jueves, 22 de diciembre de 2011

Orsai (Fuera de juego)


Me entero, vía Moleskine Literario, de un extraordinaio proyecto cultural llamado "Orsai". Su creador, argentino, de nombre Hernán Casciari, nos lo explica en este video de 18 minutos que también resulta ser una magnífica historia. Parece que esto demuestra que con imaginación y voluntad la cosa puede marchar. Compruébenlo.

martes, 20 de diciembre de 2011

Qué es y qué no es una novela


Portada de la novela de GGMárquez aludida en el artículo.
Con ocasión de una reciente noticia relacionada con García Márquez, el novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez nos entrega en este artículo, publicado en El Espectador, una leccioncita que tendrían que aprender muchos de nuestros "lectores" catrachos, acostumbrados a confundir, con ignorancia y altanería a la vez, algunas cosas elementales:
Hace 17 años, un tal Miguel Reyes Palencia demandó a García Márquez por haber convertido su vida en literatura.
Sostuvo Reyes que el personaje de Bayardo San Román era él, o que él era Bayardo San Román. Ustedes lo recuerdan: aquel hombre misterioso y adinerado que en Crónica de una muerte anunciada se casa con Ángela Vicario, descubre que la novia no es virgen, la devuelve a su familia y pone en marcha la tragedia que acabará con la muerte de Santiago Nasar. Sostuvo Reyes que García Márquez le debía la mitad de las regalías que hubiera obtenido por la novela y que además su nombre, el de Reyes, debía figurar en la portada como coautor. Hace unos días, un tribunal superior de Barranquilla falló a favor de García Márquez y en contra de las curiosas pretensiones del modelo real del personaje ficticio. Y al hacerlo ha recordado algunas verdades sobre la creación literaria que al parecer no son, o no son siempre, del dominio público.
El asunto tiene un lado humano, demasiado humano: el oportunismo. Y no es la primera vez que alguien trata de sacarle tajada al éxito económico de García Márquez con estas estrategias: ustedes recuerdan que ya el marinero cuya experiencia informa el Relato de un náufrago había probado suerte de la misma forma. Con una diferencia: el hecho de que ese relato fuera un reportaje —y no una ficción— podía provocar cierta confusión en gente bienintencionada. Pero alegar que uno es coautor de una novela por el hecho de que su vida ha inspirado la creación de un personaje no sólo es cómico: es delirante. En la (justamente) célebre entrevista con Hemingway, el entrevistador de la Paris Review le dice: “¿Podría usted decir algo acerca del proceso de convertir a un personaje de la vida real en un personaje ficticio?”. La respuesta de Hemingway es: “Si explicara cómo se hace a veces, sería como hacer un manual para abogados expertos en difamación”. Y para oportunistas, añado yo.
Una novela no es nunca las cosas que cuenta, sino cómo se cuentan esas cosas. Tomen ustedes la siguiente historia: una mujer frívola se casa mal, se aburre de su matrimonio, se enreda con uno o dos amantes y la vida se le enreda tanto que acaba en la desgracia. Con semejante material pueden ocurrir dos cosas: una mala telenovela venezolana o Madame Bovary. Un joven confundido comete un asesinato, es perseguido por la policía y acosado por la culpa hasta que decide confesar su crimen, va a parar a la cárcel y allí encuentra la redención gracias al amor de una mujer. Con eso se hace una pésima película de Hollywood o Crimen y castigo. La diferencia, por supuesto, está en las palabras que se escogen, el orden en que se ponen, las escenas o los párrafos que construyen: ese complejo aparato que es una novela es la consecuencia de muchas decisiones, y ninguna de ellas pertenece a la persona real que el novelista usó.
Crónica de una muerte anunciada, ese librito que en mi edición tiene apenas 120 páginas, es uno de los aparatos narrativos más sofisticados de nuestra lengua. Su construcción y su prosa son una maravilla; su falsa estrategia periodística, una lograda osadía. Bayardo San Román es una criatura hecha de lenguaje, y ese lenguaje no es el de Miguel Reyes Palencia, sino el de Gabriel García Márquez. Y eso, me parece, es todo lo que hay que saber.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Narrar la vida de la madre puta


