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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Todo Onetti



JCOnetti.
Muy pocas veces ocurre que, después de leer uno o dos libros de un escritor que nos ha maravillado, nos queda la sensación de que cualquier otro libro suyo será igualmente bueno. A mí me ha ocurrido con J.M. Coetzee, por ejemplo. Siempre que aparece un nuevo libro suyo lo busco con la certeza de que me gustará como me gustaron los anteriores, o quizá más. Y me ocurre también con Onetti. Por eso, ahora que encuentro este artículo de Ignacio Echevarría en elcultural.es no dudo en subirlo al blog, porque sé que muchos pensarán lo mismo: a Onetti hay que leerlo completo.
Si se piensa en los intereses y apetencias de un lector común, son pocos los escritores de los que cabe recomendar la travesía de sus obras completas. Onetti es uno de ellos.

No es una simple cuestión de calidad, o no solamente. Hay escritores muy valiosos de los que la sola idea de tener que leerlos enteramente resulta abrumadora. No es el caso de Onetti, cuya obra, lenta y relativamente escasa, cabe toda, muy holgadamente, en tres volúmenes, ni siquiera demasiado gruesos. El recorrido íntegro de esos tres volúmenes alcanza enseguida una altura sorprendente, y apenas ofrece altibajos. La obra de Onetti es como un altiplano: una vez acostumbrado a esa altura, hecha su respiración a su atmósfera, el lector transita por ella sin esfuerzo. Lo que tiene por delante no es tanto una ruta como un paisaje, y éste se le hace pronto familiar, como pronto lo serán, asimismo, sus habitantes.

Se ha destacado abundantemente la sorprendente madurez con que Onetti irrumpe en su propio mundo, en su propio estilo. En este sentido, cabe referirse a él como un escritor sin prehistoria. Apenas se puede hablar en su obra de una etapa de formación. Después de El pozo (1939), las novelas Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1943) acusan una episódica vacilación del rumbo a seguir, consecuencia de unos años por otro lado repletos de todo tipo de llamamientos para un escritor políticamente concienciado, por mucho que su compromiso con la escritura fuera impostergable. Ya la siguiente novela, sin embargo, La vida breve (1950), funda el territorio que el resto de la obra no hará más que explorar y que poblar.

Y con los cuentos ocurre otro tanto. Baste señalar que una pieza magistral como “Un sueño realizado” (1941) es el quinto cuento que Onetti publica con su firma. Entre sus cuentos y novelas, por otro lado, se despliega un espacio incierto en el que resulta difícil, en muchas ocasiones, decidir a qué modalidad conviene adscribir una pieza u otra.

Labilidad genérica; recurrencia de escenarios, de personajes, de motivos temáticos; continuo estilístico: el territorio narrativo de Onetti no ofrece apenas promontorios desde los cuales jerarquizarlo. Las obras completas de este escritor configuran, así, una perspectiva circular; admiten ser abordadas desde cualquier punto, sin que el itinerario escogido, por aleatorio que sea, desfigure el efecto del conjunto. Con muy buenas razones cabría dudar entre emplear aquí la etiqueta de obras completas o, más ceñidamente, la de obra completa.

En sus aledaños queda, en cualquier caso, la obra periodística, que apenas ocupa una sexta parte de la extensión total de la escritura de Onetti. Una proporción muy pequeña, si se considera que, desde muy temprano, el periodismo fue el medio con el que Onetti se ganó la vida, y es en su marco donde se fraguó su vocación de escribir. Pocos escritores contemporáneos, sin embargo, aparecen menos contaminados por su práctica.

