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miércoles, 8 de mayo de 2013

Otra vez con la muerte de la novela


Cada cierto tiempo aparece alguien hablando de la muerte de la novela. El último en hacerlo ha sido Luis Goytisolo. Esta extensa nota de Winston Manrique Sabogal traída de El País nos ofrece la perspectiva de un buen número de escritores hispanoamericanos sobre el asunto:

La muerte de Abel Antonio
en mi tierra la sintieron los
muchachos,
fueron cinco noches que me
hicieron de velorio,
para mis nueve noches todavía
me deben cuatro…
Este comienzo, a ritmo de acordeones, del vallenato juglaresco La muerte de Abel Antonio es una metáfora de la perpetua crisis y fin de la novela como género literario que se viene cantando con fuerza en este siglo. Aunque sus letras y sonidos en diferentes voces la acompañan casi desde su nacimiento, entre los siglos XV y XVI. El penúltimo en analizar y augurar su declive es Luis Goytisolo en el libro Naturaleza de la novela, reciente ganador del premio Anagrama de Ensayo.
Pero el fin de la novela estaría lejos porque su renovación la garantizaría su propia naturaleza mutante al adaptarse a cada época como ha hecho hasta ahora. Esa es una de las conclusiones de una veintena de escritores de España y América Latina, menores de 50 años, que se unen al debate abierto por muchos de sus maestros literarios sobre la extinción de la novela. Para los autores consultados, los augurios oscuros parecen responder más a una cuestión generacional que son quienes con cierta regularidad hablan de dicha crisis, acrecentada por la avasalladora presencia de las tecnologías emergentes, ante lo cual los novelistas que participan en ese debate creen que lo que los escritores deberían hacer, si quieren, es sacar provecho de ellas. Otra cosa es, aseguran, que la novela no tenga en la cultura y la sociedad la misma influencia de antaño debido a que compite con más manifestaciones culturales y sociales. Preocupaciones, debates y polémicas cíclicas y convertidas en un subgénero ensayístico en sí mismo, e incluso en tema para los novelistas".  En palabras de Junot Díaz, autor de origen dominicano afincado en Estados Unidos y ganador del Pulitzer, la novela siempre ha estado en crisis pero sin dejar de avanzar entre la incertidumbre. “Veo la novela como un virus feroz. No somos capaces de matarla. Cada vez que creemos entenderla cambia sobrevive”, asegura el autor de Así es como la pierdes.
Pero hay muchos más narradores que no comparten las ideas expuestas por Goytisolo en su libro, por ejemplo, esta: “En lo que se refiere a la novela, nos encontramos con que el género ha dejado de renovarse, de abrir nuevos caminos, y quienes de un tiempo a esta parte empiezan a cultivarlo no suelen hacer sino repetir fórmulas con mayor o menor talento. No es imposible que en el futuro alguien escriba una gran novela, pero sí tan improbable como que en la actualidad alguien componga una sinfonía equiparable a las de Mozart o Beethoven”, escribía el autor de La naturaleza de la novela. El escritor barcelonés echa en falta las grandes arquitecturas novelísticas pero reconoce: “La novela es un organismo vivo en constante transformación, pero puede transformarse tanto que se puede convertir en otra cosa, si se lee en otros soportes o se incluyen otros elementos no tradicionales. Lo que está surgiendo ahora mismo es otra forma de relato”.
PRÓLOGO
Pobrecita madre mía, / con mi muerte lo mucho que sufriste, / Abel Antonio no muere todavía,/ Abel Antonio muere cuando Dios lo necesite…
“La novela nunca ha tenido una esencia ni ha sido un género normativo y eso es lo que le ha permitido transformarse a través del tiempo y adaptarse a las distintas épocas y públicos. Además, ha sido uno de los géneros modernos cuya apertura ha favorecido la integración de las formas narrativas de la cultura popular (lo sentimental, fantástico, policiaco...). Lo que ha cambiado es que hoy el libro y la escritura ya no ocupan el centro de nuestra cultura y que la novela, como los demás géneros literarios, está aprendiendo a convivir con otras modalidades de expresión en un nuevo paisaje tecnológico y multimedia. Tengo la impresión de que, para nuestras últimas hornadas literarias, esta convivencia con la tecnología multimedia no constituye un verdadero problema. Hay sin duda algo generacional en esto, pues el problema no se plantea sino cuando se tiene una visión más tradicional de la poesía o la novela”, explica el venezolano Gustavo Guerrero, ensayista y editor de la prestigiosa Gallimard de Francia. Sus opiniones sirven de antesala a las de los escritores cuyas voces levantan un atlas del territorio de la novela, con el fondo musical de La muerte de Abel Antonio.
CAPÍTULO I. ACCIÓN. La novela en el cambio de paradigma.
Toda la familia mía, / mi muerte la lloraban con duda, / Abel Antonio llegó a los cinco días / se ha presentado vivo para levantar su tumba…
Kirmen Uribe (España): “Siempre he desconfiado de las lecturas apocalípticas. Mi padre cuenta que cuando era joven, su abuelo le decía que tuviese mucho cuidado en la calle, con ‘esos carros sin caballos’. ‘El mundo se ha vuelto peligroso’, le decía”.
Guadalupe Nettel (México): “Mi generación ha visto tantos fines de tantas cosas que ya no creemos en el final de nada. El mundo va cambiando y la novela se va adaptando. Otra cosa es que haya tipos de novela que se escriban menos pero surgen otras formas y no por ello dejan de ser novelas”.
Oliverio Coelho (Argentina): “La novela conserva su esencia y cualquier pensamiento apocalíptico al respecto es coyuntural. El cambio de paradigma tecnológico puede modificar el modo de leer, pero es prematuro pensar que pueda cambiar, ahora, el modo de escribir novelas. Es más probable que cierta vuelta a la narración más ambiciosa operada en series como Mad men, Breaking bad o, Six feet underintervenga en el imaginario de los escritores e incida en el futuro de la novela, no extinguiendo la novela, sino dándole un nuevo horizonte narrativo que la devuelve a su origen totalizador: género capaz de hilar, bajo el espesor de una voz, vidas, familias, sociedades, procesos históricos, distopías”.
Juan David Correa (Colombia): “La novela nunca ha sido un género estático. Su definición está precisamente en su heterodoxia y diversidad de enfoques. Que ahora quepan cosas del mundo virtual no quiere decir que estemos ante el abismo, sino todo lo contrario”.
Yolanda Arroyo (Puerto Rico): El escritor tiene ante sí una lucha por defender el género de sí mismo, es decir, tiene que entretener mientras compite con una infinidad de otras distracciones y ello obligará al cambio de novelar.
Rafael Gumucio (Chile): “Goytisolo tiene toda la razón y está absolutamente equivocado. Es evidente que la novela en Europa no está en el centro del debate intelectual y moral. No es así en otros lugares del mundo. En China, en Sudáfrica, en Estados Unidos, en América Latina, en los suburbios de inmigrantes de Londres, París y Nueva York la novela es aún la forma principal de contar la historia. La lista de los más recientes premios Nobel es una prueba: Coeetze, Pamuk, Naipaul, Muller, Mo Yan, Vargas Llosa. Viejas glorias, talentos discutibles pero que en general vienen a representar literaturas vivas en que, para bien o para mal, se escriben novelas”.
II. NUDO. ¿Cuál es el estado de la novela como género? ¿Está en fase de extinción?
Abel Antonio no llores,/ que eso le pasa a los hombres; / Abel Antonio no te pongas a llorar, / que eso le pasa al que sale a caminar…
Juan Gabriel Vásquez (Colombia): “La novela seria ha sido ligeramente desplazada a los márgenes de la sociedad. Pero decir que está en vías de extinción sólo puede ser ignorancia, pereza o narcisismo: los lectores hemos compartido el comienzo del siglo conAusterlitz, 2666, El atlas de las nubes, Tu rostro mañana, Las benévolas, Anatomía de un instante... La novela está muy viva. El grito sobre su muerte suele más bien referirse a la muerte creativa del que lo profiere. Espero que no sea el caso de Goytisolo”.
Agustín Fernández Mallo (España): “Toda generación de escritores ya consolidados cree que la historia se termina con ellos, y toda generación emergente cree que es ella quien lo renueva todo. Y en parte es verdad. Algo se extingue para que otra cosa emerja. Lo que está en crisis es un modelo de novela, pero no el género novela. Digo que está en crisis porque es cierto que la novela ha pasado de ser un arte hegemónico a una manifestación cultural sin la capacidad de transformar la sociedad en su conjunto”.
Martín Kohan (Argentina): “Si hay un género que se alimenta de sus propias puestas en crisis, en lugar de languidecer por ellas, es la novela. Convertirse en otra cosa es un signo de vigencia, no de agotamiento”.
Mayra Santos Febres (Puerto Rico): “La novela no está en fase de extinción, sobre todo en países, culturas y desde perspectivas que anteriormente se han visto como minoritarias o incluso como incapaces de gestar literatura. Las mujeres estamos escribiendo más novelas, de forma diferente, ganando más premios, y lo mismo los gais, los caribeños y demás hispanoparlantes negros”.
Wendy Guerra (Cuba): “En la medida en que existan sociedades cerradas donde la información no fluya con facilidad, una novela pasa como asentamiento reciente de la historia cotidiana. Para los cubanos es oro molido que sirve como ventana para entender cómo se come, se ama, se viste y se respira en el resto del mundo”.
Lina Meruane (Chile): “Esta pregunta —¿se acaba o no se acaba la novela?— parte de una premisa apocalíptica, instalada por intelectuales que insisten en mirar hacia el pasado en busca de refugio o de modelo. Contestar a esta pregunta sería caer en las trampas de este discurso sin salida, sería confirmar o permitir que nos domine un pensamiento sin imaginación de presente, uno que no comprende que la escritura es como el lenguaje: fluido, adaptable, fruto de su tiempo”.
III. DESENLACE. Relación con las tecnologías emergentes.
Que caso lastimoso / el que me ha pasado a mí, / para que no le pase a otro, / yo te lo vengo a decir:..
Edmundo Paz Soldán (Bolivia): “El estado marginal actual de la novela le da mucha más libertad para hacer todo tipo de exploraciones formales y temáticas. Lo que tenemos que hacer es enfrentarnos a las nuevas tecnologías, dialogar con ellas, apropiarnos de algunas de sus estrategias narrativas”.
Pilar Quintana (Colombia). “Las nuevas tecnologías están abriendo la creación y democratizando el mercado editorial. Gracias a ellas he podido leer novelas que no se consiguen en mi país y leer a autores que no son tan conocidos en nuestro medio. He sabido de autores rechazados por las editoriales que se están autoeditando”.
A. Fernández Mallo: “El campo es enorme. Las tabletas, por ejemplo, dan la oportunidad al escritor de crear a través de la palabra, del vídeo, del sonido, convirtiéndose así la obra en un artefacto aún por definir y el escritor en una especie de compositor que maneja de manera creativa diferentes lenguajes”.
Pablo Casacuberta (Uruguay): “El desarrollo del cine y de la televisión coinciden con una explosión de la novela, no con una merma. Algunas tecnologías, como la rueda o la silla, han cambiado bastante poco desde su invención, pues satisfacen y definen en forma simple una necesidad primaria. Creo que la novela pertenece a ese género de invenciones”.
Nona Fernández (Chile): “Un escritor debiera, lo mismo que la novela, estar a la altura de su época. La novela tiene tantas formas que aún desconocemos, que eso la hace seductora”.
EPÍLOGO
Oigan lo que es esto se acaba entre los dos / me gana la muerte o me la gano yo, / ¡Ay oigan lo que es esto! Se acaba entre los dos, / me gana la muerte o me la gano yo…
José Pérez Reyes (Paraguay): “Siempre habrá un mundo entre real y ficticio que construir entre lectores. Aparecerán nuevos formatos y se irán ampliando con recursos multimediáticos que amplíen la exploración que una novela pueda sugerir”.
Javier Montes (España): “Lo que está en juego aquí no es algo relativamente poco importante como la supervivencia de la novela como forma, sino algo mucho más profundo: la capacidad de los nativos digitales para el acto de atención exclusiva y prolongada en el tiempo que supone la lectura de textos extensos, complejos, con digresiones, referencias, evocaciones imaginarias...”.
Mayra Santos Febres (Puerto Rico): “Si desaparece la novela a cambio de que más gente tenga acceso al conocimiento, a los libros, al Saber, pues que desaparezca. Ya nos inventaremos otra cosa que la suplante”.
Esta muerte se me acumula, / para que este negro muera, / que no me cabe sepultura, / que yo vivo adentro y estoy afuera.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Suerte la de Borges por no tener que sufrir a su mujercita


