lunes, 8 de junio de 2009

Microrrelatos, autoficción y otras fronteras

Los visitantes de la Feria del Libro de Madrid 2009.
Como parte del programa de actividades de la Feria del Libro de Madrid se reunieron varios especialistas en la narrativa española actual, de donde esta nota de El País extrae algunas conclusiones interesantes:
Somos lo que contamos: un relato o un microrrelato, una ficción o una docuficción, una novela fantástica o una novela que nace de los traumas de la realidad. La nueva narrativa española discurre entre difusas fronteras, la tradición, las leyes que marca el mercado o la identidad. Ímpetus narrativos que durante esta semana han reunido, bajo el título Nuevos derroteros de la narrativa española actual -y bajo el techo de la Casa de Velázquez de Madrid-, a varios especialistas en un encuentro "científico" en el que profesores, críticos y autores han intercambiado sus ideas sobre la evolución de las prácticas narrativas en España. Un homenaje a Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1929) resumía el carácter de las mesas redondas: "La renovación no tiene nada que ver con la edad", apuntaba la investigadora Rebeca Martín. "Y Zúñiga es un escritor que nunca ha tenido ni la repercusión ni el reconocimiento que merece", añadía el crítico Fernando Valls.
-El relato menguante. El cuento es el género que menos ha cambiado de todos, se mantiene prácticamente intacto desde el romanticismo. Sin embargo, el cuento ha generado un nuevo género: el microrrelato. Para el crítico Fernando Valls la tradición predominante en España ha sido la de Edgar Allan Poe / Julio Cortázar y la de Antón Chéjov / Raymond Carver, "pero ahora, de pronto, los escritores españoles empiezan a descubrir la tradición española del cuento: Ignacio Aldecoa, Cristina Fernández Cubas, Juan García Hortelano, Francisco Ayala...". Valls cita a nuevos autores como Óscar Esquivias, Ignacio Ferrando y Javier Sáez de Ibarra. Valls destaca el relato Mirar al agua, de Sáez de Ibarra, como uno de los más interesantes, atrevidos y novedosos de los últimos años. Cuentos basados en una performance de Esther Ferrer, cuentos que partiendo de teorías del arte hablan, por ejemplo, del breve encuentro de una pareja o de una vieja artista fracasada que una vez al año, puntualmente, se asoma a su balcón con un pecho al aire. En uno de ellos, Sáez de Ibarra dice: "Mirar no es sólo cuestión de los ojos. Se mira con el cerebro o no se ve en absoluto".
-Los fantasmas de Atocha. Han pasado cinco años desde los atentados del 11 de marzo de 2004 y parece que ya ha pasado la cuarentena para un acercamiento desde la ficción al brutal atentado. Aunque en España siempre ha habido (y no sólo en la literatura) cierta prevención a establecer desde la ficción diálogos con la realidad inmediata, existen algunos intentos de novelar las huellas de la matanza. Ricardo Menéndez Salmón en El corredor (novela que transcurre durante el 11 de marzo de 2004), Madrid blues, de Blanca Riestra (que cuenta la vida de una veintena de personas unos días antes de los atentados) o La piedra en el corazón, novela breve de Luis Mateo Díez son algunos ejemplos de nacidos de aquel dolor público.
-Relato reticular. La ruptura del orden cronológico y causal convierten el relato en un enigma, una historia fragmentaria por descifrar. La búsqueda de la coherencia es un objetivo en sí mismo de la lectura. El relato reticular, frente al narrativo, despliega un abanico de variantes a partir de un motivo, una situación, un personaje o una metáfora. La profesora Geneviève Champeau, de la Universidad de Burdeos, habla (a partir de autores tan dispares como Antonio Muñoz Molina o Agustín Fernández Mallo) de la colocación del lector en el centro del dispositivo estético: un nuevo tipo de lector-espectador-oyente que ha sido educado por la publicidad, el clip, el zapping o el montaje musical. El personaje, componente central de la narrativa decimonónica, que sigue siéndolo en la novela histórica o policiaca, queda destronado en la novela reticular.
-Novelas 'pensamentales'. El término no es nuevo: lo recoge Gonzalo Sobejano de Juan Ramón Jiménez para definir la novela que se dirige hacia el ensayo. La novela que implica a un autor-pensador. La novela busca el sentido de la realidad y del mundo. El autor Manuel Alberca como ejemplo de autor de autoficciones que al atribuir a su protagonista la misma identidad que la del autor parecen verídicas como las autobiografías. Una estructura híbrida que presenta lo imaginario como real y que no es una apología de la falsificación sino todo lo contrario. La autoficción nos llama a neutralizar nuestra capacidad de ser crédulos. Una tendencia literaria en la que están Luis Goytisolo, Javier Marías o Enrique Vila Matas. En su conferencia, Gonzalo Sobejano añadió que comprar un libro es la única forma que conoce para luchar contra "el dolor, el engaño, el olvido y la muerte".
-Autores literarios o autores de mercado. La trivialización de la novela es para el crítico Santos Alonso una de las claves del actual estado de la literatura española. Sin dar nombres ("no quiero entrar en debates de combate") divide el panorama en escritores de mercado y escritores de literatura. Campa a sus anchas la novela light y previsible, de frases hechas y clichés que matan la "imaginación" y el lenguaje "literario". El colmo de lo novedoso, añade, se limita a repetir formas arcaicas de los años sesenta o setenta, y críticos y periodistas "ignorantes o desmemoriados lo aplauden".

