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jueves, 22 de enero de 2009

Roberto Sosa, novelista por un día

El poeta Roberto Sosa. Fuente: elnuevodiario.com
¿Se imaginan al poeta Roberto Sosa publicando una novela de su autoría?
“…he llamado a Roberto Sosa, cuyo número de teléfono no figura en la guía telefónica de Tegucigalpa.
Había llamado por primera vez, desde San Salvador, a su homónimo quien, lejos de parecer decepcionado o irritado, habituado tal vez a que se dirigieran a él, siquiera unos segundos, como si fuera el poeta más famoso de Honduras, me facilitó amablemente el número de teléfono del otro Roberto Sosa”.
“La primera vez que nos vimos, Roberto Sosa me aseguró, por provocación, que si sólo escribiera poemas era para precaverse de la pesadez siempre un poco estúpida de la labor de creación novelesca. Sonreía al recordar la frase de Jorge Luis Borges, según la cual es mejor fingir que esos libros han sido ya escritos, y ofrecer de ellos un resumen, un comentario. A veces les ofrece argumentos a sus amigos, considerando que esa actividad puede cuando mucho constituir un juego de sociedad. Esta noche me propone que inventemos juntos la trama de una novela cuyo título elige: El asesinado.
Sorbemos también esas bebidas inspiradoras, invocamos al saludable genio de Johnie Walker mejor que el de William, y desarrollamos por turnos una intriga sobre el incierto futuro del comando Tupac Amaru, que sigue parapetado en la residencia del embajador de Japón en Lima. ¿Será el asesinado el presidente de la república de Perú, Alberto Fujimori, o bien Néstor Cerpa Cartolini, el jefe del comando?
Pero nosotros, que no somos amnésicos, que disponemos de los recuerdos del futuro, y hemos leído el ejemplar de El Nuevo Diario (¿Será que se refiere a El Nuevo Día o había en 1997 en Honduras un diario con ese nombre?) del miércoles 23 de abril de 1997, sabemos ya que los catorce miembros del grupo serán abatidos, morirán acribillados de balas en una operación del ejército peruano, al amanecer, después de habérseles prometido un avión para huir a La Habana.
El narrador que yo le proponía seguiría la historia de lejos, a través de la lectura de los periódicos. Es un viejo espectro vestido con un impermeable mugriento, tocado con una gorra de béisbol rojo vivo con una larga visera. El libro que escribiría sería un tratado puramente formal y binario: leería dos periódicos, en dos capitales de dos países fronterizos, dos viernes consecutivos. No sabría ya muy bien si está sentado ante unas hojas desparramadas al fondo del patio del bar Paradiso de Tegucigalpa o en la terraza del snack-bar Morocco de Managua, o incluso en la cantina de Los Pescadores de La Libertad, con hules en las mesas, donde temblequean unas velas y penden guirnaldas de bombillas multicolores en el cielo rojizo del crepúsculo. Junto a la barra, un juke- box desgrana boleros y entonces la ve, la adivina cada noche en medio del centelleo cegador que desciende sobre el Pacífico, y que dibuja por un instante su silueta borrosa a contraluz…”
Patrick Deville. Pura vida.

