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miércoles, 8 de mayo de 2013

Castellanos Moya: "La literatura nace de la infelicidad y de las crisis"


En Argentina entrevistaron recientemente a Horacio Castellanos Moya, quien habló de la crisis como un posible motor generador de nueva literatura, y de la guerra en El Salvador, un tema que le ha pasado por la mente pero que sólo bordea en sus novelas. La entrevista aparece sin crédito pero es de El Universal:

El escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya asegura que la literatura "nace a partir de la infelicidad y de las crisis", por lo que la situación que atraviesa actualmente Europa puede representar una oportunidad para que los autores "enfrenten los momentos extremos del ser humano".
"El no estar acostumbrado a estar en crisis; el considerar que tu nivel de vida era infinito, que no iba a cambiar, y de pronto las reglas del juego cambian radicalmente, eso obliga a un autor a replantearse todo", explicó Castellanos en una entrevista con Efe en Buenos Aires.
El escritor nacionalizado salvadoreño, aunque natural de Honduras, se encuentra estos días en la capital argentina, donde ha presentado su última novela, "El sueño del retorno", en la Feria Internacional del Libro.
"En el caso latinoamericano, nosotros surgimos de las crisis -prosigue Castellanos-. Yo me formé como escritor a la sombra de una guerra civil y he vivido siempre en crisis. Que se hunda una economía no me parece nada excepcional: he vivido muchos hundimientos y creo que los latinoamericanos lo vemos así".
Afincado en la actualidad en Estados Unidos, el escritor ha vivido en muchos países, a uno y otro lado del Atlántico, y por eso analiza con perspectiva los cambios "intensos" que se están dando en el mundo.
Unos cambios que también afectan al mercado literario y, concretamente, al español, "que fue durante muchos años un mercado estable y referencial, a partir del cual se proyectaban las obras hacia los países de habla castellana".
"Ahora eso está cambiando de una manera acelerada, porque España ha entrado en una crisis y no se sabe qué va a suceder. La reducción del mercado, de la capacidad de compra, es brutal", afirma.
Sin embargo, explica Castellanos, "en la medida en que la crisis se profundice en España, al igual que la concentración del capital y de las editoriales y se deje de dar el nivel de consumo que existía anteriormente, Latinoamérica tendrá una mayor presencia, porque no está sufriendo los mismos tipos de variables económicas".
El escritor asegura que su obra no surge de ese tipo de crisis, ni de una intensa investigación de un momento en concreto de la historia, sino de "impresiones que afectaron a mi aparato perceptivo y me dejaron herido. Situaciones en las que me veo involucrado emocionalmente".
"Es como algo que empieza a sonar en el oído. Hay una imagen, una voz o una sensación que poco a poco se va acumulando y de ahí sale una historia", dice.
Historias como la de Erasmo Aragón, el protagonista de "El sueño del retorno", con el que comparte anécdotas de vida, "pero no la manera de ver y enfrentar el mundo".
"No es un libro autobiográfico. Utilizo algunas anécdotas mías, cosas que me han sucedido, pero distorsionadas y exageradas a partir de las necesidades del personaje, que tiene una psicología muy particular", asegura Castellanos.
El Salvador y la Guerra Civil que sufrió ese país entre los años 1980 y 1992 siempre están presentes de alguna manera en su obra, aunque sea de manera lateral, o como dice él, "por los bordes".
"Me formé en El Salvador y viví todo mi exilio mexicano, que duró diez años, atento a lo que pasaba con la guerra, porque era una guerra que afectaba a todo", indica.
Por eso -añade-, "mi literatura siempre está relacionada con esos años de mi vida, con esas experiencias y esas situaciones. Este libro, 'El sueño del retorno', transcurre en México, pero el personaje es un salvadoreño que está pendiente de lo que sucede en su país".
Sin embargo, Castellanos no se anima a escribir una novela que tenga como argumento específico la guerra que se vivió en el país centroamericano.
"Lo de escribir una novela de guerra es algo que mucha gente se plantea. Yo nunca lo he hecho, aunque mis historias siempre van circulando alrededor de ella. Pasa por mi mente, pero no es algo que me obsesione. No me lo planteo como un desafío personal", concluye.