Por mucho que Onetti se sirviera del articulismo como herramienta de intervención y de agitación en el campo cultural, jamás fue tentado por el periodismo entendido como práctica literaria. De hecho su poética como narrador -su escepticismo, su profundidad, su lentitud, su ensoñamiento- se sitúa en el extremo opuesto de toda pretensión de confundir las fronteras entre periodismo y literatura. Aquél nunca actúa, en su caso, como levadura de ésta. Tanto más aleccionador resulta, en consecuencia, el contraste entre estas dos vertientes de su obra. Un contraste que prueba, más concluyentemente que ningún otro argumento, el concepto insobornable que Onetti tiene de la escritura, y su indiferencia hacia todo cuanto implica su instrumentalización.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Onetti, el último mohicano



JCOnetti, en su casa de Madrid en 1989. Fuente: Francisco Ontañón/El País
Una de las secciones más interesantes de Babelia es la que lleva por nombre Crónicas de América Latina. Ahí encuentro hoy este artículo del narrador peruano Santiago Roncagliolo sobre Juan Carlos Onetti, a quien considera "el miembro más antiguo y más moderno del club más selecto de la novela latinoamericana":
Conocí la obra de Juan Carlos Onetti a comienzos de la década de los noventa, atraído por las leyendas que circulaban sobre ese autor. Mis compañeros de la facultad de literatura contaban que Onetti era un ermitaño, que se negaba a dar conferencias, y que vivía tirado en una cama con una botella de whisky.

El perfil del personaje resultaba exótico en cualquier caso, pero era especialmente inesperado en un escritor del boom latinoamericano. La mayoría de sus colegas vivían en olor de multitud, actuando en ocasiones más como políticos que como artistas. Mario Vargas Llosa había postulado a la presidencia del Perú. Gabriel García Márquez se había reunido con Fidel Castro y con Bill Clinton. Cortázar había defendido la revolución nicaragüense. Carlos Fuentes era México. Y en cambio Onetti, el mayor de todos, vivía metido en una cama aferrado a una botella de whisky.

Después averigüé que Onetti sí había sufrido una persecución política, pero gris, absurda y casi cómica: lo habían detenido por formar parte del jurado en un concurso de cuentos.

El cuento ganador se regodeaba en escenas sexuales que resultaron ser una referencia apenas velada a la homosexualidad de un miembro de la junta militar en el gobierno. En castigo, el autor del cuento y los miembros del jurado fueron detenidos por ofensas contra la dignidad de las fuerzas armadas. Durante los interrogatorios, un oficial inquisidor le preguntó a Onetti:

-¿Y usted qué tendencia política tiene?

-Ninguna, respondió el narrador.

-¿Pero por quién votó?

-Por nadie.

-¿Pero por quién habría votado?

-Nunca he votado.

-¡Ah! ¡Un anarquista!

Más aburrido que asustado, Onetti respondió:

-Y... Ponele anarquista si querés. ¿Puedo fumar?

Semanas después -siempre según las leyendas-, el escritor tuvo que ser evacuado a un hospital psiquiátrico debido al síndrome de abstinencia que le produjeron la falta de alcohol y tranquilizantes. Ahí terminó su gesta más heroica.

Recientemente, revisé la obra de Onetti para un encuentro sobre su obra organizado por la Casa de América, la Secretaría General Iberoamericana y la Fundación San Benito de Alcántara. Mientras leía, comprendí que el episodio de esa detención habría podido ocurrirle a cualquiera de sus personajes: quizá a Juntacadáveres, cuyo sueño dorado era regentar un prostíbulo de medio pelo. O a los protagonistas de El Astillero, que fingen mantener vivo su negocio mientras venden la maquinaria como chatarra. Incluso a los de Tierra de Nadie, que fantasean con huir a una isla que ni siquiera existe. Ninguno de ellos se enfrenta a grandes peripecias épicas, como los personajes de La guerra del fin del mundo. Ninguno es importante para la historia latinoamericana como El general en su laberinto. Sólo son gente ruin enfrentada a la mediocridad de la vida, como la mayoría de nosotros. Las novelas de Onetti serían graciosas si no exhalasen del deprimente humor de la mediocridad.

