sábado, 24 de mayo de 2008

Espagueti zombi

Por Dennis Arita

En defensa del zombi
Decir "Italia" significa para algunos evocar dos cosas: fútbol y comidas preparadas con abundante harina y tomate. Esa palabra evoca lo mismo en mí, pero también y por sobre todo me trae a la mente el cine italiano y a dos de sus principales criaturas: el caníbal y el zombi. Me refiero, por supuesto, al cine italiano de horror, que es el espacio predilecto de estos dos monstruos y específicamente al cine italiano de horror desde finales de los setenta hasta mediados de los ochenta. Sus años dorados son los comprendidos entre 1979, cuando se estrenan Holocausto caníbal de Ruggero Deodato y Zombi de Lucio Fulci, y 1987, cuando Dario Argento dirige el filme de suspenso Terror en la ópera. Se advierte una decadencia: del horror brutal, vicioso y maldito de Fulci y Deodato se pasa al susto comedido y urbano de Argento; de la técnica ruda y casi artesanal de 1979 nos movemos al exhibicionismo visual de 1987. Antes de esa época prodigiosa, Italia ya exportaba magistrales películas terroríficas, como las de Mario Bava, que fraguó, para sus admiradores, la obra cimera de lo siniestro: La máscara del demonio (1960). Sin embargo, la mala fortuna de Bava decidió que en su mejor película no apareciera ni un zombi. Sus villanos pertenecen a la estirpe de los vampiros y aunque estos poseen, como los zombis, la cualidad de alzarse del sepulcro para aterrorizar al mundo, resultan calculadores, fríos, ambiciosos y, al final, risibles. Sus canalladas son cómicamente semejantes a las de los caníbales, sus primos en el mal. El zombi es encantador porque es más pintoresco y modesto: no muestra el incontrolable deseo de poder que hace temblar al vampiro. Físicamente horrendo, el zombi tiene una vida social que se reduce a agruparse en hordas y avanzar lentamente en busca de su comida, consistente en seres humanos vivos que prefieren amontonarse en cochambrosas iglesias o en sanatorios abandonados para apertrecharse y defenderse inútilmente de la invasión de ultratumba. El vampiro habla demasiado y aunque posee la llave de la inmortalidad, suele enamorarse de adolescentes descerebradas que provocan su ruina. El zombi, en cambio, es tenaz y silencioso: sus cuerdas vocales han sido destruidas por la inevitable corrupción de la carne. Los caníbales son delincuentes comunes. Menos vistosos y a veces sencillamente ridículos, exigen que uno viaje a la selva ­­―casi siempre la colombiana― para ser comido por ellos. La clásica Holocausto caníbal definió el curso de las futuras películas de este género: un puñado de jovenzuelos descarriados viajan a la jungla para detruir "el mito de los caníbales", maltratan a un grupo de indígenas y como castigo de sus pillerías acaban en el estómago de los parientes de sus víctimas. La brillantez de este filme de 1979 es su uso de una triquiñuela que pertenece a la literatura, "el manuscrito encontrado". En este caso, por supuesto, no se trata de un manuscrito, sino de su mutación cinematográfica: una película rodada por los propios jovenzuelos en la que los hombres que han salido en su busca descubren los detalles de su horrible final. Al contrario del caníbal, el zombi posee la ventaja de aparecer en cualquier sitio: en una casa de campo, en un centro comercial, en un hospital, en una parroquia o en un colegio de señoritas. En Miedo en la ciudad de los muertos vivientes, rodada por Fulci en 1981, los zombis son dueños de una inesperada virtud que los hace más atractivos: pueden aparecer y desaparecer a voluntad.
Zombis en el trópico
Si Holocausto caníbal fue el mapa que señaló la ruta del cine de comedores de hombres, Zombi de Lucio Fulci es el silabario de los directores de películas de muertos vivos. Antes de la película de Fulci, el estadounidense George Romero ya había determinado las señas de identidad del zombi. En El amanecer de los muertos, de 1978, la plaga de muertos vivos no tiene una causa conocida y la única forma de detenerlos es destruyéndoles el cerebro. Nada de lanzazos o pistoletazos en el abdomen. La forma eficaz de terminar con un zombi es pegándole un balazo en el cráneo. Fulci y su guionista Dardano Sachetti saquean con regocijo infantil la película de Romero, pero introducen algunas magníficas variantes: la acción transcurre en una isla tropical, casi todas las actrices se desnudan sin motivo aparente y el desenlace es apocalíptico e incluye el asedio de una iglesia, muchos balazos (pocos, por desgracia, dan en la cabeza de los muertos vivientes) y un incendio. El argumento y algunas escenas íntegras de Zombi fueron robadas por Mariano Girolami, director de la infame Holocausto