viernes, 1 de marzo de 2013

Pédro Páramo: un susurro al oído de Rulfo


Un artículo de Horacio Castellanos Moya publicado en la revista Iowa Literaria que habla sobre Juan Rulfo y el peso de haber escrito Pedro Páramo, una novela con la que el narrador mexicano se libraba de "una gran ansiedad" y que quizá le fue "dictada al oído":
1. En días recientes he visto de nuevo las entrevistas hechas a Juan Rulfo por la televisión española a finales de la década de los setentas y también en 1983, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias. Hosco, de pocas palabras, sin ningún interés por parecer simpático o ganarse a la audiencia, Rulfo habla –con desgano, iba a decir, pero es en verdad molestia, fastidio– del escritor que fue y de la obra que escribió. La lambisconería de los entrevistadores nada más acentúa su mueca de disgusto. Le hablan de alguien que él ya no es y de algo que él ya no hace; solo expresa visos de emoción cuando se refiere a su labor como fotógrafo o como editor en el Instituto Nacional Indigenista en el que laboró durante las últimas décadas de su vida. Hubo un momento en que, mientras miraba una de las entrevistas, se me vino a la cabeza Arthur Rimbaud, un poeta que escribió un par de libros geniales y enseguida dejó de ser lo que era y se metamorfoseó. ¿Cómo hubiera reaccionado Rimbaud si en los últimos años de su vida un periodista lo hubiese abordado para que hablase en detalle de su obra y de sus años literarios? Rulfo no tenía el espíritu de aventura del joven francés: ni se largó al cuerno de África ni se metamorfoseó en traficante de armas, sino que nada más guardó silencio, abandonó la escritura sin mayor aspaviento, con la estrategia del zorro, tal como lo describe Augusto Monterroso en La Oveja Negra. Su recompensa fue ser testigo, al paso del tiempo (“unos 1.000 ejemplares tardaron en venderse cuatro años”, contaba el autor), del inmenso éxito de su obra; su calvario fue tener que hablar de Pedro Páramo el resto de su vida, explicar por qué ya no había escrito otra novela como esa y por qué no se dedicaba a ello. El silencio de Rimbaud y Rulfo tiene que ver, creo yo, con el hecho de que fueron escritores “médium”, cuyas obras no fueron producto de un proceso de acumulación paulatino sino que les fueron “dictadas” y las escupieron como si fuese un bocado envenenado. “Ignoro todavía de dónde salieron las intuiciones a las que debo Pedro Páramo. Fue como si alguien me lo dictara. De pronto, a media calle, se me ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules”, explica Rulfo en un artículo que escribió cuando se conmemoraban los treinta años de la novela. Y agrega: “El mérito no es mío. Cuando escribí Pedro Páramo sólo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se sufre en serio”.
Pedro Páramo, 1a edición
Pedro Páramo, 1a edición
2. La primera vez que leí Pedro Páramo, unas tres décadas atrás, lo hice con mis prejuicios de entonces hacia la literatura regionalista, hacia esos mundos rurales que no me entusiasmaban ni me decían nada, hacia una obra que reflejaba el México provinciano y postrevolucionario que había sido dejado atrás por la pujanza modernizadora, una novela que rememoraba un mundo de revolucionarios y cristeros lejano a la estabilidad priísta de finales de la década de los setentas, una novela escrita ciertamente con un alto vuelo poético y una gran libertad narrativa, pero cuya principal novedad consistía en que sus personajes eran ánimas y ecos, lo que la hacía diferente de las demás novelas regionalistas que la precedieron en Latinoamérica. Mucha agua ha corrido bajo el molino desde entonces. Releer Pedro Páramo de cara al México actual, desgarrado por la violencia y la guerra, es una experiencia impresionante: la primera idea que nos tienta es que la historia es cíclica, que su aparente linealidad es pura forma: Comala puede ser ahora cualquier pueblo en Tamaulipas o en Chihuahua o en Michoacán, diezmado de pobladores por los enfrentamientos armados entre bandas de narcotraficantes, las policías y el ejército, y en el que sólo deambulan las ánimas y los ecos. Comala está profundamente enraizada en la tierra, impregnada del paisaje y del cielo mexicanos, pero también está en un espacio más allá, como suspendida en el aire; es un pueblo que pertenece a un tiempo histórico preciso, pero también está fuera del tiempo. Y lo mismo sucede con los personajes a los que Rulfo les abre las vísceras: expresan la mentalidad, la forma de ver el mundo, del mexicano, pero también están en otro espacio y en otro tiempo. El retrato de época que sin duda hay en la novela es nada más la envoltura dentro de la cual efervescen los temas inmanentes al hombre: el origen del mal, la naturaleza del alma, el enigma de la muerte. La ruptura del espacio y del tiempo es lo que hace de Pedro Páramo una obra inusitada, porque esa ruptura no se da a partir de elaboraciones intelectuales sino a través de lo cotidiano y lo fantasmagórico. Su actualidad es quemante: la actualidad de la muerte.
3. Que la agonía de la muerte es distinta a la muerte en sí misma es algo evidente. A la primera tenemos acceso, podemos ser testigos, constatar el proceso, escuchar y ver el dolor y la desesperación; de la segunda nada sabemos: inventamos las religiones para suplir esa absoluta ignorancia, para resignarnos ante la contundencia de lo desconocido. Dos grandes novelas que retratan la agonía de la muerte son Bajo el volcán de Malcom Lowry y La muerte de Virgilio de Hermann Broch (que en verdad debió, con mayor precisión, haber sido titulada “La agonía de Virgilio”); en muchas otras obras no faltan excelentes escenas de personajes agonizantes, como en el famoso cuento de Ambrose Bierce, “An Ocurrence at Owl Creek Bridge”. Pero la novela de la muerte es Pedro Páramo. Así, a secas. Dante bajó de la mano de Virgilio a los infiernos de la teología cristiana, y luego subió a su purgatorio y a sus cielos. Rulfo no necesitó ningún guía iluminado: puso a un muerto, Juan Preciado, a que nos contara la muerte. Tampoco necesitó ninguna teología: el infierno está aquí, es esto, lo único que conocemos, lo cotidiano (como le dice Susana San Juan a Justina: “Yo sólo creo en el infierno”), y la muerte también está aquí, en nuestras narices, aunque no podamos verla o nos neguemos a reconocerla. Y la gran novela sobre la muerte sólo podía ser escrita en un país que le rinde un culto insólito y profundo, cuyos más exacerbados cultores la llaman la “Santa Muerte”. Rulfo fue, pues, su médium, un novelista bisoño que se proponía escribir una historia sobre el recuerdo de una niña que vio en su infancia, y que se convertiría en el personaje Susana San Juan, y que terminó escribiendo la historia que le susurró la propia muerte al oído.
4. La vigencia de los personajes y del mundo creados por Rulfo asombra. Por un lado, con Pedro Páramo reveló el arquetipo del cacique mexicano, más allá de las épocas; ahora puede tener el nombre de cualquier jefe del narcotráfico, o de cualquier presidente municipal o gobernador perfumado; su esencia pútrida emana de la impunidad (“¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros”, le dice a su capataz), y ésta impunidad a su vez genera crueldad y cinismo. Por el otro lado está el arquetipo de las desposeídas, a quienes hasta en la muerte sólo les queda la resignación; las sirvientas que funcionan como un coro de Esquilo relatándonos la tragedia de Pedro Páramo y su amor imposible por Susana San Juan, y que ahora podrían ser las madres de las víctimas de la guerra. El México que Rulfo retrata es el de ayer y el de hoy. Por eso la influencia de la novela rebasa géneros. ¿Si no cómo entender la película El infierno (2010), esa macabra parodia de la guerra del narco, dirigida por Luis Estrada, que desde su mismo título (“Me cae que esta vida es el cabrón infierno”, dice unos de sus personajes) reproduce tantos símbolos rulfianos?
5. Pero Pedro Páramo es antes que nada un lenguaje, una prosa. Rulfo era un escritor con un oído y una vista privilegiados, y sobre todo con un sentido de la contundencia y de la concisión que sólo pudo lograr gracias a que cepilló como carpintero febrilmente una y otra vez sus frases. Rulfo explicó que la versión original de la novela tenía trescientas páginas y que finalmente la dejó en ciento cincuenta. La muerte le habló al oído, ciertamente, y le contó la historia, pero sin ese oficio riguroso con el lenguaje, sin esa pasión del orfebre, sin ese apretar y retorcer las frases hasta que gotearan las últimas palabras sobrantes, no tendríamos esa prosa que avanza a punta de restallidos. Las imágenes son implacables: Pedro Páramo era “un rencor vivo”; cuando le llevaron a uno de sus hijos, Miguel, recién nacido, “el muchachito se retorcía, pequeño como era, como una víbora”; la voz del ánima que le señala a Juan Preciado la casa de doña Eduviges “estaba hecha de hebras humanas”; el reloj de la iglesia da la hora “como si se hubiera encogido el tiempo”; cuando Juan escucha a los hermanos incestuosos cree descubrir que “las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban”; antes de esfumarse, Damiana dice que “cada suspiro es como un sorbo de vida del que uno se deshace”. Y así, cada página del libro se puede espulgar, y lo que sorprende es que el lenguaje logra ese altísimo vuelo sin rebuscamientos, con el habla de todos los días, gracias a una impresionante condensación de las emociones. Detrás de cada imagen hay una idea o intuición, y detrás de éstas, el sedimento de una emoción: el desamparo, el dolor, la crueldad, la impotencia, el rencor. Un lenguaje sin adornos, hecho de silencios; un lenguaje con el que Rulfo consigue hacernos oír “el quejido de un muerto”.

domingo, 13 de enero de 2013

La sirvienta y el luchador, de lo mejor del 2012

Horacio Castellanos Moya y la portada de su novela.
Una buena noticia para empezar el 2013 es que la última novela de Horacio Castellanos Moya, La sirvienta y el luchador (Tusquets), integra la lista de la revista colombiana Arcadia de los tres mejores libros del 2012 en este género, junto a un novelista de origen nigeriano y otro brasileño. A continuación, una reseñita que hacen de la novela:
Esta es una historia que gira sobre un único eje incontrolable: la violencia. El Vikingo, el luchador, un viejo campeón de lucha libre, ya derrotado, olvidado, malvive sus últimos años trabajando en la Policía. Lleva una vida monótona, lleno de frustraciones y rencores. Custodia presos y retenidos, por lo general comunistas, que luego son torturados en las profundas mazmorras del régimen en el Palacio Negro. Estos detenidos tienen familias, gente que los busca. María Elena, la sirvienta, busca a sus patrones y en ese proceso es testigo de las más terribles vejaciones. Empieza entonces una sed de verdad y la necesidad de encontrar y defender a los desaparecidos. Toda su historia y la del Vikingo devienen una poderosa metáfora sobre la impotencia de los marginados y la brutalidad de la violencia política. Con su vibrante y estricta prosa, y unos diálogos secos y contundentes, dignos herederos de Rulfo, el salvadoreño Castellanos Moya cuenta una vez más la misma historia que lo obsesiona: una donde el relato oficial se desdibuja para revisitar, a través de los sentimientos más secretos, las zonas oscuras del pasado reciente de Centroamérica.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Castellanos Moya: Violencia y ficción en L.A.

"Lo que es vicioso y maligno para el hombre y la sociedad constituye muchas veces el alimento principal para la creación literaria. Lo que es negativo para las sociedades latinoamericanas puede que sea el principal nutriente de su literatura. ¡Cuidado!: esta es una idea peligrosa si se asume de manera simplista, sin gradaciones ni matices: nadie necesita encontrarse un cuerpo descuartizado a la puerta de su casa para escribir una buena novela; nadie necesita sufrir la violenta pérdida de un ser querido para tener un tema para su próximo cuento. Lo que quiero decir es que no se escriben obras artísticas relevantes a partir de la felicidad y la autocomplacencia, de la inercia propia de quien cree haber arribado al punto de llegada, a la “meta” de la historia, y que el círculo vicioso de la violencia, y los esfuerzos que las sociedades latinoamericanas hagan por salir de él, generan una vitalidad que seguirá encontrando cauces y enriqueciendo la ficción que se escribe en esa región. Y también quiero apuntar que, más allá de la violencia política y social, la ficción siempre tratará de ir más a fondo –eso es lo suyo–, de hacer esas incisiones verticales que con tanta maestría hizo Rulfo, a fin de detectar y reflejar esas otras violencias que se esconden en el corazón del hombre, que se parapetan en la máscara de la respetabilidad, que se refrenan bajo el rictus tolerante del ciudadano civilizado, pero que una vez que los controles colapsan salen a la superficie abruptamente, contundentes, como ha sucedido tantas veces en la historia y seguirá sucediendo. Es ahí donde está la llamada marca de Caín, en el corazón de la especie, y si el escritor trata de bajar por esas pendientes escabrosas, a veces abismales, donde se esconden los nidos de esas otras violencias, su obra será también un reflejo de ello".
Horacio Castellanos Moya. Fragmento de su ponencia "Violencia y ficción en Latinoamérica: ¿círculo vicioso o marca de Caín?", presentada en el “Primer Coloquio Internacional de Estudios latinoamericanos: Literatura y política. Perspectivas actuales”, que se llevó a cabo en la Universidad de Palacky, en la República Checa, del 4 al 6 de mayo recién pasado.
Para leerla completa, entre AQUÍ.

domingo, 11 de marzo de 2012

Literatura y violencia en C.A.


