jueves, 12 de junio de 2008

Remedio para todos los males

Ilustración de Juan Carlos Mestre
Por Giovanni Rodríguez
Leo en mi correo electrónico los primeros versos de un poema proveniente quién sabe de quién o de dónde y me doy cuenta de que me aburre todo lo que tenga que ver con la poesía, incluso la poesía misma. Me aburren las lecturas públicas de poesía, los encuentros de poetas, los propios poetas. Sus gafas poéticas, sus boinas poéticas, sus barbas poéticas, sus chaquetas poéticas, su pose poética; todo eso me aburre y a veces incluso, como ahora que escribo este artículo, me fastidia. Me sorprende –y me aburre- que no les aburra la música de Silvio Rodríguez, de Pablo Milanés y de Luis Eduardo Aute. Me aburre que reciten de memoria sus poemas y que no recuerden el mejor poema de Rimbaud.
Los poetas de ahora, los de la era del chat y el mensajito, entienden la poesía como una actividad social cuyo principal fin es la solidaridad humana. Podemos verlos leyendo versos tanto en el bar “Foquito Rojo” como en las cárceles, los mercados o las escuelas para sordomudos, y pronunciando absurdamente vía megáfono discursos colectivos a favor de la abolición de la violencia o del hambre en los bajos del Congreso Nacional.
Nunca como ahora aquella frase trillada de “los poetas andan en las nubes” había sido tan cierta, porque lo paradójico es que, apelando al mandato imperioso de sus afanes antropológicos, renuncien a escribir sólo en nombre de la literatura misma y se propongan, en cambio, “escribir para el ser humano, para el prójimo, para el desvalido”, y lo que acaban haciendo es perfeccionar la práctica de la utopía al no poder remediar con poemas ninguno de los problemas que aquejan a un preso o a una tortillera, que en nuestros países podrían ser, precisamente, por muy extraño que parezca, la violencia o el hambre.
Vayan a otro perro con ese hueso y traten de metérselo a la fuerza hasta convencerlo de que la poesía es un bien común, el objeto popular por antonomasia, un bálsamo contra las angustias de la realidad diaria para los pobres o los incultos, en fin, el remedio para todos los males sociales, pero no vengan a ofender la inteligencia, el sentido común y el buen gusto de algunos de nosotros que sí hemos aprendido a no confundir el teatro con el circo.
Hacen falta lecturas para saber identificar la poesía de lo que no lo es: lecturas serias y no apasionadas o condescendientes. Para ser poeta es indispensable ser un gran lector de poesía y no un lector de poesía a medias ni mucho menos un nulo lector. Tampoco basta con pasarse la vida (poética) leyendo los poemas de los amigos o los de los colegas que se conocen en los encuentros de poetas. La poesía en estos tiempos es una causa perdida, como dice Jorge Martínez, y ha caído en desgracia, como dice Juan Carlos Mestre.
William Burroughs dijo también algo que podemos adaptar en esta ocasión: que cuando se le llama a una novela “experimental” es porque el experimento salió mal, y esto es lo que se saca en claro de los nuevos poetas: ese afán experimental que generalmente deviene en monumentales ejemplos de mediocridad o de idiotez disfrazados de talento.
Lo que hace falta es poesía, y no poetas. A los poetas que se los trague el tiempo o que los parta un rayo, o que se hundan al fin con su melancolía. Hace falta poesía, pero no una poesía cualquiera, de ese tipo de poesía que se prostituye en las esquinas y que busca efectos moralizantes o terapéuticos, sino una poesía que sirva para salvar a la poesía, una poesía redentora de sí misma al fin y al cabo. Una poesía poética o quizá pospoética, pero no patética.

lunes, 9 de junio de 2008

Lección en un bar

(...) un día en un bar de Blanes en que Bolaño quiso saber de qué trataba El viaje vertical, la novela que estaba por entonces escribiendo y que yo no estaba muy seguro que debiera continuar. Era un día que no he olvidado, de un invierno muy frío y húmedo. Estábamos en un bar muy abrigados, junto al mar, tomando cafés con leche y croissants. Le conté el argumento de mi novela, le hablé de los avatares de la vida de un viejo a medio camino entre Barcelona y el continente desaparecido de la Atlántida, y me di cuenta, contándolo, que en mi libro “no sucedía nada”. Así se lo dije, apesadumbrado. Un breve silencio. Me había escuchado más atentamente de lo que creía.“¿Pero cómo puedes decir que no sucede nada si pasan ahí ‘muchas’ cosas?”, dijo de pronto. ¿Pasaban muchas cosas? Probablemente exageraba, pero hizo que me creyera que, en efecto, había ahí muchas cosas que yo no había visto. Y hablando de cosas no vistas: de pronto Bolaño se levantó y, dejando por unos momentos el bar, fue a su cercana casa y regresó con un extraño plano de la Atlántida, un plano que yo nunca había visto y que demostraba que la geometría callejera del continente hundido era idéntica a la del centro de Barcelona. No olvidaré nunca que aquellas palabras y gestos de Bolaño me llevaron a continuar mi novela, a continuarla con un nada disimulado entusiasmo exagerado.
Lección de humildad y abismo, Enrique Vila-Matas, Turia nº 75