"Espero tener la lucidez suficiente como para, llegado el momento, saber que no tengo nada más que decir y saber parar a tiempo". Lo dijo Saramago, todavía joven, en un momento en el que pensaba en cómo serían sus días de anciano. Y es que Saramago sabía que la vejez no es siempre sinónimo de sabiduría, como suele creerse. María Kodama, la viuda de Borges, por ejemplo, entre más vieja se muestra más pendeja. Su última ocurrencia fue seguir el consejo de su abogado, un abogado que no se sabe si es más imbécil o más oportunista, y obligar a la editorial Alfaguara a retirar el libro El hacedor (de Borges). Remake, de Agustín Fernández Mallo, por considerar la publicación de ese libro "una falta de respeto", por supuesto a ella, no a Borges. Que nadie intente explicarle a la Kodama que lo de Fernández Mallo no se trata de un plagio al libro de Borges ni mucho menos, porque será inútil. "Es triste llegar a viejo", dicen algunos. En caso como éste tienen toda la razón.
Para leer la nota completa, en ElCultural.es.

domingo, 9 de enero de 2011

FMallo vuelve con el hilo de Borges


Portada del libro de Fernández Mallo, que publicará Alfaguara.
Hay narradores con un escritor en las tripas y un lector en la cabeza. A veces, uno vive de espaldas al otro. A veces se confunden. Este último es el caso de Borges, que, ya es un tópico, imaginaba el paraíso con forma de biblioteca. No es, pues, extraño que su obra, sin dejar de ser inconfundiblemente borgiana, fuera con frecuencia fruto de la lenta digestión de relatos ajenos de ciencia ficción o de clásicos como Apolodoro, San Marcos o Cervantes. Ahí está el inevitable Pierre Menard, autor del Quijote, que narra la reescritura, letra por letra, de la novela cervantina.

Hace dos años, el escritor argentino Rodolfo Fogwill versionó El Aleph de su paisano en la novela Help a él, cuyo título era un anagrama del encabezamiento del famoso relato. Ahora es Agustín Fernández Mallo el que se acerca al autor bonaerense con El hacedor (de Borges). Remake que publicará la editorial Alfaguara el próximo 23 de febrero. Borges publicó El hacedor -un conjunto de cuentos, poemas y falsas citas- en 1960, siete años antes de que naciera el autor de la trilogía Nocilla. "Fue el primer libro suyo que leí", cuenta Fernández Mallo, "y me impresionaron dos cosas: la capacidad de transmitir emoción a través de algo aparentemente descarnado y un montón de intuiciones que yo compartía sobre el tiempo, el espacio, la matemática y la metafísica".

