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sábado, 11 de octubre de 2014

Para acercarse a Modiano

Patrick Modiano.
Más allá de que no lo haya recibido (otra vez) Philip Roth, me alegré de saber que este año el Nobel de Literatura se lo dieron a Patrick Modiano, porque es un autor al que he leído y disfrutado y del que tengo la sensación de que no defraudará nunca a nadie. El crítico español J. Ernesto Ayala-Dip dijo esto ayer tras la concesión del premio:
No recuerdo haberme alegrado nunca tanto como ayer, cuando supe que el Nobel de Literatura le fue otorgado a Patrick Modiano. Un alegría inmensa, en contraste con la decepción que me invadió cuando hace unos año, el mismo premio le fue dado a otro autor francés, Jean-Marie Gustave Le Clézio. Aquel día me pregunté, sin despreciar la labor literaria del autor de El africano, para cuándo el Nobel a un clásico contemporáneo de la talla de Modiano, no solo de la literatura gala sino también universal.
La casualidad quiso que leyendo una novela de George Simenon, me viniera a la memoria un personaje de Modiano. En la historia de Simenon, Los Mahé, hay un hombre de treinta y cinco años que se pregunta por el futuro de su existencia. La angustia de ese hombre me recordó al Louis de Una juventud de Modiano, de la misma manera que el policía final de La hierbas de la noche me recordó tanto la resignada serenidad del comisario Maigret. Nada tienen que ver Modiano y Simenon, salvo que ambos tienen un sonido inimitable, de la misma manera que hay sonido Mozart o un sonido Ravel. También hay un sonido Modiano. Lo hay cuando registra la vergüenza colectiva de una ciudad colaboracionista. O el sonido entre desesperanzado y canallesco de la ciudad martirizada por el hambre y la necesidad de supervivencia.
Si hay alguien que nunca hubiera leído nada del flamante premio Nobel y quisiera empezar hoy mismo con su lectura, me atrevería a sugerirle cinco libros. Empezaría con La trilogía de la ocupación (El lugar de la estrella, 1968, La ronda nocturna, 1969, y Los paseos de circunvalación, 1972), excelente idea de Anagrama al juntar en un volumen las tres grandes novelas ambientadas en el París ocupado. No dejaré de recomendar Una juventud (1980), texto esencial para entender el funcionamiento psicológico y moral de sus habituales supervivientes.
Un libro que suele pasarse por alto pero que es un ejemplo de literatura de investigación y a la vez de pronunciamiento ético sin explicitarlo (las famosas elipsis modiananas), sobre la redada de judíos ejecutadas por las autoridades policiales de París en el verano de 1942: me refiero a Dora Bruder. También Un pedigrí (2007): texto cumbre de la literatura autobiográfica: no se trata de ninguna confesión, se trata de un ejercicio de memoria individual vinculada a la memoria colectiva. La escritura de Modiano al servicio de las verdades personales, sin ira, sin resentimiento: la intachable búsqueda (o crónica interior) de unos progenitores condenados a sobrevivir al filo de lo delictivo y la vergüenza. Y por último, La hierba de las noches (2012): libro paradigmático de la literatura de las turbiedades. Una historia de amor escondida entre seres que son sombras, mediaspalabras, seres tan reales como conjeturales.
La Academia sueca se premia a sí misma premiando a quien ha escrito siempre el mismo libro (como dice el propio Modiano). El mismo libro imposible de no escribir y de no imaginar, dado lo que se vivió en una tristísima Europa hace solo un poco más de medio siglo. Y con esa prosa de quirúrgico lirismo. Así es el sonido Modiano, en medio del ruido del mundo.

martes, 29 de diciembre de 2009

Mis mejores lecturas del 2009



Dibujo de Agente Artehormiga. Fuente: hcfacebook.
En Hermano Cerdo lo están haciendo de nuevo. ¡Vamos!
Excelentes las dos novelas cortas de Patrick Modiano que leí empezando el año: Calle de las Tiendas oscuras (Anagrama) y Dora Bruder (Seix Barral). Extraordinario poder de síntesis para contar historias que atraviesan la Historia de la mano de personajes que buscan algo y que al mismo tiempo se buscan a sí mismos. Ya saben: de lo mismo, pero esta vez con Modiano.