Rodrigo Rey Rosa y Horacio Castellanos Moya.
¿No les parece extraño que siendo Centro América una región bastante violenta, haya tan poca literatura girando alrededor de este tema? Horacio Castellanos Moya, Rodrigo Rey Rosa y Francisco Goldman, entre otros escritores, seguramente responderán a ésta y otras preguntas relacionadas durante el encuentro “Centro América y México: La lectura violenta”, que se desarrolla por estos días en Rosario, Argentina. En el diario El Clarín hablan del asunto:
“Esta raza está peleada con el conocimiento y con la curiosidad intelectual, estoy completamente seguro Moya, este país está fuera del tiempo y del mundo, sólo existió cuando hubo carnicería, sólo existió gracias a los miles de asesinados, gracias a la capacidad criminal de los militares y los comunistas, fuera de esa capacidad criminal no tiene ninguna posibilidad de existencia, me dijo Vega”. El profundo desprecio de Vega por su país, El Salvador, es volcado en un monólogo, una náusea en el libro El asco (Tusquets), de Horacio Castellanos Moya, que en una nota de advertencia aclara que ha suavizado algunos de los puntos de vista de su protagonista para no escandalizar a los lectores. “¿Cuáles son los mecanismos por los que se estetiza la violencia? ¿Cómo se piensa el cuerpo en la literatura latinoamericana del siglo XXI? ¿Cómo se piensa la muerte en la literatura latinoamericana del siglo XXI?” son algunas de las preguntas que se propone responder el encuentro “Centro América y México: La lectura violenta”, organizado por el CCEBA y el Centro Cultural Parque de España de Rosario. Castellanos Moya (foto) será uno de los autores que vendrá a darle vueltas a ese gran interrogante centrado en la manera en que los escritores utilizan el material que le es cotidiano para hacer literatura. Participarán autores argentinos como Cristian Alarcón, Gabriela Cabezón Cámara y Luis Diego Fernández, entre otros. Así como Rodrigo Rey Rosa, de Guatemala, Martín Solares, de México y el estadounidense Francisco Goldman. Programación completa en http://www.cceba.org.ar/.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Una vida en zozobra permanente


Horacio Castellanos Moya y su novela La sirvienta y el luchador.
¿Alguna vez podrá escribir sobre un país en paz?
"Creo que yo no veré esa paz. El gran problema es que una sociedad vive aterrorizada por la violencia política y cuando se logra una cierta normalidad, vive aterrorizada por la violencia criminal. Cuando todo esto alcanza a dos o tres generaciones es difícil desmontar los mecanismos del terror. Centroamérica vive el cansancio de una vida en zozobra permanente".
Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) en esta nota de El País, que habla sobre su novela más reciente, La sirvienta y el luchador (Tusquets, 2011). 

viernes, 22 de enero de 2010

HCMoya: el rabioso alegre



Horacio Castellanos Moya
Acaba de aparecer la traducción al japonés de su novela Desmoronamiento. La presentó en diciembre en Tokio (donde actualmente reside). Horacio Castellanos Moya sigue conquistando lectores por todos lados. Y esto ocurre especialmente en Sudamérica, en donde parece que lo están descubriendo hasta ahora, desde que el año pasado (creo) empezara a circular por ahí su novela El asco. En Argentina, particularmente, le hacen entrevistas a cada rato, como ésta de Roka Valbuena que encuentro en criticadigital.com y que comentamos ahora.
Le preguntan a Horacio por la rabia, y él contesta:
Soy muy poco consciente de la rabia. Pero me sucede, claro.
Y más adelante agrega:
–No pienso mucho en la rabia. Y, de hecho, quizá se sorprenda, pero escribo con alegría. Sí, sí, yo escribo con humor. Se imaginará que si escribiera con rabia estaría rasgando las paredes. El humor impide que me meta en un pozo. Yo pienso que la rabia sin humor puede ser una rabia impostada.
Le preguntan por el lenguaje en sus libros, y dice:
–Creo que la literatura es esencialmente el lenguaje. Y eso implica escribir con las palabras precisas. Es que no es necesario pasar por 250 páginas de una escena en que el personaje se rasca, se mira, se rasca otra vez un cojón, ese tipo de tonterías. Si una historia da para 35 folios, ya está. Es eso.
Luego el periodista hace una pregunta tonta (¿estamos hablando de literatura, no?): –¿Cree que es importante que el lenguaje tenga una intención artística? Y él, salvando por un instante la rabia que tal pregunta seguramente le provoca, contesta:
–Si escribo una frase, tiene que tener un sentido artístico. Pero en el último tiempo pienso que ha habido una involución del concepto de la escritura. En mi caso, cuando comencé a escribir, para mí la literatura era un arte y uno debía luchar por tener un conocimiento de los materiales. Y el material es el lenguaje. Hoy los jóvenes no se preocupan del lenguaje mismo. Hoy, muchas veces, se escribe literatura sin saber escribir.
A mitad de la plática, el periodista quiere jalar un poco para su corral: –¿Qué opina del fenómeno de la crónica, la no ficción?, y Horacio dice que "excelente", que "le gusta leer esos trabajos". Pero no cede el periodista: –¿Piensa que la no ficción superará en importancia a la ficción? Entonces el escritor lo pone en su lugar (y de paso pone en su lugar a todos esos periodejos que piensan cosas parecidas):
–Ey, amigo, cada cosa es cada cosa. La crónica no puede combatir con la ficción. La crónica envejece muy rápido. Un reportaje, por ejemplo, a Menem, de hace ocho años, ya no lo puedes leer con la misma pasión. Una novela es distinto. La virtud de una obra de arte es que pelea con el tiempo, se cree y se desea que perdure por los años. El que diga que la crónica vencerá a la ficción es porque no tiene ideas para escribir.
Y para terminar, hablemos de los bares y las mujeres: –¿Los bares no son tan buenos como antes, Horacio?
–Conozco los bares porque me pasé parte de mi vida allí. Son buenos paisajes para la literatura. Pero sí, ya no voy tanto.
–Perdone le pregunte… ¿le va bien con las mujeres?
–¿Por qué me pregunta?
–Los personajes de sus cuentos, al menos los hombres, fornican como conejos, Horacio.
–Es ficción, hombre, es ficción. Uno escribe justamente de cómo no es. Esos personajes duros, tipo Philip Marlowe, son justo lo que no puedo ser. A la literatura no hay que creerle tanto.
–¿No representará usted a uno de sus cuentos titulado “El gran masturbador”, no?
–En todo ser humano hay un gran masturbador. El ego sin masturbación no es ego, porque el ego es la capacidad de la fantasía.
–¿Es usted un gran masturbador?
–No con las manos, amigo. Soy un pajero de alma.

martes, 29 de diciembre de 2009

Mis mejores lecturas del 2009



Dibujo de Agente Artehormiga. Fuente: hcfacebook.
En Hermano Cerdo lo están haciendo de nuevo. ¡Vamos!
Excelentes las dos novelas cortas de Patrick Modiano que leí empezando el año: Calle de las Tiendas oscuras (Anagrama) y Dora Bruder (Seix Barral). Extraordinario poder de síntesis para contar historias que atraviesan la Historia de la mano de personajes que buscan algo y que al mismo tiempo se buscan a sí mismos. Ya saben: de lo mismo, pero esta vez con Modiano.

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, una intensa novela de aprendizaje que leí durante las pausas y las noches de mis días de más trabajo en agosto, con personajes que huyen de un mundo más o menos confortable para ir en busca de aventuras abajo de la frontera mexicoamericana.

Algo tiene Mario Levrero para que uno se empeñe en seguir leyendo sus “aventuras cotidianas” sin esperar nada más que, quizá, un pequeño accidente en su computadora, una visita o una conversación telefónica banal. Eso fue lo que me dije cuando llevaba por la mitad El discurso vacío (Debolsillo) y es lo que seguía pensando cuando leía La novela luminosa (Debolsillo). ¿Qué es lo que nos atrapa de esa “estética de lo cotidiano” de Levrero? Seguiré leyendo lo que encuentre de Levrero y seguiré, con absoluto placer, preguntándome lo mismo.

Angosta (Planeta), una novela de Héctor Abad Faciolince que me hizo llegar un amigo desde Colombia, plantea la situación de un país, Angosta, con una política que establece tres castas: los dones, los segundones y los tercerones, y en el que se dan cita todas las posibilidades sociales, culturales y políticas de Latinoamérica. La violencia y la exclusión podrían ser sus temas predominantes, pero la novela no es sólo eso, porque también hay sexo, amor y aventuras; y todo con una prosa traviesa, juguetona, en la que la ironía está a cada vuelta de página.

Nocilla Lab es la novela que más me ha gustado de la trilogía de Agustín Fernández Mallo. El monólogo de la primera parte y el tema del escritor enfrentado con lo que podría ser su doble, más ese cómic del final en donde encontramos a Fernández Mallo y a Vila-Matas hablando de la desaparición… Se pregunta uno si seguirá produciéndose nocilla después de esto.

