lunes, 19 de enero de 2009

¿Cómo narrar en América Latina?

Fuente: la nación
Horacio Castellanos Moya responde hoy al periodista Leonardo Tarifeño del diario La Nación de Argentina, como parte de una serie de entrevistas a siete escritores latinoamericanos -considerados "La nueva guardia"- en las que se busca, básicamente, encontrar respuesta a una sola pregunta: ¿Cómo narrar en América latina? Es precisamente HCMoya quien la formula:

"¿Cómo narrar en América latina, donde un hombre acribillado a balazos no es noticia, y donde una bolsa con siete cabezas humanas es apenas un sueltito en un periódico de la mañana?".

Y sigue así la nota:
Cómo narrar en América latina es una pregunta siempre vigente para la cual distintas generaciones de escritores fueron elaborando respuestas en forma de novela. El realismo mágico, los sortilegios del boom, la rebelión del posboom, los outsiders de la vanguardia estilo Bolaño y Aira, y estos jóvenes contemporáneos maduros de diversas formas y preocupaciones, a los que no los unen el espanto ni la ortodoxia ni la envidia ni la tentación de lo exótico sino simplemente la vocación por narrar con una libertad estética inédita. "La única regla para mi generación es que no hay reglas", dice el colombiano Juan Gabriel Vásquez. Además de Castellanos Moya y de Vásquez, fueron entrevistados para este informe especial de adn cultura el brasileño Daniel Galera, el peruano Santiago Roncagliolo, el colombiano William Ospina, el peruano Daniel Alarcón y el boliviano Edmundo Paz Soldán. Hay muchos más nombres en el Gran Seleccionado Latinoamericano. Pero este grupo sin antagonismos, que pasó recientemente por Buenos Aires, los representa de alguna manera a todos. Los dos faros de estos escritores son precisamente Bolaño y el mexicano Juan Villoro. El primero, por la mezcla de la experimentación literaria con el interés político. Y el segundo, por la reinvención de la crónica novelada como género y la diversidad de intereses: Maradona, Yeats, Rolling Stones, el narcotráfico, el cuento, el teatro, la novela, el ensayo, el fútbol.
Algunas de las respuestas de HCM:
¿Siempre quiso ser escritor?
Que yo recuerde, sí. Pero el tiempo en el que me formé se ha ido. Sobre todo, porque me tocó crecer en un mundo hostil a la literatura. Aquella era una sociedad que empezaba a polarizarse y en la que se miraba al escritor con suspicacia y desprecio. La generación anterior ya se había radicalizado políticamente y por eso el solo hecho de ser escritor lo convertía a uno en sujeto de sospecha.
¿Extraña la política?
Los últimos años yo viví la política como periodista. Y el periodismo es la mejor manera que encontré para ganarme la vida. Por supuesto, mis novelas tienen un paisaje político intenso, porque muchas de ellas retratan momentos de la vida centroamericana, marcadas por un gran conflicto político y social. Pero yo no tengo pasiones políticas, sino curiosidades.
En sus novelas la política aparece en los personajes, pero no tanto en las tramas.
Sí, por eso yo digo que mis novelas no son políticas, porque las tramas no están determinadas por el juego del poder. En mis libros, los personajes son gente desencantada que alguna vez tuvo algo que ver con la política, pero que vive pasiones personales.
¿Sus libros responden a una misma técnica?
No, yo he tenido dos maneras de escribir. Una corresponde a un impulso, que es una escritura casi por posesión, y en la que parece que el libro ya está escrito dentro de mí. Así han sido El asco, Baile con serpientes e Insensatez. La otra manera es, yo diría, más profesional, con una metodología establecida, una rutina diaria y un plan más o menos definido. De esta manera escribí El arma en el hombre y Tirana memoria, entre otros.
¿Cómo ve a la literatura latinoamericana actual?
Mucho de lo que pasa hoy en las letras de nuestra continente es un efecto de la obra de Bolaño. Pero, al mismo tiempo, y desde hace ya varios años, la nuestra es una literatura que ha ganado madurez. No tiene que demostrarle nada a nadie, porque hemos dejado atrás la adolescencia. Hay todo tipo de corrientes, todas válidas, más allá de la calidad y de los gustos. Está la vertiente social, la experimental, y propuestas que buscan hacer una ficción más del tipo europea pero desde Latinoamérica. El debate sobre qué es lo válido y qué no ha perdido vigencia.
¿Por qué? ¿Qué es lo válido hoy en día?
Pues lo que está bien escrito y agarra al lector y no lo suelta, más allá de cómo o desde dónde.

