Mostrando entradas con la etiqueta MVargas Llosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta MVargas Llosa. Mostrar todas las entradas

lunes, 3 de enero de 2011

Encuentros extraordinarios entre dos tipos

Por Juan Gabriel Vásquez
Hace unos meses apareció en Francia una novela cuyo rasgo más curioso es el de no haberse escrito antes.
La semana pasada hablaba en esta columna de especulaciones literarias; pues bien, una de las ramas de esa particular manera de perder el tiempo es la de los encuentros extraordinarios, por la cual uno desarrolla una especie de fascinación por los momentos en que dos grandes hombres se cruzan por azar o por voluntad. La novela de la que hablo se ocupa de uno de los más raros: el momento de 1922 en que un tal James Joyce, que por ese entonces acababa de publicar una novelita titulada Ulises, se topó en el hotel Majestic de París con un tal Marcel Proust, que por ese entonces acababa de publicar el último tomo de una novelita titulada En busca del tiempo perdido. Los dos acababan de poner patas arriba la literatura del siglo XX, pero ese día su conversación fue una de las más aburridas que constan en los anales de la vida social parisina. Creo que hablaron de trufas, entre otras cosas.
Me gusta pensar en estos momentos, que no abundan y son por lo tanto más interesantes cuando los descubrimos. El interés en ellos tiene algo de caprichoso, por supuesto, pero me parece que son caprichos comprensibles: ¿cómo no preguntarse por lo que habrá podido decir Herman Melville, que todavía no había escrito Moby Dick, cuando se encontró en Paita con una mujer moribunda de nombre Manuela Sáenz? Melville andaba buscando ballenas, y al parecer Manuelita no supo decirle si en la costa del Perú podían avistarse algunas. Hace unos meses un amigo, editor de una revista canadiense, me habló con entusiasmo de un gran descubrimiento que acababa de hacer: una foto del encuentro de Tolstói y Chéjov en Yásnaia Poliana. ¿Cómo no preguntarse también por esa conversación, que no consta enteramente en ninguna parte? A RH Moreno-Durán le gustaban estos encuentros también, y no sólo los que ocurrían entre dos grandes personas, sino los que no ocurrían: al final de su vida, por ejemplo, había estado escribiendo una novela sobre los días (ficticios pero posibles) que Orson Welles pasó en Bogotá, y sentía una suerte de pasión por la idea de que García Márquez se hubiera cruzado con Fidel Castro el 9 de abril de 1948.
He estado pensando en uno de estos encuentros ahora que termina el año con un eco raro de su comienzo. Para los lectores de Camus en medio mundo, el 2010 comenzó el 4 de enero, cuando estuvimos acordándonos de que fue hace medio siglo que el hombre se estampó contra un árbol en el Facel-Vega de su editor. Y el año termina con la entrega del premio Nobel a Vargas Llosa, que es, por supuesto, uno de los grandes vindicadores de Camus. En El pez en el agua cuenta Vargas Llosa de su llegada a París a finales de los años cincuenta y de cómo, venciendo la timidez, se apostó a la salida del teatro donde Camus montaba una de sus obras. Al verlo salir, se le acercó y le regaló una revista. Camus le dijo dos palabras en español, lengua que entendía bien, y luego se despidieron: el premio Nobel de 1959 y el muchachito impresionado que acababa de ganar un premio para principiantes con uno de sus primeros cuentos y que ahora, muchos años después, puede hablar de Camus como uno de sus pares.
“A la realidad le gustan las simetrías”, escribe Borges.
Pues eso.
Tomado de El Espectador

domingo, 31 de enero de 2010

Vargas Llosa responde en Cartagena


Mario Vargas Llosa conversa con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en Cartagena de Indias- REUTERS.