Horacio Castellanos Moya es un escritor que escribe desde la experiencia del exilio, ese casi destierro autoimpuesto que lo hace volver a sus orígenes, pero sólo en sus libros, con una mirada oblicua, casi pendenciera, para tratar de recuperar algo que no considera del todo perdido. En Con la congoja de la pasada tormenta (Tusquets) reúne casi todos sus cuentos. Una excelente puesta a punto de su trayectoria como cuentista, casi desconocida para los lectores en España.

¿Qué puede esperar uno al leer Historia argentina (Anagrama), de Rodrigo Fresán: una novela o un libro de cuentos? Yo diría que ambas cosas. Tomemos al azar cualquiera de sus capítulos y leámoslo como si fuera un cuento. O empecemos desde el principio y vayamos observando, de cuento en cuento, o de capítulo en capítulo, el particular modo que tiene Fresán de contar la historia de su país. Fresán tiene una escritura precisa, cada frase es una unidad autosuficiente y sugerente, y además, una perspectiva tan particular de ver el mundo que uno no quiere dejar la lectura o, una vez terminado el libro, no quiere leer por el momento otra cosa que no sea de Fresán. ¿Exagerado? Pero es que así me lo pareció.

Aprovechando el desempleo, me propuse leer la kilométrica El arco iris de gravedad (Tusquets), de Thomas Pynchon. Tres semanitas en las que agoté una lámpara, dos botes de Nescafé, unas cuantas madrugadas y un buen porcentaje de mi capacidad de visión. Pero ha valido la pena. Cómo no. Secuelas: 1: cuando pasa un avión o cuando sopla el viento de la Tramuntana pienso que puede tratarse de un cohete. 2: cuando tengo una erección espontánea pienso que se acerca un cohete. 3: caen cohetes en mis sueños. Loor a ti, Thomas Pynchon.

Desde hace tiempo venían llamándome, desde una estantería de la biblioteca de Figueres, los tres volúmenes de Tu rostro mañana, de Javier Marías. El miércoles me llevé a casa el primero, subtitulado "Fiebre y lanza", que leí entre las fiestas de Nochevieja, las cervezas y la goma. Lo devolví el sábado y saqué ahí mismo el segundo volúmen, subtitulado "Baile y sueño", que ya estoy leyendo con el mismo placer con el que leí el anterior. Tiene una prosa envolvente esa novela, una prosa sensual, poética en muchos momentos. No se les ocurra no leerla. Aunque debo advertirles que no podrán soltarla una vez llegue a sus manos.

martes, 10 de noviembre de 2009

El mito Bolaño en USA



Bolaño en su época infrarrealista. Fuente: garciamadero.blogspot.com

Horacio Castellanos Moya me envía la versión completa de un texto suyo que habla sobre Roberto Bolaño y las posibles razones de su éxito póstumo en Estados Unidos. De ninguna manera se trata de restar mérito a la obra de Bolaño sino tan sólo de analizar el contexto y darse cuenta de que para que un escritor de calidad indiscutible como él consiga triunfar en el mercado editorial estadounidense no basta con eso, con la calidad, sino que es necesaria también otra circunstancia, y que esta circunstancia sea bien aprovechada por sus editores. Leamos:
Me había propuesto no volver a hablar o escribir sobre Roberto Bolaño. Ha sido objeto de demasiado manoseo en los dos últimos años, sobre todo en cierta prensa estadounidense, y me dije que ya bastaba de intoxicación. Pero aquí estoy de nuevo escribiendo sobre él, como un viejo vicioso, como el alcohólico que promete que esa es la última copa de su vida y a la mañana siguiente jura que sólo se tomará una más para salir de la resaca. Y la culpa de mi recaída la tiene mi amiga Sarah Pollack, quien me hizo llegar su agudo ensayo académico precisamente sobre la construcción del “mito Bolaño” en Estados Unidos. Sarah es profesora en la City University de Nueva York y su texto, titulado “Latin America Translated (Again): Roberto Bolaño’s The Savage Detectives in the United States”, será publicado en el próximo número de la revista trimestral Comparative Literature.

Albert Fianelli, un colega periodista italiano, parodia al doctor Gobbels y dice que cada vez que alguien le menciona la palabra “mercado” él saca la pistola. Yo no soy tan extremista, pero tampoco me creo el cuento de que el mercado sea esa deidad que se mueve a sí misma gracias a unas leyes misteriosas. El mercado tiene dueños, como todo en este infecto planeta, y son los dueños del mercado quienes deciden el mambo que se baila, se trate de vender condones baratos o novelas latinoamericanas en Estados Unidos. Lo digo porque la idea central del trabajo de Sarah es que detrás de la construcción del mito Bolaño no sólo hubo un operativo de marketing editorial sino también una redefinición de la imagen de la cultura y la literatura latinoamericanas que el establishment cultural estadounidense ahora le está vendiendo a su público.

No sé si sea mi mala suerte o si a otros colegas también les sucedió, pero cada vez que me encontraba en territorio estadounidense –podía ser en el bar de un aeropuerto, en una reunión social o donde fuera– y cometía la imprudencia de reconocer ante a un ciudadano de ese país que soy escritor de ficciones y procedo de Latinoamérica, éste de inmediato tenía que desenvainar a García Márquez, y lo hacía además con una sonrisa de auto suficiencia como si me estuviera diciendo “los conozco, sé de qué van ustedes” –claro que me encontré con otros más silvestres, que alardeaban con Isabel Allende o Paulo Coello, lo que tampoco hacía diferencia, porque se trata de versiones light y de autoayuda de García Márquez. En los tiempos que corren, sin embargo, esos mismos ciudadanos, en los mismos bares de aeropuertos o en reuniones sociales, han comenzado a desenvainar a Bolaño.

Otra idea clave de Pollack es que durante treinta años la obra de García Márquez con su realismo mágico representó a la literatura latinoamericana en la imaginación del lector estadounidense. Pero como todo se desgasta y termina percudiéndose, el establishment cultural necesitaba un recambio, hizo tanteos con los muchachos de los grupos literarios llamados Mc’Ondo y Crack, pero no servían para la empresa, sobre todo porque, como explica Pollack, era muy difícil vender al lector estadounidense el mundo de los iPods y de las novelas de espías nazis como la nueva imagen de Latinoamérica y su literatura. Entonces apareció Bolaño con Los detectives salvajes y su visceral realismo.

“Que nadie sabe para quien trabaja” es una frase hecha que me gusta repetir, pero también es una realidad grosera que me ha golpeado una y otra vez en la vida. Y no sólo a mí, estoy seguro de ello. Sigamos. Los cuentos y las novelas breves de Bolaño venían siendo publicados en Estados Unidos, con esmero y tenacidad, por New Directions, una muy prestigiosa editorial independiente pero de difusión modesta, cuando de pronto, en medio de las negociaciones para la compra de Los detectives salvajes, apareció, como surgida de los cielos, la poderosa mano de los dueños de la fortuna, quienes decidieron que esta excelente novela era la obra llamada para el recambio, escrita además por un autor que había muerto hacía muy poco, lo que facilitaba los procedimientos para organizar la operación, y pagaron lo que fuera por ella. La construcción del mito precedió al gran lanzamiento de la novela. Cito a Sarah Pollack: “El genio creativo de Bolaño, su atractiva biografía, su experiencia personal en el golpe de Pinochet, la calificación de algunas de sus obras como novelas de las dictaduras del Cono Sur y su muerte en 2003 a causa de una falla hepática a sus cincuenta años de edad, contribuyeron a ‘producir’ la figura del autor para la recepción y el consumo en Estados Unidos, incluso antes de que se propagara la lectura de sus obras”.

Quizá no haya sido yo el único sorprendido cuando, al abrir la edición norteamericana de Los detectives salvajes, me encontré con una foto del autor que no conocía. Es el Bolaño post adolescente, con la cabellera larga y el bigotito, la pinta de hippie o del joven contestario de la época de los infrarrealistas, y no el Bolaño que escribió los libros que conocemos. Celebré la foto, y como soy un ingenuo me dije que seguramente había sido un golpe de suerte para los editores conseguir una foto de la época a la que alude la mayor parte de la novela. (Ahora que los infrarrealistas han abierto su sitio web, varias de esas fotos se encuentran colgadas ahí, en las que descubro a mis cuates Pepe Peguero, Pita, el “Mac” y hasta al periodista peruano radicado en París José Rosas, de quien yo desconocía su pertenencia al grupo). No se me ocurrió pensar entonces, pues el libro apenas salía del horno y comenzaba el revuelo en los medios de Nueva York, que esa evocación nostálgica de la contracultura rebelde de los 60’s y 70’s era parte de una bien afinada estrategia.

