sábado, 19 de julio de 2008

Una prosa furiosa y musical

Por María Sonia Cristoff

El asco. Horacio Castellanos Moya. Tusquets. 142 páginas.
"Un verdadero asco, Moya, es lo único que siento, un tremendo asco." Como un estribillo de variaciones leves, la frase retorna, aplicada a distintas situaciones, a lo largo de esta novela planteada como un largo monólogo. Quien habla es Edgardo Vega, un intelectual que hace casi dos décadas vive en Canadá y a quien la muerte de su madre obliga a volver a El Salvador, su país de origen. Quien escucha es Moya, el único amigo de la infancia que le ha quedado. Por regla onomástica, tenderíamos a creer que en este amigo radica un desplazamiento de la figura del autor y estaríamos en lo cierto, sólo que la conclusión sería incompleta: ese desplazamiento viene acompañado de un desdoblamiento que hace que ambos personajes tengan puntos de contacto con Castellanos Moya, autor que nació en Honduras en 1957, que se crió en El Salvador desde muy chico, y que hoy vive en el exilio. Mientras quien escucha está más ligado al pasado -un escritor que apenas logra dar a luz unas obritas lánguidas y que planea abrir un periódico que proponga una mirada crítica sobre la política y la cultura salvadoreñas-, quien habla está más ligado a un presente ya atravesado por el exilio.
El asco fue escrita en 1996 en México, donde Castellanos Moya se instaló a trabajar como periodista después de que el periódico que dirigía en El Salvador, muy crítico de las fuerzas políticas que emergieron tras la guerra civil, cerrara con apenas un año de existencia en la calle. Más allá de estos datos puntuales, Castellanos Moya subraya ese desplazamiento con juegos de tono en los cuales su voz de autor se confunde fácilmente con la de alguno de sus narradores. En la "Nota de autor" incluida al final de esta edición, en la cual Moya cuenta la amenaza de muerte que recibió por la crítica furiosa a El Salvador que entre otras cosas es El asco, nada distingue el relato de su reacción ante el llamado de su madre -"con la boca seca por el súbito miedo y la certeza de que mi presión arterial se había disparado"- de la voz del narrador de su excelente novela Insensatez.
Por ese juego con las voces y con la figura de autor, y por la furia -y el amor implícito- con la que El asco vitupera contra el que se supone el país de origen, contra los niños, contra los curas y contra el transporte público, por momentos esta novela recuerda al narrador de varios de los libros de Fernando Vallejo, escritor colombiano que también ha optado por el exilio. Y también lo recuerda por el malentendido que suelen generar estas prosas furiosas, en las que suele leerse únicamente la valentía o el garbo, según el gusto, de despotricar contra todos y contra todo. Malentendido que ya mismo nos disponemos a despejar: esta conversación de dos horas entre dos amigos en el bar La Lumbre que constituye la trama central de El asco es también una novela deliciosamente punzante acerca del regreso y sus cuitas: el desencuentro familiar, la orfandad constitutiva que no pierde oportunidad de reafirmarse, alguna amistad salvadora. Y, fundamentalmente, El asco representa el despliegue de una prosa que algún desprevenido podrá creer espontánea, pero que en realidad es música para los oídos de quienes entienden que la literatura no consiste en un trabajo de campo sobre la lengua oral de donde sea ni en una acumulación de preciosismos sino el hallazgo justo de un tono que podríamos definir como de austeridad coloquial. Un tono al que Castellanos Moya, en otras de sus vueltas de tuerca, dice haber llegado imitando la cadencia de Thomas Bernhard, escritor que también nació en un país donde no se crió y que hizo de la crítica a la cultura considerada propia, la austríaca, un eje de su obra. Thomas Bernhard es también el nombre por el cual ha optado Edgardo Vega para vivir en el exilio: de allí el subtítulo de esta novela (Thomas Bernhard en El Salvador), en el que se condensa bastante del ataque a la solemnidad y del juego ficción-realidad que define la narrativa de Moya.
Esta "novelita de imitación", como la llama el autor en la "Nota" mencionada antes, lo persigue como una suerte de estigma, dice. A pesar de que, además de El asco, ha publicado otras siete novelas más y cinco libros de relatos, los salvadoreños sólo lo recuerdan por ella. Y no sólo ellos: le pasa también, cuenta, que en varios lugares de América latina se le acercan para pedirle que escriba un "asco" in situ , una crítica demoledora de la cultura del país en el que se encuentra. Tal vez no sea el mejor momento para que se haga un viajecito por la Argentina.
Tomado del diario LA NACION, Argentina.
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