En estos días se realiza en Cartagenda de Indias, Colombia, el Festival Hay, que El País sigue con mucha atención, con la participación de reconocidos escritores. Uno de estos escritores es Mario Vargas Llosa, que el mediodía de ayer llenó un teatro. Su compañero de charla sería Héctor Abad Faciolince, el escritor colombiano que estos días publica Traiciones de la memoria (Alfaguara), una suerte de coda de El olvido que seremos, el estremecedor libro en el que narró el asesinato de su padre. Abad no dejó que la admiración inutilizara su papel de mínimo inquisidor y el resultado fue una vibrante visita guiada al universo de Mario Vargas Llosa. Éstas son algunas de las estaciones del recorrido:
Un escritor sin inspiración. "Mi disciplina a la hora de escribir nació de la comprobación deprimente de que no tenía inspiración. Por eso me sirvió tanto descubrir, cuando llegué a París en 1959, a Flaubert y, sobre todo, su correspondencia. Flaubert empezó siendo un mal escritor, un mero imitador, y para llegar a ser el genio que fue se impuso una disciplina de galeote. Yo llegué a la conclusión de que si uno no tenía talento podía provocárselo a base de trabajo".

Crisis social, salud artística. "Las sociedades inestables en las que se percibe una cierta inseguridad tienden a generar literaturas más ambiciosas que aquellas sociedades más estables en las que se percibe como algo pueril el deseo de llevar a cabo un gran proyecto novelesco. Por eso la literatura latinoamericana dio grandes frutos en los años 60, en un momento convulso en el que nadie apostaba por América Latina. Pero todo esto no es más que una tendencia y no una ley histórica, yo no creo en las leyes históricas. Además, en el arte siempre prima el elemento individual".

Políticos y rufianes. "¿Por qué me presenté a la presidencia de Perú si le había hecho decir a uno de mis personajes que la política es un mundo de rufianes? Tal vez por la atracción del abismo, pero sobre todo porque no debemos sacar conclusiones de desdén aristocrático de esa frase. Eso sería hacer el avestruz. Cuanta más gente decente haya en la política más se adecentará ésta".

Elogio de la imperfección. "Si fui muy crítico como opositor a Alan García en Perú y ahora no lo soy tanto es porque él piensa ahora cosas que yo pensaba entonces. En materia estética podemos ser intransigentes porque la imperfección es intolerable, pero en política eso es imposible. Hay que optar por el consenso y hacer concesiones, eso es la democracia, el menos malo de los sistemas. Los únicos que creen que la perfección es posible en política son los fanáticos".

Diez años huérfano. "A mí me vacunó contra el fanatismo la mala relación que tuve con mi padre, un hombre muy autoritario al que conocí cuando tenía 10 años. Hasta entonces me habían ocultado que mi padre estaba vivo por la vergüenza familiar de decir que mi madre se había divorciado. Yo me había criado como un niño muy mimado y seguro que era engreído e insoportable, pero la aparición de mi padre fue brutal. Eso sí, reconozco que en mi propio trabajo hay una dosis de fanatismo, el de sacrificarlo casi todo en busca de la gran obra".

Caudillo a la vista. Uno de los momentos cumbre de la charla fue la pregunta de Héctor Abad por las posibilidades de progreso en América Latina cuando proliferan tantos "caudillos que se hacen reelegir ,empiece su nombre por Ch, M o U", dijo el escritor colombiano en alusión a Hugo Chávez, Evo Morales y Álvaro Uribe. La respuesta de Vargas Llosa fue igual de contundente: "Hay que acabar con los caudillos, que no son más que máquinas destructoras, y hay que aceptar esa cosa que a veces parece mediocre que es la democracia. Un escritor sabe lo importante que es la forma. Si se rompen las formas de la democracia lo que sufre es su contenido".

Los riesgos del compromiso. "Ya sé que con mis opiniones políticas corro el riesgo de que me caricaturicen como imperialista y capitalista manchesteriano, pero asumo el riesgo. Por eso escribo en los periódicos, para matizar, y para que se entienda por qué hago lo que hago. Por ejemplo, apoyar a Piñera en Chile, el candidato conservador, porque me parece que la alternancia es importante. Lo conozco personalmente y sé que es un demócrata convencido que nunca apoyó a Pinochet. Por lo demás, él es católico y yo no, yo estoy a favor de los matrimonios homosexuales, el aborto y la eutanasia y él, no. Pero no puedo apoyar a alguien idéntico a mí porque no lo encontraría. La única manera de que no te caricaturicen es callarse y convertirse en un mirlo blanco. Prefiero que me ataquen y aportar mi grano de arena. Optar por una posición es optar por el riesgo. Por eso no entiendo a los intelectuales que prefieren los eslóganes a las ideas".

