lunes, 7 de diciembre de 2009

Me emborraché en París, sin aguacero




Salí temprano del piso con rumbo a la estación de tren, para llegar a tiempo a Perpignan y tomar ahí, a la una de la tarde, un tren de alta velocidad que me llevara a París. 4 o 5 horas de viaje hasta la capital francesa, no recuerdo bien, porque tuve que hacer cambios de tren en Montpellier, Nimes y otras ciudades cuyos nombres tampoco recuerdo. Viajaba poca gente en ese trayecto inicial desde Perpignan, la mayoría jóvenes con pinta de estudiantes que, lo supuse en ese momento, se dirigían a la universidad de Montpellier. Pensé entonces que hacía mucho tiempo que no visitaba Montpellier y que debía volver algún día, quizá a mi regreso de esa poco planificada gira europea que acababa de empezar, pero no sabía cuándo sería ese regreso ni sabía tampoco si después de mi desaparición me quedarían ganas de volver a un lugar que ya conocía de sobra.

Llegué a París a las seis de la tarde. Al salir del tren sentí un golpe de aire frío y me di cuenta de lo baja que estaba la temperatura ahí con respecto a Figueres. Así que saqué de entre mi escaso equipaje la chaqueta y la gorra. Luego, con una intensa sensación de libertad nunca experimentada, busqué la línea del metro que me acercara al centro de la ciudad. Minutos después, al buscar entre las señales la que indicara alguna salida a la calle, volví a sentir esa como levedad en el cuerpo que me producen los viajes a lugares desconocidos. Sin embargo, en esta ocasión no se trataba de un viaje a un lugar del todo desconocido. Comparé en los mismos términos Montpellier y París y no encontré ninguna diferencia. Ambas ciudades eran conocidas por mí. En ambas había estado ya en más de alguna ocasión. En París, cuando leía a Cortázar o a algún otro, pero sobre todo a Cortázar, y sobre todo al Cortázar de Rayuela; y en Montpellier, cuando puse a vivir ahí a dos de los personajes de una novela que escribía sobre la marcha. Pero cuando salí de la boca del metro en la estación de Gare de Lyon y empecé a devorar con una mirada ávida todo cuanto había alrededor, supe que ni aún con el recuerdo de Cortázar podría llegar a considerar París una ciudad familiar. Unos cuantos años en Europa me habían enseñado a no sorprenderme demasiado ante lo nuevo que descubría, pero algo de romanticismo había en mí en ese momento, algo de una nostalgia literaria remota, de compenetración conmigo mismo, que me hacía estar ahí como si fuera el primer momento de algo nuevo, de una nueva vida, como si hubiera sido el primer testigo de un nuevo orden de cosas en el universo. Aquello se me figuraba como una realidad distinta a la que había conocido hasta entonces. Y no era que París tuviera efectos narcotizantes o algo parecido, no era que la ciudad y sus primeras luces de la noche ejercieran sobre individuos como yo una fuerza hipnótica, porque la sensación que yo experimentaba no tenía su fuente en factores externos sino que nacía de mí mismo, de mi condición de hombre renacido y distinto en ese momento. Mi decisión de irme a París había sido el primer gran paso en mi proyecto de desaparición y ahora que estaba ahí, solo en el mundo pero también libre de todo el mundo y quizá muerto para buena parte de ese mundo, no pude evitar que ese mismo mundo del que intentaba esconderme se me antojara un lugar maravilloso, y la vida, esa vida a la que, al menos nominalmente, renunciaba con mi desaparición, me pareciera hermosa y llena de posibilidades de felicidad.

Más tarde me había sentido ridículo al recordar esa sensación, pero aunque quisiera negarlo, algo había cambiado en mí desde el momento en que pisé París por primera vez. Ahora, por lo menos, no dudaba, como al principio, de que el proyecto de mi desaparición fuera algo factible y hasta necesario.

Mientras caminaba y miraba hacia todos lados, tomando fotografías aquí y allá a las cosas más simples o a las que más me sorprendían, descubrí un McDonald`s y recordé que desde el croasán y un café con leche tomados en la estación de Perpignan a mediodía, no había probado algo más consistente. Obviamente el McDonald`s no era la opción más recomendable pero no podía obviar la necesidad de ahorrar todo cuanto pudiera en ese viaje que, dado el ánimo recobrado en la última hora, sería bastante largo, y una hamburguesa con papas deluxe y Coca-Cola se presentaban como una posibilidad muy económica. Cuando salí del restaurante ya París era de noche. Me dispuse a recorrer la zona para buscar un hostal barato y encontré uno por 25 euros la noche con derecho a desayuno. Más tarde me fui a caminar por los barrios cercanos al hostal para gastar lo que quedaba del día.

