lunes, 26 de enero de 2009

Una de panchitos

Hace días que quiero escribir este artículo, pero como casi siempre ocurre, otro lo hizo antes. De todas maneras, se lo agradezco. Aquí les va: el español y el emigrante "sudaca" vistos por Arturo Pérez-Reverte:
Cada vez que voy al Museo Naval paso junto al cuartel general de la Armada, donde los infantes de marina, vestidos con uniforme de camuflaje, siempre son tipos con cara de indio. Eso me dispara la sonrisa cómplice, recordándome Nicaragua y El Salvador, cuando fulanos idénticos a éstos, con uniformes parecidos, se daban estopa con valor y crueldad inauditos. A pesar de las apariencias, esos tíos bajitos con cara de llamarse Atahualpa son extraordinarios soldados, bravos hasta lo increíble, duros y orgullosos de cojones. Lo que pasa es que como son chiquitos y con ese hablar suave, despistan. Sobre todo si van en moto de mensaka con el casco a lo Pericles, o pasean el domingo con la familia por el parque del Oeste. El golpe de vista engaña mucho. Pero quien sepa leer en los ojos de la gente, que los mire bien. Y si no, que lea a Bernal Díaz del Castillo.
Esto viene al hilo de una carta reciente. Comentando un artículo mío, en el que contaba cómo un comanche pasado de agua de fuego me llamó cabrón y del Pepé por llevar corbata, un lector torpe interpretando sujeto, verbo y predicado, concluye con la siguiente frase: «Hay que joderse con los panchitos». Y para qué los voy a engañar. Ese equivocado compadreo me fastidia un poco. Sobre todo porque veo que mi comunicante no entendió una puta línea. Así que voy a intentar explicarlo algo más claro.
En mi opinión, si alguien tiene derecho a estar en España –lo tiene, claro, mucha otra gente– son los emigrantes hispanoamericanos, sean mestizos o indios puros como la madre que los parió. Porque son nuestros, o sea. Somos nosotros. Me troncho cuando aquí decimos que, a diferencia de los anglosajones, los españoles no exterminaron a los indígenas y se mezclaron con ellos. Cuando lees la letra pequeña de las relaciones de Indias, adviertes que los españoles –mis abuelos se quedaron aquí, ojo– fueron a América a buscar oro y a calzarse indias. Y si no exterminaron a los indios, fue porque necesitaban esclavos para las minas y criados para las casas. A cambio, es cierto, los de allí obtuvieron una lengua hermosa y universal. Pero la pagaron cara, y la pagan, con la herencia de corrupción y desbarajuste que la estúpida y egoísta España dejó atrás. Cierto es que llevan doscientos años reventándose solos, sin nuestra ayuda. Pero nadie históricamente lúcido puede olvidar la culpa original. Una responsabilidad que, por otra parte, hace babear a políticos analfabetos y elementales ante golfos populistas que, bajo el poncho de la retórica, tomaron el relevo en el arte de chulear y estafar a su gente.
Ahora vienen, buscando futuro, al sitio natural donde los trae la lengua que se les dio y la religión que se les impuso. Vienen a donde tienen derecho a venir, trayendo sangre nueva, ilusión, capacidad de trabajo, idas y coraje, con la determinación de quien no tiene nada que perder. Llegan como carne de cañón, a comerse los más duros trabajos de esta España con la que soñaron. Su error es creer que llegan a Europa. A un sitio que imaginaban civilizado, culto, con políticos decentes y valores respetables. Pero encuentran lo que hay: demagogia, picaresca y poca gana de currar. Y además, la crisis. Así, en cuanto espabilan, algunos se españolizan. Aprenden a mimetizarse con el entorno, a esforzarse lo justo. A ser lo groseros que en su tierra no fueron nunca. A despreciar a estos españoles maleducados que tanto aire se dan pese a ser una puñetera mierda, incapaces de valorar lo que tienen y lo que podrían tener.
Descubren también la clave mágica española: el victimismo. Aprenden pronto a explotar la mala conciencia y lo políticamente correcto, a montar pajarracas sabiendo que nadie va a negarles, como a los moros y los negros, el derecho a exigir incluso más de lo que exigen los propios españoles. En todo caso se les dará, no por sus méritos de trabajo, educación o cultura, que a menudo los tienen, sino por el qué dirán, por el no vayan a creer que soy racista, o lo que sea. Y a eso, algunos –no todos, pero no pocos– suman malas costumbres que traen de allí: la afición a ponerse hasta arriba de alcohol, a conducir mamado hasta las patas, y la tradicional bronca de fin de semana, tirando de arma blanca o de otro calibre; con ese orgullo valiente y peligroso del que hablaba antes, y que lo mismo puede ser una virtud que una desgracia, cuando no se maneja con cabeza. Y mientras, las autoridades que deberían acogerlos y educarlos, planificando para ellos una España futura, inevitable y necesaria, emplean su tiempo y nuestro dinero en contaminarlos de la sarna política al uso, adobada con la más infame demagogia. En atraerlos a su puerco negocio, halagándolos de manera bajuna y jugando con ellos al trile de los votos, sin que importen a nadie su pasado, su presente o su futuro. Haciendo lamentar, a los lúcidos, que la suya sea el español y no otra lengua que les permita irse a otro país que de verdad sea Europa.

