martes, 12 de enero de 2010

Un montón de lápices chatos



De vez en cuando, como para despertarnos del sueño que nos lleva al patíbulo, alguien como Rafael Lemus vuelve a recordárnoslo:

En principio, Heidegger. Para ilustrar las absurdas convulsiones del arte moderno, el alemán propuso alguna vez una imagen. Ésta: la de una humanidad que afila permanentemente un lápiz con el que nadie sabe escribir una palabra. Esfuerzo inútil: demasiado movimiento, escaso significado. Heidegger murió antes de contemplar el escándalo que se avecinaba: un arte contemporáneo todo velocidad y sinsentido. Quienes afilan hoy el lápiz no se preocupan ya por escribir siquiera signos: el garabato basta. Quienes se mueven no lo hacen, a la manera de los modernos, en línea recta: cualquier dirección –hacia el futuro o el pasado, dentro de la cultura popular o fuera de ella, en espiral o tropezando– da lo mismo. El objetivo es moverse rápido, sencillamente. Como la moda. Como el mercado. Para moverse de hecho más grácilmente, el arte ha terminado por volverse vaho. Yves Michaud lo explica en El arte en estado gaseoso: hoy todo está salpicado de arte –el diseño, la publicidad, el cochino escusado en que orinamos– y, sin embargo, la obra de arte apenas si aparece en algún lado. Vapor y vértigo, las señas del arte contemporáneo.

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¿Vapor y vértigo? No en la literatura. Si algo, la literatura contemporánea es pesada. Antes que vértigo, produce pereza. Basta asomarse a la mesa de novedades de cualquier librería para descubrir, entre bostezos, una nutrida pila de basura y excremento. Una única sorpresa nos deparará el viaje: todo lo que allí se expone, aunque pretendidamente nuevo, es viejo. Conocemos casi todos los volúmenes sin necesidad de leerlos: novelitas sentimentales, relatos históricos, libros que emulan a otros libros que emulan, ay, a un programa televisivo. Aquel que busque ejercicios radicales, vastas exploraciones formales, en la narrativa de hoy se llevará un merecido chasco. Hace décadas que la literatura –enemistada con la noción de vanguardia– es la más conservadora de las artes. Lo que impera en ella es el conformismo, el gesto aún romántico, la factura anacrónicamente clasicista. Aquello ya vedado en otras artes –el académico bodegón, por ejemplo- pulula en la narrativa: casi todo es, por decirlo de algún modo, decimonónico. Salvo excepciones, los narradores emplean cómodamente las formas creadas, en el mejor de los casos, a principios del siglo XX. Ocurrió esto: en vez de enfrentar el vacío como los demás artistas, el escritor optó por dar marcha atrás. Exhaustas las vanguardias, la literatura no se quedó allí, donde la crisis, girando absurdamente, como las otras artes. Dio algunos pasos atrás hasta hallar cobijo, de nuevo, en las convenciones decimonónicas. Para volver a Heidegger: el escritor de hoy sabe escribir pero su lápiz no tiene punta.

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¿En qué momento se jodió la narrativa? Probablemente en la segunda mitad del siglo XX. Seguramente cuando el clasicismo le ganó la partida a las vanguardias. Porque hubo una riña entre la literatura y la escritura y ganó finalmente la Literatura. Porque hubo autores radicales, deseosos de arrebatarle la mayúscula a Literatura, que se fatigaron, en cierto sentido, vanamente: llevaron lejos sus exploraciones formales pero no destronaron el gusto clasicista. Aunque arrastraron la narrativa hasta sus angustiosos confines, no lograron fijarla allí de una vez por todas. Quedó la puerta abierta para la reacción y ésta pasó por allí contundente, devastadoramente. Peor: el poderoso hocico del clasicismo no dejó de masticar a aquellos autores radicales hasta incluirlos, ya desactivados, en su ecuménico canon. ¿Es necesario decir que todo pudo haber sido de otro modo? En las artes plásticas, por ejemplo, ocurrió visiblemente lo contrario: los radicales vencieron a los académicos. Allá, la furia dadaísta, la vigorosa experimentación formal y la deliberada confusión de disciplinas terminaron por desdefinir el arte (Harold Rosenberg). Arrastrado todo hasta el extremo, la marcha atrás se volvió impracticable: no hubo ya manera de volver al Arte con mayúscula, entre otras cosas porque éste se hallaba ya irreparablemente perforado. Incluso el más ingenuo de los pintores tuvo que aceptar que la Mona Lisa tenía ahora bigotes.

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Escribía Walter Benjamin que el arte, en la época de la reproducción mecánica, no demanda ya del espectador contemplación ni recogimiento. Un vistazo basta, una apresurada “recepción en la distracción”. El arte de hoy exige incluso menos: no un vistazo sino la mera presencia del espectador. Como ha notado Ives Michaud, las obras de arte –insertas en una imparable maquinara comercial– importan cada vez menos. ¿Para qué contemplarlas entonces? La misión del espectador actual no es mirar concentradamente una pieza sino estar allí y percibir el ambiente que rodea a la pieza: la galería, la pomposa fiesta de inauguración, el rostro extraviado de los otros espectadores. Da pena decir que en la narrativa ocurre hoy algo no muy distinto. De pronto, ante la mayoría de los libros, meras mercancías, no es ya necesaria aquella lectura lenta y concentrada a que nos obligaban las obras modernas. Apenas si es necesaria, de hecho, la lectura: una rápida hojeada es muchas veces suficiente. ¿Por qué? Porque, desterrada la pulsión vanguardista, los nuevos libros imitan con docilidad a los anteriores y así sucesivamente. A falta de poéticas, hay fórmulas, además. Atrás quedó aquella época heroica en la que los libros creaban a sus propios lectores. Hoy el lector/consumidor es quien manda: tiene un gusto ya definido –formado ante todo por el cine y la televisión– y el 80, 90% de la narrativa compite para complacerlo servilmente.

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El problema no es, finalmente, el clasicismo. La pulsión clasicista –gusto por el equilibrio, respeto por la tradición, manipulación virtuosa de las convenciones– ha existido siempre y no atestiguaremos su caída. El problema es el abrumador dominio del clasicismo. Vencida la ira radical, todo quiere ser transparencia y templanza en la narrativa. Incluso los autores más rupestres se pretenden saludables. Como si a su alrededor no se apilaran los escombros. Como si su género predilecto, la novela, estuviera exento de fisuras. Relegado el ánimo vanguardista, una parte de la existencia queda sin ser pronunciada. Aun cuando es elocuente –cosa que pasa cada vez con menos frecuencia– el clasicismo no puede decirlo todo. No dice la violencia. No la oscuridad. No la confusión. No el tedio. No la desesperada agonía de las cosas.

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Además del clasicismo, el mercado. Si algo marca a la literatura del incipiente siglo XXI, es su vocación de mercancía. Se dirá: hace siglos que los libros se comercian. Se agregará: los best-sellers son cosa vieja. Es cierto, pero también es verdad que el mercado jamás había impuesto condiciones como ahora. Cualquier manual de ciencia política podría explicarlo: allí donde hay un vacío de poder emerge un nuevo cuerpo para ocuparlo. Desaparecido el ánimo vanguardista, reinante el dócil temperamento clasicista, la mesa quedó puesta –es decir, vacía– para quien dijera yo. El mercado dijo yo. Y aquí estamos. Un montón de lápices chatos.
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