A eso se debe que Onetti sea el menos conocido de los narradores del boom. Este último mohicano del existencialismo no sólo desdeñaba la política, también le asqueaban el éxito, la fama o el glamour y sentía una genuina repugnancia por todo lo que apestase a figuración pública. En consecuencia, no se enfrentaba a diabólicos dictadores ni a intrépidos guerrilleros. Tal vez porque habitaba en Uruguay -uno de los países más prósperos, pacíficos e igualitarios de la región- sabía que en una democracia ejemplar también se puede ser infeliz.

Pero también por eso, y de manera involuntaria, Onetti se ha convertido en el autor más actual del boom. Hasta los años ochenta, durante el auge de la Revolución Cubana, la utopía real-maravillosa capitaneado por Gabriel García Márquez pasó como una apisonadora sobre las novelas latinoamericanas, llenándolas de mujeres con rabos de cerdo que salían volando por las ventanas. Tras la caída del muro de Berlín, el realismo urbano y frecuentemente violento de la literatura latinoamericana estaba teñido de Mario Vargas Llosa, cuyos personajes defienden su libertad ante los tiranos.

Pero veinte años después, ni un extremo ni otro del espectro ideológico producen grandes pasiones. La Revolución Cubana no ha mejorado la vida de la gente, y tras dos décadas sin dictadores en el resto de la región, la cantidad de pobres es la misma que antes. Los latinoamericanos votan democráticamente por gobernantes autoritarios -Chávez, Uribe, el PRI-. Y el fenómeno no es exclusivo de América Latina. A lo largo de la última década, en nombre de la democracia se invaden países como Irak y se toleran dictaduras como las de Libia, Egipto y Kazajistán.

Esa atmósfera de desencanto se ha reflejado en la literatura latinoamericana y europea. Dos de sus autores más destacados de los últimos años, Bolaño y Houellebecq, pertenecen a la generación que vio caer los grandes sueños de Allende y Mayo del 68, y su amargura recuerda a Onetti. Los poetas asesinos del chileno y los funcionarios onanistas del francés, los exiliados suicidas del primero y los turistas sexuales del segundo, podrían aparecer en cualquier novela de un novelista uruguayo que murió sin conocerlos.

Onetti no parece haber influido en estos autores. No es él quien logró que su obra perdurase a través del tiempo. Por el contrario, es el tiempo el que se convirtió en lo que sus novelas narraban. A lo largo del siglo XX, el planeta se dividía en dos grandes verdades. En el siglo XXI sabemos, como sabía Onetti desde antes, que las dos eran mentira.

Sin duda, es admirable ser a la vez el miembro más antiguo y más moderno del club más selecto de la novela latinoamericana. Pero sobre todo, es notable haberlo hecho desde una cama, con la única arma de una botella de whisky.

sábado, 5 de diciembre de 2009

VLlosa: marido fiel. Onetti: adúltero



Mario Vargas Llosa en la exposición La vida y la libertad, en Guadalajara.- REUTERS


Mario Vargas Llosa relata en la Feria del Libro de Guadalajara, a partir de un viaje juntos a Estados Unidos, su relación con Juan Carlos Onetti. Un marido fiel y un adúltero (pero en la literatura) echándose unos pijacitos en un bar de San Francisco. La nota es de El País:
Juan Carlos Onetti era un sedentario, casi nunca viajaba y, cuando no tenía más remedio, intentaba quedarse en su habitación de hotel, parapetado tras una novela negra y una botella de whisky. "Onetti", lo dijo Mario Vargas Llosa en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, "no viajaba porque no necesitaba viajar". Sin embargo, en una ocasión, el escritor uruguayo y el peruano compartieron un viaje por Estados Unidos. Sentados en un bar de San Francisco, confrontaron sus formas de trabajar. Onetti sólo escribía cuando sentía la necesidad, en cualquier parte, sobre cualquier trozo de papel, y a veces pasaba largas temporadas en blanco. Vargas Llosa le confió que sin embargo él escribía de una forma metódica, disciplinada, casi como un oficinista. "Aquello le espantó", confesó Vargas Llosa, "y fue entonces cuando me dijo: lo que pasa es que tú tienes unas relaciones conyugales con la literatura y yo tengo unas relaciones adúlteras".