Un camino insólito

El escritor argentino Sergio Chejfec, autor de Mis dos mundos (Candaya).

Por Enrique Vila-Matas

1-Empiezo como puede que termine: a la deriva. Y lo hago preguntándome si tienen forzosamente las novelas que narrar una historia. La respuesta es sencilla: pretendan contarla o no, siempre la cuentan. Porque no hay un solo lector inteligente que, por mucho que le den a leer algo raro, e incluso la novela más hermética del mundo, no sepa leer una historia detrás del impenetrable texto que hayan podido darle. Ahora bien, ¿qué puede suceder si el lector es inteligente y en cambio el novelista no lo es? Sospecho que en esos casos tiene lugar siempre una gran fiesta. Me acuerdo de Georges Simenon, que dijo que no es en absoluto necesario que un novelista sea inteligente, sino todo lo contrario: cuanto menos inteligente sea, más posibilidades se abren para él de ser novelista. Sin duda llevaba toda la razón del mundo, porque yo he tratado a grandes novelistas a lo largo de mi vida y ninguno me ha parecido muy inteligente, sobre todo comparado con otras personas que he conocido: personas dedicadas a otras artes, negocios o ciencias.
Hay excepciones a esta regla y el novelista argentino Sergio Chejfec es una de ellas. Aunque, si lo pienso bien, este escritor es alguien a quien no le cuadra bien la palabra novelista, porque él en realidad crea artefactos, pensamiento narrado antes que novelas. En Mis dos mundos, por ejemplo, nos recuerda que hay novelas con historias, pero también novelas como la suya, que no son tan ortodoxas, aunque contienen también historias. La que se cuenta en Mis dos mundos (Candaya) no es fácil de sintetizar, pero digamos que es la historia de un escritor que, a punto de cumplir los 50 años, y probablemente debido a esta fecha crucial, quisiera convertirse en un no escritor. Esto lo sabremos cerca del final, aunque es una ilusión que organiza el relato: la historia de un escritor que está visitando una ciudad del Brasil y, mientras recorre su parque más emblemático, ve en ese gran espacio medio abandonado (incluyendo las barcas con forma de cisne o las aves cautivas) señales de su propia condición incompleta y una prueba cósmica de que cualquier autenticidad es imposible y de que "así como uno no elige el momento en que va a nacer, también ignora los mundos variables que va a habitar".
2-La caminata ocupa casi todo el libro. Es un paseo cargado de frases que disuelven -algunas de forma asombrosa- el sentido de frases que han aparecido páginas atrás. Allí donde el narrador (cuyos dos mundos parecen confundirse tanto como en ocasiones se mezclan en el libro el estilo ensayístico con el narrativo) vacila y duda sobre lo que está narrando, o bien se pregunta cómo hacerlo, Chejfec, en el fondo, no se lo pregunta jamás. Es más, está entre quienes dominan con mayor maestría tanto el arte de la digresión como el de la narración en la literatura actual. Ante Chejfec, en una primera impresión recordamos a muchos autores admirados, y en un segundo momento -más sólido y perdurable en el tiempo- advertimos de que no se parece a nadie y que ha elegido un camino insólito, único, muy diferenciado, que tarda en distinguirse a causa de las exigentes y muy personales búsquedas que el propio autor realiza en su narrativa.
Chejfec parece pertenecer a una casta de escritores que debió comenzar a existir allá por los tiempos en los que Proust mostró su desprecio por una novelística reducida a un desfile cinematográfico de las cosas. Siempre he pensado que ese tipo de desfiles, aparte de ser burdas traducciones de la vida interior del narrador, operaban perniciosamente, actuaban como impedimento para que pudiéramos hundirnos en el fragmento de una historia -o en el detalle de un fragmento de esa historia- y dedicarnos por fin a la deriva feliz que podríamos hallar, por ejemplo, en el análisis a fondo de la condición de relato de un relato -nuestro propio mundo, sin ir más lejos- desprovisto en realidad por completo -para qué engañarnos- de sentido.
Chejfec -muy injustamente poco conocido entre nosotros- destaca entre los novelistas que de un tiempo a esta parte vienen esforzándose por traducir sus historias al pensamiento narrado, género del que, aun no sabiéndose mucho, se sabe al menos que escapa con inteligencia ensayística de la corriente de aire limitado de los grandes novelistas con tendencia obtusa al desfile cinematográfico de las cosas. ¿He calificado de obtusa a esa tendencia? Voy bien. Perfecto. Veo que afortunadamente sigo paseando -como el discreto héroe de Mis dos mundos- a la deriva.