A todo ello habría que añadir el carácter misceláneo del libro -una "silva de varia lección", como lo define el propio Borges- que desborda las fronteras de los géneros. Un artefacto marca de la casa: poemas narrativos, cuentos que parecen ensayos... "Cuando escribo no pienso en términos de género literario. Me parece limitador", explica Mallo. Otro concepto que, dice el escritor, "no circula" por su cabeza es el de originalidad: "Sacar una obra de su contexto ya es crear algo nuevo". En su nueva obra, él mantiene los títulos de Borges y reescribe los contenidos, a veces incluso con la ayuda del imprevisible y surrealista traductor de Google.

Pese a que la palabra remake parece reservada últimamente al cine, las versiones literarias de una misma historia son tan antiguas como la propia literatura. Ahí están Joyce reescribiendo a Homero, Goethe y Thomas Mann haciendo lo propio con la vieja historia de Fausto o J. M. Coetzee con Daniel Defoe. Por su parte, la editorial 451 se estrenó con una colección en la que ha participado media literatura española reciente -de Antonio Orejudo a Francisco Casavella pasando por Luisa Castro- para reescribir a Bécquer, Shakespeare, Lope o Larra.

A veces las páginas de un libro continúan en las de otro. Lo hizo Andrés Trapiello con Cervantes en Al morir don Quijote y Luisgé Martín con el propio Mann en La muerte de Tadzio. No hace falta pensar en Avellaneda, tirar del hilo era lo más normal cuando las historias no tenían dueño ni autor conocido. Así, la Biblioteca Castro acaba de reunir en un volumen dos secuelas del Lazarillo y una del Guzmán de Alfarache. Por si había alguna duda sobre la relación entre las palabras original y origen.
Tomado de El País.

martes, 29 de diciembre de 2009

Mis mejores lecturas del 2009



Dibujo de Agente Artehormiga. Fuente: hcfacebook.
En Hermano Cerdo lo están haciendo de nuevo. ¡Vamos!
Excelentes las dos novelas cortas de Patrick Modiano que leí empezando el año: Calle de las Tiendas oscuras (Anagrama) y Dora Bruder (Seix Barral). Extraordinario poder de síntesis para contar historias que atraviesan la Historia de la mano de personajes que buscan algo y que al mismo tiempo se buscan a sí mismos. Ya saben: de lo mismo, pero esta vez con Modiano.

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, una intensa novela de aprendizaje que leí durante las pausas y las noches de mis días de más trabajo en agosto, con personajes que huyen de un mundo más o menos confortable para ir en busca de aventuras abajo de la frontera mexicoamericana.

Algo tiene Mario Levrero para que uno se empeñe en seguir leyendo sus “aventuras cotidianas” sin esperar nada más que, quizá, un pequeño accidente en su computadora, una visita o una conversación telefónica banal. Eso fue lo que me dije cuando llevaba por la mitad El discurso vacío (Debolsillo) y es lo que seguía pensando cuando leía La novela luminosa (Debolsillo). ¿Qué es lo que nos atrapa de esa “estética de lo cotidiano” de Levrero? Seguiré leyendo lo que encuentre de Levrero y seguiré, con absoluto placer, preguntándome lo mismo.

Angosta (Planeta), una novela de Héctor Abad Faciolince que me hizo llegar un amigo desde Colombia, plantea la situación de un país, Angosta, con una política que establece tres castas: los dones, los segundones y los tercerones, y en el que se dan cita todas las posibilidades sociales, culturales y políticas de Latinoamérica. La violencia y la exclusión podrían ser sus temas predominantes, pero la novela no es sólo eso, porque también hay sexo, amor y aventuras; y todo con una prosa traviesa, juguetona, en la que la ironía está a cada vuelta de página.

Nocilla Lab es la novela que más me ha gustado de la trilogía de Agustín Fernández Mallo. El monólogo de la primera parte y el tema del escritor enfrentado con lo que podría ser su doble, más ese cómic del final en donde encontramos a Fernández Mallo y a Vila-Matas hablando de la desaparición… Se pregunta uno si seguirá produciéndose nocilla después de esto.

Horacio Castellanos Moya es un escritor que escribe desde la experiencia del exilio, ese casi destierro autoimpuesto que lo hace volver a sus orígenes, pero sólo en sus libros, con una mirada oblicua, casi pendenciera, para tratar de recuperar algo que no considera del todo perdido. En Con la congoja de la pasada tormenta (Tusquets) reúne casi todos sus cuentos. Una excelente puesta a punto de su trayectoria como cuentista, casi desconocida para los lectores en España.

¿Qué puede esperar uno al leer Historia argentina (Anagrama), de Rodrigo Fresán: una novela o un libro de cuentos? Yo diría que ambas cosas. Tomemos al azar cualquiera de sus capítulos y leámoslo como si fuera un cuento. O empecemos desde el principio y vayamos observando, de cuento en cuento, o de capítulo en capítulo, el particular modo que tiene Fresán de contar la historia de su país. Fresán tiene una escritura precisa, cada frase es una unidad autosuficiente y sugerente, y además, una perspectiva tan particular de ver el mundo que uno no quiere dejar la lectura o, una vez terminado el libro, no quiere leer por el momento otra cosa que no sea de Fresán. ¿Exagerado? Pero es que así me lo pareció.

Aprovechando el desempleo, me propuse leer la kilométrica El arco iris de gravedad (Tusquets), de Thomas Pynchon. Tres semanitas en las que agoté una lámpara, dos botes de Nescafé, unas cuantas madrugadas y un buen porcentaje de mi capacidad de visión. Pero ha valido la pena. Cómo no. Secuelas: 1: cuando pasa un avión o cuando sopla el viento de la Tramuntana pienso que puede tratarse de un cohete. 2: cuando tengo una erección espontánea pienso que se acerca un cohete. 3: caen cohetes en mis sueños. Loor a ti, Thomas Pynchon.

Desde hace tiempo venían llamándome, desde una estantería de la biblioteca de Figueres, los tres volúmenes de Tu rostro mañana, de Javier Marías. El miércoles me llevé a casa el primero, subtitulado "Fiebre y lanza", que leí entre las fiestas de Nochevieja, las cervezas y la goma. Lo devolví el sábado y saqué ahí mismo el segundo volúmen, subtitulado "Baile y sueño", que ya estoy leyendo con el mismo placer con el que leí el anterior. Tiene una prosa envolvente esa novela, una prosa sensual, poética en muchos momentos. No se les ocurra no leerla. Aunque debo advertirles que no podrán soltarla una vez llegue a sus manos.

