martes, 15 de septiembre de 2009

Coetzee y él mismo, por tercera vez

Coetzee en el espejo.
Hace algunos años, cuando leímos Infancia y Juventud, los dos libros de memorias del premio Nobel sudafricano J. M. Coetzee, quedamos picados y a la espera del tercer libro, el hipotético libro sobre la etapa de madurez del escritor, pero como nos viene comunicando sutilmente él mismo en sus últimas novelas, en donde ensaya con estructuras que exploran lo metaliterario e incluso la autobiografía, presenta ahora con Summertime, el que constituiría ese tercer libro tan esperado, algo más que un simple libro autobiográfico y se acerca un poco más a eso que se ha dado en llamar "autoficción". Tomo este fragmento de una nota en el blog Moleskine Literario en donde destacan la autocrítica de Coetzee en su libro y ofrecen un adelanto de lo que en éste cuenta:
En Summertime, Coetzee utiliza una estructura más novelística. Imagina que su otro yo murió cuando estaba a punto de escribir una continuación de Infancia y Juventud que iba a comprender su regreso a Sudáfrica procedente de los Estados Unidos en los años 70. Dejó cuadernos que sugieren que, de haber vivido, su Summertime ficticia se habría escrito con el mismo estilo que las novelas memorias anteriores. Ahora un académico, Vincent, que no conoció a John, escribe un relato de ese período de la vida del escritor valiéndose de los cuadernos y de entrevistas con cinco personas que habían tenido una relación. La figura de Coetzee que surge de los relatos de las mujeres es simple, fría, torpe, distante, obstinada, tonta. Es desaliñado y sin atractivo, tanto en el plano físico como en el emocional y el intelectual. Es grosero, audaz cuando debería ser discreto, reservado cuando debería ser apasionado. Tiene pelo ralo, una barba despareja y se viste mal. Es un perdedor nada romántico que vive con su padre anciano en una cabaña."En lo que respecta a cómo hacía el amor, ahora pienso que tenía algo de autista. No lo digo como una crítica, sino como diagnóstico", le dice Julia a Vincent. Sophie, la última entrevistada, es la que manifiesta una condena más lacónica: "No tenía ninguna sensibilidad especial que yo pudiera detectar, ninguna visión original de la condición humana", le dice a Vincent.
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