asma en Combray, croissantes para comer de pie junto a la barra en los desayunaderos de piso cubierto de aserrín de la rue Monsieur-le-Prince, muy al alba aguardentosa, hora de la alta resaca, mareo nostrum, los tiempos aquellos en que Octavio Paz lo recuerda aparecer entre los amigos de la inquerida bohemia con una guitarra y una botella llena de ron.
Su casa de Managua en el barrio de Altamira, uno de esos colmenares construidos después del terremoto, era como una panadería. Aunque alguien dijera por allí, quizás nosotros dos mismos conversando en eterna risa que ya traíamos muertos de risa desde los años ejemplares que compartimos en la década de los setenta en Costa Rica, que él llamaba con risa Costa Risa, encerrados en mi oficina burocrática de San Pedro de Montes de Oca, o en su celda monacal del falso Hotel Sheraton de la Avenida Central de San José, nombre ampuloso para un albergue de media mala muerte que sus propietarios chinos habían inscrito en el registro de marcas y no había trasnacional del mundo que pudiera quitarles, o como una ocurrencia más de aquellas de las tertulias de anochecer discutiendo literatura con José Coronel Urtecho a la luz de lámparas tubulares en el corredor con barandas de la hacienda Las Brisas que daba al Río Medio Queso anegándose en tinieblas, aunque alguien dijera, digo, cualquiera de nosotros dos, que más que una panadería se trataba más bien de una cueva, la cueva de Altamira con sus bisontes en la pared y el minotauro hidrópico que era él mismo paseándose en pelota entre esos muebles que no eran de hogar, sino de oficina de impuestos porque casa y muebles se los había proveído el gobierno, para qué más servía una revolución sino para amparar a un poeta, acaso sobre su desnudez una robe de chambre amarilla como una capa pluvial esponjándose en el aire tibio de la mañana. Y el espejo y la navaja de afeitar cruzados sobre la bacía llena de espuma de jabón. Cueva, o torre.
A esa puerta de la panadería de Altamira en la Managua que hervía a cuarenta grados centígrados llamó Graham Greene un mediodía de los dichosos años ochenta y el panadero barrigón en robe de chambre amarilla, válgame Dios, pelo hirsuto y labios tumefactos, abotagado de gin barato como aquel de la Fábrica Nacional de Licores de Costa Rica, comprado por cuartas en el Chellez Bar y que sabía a Pinesol, no le quiso abrir, y our man in Managua se quedó en el porche donde crecía feraz, el monte. La zarza ardiendo. Llamó con mejor suerte Mario Vargas Llosa, suerte que conocía a Blanca Varela y tuvo entonces entrada, y en la boca del horno le propuso al fauno comprarle su tomo crítico de las cartas de Flaubert, un viejo Flammarion de postguerra, y no se lo quiso vender, ni por todo el oro del mundo, me dijo luego esponjando en orgulloso disgusto la boca.
Por nada del mundo vendería tampoco la reproducción de la foto de Baudelaire, obra de Nadal, fijada con chinches al estante, pero quién quita un día de estos se la roban, como tantas cosas que desaparecen aquí, en toda fábrica de pan ocurre, se roban los huevos, la mantequilla. Hasta los moldes. Tanto derelict (palabra suya preferida=a social outcast, vagrant) rodeando a su dioscuro coronado de pámpanos, pululando ya de noche entre los sacos de harina, hurgando entre los desperdicios, un cardumen de gorgojos que busca pedacitos de gloria, fragmentos brillantes dispersos por el piso sin barrer, y a quienes el panadero de barba entrecana, una barba de días, gozoso de su papel, dirige como si se tratara de las pulgas amaestradas de un circo venido a menos.
En ese cuarto de la alacena están los libros en sus estantes y los viejos periódicos arpillados en mesas y en el piso donde andan los gatos, el viejo Poe que bota a su paso pelambre, el primero. ¡Amontillado! ¡Quién tuviera a su disposición un barril de amontillado aunque fuera en el rincón de la escena de un crimen! Huele por doquier a alcohol derramado, a orines estancados, a materia fecal, a desperdicios de cocina; pero aquí en la alacena toda la materia prima es apetitosa, aceite, harina, azúcar, sal: son los libros sabios y suculentos que uno siempre quisiera leer, libros citables, precisos, suficientes para confeccionar las hogazas de pan que se sirven en la fonda de Henry Fielding (Tom Jones, expósito, Libro I, Capítulo 1): los formidables portables de Penguin, ese Edmon Wilson, por ejemplo (y se colocaba imaginariamente el tomo bajo el brazo, dando un orgulloso paseo). O el sólido bollo, harina y levadura, que es Judas the obscure de Thomas Harding, y qué me decís de Sons and Lovers de D.H. Lawrence, ¿y Der Tod des Vergil, de Hermane Broch?, la muerte de Virgilio, no menos que la otra muerte, La muerte en Venecia, Der Tod im Venedig de Thomas Mann, y Dirk Bogarde sudando en la barbería funeraria bajo el maquillaje espectral. Una pronunciación espaciada, declamatoria, de cada título, el goce sapiente de cada palabra, como lo haría seguramente en las tertulias de cinco de la tarde Alexander Pope conversando con Orlando, el caballero-mujer de Virginia Wolf.