El escritor mexicano Julián Herbert. Foto de MÓNICA ÁLVAREZ HERRASTI.
"No reivindico ni la pobreza ni el sufrimiento. Con cualquier vida se puede construir un universo literario", dice el mexicano Julián Herbert (Acapulco, 1971), reciente ganador del premio Jaén de Novela con la obra Canción de tumba (Mondadori). En esta nota de El País, nos dicen que Herbert, narrador, poeta y vocalista de la banda de rock Madrastras, cayó en 2006 como una piedra en el estanque editorial español con Cocaína. Manual de usuario (Almuzara), un texto escrito con el mismo cuchillo con el que ahora relata la vida de su madre, prostituta.
La enfermedad terminal de una mujer cuyo primer recuerdo era una paliza fue el detonante de la historia que su hijo empezó a redactar para sobrellevar las noches de hospital. "Tuve que vencer una vergüenza personal y otra literaria", dice el escritor por teléfono desde Saltillo. "Lo autobiográfico tiene esquinas difíciles". "Madre solo hay una. Y me tocó", reza la cita que abre Canción de tumba. Lo que le sigue es un torrente de nomadismo prostibulario, casas malconstruidas por sus propios inquilinos, desahucios y violencia. "Lo malo de ser el hijo de una puta es que, cuando eres niño, muchos adultos actúan como si la puta fueras tú. Mi hermano mayor tuvo que salvarme de ser violado al menos en tres ocasiones antes de que me graduara de primaria", escribe Herbert, que insiste en que su mayor preocupación no fue qué contar sino cómo hacerlo: "No quería hacer una autobiografía sino algo que funcionase literariamente".
Si quieren seguir leyendo, váyanse por aquí.

domingo, 11 de diciembre de 2011

MGallardo: "No soy ningún autor canónico para dar consejos"

Y para finalizar esta serie, tomada de esta publicación de La Prensa, les dejo las respuestas de Mario Gallardo (incluido en Puertos abiertos. Antología de cuento centroamericano) a Carlos Rodríguez:
¿A qué otro autor nacional le hubiera gustado ver en la antología “Puertos abiertos”?
Desconozco detalles acerca de los parámetros utilizados para la selección por Sergio Ramírez, por lo que sería insensato proponer inclusiones basadas en premisas personales, pero me atrevo a decir que Roberto Castillo no debiera faltar en ninguna antología de narrativa centroamericana.
¿Cree que “Puertos abiertos” ofrece una visión saludable del cuento centroamericano?
No soy muy afecto a las metáforas medicinales, pero es indudable que ofrece un panorama amplio y representativo de la narrativa de corto aliento que se está escribiendo en la región, además de tender un puente entre propuestas que marcaron el paso durante el siglo XX y las que se encuentran en proceso de definirse en el XXI.
Para un autor hondureño, ¿qué importancia tiene aparecer en una antología hecha por Sergio Ramírez para el Fondo de Cultura Económica?
La misma que para el resto de los autores centroamericanos: el honor de haber sido seleccionado por un hombre de letras con una carrera tan unánimemente celebrada como la de Sergio Ramírez y las ventajas de aparecer publicado en una editorial que puede presumir de una trayectoria impecable a nivel continental.
¿Cuál es su cuento favorito de los autores incluidos y que no aparece en la antología?
“Lejano”, de Eduardo Halfon, y “La niña que no tuve”, de Rodrigo Rey Rosa.
Algunas personas han opinado que reveló demasiado de la vida real en Las virtudes de Onán, ¿qué piensa?
Sobre “Las virtudes de Onán” han escrito Helen Umaña, Hernán Antonio Bermúdez, Giovanni Rodríguez, Rodolfo Pastor y Gustavo Campos, y en ninguno de sus trabajos he visto expresada esa sentencia, así que no podría decir mucho en torno a tales “revelaciones” ya que desconozco absolutamente su contexto.
¿Qué consejo le daría a los escritores jóvenes?
No soy ningún autor canónico para dar consejos, pero in extremis optaría por el más trillado, pero el que menos adeptos tiene: leer y, sobre todo, releer.
¿La literatura debería estar comprometida con alguna causa?
No creo en más compromisos que el de preservar la autenticidad de tu propuesta y esforzarte al máximo por escribirla bien.