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, una intensa novela de aprendizaje que leí durante las pausas y las noches de mis días de más trabajo en agosto, con personajes que huyen de un mundo más o menos confortable para ir en busca de aventuras abajo de la frontera mexicoamericana.

Algo tiene Mario Levrero para que uno se empeñe en seguir leyendo sus “aventuras cotidianas” sin esperar nada más que, quizá, un pequeño accidente en su computadora, una visita o una conversación telefónica banal. Eso fue lo que me dije cuando llevaba por la mitad El discurso vacío (Debolsillo) y es lo que seguía pensando cuando leía La novela luminosa (Debolsillo). ¿Qué es lo que nos atrapa de esa “estética de lo cotidiano” de Levrero? Seguiré leyendo lo que encuentre de Levrero y seguiré, con absoluto placer, preguntándome lo mismo.

Angosta (Planeta), una novela de Héctor Abad Faciolince que me hizo llegar un amigo desde Colombia, plantea la situación de un país, Angosta, con una política que establece tres castas: los dones, los segundones y los tercerones, y en el que se dan cita todas las posibilidades sociales, culturales y políticas de Latinoamérica. La violencia y la exclusión podrían ser sus temas predominantes, pero la novela no es sólo eso, porque también hay sexo, amor y aventuras; y todo con una prosa traviesa, juguetona, en la que la ironía está a cada vuelta de página.

Nocilla Lab es la novela que más me ha gustado de la trilogía de Agustín Fernández Mallo. El monólogo de la primera parte y el tema del escritor enfrentado con lo que podría ser su doble, más ese cómic del final en donde encontramos a Fernández Mallo y a Vila-Matas hablando de la desaparición… Se pregunta uno si seguirá produciéndose nocilla después de esto.

Horacio Castellanos Moya es un escritor que escribe desde la experiencia del exilio, ese casi destierro autoimpuesto que lo hace volver a sus orígenes, pero sólo en sus libros, con una mirada oblicua, casi pendenciera, para tratar de recuperar algo que no considera del todo perdido. En Con la congoja de la pasada tormenta (Tusquets) reúne casi todos sus cuentos. Una excelente puesta a punto de su trayectoria como cuentista, casi desconocida para los lectores en España.

¿Qué puede esperar uno al leer Historia argentina (Anagrama), de Rodrigo Fresán: una novela o un libro de cuentos? Yo diría que ambas cosas. Tomemos al azar cualquiera de sus capítulos y leámoslo como si fuera un cuento. O empecemos desde el principio y vayamos observando, de cuento en cuento, o de capítulo en capítulo, el particular modo que tiene Fresán de contar la historia de su país. Fresán tiene una escritura precisa, cada frase es una unidad autosuficiente y sugerente, y además, una perspectiva tan particular de ver el mundo que uno no quiere dejar la lectura o, una vez terminado el libro, no quiere leer por el momento otra cosa que no sea de Fresán. ¿Exagerado? Pero es que así me lo pareció.

Aprovechando el desempleo, me propuse leer la kilométrica El arco iris de gravedad (Tusquets), de Thomas Pynchon. Tres semanitas en las que agoté una lámpara, dos botes de Nescafé, unas cuantas madrugadas y un buen porcentaje de mi capacidad de visión. Pero ha valido la pena. Cómo no. Secuelas: 1: cuando pasa un avión o cuando sopla el viento de la Tramuntana pienso que puede tratarse de un cohete. 2: cuando tengo una erección espontánea pienso que se acerca un cohete. 3: caen cohetes en mis sueños. Loor a ti, Thomas Pynchon.

Desde hace tiempo venían llamándome, desde una estantería de la biblioteca de Figueres, los tres volúmenes de Tu rostro mañana, de Javier Marías. El miércoles me llevé a casa el primero, subtitulado "Fiebre y lanza", que leí entre las fiestas de Nochevieja, las cervezas y la goma. Lo devolví el sábado y saqué ahí mismo el segundo volúmen, subtitulado "Baile y sueño", que ya estoy leyendo con el mismo placer con el que leí el anterior. Tiene una prosa envolvente esa novela, una prosa sensual, poética en muchos momentos. No se les ocurra no leerla. Aunque debo advertirles que no podrán soltarla una vez llegue a sus manos.

