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viernes, 7 de marzo de 2014

La labor de Sara Rolla

Otro pequeño homenaje de Hernán Antonio Bermúdez, esta vez a Sara Rolla:

Desde hace varios años vive entre nosotros Sara Rolla, profesora de literatura, crítica y ensayista. De nacionalidad argentina, se caracteriza por la lucidez irónica, el desasosiego y la inconformidad constantes, la finura de las comparaciones y la capacidad para derivar conclusiones reveladoras a partir de ellas.
En sus escritos hace ver que el arte literario tiene que poseer un mundo propio para convencer al lector, así como un estilo capaz de proveer la unidad orgánica de una sola pieza.
Sara Rolla también hace ver que la escritura y lectura de textos de ficción produce un efecto bienhechor en la mente humana, al profundizar y refinar la percepción, además de enriquecer(nos) tanto en el plano emocional como en el intelectual.
Por lo demás, ella posee algo vital: una visión anti-provinciana, producto de su sólido y matizado marco de referencias culturales que deriva del ámbito rioplatense en que se formó. Sus aptitudes le permiten siempre trazar un diagrama crítico de la obra considerada, rescatando su vivacidad, a diferencia de los modelos basados en simples análisis de sangre fría, que nunca satisfacen, salvo  quizá a algunas secas mentes académicas.
Su obstinada labor ha tenido una incidencia para nada despreciable en la literatura hondureña y ha actuado como fermento y espuela de la ola de creatividad literaria que experimenta actualmente San Pedro Sula, ciudad donde reside ya jubilada como docente universitaria.
¡Bravo, Sara!

Tegucigalpa, marzo del 2014

viernes, 15 de marzo de 2013

Sara Rolla sobre Óscar Acosta

Sara Rolla publicó hace algunos días en La Tribuna un texto que aborda la trayectoria del poeta Óscar Acosta y las "virtudes fundamentales" de su obra. A continuación, un fragmento de esa reseña: 
El poeta Óscar Acosta.

Importantes estudiosos nacionales y extranjeros han abordado esa rica obra. Entre los innumerables juicios categóricos y certeros que se le han dedicado, destacamos aquí los siguientes: “Óscar Acosta es uno de los poetas hondureños que quedarán” (Rigoberto Paredes); “Lo que prevalece es la austeridad de expresión, una economía verbal que se desempeña en busca la forma, el diseño y la densidad precisas” (Hernán Antonio Bermúdez); “La depuración de sus versos (…), el antirretoricismo, el acercamiento a cierto tono coloquial, en momentos cuando todavía esos elementos no habían madurado plenamente en la poesía hondureña, colocan a Acosta en un sitial de pionero del viraje que –a partir de la generación del cincuenta- dio nuestra poesía…” (Helen Umaña); “una sabia recreación de lo cotidiano y de lo común, descubriendo su milagro” (Pablo Antonio Cuadra); “Poesía clara, comunicativa, aún conceptual” (Enrique Anderson Imbert).
Vemos cómo los acercamientos críticos coinciden en otorgarle a la obra poética de Acosta ciertos rasgos permanentes. Se trata, en efecto, de una poesía despojada, fluida y esencial, leve en su formulación pero honda en su contenido. Sin estridencias ni sobresaltos, sin rupturas léxicas ni estructurales. Podríamos, quizás, catalogarla como una poesía conversacional en registro culto (que armoniza con la personalidad refinada, siempre propensa al humor inteligente, del autor). En definitiva, este poeta nos ofrece, a nuestro juicio, una especie de baño refrescante en las viejas aguas clásicas.
Podría aplicarse a Acosta lo que dijera, tan elocuentemente, Antonio Machado acerca de la obra de uno de sus maestros (Francisco de Icaza): “En su claro verso/se canta y medita/sin grito ni ceño”. Sin duda, no es casual que Poesía menor (cuyo título es ya un manifiesto) tenga un epígrafe de Garcilaso de la Vega, ese maestro mayor de la lírica hispánica que da una lección de hondura ligada a la claridad y a la armonía acústica.
Para leer el texto completo, salir por aquí.

sábado, 28 de mayo de 2011

SRolla: "Difusión y estudio de la obra de Sosa deben ser prioritarios"