domingo, 18 de enero de 2009

La sal dulce de la palabra poesía

La tentación de lo imposible, Magritte

Del fuego, en un principio,

los dioses de los primeros hombres

que lo vieron y lo amaron fueron haciendo, solos,

la mujer.

Esculpieron temblando sus senos absolutos,

la ondulación del pelo,

la copa de su sexo, más complicada, por dentro,

que el interior de un caracol marino.

Delinearon a pulso la sombra de su sombra,

la curva y mordedura de ese juego del fuego

que sabe a rojo virgen debajo de la lengua

y levanta

la súbita belleza de una brasa en los ojos.

Desde entonces, su cuerpo

se hizo pudor tocable en carne y hueso.

Digo mujer,

la sal dulce de la palabra poesía.

Roberto Sosa, Máscara suelta

miércoles, 14 de enero de 2009

Sin nombre

El actor hondureño Edgar Flores junto a la actriz Paulina Gaitán en una de las escenas de Sin nombre. Fuente: laprensa.hn
Recuerdo que más o menos en junio de 2006, cuando trabajaba como promotor cultural en la oficina regional del Ministerio de Cultura en San Pedro Sula, recibí la visita de un tipo alto y con acento mexicano que desde un principio me sugirió la fantástica y extravagante idea de que pudiera ser Quentin Tarantino. Por supuesto que no era Tarantino, pero les aseguro que si hubieran sido ustedes quienes atendían a ese tipo alto que se presentó como cazatalentos de la productora Canana Films de México (la de Diego Luna y Gael García) y argumentó estar de visita en Honduras con la intención de hacer pequeñas pruebas de actuación a quienes quisieran participar en una película con el título Sin nombre y que sería dirigida por Cary Fukunaga, habrían tenido también la fantástica y extravagante idea que yo tuve.
Es que si conocieran al tipo (no recuerdo ahora su nombre; alguien, por favor, que me lo recuerde) y si alguna vez hubieran visto fotografías de Quentin, no se les habría ocurrido otra cosa, insisto.
En fin; el asunto es que en la película participarían personas que no necesariamente tuvieran experiencia actoral, y el requisito indispensable que Mr. Quentin expuso era que el físico de los actores debía ajustarse al perfil requerido para los personajes del film, cuyo tema era (es todavía, supongo) el viaje ilegal a Estados Unidos de un inmigrante hondureño en busca del sueño americano.
Minutos después Mario, que volvió a la oficina después de una reunión en la alcaldía, según me parece recordar, y yo acompañamos al Quentin mexicano a diario La Prensa para que ahí pudieran entrevistarlo y ayudarle en lo concerniente a una convocatoria libre para un casting. Mario llamó también a algunos amigos de la radio y otros medios de comunicación para que apoyaran la causa. La convocatoria fue un éxito.
Los siguientes días (incluidos un sábado y un domingo) la oficina de la Regional de Cultura se convirtió en un impovisado plató por el que desfilaron cientos de personas de todas las edades, entusiastas actores in fieri decididos a conquistar a aquel grandulón que elegiría, después de extenuantes jornadas, al futuro protagonista de la película, que sería rodada en México el 2008.
Pasaba el tiempo y el Quentin charro hacía castings en San Pedro Sula y en Tegucigalpa sin que encontrara a la persona idónea para encarnar a aquel sufrido inmigrante de su futura película. Pasó más tiempo aún y el asunto fue quedando poco a poco en el olvido.
