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miércoles, 27 de mayo de 2009

Ficticios, sincronizados y extraterrestres

Andrés Neuman visto por Sciammarella. Fuente: El País.
Lo que sigue es un extracto del discurso "Ficticios, sincronizados y extraterrestres", pronunciado por el premio Alfaguara Andrés Neuman:
"La historia", escribe Claude Adrien Helvetius, "es la novela de los hechos". "Y la novela", añade, "es la historia de los sentimientos". Desde esta perspectiva, todas las novelas son históricas. No sólo porque toda narración propone un marco histórico explícito o implícito, sino porque además los sentimientos, a los que a veces les atribuimos una incontaminada eternidad, se transforman a lo largo de las épocas.
La historia no es un tema ni un momento: es lo que condiciona nuestra aproximación al tema y lo que asocia los momentos. Nunca antes había intentado escribir una novela que sucediese fuera de mi siglo, que era y sigue siendo mi foco de interés. Pero siempre me ha parecido absurda la manía de dividir las novelas entre las que suceden ahora (...), antes y (...) después. Las novelas, ante todo, están bien o mal escritas. Y su vigencia (...) no depende de cuándo tienen lugar sus argumentos. Hay novelas de actualidad que son conservadoras. Novelas futuristas que parecen antiguas. O novelas sobre el pasado que discuten los problemas y el lenguaje del presente. La curiosidad por estas últimas me condujo a escribir El viajero del siglo.
La imaginación hace preguntas para que la ficción estudie lo real. Regresemos al viejo organillero y al viajero misterioso, a quien llamaremos Hans. Mientras imaginaba su encuentro, me pregunté cuándo podría tener lugar. Y pensé que lo justo sería que ambos se encontrasen el mismo año en que Wilhelm Müller publicó el Viaje de invierno. Ese año era 1827, que resultó ser también el de la muerte del poeta. Entonces me pregunté dónde podrían encontrarse Hans y el organillero. Y pensé que lo justo sería que lo hicieran a medio camino entre Dessau, la ciudad natal de Müller, y Berlín, la ciudad donde estudió. Entonces me pregunté cómo sería la Alemania de aquel tiempo. Y me puse a estudiar la vida cotidiana de la época, sus costumbres sociales. Entonces me pregunté por los salones literarios y sus anfitrionas, por aquellas mujeres educadas entre la vindicación de los derechos de la mujer y las contradicciones misóginas de la Revolución Francesa, por la generación de Mary Shelley o George Sand. Y me puse a inventar el salón de Sophie, la otra protagonista de la novela, con quien Hans mantendrá una pasión conflictiva y basada en la traducción. Entonces me pregunté por la política europea de esos años. Y me di cuenta de que, en muchos sentidos, la Europa de la Restauración era el principio de la nuestra. Retorciendo a Vargas Llosa, si nos preguntáramos en qué momento se jodió Europa, la respuesta sería: en el siglo XIX.
La Europa conservadora de la Restauración y los valores retrógrados de la Santa Alianza fueron posibles por el fracaso de Napoleón, que empezó proponiendo derechos, constituciones, libertades, y acabó convertido en un emperador que invadía países y pretendía poderes ilimitados. Hoy pasa algo parecido a nivel mundial. Los proyectos de la izquierda revolucionaria han degenerado en lamentables dictaduras o caudillos omnipotentes. Sobre las ruinas de ese desengaño se han aliado las potencias neoliberales que dirigen lo que llamamos Occidente, con la Europa del Vaticano, las multinacionales y la xenofobia a la cabeza.
Mi intención, sin embargo, no era escribir un testimonio académico ni una crónica realista. Yo quería escribir un libro raro. Una novela futurista del pasado. Una ciencia-ficción rebobinada. Por eso la novela no narra ningún acontecimiento histórico, ni presenta un solo personaje que haya existido realmente. Y por eso Wandernburgo, la ciudad donde transcurre, es una ciudad imaginaria. (...) Un ángel exterminador a escala europea. Espero que Buñuel esté muerto de verdad. De lo contrario, le pido mil disculpas.