lunes, 18 de mayo de 2009

Los misterios del pasado

P.Modiano. Fuente: elpais.com.
Continuando con Patrick Modiano, y para conocerlo mejor, copio y pego de Babelia este perfil escrito por Claude Castéran, periodista y novelista también francés:
Estamos en 1942. París se encuentra bajo la ocupación alemana. Una tarde de octubre un judío de 22 años, Albert Modiano, que vive casi como un clandestino, conoce a una joven actriz flamenca, Louisa Colpeyn, en un piso del elegante distrito XVI de París. Albert, que ha logrado, no sabemos cómo, evitar llevar la estrella amarilla, vive del estraperlo. Tres años después nace su primer hijo, Patrick. A los 17 años, decide que no volverá a ver nunca más a su padre, ausente y detestado. Mantendrá su palabra. Albert muere en 1977. La guerra, París, un ambiente turbio, un padre quizás cercano a la Gestapo, una madre egoísta sin talento artístico: como arqueólogo de la memoria que no puede escribir más que del pasado, Patrick Modiano no ha dejado de explorar esos temas para escribir, en un francés clásico, sobrio y preciso, una obra singular, una búsqueda de su propia identidad, difuminada y sin fin, entre el romanticismo y la novela policiaca.
"La ocupación es como la tierra en la que he crecido", dijo el escritor que ha construido varias novelas (Reducción de condena, Quartier perdu, Villa triste) sobre este periodo. No importa que no la haya vivido, supo expresar muy pronto algo que acabaría por convertirse en una obsesión nacional: lo que ocurrió en Francia durante la guerra, la colaboración con el ocupante alemán. De muchos autores se dice, para felicitarlos o no, que escriben siempre el mismo libro: esto es particularmente cierto con Modiano. Menos su primera novela, editada en 1968, La place de l'étoile (la historia provocadora y alucinada de un judío antisemita durante la guerra), es autor de una obra coherente, en la que ningún título aplasta a los demás, destilada con regularidad, a la vez emotiva y distante. Podríamos aplicarle la frase de William Faulkner, a quien no dejaban de preguntar sobre su obsesión por las historias de violencia y locura, repetidas de ficción en ficción: "Agoto un sueño".
Modiano, al que no le gusta la introspección, considera que cuanto más misterioso es algo, más interesante resulta. "Incluso trataba de buscarle el misterio a lo que no tenía ninguno", admite en Un pedigrí. Por eso nunca sabemos de dónde vienen sus personajes, ni lo que realmente piensan. Sacudidos entre el presente y el pasado, sus biografías se mantienen inciertas. Nos los cruzamos en las calles, las avenidas y las plazas del oeste parisino (como el distrito XVI), banales ante los ojos de los profanos, pero de repente cubiertos, gracias a la pluma del novelista, de una belleza gris y nostálgica. De sus libros ha nacido un neologismo: "modianesco". Se emplea esta palabra (¿llegará algún día al diccionario?) para evocar a un personaje (o una situación) claroscuro, ni lógico ni absurdo, a medio camino entre los dos mundos, entre la sombra y la luz. También evoca una idea de mutismo y romanticismo.
Nacido en julio de 1945 en los alrededores de París, Modiano vive una infancia de vagabundeo y demasiado solitaria. Su hermano mayor, Rudy, muere en 1957. La impresión que le causó fue enorme: Patrick le dedica todos sus primeros libros. Abandona los estudios después de la selectividad y se pone a escribir, a escondidas de sus padres: "No tenía más que 20 años, pero mi memoria era anterior a mi nacimiento". Libro tras libro, construye un museo imaginario, lejos de las modas, hasta ser considerado un clásico en Francia. Sus obras, que han recibido numerosos premios, se venden bien, aunque Patrick Modiano no aparece en la televisión ni tampoco en la prensa popular. Es un hombre discreto, con la mirada dulce y el rostro un poco dolorido, conocido por su dificultad para expresarse y su indiferencia ante los honores (se niega a entrar en la Academia francesa, donde sería acogido con entusiasmo).
Este aficionado a los sucesos, casado desde 1970 y padre de dos hijas, no se ha retirado "de la sociedad del espectáculo", como demuestra su afición al cine. En 1974, escribió con el cineasta Louis Malle el guión del exitoso filme Lacombe Lucien, la polémica historia de un joven campesino que en 1944 se pasa a los alemanes más por ignorancia que por decisión meditada. Es autor de otros guiones y ha escrito junto a Catherine Deneuve un ensayo sobre la hermana que murió joven de la actriz, Françoise Dorléac. Jurado del Festival de Cannes en 2000, Modiano también es autor de letras de canciones.
El éxito no le ha cambiado. Cuando alguien le reconoce por la calle y le pregunta si es Patrick Modiano, responde, según cuentan: "No, no soy yo". Después de haber leído sus libros, largas ensoñaciones sobre la realidad, uno se pregunta si finalmente no está hablando en serio, si no es el más modianesco de sus personajes, un fantasma intranquilo, modesto y encantador.

