viernes, 8 de diciembre de 2006

¿Qué es poesía?

Recomendaciones para leer a los poetas emergentes
El personaje Pablo Neruda, en la novela de Skármeta, le responde a su amigo Mario, el cartero, que si los poetas tuvieran que explicar su poesía ésta se volvería trivial y no habría necesidad de haberla escrito. Claro, para qué escribir en poesía algo que bien puede decirse de la manera tradicional, o sea, en prosa. La poesía, entonces, posee un lenguaje particular que la hace diferente y, por lo tanto, necesaria. Pero no se trata aquí de buscar la manera de justificar la poesía, ni tampoco de responder a esos pobres diablos que dicen a veces, en lo que consideran un alarde de inteligencia: “la poesía no sirve para nada” o “la poesía no tiene sentido”. La respuesta clásica: “Poesía eres tú” no será necesaria esta vez. Se trata, más bien, de reformular la pregunta: ¿Qué no es poesía?
Nada nuevo habrá de decirse en estas líneas. Basta con ser un lector medianamente informado para saber dónde está y dónde no está la poesía. A continuación mimalapalabra ofrece una lista de recomendaciones para abordar la lectura de algunos poetas nacionales, tanto los profusamente publicados y famosos como los inéditos y no famosos:
1. Asuma su condición de ser inferior, ya que el poeta que tiene entre sus manos está más cerca de Dios que usted.
2. Afloje los músculos del corazón, que estos poemas seguramente le harán llorar, de pena.
3. Observe con atención la fotografía de la solapa, pues a menudo el poeta intenta que su rostro sea un poema.
4. Pierda cuidado con la tediosa tarea del diccionario; los poetas nacionales escriben sus libros con una sorprendente economía léxica accesible a todo el mundo.
5. Eso sí, debe estar dispuesto a “desoxidar el cerebro”, porque le viene una avalancha de caprichosísimas metáforas, además de símiles, paradojas, hipérbaton, retruécanos, y otras figuras literarias disponibles en el “Manual del poeta express”.
6. No se detenga en el facilismo de observar sólo la sintaxis, la ortografía o la puntuación, que, por si no lo sabe, se trata de una “nueva propuesta” que rompe con todo lo conocido hasta ahora.
7. Recuerde toda la filosofía existencialista y confróntela con las nuevas teorías filosóficas de nuestros catrachos vates.
8. Acepte, de antemano, la posibilidad de no sacar nada en claro una vez finalizada la lectura, pues el prólogo o los comentarios en la contraportada habrán de prevenirlo con frases como éstas: “La poesía es libre y el poeta escribe sobre lo que quiera”, “La poesía nace del corazón, no es una partida de ajedrez”.
9. Si el poeta es viejo, considérese privilegiado por estar leyendo el libro de una leyenda. Si el poeta es joven, apláudale, déle ánimos, dígale que es buenísimo, aunque no lo crea así; no frustre su espíritu.
10. En estos libros usted podrá reemprender su educación sentimental. Palabras clásicas como “ternura” o “amor” las encontrará dotadas de significados nuevos acorde con los tiempos modernos.
11. Si le interesan las antologías, decídase a preparar la “Antología de lugares comunes”; aquí encontrará material de sobra.
Y por último:
12. Devuelva el libro a su estantería, junto a los grandes, por supuesto, no con el resto, o téngalo a la mano en caso de vuelo nocturno de algún insecto molesto alrededor de su cabeza.
Una más:
13. Tire a la basura el libro si no contiene poesía amorosa o “comprometida”.
Si después de leer estas recomendaciones usted persiste en el error de considerar malo, ridículo o idiota al poeta en cuestión, le hacemos una última recomendación: Ya no lea poesía, o por lo menos, ya no lea la poesía hondureña emergente. Quédese con los clásicos catrachos: Molina, Sosa, Cardona Bulnes, Rivas, Quesada, Paredes, y por ahí se va... Y si cree que a estas recomendaciones se le podrían agregar otras, no dude en hacerlo justo aquí abajo, en donde se lee: Comentarios.
Hasta la próxima.