Nueva novela. "En una biografía de Joseph Conrad me topé con un amigo suyo diplomático que le hizo ver la brutalidad que los colonizadores aplicaban en países productores de caucho como el Congo, un país del tamaño casi de Europa occidental que las potencias mundiales decidieron regalar a Leopoldo de Bélgica. Sin él El corazón de las tinieblas no sería como es porque hasta entonces la idea que Conrad tenía del Congo estaba manipulada por la propaganda del rey de los belgas. Me fascinó el personaje y ya tengo una primera versión del manuscrito de una novela en torno a él. Siempre me vienen así las ideas: la curiosidad dispara la ficción. ¿De dónde saco la energía para viajar, estudiar y entrevistar gente preparando los libros? De que en el fondo quiero ser un buen escritor. Pero no juguemos al niño digno: es un esfuerzo, pero, sobre todo, un enorme placer".

jueves, 21 de enero de 2010

Cosas así no pasan todos los días



MVLlosa.
Ya conté en este blog mi fortuito encuentro con Vila-Matas en Barajas el 28 de mayo de 2007, y lo he contado también en muchas otras ocasiones y en muchos otros lugares, y sigo pensando que pocos se lo habrán creído. Pero no importa. Al descubrir hoy este relato de Juan Gabriel Vásquez en elmalpensante lo he recordado de nuevo, porque a este escritor colombiano le ocurrió algo parecido con Mario Vargas Llosa. Las coincidencias, el azar, las coincidencias, el azar...
I
No sé por qué he tardado tanto en contar esto. Ahora, cinco años después de los hechos, Mario Jursich me ha pedido que lo haga, y lo haré de la manera más directa de que soy capaz. No pediré a los lectores que me crean, porque mendigar la credulidad de un lector es invocar su escepticismo.

En octubre de 1999, después de pasar casi tres años en París y casi uno en cierto pueblo impronunciable de las Ardenas belgas, llegué a Barcelona de manera no del todo voluntaria. Digamos, para efectos de lo que voy a contar, que los factores que me fueron acercando a la ciudad no siempre resultaron conscientes; y que uno de los inconscientes fue la obra de los escritores latinoamericanos que habían escrito antes en la ciudad, y en particular, por una cuestión de afinidades, la de Mario Vargas Llosa. No voy a entrar en detalles sobre lo que Vargas Llosa escribió en Barcelona, o sobre lo que Barcelona hizo por Vargas Llosa, pero lo cierto es que la relación entre el novelista y la industria editorial de la ciudad podía y puede ser tomada como muestra de uno de los grandes momentos de la novela latinoamericana. Yo era latinoamericano y quería escribir novelas: como lector furibundo de Vargas Llosa, Barcelona era una especie de destino natural. Todo lo cual es un rodeo para decir que mi llegada a Barcelona tuvo alguna relación —no sé cuál, pero eso, para efectos de lo que voy a contar, no me interesa demasiado— con la obra de Vargas Llosa.

II
Para julio del año 2000, la revista Lateral me había invitado a formar parte de su consejo de redacción, y al final de una de las primeras reuniones el escritor barcelonés Juan Trejo, que en ese momento apenas me conocía, se me acercó para contarme una anécdota que me pareció curiosa, por decir lo menos. La tarde anterior había salido de su casa para tirar una bolsa de basura en los contenedores de la esquina, y des-pués de hacerlo decidió fijarse, él que nunca había hecho nada semejante, en las cosas viejas o dañadas —muebles, libros, electrodomésticos— que la gente solía dejar junto a los contenedores por si alguien les encontraba algún provecho. Entre las cosas abandonadas le llamó la atención un casete de video en formato vhs que, aunque no tenía caja, conservaba la etiqueta muy legible. Entrevista con Mario Vargas Llosa, se leía en la etiqueta. Juan Trejo cogió el casete, y después de la reunión en la revista me lo dio como regalo.

Esa noche, mientras comía con mi esposa y mi cuñada, les hablé del casete, y los tres estuvimos de acuerdo en que había algo inusual en la anécdota. Trejo era escritor; al día siguiente de salir a tirar la basura asistiría a una reunión con otros escritores; uno de ellos, el colombiano nuevo, le había hablado de su interés por Vargas Llosa; y el casete que se había encontrado en la basura no era simplemente algo relacionado con la literatura, lo cual ya hubiera sido un pequeño golpe de azar, sino que era una entrevista con ese escritor del cual le había hablado el colombiano. Trejo hubiera podido no recoger el casete, porque era evidente que no le interesaba tanto, o recogerlo y olvidar la conversación con el colombiano acerca de Vargas Llosa, o recordar la conversación pero, por timidez o apatía, no decidirse a llevar el casete a la reunión de la revista. Mi esposa y mi cuñada admiraron la amabilidad de Juan Trejo. Las invité a que viéramos la entrevista, y les pareció buena idea.