Vargas Llosa habló durante una hora de Juan Carlos Onetti y, cuando terminó, el público se preguntó: ¿ya ha pasado una hora? El escritor peruano tiene esa rara habilidad de hablar tan bien como escribe. El oyente, sea uno o más de mil -como el jueves-, se queda embelesado con cada una de sus frases, y las sigue allá donde le quieran llevar. En esta ocasión, el motivo era la presentación de un libro de Vargas Llosa, El viaje a la ficción (Alfaguara), y el escritor fue respondiendo a las preguntas del periodista Juan Cruz.

Vargas Llosa retrató a Onetti como un ser desvalido ante la vida, vulnerable, tímido, pero dotado a su vez de una gran inteligencia y una gran cultura literaria, aunque no académica. "Fue un escritor indiferente al prestigio o al éxito. Como decía Flaubert de los escritores auténticos, para Onetti escribir era su manera de vivir". Una manera de vivir que nació casi con él. "Fue un lector precoz y voraz. Aprendió a los cinco años. Y él contaba que, para poder leer con tranquilidad, se escondía primero en un ropero y luego en el fondo de un aljibe que había en su casa. Y esto es una metáfora de lo que significaba para él la literatura: apartarse del mundo. Lo que Onetti no podía ser en la vida, lo era en la literatura".

"Onetti", contó Vargas Llosa, "rescata una parte oscura del ser humano que tendemos a negar, aunque sabemos por experiencia que eso forma parte de lo que somos. Su visión de la condición humana y del mundo es negativa, pesimista; es una visión negra, desesperanzada, atroz. Los personajes de Onetti suelen ser fracasados, frustrados, gente que tiene ambiciones mediocres o irrisorias. Y en su literatura sentimos eso que llamamos el mal, una voluntad despectiva, una falta de solidaridad, de conmiseración con el prójimo, una necesidad de destruir, ensuciar, envilecer aquello que no es vil ni sucio, que representa una forma de generosidad o pureza...". Y el público seguía escuchando embobado, en silencio, como en la antigüedad lo hacían los habitantes de las cavernas, sentados alrededor de alguien que lograba a través de la ficción escaparse de la realidad. "Los novelistas", dijo Vargas Llosa, "son los herederos de aquellos primeros contadores de cuentos que en las cavernas enriquecieron con su fantasía la vida de los otros. Y la obra de Onetti está construida sobre esa temática: hombres y mujeres frustrados por su realidad que huyen a través de la ficción".

Y después de decir eso, Vargas Llosa, contador de historias, se fue de la sede de la Feria Internacional del Libro para inaugurar una exposición titulada La libertad y la vida que, en el otro extremo de la ciudad, repasa su trayectoria vital y su obra. Allí están sus primeros poemas -"háganme el favor de mirarlos, pero no se les ocurra leerlos"- su máquina de escribir, un vídeo donde se le ve entrevistando a Borges, otro donde pronuncia un mitin como candidato a la presidencia del Perú... "Aunque he hecho muchas cosas en la vida", quiso dejar claro Vargas Llosa, "el periodismo, la política, lo mucho que he viajado... lo central, a lo que nunca traicioné, ha sido la literatura. Lo importante, lo fundamental, es lo que he escrito...".

miércoles, 2 de septiembre de 2009

JGVásquez sobre La vida breve

Portada de La vida breve, de Juan Carlos Onetti, con la Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1950. Fuente: www.onetti.net.