Sara Rolla y Roberto Sosa.
Probablemente no haya en Honduras nadie que conozca la obra del poeta Roberto Sosa, fallecido la madrugada del lunes en Tegucigalpa, mejor que Sara Rolla. En 2002 la ex catedrática de la Universidad de La Plata, Argentina, y de la carrera de Letras de la UNAH-VS, publicó un libro, con el título Itinerario poético de Roberto Sosa, que contiene nueve ensayos dedicados a distintos aspectos de la obra del poeta. En 2010, una nueva edición de ese libro de la crítica literaria argentina incluyó una selección de poemas del autor de Los pobres y fue presentada ese mismo año en el auditorio de la UNAH-VS, la última ocasión en que Sosa leyó ante un público sampedrano. Algunos días después de la partida del que muchos consideran es el mayor poeta de Honduras, Sara Rolla accedió a responder las siguientes preguntas:
¿Cuándo fue la primera vez que leyó la poesía de Roberto Sosa y cómo fue ese encuentro?
En 1979, cuando empecé a trabajar en el departamento de Letras del CURN (hoy UNAH-VS). En el programa de la asignatura Español estaba incluido el estudio de unos poemas del libro “Los pobres”. Al leerlos, me impactó fuertemente la calidad de fondo y forma de ese libro, que ganó muy merecidamente el Premio “Adonais” de España y recibió elogios de críticos tan destacados como Guillermo Díaz-Plaja.
¿Su primer encuentro personal con él se produjo más o menos en los mismos términos? ¿Hubo la misma empatía?
Conocí personalmente a Sosa en 1981, cuando vino a un acto en la UNAH organizado por la carrera de Letras. Yo había elaborado un breve ensayo sobre el poema “La casa de la justicia”, en el cual destacaba una afinidad esencial con la temática de Kafka (traspuesta, desde luego, de la narrativa a la lírica). Y le entregué, un poco tímidamente, una copia del trabajo en cuestión. Él se mostró muy complacido y me dijo que, en efecto, era un gran admirador de Kafka y, con seguridad, existía alguna conexión entre su texto y la obra de ese autor. Eso me animó a seguir explorando con afán analítico su obra y así se fue conformando la serie de estudios que luego compilé en un libro. En lo personal, me sentía un poco cohibida en su presencia, ya que, como analista, siempre me había limitado a estudiar autores que no conocía personalmente. Pero, con el tiempo, llegué a establecer con él una relación de mucho aprecio y respeto mutuo.
Usted que lo conoció tan de cerca, ¿puede decirnos cuál es el recuerdo más presente de su persona?
Hay un detalle de su biografía que siempre admiré y es el cariño extraordinario que él sintió por su padre, quien está enterrado aquí en San Pedro Sula, cerca de mi casa, en el Cementerio General. Por cierto, es el protagonista de uno de sus más vibrantes poemas. Y el último recuerdo es una conversación telefónica que tuvimos hace pocos días, cuando lo llamé para felicitarlo por el premio “Rafael Alberti” que le otorgaron en Cuba. Estaba muy contento y terminó la plática con una de sus clásicas bromas “conceptistas”, o sea, esos juegos de palabras a los que era tan afecto.
¿Por qué es tan importante la obra de Sosa o al menos por qué lo ha sido para usted?
En el panorama de la poesía hondureña contemporánea, Sosa es una figura ejemplar en muchos sentidos. En su obra se funden armoniosamente el impulso ético y estético. Era muy autoexigente (casi obsesivo) en lo formal. Estaba, además, muy consciente de las nuevas tendencias surgidas entre las generaciones que lo sucedieron, y se dedicó incluso a estudiarlas. Es, creo, uno de los pocos poetas hondureños contemporáneos que han practicado, con mucha calidad, el ensayismo y la crítica (un ejemplo es su libro “Prosa armada”).
Usted dijo en algún momento que “falta todavía un trabajo que apunte a desentrañar las constantes estilísticas y deslindar posibles etapas” en la obra de Sosa. ¿Se propone asumir ese reto?
Dejo ese reto para los jóvenes formados en las aulas de la querida carrera de Letras de la UNAH-VS (y, desde luego, para cualquier otro analista que asuma ese tipo de tareas “con mejor pluma” que esta servidora).
¿Qué le depara el futuro a la obra de Roberto Sosa?
Sosa ya tiene asegurado un lugar muy digno dentro y fuera de las letras de Honduras. Él aspiraba a trascender las fronteras patrias y ya lo ha hecho. En el marco de las políticas educativas y culturales de Honduras, la difusión y el estudio de su obra debe ser una prioridad insoslayable.