Aquí empiezan a complicarse las cosas. Aparte del nombre del entrevistado, la etiqueta del casete no contenía ninguna información reconocible. En esas circunstancias, nos pareció una coincidencia inmensa el hecho de que el programa en el cual aparecía Vargas Llosa fuera colombiano: Cara a cara. ¿Qué probabilidades había —comentamos— de que el casete encontrado entre la basura de Barcelona contuviera un programa colombiano? No se hicieron más comentarios al respecto, porque la entrevista avanzaba, y Vargas Llosa hablaba de su candidatura presidencial en el Perú y su derrota ante Alberto Fujimori —y aquí la entrevista presentaba tomas de apoyo relacionadas con los días de campaña política—, y hablaba, por supuesto, de sus novelas, y en particular de la más reciente: Los cuadernos de don Rigoberto. Vargas Llosa había viajado a Colombia en abril de 1998 para presentar la novela en el marco de la Feria del Libro de Bogotá; fue sin duda durante esos días, dos años atrás, que se grabó esa entrevista. Yo había estado en Bogotá durante aquella feria, había comprado el libro, y había pensado, fiel a mi carácter fetichista, que estaría bien tenerlo firmado; pero no soy bueno para perseguir a la gente, y mi copia del libro se quedó sin firmar. Mi suegra, de alguna manera, había conseguido un ejemplar firmado, y antes de que yo regresara a Bélgica, donde vivía en esa época, me lo cambió por mi copia sin firmar. Yo había tardado mucho en comenzar a leerlo, y allí estaba el libro en ese mismo instante, en el suelo de mi cuarto, junto con los otros cuatro o cinco libros que me interesaban en ese momento. Era casi increíble: en la entrevista que un conocido había encontrado en la basura de Barcelona, un escritor hablaba en 1998 del libro que yo tenía a mi lado en ese instante del año 2000. No sólo eso: el escritor que aparecía en la pantalla de mi televisor había firmado en algún momento la copia que estaba al alcance de mi mano. Mi esposa, mi cuñada y yo empezamos a especular sobre las inverosímiles cadenas de sucesos que debieron tener lugar para que esa coincidencia ocurriera. Pero nada podía prepararnos para lo que sucedió enseguida.
 
Ya he dicho que mientras Vargas Llosa hablaba de su campaña política en el Perú, la entrevista intercalaba tomas de apoyo relacionadas con esos momentos. Pues bien, para el momento en que Vargas Llosa hablara de Los cuadernos de don Rigoberto, los diligentes editores del programa habían conseguido las imágenes de apoyo correspondientes. Eran imágenes de la Feria del Libro de Bogotá: Vargas Llosa rodeado de multitudes, Vargas Llosa hablando con otros escritores, Vargas Llosa caminando por los corredores de un pabellón, rodeado de gente y de cámaras, en compañía, entre otros, de R. H. Moreno-Durán y de Jorge Valencia Jaramillo. Durante esta última toma, sucedió lo extraordinario.

Después de un close-up, la cámara bajó para tomar los pies (los zapatos) del grupo que caminaba por el corredor. En cierto momento, a la izquierda del cuadro aparecieron dos zapatos nuevos, dos zapatos que no pertenecían a los escritores ni a los periodistas. La cámara volvió a subir, y en el cuadro apareció entonces la persona que acababa de acercarse al grupo: una mujer que abordaba a Vargas Llosa con una copia de la novela y, sonriendo, le pedía firmarla.

La mujer era mi suegra.

Y así sucedió que el libro que Vargas Llosa firmaba en ese momento, en la pantalla de mi televisor en Barcelona, era el mismo que mi suegra me había regalado. Sólo tuve que girar un poco la cabeza para verlo, pero, por supuesto, no me limité a eso: lo cogí, lo abrí, vi la dedicatoria. Retrocedí la cinta y leí la dedicatoria en Barcelona (en el año 2000) al mismo tiempo que la imagen de Vargas Llosa (en el año 1998) la escribía en Bogotá.