miércoles, 3 de junio de 2009

Eternos habitantes de Macondo

Tegucigalpa, de noche.
Por Giovanni Rodríguez
Recuerdo las primeras veces que fui a la capital cuando era niño. Percibía todo diferente allá, lejos de mi pueblo; sentía, y con razón, que era un mundo completamente distinto al que yo conocía. Tenía apenas diez años y sin embargo recuerdo cuando las personas de la capital se referían a mí como “el niño que viene de provincia”.
Tres años después acabaría viviendo entre ellos. Para entonces, ya había hecho unos cinco o seis viajes de exploración a ese mundo desconocido y grandioso que era la ciudad más importante del país, me había ido acostumbrando a que se me reconociera como “el niño de provincia” sin que hasta ese momento yo identificara en ese mote la pequeña dosis de exclusión que contenía.
Para los de la capital ser capitalino significaba estar ubicado en un escalón superior en cualquier aspecto de la vida: un capitalino era más listo, estaba más informado y por lo tanto tenía menos capacidad de asombro que un provinciano, lo cual le permitía desenvolverse en la vida (en la vida capitalina al menos) de una manera más eficaz; y todo eso es cierto, pero sólo en la medida de la timidez inicial del provinciano en la capital. Yo era muy tímido entonces, pero a la vez cauteloso y astuto. Sabía identificar plenamente todo aquello que me ayudaría a sobrevivir en la urbe y por consiguiente, suprimía de mi modo natural de proceder todas aquellas manías provincianas que obstaculizarían mi rápida inserción en el mundo idealizado de la capital.
Hoy, dieciséis años después, me río de todo eso. Porque si bien es cierto yo no era más que un niño de provincia en la capital, tampoco es cierto que ellos, los capitalinos, fueran gente cosmopolita. En realidad todos éramos más o menos provincianos, viviéramos en Tegucigalpa o en San Luis del Pajón, en San Pedro Sula o en Tangamandapio. Y seguimos siendo igual de provincianos ahora, aunque hace tiempo nos haya llegado Internet y hayamos empezado a formar parte, sin querer y sin saber, de un mundo globalizado.
Parece que estuviéramos condenados a ser eternamente habitantes de Macondo, amantes del guaro y la ranchera, seguidores de cuanto mequetrefe nos vaya imponiendo la historia, aspirantes a sabios desde el diletantismo, fanáticos de La Biblia y defensores de la idiotez absurdamente disfrazada de moral.
Así somos, provincianos desde el hígado a la médula, tercermundistas mentales, especímenes curiosos para el mundo entero. Somos el tópico que se confirma en cada muerte violenta, en cada escándalo por corrupción, en cada cruzada evangélica en un estadio de fútbol, en el enfoque noticioso por parte de los medios de comunicación (y en lo pésimamente escritos y dirigidos que están, dicho sea de paso).
¿Qué nos queda a los que siempre nos hemos sentido algo extranjeros en este desolado paisaje provinciano? Dos posibilidades: el pacífico alejamiento, la práctica Zen de la lectura en casa, sin salir nunca, o el exilio más o menos voluntario y un cierto afán de destruir la puta patria para que después, sobre las cenizas, podamos soplar y quizá descubrir un vestigio para la esperanza. La decisión depende del temperamento de cada uno.

