lunes, 11 de mayo de 2009

14-X

Foto de Lewis Hine
Foto de Dorothea Lange
Foto de Gordon Parks

14-X

Vivimos de amor y con amor,

de la fe nos mantenemos,

de la esperanza que nos sostenemos

verdaderamente pobres de solemnidad

de las cosas de la tierra. (El mundo

es otra cosa.) Vivimos de caridad

sin comprarnos nada regalándonos todo.

Vivimos de la caridad, de por vida suya,

de la caridad de vida de por vida.

Nada nos sobra. Nada nos hace falta.

Nuestra abundancia colma los veranos

para los otoños y los inviernos pálidos.

No conocemos otro cielo más que éste

que a lo mejor es el único,

el mismo que da sobre esta parda ciudad

la comba ala de su pájaro azul

reclinando de tarde en tarde

la bella cabeza sobre nuestra cabeza alzada

en alto, en vilo, rozándose.

Entre nos hablamos de tus ojos,

de tus manos mías, de mi frente tuya,

de tus zapatos y mi camisa,

de las sábanas con nombre tuyo y mío,

en monograma;

de las dificultades para mantener

siempre limpia la casa

con tanto polvo afuera,

silenciosa con tanta bulla de carros,

fresca ante tanto calor

y seca entre tanta humedad.

De lo caro de los víveres, la subida

de precios, los impuestos,

el alto costo de la vida.

De los poco amigos que tenemos

pero buenos como el pan y escasos

como los buenos libros, y hasta

de lo desconocido. De los mismos

gratos recuerdos que sólo a nosotros

hacen gozar porque somos

nosotros mismos; de lo que hicimos

este año y de lo que haremos

en el próximo; del sueño que tuvimos

y resultó verdad. De los niños

que se pierden en la plaza,

de los jóvenes que se embriagaron

antes de que comenzara la fiesta

y no se dieron cuenta,

y de aquella que se volvió triste

bajo la lluvia; del baile que no hubo

porque no había luz,

y de la vieja lámpara

que hicimos funcionar en la tiniebla

hasta que nos halló el alba,

en nuevo día,

solos uno en el otro,

los dos en nubes en verdadero música

bailando enamorados.

Del juego que iba a haber

y era mentira. De la muchacha

que encontraron muerta

y no se supo quién era. Del joven

que con varios amigos tuvo un accidente

fatal pero sobreponiéndose los llevó

a la clínica, llamó a los padres

y se fue a su casa

a darse cuenta con su madre

que iba muerto.

Edilberto Cardona Bulnes, Jonás, fin del mundo o líneas en una botella (1980)

Sobre Luciferes tardíos

-Cuando se ha sobrepasado la edad de la rebeldía, y continúa uno desencadenándose, el efecto es el de un Lucifer lelo.
E. M. Cioran