zombi, especie de híbrido del filme de Fulci y el de Deodato. Algunos conocedores acusan a esta película por su trama laberíntica, que pierde en sus recodos traicioneros al espectador que desea aplicar la lógica a los acontecimientos que ve en pantalla. Lo mejor es dejar que las imágenes espléndidamente brutales sirvan de pegamento para unir las partes dispersas. Sobre la falta de cohesión de esta película, Fulci señaló en una entrevista: "Zombi se basa en las sensaciones, no en el argumento". Tiene razón. Para ser riguroso, no hay argumento, pero las sensaciones abundan. Está bien. Sí hay argumento. A Nueva York llega un barco espectral, cuyo único ocupante es un hombre que antes de lanzarse al agua ataca a la policía y demuestra un gusto sospechoso por la carne humana. Anne Bowles, hija del dueño del barco, viaja con un periodista y dos aventureros a la remota isla de Matoul, donde vive su padre. En Matoul descubre que su padre está muerto y que el doctor Menard ha estado haciendo experimentos de una naturaleza que nunca se aclara, como muchas cosas en este filme. Como es de esperar, los muertos vivos acaban poco a poco con los actores, de maneras horriblemente creativas, hasta la confrontación final en la iglesia isleña. Un crítico señaló los defectos de Zombi: "Esta película sólo desea perturbarnos, sea arrancando yugulares, perforando ojos con astillas de madera o extrayendo tripas". En realidad, no hizo más que destacar sus principales virtudes. El final es puro horror de los setenta: los sobrevivientes regresan a Nueva York en busca de refugio; lo que no saben es que esa ciudad está tomada por los muertos vivos. Así era el terror de esos años: no dejaba esperanzas. Por ejemplo, en la primera película de Romero, La noche de los muertos vivos, de 1968, el héroe de la película, después de sobrevivir al asedio de los zombis, es muerto a balazos al ser confundido con un muerto viviente.
El zombi y el tiburón
Zombi no será la mejor pieza cinematográfica de la historia, pero su hora y media de metraje nos depara muchas agradables sorpresas. La primera de ellas son los propios zombis. Romero no fue muy creativo que digamos a la hora de inventar zombis. Algo de pomada en el rostro bastó para darles carta de ciudadanía en el reino de los comehombres. En cambio, los muertos vivos de Fulci son verdaderas piezas de arte ambulante (aunque vacilante). En sus cuerpos invadidos de gusanos se ha instalado la corrupción triunfante, carecen de ojos y en lugar de piel muestran una abultada capa de materia grisácea y verdosa. Su fotografía y su música han sido creadas para despertar la inquietud y el miedo. Fulci es un especialista en atmósferas decadentes. Son realmente tenebrosas las tomas de los muertos vivos vagando por las calles desoladas de Matoul o, de noche, avanzando a tropezones bajo las palmeras. Zombi tiene dos o tres secuencias maravillosas, como la del cadáver del conquistador español saliendo de la tierra. Para mí, la más sorprendente es la pelea entre el zombi y el tiburón que está casi al comienzo de la película: en el barco hacia Matoul, la mujer del capitán se desnuda sin motivo, como siempre, y mientras bucea es perseguida por un zombi submarino que es perseguido por un tiburón. La pelea siguiente es absurdamente excitante; sólo un loco podía filmarla.
¡Ahora, a sacarle los ojos!
El buen cine, como las buenas novelas, es un arcón donde se guardan los secretos y las obsesiones de sus creadores. Fulci, fundador del cine italiano de horror, tiene pocas obsesiones, pero son fácilmente reconocibles. Le encantan la sangre y las tripas y sus filmes no dejan espacio para la esperanza. Es memorable el final de su filme Las siete puertas del infierno: los protagonistas vuelven al mismo sitio infernal, no importa por dónde salgan. Todo termina mal para los humanos. Aunque puede verse desde otro punto de vista: todo termina bien para los zombis. Una obsesión de Fulci es llamativa: odia los ojos y en varias de sus películas los vacía con clavos, dedos y madera. Una secuencia me viene a la mente de inmediato: en Zombi, el ojo izquierdo de Olga Karlatos perforado lentamente, con exquisito detalle, por una larguísima astilla de madera. Esta obsesión fulciana también puede verse desde otra perspectiva: le encantaban los ojos y como todo creador de una iconografía del horror sólo podía mostrar su amor perforando globos oculares. Queda una tercera alternativa: Fulci se sentía culpable de crear imágenes horribles y las imágenes son percibidas por los ojos. Extraer, perforar o vaciar ojos es su manera de manifestar su culpa.
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19 comentarios:

Anónimo dijo...

Es interesante y puntual tu información, me gusta la analogía que creaste entre un cine y otro. También es curioso que hasta este momento la apuesta por los zombies persista en el cine, claro que dentro de estas hay películas malísimas: "El amanecer de los muertos" incluso la última de George Romero me defraudó bastante. Existe también un cine con enfoques diferentes. Creo que viste las últimas películas en cuanto a estos personajes: "Fido" selección del festival de Sundance, es la parodia por excelencia, el horror es apenas una sombra en un mundo donde el hombre, domador absoluto, ya ha sometido a los zombies, aún así es increible como pese a que el zombie es una caricatura, despierte de una u otra forma un sutil terror; la otra es una alucinación, es una locura que mancumunadamente hicieron Quentin Tarantino y Robert Rodriguez, "Planeta terror", simplemente una locura. La saga más exitosa en cuanto a estas películas (claro no mejor, sino ahora), y creeme que en ningún momento trato de compararlas con las que vos mencionaste, son las del célebre video juego "Resident evil", la historia es dinámica, pero al parecer encuentra una lógica más certera al justificar la existencia y origen de los zombies, donde la bioquímica, los experimentos y el juego del hombre con la ciencia son los artífices de la destrucción de la humanidad.

Edgardo "El gordo"

a.toledo. dijo...

Creo que los zombies tienen la particularidad de encargar dos de los grandes tabús de la humanidad: El regreso de los muertos y el canibalismo. El primer horror se ve reflejado en que en muchas de las películas, videojuegos, etc, sobre zombies los momentos más dramáticos son en los que los "heroes" encuentran a familiares o seres queridos víctimas de la (anti) naturaleza. El segundo, es un poco obvio.

Más allá de las creencias vudú los zombies se han convertido en parte del imaginario social, siempre están acompañados por la destrucción, muerte, desolación y dolor, (sin mencionar el horror). El tener que matar a un post-humano es una forma de traer la relajación (sociopata) del asesinato, mientras que se rompe el tabú de traer la muerte, pero sin realmente matar a nadie pues ya están muertos.

El primitivismo, característica básica de un zombie, es una especie de testamento al (no deber) ser original del hombre, a sus actitudes socialmente caníbales y a su falta de represión al momento de eliminar a sus congéneres, ellos representan el dar el todo por el todo por el principal apetito de la humanidad: la comida, pero ¿por qué comen cerebros humanos? Es lo primitivo destruyendo la razon moderna, al hombre culto, demostrando como todo sucumbe ante la muerte y pudrición.

Gustavo Campos dijo...

