martes, 26 de junio de 2012

Rulfo y el origen de Comala


Portada del libro de entrevistas de Robert Saladrigas publicado por Alfabia.
El escritor catalán Robert Saladrigas, que también es periodista, entrevistó a muchos de los miembros del irrepetible Boom latinoamericano y ahora la editorial Alfabia publica una compilación de esas entrevistas. Con motivo de la aparición de ese libro, Juan Cruz entrevista a Saladrigas en El País, quien le comenta algo que Juan Rulfo le contó a él alguna vez:
"Cuando Rulfo me cuenta el origen de Comala me dice que aquel era su pueblo, del que se marchó, y que cuando volvió estaba deshabitado y que de aquella calle surgieron fantasmas. Me sonaba a magia. Para él era pura realidad. Descubrimos que nosotros no podríamos hacer lo mismo en Europa por más que quisiéramos… Europa no tiene leyenda, aquí impera el racionalismo, nunca impera la leyenda".
Cuando quien escuchó por primera vez estas palabras nos las refiere a nosotros, de alguna manera sentimos que somos parte de ese instante en que fueron escuchadas de los labios del autor de Pedro Páramo. Y si no, leamos este párrafo:
"En realidad, los personajes de mi obra no son sino almas en pena, fruto de la mezcla de catolicismo y de concepciones aborígenes, que dan por resultado una especie de sincretismo inidentificable. Bueno, pues la clave que con tanto afán buscaba me salió al paso cuando, treinta años después de haber salido del pueblo, regresé a él en busca de mi infancia perdida allá y lo encontré abandonado, totalmente abandonado, las calles desiertas, las viviendas deshabitadas, invadido todo por el polvo y la soledad más espantosa. A alguien se le había ocurrido la peregrina idea del sembrar en las calles una especie de árboles que se llaman casoaricas. Yo pasé una noche allí, solo, temblando. Las casoaricas son muy parecidas a los pinos, solo que sus ramas son más largas y las hojitas muy compactas no sisean con el susurro tan característico del pino, sino que gimen cuando sopla el ventarrón. Escuchar aquellos gemidos lastimeros en la soledad de lo que había sido mi pueblo, un pueblo que dejé próspero y recuperé gimiente, como si fuesen las piedras, las calles, las almas de los habitantes enterrados o huidos quienes expresaran su dolor en sollozos, me impresionó tanto, que de aquella estancia mía imborrable nació Pedro Páramo".

lunes, 25 de junio de 2012

La novela involuntaria de Borges


J.L. Borges.
¿Qué tal si Borges, a pesar de lo que alguna vez dijo sobre el género de la novela (“desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”), hubiese escrito una novela? ¿Qué tal si su libro Otras inquisiciones, más allá de ser un libro de ensayos fuese una novela? Ésta es la teoría que propone el narrador y crítico argentino Aníbal Jarkowski, que yo recojo de Moleskine Literario:
Hace algún tiempo, preparando una clase, releí Otras inquisiciones de un modo en que hasta ahora nunca lo había hecho: de la primera a la última página. El libro volvió a parecerme extraordinario –la mayoría de los críticos entienden que es la mejor colección de ensayos de Borges– pero al terminarlo experimenté algo así como una epifanía según la cual ese libro –de cuya publicación se cumplen ahora sesenta años– se me revelaba como una novela; la única –e involuntaria– novela de Borges.
¿Cómo es esa novela? Está narrada en primera persona y su narrador, lo sabremos en la última línea, se llama “Borges” – “El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”. En su edición original se componía de 38 capítulos de regular extensión –por momentos se asumen como simulacros de géneros: “nota”, “artículo”, “clase”–; en general son breves, con la excepción de los llamados “Nathaniel Hawthorne” y “Nueva refutación del tiempo”.
¿Qué narra esa novela de unas 230 páginas? La historia de un lector a través de la exposición de sucesivas imaginaciones razonadas. Su primera línea define la motivación de la narración entera: “Leí, días pasados…”
Como corresponde a una novela borgeana, está alejada del realismo convencional pero, a la vez, sentimos la intensa realidad de su narrador, desatento a los accidentes del presente más inmediato a la escritura, con excepción de tres breves capítulos: “Anotación al 23 de agosto de 1944” y “Dos libros”, ambos dedicados al nazismo, y “Nuestro pobre individualismo”, que comienza así: “Las ilusiones del patriotismo no tienen término.” Curiosamente, el peronismo es invisible a lo largo de la obra.
La trama opera por acumulación; es sencilla y también monótona, para hacer evidente la monotonía que gobierna la vida del narrador: “Consideremos una vida en cuyo decurso las repeticiones abundan: la mía, verbigracia. No paso ante la Recoleta sin recordar que están sepultados ahí mi padre, mis abuelos y trasabuelos, como yo lo estaré; luego recuerdo ya haber recordado lo mismo, ya innumerables veces; no puedo caminar por los arrabales en la soledad de la noche, sin pensar que ésta nos agrada porque suprime los ociosos detalles, como el recuerdo; no puedo lamentar la perdición de un amor o de una amistad sin meditar que sólo se pierde lo que realmente no se ha tenido; cada vez que atravieso una de las esquinas del Sur, pienso en usted, Helena; cada vez que el aire me trae un olor de eucaliptos, pienso en Adrogué, en mi niñez…”
También se repiten nombres –Kafka, Dante, Pascal, Quevedo, Kipling, Coleridge, Chesterton–, líneas o párrafos –“Observa Coleridge que todos los hombres nacen aristotélicos o platónicos”; “cada escritor crea a sus precursores”– pero tal vez más notable sea otra insistencia, la de la idea de que “acaso la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas”, y numerosos capítulos se dedican a verificarla. El pensamiento del narrador, su percepción del mundo, tiene la particularidad de que, donde otros sujetos verían novedades, cambios, cortes, él percibe repeticiones, continuidades que, como si fuese natural, ponen en relación de contigüidad hechos y objetos distantes en el tiempo y en el espacio. Esta costumbre mental es uno de los mayores encantos del narrador de la novela.
Una idéntica actitud –ya observada por Enrique Pezzoni en 1952– hacia la numerosa materia inquirida domina la narración; apenas alguna vez se abandona el tono mesurado y amable y se practica la diatriba: en el capítulo “Las alarmas del Doctor Américo Castro”, el narrador le atribuye al filólogo una “poderosa tiniebla” intelectual y lo descalifica como “lector inexplicable” o “incoherente redactor”. Pero es apenas uno de los capítulos y tiene el efecto de desconcertar al lector, como ocurre en muchas novelas modernas.
Otras inquisiciones ocupó a Borges durante quince años, entre 1937 y 1952 –algo menos de lo que demoró Dante en componer La Comedia–, aunque la mayor parte de los capítulos la escribió luego de febrero de 1946, cuando fue llevado a renunciar a su puesto como auxiliar en la biblioteca Miguel Cané, en el barrio de Boedo. En algún sentido, la única novela escrita por Borges la debemos al peronismo.