domingo, 10 de mayo de 2009

Vila-Matas imagina a Hopper

Stairway, el cuadro de Edward Hopper imaginado por Vila-Matas. Fuente: museumsyndicate.com
Si me propusiera hacer una revisión aproximada de la obra de Vila-Matas, empezaría enumerando algunas de las manías del escritor: las citas falsas, el tema de la desaparición, el de la impostura, los suicidios, etcétera; ya saben: lo obvio, como para entrar en calor; pero acabaría hablando de ese jueguito de escribir sobre cosas que él mismo propiciará después, sólo para darse el gusto de vivir lo que escribe, como ocurre en su relato "Porque ella no lo pidió", de Exploradores del abismo. A propósito de este relato, el propio Vila-Matas dice:
Este libro contiene hacia el final un relato largo, Porque ella no lo pidió, que sintetiza muy bien mi trabajo actual. Incluso pienso que sirve para responder a quienes me preguntan de qué tratan mis libros. Porque es posible que para entrar en mi obra, el mejor primer paso sea leer ese cuento, donde Sophie Calle tiene una actuación estelar.
Pero como en los años universitarios hubo abundancia de este tipo de "revisiones aproximadas" a la obra de muchos autores y además lo académico no es una de mis manías, me quedo sólo con observaciones como la que hago ahora en este blog. La observación de hoy tiene que ver con eso que menciono en el primer párrafo: el juego vilamatiano de escribir sobre lo que ocurrirá o de vivir lo que ya fue escrito. Como ejemplo, les dejo parte de la respuesta que Vila-Matas dio en una entrevista de hace algunos años:
Me fui a Cartagena de Indias habiendo escrito ya lo que me pasaba en Cartagena (risas). Es una provocación literaria. Una vez en Cartagena, como yo ya había visto el hotel en Internet, donde había una piscina y dos palmeras, provoqué que tuviera lugar la escena que yo había escrito. He ido a también a Mallorca y me han dado una habitación que no daba al mar y he tenido que alquilar un suplemento de 20 euros para que me dieran una que sí diera al mar. Sí que altero la realidad; pero la altero escribiéndola antes. He ido a Portugal y he dicho que en el hotel de Oporto llovería y yo movería la cortina de la habitación, desesperado y solo. Y como llovía, porque estaba previsto, moví las cortinas. Me reí solo yo mismo, desesperado. Ya lo había escrito para el domingo y el domingo se publicó algo que había ocurrido de verdad pero que había escrito antes.
Pero adonde realmente quería llegar es a las dos últimas entregas del Dietario voluble que Enrique Vila-Matas publica en El País cada domingo. En esos dos artículos, que son en realidad uno solo dividido en dos, el escritor portátil, el viajero incansable, el gran impostor (lo llamo así porque ya aburre un poco aquello de "shandy", aunque sé que después aburrirán también estos últimos epítetos) que es Vila-Matas nos habla de su fascinación por un cuadro de Edward Hopper que tiene frente a su cama en una habitación del hotel en que se hospeda en Nueva York. En todo el primer texto (Salir del cuadro) el compa se dedica a hablarnos de la inmovilidad que le provoca ese cuadro, un cuadro que es "una invitación paradójicamente preparada para que nos quedemos donde estamos". Pero vean lo que ocurre en el segundo texto (El cuadro que no está): el compa nos confiesa su mentira. ¿Cuál mentira? Pues que nunca estuvo ese cuadro de Edward Hopper frente a su cama de la habitación del hotel newyorkino. ¿Y por qué lo hace? ¿Por qué miente Vila-Matas? ¿Y por qué miente de esa manera? Pues porque de eso se trata su juego. Lean su Dietario voluble y verán cómo lo hace. Magistralmente, dicho sea de paso.

