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Corran la voz:
lunes, 17 de marzo de 2008
Un amor muy pero muy cortés
Chesil Beach. Ian McEwan. Anagrama. 192 Págs.
Les faltó carne y deseo, como dice una canción de Pablo Milanés. Y cuando llegó el momento, no supieron hacerlo. Es lo que sucedió en su noche de bodas. Pero este episodio, más que el centro de la novela es su punto de partida, porque lo verdaderamente importante no es el hecho sino lo que este hecho desencadena.
“Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible”. Así comienza Chesil Beach, la última pequeña y enorme novela de Ian McEwan. Este inicio ya nos pone al corriente de lo que viene: una pareja de recién casados enfrentados al difícil momento de su primera noche juntos, pero lo que en una pareja cualquiera sería primero el reto y luego la prueba superada con mayor o menor talento por parte de sus concursantes, en esta que nos ocupa, la de Edward y Florence, el acto, la ceremonia más esperada, deriva en otra cosa.
Con la maestría y la elegancia que lo caracterizan y con la música de fondo que en sus novelas funciona a la manera de una banda sonora, McEwan construye este pequeño monumento narrativo a partir de un episodio simple, pero acaba convirtiéndolo en un asunto complejo en el que la extrema cortesía propia de la época y de la sociedad inglesa viene a ser el elemento clave, el más importante para la vida de los personajes.
Edward y Florence han decidido pasar su noche de bodas en un hotel de la costa de Dorset. Después de una cena servida en su habitación por un par de mozos discretos y eficientes, durante la cual, cada uno desde su propia forma de la prudencia, ha sopesado, con curiosidad, con nerviosismo, pero también con temor, los movimientos, los gestos y las palabras del otro, se dejan ir hacia la cama y entonces empieza el encuentro definitivo. Edward trata torpemente de llevar la iniciativa con besos y caricias que poco a poco a Florence le van pareciendo incómodos y hasta repugnantes: “Quería que la lengua de Florence realizace alguna actividad propia, engatusarla para que formasen un horripilante dúo mudo, pero ella sólo acertaba a encogerse y concentrarse en no forcejear, contener las arcadas, no sucumbir al pánico”. Aquí es donde se produce “el desastre”, como lo llama Edward, y vienen las consecuencias. Ambos tratarán de reencausar el amor, pero como ya se sabe, nunca basta todo el amor del mundo.
La pareja sabe que sus vidas están sustentadas en ese amor que se han jurado frente a un altar en la casa de Dios hace algunas horas, y en función de ese amor se empeñan en satisfacer cortésmente las demandas inherentes al matrimonio. Hay que consumar el matrimonio y al mismo tiempo hay que luchar contra los prejuicios propios, hay que aprender a descubrir el límite de los deseos propios y ajenos; en definitiva, a la hora de hacer el amor por vez primera, cada uno de ellos tiene que empezar a conocerse a sí mismo, y más allá, a conocerse a sí mismo con respecto a su pareja. Esto es un reto que él enfrenta si no con entera confianza, al menos con la disposición correcta, lo que no puede decirse de ella, que desde el principio, con la intención de no desentonar, precipita las cosas hacia resultados inesperados.
Al momento del sexo las certezas emanadas de su condición de recién casados (“obligaciones matrimoniales”) derivan algunas veces en equívocos: lo que Edward cree un avance espontáneo de su mujer, provocado obviamente por su deseo sexual, no es otra cosa que la primera reacción acaso defensiva de Florence ante la inminencia de un acto al cual llega con todas las dudas posibles; y las pequeñas decisiones –aparentemente correctas- que ella va tomando en el transcurso del acto son en realidad pequeños, sucesivos y decisivos errores.
De entre las novelas anteriores de Ian McEwan, Ámsterdam podría considerarse una divertida comedia sádica, Sábado sería un drama fuerte de la época actual, y Expiación, una extraordinaria historia de culpa y condena. Aún no he decidido si considerar Chesil Beach una gran lección moral, una historia tragicómica o un magistral ejemplo de ironía; podría ser todo eso a la vez; lo cierto es que McEwan es uno de esos raros y perfectos escritores a los que hay que leer completos, pues uno sabe que ésta no será su última obra maestra.
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Reseñas
sábado, 8 de marzo de 2008
Por fin, la noche sampedrana
En esta reseña Hernán Antonio Bermúdez examina Las virtudes de Onán (2007), libro de relatos de Mario Gallardo, y, más allá de los juicios acerca de los temas y el estilo, hace un feliz descubrimiento: el de la ciudad de San Pedro Sula como escenario -hasta ahora virgen- para la ficción. Según el crítico, este libro constituye "la primera aproximación a una topografía literaria sampedrana".
Hernán Antonio Bermúdez
“Nada tan efectivo como la violencia rural en el espacio urbano, si se la sabe emplear de modo fulminante y teatral”.
Roberto Castillo
Hace poco más de un año apareció Las virtudes de Onán, libro que agrupa cinco relatos de Mario Gallardo quien, conocido hasta ahora como autor de las antologías El relato fantástico en Honduras (2002, 2004) y Honduras. Narradores siglo XX (2005), incursiona por primera vez en la narrativa con su propia voz.
Se trata de un libro refrescante donde proliferan los axiomas de la lujuria y el sexo es la única lingua franca. Intensamente erótico, en buena parte de Las virtudes de Onán se asiste a una especie de rapacidad sexual, narrada con desparpajo, como pocas veces se ha visto en la narrativa hondureña. La única comparación posible sería con la desinhibición lúbrica que ha solido desplegar en su obra Horacio Castellanos Moya. Fuera de éste, nuestros mejores narradores, Marcos Carías, Eduardo Bahr, Julio Escoto y el mismo Roberto Castillo, lucen recatados al lado de Mario Gallardo.
Y es que así labora la historia literaria: cada generación subsana los vacíos de sus antecesores (Gallardo es cinco años menor que Castellanos Moya y doce años menor que Roberto Castillo), cada generación –así como cada escritor individual- formula sus propias demandas a la literatura, y posee sus propios apremios expresivos.
Cabe destacar la notable habilidad de Gallardo para insuflarle vida a la composición de sus relatos, tanto en el bosquejo de los personajes como en el tejido de la temática total, pues cada hilo de la trama está entreverado para configurar el repertorio cuentístico del libro (a excepción de “El discreto encanto de la H”, más ensayístico –o digresivo- que narrativo).
Las virtudes de Onán es un libro del todo legible y capaz de valerse por sí mismo, y existe merced a la persistencia de una tonalidad y de un estilo. Éste es simplemente el ritmo narrativo que mejor se acopla a la forma en que el autor se imagina la realidad.
Además de su osadía erótica, Gallardo sabe evocar la vibración y atmósfera de San Pedro Sula que, hasta ahora, conserva su virginidad en el plano de la ficción.
El autor es capaz de mostrar la geografía literaria de una ciudad, a veces inventada y a veces real, a ratos generada por una operación memoriosa, a ratos surgida gracias a una elaboración imaginativa.
En efecto, Gallardo ha edificado una primera aproximación a lo que sería una topografía literaria sampedrana, más real que inventada, menos imaginada que existente. Ciudad sitiada por ladrones, hampones y criminales, donde la violencia y el peligro acechan de continuo, y se vive bajo el asedio permanente de la bestialidad. Y, por si fuera poco, espantosamente provinciana, de la que se está tentado de escapar.
Se trata de una prolija empresa estética: la ciudad elaborada, imaginada y evocada por el autor de Las virtudes de Onán emerge como resultado de un empeño en el cual la realidad es fabulada para que, una vez dentro del ámbito de la ficción, lo verosímil y lo inverosímil (o, si se prefiere, lo posible y lo imposible, lo creíble y lo increíble) se encuentren e interactúen en un mismo nivel: el narrativo.
Así, se dan los primeros pasos para configurar un cosmos urbano en el valle de Sula, tan ficticio como realístico, tan cabalmente inventado como perfectamente plausible. Gallardo ha iniciado, pues, la elaboración de una ciudad literaria que, si bien sólo es dable en la imaginación, resulta del todo apta para revelar esa otra que, perturbada, yace a la sombra del Merendón.