jueves, 28 de mayo de 2009

Entrevista con el vampiro

¿Qué creen? ¿Parece vampiro o no?
Hace rato, mientras buscaba en este blog un texto que escribí hace casi dos años y que habla de mi (¿ficticio? ¿real? no lo sé todavía) Encuentro con Vila-Matas en el aeropuerto de Barajas, me topé con un blog llamado pauladeparma. En ese blog, su autor/a explica por qué decidió llamarlo de esa manera y nos cuenta una pequeña e interesante historia, que se parte en dos historias más y que empieza y acaba con dos supuestos comentarios de Vila-Matas en ese blog. Una de las dos historias en las que se parte la historia de pauladeparma es una entrevista de Javier Moreno, escritor colombiano autor del blog Balada del elefante azul, a Vila-Matas. En esa "entrevista con el vampiro", que se desarrolla como si fuera un "encuentro pugilístico", Moreno empieza contando algo parecido a lo que cuenta pauladeparma: escribió algo en su blog y Vila-Matas le dejó un comentario, se emocionó un poco (o mucho) pero, cauto, supuso que se trataba de una broma; sin embargo, para comprobarlo, le escribió al supuesto Vila-Matas invitándolo a contestar unas cuantas preguntas, y así... En fin, otra prueba de la existencia de la Vila-Matas en esa región ocultamente furibunda de los blogs.
Lean la entrevista; se divertirán.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Ficticios, sincronizados y extraterrestres

Andrés Neuman visto por Sciammarella. Fuente: El País.
Lo que sigue es un extracto del discurso "Ficticios, sincronizados y extraterrestres", pronunciado por el premio Alfaguara Andrés Neuman:
"La historia", escribe Claude Adrien Helvetius, "es la novela de los hechos". "Y la novela", añade, "es la historia de los sentimientos". Desde esta perspectiva, todas las novelas son históricas. No sólo porque toda narración propone un marco histórico explícito o implícito, sino porque además los sentimientos, a los que a veces les atribuimos una incontaminada eternidad, se transforman a lo largo de las épocas.
La historia no es un tema ni un momento: es lo que condiciona nuestra aproximación al tema y lo que asocia los momentos. Nunca antes había intentado escribir una novela que sucediese fuera de mi siglo, que era y sigue siendo mi foco de interés. Pero siempre me ha parecido absurda la manía de dividir las novelas entre las que suceden ahora (...), antes y (...) después. Las novelas, ante todo, están bien o mal escritas. Y su vigencia (...) no depende de cuándo tienen lugar sus argumentos. Hay novelas de actualidad que son conservadoras. Novelas futuristas que parecen antiguas. O novelas sobre el pasado que discuten los problemas y el lenguaje del presente. La curiosidad por estas últimas me condujo a escribir El viajero del siglo.
La imaginación hace preguntas para que la ficción estudie lo real. Regresemos al viejo organillero y al viajero misterioso, a quien llamaremos Hans. Mientras imaginaba su encuentro, me pregunté cuándo podría tener lugar. Y pensé que lo justo sería que ambos se encontrasen el mismo año en que Wilhelm Müller publicó el Viaje de invierno. Ese año era 1827, que resultó ser también el de la muerte del poeta. Entonces me pregunté dónde podrían encontrarse Hans y el organillero. Y pensé que lo justo sería que lo hicieran a medio camino entre Dessau, la ciudad natal de Müller, y Berlín, la ciudad donde estudió. Entonces me pregunté cómo sería la Alemania de aquel tiempo. Y me puse a estudiar la vida cotidiana de la época, sus costumbres sociales. Entonces me pregunté por los salones literarios y sus anfitrionas, por aquellas mujeres educadas entre la vindicación de los derechos de la mujer y las contradicciones misóginas de la Revolución Francesa, por la generación de Mary Shelley o George Sand. Y me puse a inventar el salón de Sophie, la otra protagonista de la novela, con quien Hans mantendrá una pasión conflictiva y basada en la traducción. Entonces me pregunté por la política europea de esos años. Y me di cuenta de que, en muchos sentidos, la Europa de la Restauración era el principio de la nuestra. Retorciendo a Vargas Llosa, si nos preguntáramos en qué momento se jodió Europa, la respuesta sería: en el siglo XIX.
La Europa conservadora de la Restauración y los valores retrógrados de la Santa Alianza fueron posibles por el fracaso de Napoleón, que empezó proponiendo derechos, constituciones, libertades, y acabó convertido en un emperador que invadía países y pretendía poderes ilimitados. Hoy pasa algo parecido a nivel mundial. Los proyectos de la izquierda revolucionaria han degenerado en lamentables dictaduras o caudillos omnipotentes. Sobre las ruinas de ese desengaño se han aliado las potencias neoliberales que dirigen lo que llamamos Occidente, con la Europa del Vaticano, las multinacionales y la xenofobia a la cabeza.
Mi intención, sin embargo, no era escribir un testimonio académico ni una crónica realista. Yo quería escribir un libro raro. Una novela futurista del pasado. Una ciencia-ficción rebobinada. Por eso la novela no narra ningún acontecimiento histórico, ni presenta un solo personaje que haya existido realmente. Y por eso Wandernburgo, la ciudad donde transcurre, es una ciudad imaginaria. (...) Un ángel exterminador a escala europea. Espero que Buñuel esté muerto de verdad. De lo contrario, le pido mil disculpas.