sábado, 2 de diciembre de 2006

El génesis en Santa Cariba

La reinvención mítica, cuarenta años después de Macondo El génesis en Santa Cariba. Julio Escoto. Centro Editorial. San Pedro Sula. 2006. 400 Págs.
El génesis en Santa Cariba, última novela de Julio Escoto, publicada en julio de 2006, pese al regusto carpenteriano de su lenguaje barroco y algunas soluciones propias del realismo mágico, que delatan a su autor como todavía devoto de las recetas del “boom”, parece cifrar su apuesta en el ingreso a esa corriente de la novelística latinoamericana que los críticos definen como “nueva novela histórica”.
Escoto, cuyo mejor trabajo narrativo, tanto por su calidad intrínseca como por su sentido de la contemporaneidad, se encuentra en su novela El árbol de los pañuelos (1972) y en su libro de cuentos La balada del herido pájaro y otros cuentos (1968), tiene un amplio recorrido como narrador y ensayista en las letras hondureñas. Destaca en su producción, además de los dos libros ya citados, la novela Madrugada. Rey del albor, publicada en 1993, en donde pueden identificarse algunas características que prefiguran al escritor en permanente lucha por instaurar en sus lectores el sentido de una conciencia de identidad nacional.
En El génesis en Santa Cariba, antes que una propuesta narrativa acorde con los nuevos tiempos, subyace un ambicioso aunque ya gastado proyecto: contar la historia de América a través de los recursos maleables de la ficción. Un proyecto semejante implica entonces la ficcionalización de la historia tal como se conoce y por ende, la recreación de los personajes pertenecientes a esa historia; es decir, la reescritura de la historia misma. Aquí es donde empiezan a identificarse, por una parte, ciertas características que, por utilizar estrategias narrativas desmarcadas ya de la novela histórica tradicional, permiten abordar la lectura de El génesis en Santa Cariba dentro de lo que Seymour Menton y otros críticos llaman “nueva novela histórica”, y por otra, ciertas características propias del “boom” de los sesentas y setentas.
A medio camino entre el “boom” y la nueva novela histórica se encuentra esta novela de Escoto; aunque es la historia el trasfondo de su argumento, ésta se nos muestra como digerida y sintetizada finalmente, en la invención de Cariba, en una fábula tipo Macondo, que no hace otra cosa que reinventar el mito, redimensionarlo, en un afán totalizador, propio más de la narrativa de los sesentas que de la contemporánea.
La nueva novela histórica parte de lo no dicho en la historia oficial; el autor juega con las distintas versiones de la historia o con la historia no contada, y esta novela no parte de un hecho específico, sino de una serie de acontecimientos de la historia de América, que aquí se aluden vagamente a través de las analogías.
En Honduras, país al que la actualidad literaria casi siempre llega tarde, son pocas las novelas insertadas en el marco de esta denominación de “nueva novela histórica”. Las más recientes son La guerra mortal de los sentidos, de Roberto Castillo, publicada en 2001, y la ya citada Madrugada. Rey del albor, de Julio Escoto. En ambas, desde un trasfondo histórico, sus autores intentan rescribir a través de la ficción los momentos cruciales en la historia de sus pueblos, optando, como es característico en este tipo de novelas, por la utilización de recursos como la subjetividad histórica, la carnavalización, la parodia, el pastiche y la intertextualidad.
El génesis en Santa Cariba –y aquí me limitaré a transcribir el paratexto de la contraportada- cuenta las historias de un conjunto de pintorescos personajes: “una pintora adolescente que desfallece de amor; un presidente, Salvador Lejano, que enfrenta un golpe de Estado; un obispo gnóstico que encabeza una dictadura; una revolucionaria, Crista Meléndez, que resucita al tercer día; dos homosexuales que se aman bajo una montaña que cae; una periodista que aumenta de libras tras cada decepción; un sacerdote, Casto Medellín, que extravía la virginidad”; serie casi interminable de fragmentos de una historia común: la de Cariba, “una isla dominada por los británicos y que desconoce el tiempo”.