viernes, 23 de enero de 2009

¿Quién era Auxilio Lacouture?

Primera página del "dossier Alcira" publicado por Brecha.
La pregunta del título es respondida ampliamente en este texto que nos envía Ignacio Bajter y que apareció previamente en un suplemento dedicado al tema en el periódico Brecha de Montevideo el 9 de enero de 2009 (www.brecha.com.uy). Bajter y otros compinches se convierten en detectives para llegar a la fuente de uno de los personajes más entrañables de Roberto Bolaño: Auxilio Lacouture, "la madre de la poesía mexicana", y nos permite conocer a Alcira Soust Scaffo, una maestra uruguaya que viajó a México y conoció a Bolaño en 1970.
En Los detectives salvajes Roberto Bolaño narra el viaje de Ulises Lima y Arturo Belano hasta perderse en el desierto de Sonora en busca de Cesárea Tinajero. La novela es también la ascensión y derrota del movimiento realvisceralista, pandillaje poético de los enfermos de literatura, que roban libros y no admiten otra vida que el arte. Es sabido que detrás de Ulises Lima está el poeta Mario Santiago y que Arturo Belano es álter ego de Bolaño, tanto como esos realvisceralistas de la ficción tienen el aura de los infrarrealistas que en los años setenta procuraban hacer polvo las estatuas de la poesía y estropearle los recitales a Octavio Paz.
Aunque detrás de los nombres puede que no haya más que la luz fabulosa de un novelista, o la distancia del tiempo y la imaginación para aproximarse a la juventud perdida. En un breve pasaje de la novela el chileno aviva la voz de una “poeta sin obra” amistada con el cuerpo principal del realvisceralismo. En la voz de Auxilio Lacouture, Bolaño cuenta la historia de una uruguaya que en 1968 resiste, encerrada en un baño de la Torre de Humanidades, la intervención militar a la UNAM. De a poco se ha ido conociendo la verdad del episodio, el destino de quien recibió a los represores con la viva voz de León Felipe recitando sus poemas por los altoparlantes de la radio comunitaria. De no haber sido una pesadilla llevada al arte, ese gesto sólo habría cruzado la oralidad hasta el olvido.
El negativo de Auxilio es Alcira Soust Scaffo, una maestra de Durazno que viajó a México y conoció a Bolaño en 1970. Tantos años después éste decide escribir narrativa para sobrevivir, y echa mano de quienes se han cruzado en su camino para componer sus novelas. Así la vida de esta mujer que, vista a la distancia, no deja de ser una historia de rebeldía extrema, triste y “bolañiana”.
El arte de la ficción es un misterio. Quienes conocieron a Bolaño en sus años mexicanos dicen que era “alciresco”. Nunca es una buena tarea establecer coordenadas entre los personajes de papel y los que están fuera del papel, pues estos últimos suelen ser más arduos e imperfectos que los otros y es más difícil llegar a conocerlos.
Tal vez detrás de una ficción no haya más que la vieja habitación de espejos puestos en abismo. De seguro, sin Los detectives salvajes y Amuleto, la belleza personal de Alcira se hubiese borrado con la misma pasión voraz con la que vivió, tal como esos jóvenes latinoamericanos en la intemperie miserable de las calles: los poetas que llevaron su vida y su canto y sus sueños rumbo al matadero.