sábado, 9 de mayo de 2009

Los 10 de Zoetrope

Portada del último número de Zoetrope, diseñada por el cineasta Guillermo del Toro, quien además ilustra las páginas interiores.
En un artículo aparecido hoy en Babelia, en la sección "Crónicas de América Latina", Winston Manrique Sabogal apunta los 4 acontecimientos más importantes para la literatura latinoamericana en los últimos diez meses:
Empezó con el Premio Pulitzer 2008 a Junot Díaz (por La maravillosa vida breve de Oscar Wao), escritor de origen dominicano que escribe en inglés, a la cual siguió la Feria del Libro de Madrid dedicada a esos 19 países, más tarde fue el descubrimiento de Roberto Bolaño en Estados Unidos y su repercusión mundial y, ahora, la primavera ha llegado con una edición especial de la prestigiosa revista estadounidense Zoetrope: All-Story dedicada a diez narradores jóvenes.
El autor del artículo cree que los narradores seleccionados para este número de Zoetrope no son necesariamente los mejores de Latinoamérica, tan sólo representan "una muestra de la diversidad del actual mapa humano y literario que puebla el continente. De su vocación universal, cosmopolita y multicultural", pero también aclara que estos escritores sí están "alejados del tópico tropical que ha circunscrito América Latina a cercas y mojones macondianos" y que se expresan sólo através de sus cuentos, "sin palabras ni declaraciones sobre ellos mismos" o su obra.
Un retrato colectivo:
Nacidos al sur y al norte de la línea del Ecuador, estos autores han bebido de toda la literatura universal, y parecen estar más allá de nacionalismos. Pueden admirar tanto a Jorge Luis Borges como a Toni Morrison, releer a Homero como a Vargas Llosa, reconocer la innovación de Cervantes como de García Márquez, o aprender de León Tolstói como de Alice Munro. Y con influencias tan variadas como la música, el cine o las artes en general. Unos viven en sus países, otros fuera de ellos y alguno en periplo constante.
Su origen:
Este renovado interés por la actual literatura latinoamericana tiene su origen en Bogotá 39, el evento organizado por el Hay Festival en agosto de 2007 que reunió a 39 escritores menores de 40 años en la capital colombiana. Allí se verificó ese vigor literario, pero también se confirmó que para que su literatura se difunda o sea reconocida aún debe pasar por España, que sirve de gran altavoz y avalador. Otro impulso para esta edición especial de la revista de Coppola fue el libro El futuro no es nuestro, editado por Diego Trelles, que reúne veinte relatos de jóvenes escritores latinoamericanos.
¿Quiénes fueron los elegidos de Zoetrope?
Sólo tres del especial de Zoetrope: All-Story están editados en España: el cubano Ronaldo Menéndez, el argentino Patricio Pron y el chileno Alejandro Zambra. En la cola para disfrutar quedan, entonces, los otros siete: la uruguaya Inés Bortagaray, el boliviano Rodrigo Hasbún, la mexicana Aura Estrada, la brasileña Verónica Stigger, el venezolano Slavko Zupcic y los colombianos Carolina Sanín y Antonio Ungar. Mundos literarios a la espera de ser descubiertos más allá de tópicos.
Y para completar el panorama de la más reciente literatura latinoamericana:
Zoetrope ha abierto otra ventana a través de la cual si alguien se asoma un poco más podrá ver a otros escritores a cuya vigencia ha contribuido su publicación en España, entre ellos, Jorge Volpi, Santiago Roncagliolo, Guadalupe Nettel, Mario Bellatin, Iván Thays, Edmundo Paz Soldán, Andrés Neuman, Juan Gabriel Vásquez, Wendy Guerra, Gonzalo Garcés o Karla Suárez, varios de ellos con algunos premios. Un panorama al que podrían sumarse otros que, aunque también editados en España, podrían dárseles un poco más de impulso, como Leonardo Valencia, Eduardo Halfon, Álvaro Enrigue o el mismo Daniel Alarcón.

viernes, 8 de mayo de 2009

JEPacheco, uno de los últimos poetas

El escritor mexicano José Emilio Pacheco, en una foto de 2006.- ANXO IGLESIAS/El País.
La idea que se tiene de un poeta en estos tiempos de facebook y solidaridad global es muy distinta a la de antes. Antes, me parece, el "título" de "poeta" se ganaba a pulso, mientras que ahora basta con abrir un blog y depositar ahí todas nuestras esforzadas cagaditas para que a cualquiera se le ocurra llamarnos "hermano poeta" y le dé por transmitirnos sus abrazos de la manera que sea. Veo, con agrado, que le concedieron a José Emilio Pacheco, uno de esos poetas de antes y sin embargo tan memorablemente actual, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana por el conjunto de su obra. Él, se lo toma con calma y dice que el pisto le servirá para las consultas al médico, porque ya tiene 70 años. En El País de hoy leemos cosas como éstas:
"Estamos ante un hombre que les habla a los hombres en un lenguaje carente de artificios o de excesiva filigrana y verdaderamente empleado por ellos, comunicándoles un propósito que espontáneamente rebosa sentimientos poderosos", escribió Pura López Colomé de él en la revista Letras libres de mayo del 2008. Lejano a explicaciones sofisticadas sobre su obra, Pacheco adelanta que la parte económica del premio, que en esta edición está dotada con 42.000 euros, la empleará en médicos. "Tengo el padecimiento de tener 70 años, es un privilegio haber sobrevivido hasta aquí, pero ya nada funciona, todo tiene que estar constantemente siendo revisado, pasársela en consultorios médicos".
"Se caracteriza por tener una poesía de enorme exactitud, de enorme cultura, de enorme atención a los fenómenos inmediatos, donde configura una visión del mundo escéptica y a la vez afectiva. Ejemplo de eso es su poema sobre la patria, Alta traición", subraya uno de los editores del suplemento literario del diario Reforma, Sergio González Rodríguez, quien agrega: "Tiene una gran capacidad de conmoverse ante la tragedia ajena, una gran sensibilidad ante lo que ocurre a la comunidad que lo rodea, para luego darle un sentido poético a esa realidad".

martes, 5 de mayo de 2009

Ámsterdam (II)