miércoles, 4 de junio de 2008

Lectores nada comunes

Ilustración: Golconde, R. Magritte, 1953.
Por Giovanni Rodríguez
Cada vez que se toma desprevenido a un político y se le pregunta cuál es su libro favorito, el político ofrece una respuesta automática: “La Biblia”. Pero esta respuesta, por ser instintiva y rápida, no necesariamente es verdadera. ¿Cuántos de nuestros políticos habrán leído más de dos o tres libros en toda su vida? ¿Y cuántas posibilidades hay de que entre esos supuestos libros leídos figure La Biblia?
Es sabido que para ser político no basta con ser inteligente o audaz, aunque, por paradójico que parezca, en la mayoría de los casos esto tampoco es en absoluto indispensable. Lo verdaderamente indispensable para un político será su capacidad para el engaño, la puesta a prueba permanente de su vocación al teatro y la mentira. En este sentido, los políticos son unos eficaces urdidores de ficciones.
Si a la edad en que deberían jubilarse, los políticos se dedicaran a escribir, o mejor dicho a contar a un escritor sus memorias antes que a seguir con su manía de titiriteros de la gente ignorante o necesitada, la literatura se vería favorecida considerablemente pues ya no sólo estarían los narradores enfrentándose a diario a la página en blanco para crear sus ficciones sino que también estarían ellos: los más aptos, al fin y al cabo, para este tipo de trabajo.
Hace poco la editorial Anagrama publicó Una lectora nada común, una novela en la que su autor, el inglés Alan Bennett, imagina a la reina Isabel II de Inglaterra como una lectora compulsiva que se deja llevar por el placer de los libros y se desentiende poco a poco de sus deberes monárquicos.
¿Habrá fantasía más deliciosa que imaginar a una reina o a Britney Spears o Hillary Clinton o a Barack Obama convertidos de pronto en maniáticos lectores? Pero, ¿quién asegura que a esta hora, mientras nos dedicamos a observar, divertidos, sus últimos movimientos, no estará disfrutando la reina Isabel II de la novela de Bennett en la que aparece como un personaje idealizado? ¿O acaso no es posible que la convulsa vida de esa niña superpop a partir de su primer embarazo se deba precisamente a que, por causa de haberse convertido en una apasionada lectora de literatura, ahora ya no es capaz de concentrarse adecuadamente en la gestión de su imagen y de su fama? De la mujer del ex presidente gringo que juega con becarias en su tiempo libre no diré nada; tampoco del otro con apellido casi terrorista; muy concentrados se les ve en sus respectivas campañas políticas en Estados Unidos y sus aldeas latinoamericanas como para imaginar que puedan tener la voluntad de leer por ejemplo Los detectives salvajes, esa novela de Bolaño que, desde su traducción al inglés, ha revuelto increíblemente a los lectores norteamericanos.
Decido mejor no seguir imaginando absurdamente que el camello pasa por el ojo de la aguja y me concentro en mis propias –y reales- lecturas. Aprovechando el fin de mes, acabo de comprar La carretera, de Cormac McCarthy. Sus críticas en todo el mundo han sido buenas y hablan de un paisaje posapocalíptico en donde ya no queda mucho sobre la faz de la tierra, apenas unos cuantos sobrevivientes. Espero que ninguno de ellos sea uno de esos personajes lectores nada comunes que en la vida real, aunque quisieran, no podrían aspirar a entrar al reino de los cielos de la lectura. Después de todo, como ya ha sido dicho muchas veces, el caviar no es para los cerdos.

domingo, 1 de junio de 2008

Marinero de la medianoche

Por Hernán Antonio Bermúdez

“Con mi frágil cuchillo de marinero muerto”. p. 32

“Fui marinero de la medianoche”. p. 108

La poesía, según Coleridge, consiste en “las mejores palabras en el mejor orden posible”. Y ello se comprueba al leer la obra singular de Roberto Sosa, sin duda el poeta de mayor aliento en la literatura hondureña de los últimos cuarenta años.

Y digo cuarenta años deliberadamente por cuanto en el 2009 se cumple el cuadragésimo aniversario de la publicación de Los pobres, el libro que ganó en España el Premio Adonáis 1968, a partir del cual Sosa se convierte en una figura fundamental de nuestra vida literaria.

A ese respecto cabe señalar que en el 2006 se publicó en Francia Poesía total (1959-2004) que reúne, como su nombre lo indica, el corpus sosiano completo, precedido de un notable prólogo de Claire Pailler, quizá el estudio más riguroso emprendido hasta ahora sobre la obra de Sosa.

También en el 2007 apareció Sosa para siempre, otra antología del autor, donde, a diferencia de Poesía total, su producción no aparece clasificada en libros sino en cinco “movimientos”, cada uno de los cuales actúa como marcador aglutinante de esta escritura que tanto ha incidido en generaciones sucesivas de poetas hondureños.

Tras el inevitable asentamiento geológico de su poesía (y en consonancia con la sólida argumentación esgrimida por dicha crítica francesa), resulta evidente que el Sosa más sosegado y gozoso es el de sus poemas del amor y del deseo, recogidos en Digo mujer (2003), y que figuran juntos en el cuarto movimiento de Sosa para siempre.

En esa travesía amatoria reanuda con fluidez sus buenas migas con la poesía prosificada (cf. “Imagen de la lluvia”, “Como un elogio” y “En este parque, solo”), lleva a cabo osados juegos de palabras (ver, por ejemplo, “Último verso de un epigrama”), recobra su fuerza encantatoria y su capacidad de sorprender al lector. Allí están esos poemas perfectos como “El más antiguo de los nombres del fuego” y “La sal dulce de la palabra poesía”, así como aquella línea clara y contundente: “Por ella, aquí, es menos doloroso el oficio de poeta”.

Sin embargo, la poesía de Roberto Sosa entraña a la vez el desasosiego y la pesadumbre (presentes en los movimientos primero, tercero y quinto del libro en cuestión), que aflora en esa grieta a menudo insondable que separa la realidad del deseo (el movimiento faltante, el segundo, está signado por la ternura).

Por ello, es dable sostener que para Sosa la escritura significa placer, tentativa de sobrevivencia y pugna contra la muerte y sus emisarios, contra “las refinadas aproximaciones de la calavera” (p. 115). Así, sus textos oscilan entre la pasión y la amargura, la dicha y el exilio.

En efecto, una luminosidad diríase matinal impregna a un buen lote de sus poemas, en tanto la restante porción se cubre de sombras crepusculares, donde la agonía u otras asechanzas parecen cernirse sobre el poeta. De una parte, digamos, un eros dionisíaco, solar, versos celebratorios y paganos:

Tu nombre digo y beso tu blancura.

Tu nombre escribo y toco, hebra por hebra,

el cisne negro del pubis.

El amor, el cuadro de su sombra,

es el músico cierre de una mano extendida a otra mano.

(p. 175)

De otra, desaliento, escisión de sí mismo y de un entorno opresivo, lírica de la cavilación y de la incertidumbre: Sobre las sensaciones de vacío bajo los pies.

Sobre los pasadizos inclinados que el miedo y la duda edifican.

Sobre la tierra de nadie de la Historia: estamos

solos,

sin mundo,

desnudo al rojo vivo el barro que nos cubre, estrecho

en sus dos lados el aire que nos queda todavía.