sábado, 24 de octubre de 2009

Apuntes sobre Nocilla Lab

Fotografía de una de las páginas del cómic de Nocilla Lab con los personajes AFMallo y EVila-Matas.
I
Hace más de dos años, cuando leí Nocilla Dream, apunté en este blog cosas como éstas:
“Me gustó, como quizá podría gustarme una muchacha desconocida a la que viera por un instante doblar la esquina y desaparecer para siempre. Me quedaría la sensación agradable de haberla visto pero también la certeza de que al no volver a verla, la vida seguirá transcurriendo con normalidad”.
“Una lectura estimulante. Quizá no demasiado memorable, pero sí estimulante”.
Trataba de explicar en esos otros apuntes que posiblemente mi percepción, tras la primera lectura de Nocilla Dream, se debiera a su estructura fragmentaria, que obliga a una lectura casi inaprensible y que recurre a eso que se ha dado en llamar "zapping literario", lo cual consiste en leer simultáneamente muchas historias con otros tantos personajes sin que nos quedemos con ninguna. Y por esa estructura es que la novela me parecía estimulante.
Un año después leí Nocilla Experience, sin esperar demasiada novedad en su escritura pues había leído hasta la saciedad en periódicos, revistas y blogs de qué iba el rollo del tal Proyecto Nocilla, y tal como supuse, así venía la segunda entrega novelística de AFMallo. La estructura era similar a la de Nocilla Dream; ahí seguía funcionando el mundo por el azar del parchís antes que por las mecánicas leyes del ajedrez, y sin embargo, fue ahí en donde empecé yo a entender cómo era eso de que el mundo se rige por el azar del parchís y no por las leyes del ajedrez. Entonces operó el cambio en mi perspectiva como lector. Porque si bien Nocilla Experience ponía a funcionar (aunque a mayor velocidad y con mayores revoluciones) la misma máquina narrativa que ya había visto encenderse en Nocilla Dream, fue con esa segunda novela de la trilogía que empecé a, por lo menos, imaginar la magnitud del Proyecto.
Imaginé entonces una suerte de aleph de Agustín Fernández Mallo, en donde podían caber, enumeradas y representadas, todas sus obsesiones, un aleph aparentemente pequeño pero que a través de la explosión en múltiples direcciones de cada una de sus historias se convierte el algo inmenso, inaprensible e infinitamente metafórico.
Pero no lo había imaginado ni total ni suficientemente…
II
Y entonces leí Nocilla Lab. Y ahí, en esa culminación de la primera aventura de Agustín Fernández Mallo, es el propio autor el narrador que refiere en primera persona cómo es que un día entró con su “compañía femenina” a un bar-pizzería en el pueblo de una isla al sur de la isla de Cerdeña tan sólo con la intención de “tomar algo, ver pasar los barcos, ver rodar los papeles entre los coches aparcados en el muelle”, y ahí, en ese momento, el autor-narrador empieza a mencionar el “Proyecto”, el que debían llevar a cabo cuando encontraran el lugar ideal para llevarlo a cabo, y a partir del momento en que la pareja entra a ese bar-pizzería, el autor-narrador empieza a soltarnos la película de su vida en un monólogo de 78 páginas que resume perfectamente el origen de la onda nocillesca y que no nos deja respirar pero que promete (y le creemos) una merecida bocanada de aire al llegar al punto final.
En esta primera parte de la novela el dichoso Proyecto, contenido en una funda de guitarra que en determinado momento de la narración es lanzada al mar, es mencionado en múltiples ocasiones y aunque nunca nos es revelado explícitamente en qué consiste, acabamos sintiendo que ahora sí sabemos algo más acerca de él. Acabamos sintiendo al menos que el Proyecto está ahí, a punto de ejecutarse, o que quizá en ese momento, en el de nuestra lectura, está ejecutándose sin que nos demos perfecta cuenta.
En la segunda parte, compuesta por 44 fragmentos en los que Fernández Mallo ahora sí nos ofrece de vez en cuando el punto y aparte, el autor-narrador nos habla de los días de la pareja, primero en un camping y después en una especie de motel que en el pasado había sido una prisión o quizá un monasterio. Es ahí en donde el Proyecto vuelve a cobrar una importancia vital para los protagonistas ya que el hombre que regenta el lugar, un estudioso de textos antiguos, encuentra en la playa la funda de la guitarra con todo lo necesario para la ejecución del Proyecto, y acaba asumiendo el compromiso de esa ejecución, lo que derivará en el problema de la suplantación de la identidad del autor-narrador por parte del propietario del motel, una situación bastante confusa pero inteligentemente planteada por el autor de la novela.
El desenlace de toda esta historia nocillesca quedará, por obvias razones, sin revelar en estos apuntes. Lo que no dejaré de mencionar es la parte final de la novela, constituida parcialmente por un cómic en el que Fernández Mallo comparte protagonismo con Enrique Vila-Matas, y se me ocurre que este feliz encuentro de los dos escritores en un cómic no tiene nada de azaroso pues ambos son, a mi parecer, miembros del selecto grupo de últimos renovadores de la literatura española.
Con esta novela el Proyecto Nocilla entra en la última etapa de su ejecución, y lo hace, como ya dije, de manera firme en el panorama de la narrativa en español. Los días que vienen seguramente traerán consigo una nueva oleada de buenas críticas; el Proyecto permanecerá en ejecución durante mucho tiempo, o durante todo el tiempo, pues tiene las credenciales para convertirse en un clásico posmoderno; pero donde calará hondo será en los lectores capaces de no sorprenderse con poca cosa, en esos lectores que saben, o al menos intuyen, que lo verdaderamente bueno y novedoso puede venir hasta en un tarrito de cacao con pasta de avellana.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Nocilla Lab + Vila-Matas

AFMallo. Fuente: www.diarioinformacion.com
Una sinopsis de lo que encontraremos en Nocilla Lab, la tercera parte de la trilogía de Agustín Fernández Mallo, la ofrece el periodista Ricard Ruiz Garzón en El Periódico. Desde ya se dice que esta tercera parte será la más literaria pues contiene múltiples apariciones de escritores, entre ellos Vila-Matas. Leamos:
Un obrero de Prípiat, Chernóbil, regresa a su hogar cinco años después del desastre y se muestra incapaz de identificar su casa, lo cual conecta con una reflexión sobre la similitud y la diferencia, la cual conecta con símiles entre los replicantes de Blade Runner y la física cuántica, los cuales conectan con un viaje del narrador a Cerdeña que a su vez conecta, a modo de estribillo rizomático, con un texto de Enrique Vila-Matas sobre un bar de las Azores, y todo en cuatro páginas entre el flujo de conciencia y el monólogo interior que se extienden a unas 70 cambiando los puntos ortográficos por recursos poéticos, imágenes recurrentes y deslumbrantes zapeos semánticos. Así empieza, y con brillantez, la road movie autoficticia Nocilla Lab, una novela nuclear y tripartita con la que el físico, poeta y experimentador Agustín Fernández Mallo (A Coruña, 1967) cierra el fértil proyecto narrativo que nació en el 2006 con Nocilla Dream y explotó en el 2008 con Nocilla Experience. Sobre la novela, hay que decir que está, como las anteriores, muy por encima de la restrictiva etiqueta nocillera. Fernández Mallo es un autor sólido, osado, cargado de criterio y talento, aunque menos revolucionario de lo que algunos creen.
Ritmo e inteligencia
La primera parte de Nocilla Lab, por ejemplo, desborda ritmo e inteligencia, y se crece en los nexos entre ciencia, arte y cultura pop que definen su propuesta, hilando reflexiones sobre el azar, el cómic o la Coca-Cola a partir de una habilidosa (pos)modernización formal de lo que ya han bordado decenas de autores, incluido su admirado Thomas Bernhard. La segunda parte, más prosaica, continúa en 44 bloques punteados por dibujos y fotografías el delirante viaje del narrador, un viaje en el tiempo y el espacio hacia el encuentro con un insólito doble o doppelgänger. Ya en el último tramo, el autor ofrece una serie de fragmentos dispersos, accidentales y reveladores –como al fundirse a García Márquez, Ludwig Wittgenstein, Marguerite Duras o J.G. Ballard–, al cabo de los cuales propone una abismada resolución en forma de cómic que dibuja Pere Joan. La original aparición en viñetas de Vila-Matas, como antes en el texto Octavio Paz, Paul Auster o Bukowski, podría hacer pensar que Nocilla Lab es la obra más literaria de la trilogía. Si es así, es sobre todo por el ejercicio de autoficción con el que el coruñés le pone broche de oro, subrayando sus orígenes, su sentido y, especialmente, el laboratorio del yo creador, 100% poético, que late infatigable bajo el proyecto.
DJ ficcional, narrador plástico, fragmentador de azares, físico conceptual, pospoeta... Con su trilogía, a la que Nocilla Lab aporta una fecunda dimensión seminal, Fernández Mallo ha demostrado que al crear no hay material de deshecho, que al mundo en red le sobran hieratismos y que la escritura mutante, cremas para untar al margen, tiene futuro. Gustará o no, pero su obra es un inestimable regalo para atisbar la previsible implosión del paradigma textual. Se acercan cambios, y Fernández Mallo ayuda a conectarlos.