Vista interior del coffe shop The Doors.
Por Giovanni Rodríguez
Salí del Blue Bird media hora más tarde, apestoso a marihuana pero sabiendo que esa circunstancia en Ámsterdam no constituye ninguna posibilidad delictiva. Me interné en la ciudad por unas hermosas callejuelas en las que, de cualquier parte, emergían grupos de yonkis, en su mayoría negros, ofreciéndome todo tipo de drogas, generalmente adulterada, como me informaría más tarde un empleado del hotel. Crucé dos pequeños puentes curvos y llegué al New Market, un edificio inmenso que a pesar de su nombre me daba la impresión de tratarse de un hotel y no de un centro comercial. Tenía dos torres a los lados, semejantes a molinos de viento, el símbolo de la ciudad.
Una oportuna mirada hacia la izquierda, en diagonal con el New Market, me ofreció la panorámica de otro sugerente coffe shop: el coffe shop The Doors. Debo entrar ahí, me dije, pensando que si no lo hacía estaría faltando a la amistad de Ricardo, el primer fanático de Morrison en Honduras, quien se ha jactado siempre de haber conquistado a la madre de su hijo sólo porque el día en que por primera vez ella lo vio, él andaba vestido con sus jeans rotos y sucios y su camiseta negra con Jim Morrison en el pecho.
Al lado del coffe shop de los Doors había otro: el Rocker, del que salían, junto con el olor a hierba, las notas de una canción de Yes que no supe identificar, pero yo ya había decidido entrar a saludar a Morrison y así brindarle un modesto homenaje a Ricardo. Opté por la mínima consumición: un porro de la variedad que quisiera por un euro solamente. Uno de Purple Haze entonces, pensando en la canción de Jimi Hendrix, lo que consideré una pequeña traición al lugar, a Ricardo y al mismo Morrison, pero esto era algo de lo que ni Ricardo ni Morrison iban a enterarse nunca. Me sentó muy bien el cigarrito, porque justo al empezar a fumarlo empezó a sonar Riders of the Storm. El efecto de la hierba no me impidió, sin embargo, pasar revisión del lugar: espacio reducido y muy poco iluminado; a derecha e izquierda de la barra, mesas bajas cada una con una silla a un extremo y un asiento en el otro, adosado a la pared; bajo el bar, una montaña de Cd´s; y todo decorado, cómo no, con afiches de los Doors.
Volví a pensar en el hipotético mundo feliz compuesto esencialmente por hombres y mujeres jóvenes que fuman marihuana y escuchan a los Doors, a Led Zeppelin, a Black Sabbath mientras hacen el amor en el suelo de Woodstock, pero recordé que eso ya había sucedido hace más de treinta años y decidí olvidarlo y pensar en otra cosa.
Después de salir del coffe shop me dispuse a recorrer sanamente las calles de la ciudad. Descubrí entonces las cabinas de putas de las que bien me había informado por Internet, que consisten en escaparates con un tubo rosa alrededor del cual las chicas hacen sus movimientos para invitar a los incautos como yo en esa ocasión a que les echen, en una habitación minúscula detrás de la cabina, un polvo por unos 60 u 80 euros la media hora. Pronto pude comprobar que una calle típica de Ámsterdam contiene una cabina de putas, una sex shop, un coffe shop, un bar, otra cabina de putas, otro coffe shop, etcétera, un paisaje hermosamente repetitivo.
El día siguiente, antes del mediodía, salí del hotel y me dirigí caminando a la Central Station. Y cuando el tren había emprendido la marcha, Ámsterdam me pareció una ciudad infinitamente grande e inagotable, una ciudad que a pesar de sus tópicos, de su aroma y su paisaje, te invita a volver y a quedarte ahí definitivamente.