(p. 112)

Y traspasado todo el libro por sus olas, está el mar que, dado su “movimiento perpetuo” (como diría Monterroso), implica siempre errancia, fuga hacia otra realidad, más plena o, incluso, más azarosa y que, como tal, puede conllevar el extravío físico o metafísico. Como bien indica Pailler, la imagen del mar “es referencia constante en todos los poemarios” de Sosa y, como sugiere acertadamente, prefigura la totalidad. Allí se alude a la omnipresencia del mar, a su potencial expansivo frente al poeta que porfía por cambiar el orden terrestre. El mar, obviamente, supone la transfusión del flujo vital y, por ende, representa el desemboque final de ese fluir.

Además, se contrapone a la inmutabilidad de la tierra firme, sede de las ciudades, adversas a sus moradores. Así, el mar al igual que el campo (“la dignidad pacífica de las cosas del campo” –p. 164) –territorios autárquicos- serán por excelencia los espacios que susciten el encuentro y la revelación.

Si se confrontan los poemas de nítido perfil urbano como “Cruz del alba”, “Tegucigalpa”, “Una gaviota”, “los retornos”, “Los peldaños que faltan”, “Descripción de una ciudad en peligro”, con los poemas “acuáticos” (por llamarlos de alguna manera), como “Tempestad”, “La orilla”, “Naufragio”, “Adiós marino”, “El mar en el aire”, “Digo mar”, “Sobre el agua”, “El silencio de las sirenas”, se ve que en los primeros las actitudes y pulsiones humanas están marcados por la angustia, la claustrofobia[1] y la vaciedad existencial, mientras que en los poemas de “extramuros” se experimentan vivencias libérrimas, arcádicas: el refrescamiento de los sentidos.

En esta materia tampoco cabe ignorar a ese reparto de personajes estigmatizados por sus oficios, aledaño a la concepción de la sociedad como una puesta en escena o, mejor, una ópera bufa, que puebla varios poemas de Sosa: los abogados (“temibles”), los jueces (“sombríos”), los generales (“asesinos”), los guardaespaldas (“de la muerte”), los asesinos –propiamente dichos- (“alquilados”). Se trata de figuras alegóricas que, revestidas de un siniestro aire nocturno, remiten claramente a la inquisición y la condena, al peligro y la amenaza.

Y es que frente a la vida urbana (“me eriza esta ciudad en blanco y negro” –p. 23), allí en donde “siempre se es triste sin saberlo” y “nadie conoce el mar/ ni la amistad del ángel” (p. 34), el poeta prefiere alejarse “hacia donde se astillan crepúsculo y velero” (p. 72), caminar “hacia ese puente sobre la mar tendido” (p. 85) o, si acaso, llamar “desde un lugar hermoso parecido al mar” (p. 100).

Si la urbe resulta ser el foco de la desolación y/o la disolución (“resido en un lugar sin compasión alguna” –p. 23), y “la ruina acumulada de las ciudades” (p. 63) traza un círculo vicioso de desazón y desarraigo, el poeta, por su lado, no cesa de desplegar una panoplia costera y náutica, pues “el mar es mi hermano mayor” (p. 147), y por ello es que:

Mar afuera

de regreso al desierto nosotros los viejos lobos marinos

(odiados al desnudo o amados sin ocaso)

de palabra en palabra

llegamos hasta los pies de la gente del pueblo,

y ahí,

pobre como un lucero a ras de suelo

pudimos ver la casa donde habita la poesía.

(p. 204)

En suma, Sosa para siempre deviene en lectura imprescindible, pues alberga una selección de lo mejor de este gran poeta cuya maestría verbal está cimentada en un territorio del todo personal. Y, ya se sabe, sólo logra una tonalidad perdurable quien dispone de un orbe inventivo, de una cosmogonía en la que la memoria y los espectros[2] del poeta trafican con vocablos, correspondencias y obsesiones. Además, con Roberto Sosa se está ante una voz despojada y austera, hecha con un lenguaje depurado (“buscando/ el espacio más limpio de la página en blanco” –p. 193), o bien hiriente e implacable como un cuchillo (“sacando versos como caballo viejo” –p. 199). En todo caso, digámoslo una vez más, “las mejores palabras, en el mejor orden posible”.

Quito, 28 de abril del 2008

  • Notas

Los libros mencionados son:

Sosa para siempre, Editorial Atlántida, Tegucigalpa, 2007.

Poesía total (1959-2004), Presses Universitaires du Mirail, Université de Toulouse, Francia, 2006.

[1] En ese sentido, el título de su libro publicado en 1966 es sumamente expresivo: Muros.

[2] La imaginación poética de Sosa le conduce, a veces, a desfiladeros de impronta irracional, onírica o, según afirma (con acierto) Pailler, “imágenes de evidente hechura surrealista”, como “llevar en hombros el féretro de una estrella” o “entran y salen por espejos de sangre”. El lector atraviesa con una sensación de “delicioso terror” esos “paisajes peligrosos” a los que aludía Andre Breton en sus famosos Manifiestos.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Música para corazones solitarios