domingo, 13 de septiembre de 2009

La Trilogía Nocilla se une al premio

Marlon Velásquez, un amigo sampedrano que vive en Valencia, ofrece su participación en nuestro I Premio de Relato Corto mimalapalabra 2009 de una manera diferente: con el envío de la primera novela de la "trilogía Nocilla": Nocilla Dream (Candaya, 2007), de Agustín Fernández Mallo. Y a mí se me ocurre en este momento que podríamos agregarle las otras dos novelas de la trilogía: Nocilla Experience (Alfaguara, 2008) y Nocilla Lab, que aparecerá este mes también con Alfaguara. Aún no sabemos cómo le haremos ni de dónde sacaremos más dinero para la compra de los libros y el envío a H; lo que sí sabemos es que los buenos lectores de narrativa en H esperan ansiosos la llegada de este paquetito y que el ganador será suficientemente generoso como para, después de devorar la Nocilla en sus tres estados, compartir la lectura con los demás interesados. Así que ahí está: a los (aproximados) mil quinientos lempiras en efectivo ahora le sumamos la trilogía Nocilla de Agustín Fernández Mallo. Y estamos esperando la confirmación de la librería Caminante de San Pedro Sula en relación con una posible aportación al premio. Cheque pues. Tendremos nuevas noticias en los próximos días.
Las bases pueden consultarlas aquí: http://premio.mimalapalabra.com/

miércoles, 12 de agosto de 2009

Primeras noticias sobre Nocilla Lab

Portada de Nocilla Lab. de AFMallo.

Los días pasan entre las horas extra del trabajo en el verano, los ratos hurtados para la lectura y las noticias siempre fuertes, asombrosas, absurdas de H. El golpe sigue golpeando, la resistencia se fortalece, la indignación crece y se multiplica. Y hoy, de entre ese cóctel de eventos rutinarios, surgen las primeras noticias sobre Nocilla Lab, la tercera parte del "Proyecto Nocilla" de Agustín Fernández Mallo, que publicará Alfaguara el mes que viene. La nota es de Público y de ella dejo sólo la primera parte, con el ánimo de que ustedes, permitiéndose hurtarle una pausa al vértigo político, se vayan a leerla completa.

Han pasado tres años desde que Candaya publicara Nocilla Dream y muchas cosas han cambiado en la vida de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967). Otras no tanto: sus personajes siguen rodando solitarios, como él, aunque en la última entrega de su trilogía, Nocilla Lab (Alfaguara), su personaje ya tiene una pareja con la que caminar largo y confiar en silencio probablemente como él. De hecho, sus personajes siguen cenando ensaladas y agua, y él verduras a la parrilla. Siempre tiene cerca un paquete de Lucky Strike, como sus criaturas, y sigue viviendo en Palma de Mallorca y trabajando en el mismo hospital.
Han sido tres años en los que ha habido de todo, desde la creación de una generación literaria a la discusión de la legitimidad de sus propuestas revolucionarias en la novela. Tres años en los que se ha leído y escrito de todo, mientras él iba soltando año a año la nueva entrega del experimento. Escribió las tres en apenas siete meses, al hilo de un accidente en Tailandia en el que se rompió la cadera. Postrado en la cama fue derivando desde la novela completamente fragmentada, como la visión de toda esa televisión que debió tragarse durante su convalecencia, a esta tercera entrega en la que la narración tiene un motivo de recorrido y un personaje en evolución.
En septiembre llegará la hora de ver cómo sienta la última nocilla a sus fieles y a sus enemigos. Quiere saber qué dirán los más reaccionarios porque en este tiempo que Agustín Fernández Mallo se ha convertido en Agustín Fernández Mallo ha tenido que escuchar y leer más de lo que pensaba: "Que no tengo ni puta idea de escribir, que lo único que sé hacer es mezclar fragmentos al azar, que no sé formar una historia, que eso lo que hago lo hace cualquiera (como aquello de Picasso y los dibujos de los niños)", se queja con cierta amargura. También durante estos años le hemos visto decir que estas críticas contra lo contemporáneo sólo ocurren en literatura, que en otras artes asumen aspectos como la hibridación de los géneros.
"Ahora seguramente dirán que cuando quiero hacer una novela de verdad es fallida, que tenían razón Hay mucha mala hostia". "No gasto un segundo en amargarme porque alguien haga algo que no me gusta. ¡Hay para todos! Tranquilidad, hombre, tranquilidad. No me ofende que haya otras cosas", suelta, con un acentazo gallego que mantiene, a pesar de estos 13 años en la isla.
En Nocilla Lab ha partido el libro en cuatro, desde toda la densidad de la palabra en la primera parte, hasta la práctica desaparición de la misma al final, momento en el que se convierte en imagen e incluye una breve historia en formato de cómic, dibujada por el grandísimo Pere Joan. Por cierto, el dibujante lleva desde enero recreando Nocilla Experience en novela gráfica, que también publicará Alfaguara.
En Lab, una pareja trama su "Proyecto" y él lo cuenta como una road-movie, aunque en ningún momento se aclare en qué consiste ese gran plan que elaboran entre los dos. La pareja participa de una búsqueda obsesiva, que se hace extenuante en los pensamientos (sin un solo punto y seguido) del personaje, que se llama como el autor del libro.

sábado, 13 de diciembre de 2008

FMallo y las "fanfictions"