GCampos y la muerte de Sosa (según CR)

En la misma publicación de La Prensa citada en la entrada anterior de este blog aparece también esta corta entrevista a Gustavo Campos (antologado en Puertas abiertas. Antología de poesía centroamericana). Carlos Rodríguez, el entrevistador, suelta un dardo desde la primera pregunta, pero habría que preguntarle a él si les haría la misma pregunta a todos los poetas hondureños incluidos en esta antología... Porque según Carlos, si Roberto Sosa no hubiera muerto, los únicos poemas hondureños que aparecerían en esta antología serían los de Sosa. Vaya pendejada! Dejando aparte ese asomo egocéntrico en algunas de las respuestas de Gustavo Campos, hay que reconocer que su poesía publicada hasta ahora es una de las más auténticas de los últimos años y que no necesita de la muerte de nadie (ni del autobombo) para sobresalir y ocupar un lugar en una antología tan importante como ésta preparada por Sergio Ramírez para el Fondo de Cultura Económica.
¿Su inclusión en la antología “Puertas abiertas” está marcada por la muerte del poeta Roberto Sosa, ¿es cierto? ¿Qué opina?
Mi obra estaba preseleccionada, según me dijo uno de los integrantes del consejo editorial, y creo más que mi inclusión se debe a un reconocimiento de mi labor creativa que supone, y se entrevé al ver la selección de mis poemas, un nuevo camino que transitar en la poesía hondureña. La muerte de Roberto Sosa nos conmovió y tenemos claro que de seguir vivo él estaría incluido como uno de los poetas más reconocidos que ha dado nuestro país.
¿“Puertas abiertas” es una especie de recompensa a su trabajo poético?
En cierta medida sí. Es gratificante saberse antologado en una de las más prestigiosas editoriales de habla hispana, pero no lo veo como “recompensa” o “incentivo”, de no haber salido seguiría escribiendo y escribiendo, pues la verdadera “recompensa” a la que aspiro es lograr una obra maestra.
¿Con la poesía de qué autor incluido en este libro se identifica tu “yo poético”?
Mi “yo poético” no cree identificarse con otros autores incluidos, pero como lector admiro mucho a poetas como Rigoberto Paredes y óscar Acosta. Lo que me entristece es la exclusión de tres poetas que a mi ver debieron aparecer, como ser: José Luis Quesada, Livio Ramírez y José Antonio Funes. Con los poetas que más me identifico ya están muertos, Edilberto Cardona Bulnes y Nelson Merren.
¿Gustavo Campos cree en el destino?
Creo más en la predestinación. Y cuando llego a creer en el destino me provoca cierto temor a nivel personal, pero grandes expectativas a nivel profesional.
¿Para un escritor hondureño, ¿qué representa aparecer en una antología hecha por Sergio Ramírez para el Fondo de Cultura Económica?
Una satisfacción y una alegría innegable de que haya sido un gran escritor como lo es Sergio Ramírez quien te incluya en una antología que a su vez es publicada por una editorial de gran prestigio.
¿Cuál es su mayor defecto en el oficio de escribir?
Soy muy autocrítico, diría casi autodestructivo conmigo mismo y con mi obra. Soy capaz de distanciarme de mis trabajos y ejercer juicios críticos en su contra, los mismos que aplicaría a otras obras. No me enamoro de mi escritura y a veces suelo reírme de escritos míos.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Por qué a Escoto no le gustan las antologías