Hoy, leo en La Prensa una nota: "Hondureño destaca en cine", como siempre cuando se trata de un compatriota haciendo buenas cosas fuera, llena de esas frases trilladas y generalmente mentirosas como "los catrachos sigue brillando con luz propia", o: "en nuestro país hay talento", y la mejor, la que tiene el récord de más veces pronunciada por los periodejos nacionales: "poniendo en alto el nombre de Honduras", en la que se informa que la película, efectivamente, empezó a rodarse en octubre en México y se estrenará en marzo, teniendo como protagonista a un joven de 18 años de nombre Edgar Flores.
Dice la nota:
Sin nombre es producida por Focus Features de EUA y Canana Films de México, la productora de Gael García y Diego Luna. "Estoy muy complacida al descubrir talento en Honduras", manifestó Amy Kaufman, productora de la película. En el equipo técnico también trabaja la hondureña Erika Archaga, quien ha sido contratada como entrenadora de diálogos. Esta joven de 16 años está a cargo de la importante tarea de entrenar en el "acento catracho" a los actores mexicanos que interpretan papeles de hondureños en la historia. Edgar y Erika viajaron a México en octubre pasado y las jornadas de rodaje iniciaron en el distrito federal con los decorados de Tegucigalpa reproducidos en locaciones de la ciudad mexicana. Actualmente el equipo se encuentra en la ciudad de Veracruz completando las últimas jornadas de rodaje. Edgar interpreta al personaje de Willy, protagonista del largometraje que relata el viaje hacia el norte de una familia hondureña y otros migrantes tras el "sueño americano" y que se enfrentan a las amenazas de los pandilleros de la mara salvatrucha.
Buena noticia entonces. Esperemos que a nuestro compatriota le vaya bien actuando y que la película resulte como todos deseamos.
Un dato sobre el director, Cary Fukunaga: en 2005 su cortometraje Victoria para Chino, recibió la Mención de Honor del Jurado del Festival de Sundance y fue galardonado además en el Woodstock Film Festival y el Austin Film Festival. El corto narra la historia de más de 80 inmigrantes indocumentados que cruzaron la frontera mexicana y entraron a Tejas en un camión refrigerado en donde una mezcla letal de calor y hacinamiento derivó en un desenlace trágico. La historia se basa en el peor caso de fallecimientos de inmigrantes en la historia de los Estados Unidos. Cuando los agentes de un coche patrulla hallaron un tráiler abandonado en Tejas, 17 personas ya habían fallecido, incluyendo un niño de cinco años junto a su padre. Esa misma tarde, dos pasajeros más fallecieron en el hospital. Los agentes del orden se pusieron inmediatamente a buscar a los responsables nada más encontrar el camión. Karla Patricia Chávez, presunta cabecilla de la banda de traficantes de inmigrantes, huyó a Honduras, su país natal, donde más tarde fue detenida. Se declaró culpable de todos los cargos. Toda la información aquí.

La casi inexistente patria

"Pero no a la tierra en general sino a aquel ínfimo pedazo (tan querido, tan añorado) en que transcurrió nuestra infancia”. Fuente: mimalapalabra.