En una de las fotografías de la pandilla infrarrealista tomada en el bosque de Chapultepec en un día soleado de 1975, aparecen abrazados Macario, Bolaño, Santiago, Orlando Guillén con su libro de Saint John-Perse, Julián Gómez, Bruno Montané y una mujer que sostiene un bolso y sus papeles. Ella, que a veces se dice “charrúa”, es más o menos treinta años mayor que el resto de los amigos.
Faltan años y decepciones antes de que Bolaño invente a Belano y le haga decir a Auxilio: “Soy la madre de la poesía mexicana”, o más íntimamente: “Yo conocí a Arturito Belano cuando él tenía diecisiete años y era un niño tímido que escribía obras de teatro y poesía y no sabía beber”.
En este punto de su texto, Bajter nos informa que “Alcira llegó a México el 7 de mayo de 1952. Tenía entonces 29 años y ya había trabajado como maestra rural”. Y más adelante dice:
Alcira tardaría 36 años en regresar de su viaje mexicano. Entre sus familiares esa aventura tan lejana tomó, con lentitud, el espesor de un mito. Sus amigos poetas veían en su existencia vulnerable una densidad que estaba destinada al arte: Bolaño le dio un lugar en el amplio fresco de Los detectives..., su libro más épico y picaresco, y le dio luego un libro entero y la voz del monólogo extenso de la novela Amuleto, donde relata otros episodios de la represión del 68.
Luego viene una extensa desviación del tema Bolaño/Alcira, en la que se habla esencialmente de los años de Alcira en México, pero hacia el final, el autor de este texto vuelve a juntar al escritor y a su musa:
Bolaño ha dejado de ver a Alcira desde 1976. Puede que su hermana Salomé le pase noticias. Escribe en Cataluña Los detectives salvajes, publicada en 1998: la voz de Auxilio lo persigue y el monólogo de pocas páginas obliga al escritor a continuar con el manuscrito de Amuleto: una novela musical para un solo instrumento que abría una trilogía interrumpida, que el chileno continuó con Nocturno de Chile. Son “piezas teatrales, de una sola voz, inestable, caprichosa, en diálogo con su destino”. El destino que asume para la protagonista de Amuleto es el de quien ha dejado todo para perderse en la poesía y el horror. Se dice que Alcira blasfemaba un poco: “¡Pinche Roberto!, por qué no me saca de esos libros…”. Ese supuesto rechazo a verse retratada por Bolaño no es más que una fantasía de la radicalidad postinfra, de la ortodoxia: Alcira estaba desaparecida cuando un espejo de ficción tomó su imagen.
(…)
El hilo de Los detectives salvajes y el final alegórico de Amuleto han fijado la leyenda y su fidelidad a la poesía, un canto a la solidaridad y un amor interminable a las cosas que acabarán en el despeñadero, como le gustaba decir a Bolaño. La Alcira de los testimonios convive, cálidamente, con Auxilio Lacouture: cuando se perciben en una realidad cuyo sentido es dado por la historia (documental, ficcional) se recupera un espectro que pertenece al arte. En una entrevista, Bolaño recordaba a Alcira a través de las ficciones: “Ella es como la testigo amnésica de un crimen que intenta recobrar la memoria, así que en ese sentido actúa también como una metáfora: los latinoamericanos hemos presenciado crímenes que luego hemos olvidado”. Ése es el pueblo que una mujer ganó al borde de la muerte y ésa es su metáfora y su inmolación. La existencia como una obra en la historia del desequilibrio.
Nota: a quien le interese, le puedo enviar el dossier completo en un archivo pdf a vuelta de email.