Andrés Neuman recibe el Alfaguara

Andrés Neuman, a la derecha, recibe el Premio Santillana de manos de Ignacio Polanco, presidente del Grupo PRISA.- LUIS SEVILLANO
Luis Goytisolo, presidente del jurado del premio Alfaguara de Novela que hoy recibió el argentino Andrés Neuman, dice que la obra ganadora es una novela "de tono decimonónico pero con la ambición de los maestros del siglo XX". 175,000 dólares le fueron entregados hoy a Neuman, quien abrió su discurso de agradecimiento diciendo: "En la casa de mi infancia había música. Mejor dicho, la casa era de música". Leemos en la nota de El País que el padre de Neuman tocaba el oboe. Su madre, el violín. Los dos hablaban de Schubert. Y sonaba el Viaje de invierno, la historia de un viajero con vocación extranjera, "sin ganas de norte", que sólo se detiene ante un viejo organillero. Hasta ahí la música de Schubert. La imaginación de Neuman hizo lo demás. Al viajero le inventó un amor y a todos, una ciudad ficticia. Y se puso a escribir El viajero del siglo. Por el camino murió su madre y él pensó en dejarlo. Continuó. "Como ese viajero que camina para averiguar adónde va, hoy siento que ya sé para qué seguí escribiendo: para poder dedicarle la novela a mi madre", dijo.
"La literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre", dijo una vez Roberto Bolaño. Y ahora todos, no solamente por el premio sino también por el discurso de Neuman, están empezando a entender por qué lo dijo. Dice la otra nota en El País:
¿Y de qué hablan Neuman y esos "hermanos de sangre" llamados a comerse el futuro? El autor de El viajero del siglo trató de responder a esa pregunta: "Durante buena parte del siglo pasado, la mejor literatura latinoamericana se sintió obligada a retratarse a sí misma. Como si se mirase a través de lo que otros esperaban ver en ella". Y otra pregunta: ¿Qué ha cambiado hoy? "Quizás el abandono del propósito de encarnar determinadas esencias nacionales y políticas. Las primeras tienen que ver con la idea de patria y exilio en su sentido ortodoxo. Las segundas, con cierta forma de entender el compromiso político. Que no se está perdiendo, sino reformulando".
Neuman cerró su discurso con una carta a unos extraterrestres hipotéticamente interesados en estudiar a una generación de escritores de ida y vuelta. Emigrantes americanos en Europa descendientes de emigrantes europeos en América. Autores que, como él, escriben en "un castellano de todas partes y ninguna, que es la lengua natural de muchos emigrantes y de su mundo movedizo". Antes de la carta, el escritor señaló la "desterritorialización" como rasgo determinante de los nuevos autores latinoamericanos: "La literatura en español puede aspirar, al igual que otras grandes literaturas (como la norteamericana) u otras lenguas (como el francés o el alemán), a simbolizar cualquier espacio, a ser una metonimia del mundo. Puede que, desde los años noventa, la sensación de muchos nuevos autores sea ésa: el desprejuicio territorial. Esto lo han reflejado situando sus historias en lugares remotos, o bien proyectando una mirada extranjera sobre lugares teóricamente propios".

