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domingo, 7 de septiembre de 2014

El ruido y la furia de James Franco

Una de las primeras imágenes de El ruido y la furia, protagonizada y dirigida por James Franco.

Es difícil imaginar una adaptación cinematográfica de El ruido y la furia, aunque nos enteremos ahora de una hecha en 1959 por Martin Ritt, pero James Franco se ha atrevido y acaba de presentarla en la Mostra de Venecia, fuera de competición. Todos sabemos que Franco tiene una carrera exitosa como actor pero pocos sabemos que ha dirigido algunas películas, que estudió filología inglesa y escritura creativa en las Universidades de Yale y California, que publicó un libro de cuentos, que imparte clases en algunas universidades y que se interesa particularmente por las películas que tengan una relación más estrecha con la literatura. El asunto es que últimamente James Franco ha estado haciendo películas basadas en obras literarias o en escritores: una versión de Mientras agonizo, de Faulkner, otra sobre Bukowski, otra sobre Allen Ginsberg... Pero volvamos a El ruido y la furia, de la que hasta el momento no se ha dicho mucho:
"La novela escogida por el actor, hijo de una profesora de literatura y autora de libros infantiles, no era la más sencilla que podía adaptar. Franco, que se reserva el papel de Benjy en un auténtico festín de histrionismo interpretativo, ha apostado por una simplificación de la novela en esta adaptación. Para empezar, se ha desprendido del último capítulo, relatado por un narrador omnisciente, y ha apostado por centrarse en los pasajes que más le interesaban para comprimir las 350 páginas de la novela en 110 minutos de metraje" (El País).
"Hay algo esencialmente admirable en un tipo que se lanza a la dirección adaptando a Faulkner, McCarthy y otra vez a Faulkner. Y que lo hace buscando soluciones estéticas y narrativas (por muy discutibles que sean) que sirvan visualmente a los experimentos con el lenguaje y el punto de vista de los escritores que le gustan. Todos los que hayan leído «El ruido y la furia» saben que es tan imposible de adaptar como el «Ulises» de Joyce. Sin embargo, y fuertemente influido por el estilo asociativo de Malick, James Franco logra que los monólogos interiores de cuatro de los miembros de la familia Compton se traduzcan en imágenes mentales que se corresponden con el carácter y la sensibilidad de cada uno de ellos, y a pesar de los saltos en el tiempo, la historia llega con claridad al espectador". (La Razón).
“Mis películas como director nunca serán blockbusters, ni quiero que lo sean. El cine también puede ser arte puro y no solo entretenimiento para ganar dinero”, dice Franco, que además es profesor de literatura en Yale, integrante del grupo musical Daddy y autor de un libro de relatos, Palo Alto, inspirado en su adolescencia.

miércoles, 11 de julio de 2012

El universo Faulkner


Faulkner escribiendo un guion para la Warner Bros.
En El País dedican hoy unas páginas a William Faulkner, que anda celebrando cincuenta años de haberse largado de aquí, con un breve perfil y algunos pincelazos de parte de seis escritores. Juan Gabriel Vásquez y Javier Marías son dos de ellos y sus comentarios sobre el Nobel norteamericano pueden leerse al final de esta nota:
Ese hombre con el pelo blanco y bigote entrecano vestido con camisa blanca de algodón un poco arrugada y corbata a rayas que teclea una máquina de escribir en su estudio rodeado de libros, es el mismo hombre que está sentado en una terraza bajo la luz de California con gafas de sol, exhibiendo su piel bronceada sin camisa, bermudas blancas y zapatos con calcetines, inclinado frente a otra máquina de escribir. Dos imágenes distintas de un mismo autor que escribió por placer y por dinero pero con la misma entrega caudalosa de palabras al servicio de historias insólitas que iluminan sombras de la naturaleza humana. Se llama William Faulkner y es uno de los escritores a quien más deben los autores de la segunda mitad del siglo XX.

William Faulkner durante sus días como guionista de la Warner Bros, en California / Time & Life Pictures/Getty Image Alfred Eriss.

Los ecos de su torrente literario, aunque han pasado por diferentes decibelios en estas décadas, estos días suenan con fuerza con motivo del cincuentenario de su muerte, 6 de julio de 1962, a la edad de 64 años. Fue el creador de un calculado universo caótico reflejado en su nombre laberíntico: Yoknapatawpha. Un territorio ficticio inspirado en el condado de Lafayette (Misisipí) y el sur de Estados Unidos, en su época de derrota y abandono y donde el Tiempo tiene vida propia para que Faulkner lo muestre no solo oxidado o lento, a veces, sino también con un movimiento de electrón. Allí suelen transcurrir la mayoría de sus historias innovadoras en forma y fondo a la que tanto deben escritores de todas partes del mundo, especialmente, latinoamericanos que van desde Alejo Carpentier y Juan Rulfo, hasta Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa pasando por Juan Carlos Onetti y Guillermo Cabrera Infante quienes siempre reconocieron su influencia por obras como El ruido y la furia, Mientras agonizo, Santuario, Luz de agosto, ¡Absalón, Absalón!, Las palmeras salvajes
…Historias faulknerianas que zigzaguean y penetran en las zonas de penumbra y oscuras de las emociones y los sentimientos y la razón y los instintos del ser humano en una maraña perfecta donde el tiempo, el espacio y la acción están concebidas solo para ese mundo y no para otro.

LA HISTORIA
Juan Gabriel Vásquez
Tiempo, espacio y acciones de criaturas, predestinadas o no, pero hijas de la Historia. “Ayer no terminará sino mañana', escribe Faulkner en Intruso en el polvo, 'y mañana comenzó hace diez mil años”, recuerda Juan Gabriel Vásquez, que tiene una relación especial con el escritor estadounidense. Algo que para él es una “peligrosa obsesión (la idea de que somos el producto indirecto de varias generaciones, de que nuestras tristezas y nuestra bienaventuranza son el resultado de una conspiración antigua) que ha moldeado mi ficción y es, creo, la manera más rica en que puedo leer a Faulkner”. Reconoce, entonces, que, tal vez por eso ¡Absalón, Absalón! le sigue sorprendiendo: “pocas novelas han explorado de manera tan rica el carácter inasible de la historia, su terrible ambigüedad y nuestra incapacidad para dar una versión única y confiable de ella. Contar una historia, nos dice esa novela, contar nuestro pasado, es modificarlo: no hay relato puro. 'Tal vez no hay nada que suceda una vez y se termine', dice o intuye Quentin. Lo que hay es hechos con consecuencias interminables y que, para rizar el rizo, son distintos según quien los cuente”.

EL ESTILO
Javier Marías
La fuerza extraordinaria de Faulkner está en su estilo, afirma Javier Marías. Un estilo que, agrega, lo emparenta con Proust, que ha sido una de sus influencias, y con Henry James. Lo que lo distingue de ambos “son sus párrafos largos, como si surgiera a borbotones hasta el punto de que es menos respetuoso con la sintaxis que ellos; como si a veces dijera: 'la sintaxis no me importa'. Incluso lo llegó a decir: 'Si meto tanto en un solo párrafo es porque no sé si voy a llegar vivir al siguiente'. Esa exuberancia borbotónica da a su estilo una fuerza que atrapa y convierte cada página en una suerte de oleada que atrapa al lector y que nadie jamás, ni antes ni después de él, se aproxima a esa prosa”. Para Marías, se trata de un autor más rupturista que el propio Joyce, “que es más deliberadamente rupturista, en Faulkner todo parece más natural”. ¿Una obra? Las palmeras salvajes.