jueves, 22 de enero de 2009

Roberto Sosa, novelista por un día

El poeta Roberto Sosa. Fuente: elnuevodiario.com
¿Se imaginan al poeta Roberto Sosa publicando una novela de su autoría?
“…he llamado a Roberto Sosa, cuyo número de teléfono no figura en la guía telefónica de Tegucigalpa.
Había llamado por primera vez, desde San Salvador, a su homónimo quien, lejos de parecer decepcionado o irritado, habituado tal vez a que se dirigieran a él, siquiera unos segundos, como si fuera el poeta más famoso de Honduras, me facilitó amablemente el número de teléfono del otro Roberto Sosa”.
“La primera vez que nos vimos, Roberto Sosa me aseguró, por provocación, que si sólo escribiera poemas era para precaverse de la pesadez siempre un poco estúpida de la labor de creación novelesca. Sonreía al recordar la frase de Jorge Luis Borges, según la cual es mejor fingir que esos libros han sido ya escritos, y ofrecer de ellos un resumen, un comentario. A veces les ofrece argumentos a sus amigos, considerando que esa actividad puede cuando mucho constituir un juego de sociedad. Esta noche me propone que inventemos juntos la trama de una novela cuyo título elige: El asesinado.
Sorbemos también esas bebidas inspiradoras, invocamos al saludable genio de Johnie Walker mejor que el de William, y desarrollamos por turnos una intriga sobre el incierto futuro del comando Tupac Amaru, que sigue parapetado en la residencia del embajador de Japón en Lima. ¿Será el asesinado el presidente de la república de Perú, Alberto Fujimori, o bien Néstor Cerpa Cartolini, el jefe del comando?
Pero nosotros, que no somos amnésicos, que disponemos de los recuerdos del futuro, y hemos leído el ejemplar de El Nuevo Diario (¿Será que se refiere a El Nuevo Día o había en 1997 en Honduras un diario con ese nombre?) del miércoles 23 de abril de 1997, sabemos ya que los catorce miembros del grupo serán abatidos, morirán acribillados de balas en una operación del ejército peruano, al amanecer, después de habérseles prometido un avión para huir a La Habana.
El narrador que yo le proponía seguiría la historia de lejos, a través de la lectura de los periódicos. Es un viejo espectro vestido con un impermeable mugriento, tocado con una gorra de béisbol rojo vivo con una larga visera. El libro que escribiría sería un tratado puramente formal y binario: leería dos periódicos, en dos capitales de dos países fronterizos, dos viernes consecutivos. No sabría ya muy bien si está sentado ante unas hojas desparramadas al fondo del patio del bar Paradiso de Tegucigalpa o en la terraza del snack-bar Morocco de Managua, o incluso en la cantina de Los Pescadores de La Libertad, con hules en las mesas, donde temblequean unas velas y penden guirnaldas de bombillas multicolores en el cielo rojizo del crepúsculo. Junto a la barra, un juke- box desgrana boleros y entonces la ve, la adivina cada noche en medio del centelleo cegador que desciende sobre el Pacífico, y que dibuja por un instante su silueta borrosa a contraluz…”
Patrick Deville. Pura vida.