El estúpido índice acusador

Salman Rushdie fotografiado por Daniel Mordzinski. Fuente: MOLESKINE LITERARIO
Por Giovanni Rodríguez
En la anterior entrega de este Café Kubista decía que representa un problema exponer las ideas propias cuando se es joven, ya que en el futuro, cuando llega el momento de confirmar o modificar esas ideas o incluso de renunciar a ellas, uno debe armarse de valor y convicción para defenderlas o aceptar que todo lo dicho ha sido sólo un error más en nuestras vidas. Pues bien, pensando en el asunto éste del peligro de exponer las ideas, me acordé de algunos escritores que son perseguidos por haber dicho o escrito algo que afectaba a alguien poderoso, y me acordé también de los que han padecido lo mismo en el pasado.
Son muy conocidos los casos, entre muchos otros en Cuba, de Reinaldo Arenas y de Heberto Padilla, ambos víctimas de la represión política por considerarlos subversivos; es muy conocido también el caso de Salman Rushdie, sobre quien, a raíz de la publicación de su novela Los versos satánicos, un líder musulmán emitió una fawta, una sentencia de muerte que hasta la fecha no ha sido revocada y que lo obligó en los primeros años a vivir oculto en las casas de sus amigos. Más recientes son los casos de Roberto Saviano en Italia y de Nedim Gürsel en Turquía, el primero por retratar en su libro Gomorra el teje y maneje de la mafia napolitana y que se la pasa en permanente huida pues la mafia también se la tiene jurada; y el segundo por la publicación de su novela Las hijas de Alá, considerada blasfema, que lo llevará pronto a un juicio absurdo.
Algo parecido le había ocurrido al premio Nobel también turco Orhan Pamuk cuando en 2004 fue llevado a juicio por “insultar y debilitar la identidad turca” en un periódico suizo, y en una noticia reciente informan que podría enfrentar nuevas demandas por los comentarios que realizó sobre la muerte de armenios durante la Primera Guerra Mundial.
Son muchos los casos en los que un escritor ha sido acusado o perseguido por motivos como los ya mencionados, motivos que sólo tienen justificación en sí mismos y que se derivan de la estrechez con la que miran quienes se encargan de levantar el estúpido índice acusador.
En nuestros países latinoamericanos no somos tan extremistas como en Turquía, pero cada día “avanzamos” hacia formas de estupidez que en el futuro quizá podrían derivar también en reacciones extremistas. Es sorprendente cómo la hipocresía y la mojigatería van ganándole el terreno a la razón y a la cordura sin que nadie dé muestras de hartazgo. Vemos con absoluta normalidad, por ejemplo, que en un canal de televisión un grupo de estafadores se dedique a pedirle dinero a la gente en nombre de “la gloria de Dios” pero muchos considerarán blasfemo o irrespetuoso a cualquiera que diga que eso es un robo.
Se percibe cercano el día en que la represión contra quienes tenemos la capacidad de indignarnos ya no se manifieste en casos aislados sino que funcione como forma natural de proceder por parte de quienes provocan nuestra indignación y nuestro irrespeto. Por ahora, mientras ese peligroso futuro se mantiene apenas como una amenaza latente, tendríamos que ser nosotros quienes levantáramos la mano y señaláramos con nuestro índice acusador a todo aquello que consideramos un atentado contra nuestra dignidad, tendríamos que ser nosotros los primeros en indignarse, los primeros en hacerles ver a toda esa pandilla que no todos somos como ellos, que entre nosotros encontrarán un poco de resistencia. Pero, ¿quién se atreve? Muy pocos, o casi nadie.

De eso se trata (el arte del ensayo)

Portada del libro de JVilloro publicado por Anagrama.
Hernán, que siempre encuentra excelentes artículos publicados en revistas o diarios colombianos, me envía hoy este de Juan Gabriel Vásquez (en elespectador.com) en el que el narrador bogotano autor de Historia secreta de Costaguana (2007) nos comenta su reciente lectura del último libro de ensayos de Juan Villoro:
Leo por estos días De eso se trata, el último libro de ensayos literarios de Juan Villoro, y me pregunto cómo lo hace.
Tan eruditos como pedagógicos, tan corteses con el experto como con el recién llegado, los ensayos de Villoro son un modelo de lo que puede dar este género tercamente meditabundo en este tiempo en que la meditación (y su compañera de viaje, la incertidumbre) es sospechosa. “El ensayo literario —nos dice en un prólogo que no tiene desperdicio— sirve por igual a los lectores con pie plano que a caminantes consumados, al que ignora casi todo de los temas tratados y al que conoce más que el autor”. Y eso es en buena parte porque el ensayo, como lo practica Villoro, es un género juguetón: el ensayista se aleja de toda percepción de la literatura como ciencia, y no quiere exponernos —o imponernos— sus certezas, sino compartir —nunca impartir— sus dudas. “Ensayar: leer en compañía”. Pues eso.
El libro es un recorrido por obsesiones que sus lectores ya le conocíamos a Villoro y por otras que nos resultan nuevas y acaso sorprendentes. Dos textos sobre Shakespeare y Cervantes abren la serie; la cierra una extensa reflexión sobre Onetti, cuyos libros, ahora que se cumple un siglo de su nacimiento, van generando no ríos de tinta, pero sí un goteo firme y constante. En el medio hay ensayos sobre los viejos amigos germánicos del germanófilo Villoro: Lichtenberg, Goethe, Klaus Mann. Hay ensayos sobre Hemingway (tres, para más señas) y sobre ese tío político de Hemingway que fue Chéjov. Hay un ensayo sobre Bajo el volcán, de Lowry, y otro sobre El entenado, de Saer. Y todos me han remitido por caminos misteriosos a aquella idea de Ricardo Piglia: la crítica es una de las formas modernas de la autobiografía.
Es cierto que la crítica y el ensayo son cosas muy distintas, pues el crítico intenta iluminar un texto, hacer un juicio de valor, dar a cada cual lo que se merece; mientras tanto, el ensayista quiere relativizar los valores, subvertir las jerarquías, leer un clásico como nunca se había leído antes o leer algo que nunca se había leído como si fuera un clásico. Pero el fondo de la frase de Piglia no cambia: los ensayos de un autor de ficciones suelen ser con frecuencia los lugares más reveladores, no sólo sobre las ficciones del autor, sino sobre el autor mismo. Martin Amis dice que todo novelista que practica la crítica es un proselitista secreto de su propia obra. Mientras comenta o explora los textos ajenos, el novelista quiere dar pistas a sus lectores sobre cómo le gustaría que se leyeran los propios. Un libro de ensayos es una sutil y abstracta confesión sentimental. “Un strip-tease al revés”, dice Villoro, aplicándole al ensayo la metáfora que Vargas Llosa usaba para la ficción.
“Profesionales del yo, los escritores están obligados a explicarse a sí mismos no a partir de sus libros, sino de las recónditas intenciones que los llevaron a escribirlos”, escribe Villoro en "El diario como forma narrativa". Y se me ocurre que el ensayo literario es testimonio de la rebeldía del escritor ante esa situación: en vez de aceptar la obligación de confesarse en público, el escritor hace esa confesión lateral e indirecta que es un ensayo: explica sus libros al explorar los de los otros. Y al hacerlo, además, se explica a sí mismo.
Apenas acabo de pegar aquí el artículo de JGVásquez sobre Villoro y descubro una feliz coincidencia en el blog La obsesión de Babel: Juan Villoro estrena página web. Le doy clic a http://www.juanvilloro.com/ y confirmo lo que dice Mario: "no hay decepción posible: en esas páginas encontramos a un Villoro compendiado, telegráfico, pero entre la minucia y el breve espacio el autor deja su impronta: la lucidez del ensayista, los flashazos de sus novelas y la mirada penetrante del cronista extraordinario que nos revela los secretos de regiones y ciudades tal y como persisten en su memoria".

