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lunes, 10 de octubre de 2011

La gran novela americana


Portada de la edición en inglés de la novela aludida por Eduardo Lago.
Un buen artículo éste de Eduardo Lago para asomarse a la narrativa norteamericana contemporánea, en la que "nadie pone en duda la superioridad del cuarteto integrado por Philip Roth, Cormac McCarthy, Don DeLillo y Thomas Pynchon" y en la que David Foster Wallace, con su novela póstuma Pálido Rey, parece reclamar el mérito de haber escrito hasta ahora la única "gran novela americana":
John William DeForest fue un escritor realista, autor de numerosos artículos, medio centenar de relatos y una novela sobre la guerra civil estadounidense. Hoy nadie recuerda su nombre ni sus escritos, ni siquiera que fue él el autor de un ensayo publicado en 1898 cuyo título (La gran novela americana) y la tesis en él defendida (que la obligación de todo novelista nacido en su país es dar cuenta de la realidad social estadounidense en toda su complejidad) estaban destinados a convertirse en una maldición de la que ningún compañero de oficio nacido después ha podido librarse. Hay dos grandes novelas anteriores a la formulación de DeForest: La letra escarlata (1850), de Nathaniel Hawthorne, y Moby-Dick (1851), de Herman Melville. Estas dos obras junto con Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) son las grandes novelas americanas del siglo XIX.
En la primera mitad del siglo XX, el canon de la gran novela americana incluye a Scott Fitzgerald, con su radiografía de la era del jazz, y el legado mítico e inmenso de William Faulkner, a los que cabe agregar el conmovedor retrato de la inmigración que es Llámalo sueño (1935), de Henry Roth, la trilogía USA (1938), de John Dos Passos, y Las uvas de la ira (1939), de John Steinbeck. Por lo que se refiere la segunda mitad de la centuria, y centrándonos en quienes ya han fallecido, cabe destacar las figuras formidables de Saul Bellow, John Updike y William Gaddis. La inclusión de este último, maestro confeso de Jonathan Franzen y autor de Los reconocimientos (1955), supone la inclusión en el volátil canon que venimos describiendo, un canon de decidida vocación democrática, a un autor innegablemente difícil (con una mezcla de admiración y miedo, Franzen bautizó a Gaddis como "Mister Difficult"). Entre los novelistas norteamericanos vivos nadie pone en duda la superioridad del cuarteto integrado por Philip Roth, Cormac McCarthy, Don DeLillo y Thomas Pynchon. Extraordinariamente difícil y misterioso en grado sumo, suscribo la opinión de Harold Bloom de que Pynchon es posiblemente el mejor de todos ellos.
El debate entre la voluntad de arriesgar y la apuesta por el fácil asidero de las convenciones realistas es una constante en la historia de la novela, no sólo estadounidense. Entre los autores más recientes de aquel país, los dos nombres más representativos de esta lucha son David Foster Wallace, autor de La broma infinita (1996), ambiciosa narración de más de mil páginas que revolucionó el arte de la novela y se ha convertido en uno de los textos más influyentes de la literatura universal de las últimas décadas, y Jonathan Franzen, declarado por la revista Time (entendida aquí como un reflejo de la anónima voz del público lector) como el primer gran novelista americano del siglo XXI. Las dos últimas obras de Franzen, Las correcciones (2001) y Libertad (2010) cumplen a la perfección con el cometido de dar cuenta de la realidad social norteamericana en la década inaugural del tercer milenio. Que Libertad es una novela excelente no lo niega nadie, aunque no sea una obra maestra a la altura de las que integran el elusivo canon de la gran novela americana. Ni siquiera es la mejor novela publicada en Estados Unidos en 2010 y, de hecho, no logró alzarse con ninguno de los grandes premios, todos ellos de una limpieza indiscutible. El Nacional se lo llevó Jaimy Gordon; el Pulitzer, Paul Harding, y el de la Crítica, Jennifer Egan (ganadora a su vez del Pulitzer en 2011 con la misma obra). Todo esto dicho con ánimo de poner un poco de cordura en el delirio hagiográfico generado por la novela de Franzen.
En todo caso, el pulso mayor no lo sostuvo Franzen con quienes le arrebataron los grandes premios literarios por los que compitió, sino con su amigo David Foster Wallace, quien se suicidó sin llegar a concluir una novela en la que llevaba trabajando más de una década. Franzen y Wallace iniciaron su andadura novelística casi a la vez y al principio sus posturas eran semejantes. Los dos eran conscientes de que la verdadera obligación de todo artista es adentrarse en el vacío, tratando de dar con formas que dieran nueva vida a la novela. Wallace jamás dejó de hacerlo, mientras que Franzen, ansioso por no perder de vista al gran público, optó por fórmulas sumamente conservadoras. El proyecto de Franzen es escribir como se hacía en el siglo XIX, aclimatando a nuestros días la lección de Tolstói. El resultado es magnífico, pero carece de visión de futuro y no durará. Por el contrario, Wallace mantuvo la mirada fija en zonas más lejanas y demoniacas, y como ocurre siempre con los genios, el lector necesita tiempo para llegar a captar el resultado de su esfuerzo, pero en arte sólo perdura quien arriesga de verdad. Con ser una obra truncada, fragmentaria y de una considerable dificultad, la inacabada Pálido Rey, la obra póstuma de David Foster Wallace, es, por ahora, la única gran novela americana del siglo XXI.