Por Giovanni Rodríguez

Uno de mis vecinos es músico, específicamente guitarrista. Y es bueno, como he podido comprobar en las muchas ocasiones en que sus acordes llegan hasta mi oído a través de las paredes de los apartamentos que nos separan. Vive dos pisos arriba del mío. Esto lo sé porque últimamente le da por abrir la ventana que da al vacío interior del edificio y puedo, desde la ventana de mi cocina, verlo ahí con su guitarra, ejecutando melodías que a mí se me antojan desesperadamente lentas y melancólicas, lo que me da una idea del estado de ánimo en el que se mantiene.
Llevo un año con mis casuales e intermitentes audiciones, reconociendo a través de sus ensayos, interrumpidos constantemente para repetir alguna figura que no ha salido bien, los progresos de su música –porque es su música, de eso estoy seguro, aunque no sabría explicar por qué- y no es sino hasta en la última semana que he logrado completar en mi oído –para mi sorpresa- algunas de sus piezas. Esto es algo que me había mantenido intrigado hasta ayer, cuando por fin comprendí la razón por la que este músico no completaba antes ninguna de sus piezas mientras que ahora sí lo hace.
Y la razón es que en la ventana del apartamento de enfrente una muchacha lo escucha con una expresión de absoluto placer, un placer casi hipnótico. Pude comprobarlo ayer, decía, porque mientras caminaba por el pasillo que en mi apartamento conduce de mi habitación a la sala, oí de nuevo el rasgueo de la guitarra, y entonces asomé mi curiosidad por las celosías de la ventana de ese pasillo y contemplé la escena: él ejecutando su instrumento y ella, con unos ojos disminuidos quizá por el embeleso que le producía la música, escuchando y suspirando.
Me sentí por un momento un intruso en la escena, pero me quedé ahí un buen rato porque recordé, primero, el episodio de Rayuela en que Talita pasa, por medio de una tabla, de su balcón al de Oliveira, y segundo, una escena un tanto cubista de la película Henry & June, dirigida por Philip Kaufman, en la que, mientras Hugo, el marido de Anaïs (Nin), toca la guitarra en su casa, ésta es “tocada” a su vez por las manos de Henry (Miller), ambos fuera de la vista del cornudo en una parte oculta del jardín.
Me he pasado los últimos días pensando en las muchas posibilidades de esa escena inmutable que, de ventana a ventana, siguen protagonizando mis dos vecinos. Son jóvenes, quizá más jóvenes que yo. Él quizá se gane la vida tocando en alguna banda de rock o de blues unas dos o tres veces por semana. Ella quizá vaya a la universidad durante el día y espere con ansia la hora de la noche en que pueda volver a abrir la ventana para escuchar la música que le envía amorosamente desde unas cuerdas el vecino del apartamento de enfrente.
Entre ellos está el vacío por donde entra la luz del sol al edificio, unos ocho metros de distancia, no demasiado como para que uno de los dos se decida un día a instalar un puente con una tabla gruesa. Pero no parece que él quiera levantar un poco la mirada y su valor para dedicarle a ella algo más que música. Y ella tampoco da muestras de querer saltar o volar o decirle siquiera una palabra de agradecimiento. Nada se dicen, porque no es el silencio lo que los separa. Hay algo más que se los impide, me digo, y me dispongo a escribir su historia: Había una vez un músico enamorado y una joven mujer que, mientras el marido de ella no estaba en casa, jugaban a llenar con música sus corazones solitarios…

