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jueves, 16 de mayo de 2013

Un siglo de soledad


Lo que sigue quizá sólo sirva para averiguar si se puede matar a un elefante con un cortauñas, aunque quizá haya que averiguar primero si a García Márquez se le puede considerar, para este caso, un elefante, o si a Fernando Vallejo se le puede considerar, para este caso, un mataelefantes. El cortauñas, en todo caso, es esta diatriba que escribió contra Cien años de soledad, la celebérrima novela del Nóbel colombiano, aunque antes una aclaración, todo tomado de El Espectador:
Portada del libro de Fernando Vallejo que contiene el texto que nos ocupa.
El siguiente es el mensaje que envió a este diario Andrés Hoyos, director de la revista ‘El Malpensante’: 
“En el ‘Alto Turmequé’ del domingo hay una imprecisión que quisiera señalar. Dicen allí que El Malpensante rechazó un ensayo que Fernando Vallejo nos propuso en 1998 por ser un ataque contra García Márquez y Cien años de soledad, lo cual es sólo parcialmente cierto. De hecho, publicamos por esos días otro ensayo de Vallejo llamado ‘Cursillo de orientación ideológica para García Márquez’, donde Fernando arremete contra el comportamiento político de su famosísimo compatriota sin la menor contemplación (ver: http://bit.ly/10bJ9XH). El que no publicamos pretendía demoler Cien años de soledad diciendo que es una novela escrita en tercera persona y otras cosas que ustedes citan en la nota. Yo era el director en esa época y recuerdo que mi respuesta a Vallejo fue: ‘uno no ataca a un elefante con un cortauñas’. Dicho esto, me parece estupendo que Alfaguara haya publicado el ensayo de marras para que sean los propios lectores quienes decidan si el elefante muere o no”.

El siguiente es el texto completo del ensayo “Un siglo de soledad”, rescatado por Alfaguara para el libro ‘Peroratas’, ya en librerías, y cuya publicación exclusiva en El Espectador fue autorizada desde México por el escritor Fernando Vallejo con este mensaje: “¡Cómo voy a atacar yo a un elefante! Ni con un cortauñas ni con nada. Yo no soy como el Borbón bribón que tienen los españoles, que hace poco mató a uno de esos hermosos animales con un rifle y salió como un héroe en primera plana en El País de España. Yo amo a los animales. En prueba los cien mil dólares del premio Rómulo Gallegos, que los di para los perros abandonados de Venezuela; y los ciento cincuenta mil del premio de la FIL, que los di para los de México. Muchos años después del incidente de El Malpensante, recuerdo la remota mañana en que el coronel Andrés Hoyos me rechazó el artículo sobre nuestro genio máximo escrito para nuestra revista máxima. Bogotá era entonces una aldea de cien mil habitantes que vivían de huevos prehistóricos”. 