Desperté a eso de las siete de la mañana pero logré levantarme hasta casi las ocho. Después de un desayuno con tostadas y queso Philadelphia, más café y jugo de naranja en un desayunador minúsculo en el que apenas cabíamos unas ocho personas, todas con buen ánimo y ninguna hablando en francés, recogí mis cosas de la habitación, entregué la llave en la recepción y salí, ahora sí, dispuesto a conquistar París.

Tomé el metro que me llevó hasta el Arco del Triunfo en la Plaza de Charles de Gaulle, llamada también Place de L'Étoile debido a la convergencia en ese punto de ocho calles rectísimas en una visión que semeja una estrella. Éste es uno de los monumentos de París que tiene las puertas abiertas hasta tarde, específicamente hasta las 10:30 de la noche, y supuse que esa era la razón de que fuera tan fácil acceder ya que no habían colas de personas a la hora en que llegué. Más tarde, caminé por la avenida de los Campos Elíseos hasta llegar a la torre Eiffel, en donde me esperaba una cola de veinte minutos para poder subir al tercer nivel. El costo: 11 euros. Desde arriba pude contemplar todo París en una visión de 360 grados. El cielo estaba despejado y el guía dijo que habíamos tenido suerte ese día, porque por lo general el cielo permanecía nublado en esa época del año. El interior de ese tercer nivel es una cabina de forma cuadrada con un letrero luminoso alrededor de toda la base del techo en donde se pueden comparar las distancias desde ese punto de la torre hasta muchas de las capitales del mundo. Y ahí estaba Tegucigalpa, con la banderita del país. Cuando me cansé de estar ahí, bajé al primer nivel de la torre, el más grande, en donde hay cafés y tiendas de souvenirs. Ahí comí durante una media hora y luego me fui al Metro para dirigirme a la catedral de Notre Damme.

Podría enumerar y describir cada cosa que hice en París durante ese par de días, pero no tiene sentido hacerlo. No visité el Louvre porque había escuchado que sólo para recorrerlo necesitaría un día entero, y la verdad es que entonces no tenía ánimo para el ejercicio contemplativo que me exigiría esa visita, y prefería invertir mi tiempo en caminar por las calles, en seguirle la pista a Oliveira y a La Maga, en detenerme un buen rato en la Place St. Sulpice para imaginarme lo que podía haber experimentado Perec cuando escribió su Tentativa de agotar un lugar parisino hace unos treinta y cinco años. Mencionaré, sí, mi visita a un par de cafés célebres: Les Deux Magots y el Café de Flore, el primero en la Place Saint-Germain-des-Prés y el segundo al lado, pero sobre el boulevard St. Germain, tan sólo porque, a pesar de haberme sentido por un momento un auténtico perseguidor de los fantasmas de Hemingway, Cortázar, Vallejo, Joyce o Camus, no pude evitar sentirme un tanto decepcionado, o más bien fastidiado, al encontrarme sus mesas llenas de gente escribiendo a mano o en su computadora portátil, tratando de encontrar las musas que probablemente hayan “inspirado” a sus dioses literarios. Un espectáculo curioso pero a la vez algo repugnante, aunque de todas maneras yo contribuyera, con mi visita, a su composición.

Demás está decir que no me emborraché en París, como probablemente haya inducido a pensar el título de esta pequeña crónica. Tampoco hubo aguacero en algún momento de los dos días en que permanecí ahí. Si acaso, París me emborrachó de libertad, y eso bastó.

Sólo un detalle para terminar. Mientras salía de la ciudad y contemplaba desde la ventanilla del tren lo que dejaba atrás, vi brevemente a lo lejos, en una plaza, de espaldas y sentado en una banqueta, a un hombre con las solapas de su abrigo negro levantadas. Una imagen llena de melancolía. Pensé en Vallejo justo cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a azotar el cristal de la ventanilla y la imagen se volvía agua, recuerdo líquido y lejano.
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2 comentarios:

marco antonio dijo...

Buena crónica, me recuerda el poema "vagabundo del alba" donde Fayad Jamis hace una descripción de Paris."En la ciudad y el corazón arde la misma llama"

Dani V dijo...

Magnifique!