La obsesión aritiana: le fascina perforar globos oculares. Otra podría ser: dejar "zombi" (en el sentido más vano y torpe de la palabra) a los lectores.
Dennis, muy bueno el artículo, muy bueno. Aquí sí hay claridad.

Anónimo dijo...

Cuando uno ya ha es lo suficientemente realista, reconoce la grandeza de otro. Por ejemplo, el poeta Gustavo Campos ha reconocido la calidad de la prosa "aritiana", esto significa que alaba al crítico más feroz de su oráculo: jorge Martínez; mis respetos para usted poeta, ya que no siempre se es pupilo.

Casimiro Bellavista

Anónimo dijo...

A mi no me gustó lo que escribio. Hay una parte donde sale un montón de veces la palabra "muerto" y usa mucho los dos puntos ::: y ademas no es literatura y no sé que hace en una sección de literatura.

Gracias

Anónimo dijo...

Acabo de emerger de las aguas al llamado de un amigo, que me hizo abandonar mis multiples libasiones de café de la mañana, y como hago ultimamente, he ido ha revisar mi correo y hacer otras diligencias en este nuevo y conveniente medio que nos provee la Internet y ¡sorpresa! me encuentro con este foro sobre un tema que no conozco bien. Lo mas sorpresivo es ver tantos mensajes anónimos en tan poco tiempo y eso me hace pensar: no sera que todos provienen del mismo sitio?

He ahí material para el pensamiento. Yo vuelvo ha mi café matinal y mis periodicos.

Marco A. MAdrid

Anónimo dijo...

Creo que en el artículo de Giovanni, el que se refería acerca del efecto mediático, caben esos arquetipos de personas palurdas, como esa que protesta acerca de un artículo de cine (del bueno); como si no supiese que entre todas las artes hay un vínculo; pero que podría saber un palurdo?... Acaso sabrá que Buster Keaton y Beckett trabajaron juntos, o que Scott Fistgerald fue guionista del celuloide gringo, o que Igmar Bergman utilizó incluso recursos teatrales en sus primeras películas (séptimo sello). Amigo palurdo,antes que vaya a comenzar a citar mierdas como las adaptaciones literarias que ahora hacen, ya antes existieron y muchos mejores (Sueño eterno) otras que no me acuerdo:amnessia litteratis jajajaja. No escriba nada palurdo, por favor y Giovanni, por favor tendrá que escribirle en una esquinita al blog MIMALAPALABRA Y MAS, para que los palurdos no se pierdan.

K.M

Anónimo dijo...

a mi no me han gustado mucho los zombies (me atraen más los vampiros al estilo Julien Sand en "A vampire's tale") , pero me agrada la manera en que Dennis describe y compara algunas de las principales películas del género. Es encantador leer la descripción de algunas escenas, sobre todo aquellas de las estacas...puntiagudas y hermosas... La música también es un elemnto destacable de estas cintas.
Pero en cuanto a mi, prefiero seguir ecuchando muy a menudo un cd de Echo and the bunnymen que un querido amigo me regaló hace algunos años.

Gustavo Campos dijo...

Señor "Casimiro", le aclaro que me ofende el término poeta y que empleo mi tiempo más en leer narrativa, ensayo y teoría en lugar de perder mi tiempo con poemas, me aburrió la desventurada poesía hace mucho tiempo.
Respecto a la prosa de Dennis, siempre la he reconocido y he valorado su habilidad como ensayista y narrador.
En el caso de Jorge, él no es oráculo de nadie más que de sí mismo. Yo jamás he tenido oráculos y jamás los tendré. Pero tengo algo mejor, tengo amigos con quienes he compartido -y comparto aún- experiencias literarias y de las demás artes, sobre todo, cine, música, redoxon.

dennis dijo...

A mí también me gusta Echo and the Bunnymen. Me agrada su disco Ocean Rain.

La voz de Ian McCulloch es genial. Por algo le dicen "La Boca" McCulloch. Me recuerda a Nick Cave.

¿Astillas o estacas?

Anónimo dijo...