La narración nos llega a través de la voz de un personaje anónimo que, junto a Recamier, su secretario, se propone construir un reloj para medir el tiempo en Cariba. La isla “carecía de gobierno propio y era sólo una perla en el majestuoso anillo verde británico, tan íngrima que ni provocaba avaricia, tan extraviada y accidental que agradecíamos al cielo su ausencia de voluntad”, dice el narrador. Hasta que llegaron los británicos y empezó la colonización. Y luego, como en todas las historias de opresores y oprimidos, se vaticinó la llegada de un mesías, de un redentor, y entonces desembarcó Crista Meléndez (oportuno nombre), quien después de arduas luchas revolucionarias, fue capturada por “centuriones y ganapanes”, después que Iscario (nombre paródico de Judas Iscariote), uno de sus discípulos, le depositara un beso en la mejilla al tiempo que le decía: “te sigo, maestra”.
El episodio de la captura de Crista Meléndez, -quien además, para agregarle morbo a la narración, resucita al tercer día de muerta- constituye quizá el primer asomo de intención paródica en la novela. La parodia continúa con la eterna historia del pueblo sometido y colonizado que hace la revolución y alcanza el poder, hasta que de nuevo sucumbe ante la imposibilidad de sostener en terreno firme la patria de sus ideales.
El escenario en El génesis en Santa Cariba es un espacio que alberga la visión sincrética del autor. Los paisajes, la población, las costumbres, las idiosincrasias de los distintos países latinoamericanos se funden con un solo propósito: recrear la historia de América. Escoto opta en esta novela por la hibridación total, en una suerte de aleph en el que pueden verse de manera simultánea todos los motivos de lo latinoamericano. Es aquí en donde aflora de manera más obvia el eterno discurso de Escoto sobre la cuestión de la identidad nacional. La preocupación del autor por transmitir a sus lectores un sentido de conciencia colectiva sobre lo nacional lo ha llevado, con cierto infortunio, a acumular en esta novela, recipiente profundo de lo autóctono, todas las comidas, las bebidas, las vestimentas, los giros coloquiales, las costumbres, y otras yerbas de color local.
Pareciera que a los pocos novelistas hondureños contemporáneos les resultara imposible abstraerse del trasunto histórico en sus libros. Y no es que el tema agote sus posibilidades de ser representado a través de la ficción, pero habría que preguntarse si tanta insistencia sobre lo mismo, si tanto machacar los temitas de la historia, de las dictaduras, de la identidad (después que Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa y otros los explotaran hasta la saciedad), si se sigue privilegiando el contenido sobre la forma, en un afán casi didáctico (o quizá mercadotécnico) no acabará esto limitando las posibilidades artísticas.
Hace más de treinta años que Julio Escoto publicó El árbol de los pañuelos. En ese momento (1972: apenas en el 67 Cortázar había publicado Rayuela y un año antes García Márquez daba a luz Cien años de soledad) esta novela se apuntaba también como una obra representativa de aquel movimiento que la mercadotecnia y la prensa llamaron “boom latinoamericano”; Escoto, desde esta esquina del tercer mundo, estaba a tono con lo que se hacía en las altas esferas de la literatura latinoamericana. La pregunta sigue siendo la misma de entonces: ¿Es ésta una novela cuya propuesta narrativa esté acorde con los nuevos tiempos? Y de esta pregunta, otras preguntas subordinadas: ¿Está saldada la cuenta de Escoto con el ahora empalagoso realismo mágico? ¿Asimiló plenamente su aparente devoción por Carpentier? ¿Estamos condenados los lectores a seguir repasando las historias de la conquista y la colonia, de los enfrentamientos armados, de los golpes de estado, de las dictaduras, y con ellas el discursito de la identidad nacional?
