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miércoles, 25 de mayo de 2011

Roberto Sosa, el poeta universal


Foto: Gerardo Torres.
En un país en donde pocos leen, y mucho menos poesía, meritorio es saberse reconocido por muchos. Es el caso de Roberto Sosa, el poeta hondureño que cualquiera, aunque no leyera poesía, podía reconocer hasta hace poco caminando por las calles del centro de Tegucigalpa.
Con sus 81 años a cuestas tenía que ser el corazón el que le exigiera la retirada. Un paro cardíaco, dictaminaron los médicos. Pero durante tanto tiempo se mantuvo erguido, al filo de la palabra, siempre puntual, con su poesía, en la observación de temas tan distintos como la sociedad, el amor o la política.
Sosa es el poeta del pueblo por excelencia, el poeta difícil de olvidar porque un día se acordó de los pobres, el poeta que sufrió, hasta el último momento, por no tener la capacidad de multiplicar los panes y el que aconsejó no creer que la sonrisa de un payaso es su verdadera sonrisa.
Sosa es lectura obligada para todo aquel que quiera probar el sabor de la mejor poesía hecha en Honduras. Sosa es ese hombre de barba blanca que se ve en las fotografías que cuelgan en las paredes de las escuelas y los colegios o en la cabecera de la cama de algún poeta joven, sustituyendo al crucifijo.
Quizá ahora que su desaparición física es la noticia empiecen todos a recordar que en 1968 se convirtió en el primer latinoamericano en ganar el premio Adonáis, en España, y que tres años después, en 1971, ganó también el Casa de las Américas, en Cuba, uno de los más importantes de todo el continente.
Desde entonces sus poemas empezaron a ser traducidos al alemán, chino, francés, inglés, italiano, japonés y ruso. Y empezó él también a viajar, a exportar la poesía hondureña adonde quiera que lo invitaran.
Nació en Yoro en 1930 y es autor de unos 20 libros, la mayoría de poesía pero también de ensayo, de entrevistas y antologías, y tuvo una trayectoria que lo llevó a ser considerado uno de los mayores poetas de Centro América.
Realizó estudios de maestría en Artes en la universidad de Cincinnati. Dirigió revistas literarias y hasta galerías de arte y fue catedrático de español en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, UNAH. Llegó a ser profesor de literatura y escritor residente en el Upper Montclair College de Nueva Jersey.
Fue siempre un hombre celoso y cuidadoso en la publicación de sus poemas y aunque se sentía un hombre plenamente identificado con la sociedad hondureña, siempre aspiró a que su poesía trascendiera lo nacional y buscara lo universal.
De gestos discretos y voz suave, casi susurrante, también se caracterizó por ser un hábil conversador. No se le conocieron nunca episodios de ligereza verbal pero sí de fina ironía, rasgo que le granjeó complicidades y una que otra enemistad.
Su último reconocimiento en vida es muy reciente: el del Premio Rafael Alberti, en Cuba, por el conjunto de su obra. Dicen que hasta el domingo trabajaba entusiasmado con un nuevo proyecto editorial encomendado por la UNAH. Dicen que se fue o que aún se mantiene “como en espera de algo que no existe”.

QUIENES LO LEYERON OPINAN:
“La muerte de Roberto Sosa significa una pérdida insondable para la literatura hondureña. Sosa fue un poeta riguroso, disciplinado, que supo encarar la escritura como un oficio, en base al manejo inteligente de las palabras, al trabajo finísimo con el lenguaje poético aunado a un extraordinario vuelo imaginativo. La sensación que queda tras su partida es la de orfandad, la del desaparecimiento de nuestro poeta mayor que siempre permanecerá en la memoria”. Hernán Antonio Bermúdez, crítico literario.

“He sentido un dolor profundo. Perder un gran poeta es como perder parte del alma nacional. Roberto Sosa es un símbolo de la dignidad, del orgullo de ser hondureño y gran artífice de la poesía continental. Me parece que algunos de sus poemas quedarán para siempre”. Rafael Murillo Selva, teatrista.

“La expresión de sus ideas en público, tanto en la platica común como en charlas y conferencias dictadas dentro del país o en el exterior siempre fue el fiel reflejo de su ideología, una ideología que partía del idealismo con el que construía un mundo para todos dividido”. Eduardo Bähr, narrador.

“Es importante darle la dimensión de poeta que era, a la altura de Ernesto Cardenal, Álvaro Mutis, Octavio Paz o Joaquín Pasos, de toda la gente de vanguardia. Las dos grandes figuras que marcan la poesía iberoamericana son Neruda y Vallejo. Inmediatamente después aparecen los poetas de vanguardia y Roberto Sosa está entre ellos”. Marco Antonio Madrid, poeta.

OBRA PUBLICADA POR ROBERTO SOSA:
Caligramas, Muros (1966), Mar interior (1967), Breve estudio sobre la poesía y su creación (1967), Los pobres (1968), Un mundo para todos dividido (1971), Prosa armada (1981), Secreto militar (1985), Hasta el sol de hoy (1987), Obra completa y Antología personal (1990), Diálogo de sombras Máscara suelta (1994) y El llanto de las cosas (1995), Digo mujer (2004).