San Pedro Sula, la urbe que sirve de escenario para los relatos agrupados en este libro, pareciera destilar una pócima viscosa y turbia que impregna a sus habitantes pero, al mismo tiempo, resulta atractiva pues constituye la única instancia donde la vida cobra sentido para sus moradores. Vale decir, la ciudad conforma al individuo, lo moldea, y no a la inversa: lo habita, es –a su vez- personaje y no mero paisaje.
De allí que Heimito, el protagonista del excelente relato “Noche de samba bárbara” (quizá el mejor junto con el que le da nombre al libro), se lance (previo paso por Copán Ruinas) al tránsito desasosegante de una ciudad que parece estar dispuesta a cumplir una amenaza que apenas se hace explícita, aunque al final Wilmerio, su inminente asesino, “oprime con fuerza el puñal” (p. 48).
Tanto en “Noche de samba bárbara” como en “Las virtudes de Onán” el lector es llevado a sumergirse en el trajín nocturno, bacán y pecaminoso, del trópico absoluto. Al calor de las cervezas “Salvavida”, y de los efluvios de la marihuana, la promesa sexual agita los sentidos e incita al aturdimiento, lo que le costará la vida a Heimito, ese austriaco alborotado y gozador. Onán también será sórdidamente liquidado por haber sido testigo involuntario de un acto homosexual protagonizado por un jerarca militar, tras una larga noche bohemia y accidentada, en cuyo transcurso asiste al primer “Miss Honduras Tercer Sexo Belleza Nacional”.
Las virtudes de Onán está poblada de guiños a novelas como Tres tristes tigres, de homenajes literarios (a Cortázar y a otros conspicuos miembros del “boom”), de referencias musicales, roqueras, de alusiones al cine, de descalificaciones e improperios. A ratos, el autor no parece contenerse al airear sus “simpatías y diferencias”, resuelto a “marcar”su territorio.
Se sabe que cada libro interactúa de manera impredecible con el medio histórico-cultural que le es propio, y los mejores escritores son aquellos que contienen en sus obras una buena parte de la dialéctica de su cultura y de su época. Aldo Busi alude a ello en términos más prosaicos: el escritor es el guardarropas del teatrillo de su tiempo.
En ese sentido, Las virtudes de Onán es un libro clave para entender las entrevisiones de una nueva generación literaria hondureña. No se trata, aclaremos, de un documento sobre un momento determinado ni la manifestación de un cierto género o programa. Se trata, ante todo, de la expresión única de la visión individual de su autor, cuyo brío y audacia sobresale en la “noche de Walpurgis” tanto de Heimito como de Onán (ese alter-ego del narrador), en la que toda apariencia de orden resulta, a la postre, demolida.
Hay pocas fallas en esta obra: es inevitable mencionar expresiones flojas como “viajar hacia el pezón y retorcerlo con pérfida dulzura” (p. 20); “(el) vacío intergaláctico de su estómago” (p. 35), o “para un detestable y adorable vago como yo” (p. 60).
Debo igualmente admitir que las alusiones a Horacio Castellanos Moya en la página 75 me desconciertan, habida cuenta de la reciente tentativa de adjudicarle el premio nacional de literatura, y de los argumentos válidos esgrimidos por Rodolfo Pastor Fasquelle al respecto, que no es del caso reiterar.
Nada de lo anterior opaca el valor de un libro herético, provocador, de meritoria valentía y de una solidez incontrastable. Las dotes de narrador de Mario Gallardo le auguran una prometedora carrera literaria.
Quito, 6 de marzo del 2008
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Reseñas
A la sombra de los árboles de mango
La que sigue es una reseña del libro Figuras de agradable demencia, de Roberto Castillo, escrita por uno de los críticos que más y mejor conoce su obra. Fue publicada una sola vez el 25 de mayo de 1985 en el entonces suplemento cultural de diario "Tiempo" dirigido por Roberto Sosa cuyo nombre era "El ciempiés cojo".Hernán Antonio Bermúdez
“No seguían hacia el centro, sino que agarraban por las calles laterales donde la penumbra que caía de los árboles de mango, las risas y las pláticas que siempre llevaban con ellas, la frescura de sus rostros y el calor de sus cuerpos las convertían en fantasmas graciosos que le daban una vida extraña a la ciudad calurosa”.
Con la publicación de su tercer libro en menos de cinco años, Roberto Castillo muestra que ha logrado imponerse una disciplina de trabajo, fenómeno más bien escaso en la literatura hondureña. Cualquier lector que haya seguido de cerca la producción del autor de El corneta (1981) y se haya dejado cautivar por sus textos, encontrará en Figuras de agradable demencia material apetecible que amplía y enriquece el universo narrativo iniciado en Subida al cielo y otros cuentos (1980).
En efecto, en los relatos agrupados en su obra más reciente Roberto Castillo afina sus obsesiones temáticas, se alimenta de sus ficciones anteriores y correlaciona los elementos de unas y otras de modo tal que todos sus trabajos constituyen un tejido de fijaciones y líneas recurrentes.
Así, en la trama de Figuras de agradable demencia vuelven a despuntar tópicos ya trajinados como el sexo, los sueños, los ambientes de burdel y cantina, la demonología, los arrebatos místicos, acompañados de los correspondientes curas, militares, orates y prostitutas. Existen cuentos que comienzan con una historia específica y, a la postre, se desbocan en ramificaciones que van más allá del relato mismo. A veces se establece un contrapunto entre lo personal y lo distanciado, y el narrador se incluye en –y se aleja de- la fábula como si pudiese entrar y salir a su antojo.
Hay asimismo una búsqueda por darle caza a giros casi que exclusivos de la palabra hablada, sobre todo de expresiones típicamente juveniles y/o rurales.
El encanto literario de este libro proviene de la densidad del provincianismo, del desciframiento de la épica local. A ello se le suma el talento para crear un mundo imaginario, propio de quien sabe captar la veta de maravilla que a menudo se desprende de las cosas más domésticas. Estas facultades perceptivas de Castillo van acompañadas de una notable soltura expresiva, visible en la agilidad del ritmo y en la limpidez de la frase. El hilo argumental fluye diestramente, y las inflexiones de la prosa discurren con el tono desenfadado de la conversación. Aquí los recursos del lenguaje oral (sobre todo de la procacidad sin límite) se integran con naturalidad en el torrente verbal de la obra.
Ajeno a cualquier especie de introspección, el único temple subjetivo que se permite el autor es la saeva indignatio del satírico, y la actitud de empatía con la materia narrada se halla mediatizada por una distancia crítica. Resulta claro que buena parte de Figuras de agradable demencia alude a alguna gestión vivencial que ejerció en el cuentista un efecto perdurable. La intensidad de esas experiencias le condujo a emprender una elaboración literaria capaz de ajustar cuentas con las intrigas de la memoria y, por supuesto, de verbalizarlas. En tal sentido, el libro no puede evitar un cierto aire de bildungsroman colmado de material autobiográfico, de fragmentos de lo que Pavese llamaba la “mitología privada” del autor.
Al margen del afán escolástico de inventariar los ecos de otros narradores en la obra creativa de Castillo, es preciso señalar la impronta vargasjoyceana, o sea, su coincidencia con escritores que han trabajado el tema de la infancia y de la adolescencia. Al lado del Vargas Llosa de La ciudad y los perros y de Los cachorros estarían Alfredo Bryce Echenique, José Agustín, Gustavo Sáinz y, de manera especial, el colombiano Andrés Caicedo. Pues qué duda cabe de que en “El atarantado” (el relato de mayor extensión y eje central de este libro) hay extraordinarias similitudes con las voces de aquellos jóvenes de la ciudad de Cali que Caicedo supo recoger fervorosamente en sus narraciones.