III
Ahora sí que fueron pertinentes todas las preguntas. ¿Qué circunstancias habían debido suceder para que esa entrevista, grabada en Colombia mientras yo vivía en Bélgica, llegara a mis manos en Barcelona? ¿Qué cadena de hechos tuvo que darse para que los editores utilizaran como toma de apoyo precisamente aquella en la que aparecía mi suegra? ¿Qué cantidad de azares banales tuvieron que confluir para que mi suegra me regalara el libro firmado, para que yo hubiera comenzado a leer el libro dos años después de recibirlo, para que alguien hubiera tirado el casete a la basura en el barrio de Juan Trejo, para que Juan Trejo se hubiera encontrado el casete y me lo hubiera regalado exactamente en esos días? Si en 1999 yo no hubiera decidido instalarme en Barcelona sino quedarme en Bélgica, o volver a París o a Bogotá, eso no habría ocurrido; si no me hubiera involucrado con la revista Lateral, y no hubiera conocido a Juan Trejo, eso no habría ocurrido; si Juan Trejo hubiera ido a tirar la basura al día anterior o al día siguiente, eso no habría ocurrido; si mi suegra no hubiera conseguido el libro firmado, si la entrevista no hubiera llegado a realizarse, si, realizándose la entrevista, mi suegra hubiera escogido otro momento para hacer lo que hizo, si yo hubiera decidido comenzar el libro en otro momento cualquiera de la larga vida que tiene uno para leer cualquier libro…

El asunto, sin grandilocuencias de ningún tipo, es éste: lo que me sucedió esa noche en mi apartamento de Barcelona fue (repito, sin grandilocuencias) incomprensible. Lo he contado ya mil veces, se lo he contado a mis amigos y a simples conocidos, y estoy consciente de que al hacerlo he esperado explicaciones racionales. En el fondo, he esperado que la persona que escucha mi relato no se sorprenda, y me demuestre así que mi anécdota no es gran cosa, que cosas así pasan todos los días.

Pero la persona que escucha mi relato siempre se sorprende.

Cosas así no pasan todos los días.

sábado, 5 de diciembre de 2009

VLlosa: marido fiel. Onetti: adúltero



Mario Vargas Llosa en la exposición La vida y la libertad, en Guadalajara.- REUTERS


Mario Vargas Llosa relata en la Feria del Libro de Guadalajara, a partir de un viaje juntos a Estados Unidos, su relación con Juan Carlos Onetti. Un marido fiel y un adúltero (pero en la literatura) echándose unos pijacitos en un bar de San Francisco. La nota es de El País:
Juan Carlos Onetti era un sedentario, casi nunca viajaba y, cuando no tenía más remedio, intentaba quedarse en su habitación de hotel, parapetado tras una novela negra y una botella de whisky. "Onetti", lo dijo Mario Vargas Llosa en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, "no viajaba porque no necesitaba viajar". Sin embargo, en una ocasión, el escritor uruguayo y el peruano compartieron un viaje por Estados Unidos. Sentados en un bar de San Francisco, confrontaron sus formas de trabajar. Onetti sólo escribía cuando sentía la necesidad, en cualquier parte, sobre cualquier trozo de papel, y a veces pasaba largas temporadas en blanco. Vargas Llosa le confió que sin embargo él escribía de una forma metódica, disciplinada, casi como un oficinista. "Aquello le espantó", confesó Vargas Llosa, "y fue entonces cuando me dijo: lo que pasa es que tú tienes unas relaciones conyugales con la literatura y yo tengo unas relaciones adúlteras".

Vargas Llosa habló durante una hora de Juan Carlos Onetti y, cuando terminó, el público se preguntó: ¿ya ha pasado una hora? El escritor peruano tiene esa rara habilidad de hablar tan bien como escribe. El oyente, sea uno o más de mil -como el jueves-, se queda embelesado con cada una de sus frases, y las sigue allá donde le quieran llevar. En esta ocasión, el motivo era la presentación de un libro de Vargas Llosa, El viaje a la ficción (Alfaguara), y el escritor fue respondiendo a las preguntas del periodista Juan Cruz.