Dibujo de Eulogia Merle/El País.
Curioso este artículo del AFMallo que leo en Babelia y del que dejo a continuación algunos fragmentos. Lo más interesante del artículo no es que FMallo o cualquier otro lector-cibernauta haya descubierto este subgénero de la ficción llamado "fanfictions", porque ni yo ni nadie (incluso el mismo FMallo) podría creer que se trata de un descubrimiento. La cosa trasciende simplemente porque se ha producido el bautismo. Ahora ya existe un nombre para esas ficciones que toman personajes o situaciones de otras ficciones para recrearlos o procurarles una realidad distinta a la original. Veamos:
¿Qué es una fanfiction? Como el asunto cae dentro de la esfera Internet, parece lógico acudir a una base de datos de ese hábitat. De Wikipedia: "La/el fanfiction (literalmente, ficción de fans), a menudo abreviada fanfic o simplemente fic, son relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de televisión o cualquier otro trabajo literario o dramático. En estos relatos se utilizan los personajes, situaciones y ambientes descritos en la historia original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes". Esta modalidad apropiacionista, típicamente posmoderna, es elaborada cada día por una legión de escritores embebidos en la Red, que no se toman a sí mismos por escritores, y posee una legión aún mayor de seguidores cuyo grado cero o metafísico vendría representado por Enjuto Mojamuto, el abstracto y tecnorromántico personaje de Muchachada Nui.
FMallo propone cuatro ejemplos para considerar las fanfictions "como una práctica literaria tan legítima, grandiosa, aburrida o abyecta como otra cualquiera":
1. Coger al personaje Luke Skywalker, o a Harry Potter, o al kafkiano Joseph K, y meterlos en otra ficción, darles otra vida, ¿no es acaso lo que lleva haciendo la literatura desde su inicio? Como ha señalado Carmen Morán Rodríguez, el primer posmoderno fue Homero, quien elaboró la primera fanfiction al meter al Aquiles de la Ilíada interpretándose a sí mismo en el canto XI de la Odisea (primer cameo teatral y literario de la Historia). Por no hablar del Quijote respecto a los personajes y libros de caballerías. De ahí a fanfictions como Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, de Borges, o el detective Colombo introducido en la película El cielo sobre Berlín, de Wenders, no hay más que un salto de charco.
2. Habría que recordar lo defendido por Barthes a colación de la muerte del autor. El texto le pertenece al lector, lo elabora el lector en cada lectura, y como legítimo propietario de su fantasía no debería haber impedimento para que la gestionase como creyera conveniente. Se habla mucho de los derechos de autor, pero ¿y los derechos del lector? Como escritor, entiendo que mis personajes no me pertenecen; de entrada, porque eso constituiría una modalidad como otra cualquiera de esclavismo contemporáneo.
3. En estricto, hasta la común inclusión de cursivas en un texto como cita de textos predecesores constituye un tipo de fanfiction.
4. Hay fanfictions de alta y baja calidad literaria, de la misma manera que hay novelas mejores o peores. Una novela no deja de ser novela porque sea mala ni es más novela porque sea buena.
Pero la parte más curiosa del artículo no es precisamente la que aclara el panorama sino más bien la que, por esa manía -a veces divertida, a veces aburrida, a veces interesante- de FMallo de meterle a su literatura toda la ciencia y el lenguaje científico que le salga del pecho, acaba enredándolo todo con una tal teoría de "El Centro de Tiempos". Leámosla completita, si es que no nos atascamos (en este caso valdrá la pena una relectura, y después quizá otra, y otra):
La falta de legitimación que suscita esta práctica literaria tiene que ver con una mirada clásica, ya no de la literatura, sino del propio concepto de Tiempo. En efecto, la presunción de existencia de un texto canónico, el cual es copiado o violentado por la fanfiction, remite a una conciencia de tiempo no relativista y más bien lineal: la fanfiction siempre viene después en el tiempo que su correspondiente novela matriz. Pero ese argumento se puede puentear y hasta invertir a través de un símil. En la física básica hay una manera bastante ingeniosa y útil de visualizar el choque de dos partículas, que consistiría en ver ese choque no como un observador externo que está plantado en el laboratorio viendo cómo una partícula va a toda velocidad contra otra que está quieta (por ejemplo, cuando jugamos al billar y queremos golpear con una bola otra que está detenida), sino verlo como un observador que fuera montado en el Centro de Masas de las dos partículas, es decir, montado en un punto imaginario situado, por simplificar, en el punto medio entre ambas partículas en cada instante, y que, lógicamente, se desplaza a medida que la partícula en movimiento se aproxima hacia la que está quieta. Para este observador, montado cual jinete en ese Centro de Masas, ninguna de las dos partículas (o bolas de billar) está detenida, sino que las dos viajan hacia él, hacia su cara, lugar donde finalmente colisionarán. Es decir, que de la típica visión de una partícula en movimiento aproximándose a otra que estaba quieta hemos pasado a la visión de dos partículas que se mueven la una hacia la otra con tal de hacer un cambio a un sistema de referencia llamado Sistema de Referencia Centro de Masas, que es relativo. Haciendo por fin el símil literario que pretendíamos, ese cambio a un sistema de referencia relativo es el que legitimará las fanfictions, sólo que ahora el cambio no es en el espacio, sino en el tiempo, es decir, no vamos a suponer que existe una obra literaria original y fija (la partícula detenida), de la que le son extraídos más tarde personajes a fin de crear una fanfiction posterior en el tiempo a aquella obra original, sino que vamos a imaginar que cambiamos a un sistema de coordenadas de tiempo relativo, que flota entre las dos obras, en el cual ni la obra original precede a la fanfiction ni viceversa, sino que las dos se retroalimentan de personajes y decorados en un tiempo situado entre ambas, fuera del tiempo marcado por el reloj histórico. A ese punto temporal, que flota entre ambas obras, podríamos denominarlo un Centro de Tiempos bajo el cual las dos obras van la una hacia la otra (como antes, en el sistema Centro de Masas, las dos bolas de billar iban la una hacia la otra aunque una de ellas estuviera quieta). En ese Centro de Tiempos, ya no hay una dirección temporal privilegiada, no hay delante ni atrás, ni anterior ni posterior, sino un sistema de dos o más obras literarias que intercambian flujos literarios mientras giran las unas en torno a las otras. Por definición, ese Centro de Tiempos es relativo ya que carece de movimiento absoluto, y es el que me parece adecuado para describir la literatura del apropiacionismo en general y las fanfictions en particular, desde Homero a Internet. Es más, en último extremo, creo que es este modelo de tiempo el que define la posmodernidad y que hace que desde el origen de la literatura esa posmodernidad haya existido; lo que ocurría es que, como en la revolución copernicana, sólo hay que cambiar de sistema de referencia para verlo. No estaría mal ir pensando que esa revolución copernicana, ese cambio a la visión de la literatura desde un Centro de Tiempos, existe y da interesantes frutos. Debe existir la libertad para elegirlo o no según le convenga al autor.

lunes, 16 de junio de 2008

Nocilla Dream y Nocilla Experience, de Agustín Fernández Mallo

Agustín Fernández Mallo, autor del Proyecto Nocilla

Por Rafael Lemus

1

La escena es tan hermosa que provoca náuseas.
Un hombre –o una mujer, da lo mismo– afina su perfil en Facebook.
O envía un sms.
O seduce a un adolescente en –digamos– Second Life.
Mejor: un hombre lee un texto, un texto cualquiera, en internet.
Un hombre lee un texto en internet y una frase lo arrastra a la siguiente y, de pronto, un link lo dispara a otro texto, profusamente ilustrado, que no tarda en rebotarlo a un blog que reproduce un video, copiado de otro sitio, para terminar comprando, nueve o dieciséis clicks más tarde, un boleto de avión –o una computadora más potente– en un inesperado pliegue de la red.
Lo hermoso: cuando el hombre vuelve a la cama, tiene a su lado, sobre el buró, una anacrónica novela costumbrista. O, ay, romántica. O elementalmente histórica.
Eso le gusta: que los libros contemporáneos no lo parezcan. Que todo cambie pero no la literatura. Que las obras literarias, buenas o malas, se mantengan lineales, sucesivas, coherentes, humanistas, reconfortantes, reaccionarias.
Ese hombre es, por lo pronto, casi todos los hombres.
2