martes, 26 de mayo de 2009

Benedetti después de Benedetti

La foto de Benedetti es, por supuesto, de Daniel Mordzinski/ Página12.
Hasta ahora, no había querido publicar nada relacionado con la muerte de Mario Benedetti porque sentía que hacerlo significaba (para mí) tan sólo seguir el hilo mediático en el que, por la desafortunada circunstancia de su muerte, de tramo en tramo, unos y otros van recordándolo y llorándolo y considerándolo quizá el mejor escritor del mundo -cosa muy lejana de la realidad- hasta convertirlo en algo distorsionado e inexacto, algo que sólo es posible a través de la extrema generosidad de algunos de sus lectores. Yo, recuerdo de Benedetti muy poco: La tregua, una novela en forma de diario que abrí hace unos ocho años en Librería Caminante y en la que busqué la entrada que correspondía a mi fecha de cumpleaños, y leí: "Si alguna vez me suicido será un domingo. Es el día más desolador, el más insulso". Entonces compré la novelita y me la leí un domingo, y me gustó. Después, una amiga me regaló un libro de cuentos del uruguayo, pero leí el primero, el segundo y parte del tercero y renucié a la lectura. De sus poemas tampoco puedo decir mucho, tan sólo que antes que a Benedetti prefiero a Sabines. Me quedo entonces con La Tregua y su domingo insulso, y con la buena cara del viejito, una cara de abuelito que todos quisiéramos haber tenido (el abuelito, no la cara). Pues bien, si he decidido hoy poner algo sobre Benedetti en este blog es sólo porque me encontré en el Moleskine Literario una entrada que recoge algunas impresiones de escritores argentinos sobre Benedetti. Una de ellas, la que dejo aquí, me llamó la atención porque resume muy bien eso que siento yo por la literatura de Benedetti sin faltar a la memoria del viejo. Lo escribió Juan Pablo Bertazza y dice así:
Benedetti –sería injusto negarlo– es casi una mala palabra para la actual poesía, a tal punto que pocos, muy pocos osarían tomarlo en cuenta. Y eso puede deberse a varias razones: tal vez su inventario poético terminó devorándose al resto de su obra, tal vez su poesía envejeció mal, tal vez no se pueda ser tan popular y de culto al mismo tiempo. Lo indudable es que en el mayor porcentaje del Benedetti poeta hay un Benedetti letrista. Lo curioso es cómo todos los otros Benedettis fueron muriendo a manos del Benedetti de Poemas de la oficina o Sólo mientras tanto, a manos de poemas que le gustaban a nuestros malos maestros de literatura, a manos de poemas que inundan las orillas de la red: el Benedetti periodista, el Benedetti militante de izquierda, el Benedetti crítico de cine, el Benedetti humorista, el Benedetti exiliado y desexiliado, el Benedetti narrador que despabiló al cuento uruguayo con las luces de neón de la ciudad, el kafkiano Benedetti de La tregua, el Benedetti maldito de ese conmovedor relato que es “Sábado de gloria”, donde Benedetti reza a Dios “una oración aplastante, llena de escrúpulos, brutal, una oración a mano armada” para que no se la lleve a su compañera. Todos esos Benedettis que, ahora, paradójicamente, quizás renazcan.