Vargas Llosa retrató a Onetti como un ser desvalido ante la vida, vulnerable, tímido, pero dotado a su vez de una gran inteligencia y una gran cultura literaria, aunque no académica. "Fue un escritor indiferente al prestigio o al éxito. Como decía Flaubert de los escritores auténticos, para Onetti escribir era su manera de vivir". Una manera de vivir que nació casi con él. "Fue un lector precoz y voraz. Aprendió a los cinco años. Y él contaba que, para poder leer con tranquilidad, se escondía primero en un ropero y luego en el fondo de un aljibe que había en su casa. Y esto es una metáfora de lo que significaba para él la literatura: apartarse del mundo. Lo que Onetti no podía ser en la vida, lo era en la literatura".

"Onetti", contó Vargas Llosa, "rescata una parte oscura del ser humano que tendemos a negar, aunque sabemos por experiencia que eso forma parte de lo que somos. Su visión de la condición humana y del mundo es negativa, pesimista; es una visión negra, desesperanzada, atroz. Los personajes de Onetti suelen ser fracasados, frustrados, gente que tiene ambiciones mediocres o irrisorias. Y en su literatura sentimos eso que llamamos el mal, una voluntad despectiva, una falta de solidaridad, de conmiseración con el prójimo, una necesidad de destruir, ensuciar, envilecer aquello que no es vil ni sucio, que representa una forma de generosidad o pureza...". Y el público seguía escuchando embobado, en silencio, como en la antigüedad lo hacían los habitantes de las cavernas, sentados alrededor de alguien que lograba a través de la ficción escaparse de la realidad. "Los novelistas", dijo Vargas Llosa, "son los herederos de aquellos primeros contadores de cuentos que en las cavernas enriquecieron con su fantasía la vida de los otros. Y la obra de Onetti está construida sobre esa temática: hombres y mujeres frustrados por su realidad que huyen a través de la ficción".

Y después de decir eso, Vargas Llosa, contador de historias, se fue de la sede de la Feria Internacional del Libro para inaugurar una exposición titulada La libertad y la vida que, en el otro extremo de la ciudad, repasa su trayectoria vital y su obra. Allí están sus primeros poemas -"háganme el favor de mirarlos, pero no se les ocurra leerlos"- su máquina de escribir, un vídeo donde se le ve entrevistando a Borges, otro donde pronuncia un mitin como candidato a la presidencia del Perú... "Aunque he hecho muchas cosas en la vida", quiso dejar claro Vargas Llosa, "el periodismo, la política, lo mucho que he viajado... lo central, a lo que nunca traicioné, ha sido la literatura. Lo importante, lo fundamental, es lo que he escrito...".

martes, 19 de mayo de 2009

La Fiesta del Chivo

Por Dennis Arita

La Fiesta del Chivo. Mario Vargas Llosa. Alfaguara, Madrid. 518 páginas
Las mejores páginas de la novela La Fiesta del Chivo (2000) son las que registran con prosa clínica el destino de cada uno de los conjurados que en 1961 le dieron muerte a balazo limpio al general Rafael Leónidas Trujillo, dictador que durante 30 años dominó la voluntad y la vida de los habitantes de la República Dominicana. Son alrededor de 200 páginas que justifican la lectura del texto de Vargas Llosa porque elevan a la altura de la tragedia el material de crónica roja, chorreante de sangre, vómitos y carnicería, con que antes ya ha trabajado el peruano. Los siete o diez complotistas que participan directamente en el asesinato caen uno tras otro bajo la rabia vengadora de Ramfis Trujillo, "el bello" hijo del tirano, y los lectores somos testigos de su angustiosa espera de la muerte, del miedo, de las vueltas irónicas del destino que los lleva de un refugio a otro para acabar en manos de los delatores. Como en todas sus novelas, en este libro Vargas Llosa usa la técnica del contrapunto y entreteje varias historias. En Conversación en La Catedral (1969) ese método de trabajo es eficaz porque todos los relatos son interesantes, pero en La Fiesta del Chivo por desgracia no es así. Ninguna de las otras dos grandes líneas argumentales, el regreso de Urania Cabral a la isla para remover antiguas heridas y el último día de vida del propio tirano Trujillo, son tan llamativas como el trepidante policial que Vargas Llosa nos regala en la historia de los conspiradores antitrujillistas.