¿Qué hacer? Esta pregunta debería flotar pesadamente en los pasillos literarios. ¿Qué hacer: escribir las obras desfasadas que el público medio demanda o intentar otra cosa? ¿Qué hacer: continuar produciendo libros o practicar una escritura que rebase los bordes del libro? ¿Qué hacer: defender una tradición ilustre o ponerse –no sin enojo– a la hora del mundo? ¿Qué hacer: Literatura –así: con mayúscula– o una escritura que, para decir mejor el presente, renuncie incluso, sobre todo, a lo literario? ¿Qué hacer: novelas capaces de comunicar todavía la cartilla humanista o aceptar que algo ha cambiado y ejercer, para decirlo de algún modo, una escritura posthumanista?
Sería absurdo exigirle a todo escritor una respuesta.
Es necesario que toda escritura esté consciente de estas disyuntivas.
3

Lo primero que debe decirse –y de paso: aplaudirse– de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) es que el hombre está decidido. En vez de dudar, responde. No, no es posible escribir hoy como se escribía hace cuarenta o doscientos años. Sí, sí hay manera de escribir otra literatura ¿Cómo? Antes de intentar demostrarlo, sus dos libros de narrativa se obstinan en convencernos de que algo grave ha ocurrido. Las múltiples citas sobre cibernética, física y tecnología recogidas en Nocilla Dream están ahí para señalarnos: las cosas han cambiado drásticamente y la Literatura, por carambola, ha envejecido. Los fragmentos de entrevistas y de noticias pop reunidos en Nocilla Experience insisten: las cosas se transformarán violentamente y, a menos que algo se modifique en la escritura, la literatura no hallará espacio en la nueva realidad. Escribe, finalmente, Fernández Mallo: “antes creábamos desde el conocimiento, ahora desde la información”; hemos pasado “de una metafísica del pincel a una metafísica del pixel”.
¿De qué tratan ambos libros? Me temo que la pregunta correcta sería: ¿cómo están construidos? Tanto Nocilla Dream como Nocilla Experience están construidos fragmentariamente: hay cabos de historias, digresiones truncadas, trozos de otros textos. Nada avanza, crece y se consuma porque todo está allí sólo un momento: cuando algo empieza a fijarse, cambia el tono, el personaje, el escenario. Se ha hablado, para explicar la disposición de los fragmentos, de rizomas y de zapping. Podría hablarse, también, de internet: ambas obras parecen imitar, todavía lerdamente, los procedimientos de la red –la oferta simultánea de textos diversos, la información desprovista de contexto, la escritura de posts y no de obras. ¿Que qué libro es mejor? Tres respuestas: 1) el primero: porque sus citas son más contundentes, y sus anécdotas, más atractivas; 2) el segundo: porque, a pesar de ofrecer una suerte de desenlace, es más opaco y, por lo mismo, más radical, menos literario; 3) ambos o ninguno: porque los dos libros son, salvo diferencias de gradación, semejantes.
Es posible que la diferencia más significativa entre un libro y otro no sea literaria sino editorial: Nocilla Dream se publicó, luego de un puñado de rechazos, en el sello independiente Candaya; Nocilla Experience, con bombo y platillo, en Alfaguara. ¿Importa? A menos que se piense que la literatura es tan banal como la repostería, claro que importa. Los libros, además de crear significados, inciden sustantivamente sobre lo real: afirman ciertas inercias, se oponen a otras. ¿Qué significa, entonces, que el trabajo de Fernández Mallo, uno de los más radicales del idioma, se edite en la misma casa editorial que publica a Clara Sánchez y Marcela Serrano? Dos opciones: a) que los escépticos tienen razón y ya no es posible recuperar el ánimo subversivo de las vanguardias, sólo su voluntad experimental; b) que la subversión es todavía posible y su nombre es, como quería Julia Kristeva, abyección: roer desde dentro, aprovechar los medios de distribución ya creados para dinamitar sus pilares.
Sería absurdo exigirle al lector una respuesta.
Es necesario que esté consciente de esta disyuntiva.
4

Aquellos que devoran novelas, absténganse. Estos libros no se devoran; ni siquiera se leen sostenidamente. Antes que obras, hay fragmentos: atisbos de historias que se esfuman cuando apenas empezamos a leerlos. Antes que fragmentos, proyectos: no trozos de anécdotas sino posibles arranques de historias, planes narrativos, ideas. Para decirlo de otro modo: hay algo decididamente conceptual en los libros de Fernández Mallo. Para empezar, importa menos su elaboración, el trabajo, que su intención, el concepto. La tensión literaria –si la hay– no descansa en la prosa ni en la factura de los personajes ni en ninguna de las partes más o menos tangibles de la obra; reside en el proyecto. Vale lo mismo, por ejemplo, la parte narrativa que el breve epílogo, capaz de esbozar una poética, o que los ensayos teóricos que antecedieron a estas obras. Vale más el proyecto –la concepción de la trilogía Nocilla– que lo que valdrán, cuando aparezca la última obra, los tres libritos.
Salvador Elizondo: “todo proyecto realizable es un proyecto impuro”.
5

Dos digresiones.
La primera: ante este tipo de obras, los lectores ortodoxos suelen acusar: ¡formalismo, formalismo! Si uno les presta atención, lo que parecen querer decir es que estas obras, obsesionadas con sus propios mecanismos, dicen apenas nada. Señor, señora: ocurre justo lo contrario. Quienes se obstinan en pulir sus piezas y se regodean con las convenciones heredadas –muchas de ellas ya desprovistas de sentido– son los narradores más tradicionales, autores de un arte relamido. El arte progresista, por llamarlo de algún modo, cree, ha creído siempre, en la expresión. Su estrategia: renunciar a las viejas formas para crear otras capaces de decir el presente. Su propósito: fundar un nuevo realismo, y después dinamitarlo.
La segunda: ante este tipo de obras, los lectores más astutos suelen vociferar: ¡pero si no hay nada nuevo aquí! Para ejemplificar, podrían decir que el afán de Fernández Mallo de fundir ciencia y literatura no es novedoso, como tampoco lo son los fragmentos ni el zapping ni las citas concebidas como ready-mades. Señor, señora: tiene usted razón –hay ecos de Raymond Roussel y Marcel Duchamp y, digamos, David Markson y Mario Bellatin en las obras de Fernández Mallo. Señor, señora: usted se equivoca –el arte progresista no está obligado a ser nuevo sino actual. No importa si se apela a una tradición; importa que esa tradición todavía signifique. No importa si uno abreva de este o aquel autor; importa que esos autores estén vigentes. ¿Todo esto –la escritura conceptual y posthumanista– ya se hace en otras partes, en otros idiomas? Así está bien: abollemos nuestra tradición como otros abollan la suya. Que algo –un juego, un atentado– haya sido ya practicado en una literatura no supone que no deba ser ejercido al interior de otra. Por el contrario: hay que hacerlo. Renovadamente. Piénsese, para no pensar demasiado, en el Boom latinoamericano, que exportó a destiempo, pero por fortuna, las técnicas de cierta literatura anglosajona. No se piense, mejor, en el Boom. ¡Mierda!
6

“El arte que avanza hacia lo desconocido, el único aún posible, no es ni jovial ni grave; pero el tercer término está oculto, como si estuviera sumergido en la nada cuyas figuras describen las obras de arte progresistas.” (Theodor W. Adorno) ~
Tomado de Letras Libres

martes, 15 de abril de 2008

Nocilla Dream

Leí Nocilla Dream. Me gustó, como quizá podría gustarme una muchacha desconocida a la que viera por un instante doblar la esquina y desaparecer para siempre. Me quedaría la sensación agradable de haberla visto pero también la certeza de que al no volver a verla, la vida seguirá transcurriendo con normalidad.
Pero probablemente esta percepción mía de la primera novela de Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967) se deba a su estructura fragmentaria, que obliga a una lectura casi inaprehensible y que recurre a eso que se ha dado en llamar "zapping literario", lo cual consiste en leer simultáneamente muchas historias con otros tantos personajes sin que nos quedemos con ninguna, más o menos lo que ocurre cuando, armados con el control remoto, cambiamos y cambianos canales sin decidirnos a disfrutar de un programa en particular.