domingo, 3 de junio de 2012

¡Nadie lee, pedazo de idiota!


"La Literatura ya no es nada por sí misma, es la Gran Desaparecida". ¿Qué les parece esa frasecita? ¿Descorazonadora? Es parte del texto "Desnudo en la bañera, asomado al abismo (Manifiesto literario tras el fin de la literatura y los manifiestos)", del inglés Lars Iyer, al que Enrique Vila-Matas aludía en su último artículo en El País. El texto es larguito, por eso sólo dejaré a continuación algunos fragmentos de la última parte, que me recuerdan las palabras de un muchacho de aquí cerquita que una vez dijo que estaba intentando escribir una obra maestra y que algún día llegaría a ser un genio como Bolaño o Ian McEwan, algo así. Recuerdo que yo le dije que uno debía ser consciente de sus propias limitaciones y que antes de aspirar a ser el mejor escritor del universo había que aprender, al menos, a redactar bien, pero no me hizo caso, siguió escribiendo su obra maestra, que, según parece, acaba de ser publicada. Los dejo con los fragmentos de este manifiesto de Lars Iyer, del que me entero a través del blog El lamento de Portnoy:
Resístete a las formas cerradas, a las obras maestras. El empeño por escribir obras maestras es una modalidad de necrofilia. Escribir debe ser un acto abierto por todos sus flancos, de modo que un esbozo de vida real (aunque ésta no sea más que una farsa lúgubre y ridícula) pueda atravesarlo, pasando las páginas. 
Los autores deben renunciar a imitar a los genios. En lugar de ello, es preferible mostrar a los autores como monos de imitación, en una palabra, como idiotas. No tengas la arrogancia de intentar ser cómico. Tú eres el serio en esta farsa; el gracioso es el universo. No vayas de tonto, ni de listo, ni de simpático, ni de tímido. Eso sí, deja un margen a la hilaridad, a una risa dolorosa y purificadora que te parta en dos los costados y el corazón. Sigue tu propia estupidez como unas huellas en la arena.
Aunque trates otros temas, no dejes de escribir acerca de este mundo, un mundo dominado por sueños muertos. Resalta la ausencia de Esperanza, de Fe, de Compromiso, de Seriedad rimbombante. Señala el pasado, del que hemos sido desgajados; señala el futuro, que nos destruirá. Escribe sobre un tipo de esperanza que antaño fue posible en tanto que Literatura, Política, Vida, pero que ya no es posible para nosotros.
Deja ver claramente que eres consciente de tu impostura. No eres un Autor, no en el sentido tradicional. En realidad, no has escrito ningún Libro, un Libro de Verdad. No formas parte de ninguna tradición, movimiento ni vanguardia. No te estás jugando verdaderamente nada en la Literatura, por muchos aires insensatos que te quieras dar. Además, la verdad es que hoy día es poquísima la gente que lee. No dejes de recalcar bien este dato. ¡Nadie lee, pedazo de idiota! Hay más novelistas que lectores. Hay demasiados libros...
Deja ver tu melancolía, resalta el hecho de que el final se acerca. Se acabó la fiesta. Las estrellas salen y el cielo negro se muestra indiferente ante ti y tus sandeces. Estás con los personajes de Bolaño al final de la búsqueda, perdido en el desierto de Sonora, al final de todas las búsquedas. Estás haciendo dibujos estúpidos para matar el tiempo en el desierto. No hay más, ésas son tus obras completas: dibujos estúpidos para matar el tiempo en el desierto.
No seas generoso ni amable. Ríete de ti mismo y de lo que haces. Saquea el arte, como el caníbal que eres. Recuerda: únicamente cuando el cuerpo está sin vida, y ha sido picoteado durante millones de años por los cuervos, roído por los chacales, cubierto de escupitajos y olvidado, sólo entonces descubriremos que aún queda una última esquirla de hueso intacta.