viernes, 1 de mayo de 2009

Onetti en su pozo

Juan Carlos Onetti. Foto: FRANCISCO ONTAÑÓN/El País

Por Juan Gabriel Vásquez

El pozo no llega ni siquiera a nouvelle, ese género que los latinoamericanos han frecuentado con tan buena suerte, y sin embargo ahí está: para Vargas Llosa es “la primera novela” de Onetti, para Juan Villoro es una “novela breve”. Y bueno, una cosa es cierta: estas treinta páginas tienen densidad de novela, se sienten como novela. Los lectores de El corazón de las tinieblas, las noventa páginas de Conrad que cambiaron la literatura moderna, están de acuerdo en que el libro parece mucho más largo en el recuerdo; y algo parecido pasa con El pozo, que acabo de leer y que ya me comienza a estallar en la cabeza, porque en esas treinta páginas de su primer libro Onetti ha dicho cosas que a otros novelistas les toma treinta libros empezar a vislumbrar.
El pozo es casi un programa de vida: ahí ya están varios de los rasgos y las actitudes que formaron las novelas posteriores de Onetti, esa especie de fascinación pesimista con el mundo, esa recurrente voluntad de largarse del mundo real y buscar refugio en el imaginario. Eladio Linacero, el narrador, está a punto de cumplir cuarenta años, la edad, nos dice, en que todo el mundo debería escribir su autobiografía. Y eso es lo que hace, salvo que no escribe su biografía completa sino, por decirlo así, la biografía de un instante definitivo de su vida. Linacero era un adolescente cuando intentó violar a una muchachita de dieciocho años; no llegó a hacerlo, pero días después la muchacha se suicidó, y Linacero no puede evitar ver entre ambos hechos una relación de causalidad incómoda. Y ahora va moviéndose por ahí, en el espacio un poco ambiguo de Onetti, imaginando historias (“aventuras”, las llama) para escapar del mundo real y contándolas sin recibir nunca las reacciones que espera. Y eso es todo.
Pero eso, por supuesto, no es todo. Pues aunque Linacero no pueda saberlo, su autobiografía incompleta y un poco absurda acaba de abrir para la literatura latinoamericana caminos que llevarán, con los años, a las grandes novelas del boom. En eso, por lo menos, Onetti es un pionero al que debemos todo. El pozo ya es una novela moderna, y leerla junto con La náusea de Sartre es maravillarse de las corrientes ocultas que pueden unir a dos escritores que jamás se han leído, un poco igual que nos maravilla ver los parecidos inexplicables entre los mitos primitivos de pueblos que no hubieran podido conocerse. Y esas corrientes ocultas son doblemente sorprendentes cuando uno se da cuenta de lo que se estaba escribiendo en Latinoamérica en 1939, esas novelas “de la tierra” con que tantos escritores comprometidos habían mantenido la literatura latinoamericana atada con grilletes al siglo XIX.
“Que cada uno busque en sí mismo, que es el único lugar donde puede encontrarse la verdad”, escribe Onetti en un artículo de ese mismo año de 1939. “La literatura es un oficio: es necesario aprenderlo, pero, más aún, es necesario crearlo”. Onetti tenía treinta años, diez menos que su narrador, pero en El pozo ya sabía eso que dijo en otra parte y que explotaría en el resto de sus extraordinarias ficciones: “La literatura es una larga confesión”.
Tomado de elespectador.com

martes, 28 de abril de 2009

Ámsterdam (I)

Zona roja de Ámsterdam.