El hilo argumental de Nocilla Dream es débil, casi invisible, sin que esto represente tampoco una carencia. De hecho, es precisamente esa la intención de su autor, quien en una entrevista define así su novela: "Una novela que no parecía una novela, porque en el texto había aplicado casi todos los presupuestos que aplico al lenguaje poético, como la mezcla de temas diferentes y los apropiacionismos de otros campos. Se me ocurrió entonces que la novela que había escrito era como un collage sin pegamento, o mejor dicho un collage que se ofrecía al lector para que éste pegara sus diferentes partes".

Pero a pesar de su multiplicidad de temas, de situaciones y de personajes, así como en la monumental novela 2666 de Roberto Bolaño el punto de convergencia es la ciudad ficticia de Santa Teresa, en Nocilla Dream ese punto de convergencia lo encontramos en una carretera del desierto de Nevada en donde hay un viejo olmo del que cuelgan montones de zapatos. En la imagen de esa carretera y de ese árbol asoma el escaso argumento de la novela. En la fortuita existencia de ese olmo en medio del desierto, y de sus frutos extraordinarios, se encuentran las leves correspondencias entre algunos de los personajes.

En este libro de pequeñas historias superpuestas coinciden prostitutas de la periferia aburridas y cansadas, un coleccionista de fotos "encontradas", ancianos surfistas chinos que ganan campeonatos mundiales, un lector de revistas que hace con ellas bolas de papel para tirarlas al desierto, un ex boxeador norteamericano con la idea fija de invertir el viaje de Cristóbal Colón, un argentino que vive en Las Vegas y construye un monumento insólito a Borges, un hombre sin patria anclado en un aeropuerto, un diseñador de alcantarillas que inventa la historia de los zapatos colgantes… Y así sucesiva y simultáneamente. Una lectura estimulante. Quizá no demasiado memorable, pero sí estimulante.

DOS FRAGMENTOS DE NOCILLA DREAM 5 Es lógico, en un burdel hay chicas de todas las clases, y más aquí, en el desierto de Nevada, cuya monotonía, la más árida del Medio-Oeste Americano, hay que paliar con determinados exotismos. A Sherry la están maquillando en el backstage improvisado en la parte de atrás, junto al antiguo pozo ahora seco. No se fía del gran espejo enmarcado en bombillas que le han puesto y, como cuando llega algún cliente por sorpresa, echa mano del retrovisor de un Mustang ya casi hecho chatarra. El sol y la nieve lo han ido comiendo desde que allí lo dejó un hombre al que jamás volvió a ver. Se llamaba Pat, Pat Garret. Llegó una tarde de noviembre, con la última temperatura moderada, pidió una chica, la más joven, y Sherry se presentó. Pat tenía una afición: coleccionar fotografías encontradas; toda valía con tal de que salieran figuras humanas y fuera encontrada; viajaba con una maleta llena. Tumbados en la cama, mientras miraba un punto fijo de la pared, le contó que después de haber trabajado en un banco en L. A., había heredado inesperadamente, así que dejó el trabajo. Su afición por las fotografías le venía del banco, por culpa de ver tanta gente; siempre imaginaba cómo serían sus caras, sus cuerpos, en otro contexto, más allá de la ventanilla, que también era como el marco de una fotografía. Pero tras haber cobrado la herencia, su otra afición, el juego, lo había llevado a perderla casi en su totalidad. Ahora se dirigía al Este, a New York, en busca de más fotografías, Aquí, en el Oeste, siempre andamos a vueltas con los paisajes, le dijo, Pero allí todo son retratos. Sherry no supo qué decir. Él abrió la maleta y le fue dando las fotos. Barajada en uno de los tacos encontró el inequívoco rostro de su madre. Sonreía agarrada a un hombre que, entendió, era el padre que nunca había llegado a conocer. Cayó sobre el pecho de Pat y lo abrazó fuertemente. A partir de ahí, él se quedó muchos días más, ella ya no le cobraba, le preparaba la comida y no salían de la habitación. La noche en que Pat se fue el Mustang no le arrancó, pero consiguió parar a un camión que iba hacia Kansas. Por la mañana, tras descartar que se hubiera caído al pozo, o que hubiera ido a Ely a por tabaco, ella se puso a esperarlo hasta que anocheció con la vista fija en el último punto divisable de la US50. Cuando ya no pudo más, sentada en el capó del Mustang se echó a llorar. Se repasa los labios en el retrovisor y la maquilladora le avisa, ¡Salimos al aire en 1 minuto! Nevada TV hace el especial Prostitución en Carretera. Acercan el micro y le preguntan, ¿De qué cosa te sientes más orgullosa, Sherry? El amor es un trabajo difícil, contesta, amar es lo más difícil que he hecho en toda mi vida. 74 En su imparable obsesión por la experimentación en la grabación de ruidos y su posterior procesado para darles una forma sinfónica, el joven Sokolov ya sólo se dedica a registrar en su grabadora las entrañas de las casas que, como él ha descubierto, están recorridas a cada instante por un canal ramificado de sonidos únicamente audibles con aparatos creados en su mayoría por él a tal efecto. Después de estudiar detenidamente las zonas de la ciudad que le convienen según las características constructivas, pide que le cedan una habitación en un edificio en la que instalarse durante un par de días. Atrás quedó su interés por registrar el sonido de las calles de Chicago, de los coches que pasan, de los grafiteros, y de todo aquello. Su abuela piensa que esa obsesión por los edificios le viene del accidente que a los 10 años le había sepultado en el sótano de su casa en Polonia, matando a sus padres, pero él sabe que no, que en realidad todo se gestó cuando aún era un feto, momento en el que el sentido más desarrollado es el auditivo. Su siguiente objetivo es el World Trade Center, Nueva York. En las oficinas de la BP, piso 77, le han permitido montar su laboratorio sonoro. Pretende recoger todos los sonidos que, en ese piso totalmente aislado del exterior, jamás llegan a oírse: el vuelo de un pájaro a ras de la ventana, el paso de un helicóptero, el silbido de un limpiacristales o del viento, así como los ruidos imperceptibles de las cañerías, las vibraciones de la estructura, el cimbreo de las antenas, las cisternas de los 100 pisos circundantes, el zumbido parásito que emiten los cables de electricidad, el rodar de las ruedas de los coches del parking del sótano, el ring de las cajas registradoras de las tiendas de las plantas bajas, etc. Coloca micrófonos garza exteriores, micrófonos tipo membrana pegados a los cristales y bajo la moqueta, otros hidrófugos en los desagües, en el interior de los enchufes, y como cuando por capilaridad el café sube por el azucarillo si mojamos sólo la punta, o como cuando la sabia de un árbol sube de las raíces a las hojas impulsada por una fuerza sólo explicable mediante arquetipos vectoriales, todo el sonido oculto del edificio sube también hasta sus auriculares; escucha los latidos de lo inerte, vive una experiencia íntima con el edificio, devuelve a la habitación los sonidos que le son suyos. Respecto al origen de su obsesión por los sonidos de los edificios, ha pensado que quizá tenga que darle la razón a su abuela, porque hoy le ha parecido distinguir entre la maraña de ruidos del World Trade Center las últimas voces de sus padres.