miércoles, 21 de enero de 2009

La H y la estatua de Morazán

Veamos cómo resuelve Patrick Deville el famoso asunto de la estatua ecuestre de Morazán en el parque de Tegucigalpa:
“…y según Sergio Chejfec, pueden cometerse otros errores más graves, o divertidos: sabía yo, por ejemplo, que la estatua de Francisco Morazán, en la plaza Morazán de Tegucigalpa, era en realidad una estatua del mariscal Ney”.
Y aquí entra otro personaje sorpresa, en un duelo habanero épico con García Márquez:
“…me concentré en un artículo de Eduardo Bahr, en el que rendía homenaje a Tegucigalpa, y que arrancaba con este inventario de la ciudad: dos ríos, doce puentes, seis montañas, dos catedrales, cien minas de oro abandonadas, mil calles, dos avenidas, cincuenta guerras civiles, quince gobiernos de uno a dos meses, un gobierno de dos días, seis dictaduras militares, una tiranía de dieciséis años, dos ciudades gemelas…
Respecto a la estatua ecuestre de Francisco Morazán, refiere, unas páginas más adelante, la pelea que tuvo con Gabriel García Márquez, un día en La Habana, a raíz de que el colombiano recogiera y propagara ese viejo rumor, según el cual la comisión de expertos en bellas artes, enviada a París para encargar la estatua de Francisco Morazán –la ocasión no era tan frecuente- entre cenas finas y revistas lijeras, no tardó en dilapidar las lempiras (sic) o las pepitas de plata del gobierno hondureño, conservando lo justo para regresar al país tras la adquisición, a precio de saldo, de una estatua ecuestre del mariscal Ney desechada por la Restauración”.
“Aquella misma noche invité a Roberto Castillo a cenar a una de las cantinas con techo de paja, donde las cenas finas consisten en rodajas de caracoles de mar y de huevos de tortuga. Su mirada se ensombreció de inmediato y recorrió recelosa los rostros de los clientes de las otras mesas, como si acabara de proponerle un golpe de Estado o un atentado”.
“El honor ultrajado tuvo una pronta y categórica respuesta: a la mañana siguiente me encontré en la recepción del hotel, el Lesly´s, otros artículos que aplastaban definitivamente el escorpión de ese rumor (…): la estatua ecuestre era obra del escultor Morice (…). Fue fundida, como lo demuestra un certificado, por la casa Thiébaut Hermanos (…). Y sólo el corte del uniforme pudo generar semejante calumnia.
El general Francisco Morazán no era soldado de carrera. Había combatido en tres o cuatro ejércitos de diferentes nacionalidades, cuyos uniformes no estaban claramente catalogados en la historia militar, de modo que el escultor parisino le había endosado lo que la Escuela de bellas artes de París consideraba que podía ser un uniforme de general durante la primera mitad del siglo XIX (…).
La mañana siguiente, tras leer los diferentes artículos que Roberto Castillo había mandado dejar para mí en la recepción del hotel, junto con los últimos números de su revista Galathea, (…), decidí que, en previsión de que las vicisitudes de la historia me obligaran algún día a solicitar un pasaporte hondureño, convenía poner fin a la polémica, y en lo que a mí respectaba, la estatua de Francisco Morazán era la de Francisco Morazán”.
Sobre todo este rollo de si la estatua de Morazán es auténtica o no, Miguel Cálix Suazo escribió un libro (publicado en 2005) precisamente con el título kilométrico de Autenticidad de la estatua de Morazán del parque central de Tegucigalpa. Ahí despeja de una buena vez todas las dudas y se despacha también a García Márquez con unas cuantas líneas.
Patrick Deville. Pura vida.

"Sin nombre" y su buena estrella en Sundance

El actor hondureño Edgar Flores en un fotograma de la película. Fuente: www.cinecinecine.com
Vaya sorpresitas con las que uno se topa a veces. Esta mañana, mientras iba en bus a mi trabajo, leía las páginas de cultura de La Vanguardia. Una de ellas se titulaba "El cine mexicano destaca en el festival de Sundance". Hablaba de los directores Carlos Cuarón y su hermano Alfonso, de Guillermo del Toro y de Alejandro González Iñárritu. Hablaba de la película del primero protagonizada por la inseparable pareja Gael García/Diego Luna. Hablaba también del director Cruz Ángeles y de su película Don´t let me drown (No permitas que me ahogue). Y remataba con la mención a una película especial. Veamos de cuál se trata:
"Pero sin duda el filme que ha dejado a todo el mundo hablando fue el que completó el doble programa del domingo en el Eccles. Producido por Canana Films, la productora de Luna y García Bernal, y Focus Films, Sin nadie (sic) es también un debut de director, el de Cary Joji Fukunaga, norteamericano de origen japonés. Se trata de un file de bajo presupuesto con actores casi desconocidos y hablado tanto en castellano como en el argot que utilizan las pandillas. Fukunaga relata en tono de thriller el viaje de una chica hondureña (Paulina Gaitán) a través de territorio mexicano para llegar a EE.UU., y su relación con un integrante de la Mara Salvatrucha (el hondureño Edgar Flores)".
Debemos suponer que "Sin nadie" es en realidad Sin nombre, y que el cambio del título se debe a un lamentable error del periodista redactor de la nota. Para confirmarlo, veamos la noticia original en la web del festival de Sundance: festival.sundance.org. Y nosotros que apenas la semana pasada leíamos en La Prensa que la película todavía se estaba rodando en México...
La noticia ha tenido eco también en estas páginas:

Desaparecer o no: that is the question

Por Giovanni Rodríguez
Hace como cuatro años presencié la muerte por suicidio de una mujer. La vi tirarse desde la azotea de un hotel del Centro. No sé cómo llegó hasta ahí, porque, según las declaraciones posteriores de los empleados, reproducidas por la prensa local, no hay manera de que alguien acceda hasta ese sitio si no es atravesando la suite, y ésta se encontraba desocupada y bajo llave.
El caso es que la vi quedarse largo rato viendo hacia abajo, a la calle, al parque, a la gente que caminaba por el parque. Yo estaba en el cuarto piso de un edificio cercano, en un balcón al final de un pasillo, esperando que dieran las cinco de la tarde, que era la hora en la que debían llegar los amigos, para tomarnos un café y hablar un rato.
Al principio pensé, distraídamente, que se trataba de alguna empleada que había llegado hasta ahí para fumarse un cigarro o simplemente para ocupar en la contemplación del paisaje urbano el prolongado rato de ocio del que disponía, pero cuando, después de olvidarla por un momento, volví a ver hacia el lugar en donde estaba y la encontré sentada, con las piernas hacia el vacío, en el delgado muro del balcón, supe que en la cabeza de esa mujer sólo podía estarse fraguando la idea del suicidio.
No hice nada, no podía haber hecho nada. Me quedé viéndola durante un tiempo casi interminable, como si, inconscientemente, estuviera agradeciendo la posibilidad del espectáculo al que el azar me invitaba a asistir. Hasta que la mujer se impulsó hacia delante y cayó uno, dos, tres segundos después, sobre la acera del hotel.
El cuerpo quedó boca abajo, sobre una mancha de sangre que apenas sobresalía de los límites de su cuerpo y de su ropa, con la cara destrozada desde su nariz hacia el lado derecho, que es donde se había producido primeramente el impacto, y con las piernas orientadas hacia la calle, una de ellas vuelta del revés. El tráfico se volvió lento en el tramo de la calle frente a la escena, mientras las voces de alarma de los espectadores se confundían con las bocinas insistentes de los carros de más atrás.
La imagen me ha perseguido durante todo este tiempo y me ha hecho pensar en mi propio suicidio. ¿Cómo haría yo para suicidarme si algún día lo decidiera, si en uno de esos arranques de adolescente incomprendido tomara la decisión de buscar la muerte? ¿Qué generaría el acontecimiento de mi muerte voluntaria en mi familia, entre mis amigos? Absolutamente nada. La familia probablemente lloraría dos, tres semanas; en mi mamá acabarían acentuándose los achaques que ahora empiezan a aquejarle; en mi papá se despertaría un sentimiento extraño: el de la nostalgia, y adquiriría la costumbre de quedarse durante largos espacios de tiempo viendo al vacío, sin pensar en nada; los amigos acabarían tomándome de pretexto para sus borracheras y lamentando, con gran solemnidad, mi temprana desaparición del mundo de la literatura; acabaría yo siendo otro de esos mitos de la historia del arte, sólo que a escala local. Y todos recordarían de vez en cuando mis peores chistes y mis mejores poemas; y quizá alguien se encargaría de publicar póstumamente mi novelita, esa que desde hace meses intento publicar sin éxito.
¿Y qué si decidiera morir ahora mismo? Pero no hablo de morir en el sentido estricto de la palabra. A estas alturas de mi vida el suicidio se me antoja una salida demasiado romántica, cursi, estúpida. Hablo de morir para los demás, no para mí. Hablo de desaparecer de la vida de todos, de esfumarme, de irme en cualquier momento a la mierda sin avisarle a nadie. ¿Qué pasaría? ¿Hasta dónde sería capaz de alterar, con mi “muerte”, la paz de los demás?

