domingo, 27 de septiembre de 2009

De tripas, corazón. Armando García

por Armando García

Pese a su torpeza sostenible, el régimen de facto logró lo que el pueblo organizado siempre había soñado desde aquella gesta de 1954: ¡un paro general! Al decretar ese estado de sitio demencial, los golpistas han hecho que se cumpla el grito de la canción de Mario de Mezapa: ¡huelga nacional!

Pese a la chaladura de su asonada, al fin, usurpadores, se dieron cuenta que su absurda medida de aherrojar a un pueblo a la inmovilidad, a la hambruna y a la supresión de los servicios básicos, era darse “patrióticamente” con la piedra en los dientes, un búmeran de pérdidas millonarias, sobre todo en las empresas patrocinadoras del motín.

Pero “agora” ya es tarde querida hermanita: ahí andan sus agoreros hablando en lenguas, asustados, después de haber matado el tigre…, no le ha quedado de otra al dictadorzuelo y sus corifeos, que el espanto de negociar impunidad.

De carambola, en su terquedad de mula roma, han impulsado a los catrachos a instalar –sin trampa que valga– aquel proceso que tanto odian y por el cual rompieron el hilo constitucional: ¡La Constituyente!

Esa metida de pata de los complotistas, le ha permitido a este remiso pueblo perderles el respeto. Pruebas: teniendo de telón de fondo la gaseada Embajada de Brasil, con vaquero en off: un vocero de la “preventiva”, con rostro de yo no fui, hizo un recuento de los desmadres perpetrados por la resistencia, escondiendo, solapado, que los desastres era una obrada de sus pariguales infiltrados (se veía por la tele, en vivo, que ni se inmutaban, con pasamontaña, unos y a cara pelada, otros; moteados de preventivos o de gloriosos o en camisetas de civilón destruyendo al propiedad privada. Treta que se le pasó por alto a la mediática censura de los conjurados). Se les durmió el pájaro con esos videos sin editar y que, sin duda, serán prueba fehaciente ante la Corte Penal Internacional. Porque también aparecen despóticos uniformados vejando a la ciudadanía, inclusive, maltratando a niños de pecho, a señoras embarazadas, garroteando a hombres reducidos y descerrajando la muerte a jóvenes por el “delito” de gritarles golpistas. ¡Solitos se han puesto la soga al cuello!

La desazón de los conspiradores, sin percatarse, ha contribuido, más que nadie, a la unidad granítica de este pueblo que no volverá a ser jamás el mismo.

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