UN SIGLO DE SOLEDAD

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
En uso del derecho a malpensar que me confiere esta revista, voy a hacerte unas preguntas, Gabito, muchos años después, sobre tu libro genial que así empieza. ¿Muchos años después de qué, Gabito? ¿De la creación del mundo? Si es así, yo diría que tendrías que haberlo dicho, o algún malpensado podrá decir que se te quedó tu frase en veremos, como una telaraña colgada del aire. Pero si no es después de la creación del mundo sino «después de aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo», entonces algo ahí sobra. O te sobra, Gabito, el «remota» pues ya está en «muchos años después», o te sobra el «muchos años después» pues ya está en el «remota».
Pero no te preocupés por la sintaxis, Gabito, que con las computadoras y el Internet ¿hoy a quién le importa? Al que te venga a criticar con el cuento de la sintaxis, decile que ésas son ganas de malpensar, de joder, y mandalo al carajo, que vos estás por encima de eso. Soltales un «carajo» de esos sonoros, tuyos, como los de tu coronel Buendía.
Y en efecto, la originalidad de tu frase inicial, así a algún corto de oído le suene sintácticamente coja, es soberbia, y no está en la sintaxis sino en la escena luminosa que describes. Un viejo que lleva a un niño a conocer el hielo, ¿no es una originalidad genial? ¿Cómo se te ocurrió, Gabito? ¿Cómo se dio el milagro? ¿De veras fue como lo has contado en repetidas ocasiones a la prensa, una tarde calurosa en que ibas camino de Acapulco con Mercedes? ¿En qué ibas pensando camino de Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa? Aunque yo soy un pobre autor de primera persona que a las doce del día no recuerdo qué desayuné, y no un narrador omnisciente como vos que todo lo sabés, oís y ves, y que leés los pensamientos y nos podés contar lo que recordó el coronel Buendía muchos años después, apuesto a que sé en qué ibas pensando esa tarde calurosa camino de Acapulco con Mercedes. Ibas pensando en Rubén Darío, en su autobiografía, en la que el poeta nicaragüense, muerto en 1916, cuenta que su tío abuelo político, el coronel Félix Ramírez, esposo de su tía abuela doña Bernarda Sarmiento, lo lleva a conocer el hielo: «Por él aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, las manzanas de California y el champaña de Francia». ¡Te plagió, Gabito, te plagió ese cabrón nicaragüense! ¡Y con semejante frase tan fea! Y no sólo te robó el hielo y el grado de coronel, sino hasta la expresión genial tuya de «muchos años después», pues el «pocos años más tarde» de ese sinvergüenza ¿no viene a ser lo mismo, aunque al revés? Y después dicen que los colombianos somos ladrones. ¡Ladrones los nicaragüenses! Cuando te acusen de plagio me llamás a mí, Gabito, yo te defiendo. A cambio vos me vas a enseñar a ser autor omnisciente y a leer los pensamientos. Como ves, ya empecé a aprender, vos me diste el ejemplo, ya sé en qué ibas pensando camino de Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa en que se te ocurrió lo del hielo: en ese nicaragüense ladrón. Pero explicame ahora la segunda frase de tu libro genial: «Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos». ¿Huevos prehistóricos? ¡Prehistóricos serán los tuyos, güevón! No hay huevos «prehistóricos». Los huevos son del Triásico y del Jurásico, o sea de hace doscientos millones de años, cuando los pusieron los dinosaurios, y nada tienen que ver con la prehistoria, que es de hace diez mil o veinte mil. Los bisontes de las cuevas de Altamira y de Lascaux sí son prehistóricos. Sólo que los bisontes no ponen huevos. ¿O en el realismo mágico sí? En esto de los huevos prehistóricos sí metiste las patas, Gabito. ¡Por no consultarme a mí! ¿Qué te costaba, si yo también vivo en México, llamarme por teléfono desde Acapulco? Yo tengo en México dos o tres libros de paleontología con unos huevos de dinosaurio fosilizados, magníficos, muy útiles para tu creación del mundo y de tu Macondo.