viernes, 1 de junio de 2012

Villoro y la memoria


Juan Villoro. Foto: Claudia Guadarrama.
Muy interesante la perspectiva de Juan Villoro acerca de la creación literaria recogida en esta entrevista de Jesús Alejo para Milenio (que yo me robo de Moleskine Literario). La memoria, esa que todo lo sabe, es para el escritor mexicano la fuente de su trabajo literario. Nos dice, además, que pertenece a esa clase de escritores que no necesariamente tienen un plan definido antes de embarcarse en la escritura de una novela:
“Nosotros escribimos porque recordamos”, dice Juan Villoro, quien encuentra en la memoria a la mayor cantera para la creación literaria, lo que de muchas maneras se refleja en su obra novelística, como sucede en su más reciente libro, Arrecife (Anagrama, 2012).
“A medida que envejezco pierdo muchas cosas, pero también una de las cosas de ir viviendo es que el pasado se vuelve más grande, incorporas más capas de experiencia, ya sea de otras zonas de tu propia vida o del pasado de tu país.”
Bajo ese entendido, el escritor encuentra que el itinerario del novelista es el de alguien que se mete en un camino largo, tan largo que se extravía y dicho extravío se convierte en la historia que busca en secreto: “Me gusta mucho plantear una novela como algo en lo que te vas a perder y vas a descubrir.
“Hay novelistas que ya conocen ese mundo, tienen una idea muy clara de hacia dónde van a llegar, pero hay quienes escriben para descubrir ese camino. Soy de los segundos: en la novela te debes abandonar un poco para avanzar a ciegas y luego corregir mucho; tienes razón al decir que me interesa mucho la memoria y eso puede ser un vicio narrativo, porque me interesa al grado que de pronto escribo tanto del pasado de los personajes, que me olvido de la novela.”
Ese fue uno de los retos que se planteó Juan Villoro en Arrecife, una historia de amistad, amor y redención, aun cuando también habla de la violencia, de los peligros de la vida y hasta de los sacrificios mayas; todo junto es un coctel que pretende reflexionar en torno a los excesos de la humanidad.
“Me interesaba, primero que nada, contar la historia de una amistad, en donde dos personas recuperan el pasado, si bien uno está más seguro de ese pasado que el otro. Luego quería situar la historia en el presente mexicano, en donde hay un clima de violencia que no trata la novela de manera directa, pero sí es un espejo de los peligros que rodean a la condición humana.”
Esa recreación del pasado tiene como escenario un hotel en el que se ofrecen, como parte de su programa de actividades, aventuras peligrosas, vinculadas lo mismo con el juego, el alcohol, las drogas, los deportes extremos, los animales venenosos o las chicas que no te convienen: “todo eso forma parte del atractivo que muchas veces te hace daño.
“El ser humano es un depredador y se deja atraer por tentaciones que muchas veces son dañinas. Siempre me han intrigado los resorts turísticos, porque son sitios aislados que parecen como naves interplanetarias, donde la gente vive en una situación de total aislamiento, además los hoteles son espacios narrativos por excelencia, porque como autor buscas historias singulares de las personas y en un hotel estamos obligados a ser singulares.”
A Juan Villoro no le interesa tanto la idea de la crítica social, pero al mismo tiempo sabe de la necesidad de reflexionar acerca de los problemas de nuestros días, con una sociedad en la que derrochamos la violencia, en la que hay decapitados, pero hay quienes por deporte juega al gotcha, una representación de la violencia.
“En qué medida vivimos en una comunidad donde la muerte es gratuita y pareciera no tener tiempo para la vida”, se pregunta Juan Villoro; la respuesta se encuentra en Arrecife, una historia en la que se funden muchas de sus obsesiones literarias.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Desliz lapidario en El Heraldo