No es El génesis en Santa Cariba una novela fácil de leer. Y esto puede afirmarse no sólo por el manejo de los tiempos en la narración, que nos hace saltar continuamente, sin previo aviso, del presente al pasado y viceversa, estructura que podría compararse perfectamente con la inexistencia del tiempo en Cariba y sus deliberados anacronismos; la dificultad de su lectura radica mayormente en lo tormentoso que resulta su lenguaje barroco, cuya intención no parece ser otra que velar lo que se dice, impregnado además, en exceso, de regionalismos y neologismos; en la acumulación escalonada de metáforas que representan y repiten lo mismo; en lo extenuante de las continuas divagaciones filosóficas, eruditas o irónicas del narrador, en las sofocantes descripciones del escenario, del ambiente o de las personas.
Me atrevo a decir que ésta hubiese resultado una mejor novela si su autor, en un pase de modestia, le hubiera restado a sus 400 páginas la sobreabundante palabrería que, lejos de aportar algo significativo, se queda en el mero alarde de una erudición enciclopédica; o si la historia que cuenta no estuviera marcada por una visión recta y simplista, que no ofrece nada nuevo, desde la ficción, a lo que ya conocemos de la historia de América.
Es Julio Escoto, sin duda, un novelista consumado. Y el proyecto narrativo que emprendió para la redacción de esta novela no puede menos que impresionarnos, no sólo por la magnitud del mismo, sino también por la “noble” intención de ayudar a consolidar, a través de la literatura, un sentido de la identidad nacional en sus lectores. Sin embargo, los pecados ya mencionados revelan el enorme distanciamiento que existe entre los novelistas hondureños y sus contemporáneos latinoamericanos, pues cuando aquí la preocupación mayor todavía es el asunto de la historia o de la identidad, en Guatemala, Nicaragua, México, Chile o Argentina los novelistas indagan en las grandes pasiones humanas, en las contradicciones del individuo, en su condición de ser en el mundo, en fin, en los grandes problemas inherentes a la condición humana, y todo ello a través de la plena conciencia de estar transformando el lenguaje y revolucionando de verdad la narrativa latinoamericana.
Algo de experiencia vital parece faltar en esta novela, pues aunque en ella se presenten situaciones límite, a través de las guerras, conflictos de poder o episodios eróticos, estos no acaban saltándose la página para instalarse definitivamente en la mente y el corazón de los lectores. Su redacción no parece sobrepasar el dominio técnico y el derroche erudito de su autor.
Esta es probablemente la novela más ambiciosa y compleja de Julio Escoto, pero es también –hay que decirlo- un proyecto literario que no cuaja del todo como propuesta estética. Y esto por dos razones fundamentales: no se despega totalmente de las fórmulas que constituyeron el “boom” y no entra tampoco en los códigos narrativos de la “nueva novela histórica”, que, por lo demás, no es, a estas alturas, nada nuevo, si recordamos que sus primeros brotes datan de por lo menos hace treinta años.
El génesis en Santa Cariba es una novela que se mantiene en un limbo estético que no permite observarla como un acierto en la narrativa hondureña; antes bien, en este país casi siempre benévolo y mentiroso con los novelistas, es necesario hacer énfasis en estos aspectos, como una forma alternativa de “hacer patria” a través del sentido crítico. Habrá que esperar entonces el próximo trabajo de Escoto, para ver si ha superado por fin el pálpito local y encuentra un camino más recto hacia lo contemporáneo y lo universal.
Giovanni Rodríguez
San Pedro Sula, noviembre, 2006.