Por Giovanni Rodríguez

Ámsterdam, en un primer momento, me pareció un pueblecito: casas pequeñas y calles estrechas. Pero a medida que iba adentrándome y dejando que mis sentidos fueran invadidos por todo alrededor, la ciudad se me revelaba como lo que verdaderamente es: una gran y hermosa ciudad. Bajé del tren en la Central Station, al lado del puerto, y luego de quedarme contemplando durante un par de minutos un curioso reloj cuyo mecanismo funciona con el viento, lo primero que me llenó la mirada fue un enorme parking de bicicletas contiguo al hotel Ibis, donde tenía reservación para una sola noche. Había llovido y estaba todo mojado y reluciente, y alcancé a respirar, más con mi olfato imaginario que con otra cosa, un leve olor a cannabis venido desde donde supuse estarían ubicados los primeros coffe shops de la ciudad.
Ya en mi habitación del hotel, experimenté de nuevo esa sensación de levedad que se apodera de mi cuerpo siempre que visito un lugar desconocido. Desde el balcón de mi ventana en el tercer piso me quedé un rato disfrutando del paisaje, compuesto básicamente por las pequeñas embarcaciones –algunas de ellas hogares para sus ocupantes- sobre los canales de agua marrón cuyas orillas estaban forradas de hierba muy verde y las casas, casi siempre de tres o cuatro plantas, con el tejado gris, las paredes rojas y unas ventanas muy grandes.
Pero no contaba con demasiado tiempo como para malgastarlo en ese éxtasis contemplativo; la ciudad, con su oferta de libertad y placer, con sus coffe shops y su zona roja, reclamaba mi reconocimiento. Saqué de la mochila mi cámara, mi grabadora y mi libreta de notas y me lancé a la primera de mis exploraciones.
A 500 metros al interior de las primeras calles, en pleno centro histórico, ahora sí que pude confirmar las exactas propiedades del aire. Es el aroma de Ámsterdam, me dije, mientras pasaban por mi mente, en un orden extrañamente cronológico, mis primeros recuerdos con la marihuana, cuando tenía unos cinco o seis años y veía al más joven de mis tíos fabricarse aplicadamente unos cigarros diminutos que al encenderlos despedían más humo que un cigarro normal y ese aroma dulzón que ahora estaba respirando en la capital de Holanda. La ciudad, en ese momento, no difería mucho de la que había visto por la televisión o Internet y las sensaciones que producía eran similares a las que manifestaban esos jóvenes actores de las películas hollywoodenses que habían explotado el tema Ámsterdam: droga y sexo.
En el Blue Bird, un pequeño coffe shop con una fachada de vidrio y luces de neón, quise informarme acerca de los productos del cannabis y sus precios. El color amarillo, que siempre he relacionado con la enfermedad, esta vez, al comprobar que el interior del local estaba pintado casi absolutamente de ese color, no me causó desagrado sino más bien una cierta predisposición a la felicidad.
Dos o tres mesas a la izquierda y dos o tres mesas a la derecha. En el centro una escalera en espiral que conduce a una ventana. Ahí una muchacha rubia y bajita que aparenta unos 16 años pero que debe tener al menos 28. Ahí también la carta, con la oferta del establecimiento, que me la entrega la muchacha con una sonrisa nada impostada pero tampoco excesiva. A la izquierda, en la carta, el hachís; el más caro: el hachís de Marruecos: 5 gramos a 10 euros. A la derecha, las hierbas: Shark Attack, Blue Hash, Purple Haze, White Widow, Santa Sativa… Abajo, galletas naturales y de chocolate con marihuana: 3.50 euros cada una; setas y galletas de setas. Y en la oferta de bebidas: únicamente té: té de esto, té de lo otro, té de aquello, etc., nada de cerveza ni otras bebidas alcohólicas. Supuse que esto último se debía a lo desaconsejable de combinar alcohol y marihuana, porque lo primero inhibe a lo segundo, como yo había podido comprobar en muchas ocasiones cuando con mis amigos, entre cervezas y más cervezas, nos fumábamos unos porros sin que estos nos causaran el mínimo efecto. Pedí un té de menta caliente de un euro y me fui a una mesa de esquina, de las diez o doce repartidas detrás de la ventana, y mientras me lo tomaba me dediqué a observar a los parroquianos. Una buena parte eran franceses. Todos se veían relajados, sonrientes, felices, libres, algunos fumando y casi todos tomando un té parecido al mío. La música era bossanova y jazz básicamente y el ambiente tranquilo, sin nadie que alzara mucho la voz ni demasiados movimientos que alteraran la paz y una deliciosa somnolencia que parecía apoderarse de las cabezas de todos.
Imaginé entonces un mundo en donde todos estuviéramos permanentemente bajo el efecto de la marihuana o el hachís, y me gustó imaginarlo, pero sólo por un par de minutos. Después, pensé que lo mejor en la vida es saber elegir esos momentos y dosificarlos, para no volverlos parte de lo cotidiano.

Leer mucho y largarse de casa

Paul Theroux en un viaje en tren de Rennes a París realizado en 1999. Foto: DANIEL MORDZINSKI/El País.
Santiago Roncagliolo quiso entrevistar a Paul Theroux (Medford, Massachusetts, 1941) pero éste le dijo que no quería entrevistas, que mejor se sentaran, que hablarían y que si luego el peruano quería publicarlo, que lo hiciera. Hablaron entonces, de viajes, de política, de literatura y de amistad. Dos de las respuestas de Theroux qué más me gustaron tienen que ver con la escritura. La primera:
Viajar es crucial para escribir. Cuando alguien me pide un consejo para ser escritor, siempre le doy dos: lee mucho y lárgate de tu casa.
La segunda:
Un hombre feliz no puede ser escritor. Está demasiado ocupado siendo feliz.
El resto pueden leerlo con un clic aquí.