Por Giovanni Rodríguez

Haber nacido en el “Primer Mundo” no equivale necesariamente a pertenecer al “Primer Mundo”. El sentido de pertenencia a un lugar no depende de la condición de existencia en ese lugar sino más bien del grado de arraigo que ahí tenga. Y depende también de lo que se logra aprehender de ese lugar. Porque un individuo es tercermundista o no según su capacidad para captar e interpretar el mundo en que le toca vivir.
Hay gente nacida en Europa que no necesita tanta Europa para vivir; gente como el personaje de El Innombrable de Beckett, que se arrastra y se restriega en las paredes de su miserable habitación mental, su “Tercer Mundo” particular, en donde sólo existen las posibilidades de lo obvio y de lo inmediato, en donde reina el tópico y se cultivan las artes de la ignorancia y la pedantería. De igual manera, hay gente llegada a Europa que no logra desprenderse nunca de cierta absurda dependencia “patriótica”, que no aprende, por ejemplo, a disfrutar de la dieta mediterránea porque su estómago no tolera más que frijoles, plátano y tortilla de maíz.
Bolaño decía que su única patria era la literatura probablemente porque no encontraba en ningún otro lugar –físico o no- el necesario grado de arraigo que sí encontraba en los libros que leía. Y cosas como la literatura, la familia o los amigos son las que determinan en el individuo –al menos en un individuo como yo- que ahí hay una patria; no en la bandera ni en el nombre de un país ni en un aburrido himno perfectamente sustituible por la canción del equipo nacional de fútbol sino en cosas simples como esas tres que mencioné.
Dice Ernest Jünger que “cuando hemos perdido el sentido de la patria, buscamos los mundos lejanos que nos ofrece la aventura”. Pero, ¿cuándo empezamos a sentir que hemos perdido el sentido de la patria? ¿Y será también que dejamos de pertenecer a nuestro mundo de tercera en la medida en que vamos perdiendo este sentido?
En nuestros países latinoamericanos, sumergidos en la mierda cotidiana de la pobreza, la corrupción y la falta de educación, hay suficientes motivos para que un individuo, a cierta edad, llegue a comprender que aquello que en la escuela le obligaron a entender y asumir como “patria” no es más que una entelequia, y entonces no le queda otra que emigrar o renegar.
Pero renegar de algo no es odiarlo. Uno reniega de aquello en lo que alguna vez cifró sus esperanzas, uno critica con más fuerza aquello en lo que una vez creyó firmemente y ahora no lo ve más que como utopía. Porque criticar es amar desde el lado contrario derivado del amor, que es el desamor.
En un ensayo del libro Apologías y rechazos, Ernesto Sabato dice que Leonardo da Vinci, cerca de su muerte, buscó un lugar especial para tomar su último descanso, y reflexiona así: “Pues a medida que nos acercamos a la muerte, también nos acercamos a la tierra, pero no a la tierra en general sino a aquel ínfimo pedazo (tan querido, tan añorado) en que transcurrió nuestra infancia”. Ese pedazo de tierra que Leonardo buscaba es probablemente el que consideraba su patria, o por lo menos la parte más representativa de ésta.
Imagino a Leonardo, débil y resignado, buscando con afán ese lugarcito, y me imagino a mí mismo un día viendo hacia atrás, con ganas de desandar el camino y regresar en busca de la patria perdida. Pero falta tiempo para eso y mientras tanto, sigo aquí, renegando y criticando a la patria que casi no existe, a ese pedazo de tierra de un mundo de tercera lejano y añorado, y refugiándome cada vez más en la diaria aventura de esta otra patria, la única patria, para mí, posible y verdadera: la literatura.

domingo, 11 de enero de 2009

Nueva cara

Esto es como haberse hecho cortar el pelo de manera diferente, o como dejarse el candado con la barba, o como haberse puesto una ropa distinta a la habitual. En definitiva, uno hace este tipo de cosas para no aburrirse de uno mismo. Cambia la apariencia pero no el estilo. Se lo debemos a Bayron Benitez, quien desde que Carlos hiciera aquel falso anuncio de nuestro retiro el día de los inocentes, nos ofreció su ayuda. Éste es nuestro primer paso de una nueva etapa. Desde ya les anunciamos que muy pronto tendremos también una página web enlazada a este blog. Esa página albergará los contenidos de nuestra revista, que tendrá una regularidad por lo menos trimestral, y toda la información relacionada con nuestra editorial, que es otro de nuestros proyectos fuertes para este año. Seguimos entonces, jugando en serio, hasta que el tedio nos detenga.
Gracias a Bayron por este excelente trabajo voluntario.
Gracias a ustedes por su complicidad hasta ahora.
Y gracias también a los demás, a los coprófagos anónimos, por su cómica rabia, que a diario inunda nuestro banco de bilis.

