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viernes, 30 de septiembre de 2011

Los escritores que matan


Hemingway, al menos, mataba elefantes, o se mataba a sí mismo, que ya es algo...
De los aludidos por Héctor Abad Faciolince en el siguiente artículo, en Honduras hay unos cuantos, sobre todo "poetas", que más que poetas parecen saltamontes, de país en país, de festival en festival, engrosando curiosamente el currículum y el ego, como si eso fuera literatura...
Hace dos o tres meses, en un editorial muy polémico con el que nadie polemizó, la revista Arcadia criticaba —por sosos y aburguesados— a los escritores de hoy en día, que se pasan la vida viajando, de feria en feria, de fiesta en fiesta y de coctel en coctel.
Citando a Daniel Kalder, un escritor escocés, Arcadia se preguntaba qué se hicieron “los escritores que se han atrevido a matar”. Y a continuación hacía su propia lista de escritores que “asesinaron” (el verbo era inexacto, pues lo que hicieron fue matar en combate, como soldados, pero en fin): Cervantes en Lepanto, Lope en el mar, Tolstoi en Crimea, Churchill en Sudán… No había que ir tan lejos; podrían haber mencionado a William Burroughs, que mató de un disparo a su mujer, Joan Vollmer, o a un par de filósofos franceses: Louis Althusser, que estranguló a su esposa, Hélène, o a Jean Paul Sartre, que no mató con sus propias manos, pero que sí llegó a aconsejar (a los pueblos oprimidos del Tercer Mundo) el asesinato, aunque sólo de hombres blancos. Y un escritor mediocre, pero muy aventurero, le cogió la caña, y mató sin hígados: el Che Guevara.
La conclusión de Arcadia era muy melancólica: los aburridos escritores de hoy en día no tienen “experiencias oscuras” ni “vocación de abismo”, viven alejados “de la dura suciedad de la vida real” y están tan apoltronados que no se sublevan “ante las falsas libertades del capitalismo”. Para ilustrar, en cambio, al escritor aventurero, en la foto salía Hemingway, apuntando con una escopeta. Él, al menos, mataba elefantes, o se mataba a sí mismo, que ya es algo. Yo debo reconocer que me sentí tristemente aludido por ese editorial. Viajo más de lo que quiero; asisto a las presentaciones de mis libros; contesto siempre lo mismo en las idénticas entrevistas que me hacen, y sobre todo (y más grave aun) no he matado a nadie.
Desde ese día no hago más que preguntarme a quién podría matar yo para ser considerado un escritor serio, apasionado, apasionante, metido en el sucio mundo de la vida real. ¿A mi mujer? Me da pesar, tiene dos hijos chiquitos. ¿A algún expresidente de la República? ¿Quién no habrá tenido ganas de matar a un expresidente? Pero para decir la verdad, es un mal pensamiento pasajero, con el que no me embeleso. ¿Al vecino de la música electrónica constante? Hombre, no es para tanto. ¿A un jefe guerrillero o paramilitar, en directo ante las cámaras, durante una entrevista? Si digo que sí, nunca me van a dar una entrevista… ¿Al presidente del Banco Mundial, o a Obama, por aquello de “las falsas libertades del capitalismo”? No, francamente, por indignado que esté, no me siento capaz. Más bien me resigno a ser el aburrido que soy, y sigo practicando el quinto mandamiento. ¿Al menos un conejo en una cacería? Ni siquiera. ¿Una mosca, pues? Eso sí; me voy a comprar un matamoscas.
Qué voy a matar yo, si ni siquiera robo. El otro día otra revista virtual hizo una gran encuesta sobre libros. La pregunta número 29 era: “Uno que se haya robado”. Pensé y pensé y nada. ¡Qué pelota, qué güevón! No solo no he matado sino que ni siquiera he robado libros. En cambio todos (o casi todos) mis colegas, impertérritos, dieron su título de libro robado. Entonces pensé: pues bueno, los escritores de hoy en día son tan jartos que no han matado a nadie, pero al menos ladrones sí son. Como roban “cultura”, supongo que se sienten disculpados. Me sentí pésimo, cada vez más hundido en la mediocridad, cada vez más aburrido. Pero me hice un propósito: jurarle a la directora de Arcadia, Marianne Ponsford, que la primera vez que me invite a una fiesta en su casa (parece que hace muchas), no la voy a matar, eso no, pero al menos un libro sí me le voy a robar. Y ya sé cuál: la primera edición de Poeta en Nueva York.

domingo, 16 de enero de 2011

HAFaciolince habla sobre Lisbeth Salander


La trilogía de Stieg Larsson.
Primero lo leí de Vargas Llosa, después lo esuché de Mario y ahora lo leo de Héctor Abad Faciolince. Los tres coinciden en que hay que leer la trilogía de Stieg Larsson:
"Mis ojos acerador de viking, oteantes, no han visto el mar", decía, muy joven, el gran poeta montañero León De Greiff, descendiente de suecos, pero cautivo en las montañas de Antioquia.