No fue casual entonces que en la mayoría de artículos sobre el perfil del autor se hiciera énfasis en los episodios de su juventud tumultuosa: su decisión de salirse de la escuela secundaria y convertirse en poeta; su odisea terrestre de México a Chile donde fue encarcelado luego del golpe de Estado; la formación del fracasado movimiento infrarrealista con el poeta Mario Santiago; su existencia itinerante en Europa; sus empleos eventuales como cuidador de camping y lavaplatos; una supuesta adicción a las drogas y su súbita muerte. “Estos episodios iconoclastas eran demasiado tentadores como para que no fueran convertidos en una tragedia de proporciones míticas: he aquí alguien que vivió los ideales de su juventud hasta las últimas consecuencias. O como rezaba el titular de uno de esos artículos: ¡Descubran al Kurt Cobain de la literatura latinoamericana!”.

Ningún periodista estadounidense resaltó el hecho, advierte Sarah Pollack, de que Los detectives salvajes y la mayor parte de la obra en prosa de Bolaño “fueron escritos cuando éste era un sobrio y reposado hombre de familia” durante los últimos diez años de su vida, y un excelente padre, agregaría yo, cuya mayor preocupacion eran sus hijos, y que si al final de su vida tuvo una amante lo hizo en el más conservador estilo latinoamericano, sin atentar contra la conservación de su familia. “Bolaño aparece ante el lector (estadounidense), incluso antes de que uno abra la primera página de la novela (Los detectives salvajes), como una mezcla entre los beats y Arthur Rimbaud, con su vida convertida ya en materia de leyenda”. La mayoría de críticos ha pasado por alto que Bolaño no murió a causa de un exceso de drogas y alcohol, sino por una vieja pancreatitis mal cuidada que le inutilizó el hígado (fue lo que me explicó en Blanes, donde yo era el único que alzaba la copa y él sólo bebía té). Y que su caso es más semejante a los de Balzac y Proust, quienes tambien murieron a los 50 años de edad después de un esfuerzo de trabajo descomunal, que al de los ídolos pop estadounideses consumidos por la droga y el escándalo.

Digo yo que a Bolaño le hubiera hecho gracia saber que lo llamarían el James Dean, o el Jim Morrison, o el Jack Kerouac de la literatura latinoamericana. ¿Acaso no se titula la primera novelita que escribió a cuatro manos con García Porta Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce? Quizá no le hubiera hecho gracia saber los motivos ocultos por los que lo llaman así, pero esa es harina de otro costal. Lo cierto es que Bolaño siempre fue un contestatario; nunca un subversivo, ni un revolucionario involucrado en movimientos políticos, ni tampoco un escritor maldito (como sí lo fue su mentor de aquellos primeros años, el poeta veracruzano Orlando Guillén, pero esa es otra historia que espera ser contada), sino un contestatario, tal como lo define la Real Academia: “Que polemiza, se opone o protesta contra algo establecido”.

Fue contestatario contra el establishment literario mexicano –ya fuera representado por Juan Bañuelos u Octavio Paz– a principios de los 70’s; con esa misma mentalidad contestataria, y no con una militancia política, se fue al Chile de Allende (a propósito de ese viaje, que un periodista del New York Times ha puesto en duda, he llamado a mi amigo el cineasta Manuel “Meme” Sorto a Bayonne, Francia, donde ahora vive, para preguntarle si no es cierto que Bolaño pernoctó en su casa en San Salvador cuando iba hacia Chile y también a su regreso –el mismo Bolaño lo menciona en Amuleto– y esto es lo que Meme me ha dicho: “Roberto aún venía conmocionado por el susto de haber estado en la cárcel. Se quedó en mi casa de la colonia Atlacatl y luego lo llevé a la parada del Parque Libertad a que tomara el autobús hacia Guatemala”). Y se mantuvo contestatario hasta el final de su vida, cuando ya la fortuna lo había tocado y arremetía contra las vacas sagradas de la novelística latinoamericana, en especial contra el boom, a quienes llamaba, en un email que me envió en 2002, “el rancio club privado y lleno de telarañas presidido por Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y otros pterodáctilos”.

Fue esa faceta contestaria de su vida la que serviría a la perfección para la construcción del mito en Estados Unidos, del mismo modo que esa faceta de la vida del Che (la del viaje en motocicleta y no la del ministro del régimen castrista) es la que se utiliza para vender su mito en ese mismo mercado. La nueva imagen de lo latinoamericano no es tan nueva, pues, sino la vieja mitología del “road-trip” que viene desde Kerouac y que ahora se ha reciclado con el rostro Galel García Bernal (quien también interpreta a Bolaño en el film que viene, a propósito). Con la novedad de que, para el lector estadounidense, de acuerdo con Pollack, dos mensajes complementarios, que apelan a su sensibilidad y expectativas, se desprenden de Los detectives salvajes: por un lado, la novela evoca el “idealismo juvenil” que lleva a la rebeldía y la aventura; pero, por el otro, puede ser leída como un “cuento de advertencia moral”, en el sentido de que “está muy bien ser un rebelde descarado a los diecisiete años, pero si uno no crece y no se convierte en una persona adulta, seria y asentada, las consecuencias pueden ser trágicas y patéticas”, como en el caso de Arturo Belano y Ulises Lima. Concluye Pollack: “Es como si Bolaño estuviera confirmando lo que las normas culturales de Estados Unidos promocionan como la verdad”. Y yo digo: es que así fue en el caso de nuestro insigne escritor, quien necesitó asentarse y contar con una sólida base familiar para escribir la imponente obra que escribió.

Lo que no es culpa del autor es que algunos lectores estadounidenses, a través de Los detectives salvajes, quieran confirmar sus peores prejuicios paternalistas hacia Latinoamérica, según explica Sarah Pollack, como la superioridad de la ética protestante del trabajo o esa dicotomía por la cual los norteamericanos se ven a sí mismos como trabajadores, maduros, responsables y honestos, mientras que a los vecinos del Sur nos ven como haraganes, adolescentes, temerarios y delincuentes. Dice Pollack que, desde este punto de vista, Los detectives salvajes es “una muy cómoda elección para los lectores estadounidenses, pues les ofrece los placeres del salvaje y la superioridad del civilizado”. Y repito yo: nadie sabe para quien trabaja. O como escribía el poeta Roque Dalton: “Cualquiera puede hacer de los libros del joven Marx un liviano puré de berenjenas, lo difícil es conservarlos como son, es decir, como un alarmante hormiguero”.

Sangen-Jaya, Tokio, septiembre de 2009.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Escribir desde el exilio



Chaplin y Con la congoja de la pasada tormenta.

Giovanni Rodríguez

Con la congoja de la pasada tormenta. Horacio Castellanos Moya. Tusquets editores. 308 Págs. Barcelona. 2009.


Hay pocos nombres que se le comparen a Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, 1957) en el panorama actual de la literatura centroamericana. Rodrigo Rey Rosa, Sergio Ramírez y poco más. Y es paradójico que una consideración como ésta gane más adeptos afuera que dentro de nuestras fronteras. Una de las razones podría ser que en los últimos años las novelas de Castellanos Moya han tenido mayor difusión en España y en algunos países latinoamericanos, incluso con traducciones a varios idiomas y éxito de crítica internacional, antes que en la propia Centroamérica.

Y sin embargo con sus cuentos se ha producido el fenómeno inverso. Es posible que en Centroamérica y México algunos se hayan enterado de su trayectoria como cuentista, pero en el resto del mundo literario en español, el que a la larga viene a ser casi el único importante y que tiene que ver con las ediciones en España y su distribución en Latinoamérica, Castellanos Moya es un escritor en cuyo currículum identificamos, sumergido entre abrumadores datos relativos a la publicación de sus novelas, el dato curioso de haber publicado alguna vez en México, El Salvador y Guatemala algunos libros de cuentos. En este sentido, la reciente aparición de Con la congoja de la pasada tormenta es una saludable actualización a su trayectoria.

Están aquí reunidos “casi todos los cuentos” que Horacio Castellanos Moya ha publicado desde 1987 hasta 2007, en una edición que viene a saldar una deuda que su autor pudo haber contraído, sin querer, con sus lectores más recientes, pues habrá que recordar que los libros en los que estos cuentos aparecieron inicialmente son imposibles de encontrar actualmente en otro país que no sea El Salvador o Guatemala, en donde siguen reeditándose algunos con tiradas conservadoras.

Pero con este libro, repito, Castellanos Moya ha ganado una batalla al tiempo y a la memoria. Y nos ha traído 22 ficciones breves que no acusan el paso de ese tiempo pero que sí ubican en nuestra memoria, evocándolos, una serie de acontecimientos inherentes a nuestra historia centroamericana, y de paso, nos ofrece la visión de unos personajes marcados por la violencia y el horror y que se ven obligados a huir hacia territorios más habitables.

De todos los personajes narradores que encontramos en estos magníficos cuentos podríamos extraer uno que sería su denominador común: el hombre solitario, indolente, culto e intelectual, arisco, un hombre que prefiere “la soledad de un acostón eventual al amor que se vuelve rutina”.