miércoles, 21 de enero de 2009

La H y la estatua de Morazán

Veamos cómo resuelve Patrick Deville el famoso asunto de la estatua ecuestre de Morazán en el parque de Tegucigalpa:
“…y según Sergio Chejfec, pueden cometerse otros errores más graves, o divertidos: sabía yo, por ejemplo, que la estatua de Francisco Morazán, en la plaza Morazán de Tegucigalpa, era en realidad una estatua del mariscal Ney”.
Y aquí entra otro personaje sorpresa, en un duelo habanero épico con García Márquez:
“…me concentré en un artículo de Eduardo Bahr, en el que rendía homenaje a Tegucigalpa, y que arrancaba con este inventario de la ciudad: dos ríos, doce puentes, seis montañas, dos catedrales, cien minas de oro abandonadas, mil calles, dos avenidas, cincuenta guerras civiles, quince gobiernos de uno a dos meses, un gobierno de dos días, seis dictaduras militares, una tiranía de dieciséis años, dos ciudades gemelas…
Respecto a la estatua ecuestre de Francisco Morazán, refiere, unas páginas más adelante, la pelea que tuvo con Gabriel García Márquez, un día en La Habana, a raíz de que el colombiano recogiera y propagara ese viejo rumor, según el cual la comisión de expertos en bellas artes, enviada a París para encargar la estatua de Francisco Morazán –la ocasión no era tan frecuente- entre cenas finas y revistas lijeras, no tardó en dilapidar las lempiras (sic) o las pepitas de plata del gobierno hondureño, conservando lo justo para regresar al país tras la adquisición, a precio de saldo, de una estatua ecuestre del mariscal Ney desechada por la Restauración”.
“Aquella misma noche invité a Roberto Castillo a cenar a una de las cantinas con techo de paja, donde las cenas finas consisten en rodajas de caracoles de mar y de huevos de tortuga. Su mirada se ensombreció de inmediato y recorrió recelosa los rostros de los clientes de las otras mesas, como si acabara de proponerle un golpe de Estado o un atentado”.
“El honor ultrajado tuvo una pronta y categórica respuesta: a la mañana siguiente me encontré en la recepción del hotel, el Lesly´s, otros artículos que aplastaban definitivamente el escorpión de ese rumor (…): la estatua ecuestre era obra del escultor Morice (…). Fue fundida, como lo demuestra un certificado, por la casa Thiébaut Hermanos (…). Y sólo el corte del uniforme pudo generar semejante calumnia.
El general Francisco Morazán no era soldado de carrera. Había combatido en tres o cuatro ejércitos de diferentes nacionalidades, cuyos uniformes no estaban claramente catalogados en la historia militar, de modo que el escultor parisino le había endosado lo que la Escuela de bellas artes de París consideraba que podía ser un uniforme de general durante la primera mitad del siglo XIX (…).
La mañana siguiente, tras leer los diferentes artículos que Roberto Castillo había mandado dejar para mí en la recepción del hotel, junto con los últimos números de su revista Galathea, (…), decidí que, en previsión de que las vicisitudes de la historia me obligaran algún día a solicitar un pasaporte hondureño, convenía poner fin a la polémica, y en lo que a mí respectaba, la estatua de Francisco Morazán era la de Francisco Morazán”.
Sobre todo este rollo de si la estatua de Morazán es auténtica o no, Miguel Cálix Suazo escribió un libro (publicado en 2005) precisamente con el título kilométrico de Autenticidad de la estatua de Morazán del parque central de Tegucigalpa. Ahí despeja de una buena vez todas las dudas y se despacha también a García Márquez con unas cuantas líneas.
Patrick Deville. Pura vida.

martes, 20 de enero de 2009

RCastillo soñó que llovía sobre su biblioteca

Roberto Castillo. Fuente: www.filmica.com/jacintaescudos
“Luego había vuelto a sonar el teléfono: Roberto Castillo proponía que nos viéramos a las diez en el bar del hotel”.
“Sentado ante un café en la barra del hotel Istmania, Roberto Castillo evoca su sueño de anoche: llovía en su biblioteca. Están reparando el tejado de su despacho en plena estación seca, y ha soñado que bajaba de las montañas una tormenta e inundaba su casa. Observa con recelo las nubes y los buitres que vuelan por encima de la antigua comisaría del general Álvarez”.
Más adelante, una breve descripción física:
“Fina barba negra de marino, pelo negro y rostro sonriente, severas gafas de cura, Roberto Castillo manipula con precisión y calma de letrado, filósofo en la universidad de Tegucigalpa y erudito narrador, un enorme Mitsubishi equipado con brújula y altímetro, y un indicador de inclinación del vehículo cuya aguja observamos por las serpenteantes callejuelas del barrio de El Bosque al norte de la ciudad”.
Recuerdo que pocos días después de leer por primera vez este libro, Pura vida, de Patrick Deville, publicamos en la ya desaparecida sección dominical de mimalapalabra en La Prensa unos fragmentos de La guerra mortal de los sentidos, la novela de Roberto Castillo. Luego publiqué también en este blog una reseñita que escribí de esa novela. Agradable había sido ya la sorpresa de encontrar a Roberto Castillo en las páginas de Pura vida, como el personaje anfitrión de Deville en Tegucigalpa, pero mucho mayores fueron la sorpresa y el agrado de recibir poco después un correo electrónico del propio Castillo, en el que me agradecía lo de nuestras recientes publicaciones sobre su obra. Más tarde me envió su último libro y una postal. Y luego vino lo que ya todos ustedes saben. Fue en enero, creo, en los primeros días del año pasado, que Roberto Castillo falleció. Sumo este sueño suyo de la lluvia sobre su biblioteca a mis recuerdos sobre él.