jueves, 8 de enero de 2009

Mal, muy mal

Por Giovanni Rodríguez
2008 acabó mal y 2009 empezó mal. Este artículo también empieza mal; lo sé, pero no puedo evitarlo. Así que si quiere, puede abandonar ahora mismo la lectura e irse por ahí, silbando una cancioncita para alegrarse la vida y dejarme a mí con este blues lento y acaso melancólico.
Lo general: la crisis mundial que aunque algunos no queramos asumirla acaba dándonos en la nuca hasta de carambola. Lo particular: a mitad del mes pasado me introdujeron una aguja en la rodilla izquierda y me extrajeron un líquido que aunque inicialmente creí (no sé por qué) de color amarillo, resultó más rojo que la roja sangre (era, efectivamente, sangre, y si a estas alturas empieza a sentir que va a vomitar, recuerde que en el párrafo anterior le recomendé la huida juiciosa).
Dieciocho días con la pierna enyesada y las consecuentes dificultades para cualquier tarea doméstica. Sí, para cualquier tarea doméstica, sin excepción, y sin contar que de mi habitación a la cocina hay veinticuatro escalones disuasorios. Y para seguir con lo particular: la madre de todos los resfriados que se ha empeñado en cohabitar conmigo durante todo el inicio de año sin que se le vean ganas de una ya, por favor, justa retirada.
No tengo ganas ni para escribir este artículo (es otra advertencia) y me da sólo por hablar de cosas malas o hablar mal de cosas buenas. Hablar, por ejemplo, de la noche que está nublada y de que no tiritan, azules, los astros a lo lejos. Hablar también de esas líneas de Molloy -la primera novela de Samuel Beckett que leí hace como ocho años- que dicen: “Entonces entré en casa, y escribí: ‘Es medianoche. La lluvia azota en los cristales’. No era medianoche. No llovía”.
Aquí en mi habitación, con este resfriado insoportable, me da la impresión de que es medianoche y que afuera llueve. No lo sé. Probablemente no sea medianoche ni llueva afuera. Probablemente ni siquiera esté resfriado. Sólo sé que repiquetean en mis oídos esas palabras de Beckett traídas por Vila-Matas con tanta insistencia en cada artículo que leo de él últimamente, y que me gusta creer que dicen la verdad, o sea: me gusta creer que verdaderamente es medianoche y que afuera la lluvia cae sobre el mundo.
Mal, muy mal. Estoy escribiendo a trompicones. Cada frase me la deja a la mitad un estornudo sorpresivo o la maldita tos que ya casi no me permite hablar.
Ahora que recuerdo, el personaje Molloy andaba con muletas, como yo hasta el 30 de diciembre. Bonita coincidencia. Fui Molloy durante dieciocho días. Lo malo es que no pude andar en bicicleta ni irme por ahí, de bar en bar, buscando no sé qué, como hace Molloy en la novela. Me quedé en casa todo el tiempo y acompañé a Daniel Sada a un pueblo caluroso de México. Espié también a Sebald en su conversación con Austerlitz y acompañé a este último en la búsqueda interminable de su familia desaparecida y de su propia identidad robada por una de esas desafortunadas circunstancias de la vida desde los cinco años. Continué con Georges Perec y me fui con los dos personajes de Las cosas a una aburrida ciudad de Túnez.
Y sigo ahora en mi habitación, inmóvil, con mucho frío, y sin embargo me voy alejando de nuevo, esta vez con Murakami y su reciente novela After Dark, en donde la acción empieza precisamente casi a medianoche. Planeo montarme en mi bicicleta imaginaria y llegar con ella hasta Tokio o cualquier otra ciudad japonesa que se le haya ocurrido a Murakami, y no me importa que sea medianoche ya, que llueva y que el resfriado derive en una enfermedad más grave. Ya les avisaré.

lunes, 5 de enero de 2009

Memoria del solo

¿En qué ajeno paraíso abandonaron

mi humeante corazón, quemado vivo,

las mujeres que amé?

¿Bajo qué cielo raso se desnudan

y muestran victoriosas el reino que perdí?

Yo, en cambio, nada guardo: ni dicha ni rencor.

Una a una me dieron la gloria merecida

y derrotado fui con sus mejores armas.

El amor es la única batalla

que se libra en igualdad de condiciones.