viernes, 5 de febrero de 2010

La carretera: De la nada a ninguna parte


Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee, de perfil, en La carretera.
Cuando una película anunciada está por llegar a las salas de cine, me voy a buscar la crítica de Carlos Boyero en El País. Así, reduzco las posibilidades de equivocarme. Confío en el criterio de Boyero, que nunca apreta la boca ni se muerde la lengua y sabe cuándo tirar unas discretas flores. Hoy estrenan La carretera en las salas de cine de España, película basada en la magnífica novela de Cormac McCarthy, con Viggo Mortensen como protagonista, y esto es lo que escribió Boyero, ésta es su invitación al cine para esta semana:
En las perplejas y desoladas reflexiones mentales que hace el hastiado sheriff de No es país para viejos, en la visita que hace al solitario anciano que está impedido en una silla de ruedas, en la sombría atmósfera de ese libro excepcional, latía el sentimiento de que el mundo se estaba pudriendo irremediablemente, que el mal era tan caprichoso como invencible. En La carretera, su siguiente novela, Cormac McCarthy nos cuenta que ya ha llegado el Apocalipsis. No ofrece las razones. ¿Qué más da? Sólo ofrece un doloroso y angustioso tratado de supervivencia, ese instinto animal que permanece aunque todo sea oscuridad y devastación, la esperanza de encontrar un refugio duradero en un lugar remoto. Centrada en un padre y su desarmante niño, descrita su relación por McCarthy como "el uno para el otro, todo cuanto tienen en el mundo", esta estremecedora novela te engancha en el corazón de principio a fin. Esa prosa honda y desgarrada te hace vivir el camino pedregroso e infectado de peligros que recorren los vagabundos, te contagia el miedo de que los caníbales que pueblan montes, valles y carreteras se los zampen, hace que compartas su lógico desfallecimiento y su épica determinación de seguir adelante, que sientas su frío, su hambre, su terror, su exaltación, los recuerdos lacerantes de que alguna vez existió el esplendor en la hierba, la tentación de acabar con todo para no prolongar el sufrimiento.

Temática tan angustiosa no invitaba a que las productoras de Hollywood apostaran por ella, a que invirtieran demasiado dinero reconstruyendo un infierno sin salida. Tampoco están los tiempos ni el ánimo de los espectadores para historias con planteamiento y desarrollo tenebroso e imposible final feliz, a no ser que el que invierte la pasta sea tan bellaco y tan cínico como para cambiar el espíritu del texto literario e inventarse un desenlace complaciente y al gusto del espectador más convencional.

El director John Hillcoat ha optado por la fidelidad absoluta al texto de McCarthy. Retrata con arte poderoso ese indeseable universo. Sus imágenes, los personajes, sonidos y situaciones que describe son tal como imaginábamos al leer la novela. Está obsesionado con dotar de fisicidad el recorrido de esos cuerpos temblorosos, de esas almas perdidas.

Ocurren muchas cosas en La carretera. La mayoría de ellas horrorosas, pero también hay respiros y oasis, la sensación de que en el mundo que se ha tornado embrutecido y salvaje, en el que la única norma es el sálvese quien pueda, hay vestigios de humanidad. Es dura pero también muy tierna la historia de amor entre ese padre forzosamente pragmático y ferozmente precavido ante los monstruos que les amenazan y ese hijo que no ha perdido la inocencia a pesar de los pesares. Sus escasos y compartidos momentos de alegría te conmueven y cuando todo invita a la claudicación a ti también se te encoge el alma. Nunca he oído un llanto tan auténtico e hiriente (ignoro lo que habrá hecho con él los casi siempre temibles doblajes) que el de ese crío a la intemperie.