  • Perfil Sara Rolla
Nació en 1947 en la ciudad de Bolívar, provincia de Buenos Aires, Argentina. Es profesora en Letras en el grado de Licenciatura por la Universidad Nacional de la Plata, Argentina, 1971. Es miembro, desde 2001, de la Academia Hondureña de la Lengua. Ha desempeñado labores como docente en el área de Letras en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, de 1971 a 1978 y en 1986; en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, en San Pedro Sula, de 1979 a 1985 y de 1987 a 2007. Fue coordinadora de la Carrera de Letras en dicho centro durante tres períodos.

Entrevista también publicada en tiempo.hn.

sábado, 17 de abril de 2010

El agua y su secreta voz

Sara Rolla y Marco Antonio Madrid, durante la presentación de La secreta voz de las aguas.
Marco Antonio Madrid presentó el jueves en el Centro Cultural Sampedrano su segundo libro de poesía, La secreta voz de las aguas, ante un numeroso público. Sara Rolla abrió la noche con el siguiente texto, que habla del agua como motivo recurrente en el libro:
Marco Antonio Madrid no es un autor (usando una frase del viejo léxico postal) de obras “de entrega inmediata”. Se toma su tiempo para sedimentar y pulir sus versos. Creo que es ese respeto exacerbado por el oficio lo que lo ha llevado a dilatar el lapso entre la publicación de su primer poemario, La blanca hierba de la noche, y la del que hoy presenta, La secreta voz de las aguas, en una esmerada edición de “mimalapalabra”.

Palabra y ritmo exquisitamente trabajados, sobriedad y poder de síntesis. Densidad referencial, hecha de sustratos múltiples (biográficos, literarios, filosóficos y mitológicos). Esos son los rasgos esenciales de la poética de Marco Antonio Madrid.

La obra está recorrida por imágenes del agua, es decir, por uno de los motivos más pródigos en reminiscencias filosóficas. (Recordemos, en la lìrica hondureña, el poemario Agua del tiempo de José Antonio Funes ).

Gaston Bachelard tiene un libro ya clásico, El agua y los sueños, sobre la trascendencia de ese elemento en el ámbito de la imaginación poética. Allí encontramos estos juicios que sintetizan la significación del agua como metáfora filosófico-poética:

El agua es realmente el elemento transitorio. Es la metamorfosis ontológica esencial entre el fuego y la tierra. El ser consagrado al agua es un ser en el vértigo. Muere a cada momento, sin cesar algo de su sustancia se derrumba (…) El agua corre siempre, el agua cae siempre, siempre concluye en su muerte horizontal (…) Para la imaginación materializante la muerte del agua es más soñadora que la muerte de la tierra: la pena del agua es infinita. p. 15 (1)

También aborda Bachelard la correspondencia entre forma y contenido en la poesía del agua. Dice:

El agua es la señora del lenguaje fluido, del lenguaje sin choques, del lenguaje continuo, continuado, del lenguaje que aligera el ritmo, que da una materia uniforme a ritmos diferentes. No vacilaremos en darle todo su sentido a la expresión que habla de la cualidad de una poesía fluida y animada, de una poesía que viene de las fuentes. pp. 278-9

Encontramos totalmente aplicables estos juicios a la poesía de Marco Antonio Madrid. Veamos algunos ejemplos del libro que nos ocupa.

En la primera parte de la obra, subtitulada “El otro río, el otro mar”, hay una presencia muy recurrente del agua, en imágenes simbólicas asociadas a referentes filosóficos y literarios. Reparemos en este ejemplo:

Río de la luz y de las sombras donde un hombre desciende
no para mojar dos veces
su talón en la corriente
sino para abrevar su vida,
sino para abrevar su muerte. p. 18 (2)

Permanentemente, el tono elegíaco, constante en la obra, se asocia con el tiempo y su símbolo esencial, el agua. Observemos otros ejemplos:

…Los días como un torrente / en la pupila. p. 21

Palabras que se hunden en busca de un lejano/ paraíso y el mar aislado en una gota/ y el rumor de un barco en las crecientes olas./ Lo que se va, lo que se ha ido ya. p. 22

“Responso de las aguas”, con epígrafe de Rimbaud, reelabora el motivo poético de la muerte de Ofelia:

Por el negro río de la noche Ofelia va./ Demencia de las aguas, /injuria de las aguas,/ soledad de las aguas. p. 26

“Tierra yerta” termina así:

Frágil,
tenue,
una sílaba nos nombra
junto a ese mar que vomita soledades.