Quedémonos entonces con ese personaje-denominador común en todos estos cuentos y comparémoslo con la atmósfera que se respira en cada uno de ellos. Así podríamos extraer la conclusión de que su actitud, su carácter esquivo, su temperamento tiene, efectivamente, razón de ser pues ha sido formado y pulido en ambientes hostiles, ambientes marcados esencialmente por la guerra civil salvadoreña ocurrida más o menos entre los años 1980 y 1992. Cómo no va a ser cauteloso y desconfiado este personaje si en la situación político-social de su país cualquiera podría ser un verdugo, si la violencia anda suelta en las calles y no existe la posibilidad inmediata de la paz. Imposible obviar, también, las palabras de Roberto Bolaño sobre Castellanos Moya: “Es un melancólico y escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país”.

“Los animales y los locos asolan esta ciudad. Los primeros son bestias salvajes, sanguinarias, voraces, inmunes a otra inteligencia que no sea el pillaje; los segundos surgieron para combatir a los primeros, pero a medida que su lucha se ha ido prolongando, se parecen cada vez más a sus enemigos”, se lee en el cuento “El gran masturbador”. Y en medio de este paisaje, lo que al personaje, quizá perteneciente a esa “raza de escépticos, apáticos, contempladores y víctimas de la acción”, le ayuda a respirar un poco es el whisky o la cerveza, los prostíbulos y de vez en cuando los libros. Son estos los provisionales antídotos contra la congoja.

Una impresión que produce este volumen de cuentos es que el conjunto se acerca mucho al conjunto de partes de lo que podría constituir una novela; y esta impresión se deriva no sólo del resultado de encontrar personajes comunes (con nombre y apellido) de un cuento a otro sino también de la atmósfera que casi todos ellos (los cuentos) transmiten, con la guerra civil y sus consecuencias muchas veces de exilio y muerte; y con el papel del individuo común y corriente que sin pretender formar parte activa del curso de la historia de su país, por una razón o por otra, acaba finalmente involucrado, como en el cuento que da nombre al libro.

Por esta impresión de conjunto que acabo de mencionar es que tiendo a abordar su lectura de manera global, sin detenerme particularmente en cada uno de los cuentos, y por eso, al plantearme las primeras conclusiones, observo que hay dos grandes temas que atraviesan el libro: el del conflicto político-social en El Salvador y el de las también conflictivas relaciones de pareja. Establecer esta clasificación temática de manera tajante sería un poco arriesgado, porque no todos los cuentos están claramente marcados por un tema o por otro, y hay algunos incluso que contienen igual porcentaje de ambos, pero en términos generales bien puede uno permitírselo.

“Es un sobreviviente pero no escribe como un sobreviviente”, dijo también Bolaño sobre Castellanos Moya. ¿Cómo escribe, entonces, este sobreviviente? Escribe quizá con (y desde) la experiencia del exilio, ese casi destierro autoimpuesto que lo hace volver a sus orígenes, pero sólo en sus libros, con una mirada oblicua, casi pendenciera, para tratar de recuperar algo que no considera del todo perdido.

Un gran libro, sin duda, que aunque sólo contenga cuentos publicados con anterioridad, volverá a situar a Horacio Castellanos Moya en el centro de la literatura contemporánea en español y que ayudará a afianzar su obra en conjunto como una de las más arriesgadas y comprometidas de la literatura centroamericana de las últimas décadas.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

¿Es verdad o es ficción?




                                                            Relativity, de Escher.


1
Me interesan muchísimo las narraciones que, además de contar una historia, y a través de ésta y sus personajes, mostrarnos con suficiente carga emotiva los diferentes matices de la condición humana, se la jueguen contraponiendo esos dos elementos constituyentes de toda obra narrativa que son la realidad y la ficción. Narraciones en las que, más allá de realizar el autor el típico juego de despistes acerca de lo que es o no real, utiliza la mezcla de realidad y ficción como recurso para proponer un juego más “justo” y quizá hasta más interesante, un juego en el que sin ocultar sus intenciones, sin cartas bajo la manga ni sorpresas con moraleja, el autor invita al lector a dejarse conducir de diferente manera por las páginas. ¿Y cómo logra Horacio Castellanos Moya conducir de esta manera a los lectores en el cuento “El gran masturbador”? Pues con frases como ésta: “Y ahí, entonces, se insinuó la historia que yo necesitaba para encontrarle un sentido a esa casa, el cuento que me permitiría engarzar a esos seres solitarios…” (Con la congoja de la pasada tormenta. Tusquets. Pág. 58)

El efecto de simultaneidad entre ficción y realidad creada por el autor es el bonus track de la narración, porque entonces el lector sabe que no sólo dispone de los dos planos convencionales de la narrativa: realidad y ficción, sino también de un tercer plano: el que corresponde a la ambigüedad, a ese no saber con certeza dónde acaba la ficción y dónde empieza la realidad (y viceversa) o si lo que se nos presenta como una cosa es lo que es y no lo contrario. Veamos otro pasaje del mismo cuento: “Hasta aquí, armar la intriga, aunque fuera vaga, era posible para un temperamento como el mío; pero terminarla (…) requería de una energía, de una pasión y sobre todo de un oficio en el arte de fantasear, que sencillamente me rebasaban” (Pág. 69).

Un recurso, entonces, que emplea a un personaje que, para contar su particular historia, dice que lo que está contando es una invención suya (o finge que lo es), de manera que el lector lleva su lectura entre la “certeza” de que lo que lee es una ficción del personaje y la duda de que esa ficción sea realmente una ficción. Y más allá de estas dudas o certezas, la tensión narrativa, el poder de seducción que piezas narrativas como ésta, cuando están bien hechas, saben ejercer sobre los lectores.
2
Sergio Pitol, en el relato “El oscuro hermano gemelo”, hace algo parecido a lo de Castellanos Moya. Mientras habla, en un tono ensayístico, del papel del creador en la literatura, nos plantea la situación de un novelista imaginando una novela: “Puedo imaginarme a un diplomático que fuese también un novelista. Lo situaría en Praga, una ciudad maravillosa, ya se sabe. Acaba de pasar unas vacaciones largas en Madeira…” (Pág. 230. Anagrama, 2006). Es un relato en el que a medida que el lector se sumerge en la lectura se va dando cuenta de que a pesar de saber que la historia que lee es una historia “supuesta” del narrador, le va importando cada vez menos esta circunstancia, de manera que la trama logra involucrarlo plenamente con la historia, sin importar que ésta sea falsa.
3
Ricardo Piglia hace cosas parecidas, pero a la inversa. Piglia dice, asegura, en sus ficciones que lo que está contando es real, y trata de demostrarlo recurriendo a fechas o a nombres de personas reales, fácilmente identificables en el curso de la historia. De ahí la verosimilitud de sus relatos. Porque Piglia escribe supuestamente a partir de lo ya ocurrido. En el epílogo de Plata quemada, por ejemplo, dice: “Esta novela cuenta una historia real”; y con algunos de sus cuentos asegura que estos “están inspirados en hechos reales”.
4
Y veamos ahora el relato “Porque ella no lo pidió”, de Enrique Vila-Matas, de su libro de ficciones breves Exploradores del abismo (Anagrama, 2007), en el que leemos que Sophie Calle llama por teléfono a Vila-Matas para plantearle un reto: que él escriba un relato sobre ella, como quiera que se le ocurra hacerlo, que invente una historia para ella de la manera que le venga en gana, y ella le corresponderá viviendo todo lo que esté escrito en el relato, es decir, llevando la ficción a la realidad. El escritor acepta el reto y escribe el relato, pero se producen una serie de circunstancias que retrasan cada vez más el término del acuerdo, que consiste en que ella empiece a vivir lo narrado. Hasta que el escritor se cansa y opta por ser él el protagonista de un relato; y este relato no será otro que el que empieza el día de la llamada de Sophie Calle para proponerle un trato. Si Sophie no está dispuesta a cumplir su promesa de hacer realidad la ficción que él ha creado para ella, será entonces él quien viva como personaje de su propio relato. Este relato propone una relación inversa entre realidad y ficción y entre autor y personaje. Aquí no es la ficción la que se hace a partir de la realidad sino lo contrario: la realidad es producto de la ficción. Los personajes buscan vivir lo que su creador ha escrito.


jueves, 16 de julio de 2009

“Honduras es un país fuera del tiempo”