El ascensor de un hotel en H

Hotel Istmania de Tegucigalpa. Fuente: www.mundoanuncio.com

"Salir del ascensor del hotel Istmania, de nuevo indemne pese a los inquietantes ruidos de poleas, supone cada día un renovado placer".

La frase anterior es de Patrick Deville, de su novela Pura vida, y me hace pensar en esa manera, plenamente justificada, de ver a H que tienen los extranjeros. Todo el que llega a H lo hace con prejuicios y con un dossier mental lleno de historias de crímenes, de violencia, de miseria, de ignorancia. Todo el que pone por primera vez un pie en H se siente como PDeville al salir de ese ascensor del hotel capitalino: como un sobreviviente tras cada paso, porque sabe (presiente) que en cualquier momento alguien lo puede asaltar, extorsionar, engañar y hasta matar, o que, independientemente del pronóstico del tiempo, un huracán lo puede agarrar desprevenido en la calle. Pero sigue Deville:
"Me he llevado el periódico al lóbrego restaurante del hotel Istmania, que tal vez tuviera un toque elegante en los años cuarenta, desmesuradamente grande y alto de techo, gruesos manteles blancos almidonados, cuadriculado en relieve del planchado sobre la tela áspera y acartonada, barra de madera roja, rematada con espejos e hileras de botellas de aguardiente cuya visión me produce mareos esta mañana, de modo que he elegido un lugar que los sustraiga a mi mirada vidriosa".
Un francés en Macondo, pues, más o menos así.

Patrick Deville y la H

Imagen de la portada de la novela, publicada en 2005 por Seix Barral.

"Llegué a Centroamérica con el proyecto de escribir la vida de William Walker, un aventurero norteamericano del siglo XIX que se embarcó en una expedición bastante catastrófica rumbo a México, que llegó a hacerse elegir presidente de Nicaragua y que acabó fusilado en Honduras. Mientras recorría aquellos lugares siguiendo las huellas de su ejército fantasma, me pareció que, durante los dos últimos siglos, esa región del mundo había sido tan pródiga en héroes, traidores y cobardes como las provincias griegas y latinas de la antigüedad. También allí los hombres soñaron con ser más grandes que sí mismos y a menudo fracasaron. Empecé entonces a registrar las vidas de Simón Bolívar y de Francisco Morazán, de Augusto César Sandino, asesinado por el primer Somoza, o incluso del llamado Che.50, un agente doble enviado para espiar al verdadero Che en Sierra Maestra".

Es lo que dice el francés Patrick Deville sobre lo que acabó siendo su novela Pura vida, ambientada esencialmente en Nicaragua y Honduras. Con textos de esta deliciosa novela (que en lo sucesivo saquearemos impunemente) retomamos el hilo de la H, que ha pasado por las manos de autores tan disímiles como Sada, Bolaño, Borges o Pauls, para irnos con él por ese inmenso laberinto de la literatura universal en donde muchos han sucumbido a su discreto encanto.