Lo que yo no he visto es Suecia, pero en estos días, por distintos motivos, he estado en el país nórdico a través de la pantalla y de las letras. Lo primero fue que encontré entre los libros infantiles de mis hijos —ya universitarios— el que más nos hizo reír y gozar cuando ellos eran niños: Pippi Calzelunghe, de la gran escritora sueca Astrid Lindgren. Pongo el título en italiano y no en español (Pippi Mediaslargas) porque las ediciones que conozco en castellano no le hacen honor al libro, y en realidad lo destruyen, por lo mal traducido. Mis recuerdos de cuando yo les leía a mis hijos en voz alta, son recuerdos, sobre todo, de carcajadas. Carcajadas por Pippi, carcajadas por Pinocho, y las últimas (fue lo último que se dejaron leer, antes de emprender su vuelo solitario) carcajadas por el gran Cortázar, sobre todo en aquel cuento hilarante que es “Conducta en los velorios” en las Historias de Cronopios y de Famas.

La segunda experiencia sueca reciente es un hermoso documental al final de la vida de Ingmar Bergman. Se trata de una larga entrevista que le hiciera Marie Nyreröd, cuando el gran director, cerca ya de los noventa años, se había retirado a una isla casi desierta, Fårö, donde sólo hay niebla, mar y silencio. El documental es sencillo, agridulce y poético; las reflexiones de un hombre al final de su vida. Si quieren verlo, está en la red, y es fácil de encontrar en Youtube. El reportaje me llevó a hojear, nuevamente, una de las autobiografías noveladas más hermosas que yo haya leído nunca, su Linterna mágica. Cuando hace poco vi a una de las actrices preferidas de Bergman, Liv Ullmann, entrevistando a Vargas Llosa en Estocolmo por el Nobel de Literatura, me alegré al darme cuenta de que estaba viva. La escena en que ella se suicida, en la película Cara a cara, es tan perfecta, que yo la creía ya tan muerta como Bergman.

Y con Vargas Llosa en Suecia llego al fin a lo que explica el título de esta nota: Lisbeth Salander. En estas Navidades estaba yo en mi hamaca de La Inés, como todos los diciembres. Y alguna incauta dejó allí tirado su ejemplar de Los hombres que no amaban a las mujeres (una mala traducción del título —que no es una litote: negar lo contrario— sino el más directo Hombres que odian a las mujeres). Y digo incauta a la persona que dejó el libro ahí, pues ya nadie me lo pudo arrancar de las manos. Dirán que llego muy tarde a las delicias, y es verdad. Por un incurable esnobismo de escritor y lector, no me gusta leer el libro que todo el mundo está leyendo, y eso ocurría con Stieg Larsson hace dos o tres años. Pero a finales de 2009 ya alguien con prestigio de lector —el mismo Vargas Llosa— había dicho que la trilogía Millenium estaba a la altura de Dumas, Dickens y Victor Hugo. Y lo está, o tal vez lo esté, no sé; para saberlo habría que esperar un siglo. El caso es que aunque creo que los 100 millones de terrícolas que han comprado a Coelho están equivocados, creo que los 50 millones que han leído a Larsson no lo están.

Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist (la hacker y el periodista), son dos personajes entrañables, explícitamente relacionados con dos figuras inventadas por la maravillosa Astrid Lindgren. Tal vez por eso mi lectura de este año en la hamaca tuvo esa misma pasión, hilarante, concentrada, indignada, que tienen las lecturas juveniles. Esa felicidad de eliminar el juicio literario, las reticencias estilísticas, y sumergirse por completo en un universo alternativo, horrible y desafiante como este mundo real, sí, pero donde al fin se imponen la dignidad, la verdad y la justicia. Así no sucede en la vida real, como lo demuestra la misma suerte de Stieg Larsson, paradójica hasta la tragedia y la ironía, pero qué bueno que al menos ocurra en el mundo de la imaginación.