sábado, 24 de mayo de 2008

Espagueti zombi

Por Dennis Arita

En defensa del zombi
Decir "Italia" significa para algunos evocar dos cosas: fútbol y comidas preparadas con abundante harina y tomate. Esa palabra evoca lo mismo en mí, pero también y por sobre todo me trae a la mente el cine italiano y a dos de sus principales criaturas: el caníbal y el zombi. Me refiero, por supuesto, al cine italiano de horror, que es el espacio predilecto de estos dos monstruos y específicamente al cine italiano de horror desde finales de los setenta hasta mediados de los ochenta. Sus años dorados son los comprendidos entre 1979, cuando se estrenan Holocausto caníbal de Ruggero Deodato y Zombi de Lucio Fulci, y 1987, cuando Dario Argento dirige el filme de suspenso Terror en la ópera. Se advierte una decadencia: del horror brutal, vicioso y maldito de Fulci y Deodato se pasa al susto comedido y urbano de Argento; de la técnica ruda y casi artesanal de 1979 nos movemos al exhibicionismo visual de 1987. Antes de esa época prodigiosa, Italia ya exportaba magistrales películas terroríficas, como las de Mario Bava, que fraguó, para sus admiradores, la obra cimera de lo siniestro: La máscara del demonio (1960). Sin embargo, la mala fortuna de Bava decidió que en su mejor película no apareciera ni un zombi. Sus villanos pertenecen a la estirpe de los vampiros y aunque estos poseen, como los zombis, la cualidad de alzarse del sepulcro para aterrorizar al mundo, resultan calculadores, fríos, ambiciosos y, al final, risibles. Sus canalladas son cómicamente semejantes a las de los caníbales, sus primos en el mal. El zombi es encantador porque es más pintoresco y modesto: no muestra el incontrolable deseo de poder que hace temblar al vampiro. Físicamente horrendo, el zombi tiene una vida social que se reduce a agruparse en hordas y avanzar lentamente en busca de su comida, consistente en seres humanos vivos que prefieren amontonarse en cochambrosas iglesias o en sanatorios abandonados para apertrecharse y defenderse inútilmente de la invasión de ultratumba. El vampiro habla demasiado y aunque posee la llave de la inmortalidad, suele enamorarse de adolescentes descerebradas que provocan su ruina. El zombi, en cambio, es tenaz y silencioso: sus cuerdas vocales han sido destruidas por la inevitable corrupción de la carne. Los caníbales son delincuentes comunes. Menos vistosos y a veces sencillamente ridículos, exigen que uno viaje a la selva ­­―casi siempre la colombiana― para ser comido por ellos. La clásica Holocausto caníbal definió el curso de las futuras películas de este género: un puñado de jovenzuelos descarriados viajan a la jungla para detruir "el mito de los caníbales", maltratan a un grupo de indígenas y como castigo de sus pillerías acaban en el estómago de los parientes de sus víctimas. La brillantez de este filme de 1979 es su uso de una triquiñuela que pertenece a la literatura, "el manuscrito encontrado". En este caso, por supuesto, no se trata de un manuscrito, sino de su mutación cinematográfica: una película rodada por los propios jovenzuelos en la que los hombres que han salido en su busca descubren los detalles de su horrible final. Al contrario del caníbal, el zombi posee la ventaja de aparecer en cualquier sitio: en una casa de campo, en un centro comercial, en un hospital, en una parroquia o en un colegio de señoritas. En Miedo en la ciudad de los muertos vivientes, rodada por Fulci en 1981, los zombis son dueños de una inesperada virtud que los hace más atractivos: pueden aparecer y desaparecer a voluntad.
Zombis en el trópico
Si Holocausto caníbal fue el mapa que señaló la ruta del cine de comedores de hombres, Zombi de Lucio Fulci es el silabario de los directores de películas de muertos vivos. Antes de la película de Fulci, el estadounidense George Romero ya había determinado las señas de identidad del zombi. En El amanecer de los muertos, de 1978, la plaga de muertos vivos no tiene una causa conocida y la única forma de detenerlos es destruyéndoles el cerebro. Nada de lanzazos o pistoletazos en el abdomen. La forma eficaz de terminar con un zombi es pegándole un balazo en el cráneo. Fulci y su guionista Dardano Sachetti saquean con regocijo infantil la película de Romero, pero introducen algunas magníficas variantes: la acción transcurre en una isla tropical, casi todas las actrices se desnudan sin motivo aparente y el desenlace es apocalíptico e incluye el asedio de una iglesia, muchos balazos (pocos, por desgracia, dan en la cabeza de los muertos vivientes) y un incendio. El argumento y algunas escenas íntegras de Zombi fueron robadas por Mariano Girolami, director de la infame Holocausto zombi, especie de híbrido del filme de Fulci y el de Deodato. Algunos conocedores acusan a esta película por su trama laberíntica, que pierde en sus recodos traicioneros al espectador que desea aplicar la lógica a los acontecimientos que ve en pantalla. Lo mejor es dejar que las imágenes espléndidamente brutales sirvan de pegamento para unir las partes dispersas. Sobre la falta de cohesión de esta película, Fulci señaló en una entrevista: "Zombi se basa en las sensaciones, no en el argumento". Tiene razón. Para ser riguroso, no hay argumento, pero las sensaciones abundan. Está bien. Sí hay argumento. A Nueva York llega un barco espectral, cuyo único ocupante es un hombre que antes de lanzarse al agua ataca a la policía y demuestra un gusto sospechoso por la carne humana. Anne Bowles, hija del dueño del barco, viaja con un periodista y dos aventureros a la remota isla de Matoul, donde vive su padre. En Matoul descubre que su padre está muerto y que el doctor Menard ha estado haciendo experimentos de una naturaleza que nunca se aclara, como muchas cosas en este filme. Como es de esperar, los muertos vivos acaban poco a poco con los actores, de maneras horriblemente creativas, hasta la confrontación final en la iglesia isleña. Un crítico señaló los defectos de Zombi: "Esta película sólo desea perturbarnos, sea arrancando yugulares, perforando ojos con astillas de madera o extrayendo tripas". En realidad, no hizo más que destacar sus principales virtudes. El final es puro horror de los setenta: los sobrevivientes regresan a Nueva York en busca de refugio; lo que no saben es que esa ciudad está tomada por los muertos vivos. Así era el terror de esos años: no dejaba esperanzas. Por ejemplo, en la primera película de Romero, La noche de los muertos vivos, de 1968, el héroe de la película, después de sobrevivir al asedio de los zombis, es muerto a balazos al ser confundido con un muerto viviente.
El zombi y el tiburón
Zombi no será la mejor pieza cinematográfica de la historia, pero su hora y media de metraje nos depara muchas agradables sorpresas. La primera de ellas son los propios zombis. Romero no fue muy creativo que digamos a la hora de inventar zombis. Algo de pomada en el rostro bastó para darles carta de ciudadanía en el reino de los comehombres. En cambio, los muertos vivos de Fulci son verdaderas piezas de arte ambulante (aunque vacilante). En sus cuerpos invadidos de gusanos se ha instalado la corrupción triunfante, carecen de ojos y en lugar de piel muestran una abultada capa de materia grisácea y verdosa. Su fotografía y su música han sido creadas para despertar la inquietud y el miedo. Fulci es un especialista en atmósferas decadentes. Son realmente tenebrosas las tomas de los muertos vivos vagando por las calles desoladas de Matoul o, de noche, avanzando a tropezones bajo las palmeras. Zombi tiene dos o tres secuencias maravillosas, como la del cadáver del conquistador español saliendo de la tierra. Para mí, la más sorprendente es la pelea entre el zombi y el tiburón que está casi al comienzo de la película: en el barco hacia Matoul, la mujer del capitán se desnuda sin motivo, como siempre, y mientras bucea es perseguida por un zombi submarino que es perseguido por un tiburón. La pelea siguiente es absurdamente excitante; sólo un loco podía filmarla.
¡Ahora, a sacarle los ojos!
El buen cine, como las buenas novelas, es un arcón donde se guardan los secretos y las obsesiones de sus creadores. Fulci, fundador del cine italiano de horror, tiene pocas obsesiones, pero son fácilmente reconocibles. Le encantan la sangre y las tripas y sus filmes no dejan espacio para la esperanza. Es memorable el final de su filme Las siete puertas del infierno: los protagonistas vuelven al mismo sitio infernal, no importa por dónde salgan. Todo termina mal para los humanos. Aunque puede verse desde otro punto de vista: todo termina bien para los zombis. Una obsesión de Fulci es llamativa: odia los ojos y en varias de sus películas los vacía con clavos, dedos y madera. Una secuencia me viene a la mente de inmediato: en Zombi, el ojo izquierdo de Olga Karlatos perforado lentamente, con exquisito detalle, por una larguísima astilla de madera. Esta obsesión fulciana también puede verse desde otra perspectiva: le encantaban los ojos y como todo creador de una iconografía del horror sólo podía mostrar su amor perforando globos oculares. Queda una tercera alternativa: Fulci se sentía culpable de crear imágenes horribles y las imágenes son percibidas por los ojos. Extraer, perforar o vaciar ojos es su manera de manifestar su culpa.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Mal gusto y efecto mediático