Con esta divertida entrevista que le hicieran en Argentina a Horacio Castellanos Moya he decidido, sin abandonar el asunto éste del Golpe de Estado en H, empezar a reorientar este blog hacia su rol primigenio, que es el de enfocarse en el arte en general y en la literatura en particular. Pasan los días en H y cualquier cosa que ocurra en adelante se las comunicaremos a ustedes, apreciables lectores, pero de ahora en adelante que no les extrañe volver a encontrarse aquí "insensibles" notas culturales en medio del caos político. De tanto machacar con Mel y con Micheletti ya había llegado a aburrirme y por eso me zampo un whiskicito (que no me gusta mucho pero me entona adecuadamente) para volver a la carga. Gracias, Horacio, por devolvernos un poco del buen humor perdido en estos últimos días. Aquí les va la entrevista hecha por Osvaldo Bazán:
Desde Tokio, donde acaba de fijar residencia, y sin perder ni un centímetro de su conocida rebeldía, con el poder de provocación intacto, Horacio Castellanos Moya contesta en exclusiva para Crítica de la Argentina una docena de interrogantes sobre la situación actual de su patria de nacimiento, Honduras. Sus lectores habituales saben que no deben esperar respuestas políticamente correctas, que está en conflicto con todo tipo de nacionalismo, que abomina del militarismo, que la palabra “demagogia” no figura en su diccionario y que puede llegar a decir cosas como que lo que diferencia a Micheletti de Zelaya es el color de tintura que usan y que lo mejor que puede ocurrir con Honduras es que lo trasladen a África. Con estas prevenciones, he aquí el cuestionario.
–¿Cómo puede ser que, mientras toda la comunidad internacional sin excepción habla de golpe de Estado, los hondureños hablen de “recambio constitucional”?
–Honduras era un país fuera del tiempo, nunca había tenido un papel protagónico en la historia mundial. Los políticos hondureños estaban acostumbrados a dar golpes de Estado sin que nadie en el exterior les pidiera cuentas de ello. El país se llama Honduras precisamente porque está en lo hondo, donde lo contemporáneo apenas llega y con mucha dificultad. No se extrañe, pues, de nada.
–¿Cómo explica Roberto Micheletti hacia dentro de su país que todo el mundo esté hablando de “golpe de Estado”?
–No sé. Yo ahora vivo en Tokio, Japón.
–¿Qué opinión tiene de Roberto Micheletti?
–Ninguna. Pero seguramente es como la mayoría de los políticos hondureños: zamarro y zopenco.
–¿Y de Manuel Zelaya?
–Creo que los diferencia el color del cabello: uno se lo tiñe de cano y el otro de negro.
–El personaje de Doña Lena, en el que usted tantas veces personalizó a la alta burguesía hondureña, ¿qué piensa en estas circunstancias?
–Doña Lena estaría muy contenta de que los militares hayan expulsado a “ese comunista”, como ella lo llamaría. Relea las primeras páginas de mi novela Desmoronamiento, que suceden en 1963, aplíquelas a los acontecimientos actuales y verá que curiosamente empatan. Le repito: Honduras está fuera del tiempo.
–¿Qué papel está cumpliendo la prensa hondureña?
–Veo por internet lo mismo que usted puede ver: complicidad y censura.
–¿Cómo ve el papel de Hugo Chávez?
–Es un hombre que tiene facilidad de palabra y una enorme capacidad histriónica. Si logra salir vivo del poder, se puede convertir en una estrella de la televisión. No creo que sea el caso de Zelaya.
–¿Cuáles son las culpas que debe pagar Zelaya?
–Zelaya es un típico caudillo liberal, aunque en su lenguaje haya incorporado una retórica socialista. Creyó que se iba a imponer por sus “huevos” y las cosas le salieron al revés.
–¿Cuál sería la mejor solución para el país?
–Ni Clinton, ni Insulza, ni Arias Sánchez han logrado una solución. Yo propondría lo que puede proponer un escritor de ficciones: que reinventen ese país en el centro de África.
–¿Qué opina del viaje de la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner hacia Honduras, junto con Lugo, de Paraguay, y Correa, de Ecuador?
–Les aconsejaría que no aterricen en el aeropuerto de Toncontín. Es muy peligroso: está casi en el centro de la ciudad, tiene una pista cortísima y está rodeado de cerros. No cualquier piloto se atreve.
–¿Qué sentimientos despertaron en usted estos acontecimientos?
–Yo carezco de sentimientos hacia la política. Creo que este golpe fue apoyado por un poderoso grupo de inteligencia del Partido Republicano de Estados Unidos para meter en una trampa la política de Obama hacia Latinoamérica. John Dimitri Negroponte, Abrams y muchos que después encabezaron la guerra de Bush en Irak se formaron en Honduras en la década del ochenta y aún tienen su garra metida en esos bosques.
–¿Qué opina del hecho de que usted sea consultado por estos acontecimientos?
–Pensaría que usted no tiene fuentes. Yo nací en Honduras y viví ahí los primeros cuatro años de mi vida. Es todo.

miércoles, 15 de julio de 2009

El país y el asco

Por Giovanni Rodríguez
Pasan los días y en Honduras algunos se empeñan en decir: “aquí no ha pasado nada, sigamos adelante”, y no sé si es más triste ver a la gente ignorante o incapacitada para razonar o a la que, aún sabiendo la verdad, opta por taparse los ojos y elaborar “argumentos” para defender lo indefendible.
Estoy de acuerdo en que al principio de esta nueva oscura historia nacional apareciera por todos lados gente mal enfocada apuntando los supuestos peligros que representaba la iniciativa de la cuarta urna, pero que a estas alturas, después de un Golpe de Estado, después de algunos muertos, muchos heridos e infinidad de acciones anticonstitucionales y represivas por parte del gobierno golpista, después de la desvergüenza manifiesta de muchos “periodistas” y medios de comunicación supuestamente comprometidos con la verdad pero evidentemente pagados por los de siempre, después de ver a las nefastas iglesias unidas “orando” por la “paz y la democracia”, palabras prostituidas impunemente en estos días, después de toda esta tormenta de mierda desatada por Micheletti y sus secuaces, después de todo esto (y más), que todavía haya quien defienda la supuesta legitimidad del gobierno de facto representa el colmo de la indignidad y la mejor prueba de lo miserables que somos como país.
No entiendo por qué algunos se asombran del grado de servilismo que han venido a mostrar muchos en estas últimas semanas en Honduras. Algunos llegan incluso a sentirse traicionados por quienes al parecer defendían la verdad y la justicia, como si hubiesen sido auténticos héroes de la patria. Pero a mí eso ya no me asombra. Siempre he visto la subyacente hipocresía en los rostros de esos tipejos que a diario aparecen en la prensa y la televisión y siempre he percibido el doble sonido en las voces melifluas de los que hablan en la radio. Algunos se salvan, porque para que la historia consigne los nombres de los traidores debe haber unos cuantos que resistan, y esos son los que merecen llamarse hombres libres y dignos.
En la novela El asco, de Horacio Castellanos Moya, un personaje dice: “Un verdadero asco de periódicos (…), pero a la gente le gustan, este pueblo es tan bruto y abyecto que ése es el tipo de periódicos que le gustan, no hay nada que hacer, por eso más te vale no meterte a redentor”. Y eso es lo que me repito a mí mismo cada día desde hace una semana: para qué intentar cambiar a un pueblo que no quiere cambiar. Para qué intentar ayudar en algo a un país que cree que no necesita ayuda, que se precia de muchas cosas que ni por asomo es, que fomenta, sin saberlo, el conformismo y la mediocridad, además de un orgullo insano en una práctica chauvinista que nos hunde cada vez más en la miseria.
No es increíble que mientras el mundo entero condena el Golpe de Estado y sus consecuencias, en Honduras todavía haya gente convencida de que ese golpe ha sido lo mejor que pudo haber ocurrido; no es increíble que mucha gente siga tragándose el discurso oficial y mediático de “la paz y la democracia” alcanzadas a punta de fusil y a costa de la bota militar pisoteando nuestros más elementales derechos como ciudadanos. No es increíble este tipo de “actitud nacional”. Nuestro país ha sido siempre demasiado imbécil. ¿Por qué habría de cambiar ahora? Y sin embargo, aún queda algo parecido a la esperanza…

viernes, 3 de julio de 2009

Los periódicos son precisamente la mejor muestra de la miseria intelectual y espiritual de este pueblo