Pero aclarame aunque sea otra frase, la tercera, Gabito: «El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Si vos estás escribiendo en español –una de las contadas «lenguas de civilización» de que habla Toynbee, y que ha producido la máxima obra literaria, el Quijote, después de la cual sigue la tuya, si no es que es al revés–, ¿no se te hace que se te fue un poquito la mano con eso de que muchas cosas carecían de nombre y que para mencionarlas había que señalarlas con el dedo? ¿No hay ahí una inadecuación entre la lengua tuya, la del narrador (así sean tan genialmente pobres su léxico y su sintaxis), y el mundo que describes? Para mí que te hubiera quedado mejor tu libro en protobantú o en una lengua de la Amazonia. Pero claro, en protobantú nadie se llama Aureliano Buendía con nombre y apellido, ni mucho menos tiene grado de coronel. Gabito: ¿No se te hace raro que en Macondo muchas cosas no tengan nombre pero las personas sí? Y para colmo con grado militar. En un mundo tan primitivo, Gabito, tan recién bañado por el primer aguacero cual es el caso de Macondo, ¿de dónde salió la jerarquía militar? Pues donde hay un coronel hay generales y mayores y cabos. Pero esto no es un reproche, Gabito, yo a vos te tengo buena voluntad. Nada más te lo recuerdo por si algún cabrón malpensado algún día te lo saca a relucir, estés preparado y sepás qué responder. Respondele: «Animal, ¿no ves que estamos ante el realismo mágico? Por eso es mágico. Si las cosas tienen explicación, ¿dónde está la magia? ¿Qué chiste hay pues?».
De todas formas, Gabito, si cuando escribías tu creación del Universo me hubieras consultado sobre este asunto de los nombres de los personajes, yo te habría aconsejado que para evitar malpensamientos de cabrones los señalaras con el dedo. Además eso de llamar a los personajes cada vez que se mencionan con nombre y apellido en realidad no es manía tuya, es de Rulfo y de Mejía Vallejo: Pedro Páramo, Pedro Canales, Anacleto Morones, Fulgor Sedano, Susana San Juan... Vos que sos tan imaginativo y genial ¡qué vas a copiar a ese par de güevones!
Ahora bien, si no querés señalar a tus personajes con el dedo, pues mencionalos siempre con nombre y dos apellidos para que te distingás de ellos. Por ejemplo: Mauricio Babilonia Asiria, Pietro Crespi Rossini, Pilar Ternera Mesa. Con este cambio tu comienzo te quedaría así: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía Iguarán habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Mejora mucho en originalidad. Incluso el «Iguarán» lo podés cambiar por «Iguana»: el coronel Aureliano Buendía Iguana. Suena más paleontológico, más a huevo prehistórico.
Llegados a este punto, Gabito, te quiero preguntar una última cosa, pero si no me la querés contestar no me la contestés: ¿De veras plagiaste a Balzac? ¿O eran elucubraciones sin fundamento de ese guatemalteco envidioso de Miguel Ángel Asturias? ¿Te acordás con la que salió ese güevón? Que dizque vos sacaste a tu coronel Aureliano Buendía del Baltazar Claës de La búsqueda del absoluto de Balzac, quien arruina a su mujer tratando de fabricar oro pero en vez de oro sólo fabrica un diamante. ¡Cómo lo ibas a plagiar si tu coronel Aureliano Buendía no fabrica diamantes sino pescaditos de oro! El tono, claro, de las dos novelas, la tuya y la suya, se parece mucho. Ustedes dos escriben como comadres chismosas, en prosa cocinera. Pero eso está bien para el tema de ambos. Además, ¿quién te puede probar Gabito que le robaste a Balzac el tono? Robarle un autor a otro el tono es como robarle un hombre a otro el alma. Y si a ésas vamos, también a vos te lo robó Salvador Allende. Ah no, fue su sobrina, ¿cómo es que se llama?
En fin, Gabito, para terminar porque ando corrigiendo unas pruebas y muy apurado, una última inquietud, ahora sobre el título de tu libro genial. ¿Por qué le pusiste «Cien años de soledad» en vez de «Un siglo de ausencia» como el bolero? Yo hubiera preferido «un siglo» ya que estás hablando en números redondos y que tuviste el acierto de que no fueran ciento uno o noventa y nueve, lo cual es otra genialidad. ¿Cómo se te ocurrió? Claro que «años» me suena mal. «Año» me suena a «caño», «coño». Yo sería incapaz de poner la palabra «año» en el título de un libro mío. La eñe es fea letra, hay que desterrarla del idioma. En cuanto a la soledad, mejor cambiásela por «ausencia», pues en español «Soledad» también es nombre propio, y así algún malpensado puede pensar que tus «Cien años de Soledad» son los cien años que doña Soledad lleva sola: doña Soledad Acosta viuda de Samper, doña Sola, doña Solita, ¡ay!
Gabito: No te preocupés que vos estás por encima de toda crítica y honradez. Vos que todo lo sabés y lo ves y lo olés no sos cualquier hijo de vecino: sos un narrador omnisciente como el Todopoderoso, un verraco. Y tan original que cuanto hagás con materiales ajenos te resulta propio. Vos sos como Martinete, un locutor de radio manguiancho de mi niñez, que con ladrillos robados a la Curia se construyó en Medellín un edificio de quince pisos propio. E hizo bien. Las cosas no son del dueño sino del que las necesita. Además vos también estás por encima del concepto de propiedad. Por eso te encanta Cuba y no lo ocultás. El realismo mágico es mágico. ¡Qué mágica fórmula!