Portada del libro Puertos abiertos. Antología de cuento centroamericano.
¿Esta antología ofrece una visión saludable del cuento en CA?, le preguntó el periodista Carlos Rodríguez a Julio Escoto en una corta entrevista publicada recientemente en La Prensa con motivo de la antología del cuento centroamericano Puertos abiertos, preparada por Sergio Ramírez. Y tras leer la respuesta de Escoto es difícil dejar de imaginarse en su rostro una mueca de disgusto, de incomodidad y hasta de dolor:
No estoy muy seguro de ello. En el caso de Honduras ocurrió una sustitución de autores que yo, como responsable de la selección por país, no autoricé nunca. He solicitado explicación sobre eso a Sergio Ramírez y a esta hora no la he recibido. El director de la antología realiza la selección final pero no introduce a otro autor sin consultar, o por lo menos informar al responsable por país. Si eso ocurrió con Honduras pudo haber pasado con otros países, o con el tomo de poesía. Situaciones que desde luego deforman e incluso vician la idoneidad de una antología. En segundo lugar, la escogencia de solo autores vivos es una muestra parcial del desarrollo de una narrativa, corte transversal de un momento, no de un extenso período o la totalidad. Pero en este caso ese fue el criterio y me parece bien, excepto que no se puede hablar de “saludable” cuando solo conocemos a una parte del cuerpo global.
Obviamente el periodista no supo (o no quiso) ejercer su profesión de la manera en que podría esperarse y por eso hasta el sol de hoy desconocemos cuáles autores aparecen en esa antología en lugar de otros, según el fino criterio de Escoto. Desconocemos también cómo fue que se le otorgó a Escoto (si es que se le otorgó verdaderamente) la potestad de "seleccionar" los cuentos hondureños que aparecerían en ese libro. Desconocemos finalmente por qué Sergio Ramírez, responsable de la edición, incluyó a ciertos autores en la antología "sin consultar" a Escoto.
Cosas curiosas que ocurren en países de ciegos...

domingo, 13 de noviembre de 2011

DFWallace, visto por un forense


David Foster Wallace.
Es un escritor de 46 años, ganador de una beca McArthur, conocido por los forenses como David Wallace y por el resto del mundo como David Foster Wallace. Está acostado en una camilla dentro de una ambulancia sin sirena; luce shorts grises, camiseta azul, medias amarillas, zapatos deportivos blancos algo curtidos por el uso. Su hígado marca 33.16 grados; tiene una marca en la parte frontal del cuello. En vida fue autor de las 1.079 páginas de la novela La broma infinita, celebrada por Time, Harper’s, The New York Times, Salon, The New Yorker, Newsweek, premiada con 150.000 dólares por la Fundación Lannan, traducida al alemán, al italiano, al español; biografía ficticia de la familia Incandenza, satírica, histérica, tal vez excesiva como toda su narrativa. En la morge descubren que Foster Wallace pesaba escasos 73 kilogramos para los 183 centímetros de altura que a las 21:28 estaban suspendidos en el jardín trasero de su casa en la 4201 Oak Hollow Road, Claremont, California, el hogar que compartía con sus perros, Warner y Bella, y desde 2004 con su esposa Karen Green, la mujer que había salido a hacer compras y a las 21:32 levantaba el teléfono: 9, 1, 1.
El expediente 06413 de Los Angeles County Coroner asegura que ese hombre caucásico, sin embalsamar y refrigerado nació el 21 de febrero de 1962 en Ithaca, Nueva York, que fue declarado muerto a las 21:43 del 12 de septiembre de 2008, que antes de ese día ya llevaba dos intentos de suicidio –porque incluso en la literatura a la tercera puede ir la vencida–, que durante los últimos meses se había sometido a doce terapias electroconvulsivas; que Nardol, Klonopin y Restoril fueron parte de una larga lista de antidepresivos incapaces de evitar este momento, que la marca en la garganta tiene un centímetro de profundidad, que se subió a una silla con 41 centímetros de altura, que se ató las manos con cinta de embalaje, que pateó levemente la silla, esa silla, y se regaló una muerte neuronal isquémica. David Foster Wallace nunca fue amigo de los finales y era de esperar que su propia vida no terminara con un párrafo exhaustivo, ni siquiera con una nota a pie de página.
Para seguir leyendo el artículo de Marcel Ventura, visiten El Malpensante...