martes, 20 de enero de 2009

RCastillo soñó que llovía sobre su biblioteca

Roberto Castillo. Fuente: www.filmica.com/jacintaescudos
“Luego había vuelto a sonar el teléfono: Roberto Castillo proponía que nos viéramos a las diez en el bar del hotel”.
“Sentado ante un café en la barra del hotel Istmania, Roberto Castillo evoca su sueño de anoche: llovía en su biblioteca. Están reparando el tejado de su despacho en plena estación seca, y ha soñado que bajaba de las montañas una tormenta e inundaba su casa. Observa con recelo las nubes y los buitres que vuelan por encima de la antigua comisaría del general Álvarez”.
Más adelante, una breve descripción física:
“Fina barba negra de marino, pelo negro y rostro sonriente, severas gafas de cura, Roberto Castillo manipula con precisión y calma de letrado, filósofo en la universidad de Tegucigalpa y erudito narrador, un enorme Mitsubishi equipado con brújula y altímetro, y un indicador de inclinación del vehículo cuya aguja observamos por las serpenteantes callejuelas del barrio de El Bosque al norte de la ciudad”.
Recuerdo que pocos días después de leer por primera vez este libro, Pura vida, de Patrick Deville, publicamos en la ya desaparecida sección dominical de mimalapalabra en La Prensa unos fragmentos de La guerra mortal de los sentidos, la novela de Roberto Castillo. Luego publiqué también en este blog una reseñita que escribí de esa novela. Agradable había sido ya la sorpresa de encontrar a Roberto Castillo en las páginas de Pura vida, como el personaje anfitrión de Deville en Tegucigalpa, pero mucho mayores fueron la sorpresa y el agrado de recibir poco después un correo electrónico del propio Castillo, en el que me agradecía lo de nuestras recientes publicaciones sobre su obra. Más tarde me envió su último libro y una postal. Y luego vino lo que ya todos ustedes saben. Fue en enero, creo, en los primeros días del año pasado, que Roberto Castillo falleció. Sumo este sueño suyo de la lluvia sobre su biblioteca a mis recuerdos sobre él.

El ascensor de un hotel en H

Hotel Istmania de Tegucigalpa. Fuente: www.mundoanuncio.com

"Salir del ascensor del hotel Istmania, de nuevo indemne pese a los inquietantes ruidos de poleas, supone cada día un renovado placer".

La frase anterior es de Patrick Deville, de su novela Pura vida, y me hace pensar en esa manera, plenamente justificada, de ver a H que tienen los extranjeros. Todo el que llega a H lo hace con prejuicios y con un dossier mental lleno de historias de crímenes, de violencia, de miseria, de ignorancia. Todo el que pone por primera vez un pie en H se siente como PDeville al salir de ese ascensor del hotel capitalino: como un sobreviviente tras cada paso, porque sabe (presiente) que en cualquier momento alguien lo puede asaltar, extorsionar, engañar y hasta matar, o que, independientemente del pronóstico del tiempo, un huracán lo puede agarrar desprevenido en la calle. Pero sigue Deville:
"Me he llevado el periódico al lóbrego restaurante del hotel Istmania, que tal vez tuviera un toque elegante en los años cuarenta, desmesuradamente grande y alto de techo, gruesos manteles blancos almidonados, cuadriculado en relieve del planchado sobre la tela áspera y acartonada, barra de madera roja, rematada con espejos e hileras de botellas de aguardiente cuya visión me produce mareos esta mañana, de modo que he elegido un lugar que los sustraiga a mi mirada vidriosa".
Un francés en Macondo, pues, más o menos así.