El protagonista de “El atarantado” es un alumno a primera vista distraído y displicente, que “aprendió desde el principio todas las mañas que deben manejarse en un colegio de curas” (p. 91) y que, tras su aspecto bobalicón, posee una respetable capacidad de inmunización frente al medio circundante. Así, sale indemne no sólo de las mortificaciones de sus condiscípulos sino de los rigores de los “retiros espirituales” promovidos por las autoridades escolares. A través de su pasión por el ciclismo conoce a las pica-hielo (1), cuya aparición, “febril e inesperada” (p. 126), conmueve al alumnado (2), y con la mayor de las cuales, la Ana Julia, conocerá el sexo por primera vez. Otro personaje es Jimmy, un compañero de clase, reincidente seductor de meseras que, tras las secuelas expiatorias del “retiro espiritual”, experimenta un sueño-pesadilla (3) que se troca en un delirante descenso a los infiernos de la zona roja. La travesía onírica de Jimmy le induce al desenfreno y a la temible concupiscencia execrada por el padre Almeida. La escena del strip-tease (4) a la que asiste allí el estudiante es uno de los episodios de mayor humor de la obra y representa un detonante cultural sin paralelo en la narrativa hondureña.
Tales lances carnales enriquecen este fresco, cómico y a la vez certero, sobre los jóvenes de cierta extracción social de mediados de la década del 60, cuando aún no se fumaba marihuana ni se comían hongos, porque “en ese tiempo a nadie le había pegado por andar en esas ondas”. (p.101). Castillo describe los aturdimientos, hábitos y motivaciones que animan a esa juventud situada y fechada (de ahí la conexión histórica de lo narrado). Se trata de una generación que, en ese entonces, no llegó a politizarse ni conoció las acechanzas de la contracultura ni padeció desgarramientos de tipo alguno. Pareció darse por satisfecha con los deportes, el alcohol y, por supuesto, el desfogue sexual. “El atarantado” deriva en una crónica entrañable de quienes arribaron a la pubertad en los años 63-67, dentro de un ámbito semiurbano.
En efecto, estos colegiales deambulan en la misma ciudad donde se escenificó la saga de “Anita, la cazadoras de insectos”, la cual no es otra que la “capital industrial” del país, cuyo rastro (el boulevard, el casino, los árboles de mango) es reconocible en ambos relatos. El autor se resiste, empero, a llamarla por su nombre. Ahora bien, si en “Anita” subsistía alguna ambigüedad y era dable evitar nombrarla, en “El atarantado” las señas proliferan (el Merendón, el Jardín Acuático, El Cumajón, El Hotel Sula, etc.), y tal silencio deviene no solamente insostenible sino inexplicable. Es, pues, esa ciudad calurosa, oxigenada por la nostalgia, la que sirve de marco para evocar el paso de la edad desde un perspectiva adolescente, que aquí equivale a una mezcla de humor con cierta amargura, de curiosidad y desarraigo, de calidez y desencanto.
Veamos ahora, muy someramente, los cuentos que de alguna manera, se remontan a etapas anteriores. Para el caso, los muchachos de “Después del Iscariote” y de “La laguna” pertenecen al linaje de Tivo, el célebre protagonista de El corneta: trátase de una picaresca de tesitura rural, proyectada sobre el fondo de atraso y carencias imperante en el campo. “La laguna” que, como se sabe, mereció el premio Plural de narrativa en México a principios de año (5), posee una estructura acabada y relata las andanzas de tres pilluelos de un caserío que no sólo tendrá que lidiar con una hambruna (6) sino que sus pobladores serán exterminados (presumiblemente en masa) por el fuego de helicópteros artillados. La asociación retrospectiva con los campesinos baleados de Subida al cielo es inevitable, nada más que si en ese cuento la idea en juego era la ascensión, en el caso que nos ocupa los proyectiles descienden del cielo. Pese a las notas de humor agreste, “La laguna” gira sobre un motivo más bien patético, para nada divertido, y, sin embargo, no contiene ni una hebra de sentimentalismo (salvo el final, donde se efectúa otra inversión de trayectorias: si en Yoro la lluvia de peces se precipita, según se dice, desde el cielo, aquí los “tinguros” brotarán, un tanto mesiánicamente, del suelo).
La estructura del “El loco divino” en cambio, se resiente con la irrupción del gurrumino que, de narrador de los extravíos de don Juan Diego, pasa a contar sus propias hazañas como agente policial. “Desaparecido” en el último tramo del cuento, don Juan Diego reaparecerá, diríase en desquite, en “El inventor”, en tránsito, eso sí, hacia su definitiva demonización. Las turbas no del todo divinas (“pícaros, demonios, gallinas, ángeles”) que acompañan al loco divino forman también el cortejo de los sueños provocados por la máquina de Carlitos, el inventor. Tal combustión de diablos y sueños tiene sus raíces en “Genoveva”, cuyo protagonista era una versión femenina, lealmente beatífica, de don Juan Diego.
Para acabar con las transmigraciones, Chico, personaje de “después del Iscariote”, formaba parte del elenco del “El ángel” (en Subida al cielo…), y en ambos relatos, empapados de la misma atmósfera religiosa, el narrador participa en la acción narrativa. Esa atmósfera da lugar aquí a un incidente político (el enfrentamiento entre el padre Manuel y doña Erlinda), cuyo bosquejo, breve e incisivo, constituye uno de los mejores aciertos del libro.
Con todo, confieso que el texto que más me gusta es el que le da nombre a la obra. Allí, en “Figuras…”, se delinea, con pericia estilística, un delicioso ambiente decadente (pero no por ello menos provinciano). Está escrito en plan de regodearse con el tema, como si el autor jugara con sus propias filias y fobias. La construcción de la escala jerárquica de lenguas escorpías y viperinas, presidida por los supremos oficiantes de la chismografía y perfidia, Lengua Santa y Tapatranca, es un logro contundente de la escritura de Castillo.
Pocos libros de la narrativa hondureña están dotados de la consistencia y brillantez de éste. Su libertad expresiva, su tono desinhibido y, con frecuencia, abiertamente divertido, su vitalidad en suma, han de ejercer un impacto decisivo sobre los nuevos escritores del país. Por su parte, el lector que sepa apreciar la apropiación del idioma exacto de la vida diaria y las revelaciones que ello trae consigo, presentes en Figuras de agradable demencia, esperará con impaciencia a que Roberto Castillo, como Carlitos el inventor, tome su cuaderno de notas, se ponga a escribir las observaciones del día y haga tronar de nuevo (las teclas de) su máquina.
Nueva York, 14 de abril del 1985.
Notas
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Las pica-hielo ya habían sido mencionadas en “Anita, la cazadora de insectos” (el texto más memorable de Subida al cielo y otros cuentos), sólo que en contraplano, del otro lado de la fiesta. También se asoman, de refilón, al final de “Tatareto”, ese aperitivo para la lectura de “El atarantado”.
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“Con frecuencia las habían visto rondando por el colegio. Llegaban a ciertas horas y compraban raspados en el portón de la entrada; y cuando había juego se quedaban detrás de la verja, colgadas como monos, en vestido o en shorts, enseñando las pantorrillas. Al poco tiempo ya se acercaban en bicicleta y en cada descuido del guachimán se colocaban hasta el patio. Se dejaban venir las tres bicicletas y ¡fuuuuuuum!, pasaban de un solo para adentro”. (p. 126).
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Los sueños habían formado parte no despreciable de “Genoveva” y de “Selene y los espejos” de Subida al cielo y otros cuentos. Es más, tanto Genoveva y Selene como Jimmy en cierto momento sueñan lo mismo: caminar como fantasmas por la calle, invisibles ante los ojos ajenos.
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El strip-tease es otra de las recurrencias ya abordada por Castillo en su primer libro (cf. “Blanca navidad” y, de soslayo, “La muerte literal”).
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Este hecho, sumado a la adjudicación del premio Plural de poesía al trabajo de otro hondureño, José González, marca el mayor reconocimiento internacional de nuestra literatura desde que, en 1971, Roberto Sosa ganara el premio Casa de las Américas.
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Para alusiones previas a la hambruna véase “Viaje” (en Subida al cielo…).