lunes, 27 de noviembre de 2006

El premio para Rigo

Acabo de leer que, por fin, Rigo Paredes aceptó el Premio Nacional de Literatura. Y digo "aceptó" porque al poeta Paredes se lo han ofrecido en más de una ocasión, y lo rechazó en cada una de esas ocasiones, no sin antes sugerir que se le otorgara a tal o cual poeta mayor, y amigo, injustamente olvidado o relegado. Y así se le hizo justicia a Castelar y a otros.Y es que Rigo, salvo contadas excepciones, siempre ha tenido la suerte de que se le reconozcan sus incuestionables méritos y, además, ha contado entre sus huestes con varios amigos poderosos, bien ubicados en la esfera burocrática (y es que vivir en la culta capital tiene sus ventajas); aunque también hay que aclarar (por aquello de las cochinas dudas) que el poeta Paredes no ha practicado la adulación ni la lambisconería, como si han hecho otros que a veces se sientan a su siniestra en ese olimpo vernáculo llamado Paradiso. Tiene enemigos, claro está, como cualquier escritor que se precie de serlo, algunos gratuitos y otros menos, pero se mantienen alejados y a la sombra, quizás conscientes de que el poeta triniteco les saca dos o más cabezas de ventaja (físicas y mentales, en la mayoría de los casos).Pero, resumiendo porque aquí la brevedad cuenta, quiero concluir reiterando que me alegra que por fin Rigo haya aceptado el premio, lo que le otorga dignidad a nuestra maltratada palabra literaria y aleja, al menos por 365 días más, la amenaza de que se le adjudique a más de algún mentecato que desde hace varios años cabildea y sonsaca y adula a cuanto burócrata encuentra a su paso en su desesperada e indigna carrera por conseguir el "Ramón Rosa".

sábado, 25 de noviembre de 2006

Cámara de Escritura para Desocupados

Cámara de Escritura para Desocupados
Para Vila-Matas se trata "del mal endémico de las letras contemporáneas": la pulsión negativa o la atracción por la nada que sufrieron exponentes tan ilustres como Rulfo, Rimabud, Salinger. La paradoja es que este impulso negativo le ha bastado al buen Enrique para escribir al menos tres novelas inspiradas -unas más, otras menos- en el mismo tema: Bartleby y compañía, El mal de Montano y Doctor Pasavento. Y vale decir que la segunda obtuvo el prestigiado Premio Herralde, dicho sea de paso uno de los pocos que aun distinguen la calidad por encima de otras cosas (nótese que escribo cosas, no valores ni virtudes ni aciertos). Reflexionando sobre este tema de la literatura del no (negarse a escribir o dejar de escribir) me he puesto a pensar en el terruño, y en su gente (quizás debiera corregir por "mi gente", por aquella de la popularidad o de su búsqueda empecinada, como hacen algunos "escritores"), y en la gente que escribe (o que dice que o que piensa que) y no puedo menos que desear -y lo afirmo luego de una cuidadosa evaluación- que este mal por fin llegue a estas tierras y contribuya a combatir otra plaga: la de la incontinencia plúmífera y editorial que desde hace algunos lustros se ensaña en algunos trasnochados que afirman, entre otras cosas, ser los únicos abanderados de la narrativa catracha o, lo que tal vez sea peor, que llevan sobre sus hombros a la poesía vernácula. Pero no quiero cansarlos, y no sólo de este tema se trata este blog, pero les prometo seguir reflexionando sobre esta y otras plagas, a la vez que -y para retribuir su atención- me atreveré a deslizar algún comentario sobre nuestra "vida cultural". Así que espero sus comentarios para integrarlos a esta "Cámara de Escritura para Desocupados".