Yo no pude escudarme, devolver las palabras

con la misma osadía, y los más leves golpes

me alcanzaron de lleno a la altura del pecho.

Dado ahora a morir en cama extraña

(orgulloso de mí, en paz conmigo)

cierta gloria atesoro, ciertos nombres

como el viejo guerrero que alivia sus heridas.

Rigoberto Paredes, La estación perdida (2001)

Foto: Escena de Breakfast at Tiffany's

viernes, 2 de enero de 2009

Feliz cumpleaños, Mr. Salinger

Feliz cumpleaños, Mr. Salinger (aunque no le guste que se lo recordemos).

jueves, 1 de enero de 2009

Visión y colonialismo

Pancho Fierro (1803-1879), El capitán Castilla camina sobre el puente, sin fecha, acuarela, 23x18cm.
Jean-Baptiste Debret (1768-1848), Indios cruzando una quebrada (El cazador de esclavos), circa 1820-1830, óleo sobre tela, 80 x 112 cm. Museu de Arte de São Paulo.

Por Gustavo Larach

La mirada de un extranjero nunca tendrá la empatía de un ojo local, de un ojo que, espontáneamente y a cada instante, se encuentra atrapado por los sujetos que forman parte del tejido social en que él mismo está incrustado. Si contrastamos la forma en que dos artistas distintos, uno extranjero y otro local, representan temas latinoamericanos, observaremos muchas diferencias. Podemos comparar el trabajo de dos artistas concretos para sondear ciertas oposiciones: Jean-Baptiste Debret y Pancho Fierro. Cada uno de estos artistas retrata la vida de una sociedad particular dentro de la América Latina del siglo XIX: Brasil en el caso de Debret y Perú en el de Fierro. Las imágenes producidas por cada uno presentan diferencias extremas. Debret, quien era pariente de Jacques-Louis David, se entrenó en Francia durante las últimas décadas del siglo XVIII, y llegó a Brasil a inicios del XIX para unirse a la Misión LeBreton. Fierro era un mulato autodidacta que comenzó su carrera pintando mapas, decoraciones murales y escudos de armas.
En las imágenes de Debret, el espacio está construido racionalmente, sigue una perspectiva clásica y, en él, las figuras se distribuyen orgánicamente. Dichas imágenes son por tanto sobrias y presentan una atmósfera tranquila. Hay mucho detalle tanto en la arquitectura homogeneizada de sus vistas urbanas como en las junglas que también aparecen en sus imágenes. Muy pocos elementos amueblan el mundo creado por Fierro; los fondos de sus imágenes soy más bien reducidos. Fierro simplifica la arquitectura y sus figuras son con frecuencia caricaturescas. Las relaciones entre sus figuras y su espacio, arquitectónico o bidimensional, son menos precisas de lo que podemos ver en las construcciones clásicas de Debret.
A pesar de la estudiada elaboración formal de las imágenes de Debret (o quizá más bien gracias a ella), sus personajes y escenas se sienten lejanas, vistas por un ojo que niega su presencia dentro del espacio representado y que no se interesa por la subjetividad de las personas que ese espacio contiene. Mientras que las imágenes de Debret pretenden ofrecer una visión objetiva de situaciones percibidas durante recorridos por Brasil, las bien delineadas personalidades de las figuras de Fierro no solo nos atraen y establecen un enlace psicológico con el espectador, sino que logran proyectar el ritmo palpitante del mundo urbano que habitan.
Debret elabora estereotipos costumbristas mediante el vestuario, o la desnudez, de sus figuras, a las que con frecuencia adjudica roles típicos. Aunque las imágenes de Fierro sí incluyen ciertos “tipos”, el artista peruano muestra también personajes reales de la Lima moderna, según se puede inferir por el alto grado de individuación en el parecido y carácter de sus figuras. En las imágenes de Debret los indígenas aparecen en la selva, rodeados de frutas y vegetales, como si ellos mismos fuesen parte de la naturaleza. Debret muestra también en sus imágenes a “indígenas civilizados”, quienes, vestidos como europeos, entran en la selva “virgen” en ayuda de soldados encargados de capturar “indígenas de la selva”. Mientras Fierro valora con optimismo y espontaneidad la nueva vida urbana del Perú, Debret no solo participa de la mirada colonialista que Europa mantiene sobre las Américas, sino que es muy lógico pensar que la circulación de sus imágenes por Europa pudo muy bien reforzar la actitud imperialista hacia los recursos naturales explotables, seres humanos incluidos, del “Nuevo Mundo”.
  • Bibliografía
Ades, Dawn. Art in Latin America : The Modern Era, 1820-1980. New Haven: Yale University Press, 1989.