En la imagen, tres ilustres poetas, que siguen siendo desconocidos para algunos de nosotros pues el pie de foto de la nota no contenía sus nombres.
Lo lamentable no es que, según esta nota de El Heraldo, el poeta Óscar Acosta haya muerto y no nos hayamos enterado sino que además, se haya cumplido el primer aniversario de su fallecimiento. La periodista Carmen Godoy, firmante de la nota, seguramente confundió a Acosta con Roberto Sosa y vino a ponerle la lápida al primero sin demasiada ceremonia. El tema es un festival internacional de poetas (ilustres poetas desconocidos, como dice un amigo) celebrado en la cultísima Tegucigalpa recientemente, en el que, según leemos, "el respeto a los derechos humanos es uno de los tantos temas sociales" abordados por los participantes. El fragmento lapidario de la nota es éste:
El Primer Festival de Poesía se le dedicó al poeta Óscar Acosta y este año hay una parte del festival que se hizo en homenaje a este poeta, ya que la fecha en la que se desarrolló esta actividad coincidió con la del primer aniversario de la muerte de este grande de las letras hondureñas.
Desde San Pedro Sula le va un fuerte abrazo a don Óscar cuya literatura tiene tanta vida que habrá de pasar mucho tiempo antes de verla entrerrada.

lunes, 28 de mayo de 2012

La repetición de la repetidera

Cuando uno lee artículos escritos por una mujer poeta extranjera siente algo parecido a la nostalgia, pero no una nostalgia por algo que ha perdido sino por algo que nunca ha tenido. Y es que en H es tan difícil encontrar una "poetiza" (perdón si les molesta la palabrita) que logre deslumbrarlo a uno más que con sus versos, si es que tal cosa llega a suceder alguna vez (perdón de nuevo). Aunque esto, en términos generales, aplica para poetas y poetizas: rara vez escribien bien otra cosa que no sea poesía. Pero mejor leamos a Piedad Bonnett, una poeta colombiana que no sólo puede jactarse de escribir buenos poemas:
Alguna vez, siendo jurado de un concurso de poesía en Medellín, asistí a un debate entre mis colegas, dos reconocidos escritores, sobre el libro de uno de los finalistas con mayor opción; aunque tenía muchos aciertos, decían, lo malograba el hecho de que fuera una pobre imitación del poeta X.
Como yo no conocía bien la obra del poeta X, un autor local, no podía terciar en la discusión desde esa perspectiva. Sin embargo, el argumento fue tomando tal peso en la decisión de mis compañeros que finalmente, después de muchos ires y venires, ellos se impusieron y le dimos al libro cuestionado un modesto tercer lugar. Al abrir las plicas pudimos comprobar, con horror, que el libro era del poeta X.
Una de las muchas interpretaciones de este episodio podría ser que un autor se puede copiar a sí mismo; y aunque parezca increíble, mientras mejor lo haga más mal le resultará, pues eso significa que se está repitiendo, pero sin el impulso y la fuerza que su obra tuvo en algún momento. Pecado grave, si tenemos en cuenta que se espera de un artista que no codifique su lenguaje, que se reinvente y no se deje asfixiar por su propio estilo.
Nadie está exento de que esto le suceda, ni los grandes maestros. Y nos duele, cuando de ellos se trata, pues es difícil que una larga vida creativa no termine en agotamiento. Lo vemos en Botero, un pintor extraordinario en sus primeras obras, pero que, víctima de su propio hallazgo, a partir de cierto punto se banaliza; y en García Márquez, ese buscador incansable, genio capaz de escribir El coronel y El otoño, dos obras magníficas y a la vez enteramente distintas, que copia sin la misma potencia su propio realismo mágico en algunas de sus últimas novelas. En todo creador, pues, habita un posible enemigo de sí mismo, cuya amenaza crece a medida que se llega a la vejez. Y se necesita coraje tanto para silenciarse como para asumir que el arte es una búsqueda perpetua.
También le sucede, aunque de otra manera, a Fernando Vallejo, nuestro Bernhard criollo, ese escritor apasionado, en últimas un moralista, que a punta de sarcasmo e ironía ha señalado en sus novelas la mala entraña de “este paisito de mierda” y en general del universo. Después de escribir sus primeras obras, y la extraordinaria biografía de Barba Jacob, Vallejo, un hombre amable en la intimidad, refinó el personaje que inventó para sí mismo y se convirtió en un profesional del escándalo que aprovecha la “fascinación de la cultura moderna por quienes putean”, de la que habla el incisivo Piglia. Es que eso da sus réditos y él lo sabe. Lo vemos, pues, desde hace años, vertiendo frente al público y los periodistas sus viejas ideas, con apenas leves variaciones, e insultando y despotricando, de una manera ya conocida, contra el papa, los presidentes, las mujeres paridoras y todo lo que se le ocurre. A muchos su perorata les fascina. A otros, ya no sólo no nos divierte ni nos convence, sino que nos fatiga. Lástima, porque es fácil compartir sus juicios.
Por los lados del periodismo hay también quienes perseveran en los papeles que se han autoimpuesto, hasta volverse predecibles. Son los idénticos a sí mismos, aquellos cuya mirada se ha petrificado en el tiempo porque para ellos el mundo ya está definido. Y no es que no disfrutemos, al lado del análisis frío de la mayoría, de la aguda perversidad crítica y el humor corrosivo capaz de develar lo que de podrido hay en Dinamarca. Es que el arte de la diatriba, cuando viene en el mismo empaque por años y años, en forma programática, pierde su poder contestatario, su capacidad subversiva. Es más, se oficializa. Y no creo que haya un mayor contrasentido que un rebelde oficial y de oficio. Aunque, como dice un ingenioso poeta amigo, hay una explicación posible: que el que es caballero repite.