Caribe Cocaine

Caribe Cocaine Primero, debo confesar que he disfrutado con la mayoría de los relatos que Ernesto Bondy había publicado con anterioridad, incluso encontré en algunos la huella de un narrador que se negaba a limitarse a la esfera de lo cotidiano nacional para instalarse en la vecindad de los universales. Por eso cuando Armando Rivera (editor de Letra Negra, para más señas) depositó sobre mi escritorio un grueso volumen con el título Caribe Cocaine, me sentí empujado a leerlo sin mayor dilación. Y así, sin más preámbulo, la decepción fue invadiendo mi espíritu apenas avanzaba en la lectura de sus páginas. No porque esté mal escrito, como ocurre con algunos presuntos narradores nacionales, que apenas en la décima línea de la primera página ya han incurrido en unos cuantos idiotismos y su falta de concordancia es evidente. No es éste el caso de Caribe Cocaine, que se deja leer con facilidad, que está redactada con propiedad y corrección. El problema es más profundo y tiene que ver con los personajes acartonados y faltos de sustancia (de los protagonistas Michel Schiller y Labella Proaño, o sus contrapartes de la DEA, Tony Orellana y Maribel Izaguirre, para abajo), con su intriga anémica, con la trama esquemática y pobre, llena de clichés y lugares comunes, que ni la desopilada invención de un grupo llamado CCC consigue darle fuerza. Y qué decir de sus episodios eróticos, que parecen surgir de la trasnochada imaginación de un añejo marido que se dedica -a escondidas de su mujer- a ver películas Serie B a altas horas de la noche. En resumen, de la servil aplicación de recetas bestselleristas, de tanto paperback gringo regurgitado, de tanta trivialidad disfrazada de intriga internacional no podía salir nada bueno.
Tampoco puedo dejar de pensar que en el supuesto clímax de la novela, cuando debería haber alcanzado su intensidad más alta -en el momento que el misil ha impactado en el avión donde viaja "el magistrado" y todos los "eventos" se precipitan a su final- antes que pensar en la evidente correspondencia con los inciertos acontecimientos que rodearon la "desaparición" de cierto personaje de la política hondureña,\n la asociación más directa que se nos viene a la mente es con un anacrónico edificio que se viene abajo, metáfora de la implosión narrativa que sufre esta "novela", cuya endeble arquitectura cae cual modesto castillo de naipes ante la visión desencantada del lector.
Mario Gallardo, SPS, noviembre, 2006.