Andrés Neuman recibe el Alfaguara

Andrés Neuman, a la derecha, recibe el Premio Santillana de manos de Ignacio Polanco, presidente del Grupo PRISA.- LUIS SEVILLANO
Luis Goytisolo, presidente del jurado del premio Alfaguara de Novela que hoy recibió el argentino Andrés Neuman, dice que la obra ganadora es una novela "de tono decimonónico pero con la ambición de los maestros del siglo XX". 175,000 dólares le fueron entregados hoy a Neuman, quien abrió su discurso de agradecimiento diciendo: "En la casa de mi infancia había música. Mejor dicho, la casa era de música". Leemos en la nota de El País que el padre de Neuman tocaba el oboe. Su madre, el violín. Los dos hablaban de Schubert. Y sonaba el Viaje de invierno, la historia de un viajero con vocación extranjera, "sin ganas de norte", que sólo se detiene ante un viejo organillero. Hasta ahí la música de Schubert. La imaginación de Neuman hizo lo demás. Al viajero le inventó un amor y a todos, una ciudad ficticia. Y se puso a escribir El viajero del siglo. Por el camino murió su madre y él pensó en dejarlo. Continuó. "Como ese viajero que camina para averiguar adónde va, hoy siento que ya sé para qué seguí escribiendo: para poder dedicarle la novela a mi madre", dijo.
"La literatura del siglo XXI pertenecerá a Neuman y a unos pocos de sus hermanos de sangre", dijo una vez Roberto Bolaño. Y ahora todos, no solamente por el premio sino también por el discurso de Neuman, están empezando a entender por qué lo dijo. Dice la otra nota en El País:
¿Y de qué hablan Neuman y esos "hermanos de sangre" llamados a comerse el futuro? El autor de El viajero del siglo trató de responder a esa pregunta: "Durante buena parte del siglo pasado, la mejor literatura latinoamericana se sintió obligada a retratarse a sí misma. Como si se mirase a través de lo que otros esperaban ver en ella". Y otra pregunta: ¿Qué ha cambiado hoy? "Quizás el abandono del propósito de encarnar determinadas esencias nacionales y políticas. Las primeras tienen que ver con la idea de patria y exilio en su sentido ortodoxo. Las segundas, con cierta forma de entender el compromiso político. Que no se está perdiendo, sino reformulando".
Neuman cerró su discurso con una carta a unos extraterrestres hipotéticamente interesados en estudiar a una generación de escritores de ida y vuelta. Emigrantes americanos en Europa descendientes de emigrantes europeos en América. Autores que, como él, escriben en "un castellano de todas partes y ninguna, que es la lengua natural de muchos emigrantes y de su mundo movedizo". Antes de la carta, el escritor señaló la "desterritorialización" como rasgo determinante de los nuevos autores latinoamericanos: "La literatura en español puede aspirar, al igual que otras grandes literaturas (como la norteamericana) u otras lenguas (como el francés o el alemán), a simbolizar cualquier espacio, a ser una metonimia del mundo. Puede que, desde los años noventa, la sensación de muchos nuevos autores sea ésa: el desprejuicio territorial. Esto lo han reflejado situando sus historias en lugares remotos, o bien proyectando una mirada extranjera sobre lugares teóricamente propios".

jueves, 18 de diciembre de 2008

Tres veces primer libro

El escritor argentino Andrés Neuman
Por Andrés Neuman
Siempre hay una primera vez para todo. Pero en literatura, que es un oficio de asombros, todas las veces parecen la primera. Por eso recuerdo haber publicado al menos tres primeros libros. Quizás un escritor publica para eso: para quedarse con las manos vacías y enfrentarse de nuevo a la incesante, gozosa incertidumbre de la primera vez.
1º. Era la primavera de 1997. Yo tenía muchísimo entusiasmo, 20 años y 200 cuentos pésimos. En Granada, la ciudad donde vivo, acababa de inaugurarse una pequeña editorial llamada Sureste Narrativa. La dirigía José Vicente Pascual, quien mostraba una inexplicable paciencia con mis textos imberbes. Pascual me invitó generosamente a reunir mis cuentos (él dijo los mejores, hoy yo diría los menos ilegibles) en un volumen que se publicaría a finales de ese año. Recibí su propuesta con alborozo y vértigo: ¿cómo sería eso de tener lectores? Me puse temblorosamente manos a la obra y, al cabo de unos meses de noches en vela, los cuentos quedaron listos para su edición. El poeta Álvaro Salvador, que me había dado clases en la facultad, tuvo la amabilidad de escribir la contraportada. Para entonces, la colección no iba camino de batir récords, o quizá sí: el último título había vendido siete ejemplares. Al filo del invierno, mi primer libro se distribuyó en las librerías de Granada. El libro se llamaba Pertenecí, título que terminaría resultando profético: seis meses después Sureste Narrativa cerró por problemas de presupuesto. El libro se saldó y mis cuentos pasaron a un benévolo limbo. Si no recuerdo mal, las ventas alcanzaron la entrañable cifra de 180 ejemplares. Contando las decenas que compró mi madre.
2º. Al año siguiente, el poeta granadino Miguel Ángel Arcas daba sus primeros pasos con Cuadernos del Vigía, que hoy dispone de un exquisito catálogo. En aquel momento la editorial sólo publicaba plaquettes de poemas, y Arcas apostó por poetas muy jóvenes que pronto se convertirían en nombres destacados de la nueva generación. Tuve la suerte de participar en esa colección con un librito llamado Simulacros, título de nuevo profético. A mediados de 1998 se celebró la presentación de mis primeros poemas, y sucedió algo divertido. Allí estaba mi altruista editor, allí estaba Luis García Montero (que se había tomado la molestia de presentar el acto), la sala estaba llena, pero el libro no venía: habían surgido problemas en la encuadernación. Ninguno había traído los poemas impresos, así que tampoco disponíamos de los textos. Tras varias llamadas desesperadas a la imprenta, nos miramos con nerviosa complicidad y decidimos dar comienzo a la presentación. Debatimos. Contamos chistes. Recitamos versos de memoria. Y le anunciamos al público que acababan de asistir a una performance titulada Simulacros. Todo el mundo pareció encantado. A la salida del acto, un señor sudoroso llegó corriendo con una caja de libros. Al ver que mi libro existía, la gente se quedó decepcionada.
3º. A principios de 1999, yo acababa de terminar una novela que estaba seguro de que jamás se publicaría: me conformaba con que algún novelista admirado aceptase leerla para señalarme los errores. Ese autor fue el excelente Justo Navarro, quien no sólo leyó la novela con insólita diligencia, sino que además me instó a mandarla nada menos que a Anagrama. Me pareció un disparate. Pero como la literatura es un oficio disparatado, seguí su consejo y presenté Bariloche al premio Herralde, en cuyo jurado estaba un para mí desconocido Roberto Bolaño. Cuando escuché por teléfono la voz del colosal Herralde comunicándome que había sido finalista, me acordé de mis anteriores primeros libros y tuve un ataque de risa. No dejamos jamás de ser un poco vírgenes.
Tomado de El Cultural