Por Giovanni Rodríguez

En EdTV, una película de Ron Howard, el protagonista dice algo parecido a esto: “Antes eras famoso porque tenías algún mérito, ahora el mérito consiste precisamente en ser famoso”. Ocurría que el personaje protagonizaba un reality show en el que tres cámaras registraban sus movimientos durante todo el día, incluso en sus horas de sueño.
La sociedad actual se rige por una dinámica similar. Proliferan esos seres anodinos que la prensa, la mercadotecnia y la publicidad han convertido en héroes de la noche a la mañana. Ya se sabe que lo que esa gran masa de gente sin educación y sin cultura llamada público espera es aquello que satisfaga su necesidad de inmediato placer, que le permita abstraerse de todo y le procure una risa fácil, que no implique más participación que su sola disposición para dejarse llevar, sin entrar en el problema del empleo de su “inteligencia”.
Y es que para las nuevas generaciones todo lo que en apariencia es inteligente está relacionado con el aburrimiento. La idea generalizada de que leer es una actividad tediosa viene de la falsa creencia de que los libros sólo funcionan como herramientas informativas cuyo contenido tiene alguna “utilidad”. “El arte es completamente inútil”, dijo Óscar Wilde, y sin embargo cuánto ha logrado tocar las fibras de la existencia humana a lo largo de los siglos, cuánto ha logrado revelarnos la literatura, esa “mentira que dice la verdad”, en palabras de Vargas Llosa.
Pero si el hecho de que la mayoría considere aburrido leer es ya nefasto, veamos lo que ocurre con esa minoría que “sí lee”. Una reciente encuesta en un diario hondureño, con una absoluta falta de rigor -que tampoco es necesaria en empresas de semejante obviedad-, refleja las preferencias de los lectores: dos escritores nacionales: Froylán Turcios y Julio Escoto, más un escribidor de cuyo nombre no quiero acordarme; tres extranjeros: un brasileño que escribe libros para rehabilitados, una chilena que del realismo mágico hizo pomadita y se puso a untarlo todo con ella, y el eterno lugar común García Márquez. La lista se completaba con esos detestables libros que ofrecen las claves de la felicidad, de la riqueza o del éxito para ser alcanzados en el plazo fijo de siete días.
Si a esta encuesta le hubieran agregado las mismas preguntas pero ya en el ámbito musical, habría resultado también una abrumadora diferencia a favor del regueatón, ese ritmo monótono y repulsivo que se oye en las radios y se pasan de teléfono a teléfono los adolescentes, todos ellos adoradores de tipos que suben a un escenario con un micrófono, los pantalones casi en la mitad del trasero, las camisetas con enormes números en pecho y espalda, una gorra anormalmente endosada en la cabeza, unos zapatos de payaso y unas cadenas caninas, largas, gruesas y pesadas en el cuello, para hacerse creer y hacerles creer a miles de idiotas que lo que hacen es normal, importante, hermoso y hasta artístico.
Y este panorama no cambia demasiado de un país centroamericano a otro. ¿Qué se puede esperar de este nuevo ejército de descerebrados, que llegan a la veintena de años sin dar muestras de haber empezado a pulir los rasgos de su personalidad, que tienen por héroes a esos execrables especimenes reciclados, subproductos que la mercadotecnia crea a partir de la popularización del mal gusto? No, definitivamente no se puede esperar nada que valga la pena. Los falsos héroes abundan, y el mal gusto también, tanto para los libros como para la música.

martes, 20 de mayo de 2008

Gustavo Campos: Que no baste nada, ni la poesía, ni la absurda literatura de todos los días

Por Jorge Martínez Mejía

Todo lo que no es literatura se encuentra en cualquier calle. Sólo las confesiones diarias del hombre son literatura. Sonofelet

Recién cumplidos sus veintitrés años, Gustavo Campos cierra su ciclo con la poesía declarando que ha quedado literalmente mudo. Probablemente muchos pensarán que se trata de una pose literaria, muy acostumbrada en nuestros días; sin embargo yo soy testigo de su imposibilidad actual, no de su falta de capacidad contemplativa, sino de su tedio, de su desidia con la literatura.
Hubo un tiempo distinto, un extraordinario fervor, un éxtasis literario en el que Gustavo Campos se confundía entre su misma producción. Fue el tiempo en que vivió en sus Habitaciones sordas y construyó Desde el hospicio un mundo de correspondencias, una inmensa galería en la que tuvo la fortuna de estar frente a sus ídolos literarios en un téte-à-téte. Desde el hospicio fue ese inhóspito edificio siquiátrico en que la poesía se alimenta de los poetas en un festín demoníaco. Su voz fue entonces tan fluida hasta la enajenación. No hubo sacrificio de palabras ni ceremonias vanas, ni metáforas válidas. Sus construcciones dejaron de ser “naturalmente literarias” para convertirse en un fluir de miradas y ecos casi sin sentido, resonancia de otras voces poéticas entre las que retumban las voces perdidas de Ezra Pound, Hölderlin, Pizarnik, Leopoldo M. Panero, Vallejo, Artaud, Oliverio Girondo, Allen Ginsberg, Beckett, el Marqués de Sade, Dylan Thomas, etc., etc., etc., etc.
Cierta enfermedad se apoderó de sus huesos y sus horas durante los años 2005 y 2006, “una obsesiva intención de encontrarse a sí mismo, de buscarse en la sombra teñida de empellones contra las paredes” (1). Un pesimista atroz, totalmente náufrago, sonámbulo, con un destino cifrado en la poesía, hizo de cada uno de sus instantes un objet d’ art, pequeñas construcciones poéticas de enorme aliento. Entonces decía; “No escribo un poema por sufrimiento, sino para sufrir… para darme fin…”. Trasnochado, ebrio y sin embargo lúcido en el ambiente demencial de sus sórdidas habitaciones, fue construyendo simultáneamente en el hospicio Bajo el árbol de Madeleine, ya sumergido con todas sus palabras en la misión de darle fin a la cordura. Entregado al alcohol, pergeñando lecturas inconexas, pero trazadas en su fantasía para descifrar el caos del lenguaje, y no obstante empecinado en encontrar una manera auténtica de vivir su propia vida, libre de la fatua imbecilidad circundante, la mediocridad y el abuso de cánones desteñidos y obtusos, concluye su pequeño y descomunal esfuerzo sólo para quedarse mudo. Y lo ha logrado. No se ha podido ver reflejado a sí mismo en lo que ha escrito, pero se ha encontrado, él es la voz de la poesía. “De antemano estuvo condenado al hospicio sin prometerse talento ni locura, pero el zapato siempre iba a estar sobre la silla”.
Gustavo Campos nació en San Pedro Sula en 1984 en una familia humilde y esforzada, signada por la fatalidad del suicidio de su padre, en un barrio de la clase media sampedrana. Un permanente sentido de lo trágico y el afán de proteger a los suyos aún desde la impotencia, le hizo desarrollar una personalidad taciturna, sentido de tristeza y soledad. En sus tres poemarios podremos encontrar entonces esa intención de buceo en sus propias fantasías y terrores, la inminencia del suicidio como un fantasma acechante:
“Nos obligaron a vivir
jamás me dejaron seguir
ya vendrá el milagro, dijeron
y la angustia fue el milagro
nos obligaron a vivir…”
“…no escogimos las pesadillas
el exilio
errar eternamente solos
las convulsiones
o delirios
ni inventar un nuevo diálogo
nos obligaron a vivir
quienes nos obligaron a morir”.
Con Bajo el árbol de Madeleine Gustavo Campos concluye un ciclo en su producción literaria, se cierra la puerta que abrió en la literatura, una creación oscura, enferma y demencial. Un ciclo de una producción muy importante para las letras hondureñas. En la actualidad Gustavo Campos se dedica al estudio de la literatura y al trabajo cultural con la Dirección Regional de Cultura, Artes y Deportes. Ha publicado fragmentos de su obra en suplementos literarios y revistas del país, ha concedido entrevistas y se perfila como una de las voces poéticas de mayor resonancia. Tal vez el milagro que lo hizo enmudecer, de igual manera le devuelva su voz, si no, con este último libro tendremos suficiente.
Gustavo ríe, con una risa torva, entrecortada.
San Pedro Sula, 4 de febrero de 2008.
  • Nota 3 Jorge Martínez Mejía, "La enferma y bella poesía de Gustavo Campos". San Pedro Sula (2005).