Véase esa metáfora del verso final, fuerte y espléndida por la hábil selección del verbo. En “Leteo”, se usa como leit motiv “ha vuelto el agua…” Y el final es impactante:

Que las aguas borren de las aguas las heridas.
Que las aguas borren de las aguas los recuerdos. p. 40

En “El otro mar”, se dice:

Hoy el mar no existe sino en la memoria de sus olas. p. 43

Y hay una cascada de reminiscencias, donde lo autobiográfico se entrecruza con lo literario: “el mar de mi abuelo”, el “de Huidobro”, “el de Alfonsina”, el “de Walcott”.

En la segunda parte del poemario, “Poemas de las tierras altas”, se sostiene el tono elegíaco, marcado por ritmos hábilmente forjados con recursos iterativos.

El primer poema tiene un final excelente, en el que la memoria recuperada se asocia, nostálgicamente, con el agua:

Todo lo que creías olvidado, está en la memoria,
el sol en las zarandas, el misterioso sonido
del agua entre las piedras,
el río como un cuchillo de hielo atravesando
las sierras… ¡Las pequeñas cosas que fueron la vida!
¡Lo que ya se ha ido, lo que ya se ha muerto! pp. 49-50

En este breve acercamiento al libro, nos hemos centrado en la recurrencia de la imagen del agua como marca decisiva, en lo temático y estilístico. Es un abordaje limitado, sin duda. Para una valoración más rica y certera de la obra, remito a ustedes al excelente prólogo de Felipe Rivera Burgos y, desde luego, a la lectura directa, sin interpósitos juicios, de La secreta voz de las aguas.


  • Notas:
1 Gaston Bachelard, El agua y los sueños. México. Fondo de Cultura Económica, Col. Breviarios No. 279, 2003.
2 Marco Antonio Madrid, La secreta voz de las aguas. Tegucigalpa, mimalapalabra editores, 2010.

San Pedro Sula, 15 de abril de 2010

miércoles, 28 de octubre de 2009

Coloquio sobre Jean-Marie Gustave Le Clézio

Invitan: Alianza Francesa de San Pedro Sula, Consejo Regional de Cultura Norte "A" y Carrera de Letras UNAH-VS

Lugar: Alianza Francesa de San Pedro Sula

Fecha: jueves 29 de octubre de 2009

Hora: 7:00 p.m.

sábado, 25 de abril de 2009

La lectura como tema central del Quijote

Lectora inveterada del Quijote, Sara Rolla nos regala este ensayo acerca de la autorreflexión sobre la obra y la reivindicación de la lectura como "un factor vital en el proceso de creación generado por el texto". La académica, en un lúcido ejercicio de literatura comparada, enlaza al Quijote con Piglia, Borges y Vila-Matas, advirtiendo la manera en que la literatura se nutre de sí misma, "en brillante autofagia", que reivindica como "manifestación central de la genialidad de Cervantes". Estaba previsto que este texto fuera leído por su autora en el acto central de la celebración de la Semana de la Carrera de Letras de la UNAH-VS, pero la toma de las instalaciones universitarias impidió que se realizara este evento.

La lectura como tema central del Quijote

Sara Rolla

El Quijote anticipa genialmente un tema literario de gran actualidad: la autorreflexión sobre la obra. Es decir, el hecho de instalar, en el ámbito de la ficción, a la literatura misma. En ese marco, reivindica el papel de la lectura como un factor vital en el proceso de creación generado por el texto. Recordemos que, precisamente, la lectura es la causa de la locura de Don Quijote. Pero ya desde antes de dar inicio a la trama, en el prólogo a la primera parte, Cervantes se ocupa del lector. La invocación con que empieza, “Desocupado lector”, muestra dos características nucleares de la obra: el papel central que en la misma tiene el hecho de leer y el tono desmitificador y humorístico que marcará fuertemente el texto. Inclusive, Cervantes hace en este prólogo una clasificación de los tipos de lector y de las correspondientes reacciones que espera de cada uno. Debemos enfatizar que, en realidad, se trata de un anti-prólogo, o, más bien, de un metaprólogo, donde fustiga con habilidoso sarcasmo la petulancia y el burdo alarde de erudición de los preámbulos que abundaban en su ambiente. Para eso, imagina estar él, como autor, dudoso sobre cómo encarar el prólogo y crea un personaje amigo suyo que le da consejos para resolver esa situación. Y ese amigo le dice, entre otras cosas:

Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. (M. de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, Edit. Alfaguara, 2004, p.14).