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Roberto Castillo
lunes, 11 de febrero de 2008
Lectura de Archimboldi
Fue un texto del francés Jan Claude Pelletier, publicado en la revista madrileña Estudios Literarios, lo que me remitió por primera vez a la obra de Benno von Archimboldi (Alemania, 1920). El texto correspondía a una ponencia que el crítico leyó en un congreso dedicado a la obra del escritor alemán y celebrado en la ciudad de Maastricht en 1991. Se titulaba “Heine y Archimboldi: caminos convergentes” y trataba, por supuesto, sobre la estrecha relación que el autor había descubierto entre la obra del poeta alemán Heinrich Heine (1797-1856) y este narrador hasta ese momento desconocido para mí: Benno von Archimboldi. Me sorprendió primeramente que Archimboldi fuera un escritor alemán con apellido que sonaba a italiano. En ese momento sólo alcancé a relacionarlo con el pintor manierista italiano Giuseppe Arcimboldo, que me gusta mucho por sus retratos compuestos por frutas, animales, flores u otros objetos, pero entonces me dejé llevar por lo que el francés decía del alemán. Hablaba de las convergencias del mal, de la locura y sus manicomios, del concepto de novela como un puzzle que había que desarmar y rearmar constantemente. Hablaba de cementerios futuros y de un párpado muerto, de la literatura como un oficio peligroso y de meter la cabeza en la mierda y por si fuera poco abrir los ojos. Este feliz descubrimiento ocurrió el 2005, y a partir de entonces empezó la búsqueda exhaustiva.
A la fecha, casi tres años después, he encontrado –y leído- casi todas las novelas de Benno von Archimboldi y acabo de terminar Los bajos fondos de Berlín, su único libro de cuentos. De toda su obra me ha gustado especialmente la trilogía conformada por El jardín, de tema inglés, La máscara de cuero, de tema polaco, y D’arsonval, de tema francés. Hay en estas tres novelas, aparte de su evidente continuidad temática y punto de vista, unos rasgos muy particulares que convierten a Archimboldi en un escritor fuera de serie. Aquí el alemán satisface plenamente a los lectores ávidos de historias, de acontecimientos; pero estos acontecimientos tienen la particularidad de no conducirnos, en apariencia, a ninguna parte. Cada una de las tres novelas es una explosión de múltiples historias, contadas a un ritmo vertiginoso y desprovistas de alardes retóricos. A mi parecer, en ellas consolida Archimboldi el estilo que habría de llamar la atención de Manuel Espinoza, Jan Claude Pelletier, Piero Morini y Liz Norton, los cuatro críticos que le descubrieron en la década de los ochenta, cuando parecía que sus libros no saldrían nunca de las lúgubres bibliotecas en que se encontraban confinados.
Les dejo a continuación la bibliografía –quizá incompleta- de Archimboldi para que continúen con la búsqueda:
La trilogía compuesta por El jardín, de tema inglés, La máscara de cuero, de tema polaco, y D’Arsonval, de tema francés. Ríos de Europa, publicada en 1971, Herencia, una novela de más de quinientas páginas, en 1973, y La perfección ferroviaria en 1975. Antes se había publicado, en 1964, la selección de cuentos titulada Los bajos fondos de Berlín. También están Letea, una novela de apariencia erótica, Bitzius, una novelita de menos de cien páginas, El vendedor de lotería, que narra la vida de un lisiado alemán que vende lotería en Nueva York, y El padre, en la que un hijo rememora las actividades de su padre como psicópata asesino. Otras novelas son El tesoro de Mitzi, Santo Tomás, La ciega, La rosa ilimitada y Bifurcaria bifurcata.
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sábado, 9 de febrero de 2008
Sobre Roberto Castillo, un recuerdo precipitado
Por Horacio Castellanos Moya
Como presagio fatídico del año que comienza, Roberto Castillo murió en la mañana del 2 de enero. Tenía 57 años. Un día de septiembre pasado le descubrieron un tumor en el cerebro, hubo cirugía, pero enseguida le ganó la muerte.
Era el narrador hondureño de mayor reciedumbre.
Nació en San Salvador, en el Hospital de Maternidad. La explicación que daba a este hecho era sencilla: en 1950, desde la población de Erandique, en el occidente de Honduras, donde vivían sus padres, era más fácil llegar a la capital salvadoreña que a la hondureña.
Estudió filosofía en la Universidad de Costa Rica. Y a eso se dedicó durante muchos años: a enseñar rudimentos filosóficos a los alumnos de nuevo ingreso en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).
Así lo conocí, un día de marzo de 1980: yo llegaba desde San Salvador, de huída, y busqué la ayuda del poeta Roberto Sosa, entonces director de la Editorial Universitaria, y el poeta Sosa me contactó con el cuentista Eduardo Bahr, y éste con el crítico Tony Bermúdez. Tony me dio trabajo en la UNAH y me presentó a Roberto Castillo.
En aquellos días, cuando comíamos casi a diario en un cafetín universitario, Roberto ya tenía la barba que siempre usaría, los lentes de aro de carey y la incipiente barriga; también el tacto y las buenas maneras. Era siete años mayor que yo, y había leído muchísimo más: se movía a través de las diversas literaturas con pasión, gozo, contundencia; yo lo escuchaba con sed de aprendiz. Y caminábamos, entusiastas, un día sí y el otro también, hacia los talleres de la Editorial Universitaria, donde imprimían su primer libro, Súbida al cielo y otros cuentos, la salida del cual pronto celebraríamos. En las noches, a veces, me llevaba de gira por lupanares y cantinas de mala muerte en la vieja Comayagüela; su consigna era beber una sola cerveza y al camino.
Ese primer semestre de 1980 fue de mucha agitación en Centroamérica, incluso en Tegucigalpa. Roberto, Tony y el poeta Rigoberto Paredes fundaron la revista Alcaraván y luego la editorial Guaymuras, donde sería publicada, un año más tarde, la primera novela de Roberto, El corneta, un texto que marcaría un hito en Honduras. Yo ya no estuve para celebrarlo; sólo permanecí tres meses en esa ciudad, pues el dios de la guerra me puso de nuevo en la ruta.
En 1984, Roberto obtuvo el Premio de Cuento de la Revista Plural en México. Como muy pocas veces sucede en esas latitudes, lo ganó a las limpias, sin padrinos ni "grillas", sólo gracias a la calidad de su obra. Lo recuerdo en una habitación de hotel en las cercanías de la Alameda en la Ciudad de México, rebosante de contento, impresionado por la magnitud de la metrópoli. En esa ocasión ya venía acompañado por Leslie, quien sería su mujer el resto de su vida. Generoso como siempre, me traía ejemplares de mi primer libro de relatos, publicado por Guaymuras, gracias a su apoyo y al de los otros amigos. El cuento que ganó ese premio, "La laguna" (si mi memoria no me falla), lo incluyó luego en el volumen Figuras de agradable demencia, publicado en 1985.
En los últimos años de la década de los 80, lo vi con alguna frecuencia. Vivía con Leslie en El Hatillo, en la cumbre de la montaña, en una especie de cabaña grande escondida entre los pinares, a un par de kilómetros de la casa donde yo pernoctaba cuando visitaba Honduras. En las tardes, bebíamos un par de copas en la terraza de la cabaña y luego salíamos a caminar por el bosque, bajo la niebla y el zumbido del viento. Era un placer escucharlo: tenía la sabiduría del hombre ajeno a la jactancia y las vanidades fáciles, la sabiduría de aquellos pocos para quienes el conocimiento es placer, asombro, misterio; y también tenía un humor agudo, pícaro, pero sin resentimientos, el humor de quien ya se ha resignado ante la tontería del género humano. En esos años, trabajaba con pasión en su novela mayor, La guerra mortal de los sentidos, que sería publicada finalmente en 2002, luego de varias peripecias.
A principios de la década de los 90 hubo un cambio de look en Roberto: empezó a vestir formalmente, con saco y corbata, sin importar el día ni la circunstancia, como los escritores de la generación anterior, formados en el oficio del funcionariado. Yo me burlaba, le decía que parecía diputado hondureño; él sólo sonreía y enseguida aprovechaba para hacer escarnio de la cultura de provincia que tan bien conocía. Su vestimenta formal no varió en lo mínimo su carácter jocundo, perspicaz; su risa contagiosa; su comentario punzante, demoledor, dicho al vuelo, como si apenas importara.
Releo el último email que me envió y decía: "Lamento ser el que te da tan triste noticia: ayer murió nuestro querido amigo Enrique Ponce Garay". Enrique había sido librero, crítico de cine, censor cinematográfico, pero sobre todo un gran lector. No sabía Roberto que su turno pronto vendría.