De cuando Matt Groening conoció a Pynchon


Thomas Pynchon en un episodio de Los Simpson estrenado en 2004.
“Llegó el día y pude conocerlo en persona, en el estudio de grabación. Un hombre very gracious (cortés, elegante, gracioso). Por supuesto, fui con mi amigo pynchoniano de los tiempos de la universidad, Richard Gehr. ¡Y le llevamos una pila de libros para firmar! Estuvo muy contento de ver mi edición de Mason & Dixon. Le pregunté en qué estaba trabajando y me contó que estaba embarcado en un libro bien gordo y que su mayor preocupación era que su dead line era ese año. Eso me sorprendió mucho, me impresionó que hasta Thomas Pynchon tuviera dead lines . Hasta me corrigió la forma de pronunciar su apellido, pynchón. No sé si conocer a mi ídolo tuvo que ver, pero lo cierto es que leerlo ahora me resulta más fácil. También lo encuentro más gracioso. Por supuesto, le pregunté por las cartas de Wanda Tinasky, por todos los rumores y especulaciones al respecto. Me dijo que no era él. Ahora que lo pienso, me arrepiento de haber llevado para que me firme una copia tan hecha mierda de El arco iris de gravedad .”
Matt Groening, creador de Los Simpson, cuando conoció a Thomas Pynchon.
La nota completa en el blog Moleskine Literario.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Poff o la muerte de Bukowski


“Considerado y elegante hasta en el último momento, mi abuelo puso el colchón de su cama en el suelo para que su sangre no hiciera tanto reguero”. Así suena Poff, la primera novela de Darío Cálix, de la que dejo una reseña a continuación:
¿Podría resumir el contenido de Poff? Debía intentarlo y lo hice para el texto de la contraportada del libro, en el que se lee: “Darío Cálix ha decidido imaginar a otro joven llamado Santiago García, quien realiza un inventario minucioso de sus pesadillas con el objeto quizá de identificar la materia de la que está hecho. Y en este proceso de auto identificación, el personaje Santiago pasa gradualmente de preguntarse por sí mismo como individuo a preguntarse por sí mismo como creador de ficciones, en un ejercicio de escritura paródica que apunta a Bukowski (para matarlo) y a una nueva generación de lectores”.
¿Es justo y efectivo este resumen? Sí y no. Sí, porque satisface la curiosidad de esos lectores que para comprar un libro se dejan llevar por lo que dice la contraportada. Y no, porque no es posible resumir una obra que no se construye sobre la base de un argumento sino sobre la base de una voluntad de estilo, aunque esta voluntad de estilo no sea del todo premeditada sino tan sólo la inocente y torrencial escritura de su autor.
Y la que evidencia esta opera prima de Darío Cálix, aún siendo una obra que podríamos considerar púber, es una voluntad transgresora que podría estar emparentada con la de la obra de uno de los primeros ídolos literarios de Cálix (y además personaje en este libro): Charles Bukowski, pero prefiero citar a otros autores si de relacionarla estilísticamente se trata, aunque para efectos de esta reseña sólo cite a uno de ellos. Porque Poff no es sólo el “sonido” que puede percibirse del desprendimiento de una parte de Bukowski en estas páginas sino también el sonido que produce la caída hacia atrás del autor cuando se da cuenta de que en su obra no debía imitar disciplinadamente a su ídolo sino más bien parársele enfrente para retarlo. Es de esta manera como logra escribir una parodia de sí mismo como autor: asegurándose de que lo suyo hacia Bukowski ya no sea devoción sino feliz y carcajeante sepultura.
Aunque nacido en 1987, lo cual supondría pertenecer a la generación iPod, escuchar reguetón y ser fan de Crepúsculo, Santiago es un espíritu más bien instalado en una época anterior, una época que sin embargo reedita constantemente en compañía de sus amigos, cuando se reúnen a escuchar a Lou Reed, a John Cale y a Leonard Cohen o a ver documentales sobre Bob Dylan.
En Dublinesca, la novela de Enrique Vila-Matas, el narrador dice en determinado momento: “Después de todo, la vida es un grave y ameno recorrido por los más diversos funerales”. La cita, aplicada a este libro de Darío Cálix, resumiría muy bien su poética, porque después de todo, ¿qué es Poff sino un recorrido, a veces grave y a veces ameno, por el funeral que su protagonista le dedica a su ídolo Bukowski? Y puede aplicarse la cita también a un tipo de narrativa que, con ironía y en clave de parodia, responde a la narrativa de corte realista, que a estas alturas se nos antoja inútilmente seria y en algunos casos forzada y hasta pedante.
Poff es una alegre autopsia de una juventud rebelde y sin embargo culta, ubicada en la cola del Sistema pero también librepensadora, regida por los principios del hedonismo e igualmente afectada por las pequeñas calamidades cotidianas. No será difícil que se convierta en una obra de culto entre estos jóvenes, pero, considerando su frescura, su desparpajo y su ambición estilística, también dará de qué hablar entre aquellos lectores todavía acostumbrados a las propuestas de las anteriores generaciones de la narrativa hondureña.