El lector como figura determinante ya desde el prólogo. Luego, en el relato propiamente dicho, nos enteramos de que la lectura es el origen de la locura del protagonista. Y en todo el desarrollo de la obra, seguirá teniendo un papel central. Recordemos, al respecto, el escrutinio de los libros de Don Quijote por parte del cura y el barbero: un ejercicio de crítica literaria cuando aún no existía el género. Y pensemos en los numerosos pasajes de la obra en que se habla de libros. Inclusive en las ventas se lee: en una de ellas, se da lectura a la novela del Curioso Impertinente. Y se menciona que también la gente iletrada se reúne en las ventas para escuchar la lectura de novelas caballerescas. Son innumerables los pasajes del texto que nos remiten a las lecturas de Cervantes, entre las que se incluye el propio falso continuador de la novela, Alonso Fernández de Avellaneda.

El Quijote es una ficción que se alimenta de la ficción misma: ese es el maravilloso juego de espejos en que se basa el texto. En la segunda parte, los personajes hablan del propio libro en que están inmersos: aparece un lector calificado, Sansón Carrasco, que ha leído la primera parte y les cuenta a Don Quijote y Sancho las repercusiones que la obra ha tenido en el público lector. Los personajes se ven a sí mismos como tales. Algo totalmente novedoso y genial para aquella época.

Grandes escritores contemporáneos han reflexionado sobre este papel central de la lectura en el Quijote. Carlos Fuentes, en su exquisito ensayo Cervantes o la crítica de la lectura (México, Joaquín Mortiz, 1983), señala que éste es “el primer novelista que radica la crítica de la creación dentro de las páginas de su propia creación, Don Quijote. Y esta crítica de la creación es una crítica del acto mismo de la lectura.” (p. 33).

Por su parte, Ricardo Piglia, en El último lector, coloca a Cervantes en el centro de sus especulaciones sobre el tema de la lectura como una actividad que le da sentido a la existencia misma, configurándola de algún modo.

La lectura privilegiada que Piglia hace del Quijote -profunda, sutil, inteligente- tiene momentos como éste: recuerda la parte en que Cervantes aparece como personaje de la novela, en el capítulo 9 de la primera parte, buscando el texto que le permita continuar la historia del hidalgo enajenado. Y destaca la frase que acentúa el carácter de lector compulsivo que tenía Cervantes: “…y como yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles….”

Al respecto, señala el autor argentino:

"Podríamos ver allí la condición material del lector moderno: vive en un mundo de signos; está rodeado de palabras impresas (que, en el caso de Cervantes, la imprenta ha empezado a difundir poco tiempo antes)…." (Ricardo Piglia, El último lector. Barcelona, Anagrama, 2005, p. 20).

Y agrega esta reflexión general:

"El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es sólo una práctica, sino una forma de vida. (…)".

"Se trata siempre del relato de una excepción, de un caso límite. En la literatura el que lee está lejos de ser una figura normalizada y pacífica (de lo contrario no se narraría); aparece más bien como un lector extremo, siempre apasionado y compulsivo". (Ibid., p. 21).

Al final del libro, Piglia esclarece plenamente la relación de su título con Cervantes:

"En toda la novela nunca vemos a don Quijote leer libros de caballería (salvo en la breve y maravillosa escena en la que hojea el falso Quijote de Avellaneda donde se cuentan las aventuras que él nunca ha vivido. II, 59). Ya ha leído todo y vive lo que ha leído y en un punto se ha convertido en el último lector del género. Hay un anacronismo esencial en don Quijote que define su modo de leer. Y a la vez su vida surge de la distorsión de esa lectura. Es el que llega tarde, el último caballero andante". (Ibid., p. 189).

La literatura nutriéndose de sí misma, en brillante autofagia: es una manifestación central de la genialidad de Cervantes (como sucede, obsesivamente, en Borges y Vila-Matas, dos ejemplos contemporáneos que muestran la misma tendencia dentro de las letras hispánicas).

No es una acción meramente convencional y reiterativa la de rendir, en estas fechas, homenaje a Cervantes (desde luego, habiéndolo leído bien). Es un acto de devoción muy merecida, de entera justicia.

San Pedro Sula, 22 de abril de 2009

Tomado de:

http://obsesivababel.blogspot.com