Patrick Deville y la H

Imagen de la portada de la novela, publicada en 2005 por Seix Barral.

"Llegué a Centroamérica con el proyecto de escribir la vida de William Walker, un aventurero norteamericano del siglo XIX que se embarcó en una expedición bastante catastrófica rumbo a México, que llegó a hacerse elegir presidente de Nicaragua y que acabó fusilado en Honduras. Mientras recorría aquellos lugares siguiendo las huellas de su ejército fantasma, me pareció que, durante los dos últimos siglos, esa región del mundo había sido tan pródiga en héroes, traidores y cobardes como las provincias griegas y latinas de la antigüedad. También allí los hombres soñaron con ser más grandes que sí mismos y a menudo fracasaron. Empecé entonces a registrar las vidas de Simón Bolívar y de Francisco Morazán, de Augusto César Sandino, asesinado por el primer Somoza, o incluso del llamado Che.50, un agente doble enviado para espiar al verdadero Che en Sierra Maestra".

Es lo que dice el francés Patrick Deville sobre lo que acabó siendo su novela Pura vida, ambientada esencialmente en Nicaragua y Honduras. Con textos de esta deliciosa novela (que en lo sucesivo saquearemos impunemente) retomamos el hilo de la H, que ha pasado por las manos de autores tan disímiles como Sada, Bolaño, Borges o Pauls, para irnos con él por ese inmenso laberinto de la literatura universal en donde muchos han sucumbido a su discreto encanto.

En el principio fue Poe

Fuente: pedrophablo.wordpress.com
Cada vez que alguien que no tiene nada que ver con libros y se entera de que yo sí tengo mucho que ver con ellos me pregunta por qué me gusta tanto leer, le contesto que porque en mi primer contacto con la literatura a quien me econtré fue a Poe. "¿Poe? ¿Y ese quién es?", preguntan, y les digo que es el escritor por quien, desde muy pequeño, sentía el macabro placer de encerrarme en mi cuarto para leer sus cuentos, unos cuentos que leía de un tirón con el corazón palpitándome igual de fuerte que como probablemente palpitaría si hubiera visto un fantasma. La última persona que me hizo esta pregunta es Isabel, y me la hizo justo cuando pasábamos frente a mi librería de siempre y les manifesté a ella y a Carlos, su marido, mi intención de entrar para ver si ya había llegado un libro que esperaba. Al final de mi recorrido por las estanterías (prefiero hacer eso antes que ir directamente a la caja a preguntarle a la muchacha y que ella, ingresando en la computadora el apellido del autor del libro, confirme si lo tienen o no), durante el cual miraba de reojo a mis amigos también curioseando, repasando los lomos de los libros, extrayendo uno para leer la contratapa y luego devolviéndolo a su sitio, me topé con la agradable sorpresa de que Isabel llevaba a la caja el primer tomo de los cuentos de Poe, en la edición de bolsillo de Alianza y traducción de Cortázar, dispuesta a pagarlo y luego, en su casa, confirmar qué tan bueno era ese viejo medio pelón que, como les dije en determinado momento, tiene un leve parecido con mi papá. Se llevó a Poe, entonces, Isabel a su casa y desde entonces no he vuelto a verla. Han pasado dos semanas pero esperaré otras dos antes de llamarla y preguntarle que qué tal Poe, que si le ha acelerado las palpitaciónes del corazón por las noches, después del trabajo, antes de acostarse a dormir...
Me entero por los diarios y por internet de los 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe. En todo el mundo se preparan (o se desarrollan desde ya) congresos y encuentros de escritores para discutir su obra; algunas editoriales lanzan biografías y antologías. Yo, me propongo hacerle una de estas noches un modesto homenaje íntimo, discreto: lo llamaré "La noche Poetílica": vino y lecturas macabras, vino y "Enterrado vivo", vino y "El barril de amontillado", vino y "El corazón delator". ¡Salud por Edgar Allan Poe!