jueves, 24 de mayo de 2012

Censura y patrioterismo


Patriotas hondureños saludando a sus próceres.
El escritor peruano Iván Thays, muy conocido por su blog Moleskine Literario, publicó recientemente un nuevo artículo en ese otro blog, Vano oficio, que administra para el diario español El País. En esta ocasión, Thays cita a Salman Rushdie, un escritor más que autorizado para hablar de la censura. Es un artículo que yo recomendaría leer atentamente a esos "lectores" hondureños que corren a aplaudir cada vez que Julio Escoto publica una nueva novela patriótica. La recomendación vale también para Julio Escoto. Saludos, Juventud. Pero vámonos con Thays:
A las causas políticas, morales o religiosas que menciona Rushdie hay que sumar otras que, de manera más sutil pero con igual contundencia, actúan como entes censores en la actualidad. La primera causa es el mercado. Como dice La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa, la publicidad ha reemplazado a la crítica y el mercado es quien dicta la norma. Nada se puede publicar si no ha sido aprobado antes por el mercado. Ninguna editorial, librería o agente literario podría sobrevivir si no logra una ecuación equilibrada entre autores que el mercado exige y autores que le dan prestigio, aunque representan pérdidas. Y si las pérdidas son mayores que las ganancias, editoriales, librerías y agencias (y autores) quiebran indudablemente. Es casi imposible escapar del mercado, que no censura directamente sino que lo hace a través de sus reglas invisibles. Copar las mesas de novedades y las páginas culturales, hundir en el olvido las obras que no participan del espectáculo y mimar hasta el disparate a los autores best-sellers son algunas de esas reglas. La ley general es la frivolidad y hacia eso apunta. Incluso los libros que no son fáciles o superficiales sino incluso complejos, tienen cabida si el mercado ha sabido adoptarlos a sus reglas que todo lo frivoliza. Hace unos años, por ejemplo, en España se dio un fenómeno interesante: uno de los libros más vendidos del año fue Vida y Destino de Vasili Grossman. Un monumento histórico y meticuloso de más de 1,100 páginas sobre el cerco de Stalingrado, escrito en la década de los 40, publicado póstumamente a fines de los 70 en inglés y francés, traducido en el 2007 (versión íntegra) al castellano. Un éxito de ventas y de crítica. Pero ¿cuántos lectores están capacitados en realidad para leer un libro semejante? Poquísimos. Bajo las reglas del mercado, comprar un ejemplar complejo es adquirir un bien prestigioso, engalanar tu biblioteca con el libro del que todos hablan, pero no es una exigencia leerlo. Basta con poseerlo.
Otro factor de censura es el patrioterismo. Como sucedía con los comisarios estalinistas (aquellos que nunca hubieran dejado publicarse, justamente, Vida y Destino), el patrioterismo crea una exigencia en los escritores: mostrar una realidad positiva, no provocar la duda o el cuestionamiento, dar vivas a la patria y a sus protagonistas contemporáneos (escritores, artistas, chefs, deportistas, lo que sea). En pocas palabras: no ser un aguafiestas. Cuando en el 2010 se le otorgó el Premio Nacional de Chile a Isabel Allende, sus defensores subrayaron que ella había "puesto en el mapa" literario a Chile. No se discutía la calidad de sus obras, y menos en comparación con la de otros autores propuestos para el premio, sino el que gracias a ella Chile tenía una autora de bandera. Los críticos de Isabel Allende eran envidiosos, malagradecidos o antipatriotas. No se puede criticar a ningún personaje sobre el cual reposa la autoestima nacional. Recordemos que hace un año se intentó, en la Feria de Libro de Buenos Aires, que el recién galardonado con el Nobel Mario Vargas Llosa no inaugure la Feria porque "insultó" a Cristina Kirchner al criticar su gobierno. ¿No es eso censura? Si se mantiene esa idea patriotera que obliga a todos a apoyar ciegamente la causa nacional, y se suma a ello la mentalidad positiva de los empresarios embrutecidos por cursos de coaching, pronto tendremos comisarios de un nuevo estalinismo liberal: aquel que solo acepta a los autores que consiguen triunfos internacionales, más allá de su calidad literaria, y cuyas obras logran posicionar al país como un lugar de ganadores.
Como dice Salman Rushdie en su intervención: "El arte no es entretenimiento. Cuando el arte es muy bueno, es una revolución". Y ninguna revolución se logra siguiéndole el ritmo a un discurso hegemónico, a un slogan patriótico o a las pretensiones del mercado. Defender los libros de la censura, como pide Rushdie, implica no solo defender el derecho a escribir, sino el derecho a escribir sobre -o contra- lo que uno quiera.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Castellanos Moya: Violencia y ficción en L.A.