Hatt, Michael and Charlotte Klonk. Art History : A Critical Introduction to its Methods. Manchester and New York : Manchester University Press, 2006.
Lefebvre, Henri. The Production of Space. Oxford and Cambridge: Blackwell, 1991.

Abolición de los propósitos

Por Giovanni Rodríguez
¿Qué día es hoy? ¿Miércoles o jueves? ¿Estamos aún en 2008 o tengo que empezar ya a acostumbrarme a escribir el año con un 9 al final? De verdad que no lo sé. Aunque, a juzgar por el alboroto de anoche lo más probable es que éste sea el primer día de enero. En ese caso, ¿qué debería hacer hoy? ¿Cómo debería empezar el año? ¿Con qué actitud? ¿Con qué proyecto en mente?
Busco desesperadamente mi lista de propósitos para el año nuevo y no la encuentro por ninguna parte. Me detengo a pensarlo un momento y caigo en la cuenta de que no redacté ninguna lista de propósitos. Es urgente, entonces, que me ponga a trabajar en esa lista. Me detengo otro momento a pensarlo y esa nueva pausa acaba suministrándome en el ánimo una buena dosis de pereza y aburrimiento.
Nunca he hecho listas con propósitos o cosa parecida. O al menos nunca he hecho una lista que haya seguido al pie de la letra durante todo el año. Soy un defensor de la incertidumbre, del riesgo y del azar, y hasta ahora no tengo motivos para quejarme de los resultados de esa agenda inexistente. Afronto más bien el futuro con cierto escepticismo y también con cierto pesimismo. Yo sería un magnífico antihéroe en esos libros de motivación y de superación personal.
He definido una estrategia personal para distraer al optimismo: adopto una actitud de riguroso desdén hacia todo aquello que huela a grandes expectativas, a grandes propósitos, y me encierro en mi torre imaginariamente amurallada a esperar los vendavales, las grandes catástrofes, hasta que, aburrido también de tanto encierro, decido salir de vez en cuando a respirar el aire de la universal tragedia humana e inyectarme otra vez en el ánimo una buena dosis de realidad. Así me siento siempre con la moral a tope, porque no es posible llorar por algo a lo que no se ha aspirado nunca.
¿Ven cómo una determinada presencia de ánimo siempre es importante? Nunca hay que esperar nada, o por lo menos nada bueno. Nunca. Ideas en mente, eso sí, y trabajo permanente para fortalecer esa ideas y llevarlas a cabo con absoluta discreción. Pero nada de propósitos. Nada de esperanzas. ¿Me oyen? ¡Nada de nada! Ya pueden empezar a postularme como su líder espiritual, si quieren, pero no esperen que les ayude a organizar la secta ni que sea yo el David Koresh que nos meta fuego a todos.
Así, al final del año, o al principio del otro (todo es cuestión de gustos, o de temperamento, o de la presencia de ánimo vigente en ese momento), lo que hago es redactar –mentalmente, claro- mi lista personal de logros durante todo el año que termina –o que terminó- y no acabo menos que contento y me dan ganas de felicitarme y de agradecer a aquellos que de alguna manera incidieron en esta alegría mía de ahora, y bueno pues, ahí la tienen, mi recomendación de abolir el establecimiento de propósitos y la adopción, en cambio, de esta excelente estrategia de distracción del optimismo, o de distracción del tedio, si de ser absolutamente sinceros se trata. La cosa es que funciona. A mí al menos. Feliz Año Nuevo.