SUS PALABRAS:
“Yo me siento fundamentalmente un hondureño. No podría sentirme de otro país. He nacido aquí, he vivido aquí y espero morirme aquí. Estoy plenamente identificado con la sociedad hondureña. Sin embargo, en el trabajo poético que hago, pretendo —y es una pretensión— que no sea localizado dentro del mundo hondureño sino sobre un techo universal. Básicamente lo que me importa es la universalización del texto poético”.

domingo, 3 de enero de 2010

Medio siglo sin Camus



Albert Camus.
Como ya se le ocurriera a alguien hacerlo con Borges, ahora Nicolas Sarkozy quiere trasladar los restos mortales de Albert Camus del sitio en donde se encuentran desde 1957 al Panteón, donde yacen personalidades como Voltaire, Marie Curie o Victor Hugo. ¿Y todo por qué? Porque se están cumpliendo los 50 años de su muerte y en situaciones como ésta todo el mundo se alborota un poco. Encuentro este perfil del escritor en Yahoo noticias:
Los años 60 del siglo pasado se iniciaban con la pérdida del "existencialista de lo absurdo", un hombre marcado por el pesimismo de quien vio de cerca dos guerras mundiales y la alienación de la Guerra Fría. El autor de "Calígula" fue un escritor que reflexionó sobre la indiferencia del ser humano respecto al mundo que le rodea.

"Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé". Con esas tres indolentes frases arranca El extranjero, que ha quedado en la historia de la literatura como su novela más célebre y en la que se indaga sobre las consecuencias morales del asesinato y la indiferencia ante el fenómeno de la muerte. Influenciado por la filosofía decimonónica de Sören Kierkegaard y de Friedrich Nietzsche, denominador común de los existencialistas, Camus afirmaba que la existencia es insignificante en sí misma y prefería considerarse un "absurdista". Entendía que la verdad y la moral son propias de cada individuo y que no se ajustan a modelos universales y absolutos.

Pero además de a la historia de la Filosofía, el nombre de Albert Camus está también estrechamente ligado a la historia de Francia. Y ello se debe no sólo a que su pluma conmovió al mundo con obras como La peste o El mito de Sísifo o porque mantuvo una sonada polémica intelectual con el filósofo galo Jean-Paul Sartre, sino también porque su trayectoria recorre el pasado reciente de su país. Esta ilación comienza en su Argelia natal, un territorio al que había emigrado su familia de colonos franceses y que marcó profundamente su vida y el conjunto de su obra. Sobre ello se centran varias biografías editadas con motivo de su cincuentenario -como Camus, une passion algérienne, de Stéphane Babey-, que recogen el desencanto del autor con motivo de la guerra de independencia de ese país (1954-1962), barbarie que le desgarró.

"He amado esta tierra con pasión, de ella he extraído todo lo que soy y nunca he apartado de mi amistad a ninguno de los hombres que allí viven, sin importar su raza", redactó Camus sobre el conflicto. Tras la muerte de su padre en la Primera Guerra Mundial, Camus fue educado por una madre analfabeta de origen español, Catalina Sintes, en un hogar mísero, que no fue un obstáculo para que estudiara filosofía. Después de militar en el Partido Comunista y de colaborar en varias revistas, a los 27 años se trasladó a París. Allí trabajó como periodista para el diario "Paris-Soir" y como lector de textos en la editorial Gallimard. Allí conoció, además, a la que fue su pareja más célebre, la actriz española exiliada en Francia María Casares, hija de un presidente del Gobierno de la Segunda República Española. Cercano entonces al movimiento anarquista, fue en París donde su pluma lacónica y su verbo asequible le convirtieron en el afamado autor que recibió el Nobel de Literatura.

Fue también en París donde conoció a Sartre, con el que, tras diez años de amistad, se enzarzó en una disputa teóricamente filosófica, aunque profundamente política. Si bien ambos eran pensadores comprometidos con la izquierda, Sastre defendía la violencia inherente a la revolución social, mientras que Camus entendía que el fin no justifica los medios, como analizaría en su obra La Caída. "Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría", resumía Camus, un filósofo que pensaba que "la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas". Estas reflexiones llenarán los libros editados para conmemorar las cinco décadas de su muerte, como Albert Camus, solitaire, solidaire, publicado por su hija, Catherine, Dictionaire Albert Camus, concebido por Jeanyves Guérin, o la adaptación al cómic de L'hôte (El anfitrión), de la mano del dibujante Jacques Ferrandez.

viernes, 2 de enero de 2009

Feliz cumpleaños, Mr. Salinger

Feliz cumpleaños, Mr. Salinger (aunque no le guste que se lo recordemos).

martes, 20 de mayo de 2008

Gustavo Campos: Que no baste nada, ni la poesía, ni la absurda literatura de todos los días