"Lo que es vicioso y maligno para el hombre y la sociedad constituye muchas veces el alimento principal para la creación literaria. Lo que es negativo para las sociedades latinoamericanas puede que sea el principal nutriente de su literatura. ¡Cuidado!: esta es una idea peligrosa si se asume de manera simplista, sin gradaciones ni matices: nadie necesita encontrarse un cuerpo descuartizado a la puerta de su casa para escribir una buena novela; nadie necesita sufrir la violenta pérdida de un ser querido para tener un tema para su próximo cuento. Lo que quiero decir es que no se escriben obras artísticas relevantes a partir de la felicidad y la autocomplacencia, de la inercia propia de quien cree haber arribado al punto de llegada, a la “meta” de la historia, y que el círculo vicioso de la violencia, y los esfuerzos que las sociedades latinoamericanas hagan por salir de él, generan una vitalidad que seguirá encontrando cauces y enriqueciendo la ficción que se escribe en esa región. Y también quiero apuntar que, más allá de la violencia política y social, la ficción siempre tratará de ir más a fondo –eso es lo suyo–, de hacer esas incisiones verticales que con tanta maestría hizo Rulfo, a fin de detectar y reflejar esas otras violencias que se esconden en el corazón del hombre, que se parapetan en la máscara de la respetabilidad, que se refrenan bajo el rictus tolerante del ciudadano civilizado, pero que una vez que los controles colapsan salen a la superficie abruptamente, contundentes, como ha sucedido tantas veces en la historia y seguirá sucediendo. Es ahí donde está la llamada marca de Caín, en el corazón de la especie, y si el escritor trata de bajar por esas pendientes escabrosas, a veces abismales, donde se esconden los nidos de esas otras violencias, su obra será también un reflejo de ello".
Horacio Castellanos Moya. Fragmento de su ponencia "Violencia y ficción en Latinoamérica: ¿círculo vicioso o marca de Caín?", presentada en el “Primer Coloquio Internacional de Estudios latinoamericanos: Literatura y política. Perspectivas actuales”, que se llevó a cabo en la Universidad de Palacky, en la República Checa, del 4 al 6 de mayo recién pasado.
Para leerla completa, entre AQUÍ.