viernes, 24 de noviembre de 2006

De los pedos como mitos

El siguiente es un texto dirigido al colectivo de poetas "Paíspoesible" de Tegucigalpa, que circuló de mano en mano a principios de 2005, causando la risa de algunos y la ira de otros. Aquí se los dejamos, en este blog mimalapalabresco, para que se diviertan.
De los pedos como mitos
Un tanto divertidos, un grupo de amigos, aquí en San Pedro Sula, hemos alcanzado a escuchar, brisa fétida mediante, que allá en la culta Tepas se nos vincula erróneamente, o mejor dicho, vinculan nuestra postura en pro del arte y nada más que del arte, con Mario Gallardo, profesor de la carrera de Letras del CURN.
Ante tan antojadizo intento de vínculo, que, dicho sea de paso afecta directamente nuestro derecho a la originalidad, nos pronunciamos ahora, de manera solemne, como es uso frecuente en los actuales círculos seudo literarios capitalinos, negando categóricamente cualquier influencia o apadrinamiento en nuestras ideas, y reivindicando como únicas influencias, al menos en el orden de la entonación de nuestras voces hacia lo que hemos detectado como simple mediocridad, las que derivan únicamente de las lecturas (1) atentas a los buenos libros y del consiguiente buen gusto desarrollado por nuestro paladar de lectores macho.
Considerando la resonancia mítica que cualquier ventosidad emitida por alguno de nuestros antisolemnes culos alcanza en Tegucigalpa, particularmente en el cóctel social-poético, la cual nos permite a nosotros, simples lectores con buen gusto, erigirnos como los antihéroes de esta pobre sociedad tan falta de “talentos” que expresen con afán esa búsqueda perenne de la “identidad nacional”; nos pronunciamos esta vez, una de tantas muchas que vendrán después, dado que nunca se podrá acabar absolutamente con la peste de los parodiadores del arte que ha venido a sitiar la verdadera conciencia de creador, con una sola voz (seguramente mítica) que no pretende más que causarles a éstos una nueva indigestión o alterarles por una rato más el color rosa de su inspiración.
Advertimos que la lectura de este documento es seriamente dañina, en especial a los espíritus susceptibles a la verdad irrefutable, por lo cual recomendamos su lectura en grupos de no menos de doce personas (llámense poetas, poetisas, bardos, vates, versolibristas, pequeños dioses o espías de Dios), para evitar que las peligrosas recaídas no pasen inadvertidas y pueda brindárseles a las víctimas el socorro inmediato y necesario.
Hecho el debido paréntesis que la ley de la solidaridad nos exige, continuamos nuestro pronunciamiento con la obligada cautela para no herir demasiado sus tiernos corazoncitos poéticos, y reabordamos ahora el motivo del mismo. Recalcamos la no injerencia de Mario Gallardo en nuestro criterio acerca de la calidad, o mejor dicho, la falta de calidad de la casi total poesía capitalina de los últimos años. Si acaso haya que buscarse una relación entre nuestras ideas y las suyas, éstas se fundamentan precisamente en la común indignación por los ridículos productos literarios de los verseros en mención. Además, hay que señalar que si de patrocinios literarios hablamos, quienes están a la vanguardia no somos precisamente nosotros (2) . Pero nosotros, sí, nosotros, los mismos, nos preguntamos en qué otra cosa podrían ocupar mejor su valioso tiempo los no tan valiosos poetas de los que hablamos, si no es en el acucioso examen de nuestras ligeras líneas, dado que quizá las cómicas reuniones que sostienen para tratar de encontrar el pathos de la poesía no los conducen favorablemente a ese objetivo. Frases como: “Las valoraciones estéticas al final valen verga” (3), “Octavio Paz está condenado al olvido” (4), “¿Qué es poesía?” (5), son una pequeña muestra captada en un solo día durante el encuentro Paíspoesible de que su resquemor por nuestra suave arremetida contra su quehacer poético es infundado e insostenible.
Finalmente una pregunta: ¿tendrán algo que ver con la literatura -porque es la literatura la que nos compete y no la sociología- los conceptos de solidaridad, amistad, bohemia o camaradería? ¿Acaso hay que reverenciar ahora a todo aquel que publique un libro de versos sólo porque es una buena persona, porque tiene una conducta intachable en sociedad, porque es injusto herir sus sentimientos, porque tiene buenas intenciones, porque es una persona preocupada por la paz mundial? Contra todos esos sociólogos, que no poetas, no, definitivamente no poetas, nos pronunciamos. Contra su insensata manía de querer siempre socializar la literatura, contra su inmaculada estupidez de ebrios despechados.
Por eso y sólo por eso nos comprometemos a mantener en pie nuestra fábrica de carcajadas, que no de escándalos, contra sus rostros neorrománticos al borde siempre del suicidio, contra sus ofensivos y disparatados ataques al verdadero sentido del arte, contra su anacrónica indumentaria de hippie allenginsbergiana, contra su económico discurso sobre derechos humanos. Llámennos “insolidarios”, “fanfarrones”, “insensibles”, “egoístas”, “soberbios”, “desconsiderados”, “intrascendentes ” (6), o aquel término que ustedes consideran despectivo: “estetas”, para calificar nuestra actitud. Pero una cosa suplicamos, apelando a su espíritu comprensivo y solidario, y es que ya no se derrame una lágrima más. No more tears, no more tears, please, no more tears. Peace and love.
Advertencia: Este documento de ninguna manera constituye un manifiesto, ya que consideramos innecesario gastar pólvora en zopilotes.
Notas
1. Entiéndase “Lecturas” a la actividad seria de analizar y comprender un texto más allá del simple paseo de la vista sobre la página y del prejuicio sociopasional
2. Véase, no necesariamente léase, los diversos prólogos a los todavía más diversos “libros de poesía” publicados masivamente en Tegus.
3. Madrid, Salvador. Mis juicios erróneos. Tegus. Edit. Levemente ebrios. 2004. Pág. Olvidada. 4. Echenique, Nelson. Mis complejos y el inconsciente. Tegus. Edit. Levemente majes. 2004. Pág. Olvidada.
5. Becerra, Roberto. Historia universal de la ignorancia. Tegus. Edit. Poesía eres tú. 2004. Pág. Olvidada.
6. Leonardo Henríquez, Fausto. Trascendentes e intrascendentes. San Pedro Sula. Edit. Oh, Dios mío. 2004. Pág. Olvidada.