domingo, 16 de octubre de 2011

Houellebecq por sí mismo


Michel Houellebecq. El mapa y el territorio. Traducción de Jaime Zulaika, Barcelona, Anagrama, 2011, 384 pp.
Jorge Carrión, uno de los críticos literarios fetiche de este blog, publica en Letras Libres esta reseña de la última novela de Michel Houellebecq, El mapa y el territorio, con la que ganó el Goncourt. La autoficción, de la que se vale el autor francés esta vez, vuelve con fuerza.
El origen de la autoficción es tan antiguo e imposible de datar como el de la primerísima modernidad (Dante, Petrarca, Cervantes, Montaigne). Pero su giro posmoderno tiene, según parece, lugar y fecha: París, 1977. Se publicó entonces la novela Fils, de Serge Doubrovsky, una respuesta directa a la teoría enunciada poco antes por Philippe Lejeune en El pacto autobiográfico.
La autoficción nace, pues, de modo autoconsciente y con una gran carga de ironía: identificando al narrador con el autor y distanciando al mismo tiempo ambas instancias, reflexionando sobre el nombre propio como ancla arbitraria y sobre la identidad como mascarada, confundiendo al lector con un espíritu lúdico heredado de Pirandello, Borges y Nabokov. Pero, sobre todo, la autoficción nace en 1977 como “autoficción”. Es decir, como etiqueta o marca.
Nueve años más tarde Philip Roth publicó La contravida, donde leemos: “Incluso Nathan, que nunca antes había escrito sobre sí mismo como él mismo, aparecía con el nombre de Nathan, de ‘Zuckerman’, aunque todo lo que contaba en el libro era pura mentira o ridículo disfraz de los hechos.” Zuckerman, alter ego de Roth, experimenta en la ficción, entre otras experiencias, una exploración rectal practicada por un policía israelí. Una de las vías autoficcionales más remarcables de las últimas décadas es precisamente esa: la humillación o autodestrucción. Podemos rastrearla en la obra de, entre otros, Peter Handke, W. G. Sebald y J. M. Coetzee. En literatura española, tenemos los ejemplos del cadáver de “J. G.” con que comienza El sitio de los sitios (1995), de Juan Goytisolo, o la muerte de la familia del narrador en La velocidad de la luz (2005). Vueltas de tuerca de una tendencia o estrategia paradigmática de la literatura internacional de nuestro cambio de siglo.
En el despiadado y burlesco retrato de sí mismo que Michel Houellebecq lleva a cabo en El mapa y el territorio encontramos a un misántropo alcohólico, a un turista sexual en Tailandia (“donde al menos te la chupan sin condón”), adicto a los somníferos, que “parecía una vieja tortuga enferma”, y está aquejado de “micosis, infecciones bacterianas, un eccema atópico generalizado, es una verdadera infección, estoy pudriéndome aquí y a todo el mundo se la suda”. La soledad y el abandono van a encontrar dos vías, si no de reinserción, al menos de escape: por un lado, la mudanza al paisaje de su infancia después de una temporada de exilio voluntario en Irlanda; por el otro, la relación personal con Jed, el artista que protagoniza la novela, que contacta a Michel con el objeto de pedirle un texto para el catálogo de una exposición, y a quien posteriormente retrata. Parodiando el lenguaje de textos como este mismo, Houellebecq se refiere una y otra vez a sí mismo como “el autor de Las partículas elementales” y de otros libros, para no repetir su nombre. Ese alejamiento de la propia identidad, aunque se produzca mediante un mecanismo humorístico, es fundamental para llevar a cabo [atención: spoiler] el acto brutal que convierte la novela en una nueva vuelta de tuerca de la historia de la autobiografía ficcionalizada como práctica de la autodestrucción: “Michel Houellebecq” es asesinado y descuartizado. Tal vez el escritor no sea consciente de la genealogía de esa veta autoficcional que he esbozado, pero lo que sí tiene claro es que todo artista está sometido a “la exigencia de novedad en estado puro”. Su decapitación responde a esa necesidad de lo nuevo.