Escribe el poeta Adam Zagajewski en recuerdo de Zbigniew Herbert: "En las primeras semanas y los primeros meses después de haber perdido a un gran amigo la memoria repite: aún es demasiado pronto, todavía no veo nada, esperemos". Este es pues un recuerdo precipitado, apenas unas líneas balbuceantes del retrato que Roberto merece.
Este texto fue publicado originalmente en la revista virtual Carátula, dirigida por Sergio Ramírez, en su edición 22.
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viernes, 8 de febrero de 2008
¿Sueña Fabricio con ser un replicante?
¿Yo Paíspoesible? ¡Ni loco! No me imagino, en primer lugar, llamándoles solemnemente “poetas” a mis amigos al tiempo que nos fundimos en uno de esos abrazos de hermanos dispuestos a cambiar el mundo con nuestra solidaridad. No puedo imaginarme tampoco escribiendo cada noche los versos humanísimos que habré de leer la mañana siguiente en un parque, un mercado, un colegio o una prisión para rescatar almas perdidas y afiliarlas a un supuesto ideal que todo lo cree posible. No, definitivamente no puedo imaginarme siquiera cómplice de alguna de las bufonadas de Paíspoesible.
La verdad es que me aburre pensarme poeta, pensar que la poesía –acaso muerta ya- es un arma obsoleta cargada de futuro, pensarme “pugnando con esternón y estilete”, pensar que todos los que están a mi alrededor son mis hermanos, que formo parte de un movimiento que representa la esperanza del mundo.
“He visto cosas que ningún ser humano ha visto”, dice el último de los replicantes en la memorable escena de Blade Runner, y algo parecido se le oye balbucear a Fabricio Estrada en su manifiesto cuando dice: “nosotros hemos visto el atorrante mundo del video clip y su hardcore”. Ahora sí que logro imaginar algo: a Fabricio y algunos de sus hermanos impoesibles con una paloma descendiendo a sus cabezas, mientras en el fondo un unicornio atraviesa quizá un arcoiris. ¿Qué hermoso, no creen?
Gracias, Fabricio, pero no, yo no soy Paíspoesible. Ni lo quiera Dios! Esa “poética” de ustedes, mitad Philip K. Dick y mitad Marinetti, que proclama que “no hay que seguir imaginando al nuevo ser humano desde la teoría del arte y su estética”, no va conmigo. Creo, Fabricio, que definitivamente no se puede imaginar “desde la teoría del arte y su estética” ninguna otra cosa que no sea a un artista, porque si quisiéramos imaginarnos a un ser humano, bastaría con la “teoría del abrazo y la palmadita en la espalda”, y ya sabemos que para esto no se necesita escribir un tan solo poema. Conozco muchos seres humanos que no escriben versitos para demostrar alguna cara de su humanismo.
Cómo voy yo a identificarme con eso de la “carcajada agónica que apenas se contiene” cuando la frase misma entraña una contradicción: ¿una carcajada que está muriendo pero que apenas se contiene? ¿Cómo entender semejante paradoja? O con aquella otra barbaridad de que Tegucigalpa es el ombligo de Honduras, cuando bien sabemos que es Olanchito (según declaraciones de Mando García), y cuando habría que decir más bien que Tegucigalpa es el hoyo de Honduras, el enorme agujero en cuyo fondo yacen el nombre de la patria y sus hundidos últimos patriotas.
Gracias, Fabricio, pero no, yo no soy Paíspoesible. Que se borre mi nombre de esa lista.
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lunes, 21 de enero de 2008
Crónica familiar
Hernán Antonio Bermúdez es quizá uno de los primeros lectores de Horacio Castellanos Moya en Honduras, algo que bien valdría para calificarlo como el “descubridor” de este excepcional narrador honduro-salvadoreño que se pasea con solvencia en las Grandes Ligas de la literatura mundial. En esta entrega 29 de mimalapalabra, Bermúdez nos reseña, con amplio conocimiento y afinado sentido crítico, la última novela del narrador, Desmoronamiento, publicada por Tusquets el 2006, que tiene como escenario principal Tegucigalpa, como fondo el conflicto bélico entre Honduras y El Salvador y como personajes a los miembros de una familia acomodada que asume con la diáspora su ocaso en una casona de El Hatillo.
Hernán Antonio Bermúdez
Desmoronamiento. Horacio Castellanos Moya. Tusquets Editores. Barcelona. 216 Págs.
“Uno debe tener siempre las botas puestas, y estar listo para partir”.
Michel de Montaigne
Desmoronamiento es el título de la novela de Horacio Castellanos Moya publicada por Tusquets Editores en el 2006. Por primera vez en su corpus narrativo, la acción novelesca se desarrolla, al menos en las dos terceras partes del libro, en Tegucigalpa, ciudad natal del autor, y donde vivió la familia Moya Posas, su rama materna. Este linaje ha dado destacados hombres de letras como David Moya Posas y la propia abuela del novelista, Emma de Moya Posas, tuvo, en su momento, veleidades literarias.
En ninguna parte se oculta más un escritor que en su propio ámbito familiar y, sobra decirlo, el parentesco es una de las tiranías más primitivas. No en vano Gerald Durrell (hermano de Lawrence) escribió dos libros con los títulos Mi familia y otros animales y Pájaros, bestias & parientes. Castellanos Moya emprende en Desmoronamiento una búsqueda –un reconocimiento, más bien- de sus raíces hondureñas y revalida que, como el caracol, uno carga con su casa a cuestas y no puede desprenderse fácilmente de sus ancestros.
Tras la lectura de esta novela, queda la impresión de que el autor sintió la necesidad expresiva de recoger –y lidiar con- parte de su pasado, de hacer un ajuste de cuentas, de escribir y reescribir fragmentos del historial familiar. En esta recuperación de la memoria utiliza, por supuesto, material autobiográfico abierto y encubierto.
Pero la memoria, se sabe, es selectiva: hace añadidos para restaurar algún vacío, omite lo incongruente, lleva a cabo reacomodos, cambia los énfasis y dondequiera que la experiencia pareciera carecer de sentido intenta sugerirlo o inventarlo.
Éste es el libro más personal de Castellanos Moya y si bien contiene seguramente datos de su vida real no es en sí mismo autobiográfico. Sólo ciertos hechos o incidentes son verdaderos. Me explico: puede que algunas situaciones psicológicas o contextos emocionales de la novela correspondan a una vivencia genuina pero los detalles de la misma a menudo son del todo ficticios.
Vale decir, por más de que el autor recree episodios que le pertenecieron, que formaron parte de su saga familiar, los personajes, atmósferas y contextos han sido alterados o han sido objeto de un reordenamiento imaginativo. Con todo, su inmediatez resulta enteramente convincente.
Lo difícil de comenzar un relato es con frecuencia encontrar un punto de vista y un tono a partir del cual narrar la historia. En Desmoronamiento esto se consigue de tres maneras diversas en las tres partes en que se divide la novela. Veamos.
En la primera, la acción se ubica en la casa solariega –la heredad familiar, entre pinares- en El Hatillo, esa “montaña mágica” que rodea a Tegucigalpa por el Norte, encumbrada sobre la llanura prosaica donde se extiende la ciudad, a finales de 1963, una vez perpetrado el golpe de estado contra el gobierno liberal de Ramón Villeda Morales. Allí se asiste a los parlamentos diríase teatrales (fluctuantes entre la histeria y el melodrama) que intercambian Doña Lena, acomodada matrona, intolerante y enérgica (quien sabe ejercer la química del odio y cuyo fanatismo anti-comunista sería de mal gusto incluso en una cena rotaria), y su marido Erasmo Mira Brossa, connotado dirigente del Partido Nacional de la época y hombre de confianza del ex-dictador Tiburcio Carías. Ambos personajes remiten irremisiblemente (lo que no significa que sean idénticos) a los abuelos maternos del autor (la ya mencionada Emma de Moya Posas y Horacio Moya Posas).