Libros arrastrados en el aluvión de su vida, piedras, lodo, amores perdidos, guitarras despanzurradas como aquella su guitarra en bandolera con la que lo vio llegar Octavio Paz, Carlos trastejando las cuerdas en el bar ya sin clientes del Hôtel des Etats-Unis, y otros amaneceres con Blanca Varela, y Fernando de Szyslo, y Julio Cortázar, y Ernesto Cardenal, todos juntos en aquella mesa del fondo que se aleja en un zoom inverso hasta que el obturador de la cámara se cierra en oscuridad, eternos desconsuelos, rencores de bolero, él, que como San Juan de la Cruz lloraba por verse postergado, (a ti te premian, a mí me plagian, le dijo en un poema a Octavio Paz), manías persecutorias, desprecio fementido de la fama.
Lecturas insuficientes: no hay lecturas suficientes, Doktor, porque ser sabio del todo sería como la muerte según el Doktor Faustus de Thomas Mann. Libros metidos en cajas de leche condensada para atravesar el mar, handle with extreme care, y los que se quedaron perdidos en París, y los otros abandonados en el apartamento de Argüelles en Madrid cuando fue el consejero cultural de la Embajada de Nicaragua que deambulaba por los bares hasta las claras del alba, y los que reposan aún en una oscura bodega en Los Ángeles, California, en espera del regreso de su dueño, el empleado de aduana marítima, puntual cuando no estaba en las cantinas, de corbata y cuello duro, mangas cortas, un clerk, como Rosseau el aduanero de los leones apacibles en azul nocturno. Igual a como vestía cuando lo conocí en León en tertulia improvisada, en la casa de Edgardo Buitrago en mayo de 1964, yéndose ya a España a asumir su puesto en la embajada, y yo a Costa Rica a asumir el mío en el Consejo Superior Universitario Centroamericano, clerk=la persona que realiza tales funciones como llevar registros y atender correspondencia, el clerk (oficinista) que guarda en una gaveta del escritorio el libro que lee furtivamente, talvez las poesías escogidas de William Blake, talvez las de Emily Dickinson: At last, to be identified!/At last, the lamps upon thy side/The rest of life to see! (¡Al fin, ser identificado! ¡Al fin las lámparas a tu lado, lo que queda de vida para ver!)
Después, en esa casa de Altamira, la cueva que fue panadería, estaban las sartenes, colocadas en orden, donde esperaban para entrar al horno los textos en proceso (work always in progress). Se ve lo que no se toca. Carpetas rotuladas con plumones violeta, negro, marrón, a las que nadie puede asomarse, y sin embargo, todo mundo se asoma, todo mundo se siente en esta feria con el derecho de secuestrar esos manuscritos (mecanoscritos) para llevárselos como souvenirs, travestis sin fortuna, efebos indefensos como aquel del dormir plácido en el sótano del Louvre, erinnias mal disfrazadas de monjas, o peor, de vedettes, o de vampiresas, putillas, poetillas: si no estuviera el otro. El difuso terco mundillo del amanecer. La pululante línea de la imperfección y el anonimato...
Y finalmente el horno, la máquina de escribir, seriamente colocada sobre el escritorio de contador segundo, frente al sillón de vinilo estacionado a la distancia precisa. Su firma al pie de cada poema, cmr. La manía cmr ha llegado a consistir en sus constantes denuncias contra los tipógrafos primero, y las operadoras de computadora al acabarse los tipógrafos, porque cometen demasiados errores y arruinan los textos ¡La fatalidad de una letra trastocada, de la línea de un verso mal cortada, traiciones a la fidelidad! De modo que las cuartillas salidas de la máquina, y tecleadas con primor maniático a veces con subrayados en rojo (llegó la hora en que esas cintas de máquina de dos colores dejaron, alas, de existir) iban directamente a la plana del suplemento literario, fotografiadas en vivo. Si es que iban, porque había aún una mejor manía, la de negarse a publicar sus poemas.
Pasaron los años. El horno, con su rojo fulgor de infierno, aventando chispas por la boca que traga las sartenes, no hay modo que no siga encendido en la cueva desierta del panadero que toda la vida pasó aprendiendo a actuar, a vivir, a beber como Baudelaire, la perfomance de su vida que fue toda su vida. Suyo el rescoldo del absintio, suya la resaca del ajenjo que tiñen de verde las llamas del horno y el cielo del paraíso, infierno de cielo. Un ensayo de infierno. Ensayo con trajes, hoy, general rehersal, y la gran gala, poet, suspendida por fuerza mayor. Pan duro, duro aprendizaje. La última sopita. La cama final de la sala J del Hospital Militar de Managua.
El coche funerario arrastrado por la pareja de caballos enclenques de cabezas empenachadas y los lomos cubiertos por un velo negro como de mosquitero, va por la Calle Real de Granada mientras los transeúntes se alinean extrañados en las aceras porque detrás la banda militar toca marchas dolientes. Y no hay manera que se aparte de la cabeza del muerto eximio el recuerdo implacable de su madre endeudada que se suicidó porque había dispuesto de las joyas que el Monte de Piedad le confiaba para colocar, sólo para que el hijo se hiciera poeta en París, el hijo pródigo, el hijo prodigio. Y la edición príncipe de un mil ejemplares de La insurrección solitaria, su único libro que siempre crecía o disminuía, según el caso, que se trajo de México casi íntegra y se comieron la humedad y las polillas en la bodega de un beneficio de café de la hacienda de un pariente suyo, cercana a Managua. ¿Hay un ataúd que clavan con gran prisa en alguna parte? Ce bruit mystérieux sonne comme un départ...
Y vestido ya para la gran gala, según la foto de Nadal, mantos y mangas de mujeres lo depositan en la obscura y helada tumba que se buscó. Y que viene a ser lo mismo según su San Malcolm Lowry y el mío, la oscura tumba donde yace mi amigo.