lunes, 4 de octubre de 2010

Huelgas de poetas

"¿Por qué será que nunca hay huelgas de poetas? Ya que no las hay, debería haber, con cierta frecuencia, vedas de versos. Así como hay veda de pesca del bagre o de la sabaleta, sería conveniente que las autoridades prohibieran versificar entre octubre y abril, por ejemplo. Mayo: se abre la temporada de versos".
Héctor Abad Faciolince

sábado, 27 de marzo de 2010

Ficción de la realidad

 Héctor Abad Faciolince, durante su visita a Lisboa este mes. Foto: JORDI SOCÍAS
Héctor Abad Faciolince publica dos nuevos libros en España, uno con Alfaguara y otro con Seix Barral. Después de leer Angosta, puedo decir que este escritor colombiano es uno de los que no hay que dejar pasar de largo. Leamos la entrevista de WMSabogal en Babelia:
Esa tarde de Lisboa estaba escrita. Y no hubo manera de reescribirla. Terminó pasadas las cinco de la tarde con el mismo cielo pálido y el mismo tema que había empezado, aunque con una ligera variación en la despedida de Héctor Abad Faciolince, autorretratado y resumido en las 17 palabras de su adiós: "Soy un exiliado español. La próxima vez nos veremos en la frontera o allí donde murió Machado, en Collioure".

Lo dice saliendo de una inmensa nube de humo de castañas asadas que envuelve la esquina de las rúas de Garrett con António Maria Cardoso. El periodista y escritor colombiano está vestido de negro y gris, potenciando su aspecto de profesor de física con gafas y pelo blanco acaracolado, aunque en este instante parece un científico loco con el cabello revuelto. Desde que publicó hace cuatro años El olvido que seremos (Seix Barral), su nombre asciende lento en una espiral. Una novela-crónica en la cual reconstruye la impunidad sobre el asesinato de su padre a manos de los paramilitares en 1987, que deriva en una de las más hermosas manifestaciones de amor de un hijo por su papá; al tiempo que desanda los caminos que recorrió su familia hasta ese momento, que los llevó a toparse con el cadáver del doctor Héctor Abad Gómez 99 días antes de que cumpliera 66 años, en la calle de Argentina, de Medellín, donde el hijo encontró en un bolsillo un poema premonitorio y desconocido de Jorge Luis Borges.

Ahora, el nombre de Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) estará más en boca de todos por sus dos nuevos libros: Traiciones de la memoria (Alfaguara) y El amanecer de un marido (Seix Barral). El primero reúne tres relatos, del cual destaca el primero, donde la realidad parece predestinada a la ficción al rastrear policiaca y literariamente el origen y la autoría del poema que llevaba su padre el día de su asesinato y que termina revelando la noticia de que cinco poemas de Borges considerados apócrifos son auténticos. "Una prueba de que si se investiga se puede llegar a la verdad". Mientras que en El amanecer de un marido sus cuentos se asoman en los vericuetos del desamor y el desencuentro. El penúltimo en elogiar al autor colombiano ha sido Mario Vargas Llosa en su artículo del 7 de febrero pasado publicado en EL PAÍS y reproducido en medios de medio mundo.

La de Héctor Abad es una vida personal, periodística y literaria de apurados trazos dramáticos y borgeanos donde la realidad parece ficción y la ficción suplanta a la realidad. Un territorio fronterizo cuyas claves revelará más tarde: "Cada vez me interesa más la realidad y menos la ficción, pero cada vez me parece más que todo, todo, es ficción". Una idea de la que no escapa la identidad, "es una ficción, no es una realidad, es una cosa que uno se inventa y se pone, como un sombrero". Lo dice un hombre que considera que "el escritor tiene que tener una personalidad disociada, ser capaz de salirse de sí mismo". Y así transcurrirá una tarde sobre búsquedas de la verdad, de falsificaciones, de azares, de determinismos, de ex futuros, de bifurcaciones y con, como si estuviera escrito, un fotógrafo de apellido Socías, que lo retratará.

Tres horas antes de aquella despedida entre la nube de humo olorosa a castañas asadas, Abad Faciolince empieza a recapitular su vida en el suave y coqueto, e incluso embaucador, acento paisa, propio de su montañoso departamento de Antioquia. La cita es en Lisboa aprovechando que él participa en unas jornadas literarias, pero, sobre todo, porque cumple su palabra de no volver a España. Una promesa que hizo en 2001 cuando firmó una carta muy sonada de escritores y artistas colombianos en protesta por la exigencia de visado a sus compatriotas para entrar en este país. De ahí su despedida de: "Soy un exiliado español".