Salven los Ados a Tavito, ¡Salvenlo!...Tavo, poeta y poesía son términos y género que no se emplean para cualquier cosa, en todo caso el señor Casimiro, que dudo que se llame así, no lo ofendió, lo alabó; posiblemente usted se sienta con gran responsabilidad encima, porque descubrió que no es cualquiera el que hace poesía y por eso, afortunadamente para el género lírico, usted dejó de escribir babosadas, fingiendo experiencias que nisiquiera conoce. Espero no me conteste que lo pondré en su lugar.

Elia Orellana

dennis dijo...

Ya sé por qué Ian McCulloch me recuerda a Cave. Porque McCulloch dijo en algún lado que Cave no le llega a los talones.
No sé quién envió este mensaje sobre Echo, pero en él encuentro una coincidencia y me encantan las coincidencias. Ian McCulloch es el nombre del vocalista de Echo & the Bunnymen y también del protagonista de "Zombi" de Lucio Fulci.
Otra coincidencia (ésta provocada por mí). "Red right hand", la rola más famosa de Cave, se parece a una historia de terror. "You'll see him in your nightmares,
you'll see him in your dreams
He'll appear out of nowhere but
he ain't what he seems..."

Gustavo Campos dijo...

"Elia", usted ya está en su lugar, no me busque a mí, que yo ya tengo.
Sé a qué se refiere con las distinciones entre ese término
"innombrable", máscara de épocas, y el género a donde los irresponsables acuden, no me dice nada nuevo.
Sé que "Casimiro" existe únicamente como seudónimo y que "Elia" también.
Espero tampoco me conteste taumastiana o panurguianamente, que con gusto, aunque lo hiciera, tampoco responderé.

Gustavo Campos dijo...

Dennis, una coincidencia fónica, pero no tan coincidencia: el nombre Fuseli, aquel del nomo y la yegua de la noche de ojos color sangre, y Fulci, el de la otra coincidencia provocada. (Otra coincidencia provocada)

Anónimo dijo...

Bueno, a mi también me agradan las coincidencias, y mi canción favorita de Echo and the bunnymen es "Flowers", especialmente el verso con que comienza:
"I've been laying down the flowers".
Curiosamente, estas palabras también podrían hacer referencia a un zombie que quiere o puede salir a la superficie en cualquier momento.. pero mejor no extrememos búsquedas.
En cuanto a Ian vrs. Nick, prefiero la voz del primero, aunque he de decir que cuando escucho algunas canciones del Sr. Cave no puedo parar de imaginarme grutas profundas y como diría Lovecraft "profundidades insondables".

Por cierto, tampoco está mal Peter Murphy cantando "Bella Lugosi's dead" y, en general, todas las canciones de Bauhaus. Por cierto, una ocasión mi amigo también me regaló una cinta de Murphy solista.

Dennis dijo...

Nada como las voces de los cantantes ingleses de pop, new wave, punk y goth, graves y al mismo tiempo etéreas, como las de Murphy, Bowie o Andrew Eldritch, vocalista de Sisters of Mercy (de este grupo recomiendo "Marian", aunque para gustos, colores). También pueden ser frágiles, amenazando con quebrarse en cada nota, como la de Robert Smith. O desgarradoras, como la de Johnny Rotten.
De lo poco que conozco de Murphy, mi disco favorito es Holy Smoke. Recuerdo con agrado dos LP de Murphy: Cascade y Deep, en el que se incluye la famosa rola "Cuts you up".

Juan dijo...

No existe un criterio de valoración objetivo e intrínseco a las cosas, el mismo objeto puede parecer bello a mis ojos y feo a los ojos de mi vecino.

Juan dijo...

No existe un criterio de valoración objetivo e intrínseco a las cosas, el mismo objeto puede parecer bello a mis ojos y feo a los ojos de mi vecino.

Anónimo dijo...

Un viva por el artículo de Dennis Arita. Y otro por el director de mimalapalabra por su acierto en la conducción de este espacio "ciberdigital."