Casualmente por estos días yo también leo y releo a Onetti, y comparto lo que dice Juan Gabriel Vásquez en su columna de elespectador.com de Colombia:

“Si hay una cosa más temible que leer a Onetti, es releerlo”, decía mi amigo Ricardo Bada en una conferencia reciente.
“Es una auténtica paliza, de la que sales agotado como si hubieses combatido con Cassius Clay en su mejor momento, y tú, además, con una mano atada a la espalda”. Pues en esa pelea llevo yo metido varios meses ya, como quizás sabrán algunos lectores, y mi último round ha sido con (contra) La vida breve, que leí por primera vez hace unos quince años. La experiencia esta vez ha sido radicalmente distinta, porque La vida breve, como todas las grandes novelas, cambia mientras cambian sus lectores; y además porque entre las dos lecturas está El viaje a la ficción, el ensayo que Vargas Llosa publicó el año pasado y que dedica varias páginas a poner patas arriba la novela de Onetti, a destriparla y a mostrarnos las tripas.
El ensayo de Vargas Llosa gira alrededor de esta idea sencilla: la obra de Onetti es toda una larga y terca huida hacia mundos que no existen. Ya sea porque no soportan el mundo que les ha tocado en suerte, ya sea por cualquier otra razón, los personajes de Onetti fabrican una realidad alterna y se instalan en ella. Si eso es así (y es así), La vida breve es una especie de cifra, de símbolo perfecto, de toda la empresa de Onetti. La novela comienza con un acto imaginativo: Brausen, el narrador de la novela, escucha desde un lado de una pared lo que su vecina, la prostituta Queca, dice en el otro lado. Imagina a la mujer; imagina a su acompañante. Más tarde nos enteramos de que Brausen tiene buenos motivos para huir, por lo menos imaginariamente, de su vida actual: por un lado, a Gertrudis, su mujer, acaban de amputarle un seno; por el otro, están a punto de despedirlo de su trabajo.
Brausen se pone entonces a imaginar una historia para venderla en forma de guión. Imagina unos personajes que vagamente imitan los de su realidad: el doctor Díaz Grey se basa, más o menos, en él mismo (pero Díaz Grey lleva en general una mejor vida); Elena Sala se basa, más o menos, en Gertrudis (pero Elena Sala tiene los pechos enteros, y el doctor lo constata en la primera consulta que tienen). Esos personajes y la realidad que los rodea viven y se mueven en una ciudad inventada para ellos: Santa María, la gran creación de Onetti, su Macondo o su Comala. Pero el asunto es que el guión nunca llega a existir. En lugar de escribir la historia, Brausen huye hacia la ciudad, se instala en ella como su creador, a tal punto que los habitantes de Santa María erigen una estatua al fundador Brausen, y el doctor Díaz Grey llega a invocar su nombre en sus oraciones: “Brausen mío”.
La vida breve es un fascinante inventario de imposturas. Brausen llega a su casa una noche cualquiera, se pone a dibujar el mapa de esa ciudad que ha inventado, y es imposible no pensar en Faulkner, que también tenía un mapa de su ficticio condado de Yoknapatawpha. Pero ahí están también la Mami y el viejo Levoir, que suelen poner un mapa de París sobre la mesa para imaginarse citas de amor en esas calles pintadas. Es que todos en la novela añoran una realidad distinta. Lo curioso de La vida breve es que el mundo allí inventado invade el mundo real, le da forma y, como todas las grandes ficciones, acaba por superarlo. Aunque uno quede, como he quedado yo, agotado en el proceso.

lunes, 22 de junio de 2009

Los cien de Onetti

Juan Carlos Onetti dibujado por SCIAMMARELLA/El País.