lunes, 28 de mayo de 2012

La repetición de la repetidera

Cuando uno lee artículos escritos por una mujer poeta extranjera siente algo parecido a la nostalgia, pero no una nostalgia por algo que ha perdido sino por algo que nunca ha tenido. Y es que en H es tan difícil encontrar una "poetiza" (perdón si les molesta la palabrita) que logre deslumbrarlo a uno más que con sus versos, si es que tal cosa llega a suceder alguna vez (perdón de nuevo). Aunque esto, en términos generales, aplica para poetas y poetizas: rara vez escribien bien otra cosa que no sea poesía. Pero mejor leamos a Piedad Bonnett, una poeta colombiana que no sólo puede jactarse de escribir buenos poemas:
Alguna vez, siendo jurado de un concurso de poesía en Medellín, asistí a un debate entre mis colegas, dos reconocidos escritores, sobre el libro de uno de los finalistas con mayor opción; aunque tenía muchos aciertos, decían, lo malograba el hecho de que fuera una pobre imitación del poeta X.
Como yo no conocía bien la obra del poeta X, un autor local, no podía terciar en la discusión desde esa perspectiva. Sin embargo, el argumento fue tomando tal peso en la decisión de mis compañeros que finalmente, después de muchos ires y venires, ellos se impusieron y le dimos al libro cuestionado un modesto tercer lugar. Al abrir las plicas pudimos comprobar, con horror, que el libro era del poeta X.
Una de las muchas interpretaciones de este episodio podría ser que un autor se puede copiar a sí mismo; y aunque parezca increíble, mientras mejor lo haga más mal le resultará, pues eso significa que se está repitiendo, pero sin el impulso y la fuerza que su obra tuvo en algún momento. Pecado grave, si tenemos en cuenta que se espera de un artista que no codifique su lenguaje, que se reinvente y no se deje asfixiar por su propio estilo.
Nadie está exento de que esto le suceda, ni los grandes maestros. Y nos duele, cuando de ellos se trata, pues es difícil que una larga vida creativa no termine en agotamiento. Lo vemos en Botero, un pintor extraordinario en sus primeras obras, pero que, víctima de su propio hallazgo, a partir de cierto punto se banaliza; y en García Márquez, ese buscador incansable, genio capaz de escribir El coronel y El otoño, dos obras magníficas y a la vez enteramente distintas, que copia sin la misma potencia su propio realismo mágico en algunas de sus últimas novelas. En todo creador, pues, habita un posible enemigo de sí mismo, cuya amenaza crece a medida que se llega a la vejez. Y se necesita coraje tanto para silenciarse como para asumir que el arte es una búsqueda perpetua.
También le sucede, aunque de otra manera, a Fernando Vallejo, nuestro Bernhard criollo, ese escritor apasionado, en últimas un moralista, que a punta de sarcasmo e ironía ha señalado en sus novelas la mala entraña de “este paisito de mierda” y en general del universo. Después de escribir sus primeras obras, y la extraordinaria biografía de Barba Jacob, Vallejo, un hombre amable en la intimidad, refinó el personaje que inventó para sí mismo y se convirtió en un profesional del escándalo que aprovecha la “fascinación de la cultura moderna por quienes putean”, de la que habla el incisivo Piglia. Es que eso da sus réditos y él lo sabe. Lo vemos, pues, desde hace años, vertiendo frente al público y los periodistas sus viejas ideas, con apenas leves variaciones, e insultando y despotricando, de una manera ya conocida, contra el papa, los presidentes, las mujeres paridoras y todo lo que se le ocurre. A muchos su perorata les fascina. A otros, ya no sólo no nos divierte ni nos convence, sino que nos fatiga. Lástima, porque es fácil compartir sus juicios.
Por los lados del periodismo hay también quienes perseveran en los papeles que se han autoimpuesto, hasta volverse predecibles. Son los idénticos a sí mismos, aquellos cuya mirada se ha petrificado en el tiempo porque para ellos el mundo ya está definido. Y no es que no disfrutemos, al lado del análisis frío de la mayoría, de la aguda perversidad crítica y el humor corrosivo capaz de develar lo que de podrido hay en Dinamarca. Es que el arte de la diatriba, cuando viene en el mismo empaque por años y años, en forma programática, pierde su poder contestatario, su capacidad subversiva. Es más, se oficializa. Y no creo que haya un mayor contrasentido que un rebelde oficial y de oficio. Aunque, como dice un ingenioso poeta amigo, hay una explicación posible: que el que es caballero repite.

lunes, 8 de marzo de 2010

FVallejo: "El hombre es una basura, un asco"