lunes, 27 de abril de 2009

Julio Escoto: su guerra y su paz

El escritor Julio Escoto. Fuente: laprensa.hn
En la edición de hoy de La Prensa, Carlos Rodríguez pregunta a Julio Escoto algunas cosas relacionadas con la puesta en escena por Damario Reyes de su novela Bajo el almendro... junto al volcán. Aprovechando la circunstancia (o más bien complementándose mutuamente las dos circunstancias), el escritor publicará una edición de lujo de su novela, aparecida originalmente en 1988 y en la "que predomina el tema de la guerra, la hondureña-salvadoreña ocurrida en julio de 1969". He aquí algunas de las respuestas de JEscoto:
¿Está satisfecho con el guión escrito por Damario Reyes?
Sí. El guión recoge las aventuras centrales de la novela, caracteriza teatralmente a los personajes y desarrolla la tensión propia del drama que se cuenta en el libro original, el cual no es, como pudiera creerse, la invasión de El Salvador a Honduras sino la invasión al pueblo de Honduras por su propio ejército nacional, en la década de 1960 desde luego. El guión es lineal conforme a los sucesos de la novela, no ha habido cambio o traslación alguna de situaciones, como tampoco se varía el modo de ser de los caracteres. Supongo que por razones de audición, Damario Reyes eliminó a un personaje enano que llega al pueblo con los cirqueros y que es muy pícaro, así como suprimió la presencia del telégrafo, por ejemplo, pero son cambios mínimos que no afectan el contenido central del montaje.
En la respuesta a la siguiente pregunta de Carlos, Julio nos recuerda modestamente una de sus glorias pasadas y además, nos ofrece, sin querer (y sin saber) una prueba más de que lo que ha venido jodiendo a mucha de la narrativa hondureña de los últimos años es esa absurda intención moralizante, la que ha derivado, la mayoría de las veces, en textos planos y hasta panfletarios, textos que aspiraban a ser literarios pero que se quedaron en la mueca patriótica o pedagógica:
¿A 21 años de publicación de su libro, cambiaría algo del mismo?

No creo ni podría. Aquella escritura obedeció a un estado de ánimo particular y a motivaciones de época, así como a un determinado grado de madurez personal y de autor, está bien como quedó, no cambiaría nada. Como la obra fue escrita en 1983 y publicada en 1988, tuve algunos años para meditar sobre ella y pulirla como deseaba. La primera versión por ejemplo, que fue finalista de un gran certamen en España en 1983 [se refiere al Premio Sésamo de novela breve], era un chorro de texto, una vorágine de narración sin puntos ni comas, sólo dividido el bloque de relato por tres títulos o capítulos. Lo modifiqué hacia 1985 y me gusta más de esta manera. Otro elemento que varié fue el final. En la versión original el Capitán Centella terminaba maldiciendo y prometiendo que "la próxima guerra la vamos a hacer nosotros", dando a entender que favorecía una revolución armada. Leyéndola con calma pensé que en vez de incitar a la guerra debía incitar a la paz, y quedó como ahora está.
¿Eduardo Bähr, usted y aún Castellanos Moya aprovechan este hecho histórico y lo llevan a la literatura, ¿este suceso aún es una veta que podría generar otras obras?
Sí, porque cada año se recogen nuevos testimonios, se revelan otros documentos y surgen frescas interpretaciones. Eso en el área propicia a ciencias sociales. En el campo artístico no conozco música, danza, teatro ni poesía dedicados a aquel suceso, excepto lo poco que surgió en el mismo 1969. La revista "Nocturnal" va a publicar en su próximo número un artículo mío donde recuerdo cómo era la vida con los proletarios salvadoreños en nuestras ciudades, lo que será un complemento. La veta apenas si ha sido tocada, en particularidad considerando que este suceso fue uno de los tres mayores del siglo XX para Honduras. Los otros, por su terminalidad, fueron probablemente la dictadura de Tiburcio Carías y conjuntas la huelga bananera de 1954 y el ascenso al poder del liberal Ramón Villeda Morales.