Si el trabajo de Hillcoat posee una notable fuerza visual, ambiental y sentimental, las interpretaciones de Viggo Mortensen y del niño Kodi Smit-McPhee, la comunicación y la química que establecen entre ellos, son admirables. También está más allá del elogio la obra de arte que ha logrado la fotografía de Javier Aguirresarobe. Te hace respirar el frío, las cenizas, el dolor deprimente grisáceo de una insoportable jungla. El Oscar se degrada al haberlos desdeñado en sus candidaturas.

martes, 29 de diciembre de 2009

Mis mejores lecturas del 2009



Dibujo de Agente Artehormiga. Fuente: hcfacebook.
En Hermano Cerdo lo están haciendo de nuevo. ¡Vamos!
Excelentes las dos novelas cortas de Patrick Modiano que leí empezando el año: Calle de las Tiendas oscuras (Anagrama) y Dora Bruder (Seix Barral). Extraordinario poder de síntesis para contar historias que atraviesan la Historia de la mano de personajes que buscan algo y que al mismo tiempo se buscan a sí mismos. Ya saben: de lo mismo, pero esta vez con Modiano.

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, una intensa novela de aprendizaje que leí durante las pausas y las noches de mis días de más trabajo en agosto, con personajes que huyen de un mundo más o menos confortable para ir en busca de aventuras abajo de la frontera mexicoamericana.

Algo tiene Mario Levrero para que uno se empeñe en seguir leyendo sus “aventuras cotidianas” sin esperar nada más que, quizá, un pequeño accidente en su computadora, una visita o una conversación telefónica banal. Eso fue lo que me dije cuando llevaba por la mitad El discurso vacío (Debolsillo) y es lo que seguía pensando cuando leía La novela luminosa (Debolsillo). ¿Qué es lo que nos atrapa de esa “estética de lo cotidiano” de Levrero? Seguiré leyendo lo que encuentre de Levrero y seguiré, con absoluto placer, preguntándome lo mismo.

Angosta (Planeta), una novela de Héctor Abad Faciolince que me hizo llegar un amigo desde Colombia, plantea la situación de un país, Angosta, con una política que establece tres castas: los dones, los segundones y los tercerones, y en el que se dan cita todas las posibilidades sociales, culturales y políticas de Latinoamérica. La violencia y la exclusión podrían ser sus temas predominantes, pero la novela no es sólo eso, porque también hay sexo, amor y aventuras; y todo con una prosa traviesa, juguetona, en la que la ironía está a cada vuelta de página.

Nocilla Lab es la novela que más me ha gustado de la trilogía de Agustín Fernández Mallo. El monólogo de la primera parte y el tema del escritor enfrentado con lo que podría ser su doble, más ese cómic del final en donde encontramos a Fernández Mallo y a Vila-Matas hablando de la desaparición… Se pregunta uno si seguirá produciéndose nocilla después de esto.

Horacio Castellanos Moya es un escritor que escribe desde la experiencia del exilio, ese casi destierro autoimpuesto que lo hace volver a sus orígenes, pero sólo en sus libros, con una mirada oblicua, casi pendenciera, para tratar de recuperar algo que no considera del todo perdido. En Con la congoja de la pasada tormenta (Tusquets) reúne casi todos sus cuentos. Una excelente puesta a punto de su trayectoria como cuentista, casi desconocida para los lectores en España.

¿Qué puede esperar uno al leer Historia argentina (Anagrama), de Rodrigo Fresán: una novela o un libro de cuentos? Yo diría que ambas cosas. Tomemos al azar cualquiera de sus capítulos y leámoslo como si fuera un cuento. O empecemos desde el principio y vayamos observando, de cuento en cuento, o de capítulo en capítulo, el particular modo que tiene Fresán de contar la historia de su país. Fresán tiene una escritura precisa, cada frase es una unidad autosuficiente y sugerente, y además, una perspectiva tan particular de ver el mundo que uno no quiere dejar la lectura o, una vez terminado el libro, no quiere leer por el momento otra cosa que no sea de Fresán. ¿Exagerado? Pero es que así me lo pareció.

Aprovechando el desempleo, me propuse leer la kilométrica El arco iris de gravedad (Tusquets), de Thomas Pynchon. Tres semanitas en las que agoté una lámpara, dos botes de Nescafé, unas cuantas madrugadas y un buen porcentaje de mi capacidad de visión. Pero ha valido la pena. Cómo no. Secuelas: 1: cuando pasa un avión o cuando sopla el viento de la Tramuntana pienso que puede tratarse de un cohete. 2: cuando tengo una erección espontánea pienso que se acerca un cohete. 3: caen cohetes en mis sueños. Loor a ti, Thomas Pynchon.

Desde hace tiempo venían llamándome, desde una estantería de la biblioteca de Figueres, los tres volúmenes de Tu rostro mañana, de Javier Marías. El miércoles me llevé a casa el primero, subtitulado "Fiebre y lanza", que leí entre las fiestas de Nochevieja, las cervezas y la goma. Lo devolví el sábado y saqué ahí mismo el segundo volúmen, subtitulado "Baile y sueño", que ya estoy leyendo con el mismo placer con el que leí el anterior. Tiene una prosa envolvente esa novela, una prosa sensual, poética en muchos momentos. No se les ocurra no leerla. Aunque debo advertirles que no podrán soltarla una vez llegue a sus manos.