domingo, 24 de mayo de 2009

Los libros y la vida

JLBorges cuando trabajaba de bibliotecario.
Por Héctor Abad Faciolince
Alguien dijo alguna vez que hay tres tipos de personas: las que viven la vida, las que la escriben y las que la leen.
Si pienso en el primer tipo, recuerdo a un amigo mío, vividor, que —como me lo explicó una vez Santiago Gamboa— “se pasó la vida tratando de empezar una nueva vida”. Nada, ni lo más desaforado, le parecía nunca suficientemente vital. Empezó tantas vidas que no terminó ninguna y al final vivió con tanta intensidad cada una de ellas que resolvió que nadie le iba a quitar el último pedazo de vida que le quedaba y terminó quitándosela él mismo.
Del segundo tipo de persona, los que escriben la vida, o mejor, los que dedican la vida a escribir, no se me ocurre mejor ejemplo que el de Gustave Flaubert. Se impuso a sí mismo la rutina más sosa y carente de interés que pudo —repetitiva, sobria, retirada— con el único fin de vivirlo todo en su obra. Esto le dijo en una carta a Louise Colet: “Llevo una vida áspera, carente de toda alegría exterior y lo único que me sostiene es una especie de rabia permanente. Amo mi trabajo con un amor frenético y pervertido, como un asceta el cilicio que le araña el vientre. Escribo con regularidad unas diez horas diarias, y si me molestan, me pongo frenético. Ya no espero nada de la vida excepto unas cuantas hojas de papel que emborronar de negro”. Y este era su dogma práctico: “Hay que vivir como un burgués y hay que pensar como un semidiós”.
Los del tercer tipo son personas que dedican su vida a leer. Son, de algún modo, vividores vicarios. Todo lo que no aman, todo lo que no lloran, todo lo que no luchan o trabajan, lo experimentan en los libros. No se me ocurre un ejemplar más acabado de esta especie que ese viejo lector ciego, Borges, que vivió más bien poco, escribió maravillas, y leyó o le leyeron sin parar. Su lema, no por excesivamente citado, deja de seguir siendo hermoso: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.
Quizás estos tipos de hombre correspondan también a una diferencia de carácter más honda, que ya no es ternaria sino binaria: aquellos que prefieren la vida activa frente a los que escogen la vida contemplativa. Hay quienes hacen y hay quienes piensan; están los que hablan y otros que se muerden la lengua. Por supuesto que no es necesario vivir exclusivamente de una manera. Se puede vivir, con distintas proporciones, a ratos en la realidad y a ratos en el sueño. Borges, por ejemplo, en sus 86 años de vida, estuvo casado 17 meses con su primera esposa, y con la última tres. Es poco, pero es algo. De Flaubert se dice que se retiró del mundo después de que contrajera la sífilis en un aventurero viaje de juventud a Egipto. No le quedaron ganas de una vida de excesos.
Por deformación profesional he citado casos de escritores, pero supongo que algo parecido ocurre en otras profesiones. Todos conocemos adictos a la sociedad y cusumbosolos. Si me preguntaran qué quisiera más para mí (o para mis hijos), si una vida intensamente vivida, o una vida leída, o una vida dedicada a un oficio retirado como las matemáticas o la escritura, no sabría responder con una receta. Flaubert, cuando escribía sobre una pobre mujer adúltera, vivía con tanta intensidad su adulterio como si fuera él el pecador. No creo que el gozo de Borges leyendo a Kipling fuera menos que el de un viajero en India.
De mí puedo decir que me gusta vivir lo que leo en los libros. Si el protagonista toma ginebra, no puedo resistirme a servirme una. Si un personaje es celoso, acabo haciendo una escena de celos en mi casa. Hace poco leí sobre un viejo escritor con cáncer de próstata y esa misma semana me medí el antígeno y pedí cita urgente con el urólogo. Y por otro lado, muchas cosas que vivo me provoca escribirlas, acomodándolas algo en el recuerdo, y otras que me imagino, me encantaría llevarlas a la vida real. No he podido saber a qué tipo humano pertenezco. No concibo vivir, en todo caso, sin escribir cada día, sin leer cada noche, ni sin salir a disfrutar a ratos el espectáculo del mundo.