Las obsesiones de Modiano

Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945, fotografiado en París por Daniel Mordzinski/El País.
En el último número de Babelia entrevistan a Patrick Modiano, un maestro francés de la novela corta, como he podido comprobar recientemente tras la lectura de Calle de las Tiendas Oscuras (Anagrama), que me ha lanzado, furioso, a las librerías a buscar sus otras novelas traducidas al español. Modiano habla aquí de sus obsesiones, quizá desarrolladas porque "vivió desde niño impresionado por las ausencias, los garajes y las guías de teléfonos". "El autor francés persigue en sus novelas las huellas de otros y dibuja un París "casi onírico"". Leamos algunos fragmentos de la entrevista:
Un día de hace casi 20 años, Patrick Modiano encontró en un viejo periódico parisino de principios de los cuarenta un pequeño anuncio que le impresionó. Decía así: "Se busca a una joven, Dora Bruder, de 15 años, 1,55 metros, rostro ovalado, ojos gris marrón, abrigo sport gris, pullover burdeos, falda y sombrero azul marino, zapatos sport marrón. Ponerse en contacto con el señor y la señora Bruder, bulevar Ornano, 41, París". Modiano se obsesionó con el anuncio, con la chica y con la historia que ahí latía, en parte porque él había visitado mucho esa calle de adolescente. Se convirtió en una especie de detective privado contratado por sí mismo. Pronto descubrió que Dora Bruder era judía, que tras escaparse de casa fue detenida por la policía colaboracionista y deportada a Auschwitz, donde murió. Modiano buscó más. Revisó los archivos policiales, espulgó las viejas guías de teléfonos de París que nunca faltan en su casa, consultó fichas municipales, entrevistó a varios testigos de la época y del barrio que pudieran aún recordar que la conocieron. Anduvo como un lunático errando por las calles que Dora recorrió y que él conocía bien por haberlas andado de adolescente; entraba en los portales de los edificios que ella habitó y se quedaba ahí, quieto, esperando no se sabe qué... Ya no encontró nada más. Tenía el fin de la historia de Dora Bruder pero muy poca cosa de ella. Su rastro se había perdido casi definitivamente, como tantos otros. Sin embargo, con ese casi, con esas minúsculas certidumbres y utilizando también como material narrativo su propia obsesión y su búsqueda, Modiano escribió una joya estremecedora titulada Dora Bruder que habla de la memoria, de la dignidad y de la vida, contenida en apenas un centenar largo de páginas que ahora se vuelve a publicar en España. "Luego, con los años, y con el libro ya publicado, me llegó algo más de documentación sobre Dora. Y me planteé la cuestión de si merecía la pena reescribir la novela o no. Decidí que no. No soy historiador. Soy novelista. No importa tanto el resultado de la búsqueda como la búsqueda en sí. Así que la novela se quedó como está".
¿Y por qué esa obsesión por alguien que no conoce de nada?
Yo también me he hecho muchas veces esa pregunta: ¿por qué estás obsesionado con las huellas de otras personas? Y creo que es porque vivo en el siglo XX o XXI. Si yo hubiera vivido en el siglo XIX habría escrito novelas rurales: largas novelas redondas y completas. Pero en esta época todo es fragmentario, y las grandes ciudades favorecen eso, el anonimato, que el rastro de las personas se pierda. No sé si me explico... También es verdad que yo siempre he estado impresionado por las desapariciones, por las ausencias. Por eso me fascinan las viejas guías de teléfonos en las que aparecen los nombres de los abonados, porque de un año al otro hay gente que desaparece, que se va..., en especial de algunos barrios, como el XVI.