Todo es una alucinación, Moya, entendelo, la gente que piensa por cuenta propia, la gente interesada en el conocimiento, la gente dedicada a las ciencias y las artes, debe largarse lo más rápidamente de esté país: aquí te vas a pudrir, Moya, no sé qué has regresado a hacer, esa tu idea de fundar un periódico de nuevo tipo es una verdadera ingenuidad, una estupidez de cerebros calenturientos como el tuyo que se niegan a ver la realidad... Los periódicos son precisamente la mejor muestra de la miseria intelectual y espiritual de este pueblo, Moya, basta hojear los dos diarios de la mañana para entender en que país estamos, para entender la miseria intelectual y espiritual de quienes hacen esos periódicos y de quienes compran esos periódicos, para comprender que son periódicos que no están hechos para ser leídos sino para ser hojeados, porque a nadie le interesa leer en este país y porque en los periódicos no hay gente que sea capaz de escribir artículos para ser leídos, en realidad no se trata de periódicos en el sentido estricto de la palabra, ninguna persona con una instrucción mínima llamaría periódicos a esos catálogos de ofertas, a esos muestrarios de anuncios, por eso te digo que la gente no compra los periódicos para leerlos sino para hojear los anuncios, para estar al tanto de las mejores ofertas, es lo único que a la gente le interesa de los periódicos, los anuncios y las ofertas, es para lo único que sirven, para estar al tanto de los anuncios y las ofertas, me digo Vega. Y nunca he visto editorialistas tan fanáticos, editorialistas tan rabiosos y obtusos, con tal miseria intelectual y espiritual como los de estos periódicos: esta misma mañana uno de ellos escribió que el presidente Bill Clinton es comunista, que el secretario general de la ONU es comunista, que la ONU es en realidad un organismo controlado tras bambalinas por los comunistas. No importa que desde hace cuatro años los comunistas vayan en estampida, no importa que se trate del presidente de los Estados Unidos, para el editorialista de ese mugroso catálogo de ofertas el tiempo no ha transcurrido y el mundo no va más allá de sus obsesiones patológicas, me digo Vega. Un verdadero asco de periódicos, si lo pensás bien, Moya, pero a la gente le gustan, este pueblo es tan bruto y abyecto que ése es el tipo de periódicos que le gustan, no hay nada que hacer, Moya, por eso más te vale no meterte a redentor, más te vale no pensar que podés cambiar los gustos de esta gente a través de un periódico para ser leído, te aseguro que nadie lo comprará, te aseguro que a nadie le interesará un periódico para ser leído, sería la cosa más extraña en este país la existencia de un periódico para ser leído, lo único que aquí interesa son los anuncios y las ofertas...

fragmento de El asco, Horacio Castellanos Moya

miércoles, 10 de junio de 2009

"Este no es un país de escritores"

"Moya, con esos cuentitos famélicos no vas a ninguna parte, no es posible que a tu edad sigás publicando esos cuentitos famélicos que pasan absolutamente desapercibidos, que no los conoce nadie, que nadie ha leído porque a nadie le interesan, esos cuentitos famélicos que pasan absolutamente desapercibidos, que nos los conoce nadie, que nadie ha leído porque a nadie le interesan, esos cuentitos famélicos no existen, Moya, sólo para tus amigos del barrio, ninguno de esos cuentitos famélicos con sexo y violencia vale la pena, te lo digo con cariño... No perdás el tiempo, Moya, éste no es un país de escritores, resulta imposible que surjan escritores que valgan la pena en un país donde nadie lee, donde a nadie le interesa la literatura, ni el arte, ni las manifestaciones del espíritu. Basta con revisar el caso de los famosos, de los mitos de provincia, para descubrir que se trata de escritores regulares, medianos, sin talla universal, siempre más preocupados por la ideología que por la literatura; no hay que hacerse el tonto, Moya, nada más tenés que comparar con los países vecinos para darte cuenta que los mitos locales son de segunda: Salarrué a la par de Asturias se convierte en ese provinciano más interesando en un esoterismo trasnochado que en la literatura, un tipo más dedicado a convertirse en santón de pueblo que a escribir una obra vasta y universal; Roque Dalton a la par de Rubén Darío parece un fanático comunista cuyo mayor atributo fue haber sido asesinado por sus propios camaradas, un fanático comunista que escribió alguna poesía decente pero que en su obcecación ideológica redactó los más vergonzosos y horripilantes poemas filocomunistas, un fanático y cruzado del comunismo cuya vida y obra estuvieron postradas con el mayor entusiasmo a los pies del castrismo, un poeta para quien la sociedad ideal era la dictadura castrista, un zoquete que murió en su lucha por establecer el castrismo en estas tierras asesinado por sus propios camaradas hasta entonces castristas, me dijo Vega... Ya sé que no estás de acuerdo, Moya, pero no vale la pena discutir, no tiene ningún sentido discutir sobre la literatura de un país que no existe literariamente, no tiene el mínimo sentido discutir sobre algo que a nadie le interesa, me dijo Vega..."

Fragmento de El asco, Horacio Castellanos Moya

Tomado de: El infierno musical

martes, 12 de mayo de 2009

HCMoya por él mismo

Horacio Castellanos Moya. Fuente: mimalapalabra.
En la web de la editorial Tusquets encontré un video en donde Horacio Castellanos Moya habla de su vida, desde su nacimiento en Tegucigalpa, sus primeros años como universitario en El Salvador (en una universidad militarizada, acusada por el Gobierno de ser "un nido de comunistas"), su paso por Canadá (en donde estudió un año, en Toronto), Guatemala y México (países en donde trabajó en el periodismo), hasta su ingreso al programa de Ciudades Refugio, que lo llevó primeramente a Frankfurt y que le ha permitido escribir sus últimas novelas sin la necesidad de gastar en eso sus ahorros, según nos dice el escritor. Pueden verlo con un clic aquí.

lunes, 20 de abril de 2009

Imaginar a Horacio

Horacio Castellanos Moya en la Plaza Cataluña de Barcelona. Fuente mimalapalabra.
Por Giovanni Rodríguez
Imaginé, para una novelita que escribo, un encuentro con Horacio Castellanos Moya en el café Zurich de Barcelona. Resulta que a Horacio sólo lo conocía por sus libros y a través de unos cuantos correos electrónicos que de vez en cuando nos enviábamos después de que yo lo entrevistara para las ya difuntas dos páginas de mimalapalabra en La Prensa. Íbamos a encontrarnos en septiembre del año pasado, cuando Horacio vino a Barcelona para cubrir los compromisos de su editorial con la prensa española, pero al final el tal encuentro no fue posible. Y entonces, como vi frustrada mi inquietud por conocer en persona al autor de El asco, imaginé para mi novelita que nos encontrábamos un día de ese septiembre en el café Zurich de la Plaza Cataluña de Barcelona.
Algo pasa con ese café, me digo, porque fue el lugar que pensé también para mi encuentro con Marta, una amiga catalana a la que no veía desde hacía seis años, pero que no tuve necesidad de proponérselo para nuestra cita del sábado pasado porque fue ella quien me lo propuso a mí primero.
Así que ahí estábamos el sábado, por fortuna día de sol y temperatura cálida, en una mesa del café Zurich, Marta y yo, reanudando ese abrazo que nos dimos por última vez en el aeropuerto Ramón Villeda Morales de San Pedro Sula, cuando ella volvió a su país después de año y medio de vivir en Honduras.
Después de recorrer con Marta durante un par de horas de la mañana algunas calles de Barcelona que yo aún desconocía y de visitar un par de cafés célebres mientras hablábamos de tiempos pasados y de planes para el futuro, nos despedimos en la entrada de la librería La Central de la calle Mallorca, en donde acordé con Horacio encontrarnos a la una y media de la tarde. Di un par de vueltas entre las estanterías y las mesas de novedades, pero como en ese día ya había visitado con Marta otras dos librerías y había encontrado por fin Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, estaba un poco cansado de repasar tantos títulos y portadas.
Vi entonces a Horacio por primera vez fuera de una fotografía, y lo vi más bajo de lo que pensaba. Lo había imaginado alto y delgado pero ahí lo tenía más bien bajo y tirando a grueso. Nos dimos la mano mientras él pagaba en la caja El arte de callar, un libro que, según me dijo más tarde en broma, había comprado para su mujer. Caminamos en busca de un bar y escogimos uno que anunciaba unas buenas tapas de calamares y gambas. Nos instalamos en la barra y empezamos a hablar de muchas cosas: de amigos comunes, de Honduras, de El Salvador, de Guatemala (en donde yo había encontrado sus primeros libros), de una recopilación de sus cuentos que aparecerá en octubre con Tusquets…
Luego cambiamos de bar y seguimos hablando, bebiendo y comiendo. Y a eso de las cuatro de la tarde, Horacio propuso que nos tomáramos un café. Mientras caminábamos, dijo que el Zurich era un buen lugar, que ese era el café en el que desayunaba siempre que venía a Barcelona porque le parecía agradable y tenía una hermosa vista de la gente de cualquier procedencia que pasaba por ahí a toda hora.
El café Zurich, definitivamente, tiene algo. Se lo comenté a Horacio. Y le hablé también del episodio de mi work in progress en donde yo me tomaba con él un café en ese mismo lugar, pero a esa hora Horacio acusaba el cansancio por el desvelo de la noche previa y más que oírme, se preocupaba por el sol que iba ocultándose en el cielo barcelonés. Parecía un personaje de mi novela, un personaje que a esa hora, con el cansancio y la goma, se iba desdibujando poco a poco. Nos despedimos con un abrazo y prometimos escribirnos de vez en cuando. Otro día nos veremos, le dije, y me fui corriendo antes que empezara a llover. Pero sigo imaginándomelo en mi novelita, mientras camina, esa tarde, rumbo a su hotel.