viernes, 27 de abril de 2012

Autobiografías


Ni Paul Auster ni Gunter Grass salen indemnes de este artículo de la poeta colombiana Piedad Bonnett, tomado de El Espectador, que habla de las autobiografías:
Tengo un amigo que opina que las biografías les gustan sobre todo a los viejos.
Aunque estoy a punto de entrar en esta última categoría, debo decir que frecuento este género desde hace mucho, sobre todo en la que considero su versión más interesante, los libros de carácter autobiográfico. Los hay de toda naturaleza: las memorias intelectuales, que prescinden casi totalmente de datos íntimos, como Errata, de George Steiner, que ahonda con agudeza en su relación con los idiomas, sus maestros, la música, Dios, el judaísmo; los brutalmente confesionales, como El acontecimiento, libro en el que Annie Ernaux cuenta cómo se practicó un aborto en Francia, siendo muy joven, en total desamparo y corriendo todo tipo de riesgos, porque era ilegal; o los muy finos, a veces líricos, como El libro de mi madre, de Albert Cohen, o Patrimonio, de Philiph Roth, un relato conmovedor sobre los últimos días de su padre. Joya especial es Verano, donde Coetzee acude a un recurso imprevisto para pintarse a sí mismo: imagina cómo lo debieron ver algunos seres cercanos, amigos, mujeres que amó o lo amaron.
Sobra decir que casi toda literatura se nutre de datos autobiográficos. Pero en toda autobiografía hay también algo de ficción, pues la imperfecta memoria acomoda las cosas o las reinventa al seleccionar entre los innumerables hechos de una vida lo que conviene a los fines que persigue, a veces hasta llegar a la “auto-ficción”, género que se ha multiplicado en los últimos años y que imbrica hechos reales y ficticios en deliberado juego para confundir al lector.
Ahora bien: ¿qué es lo que hace que a un lector le interesen la intimidad del escritor, ciertas anécdotas de su vida, sus sentimientos más personales y entrañables? La respuesta más obvia y sencilla es que la experiencia de otro puede iluminar y ampliar nuestra propia experiencia del mundo, siempre y cuando esté expresada en un lenguaje original, agudo y conmovedor. Reflexiono sobre esto a partir de Diario de invierno, de Paul Auster, un autor con libros buenos, regulares y malos, pero universalmente traducido y con gran reconocimiento. En este texto autobiográfico, que logra por momentos conmovernos, el autor nos cuenta, entre otras cosas, qué presas se ha partido o golpeado, en qué sitios, con dirección exacta, ha vivido, cuando compró casa, dónde conoció a su mujer y sobre qué tema hizo ella su tesis de grado. Mientras lo leía recordé la pregunta que atinadamente se hace Doris Lessing en su abultada y apasionante autobiografía: ¿cuánta verdad contar? Pues ser famoso o reconocido no le da derecho a pensar a un escritor que su vida merece ser contada, o que todo lo que narra de ella debe resultarnos interesante.
No basta una escritura brillante, si expresa algo banal. Así como no basta una idea interesante si se expresa de cualquier manera. La buena prosa de Auster está puesta en su último libro al servicio de una realidad meramente anecdótica. Caso contrario es el de Grass, que para denunciar el silencio de su país frente a Israel optó sagazmente por un poema, con un doble resultado: eficaz, porque encontró la resonancia que buscaba; y atroz, porque su mediocridad panfletaria hace creer a los muchos que jamás la leen, que poesía es el ejercicio de poner ideas en versitos pendejos. Pero tanto Auster como Grass se saben grandes figuras. Y creen, desde esa convicción, que pueden hacer lo que les dé la gana. Lo que se les olvida es que los buenos lectores no perdonan.