También aparecen Teti, la hija de ambos, y su compañero salvadoreño Clemente, de inclinaciones izquierdistas. Esta pareja está a punto de partir a San Salvador con su hijo Eri (quien vendría a ser el propio autor del libro), para consternación y dolor de Doña Lena, posesiva, prendada de su nieto. Es este apego enfermizo al niño, y su rechazo visceral a Clemente, lo que hace que la abuela impida que Don Erasmo asista a la boda de Teti y su novio, que buscan así formalizar su relación antes de viajar a la capital salvadoreña. Para evitar que haga acto de presencia en dicha boda Doña Lena no vacila en encerrar bajo llave a Don Erasmo en el baño de la casa de El Hatillo. Sin embargo se trata de una batalla perdida, pero da lugar para que ella vocifere sus frustraciones y resentimientos contra su consorte.
En la segunda parte se lee el intercambio de cartas entre Teti y Don Erasmo, ella desde San Salvador y él desde Tegucigalpa, en 1969, justo cuando se desata el conflicto armado entre El Salvador y Honduras, y luego se deriva hacia las circunstancias ominosas en que se produce el asesinato de Clemente, que no acaban nunca de esclarecerse y tiene que ver, según se colige, con los vínculos indirectos que le ponen en la mira de ciertos círculos militares (ya se prefigura la violencia salvaje que azotará a ese país en las dos décadas siguientes).
No deja de resultar llamativo que Castellanos Moya acuda aquí al género epistolar para iluminar las circunstancias históricas de la guerra de 1969, al igual que lo supo hacer de modo brillante Eduardo Bahr en El cuento de la guerra (1971), sobre la misma temática. Otra novela reciente donde se emplea este género (pese a que algunos críticos lo consideran anacrónico) como eficaz estrategia narrativa es Cartas cruzadas (1997), del poeta y novelista colombiano Darío Jaramillo Agudelo, del todo recomendable.
En la tercera parte de Desmoronamiento se da un salto cronológico hasta finales de 1991 y principios de 1992, a través del relato de Mateo, el jardinero (y mayordomo) de Don Erasmo (ya muerto para entonces) y de Doña Lena, quien sobrelleva su viudez y, víctima de un derrame cerebral, es hospitalizada antes de fallecer. Aquí Mateo es testigo y narrador del cierre de un período en la vida familiar de los Mira Brossa, y acompaña en las diligencias domésticas a Eri (quien, ante la inminencia de la muerte de su abuela, ha regresado a Honduras desde México, donde reside) y a su hermano menor Alfredito. No deja de ser notable la manera en que Castellanos Moya es capaz de visualizarse a sí mismo en el personaje de Eri como un hombre joven, con todas sus características y rasgos individuales: se trata de un logro literario de difícil ejecución.
Esta última parte tiene un sabor agridulce: el narrador describe las pérdidas, las interacciones de la familia que se diluye y desmorona. Se asiste al ocaso y colapso de la vida en la casona de El Hatillo (cerca de “el Peñón de las Águilas”, tan entrañable en la mitología privada del clan) que, ya sin moradores, será vendida para dar paso a la diáspora definitiva en el exterior*.
Raras veces el arte se explica por la locación de las fuentes en la vida real. Desmoronamiento es uno de esos casos. Aquí Horacio Castellanos Moya, con ese certero instinto del escritor que sabe ver las cosas en términos verbales, expía fantasmas de su fuero íntimo. Y lo hace, como cabe esperar, mediante toques maestros y efectos de virtuoso.
El lector familiarizado con su obra creativa –la adicción a una dicción- sólo echará de menos el humor negro, el cinismo y las epifanías eróticas. En esta ocasión están de más. Suficiente con la indestructible ironía que juega alrededor de la vida y la muerte, de la disolución y el exilio.
Quito, 8 de noviembre del 2007
*Nota al pie: Ello conduce, a propósito, a rechazar una vez más esa crítica chauvinista que considera a Castellanos Moya como un expatriado que mejor se hubiera quedado en casa, y según la cual el hecho de que las obras anteriores del autor se escenifiquen fuera de Honduras le descalifica para formar parte de la literatura hondureña. Ahora con Desmoronamiento supongo que será mas difícil persistir en ese tipo de anatemas y "penalizaciones". Y es que la literatura es un sistema transnacional con bordes flexibles, porosos (sobre todo en Centroamérica). Ese empeño transfronterizo de las letras tiene que ver más con el territorio de la lengua y del lenguaje que con los límites establecidos de un solo país. Desmoronamiento, como tantos libros previos de Horacio Castellanos Moya, enriquece y le abre las fronteras de modo decidido a la narrativa hondureña, aunque ello no sea del agrado de los profesores/académicos con mentalidad de agentes aduaneros.
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Datos del autor Hernán Antonio Bermúdez (1949), escritor y crítico literario, perteneció a los grupos de vanguardia cultural "Vidanueva" (a finales de la década del 60) y "Tauanka" (a principios de la década del 70). Ha formado parte de consejos editoriales de varias revistas literarias del país ("Coloquio", "Senales", "Alcaraván", "Astrolabio" y "Galatea"). Fue uno de los fundadores de la Editorial Guaymuras en 1980, y se desempeñó como Director Ejecutivo de la misma hasta 1982. Ha publicado los libros Retahila (1980), Cinco poetas hondureños (1981) y Afinidades (2007). Tras su ingreso al Servicio Exterior en 1973, ha vivido en Bogotá, Buenos Aires, Nueva York, Washington DC, Montevideo, Madrid, Londres y Quito, como diplomático de carrera.
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sábado, 19 de enero de 2008
¿Adiós?
¿Por qué habríamos de decir adiós si apenas vamos llegando?
Esmirna Chomsky. Diario para matar a la poesía.
Quizá de ahora en adelante haya que colocar una advertencia previa en cada entrevista publicada en nuestras páginas que diga: “mimalapalabra no se hace responsable de las respuestas de sus entrevistados, como sí de las preguntas que les haya formulado”.
No encuentro nada en la última publicación impresa de mimalapalabra que contravenga nuestro “ideario ético-estético”, y si las respuestas resultaron, como dice Mario, infaustas, eso fue, quizá, porque no son de nuestra autoría sino, por supuesto, de la autoría del entrevistado. Para bien o para mal, seguiremos con la mimada mala palabra, hasta que otra vez la abulia o el tedio nos separen.
- Adiós a mimalapalabra "Hartos de las pobres y malas palabras, pero sin perder el hábito de la carcajada...". Así comenzó, hace ya algunos años, una aventura ético-literaria llamada mimalapalabra. Y mantuvimos la imprescindible integridad necesaria para sobrevivir con dignidad en un medio tan pendejo como el nuestro, donde cualquier indigente mental se cree compelido a cumplir un destino natural al proclamarse como el único salvador posible de la poesía. Y nos reímos a carcajada batiente de tanto palurdo aspirante al Nóbel, de tanto publicista confundido entre el verso y el eslógan, de tanto epíteto bancario, de la poesía macdonald para llevar, de versos a-fónicos, de papeles sin arte ni oficio, de idiotas anónimos y de amargos peces trasnochados... Luego vino la etapa en La Prensa, donde tratamos de mantener nuestro ideario ético-estético y, hasta hace muy poco, todo marchó bien, con disensos y asperezas que fueron sorteadas con cierta gracia, con sentido común y solidaridad. Pero el retiro de uno de los editores responsables y una infausta manipulación provocaron que la última edición de mimalapalabra fuera usurpada por las opiniones de un diletante -apenas disfrazadas por los tímidos balbuceos de un anónimo partenaire- celebrador de los antivalores literarios que hemos combatido desde siempre. Por esa razón hemos optado por abandonar la nave de la mala palabra mimada, al menos en su actual formato impreso, donde no tenemos la garantía de que los ideales que dieron vida al grupo puedan sobrevivir en medio de las absurdas presiones mediáticas y una cierta ingenuidad colindante con la abulia malsana. Tal vez en fechas próximas tengamos lista una agradable sorpresa.
Hasta entonces, adiós...
Mario Gallardo
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Artículos y ensayos
martes, 15 de enero de 2008
“Los poetas son la voz del pueblo”
Fiel a su condición clerical y apelando a la palabra como arma de defensa, Fausto Leonardo Henríquez responde a esta entrevista de mimalapalabra en su edición 28. Para él la literatura es un deporte que le permite “reinventar el mundo con la imaginación” y los falsos escritores son como cantantes de kareoke que se creen artistas mientras dure la melodía. Poeta, narrador y ensayista, también ha sido promotor cultural durante los años de su permanencia en San Pedro Sula. Ahora se marcha a España para continuar su trabajo con la Iglesia, pero antes quiso dejarnos estas respuestas escurridizas que hablan, entre otras cosas, de libros y de Dios, de la fe y la verdad, del compromiso y de la crítica literaria.