lunes, 19 de mayo de 2008

De prólogos Pilatos y experiencias lectoras

Por Gustavo Campos

Sabiduría y rebelión: dos venenos. E. M. Cioran
Cuando publiqué Habitaciones sordas, mi primer libro de poemas, decidí no incluir comentarios elogiosos de algún oráculo del patio como respaldo -existen también los prólogos ocurrentes, inocentes y chispeantes-, a lo que ya estamos acostumbrados en el medio. También me abstuve de pedirle a mis amigos tan deshonroso favor, la palmadita en la espalda a lo Pilatos podía obviarse. Sin embargo, las políticas editoriales en donde lo publiqué lo exigían, ello los obligó a elaborarlo. Era mejor antes que el compadrazgo. Sin embargo, como bien es sabido en el medio literario, las editoriales exigen que el prólogo sea una invitación exultante, por lo tanto lisonjera, para atraer al lector. De esto tenemos harto conocimiento los lectores.
Ahora, pasados poco más de 3 años, aunque mis principios se mantienen firmes, decidí incluir un comentario de mi amigo y compañero Poeta del Grado Cero: Yorch Martínez, de quien admiro su entusiasmo y jovialidad y que siempre me ha parecido un auténtico juglar, además de celebrar sus Causas Perdidas, poemario aún inédito de futura publicación.
Estas líneas que me atrevo a escribir las considero forzosas para aclarar cómo ha sido y es mi relación con la literatura, quizás alguien piense “lo que importa en este tiempo es el placer del texto, no las biografías”, a lo que respondo de antemano: “amigos, todo lo que piensen o critiquen ya lo sé, también es mi ejercicio”.
A continuación un breve paseo por Desde el hospicio, libro que espera hospedarlos. Antes de la aparición de Habitaciones sordas ya tenía bosquejado básicamente todo el presente poemario, razón por la cual me desanimé tan pronto de mi debut literario, que incluso no quise publicar: mi ambición era mayor y mi autocrítica seguía elevándose cual Ícaro. Con Desde el hospicio creí tener ante mí un mundo de habitaciones, un sinfín de experiencias vividas intensamente, como intensas fueron mis lecturas. Un laberinto en donde desfilaban aquellos “espíritus agrietados”, como dijera Cioran acerca de los artistas sufrientes, y que, como escribió Stevenson, cargaban con un destino difícilmente sacudible de sus hombros.
Aún recuerdo los poemas que fueron importantes en su concepción. Artaud, Fijman, Hölderlin, Pound, Ginsberg y Thomas fueron algunos de los contribuyentes. Y así fue que comencé un canto de la desesperación, a manera de arco de tiempo, como la idea que a Pound siempre lo posesionó.
Aprovecho la ocasión y el espacio para confesar mi admiración por la “torre trunca” de Edilberto Cardona Bulnes y ese “sabor a exilio” de Nelson Merren.
Curiosamente siempre me enternecieron los escritores sin “fórmula de salvación”, aquellos de una estirpe luciferina, transgresores, “acróbatas capaces de contorsionarse en el punto extremo de sí mismos, y que nos invitan a sus peligros (1)”; inventores de límites, y que trazado ese límite lo transgreden. Pienso en un Rimbaud y en un Bukowski. Admiración mía similar a la de Bolaño por su buen amigo Mario Santiago Papasquiaro o por Leopoldo María Panero. En ese entonces tendía a mitificarlos.
Una imagen o una obsesión eran constantes en mí obligándome a dedicarme a una vocación que hasta entonces la creía auténtica, y que sin duda lo fue en su tiempo: los tres árboles de Desnos multiplicándose y conformando un bosque. Cada árbol en lugar de hojas y frutos tenían rostros derruidos por el tiempo. Entre esos árboles aparecían uchoscaminos y un tigre los iluminaba. Cada camino era una "idea superior del honor humano".
Antes bien la savia de los árboles era un río subterráneo que para ese entonces lo creía el Aqueronte. Esa imagen desde una perspectiva superior me remitía a una rosa, que en el más leve parpadeo sería un laberinto, en el siguiente parpadeo una rosa, y entre cada pliegue del alma de la rosa una habitación sorda, donde cada pétalo constituía un muro. Me dejaba llevar por la música del último acorde de una flauta.
Para mí la escritura siempre fue una obligación y un riesgo y estos dos aspectos rigieron mi vida, desesperándola. Escribir fue mi forma de amar, mi única forma de amar. Y amar, apostar. Y aposté a leer. A no declinar de una vocación vital y compulsiva, y creí entonces que era lo que mejor yo hacía y podía hacer. Algo romántico me lancé y fui desvaneciéndome en letras. No me importaba nada más. Para crear, me decía, tenés que sacrificarte. No debe haber nada más que la literatura. Me tomé muy en serio, pero al final pude resolverlo (hoy no lo soy tanto).Y escribí sobre lo mismo, y reescribí. Me volví un explorador de mis angustias y obsesiones. Debía ser sólo un instrumento. Ser mi proyecto. Me di cuenta que las horas de la creación son las horas del entendimiento.
Habitaciones sordas fue mi primer escalón, mi primer imperfecto escalón del cual renegué en su presentación hace un par de años, pero que, a pesar de esta antipatía, reconozco en él la fuerza devastadora de quien ha regresado del “jardín de la muerte con algunas bellezas literarias”, pocas, pero necesarias para mi formación.
Hoy decido publicar Desde el hospicio por una razón: creí en él cuando lo concebí y le pertenece a ese momento, no al actual, donde la literatura me aburre, donde toda pose “intelectualoide” me parece patética y lo confieso aunque esto moleste a amigos y a uno que otro idílico autor serio.
Me pregunto, ¿para qué llenar de palabras este mundo? Escribir, escribir… “¡pura paja!” (2). Trato de encontrarle sentido a la escritura -en la lectura siempre hay deleite-. Me he agotado. Ya coseché el huerto sombrío que me fue dado. La poesía ha sido derrocada. Me esfuerzo por encontrarle sentido al por qué de la creación. Las puertas se me cierran en cada verso. Cada verso es su pomo y su misma tapa. Me enamoré quizás de una imagen: simular ser creador. Desde pequeño hasta hoy mi personalidad fue conflictiva y por mi naturaleza rebelde y de cíclicos hartazgos incluso han llegado a tildarme de “poeta maldito”, que es una mentira. Es mi naturaleza estar siempre contra mí, no lo niego. Y al rato hasta poso pozo poco como…
Ortega y Gasset le dijo en una ocasión a Octavio Paz que dejara de escribir tonteras, que la literatura estaba muerta, que se dedicara al pensamiento. Esta idea puede ser complementada con ensayos de Gombrowicz, Emilio Pacheco, Sonofelet y Cioran.
Puedo jactarme –sonriendo-, al menos, que dejé mi vida en la escritura hasta deshacerme de mí. Hasta deshacerme de mi supuesta vocación. Y precipité mi lenguaje a su abismo, para que no quedara nada: ni intenciones futuras. Fui devastador. Escribí para dejar de escribir, por obsesión, por compulsión, no sabía hacer nada más. Renuncié a esta quimera a mis 23 años. Ha pasado un año –hoy tengo 24- y me niego a escribir algo más, a pesar de algunos reclamos de amigos y de la mendicidad de mi espíritu. Renuncié quizás por decepción más que por aburrimiento, me enamoré tanto del arte que esperaba más de él, o más de mí, creo que la segunda es la más acertada, y cuando me di cuenta que no lo conseguiría, decidí no seguir engañándome ni engañando a nadie más. Que otros se dediquen a hacerlo. Pero dejo a quien quiera leer Desde el hospicio. Le pertenece a esa etapa de creyente inveterado. Este libro junto a Bajo el árbol de Madeleine son mi último engaño.
San Pedro Sula, febrero de 2008.