Aunque constantemente “Michel Houellebecq” hable en el interior de la ficción de su propio trabajo –e incluso afirme que el tema central de toda su obra son los procesos industriales–, el rasgo principal del libro es la intersección constante entre la poética de Jed y la del autor. La compartida “voluntad de describir por medio de la pintura los diversos engranajes que contribuyen al funcionamiento de la sociedad”. Es decir, la vocación sociológica de la narrativa de Houellebecq, cuya exploración constante de las costumbres contemporáneas y del mercado se traduce tanto en la descripción de las revistas, programas de televisión y sitios web que a cada momento dictan los modos de sentir y de vivir de la gente, como en la introducción –como iconos o como personajes secundarios– de los auténticos gurús del siglo XXI (Steve Jobs, Bill Gates, Roman Abramóvich, Carlos Slim: aquellos que con sus diseños y sus compras inventan los patrones de valor de los objetos y las representaciones que nos rodean). Porque todas sus novelas se saben históricas y por eso asumen los gestos, las marcas, el lenguaje del presente en que se infieren. Como telón de fondo común, la reflexión sobre la circulación de las ideas (el pensamiento y su consumo, cuando todos los grandes filósofos franceses han desaparecido ya), de la pornografía (el sexo, los cuerpos, la ostentación física y económica de la belleza, encarnada en el personaje Olga, una ejecutiva rusa que se convierte en amante de Jed) y el turismo (el significado profundo de la industria Michelin, en este caso).
La historia de Jed, aunque tenga puntos en común con personajes anteriores de Houellebecq, es fascinante precisamente porque vehicula una indagación sobre el significado del arte. Personaje desapegado, inválido emocional, dedica sin aspavientos ni armadura teórica toda su vida a la creación. Las tres fases de su obra (que se narran desde un futuro en que se ha convertido en un artista canónico, profusamente estudiado) se corresponden con tres herramientas o lenguajes: la fotografía, la pintura y el videoarte. Lo que vincula sendas etapas es la mirada individual como fenómeno inserto en el tiempo colectivo. Aunque las fotografías de mapas Michelin y el registro en video de imágenes expuestas a la erosión natural también son descritos con detalle, insistiendo en las características técnicas de su realización, el proyecto que más páginas ocupa en la novela es el de retratos de profesionales de índole diversa. “Lo que define ante todo al hombre occidental es el puesto que ocupa en el proceso de producción”, leemos. El oficio, la profesión: cuál es el lugar del artista en los sectores productivos y cómo trabaja y manipula los materiales que le son propios. Cómo se relaciona con el dinero y con la artesanía. En el caso del escritor: las biografías ajenas, el momento histórico que le es propio, las palabras leídas, escuchadas, recreadas o extraídas de Wikipedia. Porque a diferencia de tantos otros escritores empecinados en ensalzar la Tradición y en alejarse inútilmente del presente, Michel Houellebecq es consciente –como Baudelaire– de que solo mediante el tenso y exigente diálogo con tu tiempo, en toda su complejidad técnica y semiótica, tu obra tiene alguna posibilidad de sobrevivir a tu cadáver y su inexorable destrucción.