Mimalapalabra: ¿En qué se diferencian el Fausto sacerdote y el Fausto escritor?
FL: Lo primero me lleva a lo segundo. Es como un médico que ejerce en su consultorio y luego hace algún deporte. Dos planos distintos para un objeto.
¿Conviven en armonía su temperamento cristiano y su temperamento artístico?
Sin duda, como el agua mezclada al vino. Si le damos un vistazo a la historia del arte nos vamos a hallar con la agradable sorpresa de que, tanto en la plástica como en la arquitectura, la música y la creación literaria (poesía concretamente), ha habido de forma casi natural una fusión tal entre fe y arte que no veo yo exista contradicción.
Según su experiencia, ¿con qué debe estar comprometido siempre un escritor?
Con su oficio. Un escritor que no se dedica de lleno a cultivar su talento, a perfeccionar el espíritu, difícilmente podrá lograr una obra acabada. Hacia afuera, el escritor debe rescatar lo verdaderamente humano, el sentir de su época y plasmarlo en la página. Los griegos y los romanos escribieron la vida, los hechos, la historia, los anhelos espirituales de su tiempo y nos lo legaron en sus obras inmortales. Los que tienen vocación de escritores, en cualesquiera de sus manifestaciones, tienen el deber inclaudicable de ser testigos de su época. Los poetas son la voz del pueblo.
¿Qué es la literatura? ¿Qué es Dios?
La literatura es una forma de recrear, de reinventar el mundo con la imaginación. Dios, en términos filosóficos, el Ser, el Absoluto; en términos teologales, el Creador, el Padre que comunica al mundo su amor infinito.
¿Qué considera que ha sido lo más importante que ha hecho durante su permanencia en San Pedro Sula?
En el plano pastoral, acompañar, orientar y caminar con el pueblo humilde de los barrios, colonias y aldeas de San Pedro Sula. En el plano cultural, haber transmitido los ideales de la estética de la Poética Interior con la publicación de varios libros de poesía y cinco números de la revista CriticArte.
¿Qué opinión le merece la más reciente generación de poetas y narradores hondureños? ¿Cree que se está diciendo algo verdaderamente nuevo o es sólo una fábrica de espuma condenada a la desaparición inmediata?
En mis diez años de estancia en Honduras he seguido de cerca a la generación de “poetas emergentes”, para usar los términos del animador cultural y poeta Salvador Madrid, y me hago la idea de que las obras publicadas en poesía apuntan a obras mayores, más serenas y profundas. No hay nada nuevo bajo el sol, reza el adagio, pero no cabe duda de que cada uno de los autores jóvenes trata de plasmar su propia visión del mundo y el arte literario, aunque sea de forma incipiente e inacabada. En este sentido, eso sí es nuevo.
Además de la poesía, usted ha incursionado en la crítica literaria. ¿Cuál es su diagnóstico acerca de la actual literatura hondureña con respecto a la literatura mundial contemporánea?
Para Pablo Neruda lo particular es una forma certera de universalización. En este sentido, no es menos narrativa la de Julio Escoto, Armando García, José Bográn, entre otros, que la de cualquier premio Planeta, Alfaguara o Casa de las Américas; ni es menos poesía la de Óscar Acosta, Roberto Sosa, Rolando Kattán o Giovanni Rodríguez, que la de uno de los poetas de la Poesía de la Experiencia de España o uno de los poetas del Movimiento Interiorista de República Dominicana. Cuanto más auténticos seamos, cuanto más valoremos lo hondureño, en consideración al pensamiento nerudiano, más universales seremos. El último libro de José Adán Castelar, Cauces de la última estación, 2007, por poner un ejemplo, es una obra maestra que se sostiene de pie y compite, en términos genuinamente poéticos, con cualquier obra de poesía contemporánea o clásica.
¿Qué aspectos considera indispensable abordar a la hora de criticar una obra literaria?
Conocer el texto y contexto a fondo, leer en distintas claves al autor en cuestión, comparar, si fuera posible, la obra con otras publicadas por el mismo. Si la obra se enmarca en una generación o corriente literaria, también hay que tomarlo en cuenta. El crítico debe ser sincero e imparcial, riguroso. La crítica literaria es una forma de recrear, de ahí el género ensayístico, la obra en cuestión.
Usted siempre ha dicho que “no hay que frustrar espíritus”. ¿Qué sería lo contrario a eso: aplaudir automáticamente las necesidades de expresarse de cualquier individuo, aunque carezca de recursos para hacerlo artísticamente, o aclararle el panorama para que en el futuro no meta las de andar?
Los jóvenes escritores y poetas -así empezamos todos- en sus primeros vuelos son proclives a movimientos erráticos, pero después, los que verdaderamente tienen el genio para cultivar el oficio en todo rigor, terminan planeando libremente con profesionalismo y estilo propio. Hay que dejar que vuelen, pero afinando bien el instrumento. A eso me refiero con “no frustrar espíritus”.
¿Cuál es la diferencia entre escribir bien y hacer literatura?
Un periodista, por ejemplo, puede escribir bien y no necesariamente tiene que ser un literato. Éste, en cambio, tiene que escribir como el periodista y, además, usar la imaginación y todos los recursos y técnicas para crear la obra de arte.
¿Qué opina de quienes publican libros, se hacen llamar escritores y ni siquiera han aprendido a redactar?
Tengo un hermano que canta karaoke, imita a cantautores, sigue la pista y el compás, y lo hace bastante bien, pero no es artista. Aunque pretenda ser Juan Luis Guerra o Juanes, siempre será un cantante de karaoke.
Usted es el abanderado del Movimiento Interiorista en Honduras. ¿Cree que su poética ha sido adecuadamente exteriorizada en este país?
En mi opinión sí, pero no del todo. Sí en lo divulgativo y expositivo. La Poética Interior ha sido divulgada oral y escrituralmente en periódicos, en la revista CriticArte, en conversatorios en el Centro Cultural Sampedrano, en colegios y universidades. No del todo por la poca producción poética en una década de tintinear la estética interiorista. Poca, pero ya suficiente para empezar con tentativas como Muestra Poética: Los Novísimos; Horizonte que me toca y Voz en el agua de María de los Ángeles López; La otra latitud, Ínsula Presentida de quien suscribe; más la Antología Mayor del Movimiento Interiorista puesta a circular en octubre, 2007, en San Pedro Sula. La obra poética Morir todavía de Giovanni Rodríguez también está, por los hilos que la tejen, bajo la égida del Movimiento Interiorista.
¿Existen dentro del Interiorismo escritores de esos denominados “malditos”, o en las filas de este movimiento sólo hay lugar para beatos y personas decentes?
El Movimiento Interiorista aglutina a artistas de cualquier condición, siempre que sus ideales, por antagónicos que sean, exploren la dimensión trascendente de la realidad en cualquier orden, esto es, el metafísico, el mítico y el místico. En el Movimiento Interiorista hay poetas de la angustia, inconformes, inencasillables, rebeldes, inadaptados, bonachones, etc.
En todos sus libros publicados la experiencia mística se percibe como un elemento importante. ¿Cree, como Platón, que a los poetas les es “revelada” la verdad? De ser afirmativa su respuesta, como creo que lo es, ¿asumiría de buena gana su expulsión de la república de las letras en favor de su incursión en la república de Dios?
¿Qué serían las letras sin el halo de lo divino, de la trascendencia? ¿Qué, el pensamiento platónico sin el mundo de las Ideas divinas? Si se van los poetas de ese territorio, ¿quién se encargará de revelar la verdad? ¿Qué sería la poesía sin San Juan de la Cruz, Reiner Maria Rilke o Rabindranah Tagore? Aceptaría ser expulsado si no me suscribiera, para decirlo con san Agustín, a la Ciudad de Dios.
¿Qué piensa de los libros de autoayuda y motivación?
Leí muchos cuando era joven de facultad.
¿Qué lee actualmente?