Notas
1 E. M. Cioran, La tentación de existir.

2 Expresión frecuentísima de “chupe Tito” para desacreditar y desarmar cualquier farsa ya sea oral o escrita. Es hijo de mi buen amigo Mario y tiene 5 añitos de edad. A él le debo tal enseñanza.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Bob-Dylan-Thomas

Por Giovanni Rodríguez

Siempre he tenido problemas con los nombres y los rostros de algunas personas. Los confundo y eso me saca de mis casillas. Similar a lo que le ocurría a Roberto Bolaño con Colombia y Venezuela, países cuyas capitales intercambiaba por la simple circunstancia de que Caracas inicia con “c”, igual que Colombia, y Bogotá inicia con “b”, casi igual que Venezuela. Me sucede con Robert de Niro y Al Pacino, al grado de no saber cuál de los dos es Vito Corleone en El Padrino, aunque por fortuna, si me empleo a fondo, logro diferenciar ahora a Jack Nicholson de Anthony Hopkins por la memorable escena del primero con el hacha en El Resplandor.
Con respecto a Bob Dylan y Dylan Thomas, creía que eran la misma persona, y al creer esto, no sabía cuál de esos dos nombres era el verdadero. Tampoco estaba seguro de si Bob-Dylan-Thomas era músico o poeta, o tal vez pintor, o incluso un hombre de política. Había escuchado o leído los nombres en varias ocasiones, pero no recordaba cuándo ni dónde. Mi ignorancia era terrible. El caso es que un día –cuando por fin me cansé de convivir con esa duda- entré a un café internet, tecleé el nombrecito híbrido en la barrita de Google y todo empezó a tener sentido.
Bob Dylan era uno y Dylan Thomas era otro. El primero era músico (y todavía lo es). El segundo era poeta y murió hace más de cincuenta años. Decidí, quizá por respeto a su memoria, empezar por el muerto; ya me concedería el vivo más tiempo en otra oportunidad. Y entonces leí estos versos traducidos del inglés: “En mi oficio o mi arte sombrío/ ejercido en la noche silenciosa/ cuando sólo la luna se enfurece/ y los amantes yacen en el lecho/ con todas sus tristezas en los brazos,/ junto a la luz que canta yo trabajo/ no por ambición ni por el pan/ ni por ostentación ni por el tráfico de encantos/ en escenarios de marfil,/ sino por ese mínimo salario/ de sus más escondidos corazones”.
Fue lo primero que leí de ese gran poeta galés, unos versos que curiosamente se relacionan con lo que hago en este Café Kubista. Busqué más poemas en la red y, sin darme cuenta, consumí la hora de la que disponía en la computadora sin que me acordara del otro Dylan, Bob, el músico, con quien acababa de contraer una deuda moral al olvidarlo por completo durante una hora de poesía. Tenía que volver mañana a buscarlo en la barrita de Google.
Así que ahí estaba yo el siguiente día, dispuesto a investigar la vida y la obra de Bob Dylan, y por supuesto, a escuchar un par de sus canciones. Me sorprendió saber que también se le consideraba poeta, que la canción Knockin´on Heaven´s Door, que hicieran famosa los Guns N' Roses, fue escrita por él en 1973 y que un osado Allen Ginsberg había dicho alguna vez que bien podría otorgársele el premio Nobel de Literatura, pero lo que más me sorprendió fue descubrir que su verdadero nombre no era Bob Dylan sino Robert Allen Zimmerman y que el seudónimo lo había adoptado en honor al poeta Dylan Thomas.
Después de todo, mi problemilla con este par estaba justificado de alguna manera. Ahora ya podía imaginarlos por separado. Al músico tocando las puertas del cielo con esa voz que a Bruce Springsteen emociona y asusta a la vez, y al poeta apagando su sed en un bar londinense para irse más tarde a escribir el poema de su vida. El poeta jamás pensó que su nombre tendría música más allá de sus versos. Fue el músico quien lo pensó por él, e hizo música, estupenda música, y lo sigue haciendo todavía.