 
Fernando Vallejo. Foto: AFP.
Fernando Vallejo es uno de esos escritores que no son sólo sus libros. Porque cuando sale de la letra impresa de sus libros, se sale de verdad, como en esta entrevista publicada hoy en Público, en donde, entre otras cosas, llama farsante a Gandhi, dice que el ser humano es un asco y que la humanidad entera no tiene salvación:
Porque no cree en nada y dispara a todo lo que suene a poderoso es uno de los autores más sugerentes y polémicos. Ahora aparece El don de la vida, una novela protagonizada por alguien que piensa como el propio Fernando Vallejo (Colombia, 1942) y suena a testamento escrito desde el sarcasmo más lúcido.
¿Para qué sirve la literatura?
Para desenmascarar a los impostores y molestar a los tartufos. Eso a mí me produce un placer casi sexual.
¿Cuáles son los límites?
Que me maten.
¿Para qué ha quedado hoy la novela entre la muerte de lo visual y lo provocativo?
El único camino que le veo es el de la primera persona, el del narrador que habla en nombre propio y cuenta la verdad. No el del novelista omnisciente que inventa y miente.
¿Cuántas vueltas de crueldad y absurdo resiste la realidad?
La realidad es absurda, cruel, monstruosa, desquiciada, delirante, y sólo la Muerte [el autor la prefiere en mayúscula] nos libra de ella. La vida es una desgracia.
¿Es ‘El don de la vida' un ideario con traje de ficción?
El don de la vida no es más que un título con una aliteración de tres letras "d" dispersas en seis sílabas.

¿Es ‘El don de la vida' un purgatorio?
De ser algo más que las seis sílabas que te digo con las tres "d", sería la providencia de Dios expresada en la bendición de la Muerte.
¿Cuál es su verdad?
Ninguna, es un engaño, un libro mentiroso.
En los diálogos del libro usted se arrincona sin pudor. ¿Es la muerte el espejo de uno mismo?
No, yo no estoy ahí. Ahí lo que hay es un loco dividido en dos, con el alma partida.
¿Para qué limpiar el alma, para ser Gandhi?
El alma es un espejismo de las neuronas y Gandhi era un farsante que no fue capaz de dejarse morir de hambre. Los que sí se dejaban morir de hambre eran los albigenses del siglo XIII, cuando llegaban a lo más alto de su perfeccionamiento espiritual.
Hay referencias a Heidegger y a su olvido, ¿filosofía para qué?
En sus 2.500 años de existencia la filosofía no ha hecho más que plantearse falsos problemas, problemas necios, insolubles, que embrollan más las cosas. De toda ella sólo salvo dos frases, la de Heidegger: "El hombre es un ser temporal y contingente lanzado entre dos nadas"; y la de Sartre: "El infierno son los demás".
Colombia no sale bien parada en el libro, ¿qué esperanzas tiene el país?
Colombia ninguna. Y España tampoco. Y como Colombia y España el resto de la humanidad. La especie del Homo sapiens está perdida. Hoy más que nunca. No tenemos salvación.
"Sólo la Muerte nos libra de la realidad. La vida es una desgracia"
¿Qué faltas suyas le suponen mayor indulgencia?
Durante buena parte de mi vida me comí a los animales: a las vacas, a los cerdos, a los pollos, a los peces... Y esa infamia mía no tiene perdón del cielo, me siento un criminal. Sólo en estos últimos años me he podido quitar de los ojos la venda moral que me puso el cristianismo y he logrado ver a esos animales que te digo como mi prójimo. Que es lo que no alcanzó a ver el loquito de Galilea.
¿Hay alguna esperanza de cambio para el hombre?
El hombre es un animal confuso, de mente cambiante y caótica que le hace creer que es la gran cosa pero no, es un pobre simio atropellador y mentiroso. El ser humano es una basura, un asco. Que se acabe.
¿El libro electrónico es un enemigo o un amigo?
No te preocupes por el libro electrónico, que no va a alcanzar a desplazar a otro porque antes explota esto. Esa es mi gran esperanza, la última que me queda, la de la gran explosión.
¿Cuál es el peor enemigo de la democracia?
La democracia es una alcahueta del delito, prefiero la tiranía.

martes, 3 de febrero de 2009

FVallejo y los obispos

El escritor colombiano Fernando Vallejo. Fuente: www.publico.es
El siempre airado Fernando Vallejo despide con este simpático episodio el festival Hay de Cartagena, Colombia:
El escritor colombiano Fernando Vallejo, luego de leer durante una hora con la vista clavada en las hojas una bestial conferencia contra la secta católica y el muy "inmoral, homófono y misógino" Juan Pablo II, estaba sentado el sábado en el escenario principal del Hay Festival de Cartagena de Indias sin mirar a nadie en particular y con las manos entre las rodillas. Alguien del público se levantó:
-¡Maestro! A mí me gusta cuando usted habla. ¿Por qué ha tenido que leer hoy? Hable, se lo ruego, hable.
A lo que Vallejo respondió con esa voz delgada suya tan aparentemente inofensiva: "Debía citar textos de los obispos alemanes y yo esa mierda no me la puedo meter en la cabeza".