El próximo 1 de julio se celebra el centenario de Juan Carlos Onetti y el mundo editorial prepara reediciones de sus libros y biografías, mientras se ponen a punto también, en varios países latinoamericanos y en España, algunos actos de homenaje al escritor uruguayo. En una extensa nota de El País, de la que extraigo estos párrafos, hablan del asunto:

Risso es un oscuro periodista consagrado a las carreras de caballos que rompe con su mujer, 20 años más joven, cuando ésta le confiesa un episodio pasajero de adulterio. Ella responde enviándole las fotos en las que a partir de ese momento registra sus relaciones sexuales con otros hombres. Así arranca El infierno tan temido, el relato que Juan Carlos Onetti publicó en 1957 y que Mario Vargas Llosa no duda en calificar de "obra maestra absoluta; y no del español, de cualquier lengua".
Para el autor de La ciudad y los perros, que en otoño publicó el ensayo El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (Alfaguara), los cuentos del escritor uruguayo están "a la altura de los de Borges y Rulfo". Entre ellos, El infierno tan temido es "sin vacilar" su favorito: "Lo he leído muchísimas veces y siempre me perturba, me inquieta y me hace entrever cosas de una gran complejidad sobre la condición humana, sobre algo que sabemos qué es aunque no siempre qué nombre ponerle, algo que nos lleva a hacer daño, a hacernos daño, un elemento maligno, destructivo, homicida". Cuando se le pregunta si no será en el fondo un relato de amor absoluto, Vargas Llosa responde que también, que la "condensación" de ese texto "sólo es comparable a la de la poesía". Y remacha: "Lo que es La metamorfosis para Kafka lo es El infierno tan temido para Onetti".
"Onetti", dice Antonio Muñoz Molina, "es un creador de mundos orgánicos, y no por haber creado Santa María, eso que los horteras llaman territorio mítico, sino porque cada uno de sus textos se puede leer independientemente, pero remite a una trama superior, algo paradójico en alguien con fama de desorganizado". Vargas Llosa comparte esa opinión: "La ventaja es que se puede empezar a leerlo por cualquier parte porque su mundo está lleno de conexiones y puentes. Las historias remiten unas a otras y se enriquecen recíprocamente".
¿Eso vale también para los cientos de artículos de periódico que escribió a lo largo de su vida, recopilados ahora en las obras completas? "A Onetti le pasa como a Borges, que son íntegramente ellos en todo lo que hacen. Su ADN está en todas sus células". Hortensia Campanella, responsable de esas obras completas, cuenta desde Montevideo que Onetti consideraba el periodismo "el oficio más soportable" para un escritor. "Los artículos los corregía obsesivamente. Para él eran un trabajo", explica Campanella. "En la ficción, que era sin embargo una pasión, se dejaba llevar. Para los periódicos buscaba las palabras. Las de los cuentos y las novelas le asaltaban".
Textos sobre Faulkner, del que era devoto, entrevistas a Onetti y de Onetti (con Borges, por ejemplo), y Por culpa de Fantomas, un autorretrato en forma de conferencia -la única que dictó en su vida, en noviembre de 1973; duró 20 minutos-, conviven en el volumen preparado por Campanella con el discurso de recepción del premio Cervantes de 1980 y con un cuestionario Proust sin desperdicio: "¿El principal rasgo de su carácter? La pereza. ¿Su sueño de dicha? Whisky y una buena novela policial que todavía no he leído. ¿Dónde desearía vivir? En cualquier sitio, pero de rentas". Él cambió Uruguay por España en 1975 después de que la dictadura lo metiera, sucesivamente, en una cárcel y en un manicomio.
Juan Carlos Onetti escribió en 1950 La vida breve, según Vargas Llosa, la "primera novela moderna" en lengua española. "Me atrevo a decirlo", afirma, "porque en esa época había ya novelas importantes, pero él es el primero en aplicar la revolución formal de la narrativa". La que habían llevado a cabo Proust, Joyce, Kafka, Thomas Mann y Faulkner. Y no sólo en la estructura, también el lenguaje: "En nuestra lengua, tanto en España como en América Latina, había entonces una distancia radical entre aquello que se contaba y cómo se contaba. El lenguaje todavía era artificioso, rebuscado, literario en el peor sentido. Onetti fue uno de los primeros en crear un lenguaje que imita el del hombre de la calle".