Por Jorge Martínez Mejía

Todo lo que no es literatura se encuentra en cualquier calle. Sólo las confesiones diarias del hombre son literatura. Sonofelet

Recién cumplidos sus veintitrés años, Gustavo Campos cierra su ciclo con la poesía declarando que ha quedado literalmente mudo. Probablemente muchos pensarán que se trata de una pose literaria, muy acostumbrada en nuestros días; sin embargo yo soy testigo de su imposibilidad actual, no de su falta de capacidad contemplativa, sino de su tedio, de su desidia con la literatura.
Hubo un tiempo distinto, un extraordinario fervor, un éxtasis literario en el que Gustavo Campos se confundía entre su misma producción. Fue el tiempo en que vivió en sus Habitaciones sordas y construyó Desde el hospicio un mundo de correspondencias, una inmensa galería en la que tuvo la fortuna de estar frente a sus ídolos literarios en un téte-à-téte. Desde el hospicio fue ese inhóspito edificio siquiátrico en que la poesía se alimenta de los poetas en un festín demoníaco. Su voz fue entonces tan fluida hasta la enajenación. No hubo sacrificio de palabras ni ceremonias vanas, ni metáforas válidas. Sus construcciones dejaron de ser “naturalmente literarias” para convertirse en un fluir de miradas y ecos casi sin sentido, resonancia de otras voces poéticas entre las que retumban las voces perdidas de Ezra Pound, Hölderlin, Pizarnik, Leopoldo M. Panero, Vallejo, Artaud, Oliverio Girondo, Allen Ginsberg, Beckett, el Marqués de Sade, Dylan Thomas, etc., etc., etc., etc.
Cierta enfermedad se apoderó de sus huesos y sus horas durante los años 2005 y 2006, “una obsesiva intención de encontrarse a sí mismo, de buscarse en la sombra teñida de empellones contra las paredes” (1). Un pesimista atroz, totalmente náufrago, sonámbulo, con un destino cifrado en la poesía, hizo de cada uno de sus instantes un objet d’ art, pequeñas construcciones poéticas de enorme aliento. Entonces decía; “No escribo un poema por sufrimiento, sino para sufrir… para darme fin…”. Trasnochado, ebrio y sin embargo lúcido en el ambiente demencial de sus sórdidas habitaciones, fue construyendo simultáneamente en el hospicio Bajo el árbol de Madeleine, ya sumergido con todas sus palabras en la misión de darle fin a la cordura. Entregado al alcohol, pergeñando lecturas inconexas, pero trazadas en su fantasía para descifrar el caos del lenguaje, y no obstante empecinado en encontrar una manera auténtica de vivir su propia vida, libre de la fatua imbecilidad circundante, la mediocridad y el abuso de cánones desteñidos y obtusos, concluye su pequeño y descomunal esfuerzo sólo para quedarse mudo. Y lo ha logrado. No se ha podido ver reflejado a sí mismo en lo que ha escrito, pero se ha encontrado, él es la voz de la poesía. “De antemano estuvo condenado al hospicio sin prometerse talento ni locura, pero el zapato siempre iba a estar sobre la silla”.
Gustavo Campos nació en San Pedro Sula en 1984 en una familia humilde y esforzada, signada por la fatalidad del suicidio de su padre, en un barrio de la clase media sampedrana. Un permanente sentido de lo trágico y el afán de proteger a los suyos aún desde la impotencia, le hizo desarrollar una personalidad taciturna, sentido de tristeza y soledad. En sus tres poemarios podremos encontrar entonces esa intención de buceo en sus propias fantasías y terrores, la inminencia del suicidio como un fantasma acechante:
“Nos obligaron a vivir
jamás me dejaron seguir
ya vendrá el milagro, dijeron
y la angustia fue el milagro
nos obligaron a vivir…”
“…no escogimos las pesadillas
el exilio
errar eternamente solos
las convulsiones
o delirios
ni inventar un nuevo diálogo
nos obligaron a vivir
quienes nos obligaron a morir”.
Con Bajo el árbol de Madeleine Gustavo Campos concluye un ciclo en su producción literaria, se cierra la puerta que abrió en la literatura, una creación oscura, enferma y demencial. Un ciclo de una producción muy importante para las letras hondureñas. En la actualidad Gustavo Campos se dedica al estudio de la literatura y al trabajo cultural con la Dirección Regional de Cultura, Artes y Deportes. Ha publicado fragmentos de su obra en suplementos literarios y revistas del país, ha concedido entrevistas y se perfila como una de las voces poéticas de mayor resonancia. Tal vez el milagro que lo hizo enmudecer, de igual manera le devuelva su voz, si no, con este último libro tendremos suficiente.
Gustavo ríe, con una risa torva, entrecortada.
San Pedro Sula, 4 de febrero de 2008.
  • Nota 3 Jorge Martínez Mejía, "La enferma y bella poesía de Gustavo Campos". San Pedro Sula (2005).