miércoles, 25 de abril de 2012

Melancolía inútil


Hace pocos días salió de imprenta y se instaló en las librerías sampedranas Liser y Caminante mi último libro, Melancolía inútil, un libro que Bayron Benitez (diseñador de la cubierta y diagramador) y yo habíamos preparado desde principios de 2010 pero que por algunas circunstancias adversas no llegó entonces a ver la luz. Lo que sigue es el prólogo que escribí para ese libro:
De la melancolía a la inacción, en tres estaciones
Una vez una periodista de Guatemala me pidió que le hablara de mi “carrera literaria”, y le hablé, de la mejor manera que pude, de lo aventurado que resultaba llamarle “carrera literaria” a la simple acumulación de años, lecturas, tropiezos y sinsabores que se dan en alguien que, cargado de excesivo valor, se dedica al oficio de escribir en cualquier punto geográfico del llamado Tercer Mundo. Le hablé de los trabajos que se ve uno obligado a realizar para sobrevivir en ese medio casi estéril para el cultivo de las artes, mientras se andan en la cabeza nuevos proyectos literarios. Le hablé de la desconfianza que, como dice Óscar Collazos, genera quien vive al fiado, atrasado en el pago del alquiler, cansando a sus amigos con el producto de sus desvelos. Y le hablé a Flor de María Pérez –es el nombre de la periodista– de mis inicios como lector, de mi participación más adelante en un grupo literario que llegaría a publicar, después de tres años, una recopilación de los supuestos mejores poemas de sus miembros; le hablé de las interminables conversaciones con los amigos y de sus bibliotecas particulares; de uno que otro modesto premio ganado aquí y allá a lo largo de unos ocho años; y le hablé, por último, de mi primer libro de poesía publicado en noviembre de 2005 por la editorial Letra Negra de Guatemala. En suma, le hablé de una serie de eventos afortunados y desafortunados que muy poco tienen que ver con eso que podría llamarse “una carrera literaria”, pero que sí constituyen la necesaria “experiencia vital” para cualquier escritor o aprendiz de escritor.
Quizá todo eso que le dije a Flor de María podría haberse resumido en dos o tres palabras, o en unas tres frases cuando mucho, pero lo cierto es que necesitaba en ese momento justificar de alguna manera mi condición de poeta con una muestra de ese temperamento melancólico que nos caracteriza. Necesitaba decirle que en un país como
Honduras, y en una ciudad como San Pedro Sula –que es donde vivo actualmente–, que ni siquiera cuenta con una verdadera biblioteca pública, ni con librerías que ofrezcan lo último del mercado editorial, ni con un público capaz de identificar la diferencia entre una obra literaria y un manual de jardinería, no se concibe que una persona que se dedique a escribir pueda, al cabo de cierto tiempo, presumir de tener una carrera literaria.
En otra ocasión me preguntaron por mi “poética”. Era Amalia Iglesias quien preguntaba, y le dije que si acaso tenía alguna poética, esa era la poética de la inacción. “Soy un Bartleby de la poesía”, le dije, “prefiero no intentarlo más”. No sabría definir lo que en el principio fue para mí la poesía. Cuando intento recordarlo, apenas logro imaginarme como un muchacho tímido, ingenuo, melancólico, y siempre con un libro de poemas en cualquier lugar en el que me encuentre; lo que vivía, lo que percibía, lo que me ayudaba a sobrellevarlo todo, era traducido (o intentaba ser traducido) por mi subconsciente al lenguaje poético. Recuerdo que al caminar por la calle trataba siempre de pensar en imágenes y no en conceptos. ¡Vaya manía! Era como si mirara la vida a través de un filtro y no de frente; pretendía que cada uno de mis actos fuera la metáfora de algo. Así es como creo ahora que era yo cuando escribía poesía, o cuando al menos lo intentaba. Ya no escribo poesía. La poesía es para mí ahora como una de esas novias de la adolescencia que dejamos atrás pero que no podemos evitar recordar con cariño y hasta con cierta nostalgia. Únicamente eso, lo cual, supongo, debe interpretarse entre los poetas como una traición al oficio.
Intenté ser un poeta muchas veces, pero creo que nunca lo fui, o al menos nunca lo fui como yo hubiese querido serlo. Creo, como dijo alguna vez Wislawa Symborska, que para escribir poesía hay que tener un temperamento melancólico. Yo ya no creo poseer ese temperamento melancólico que me empujaba a intentar escribir poesía en el pasado. Si acaso, ésta de la inacción es mi poética. No descarto, sin embargo, recaer en la melancolía en cualquier momento.
Este libro es la versión resumida de un viaje con escalas en tres puertos. Habrá empezado todo allá por 1999, cuando tenía 19 años, con algo que llegó a titularse Morir todavía, un librito de poemas fúnebres que publicó en 2005 la editorial Letra Negra de Guatemala. “Escribe sin parar sobre aquello que te obsesione”, me había aconsejado un amigo, y como lo que me obsesionaba desde mis 19 años era la muerte, me puse a escribir sobre la muerte. ¿Habrá alguien que empiece a intentar escribir poesía y no se sienta seducido por ese tema tan trillado? En fin, de esa obsesión con el temita trillado decidí incluir en este libro unos pocos poemas.
La segunda parada de mi viaje tuvo lugar en 2006, cuando un generoso jurado calificador compuesto por mexicanos en Guatemala decidió otorgarme un premio por mi libro Las horas bajas. Todavía recuerdo lo emocionado que estaba al recibir la llamada con la noticia, y lo nervioso y ridículo que me sentía cuando los organizadores de ese premio me obligaron a meterme en un traje y desfilar por la pasarela instalada en un teatro, todo sonrisa y felicidad, algo que era contrario al espíritu del libro con el que había ganado. Apareció una edición local con mis poemas y con los textos ganadores en las ramas de cuento y teatro de ese certamen literario, y un año después la editorial de la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes de Honduras los publicó también en su colección Premios. En este libro aparecen enteras esas horas bajas.
La tercera estación podría llamarse Réquiem, pero su nombre es algo que no importa demasiado. Hice aquí una parada prolongada durante los últimos años, y es donde sigo, entre breves rachas de melancolía inútil, todavía dudando si continuar o no el viaje, tratando de convencerme de que la Poesía es una carga que deberían llevar otros.
 
  • Algunos comentarios de la crítica literaria catracha:
“Sus trabajos revelan exigencia formal y capacidad de volcarse hacia el autoanálisis, también se percibe desazón existencial al sentirse atado por aspectos inherentes a la condición humana” (Helen Umaña).
“Poesía intensa y comprometida con la mejor tradición universal, sin suspirar por lo solemne ni rebajarse a lo trivial” (Mario Gallardo).
“Los registros de su léxico y la frescura de sus composiciones lo sitúan en un nivel que brilla con luz propia entre los creadores de su generación en Honduras” (Fausto Leonardo Henríquez).
“Leyendo Las horas bajas logramos tocar un hombre en el sentido de que, tras las palabras leídas, no hallamos una mera retórica sino la voz de una sensibilidad que, trascendiendo su espacio físico y su individualidad, abraza lo universal” (Óscar Mejía).