Patrick Modiano es muy alto, muy amable, algo torpe y muy tímido. Duda al hablar, le cuesta acabar las frases y su muletilla favorita es "no sé si me explico". Vive en una vieja casa a la espalda del Jardín de Luxemburgo, no muy lejos del barrio donde pasó parte de su infancia: todo un síntoma de su relación con el tiempo y la memoria. El cuarto desde el que escribe es una habitación semicircular, tapizada de libros con una ventana también muy alta que da a un jardincito interior. Hay un diván arrugado en el que se sienta a leer cuando no trabaja. Escribe dos o tres horas al día sentado a una mesa colocada frente a la ventana y al jardín. Nunca más. Asegura que si hiciera caso a su carácter, terminaría sus novelas de un tirón, sin detenerse, pero que se obliga a refrenarse y a parar cuando han pasado esas dos horas a fin de mantener una tensión que sólo él percibe pero que, según él, es esencial para que la obra culmine. Este hombre acogedor y atento nacido en 1945 es simplemente uno de los más importantes escritores vivos en Francia, dueño de un mundo propio, autor de más de 30 obras, ganador del Goncourt o del premio de novela de la Academia Francesa, entre otros. En España se han publicado recientemente, además de la citada Dora Bruder, En el café de la juventud perdida, Reducción de condena y Calle de las tiendas oscuras. Confiesa con naturalidad que escribe desde que tenía 20 años porque no sabe hacer otra cosa. No ha trabajado jamás en nada que no sea sentarse dos horas enfrente de esa ventana y pasarse las 22 restantes del día pensando en las páginas que quedan. Sus novelas siempre son cortas y exactas, transcurren siempre en los años cuarenta o sesenta, en un París particular y vagamente irreal, dilatado, enorme, donde siempre hay garajes, adolescentes abandonados a su suerte que se agotan en brutales caminatas errabundas y adultos que se buscan unos a otros como dentro de un laberinto: un verdadero territorio mítico que comparte con el París real los nombres de las calles y la ubicación precisa de los números. Él mismo es un maniático de la topografía parisina y si uno le menciona una calle cualquiera no es raro que Modiano no sólo la conozca, sino que la haya recorrido o la hayan recorrido sus personajes.
En Calle de las tiendas oscuras hay un detective sin memoria que busca su propio pasado; en En el café de la juventud perdida todos los personajes se preguntan lo que fue de una chica que les impresionó; en Dora Bruder usted mismo se convierte en un investigador... ¿No le da la impresión de escribir continuamente la misma novela?
Sí, sí. Yo ya me he dado cuenta de que me repito: siempre es alguien que busca a alguien, o alguien que intenta recuperar las huellas de alguien. Siempre es así. Y siempre es inconsciente. Luego me digo: mira, esto ya lo has hecho. Las cosas vuelven. Es por un sentimiento íntimo de ausencia, de abandono. Por eso intento buscar las huellas de las personas.
Se ha dicho que en su infancia está la clave de toda su obra.
Puede ser. Pero no es por una especie de nostalgia de la infancia. Es más por las cosas que yo he observado y que me impresionaron durante aquel tiempo. Hay una clase de atención especial, que hace que las cosas te impresionen fuertemente cuando eres un niño. Además, ese periodo para mí es triste. Sé que hay niños felices, pero mi infancia fue triste. Además, hay conversaciones que no entiendes bien y que te dan miedo. Cuando yo era niño me paseaba solo por París. Eso era impactante a esa edad porque normalmente a los niños no les dejan pasearse solos. Yo podía. Experimentaba al mismo tiempo miedo y curiosidad. Por eso la infancia: por esas primeras imágenes que te impresionan para siempre.
En casi todas sus novelas los personajes sienten un deseo imperioso de escaparse, de dejar atrás la vida que llevan y que cargan como un fardo que no les pertenece.
Esas escenas también provienen de cosas que yo he vivido cuando era niño o adolescente. Provienen del sentimiento de estar encerrado (yo estuve muchos años en internados un poco carcelarios). Además, les suceden por lo general a personajes adolescentes, que tienen entre 17 y 20 años, un periodo en el que por entonces, al menos en Francia, no eras un adulto porque no tenías la mayoría de edad legal pero tampoco eras un adolescente. Tenías la sensación de que todo lo que podías hacer en el mundo era algo clandestino, de que todo estaba prohibido. Yo mismo me he fugado, me he escapado, he hecho esas largas caminatas de adolescente sin parar por París, con una sensación de vértigo.