miércoles, 18 de marzo de 2009

Ceño fruncido y mano en la barbilla

Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar... S. Dalí.
Por Giovanni Rodríguez
Nunca me he sentido más incómodo ni más fuera de contexto que cuando he asistido a alguna exposición de arte contemporáneo, ya sea de pintura o escultura, o de eso que llaman “instalaciones”. Confieso mi absoluta incapacidad para apreciar una obra de artes plásticas en toda su dimensión. No manejo más conceptos sobre este tipo de artes que no sean los conceptos de siempre, los inherentes a cualquier obra de arte, y sin embargo a veces me dejo seducir o conmover por alguna de esas obras, aunque esto no es algo cuyos motivos pueda explicar claramente si lo intentara.
Tengo quizá demasiados prejuicios. Así como me parece sospechosa una persona que saca poemas de la manga o de debajo de la lengua cada vez que lo considera oportuno, o el escritor que vende muchos, demasiados libros, o el lector que sólo piense en lo que una novela le cuenta y no cómo lo cuenta, me parecen también sospechosas esas personas que se acercan y se alejan calculadoramente de un cuadro, que fruncen el ceño y llegan incluso a tocarse repetidamente la barbilla con el pulgar y el índice, como si quisieran demostrarle a esa pintura que la están entendiendo, decodificando, que están desmontándola en sus partes esenciales para reconstruirla en su mente a partir de su enorme capacidad de análisis e interpretación.
Lo digo de verdad: no se acerquen a esas personas, porque a la primera oportunidad empezarán a soltarles un discurso en el que caben Hegel, Kant, Derrida y cualquier otro, un discurso que buscará secretamente la justificación de su pose frente a esa pintura más que la satisfacción de nuestras posibles dudas con respecto a ella. Estos individuos quizá sean la representación viva de esos textos ensayísticos que pretenden explicarnos lo que dice este poema o lo que deja ver esta pintura o lo que pretende demostrarnos esta instalación, pero que acaban siendo más crípticos que el poema mismo, más vagos incluso que la idea subyacente en la pintura o en la instalación. Me da la impresión a veces de que para que esos textos nos digan lo que efectivamente pretenden comunicarnos se necesitaría de otros textos que los explicaran, algo que, seguramente, no es lo que se espera de ellos.
He tenido alguna vez frente a mis ojos grandes obras de la plástica mundial, pinturas y esculturas increíbles de Dalí, las obras raras y provocadoras de Duchamp, dibujos y pinturas de Picasso, de Van Gogh, de Miró, y les aseguro que más allá de una necesitad de “interpretarlos”, lo que he tenido es la pura felicidad de disfrutarlos, porque no me he atrevido a tratar de plantearme absurdamente “lo que quiso decir” el artista, que es la frase a la que recurren los típicos ignorantes, sino tan sólo a abrir las posibilidades de mi mente y dejarme seducir por lo que de esa obra quizá sea capaz de llegar hasta el fondo de mi espíritu.
Soy incapaz de apreciar una obra plástica en toda su dimensión, ya lo dije, no tengo los recursos académicos necesarios; mi campo es la literatura y no la plástica; pero algo capto, algo alcanza a quedarse para siempre en mi memoria en las formas y los colores más variados, y si algo he aprendido de todas esas ocasiones en que me he detenido frente a una pintura en algún museo ha sido que el ojo aprende a ver mejor a medida que uno le permite ver con calma, y que el espíritu se domestica con la práctica de los ejercicios espirituales, de manera que no necesito acercarme y alejarme de un cuadro ni llevarme la mano a la barbilla mientras arrugo la frente y murmuro para mí mismo cosas ininteligibles; me basta con abrir las posibilidades de mi mente y tratar de ser parte de esa obra y fundirme en ella, aunque de todas maneras acabe haciéndome la pregunta de siempre: ¿Habría podido hacerlo yo?
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1 comentario:

Luis Núñez dijo...

Y aunque se fuera un experto - lo que tampoco yo soy y coincido con tu escrito- esa sensación es el primer acercamiento a la obra, es lo que se conoce como automatismo, es -cito el DRAE- la "ejecución mecánica de actos (y sensaciones) sin participación de la conciencia."
Es un término rico que el surrealismo eleva en su famoso manifiesto que publica André Breton en el París de 1924.