Acabo de leer el quinto tomo de las obras completas de Octavio Paz, dedicado todo él a Sor Juana Inés de la Cruz; y la antología poética Sor Juana Inés de la Cruz, como lectura complementaria, de la editorial Planeta; y las obras trágicas de Séneca, a saber: Medea, Fedra, Edipo, Agamenón y Tiestes. De postre estoy terminando el libro ensayístico Cuentos Chinos de Andrés Oppenheimer.
¿Ha leído al Marqués de Sade, a Henry Miller, a George Bataille? ¿Sabía que éste último consideraba los burdeles como sus auténticas iglesias, que quiso ser sacerdote en su juventud y que perdió su fe a los 25 años? ¿Qué opinión le merece todo eso?
No los he leído. Me he concentrado más en los últimos quince años en la lectura de literatura antigua greco-romana, con la manía de ir a las fuentes, al origen de nuestra cultura occidental; en la poesía española, hispanoamericana, centroamericana y caribeña. He ido terciando con novelas, pero confieso que tengo una deuda con muchos autores universales y, en particular, de mi país, República Dominicana.
¿Alguna vez ha sentido, por un instante al menos, perder su fe?
Perder la fe no, la motivación sí. He tenido muchos momentos de alegría indescriptible fruto de mi vivencia de fe que me han reafirmado en la vocación misionera. Pero también he tenido momentos de decepción y desánimo.
¿Qué opina de la verdad? ¿Cree que la verdad es única? ¿Cree, como Vargas Llosa, que la literatura es una mentira que dice la verdad?
En literatura y en las artes nada es absoluto, cada artista aporta un trozo de verdad. Baste pensar, por ejemplo, en el Impresionismo, el Cubismo o la pintura abstracta. La verdad absoluta sólo está en Dios, la verdad que nos acerca a Dios y “nos hace libres” “se hizo carne” y la verdad que nos deleita en una obra se hizo arte.
¿Hacia dónde dirige su mirada de ahora en adelante? ¿Qué le dice a todo esto que deja atrás?
A España, la cuna de nuestra lengua castellana. Vuelvo a la Madre Patria a servir pastoralmente y a cultivar el espíritu. Nada dejo atrás y todo lo llevo conmigo. En realidad me quedo todo yo en mi partida. Mi gratitud infinita a la gente hondureña que forjó mi carácter y me ayudó a descubrir hasta dónde es capaz el amor y la entrega.
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Datos del entrevistado
Fausto Leonardo Henríquez (La Vega, Rep. Dominicana, 1966). Ha publicado los libros de poesía Claridades, 1994; Sucesiones, 1995; La seducción del aire, 1999; La otra latitud, 1999; Muestra poética, 2002; e Ínsula presentida, 2005. Es editor de la revista CriticArte, además de miembro titular y dirigente del Movimiento Interiorista. Ha aparecido en las siguientes antologías: Juego de Imágenes, de Frank Martínez; La Creación Interiorista y El Interiorismo, de Bruno Rosario Candelier.
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Entrevistas
jueves, 10 de enero de 2008
De la obra que nos queda
El 31 de julio del año recién finalizado recibí un correo electrónico de Roberto Castillo. Me decía que acababa de leer mi reseña sobre su novela La guerra mortal de los sentidos y que encontraba, con independencia de lo que tenía que ver con su trabajo de narrador, mis puntos de vista “lúcidos, poseídos de un genuino ímpetu renovador y unlenguaje limpio y preciso”. (Uf! Imaginen la burbujita de mi ego inflándose a la par de los latidos en el pecho). En las últimas líneas del mensaje me pedía que le proporcionara mi dirección postal para enviarme algo que podría ser de mi interés. Fue tan grande mi alegría que le respondí de inmediato con un correo emocionado y algo excesivo en su extensión, de lo que, luego de teclear “enviar”, me arrepentí. En mi correo yo le hablaba de mi admiración por su obra, le comentaba que justamente estaba leyendo una novela de Patrick Deville, titulada Pura vida, en donde él aparecía como personaje y amigo del narrador, y le informaba incluso que una amiga tenía intenciones de publicar su tesis de licenciatura sobre su obra.
Para entonces no había ocurrido nada todavía. Él se mantenía alejado del mundanal ruido escribiendo su tercera novela y nosotros ya le habíamos hecho un homenaje en nuestra sección en diario La Prensa: dos páginas con un fragmento de La guerra mortal de los sentidos, tratando de devolver a los lectores del periódico algo del enorme placer que había representado para nosotros la lectura de esa magnífica obra.
A partir de la semana siguiente, cada día al llegar a casa a las ocho de la noche, abría la puertecita de mi buzón esperando encontrar en su interior el paquete enviado por Roberto Castillo. Pero no llegaba. Recordé que un amigo me había mencionado algo acerca de ciertos problemas relacionados con el Correo Nacional en Honduras, y después de que el escritor me enviara otro email preguntándome si ya tenía en mis manos el envío, le respondí que no y que era probable que se debiera a esos problemas aludidos por mi amigo.
Pero un día, después de revisar sin demasiadas esperanzas el interior de mi buzón y comprobar que tampoco había nada, subí las gradas del edificio hasta el segundo piso, abrí la puerta del apartamento, me dirigí a mi cuarto y, sobre mi cama, estaba el paquete enviado desde Honduras por Roberto Castillo. Mi hermano lo había dejado ahí. Dentro estaba el último libro de ensayos de Castillo: Del siglo que se fue, con una postal en donde se ve a una alfarera lenca de Cofradía, Intibucá y se lee la siguiente dedicatoria: “Estimado G. R.: me da mucha satisfacción hacerle llegar este libro. Saludo cordial, Roberto Castillo”.
Recuerdo haber tenido ese libro en mis manos durante un breve momento del año 2005 en la librería Guaymuras de Tegucigalpa. Al descubrirlo ahí, con su discreta tapa color café, me sorprendí y pensé que era una lástima que para un libro de ensayos de un escritor tan importante no hubiera mayor esperanza de llegar a los lectores que a través de su simple colocación en la librería de un país en donde muchos, como yo entonces, no disponen de dinero suficiente para comprarlo y tienen que conformarse con sopesarlo, leer la contraportada, echarle un vistazo a sus primeras palabras y finalmente devolverlo al estante, en medio de otros libros que probablemente también pasarán mucho tiempo inadvertidos.
En los últimos días me llegaron algunos emails en donde mis amigos me anunciaban la noticia. Antes me habían hecho saber que Roberto Castillo estaba muy enfermo, y de alguna manera presentíamos lo que sucedería. No podemos evitar esa mala costumbre de dedicarle a los muertos nuestras mejores palabras, ni de dejar para el último momento (o para después del último momento) las dedicatorias, los aplausos y los homenajes. Yo sólo puedo decir que lo mejor sería leerlo, o releerlo, y para los que alguna vez tuvimos la oportunidad de conocerlo en persona, también recordarlo (no olvido su figura imponente, parado frente a una cátedra en el Museo de Antropología e Historia el 2002, hablando sobre La guerra mortal de los sentidos, no sé si antes o después de su publicación, con una voz fuerte, muy fuerte, y con un entusiasmo desbordante, hablando sobre los hombres lencas borrachos en la orilla de la carretera, hasta donde sus mujeres van a levantarlos, sobre los ángeles y don Juan Diego Eleudómino de la Luz Morales, sobre cipotes como Chorro de Humo, sobre el Buscador del Hablante Lenca, sobre la molonca…)
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Artículos y ensayos,
Roberto Castillo
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Sobre la poesía...
Esto lo opinaba Perinola desde su posición de poeta. Haciendo versos desde la infancia, había descubierto que no querían decir nada; y viviendo había descubierto que el lenguaje servía para decir cosas. Había una incompatibilidad, que era lo que lo había comprometido con la poesía. Porque la poesía, al no querer decir nada con el instrumento que servía para decir cosas, decía algo, que era a la vez algo y nada. Amaba ese enigma, pero estaba convencido de que no podía durar. Era demasiado extravagante. Eso se la hacía más preciosa. Efímera, la poesía era una flor rara que se había abierto por casualidad, y el milagro había querido que se abriera justo cuando él vivía. En el futuro, una humanidad más razonable haría buen uso de la prosa.
Parménides. César Aira.
Parménides. César Aira.