Dos semanas antes de aquel martes 2 de marzo pasado, él ya había dicho que quería tener la entrevista en alguno de los cafés que frecuentaba Fernando Pessoa. Pero ahora, de repente, está sentado al lado de un ventanal del restaurante Tapas Bar & Esplanada donde ve cómo se descuelga Lisboa hasta la mansa y ancha desembocadura del río Tajo en el Atlántico. El fotógrafo le propone alterar los planes y cruzar en ferry el río e ir hasta la otra orilla para tomarle fotos con la ciudad al fondo. El escritor duda un pestañeo, pero accede cordial. Al final caerá un aguacero y la entrevista continuará en A Brasileira, uno de los cafés preferidos del poeta portugués.

Una vez dentro, el rumor de la lluvia es reemplazado por el del rugido de la máquina de café y el barullo de la gente. Es una especie de zaguán muy ancho y largo con la barra a la derecha y las mesas a la izquierda junto a una pared cubierta de espejos. Al fondo, en el rincón, hay una mesa disponible. Héctor Abad se sienta y todo el bar queda delante de él y a su espalda, también, gracias a los espejos. En la línea entre la realidad y su reflejo. Pide un oporto. Saca del bolsillo de la chaqueta un cuaderno de cubiertas negras y hojas amarillas y un bolígrafo. La grabadora se enciende. La mira, y confiesa entre risas y casi disculpándose: "No soy capaz de pensar hablando. Por eso tengo este cuaderno para contestarte por escrito. Porque con otras entrevistas cuando las leía me veía muy mal, me parecía que yo no había dicho lo que me ponían a decir, aunque no podía demostrarlo. Entonces opté por nunca más leerlas para no enfadarme".

Tras este prólogo improvisado sobre su experimento, piensa un segundo una pregunta sobre si acaso lo que acaba de decir no es más que su alto grado de autoconciencia sobre lo que quiere proyectar. Levanta la mirada que parece irse hasta la entrada del café, agacha la cabeza y empieza a escribir muy juicioso en su cuaderno con su bolígrafo azul. El silencio del rincón lo rellena el rumor de las siete mesas del café y la larga barra, esparcido por el tintineo de las cucharillas que remueven los vasos. Unos minutos después empieza a leer como en el colegio: "Cuando yo hablo me distraigo mucho. Me distrae la cara de la otra persona, la mirada. Hay demasiadas variables que tengo que controlar: mi voz, lo que pasa a mi alrededor, mientras que cuando escribo por encanto el mundo desaparece y lo único que hay es tres dedos apretando un bolígrafo que escribe sobre un papel, o una pantalla del computador. Porque en los cuadernos tomo nota, pero siempre he pensado, y las personas que me conocen lo saben, que tengo una personalidad por escrito y una personalidad hablada; y hablado tiendo a ser muy condescendiente, a darle la razón a la otra persona".

Al terminar la frase bromea sorprendido al descubrir que es la primera vez que ve a dos personas hablando a la vez que escriben. Luego aclara que la costumbre de dar la razón al otro está enraizada en su educación. "Fuimos educados en el Manual de urbanidad y buenas costumbres de Carreño. Y ahí dice que contradecir es parte de mala educación. Aunque eso hace que uno se vuelva un interlocutor idiota porque siempre le da la razón al otro". Entonces improvisa: "¿Que por qué no lo remedio? Me viene lo más ancestral, que es ser una persona cordial. Nosotros los latinoamericanos estamos llenos de cortesía, siempre envolvemos el pensamiento en buenas maneras".

Afuera la gente sigue guareciéndose de la lluvia en los marcos de las dos puertas del A Brasileira. Ante las teorías antropológicas y sociológicas de que buena parte de esa cortesía hispanoamericana se debe a los rezagos del servilismo de la Conquista, la Colonia y la Independencia, Héctor Abad está de acuerdo. Aprovecha para recordar que él creció en el voseo, en el "vos" como tratamiento entre iguales. Una característica de su tierra y de otras regiones como el Río de la Plata, Chile o Costa Rica. "No sabemos dónde está el límite entre la cortesía y el servilismo. Pero yo no soy servil. No me gusta ni mandar ni obedecer, pero sí tenemos muy inculcadas normas de cortesía demasiado rígidas que son probablemente las que hacen que para mí sea difícil comunicarme verbalmente. Y eso tiene que ver también con un problema audiopersonal, y es que viví rodeado de mujeres que hablaban mucho mejor. Ellas siempre hablan mejor que los hombres. Más rápido, con más gracia, son más ocurrentes".

Parece escucharse, entonces, el barullo de diez mujeres de todas las edades que van y vienen por esa casa de la infancia de Antioquia donde un niño se siente arrullado y apabullado por sus voces. Pero gracias a eso el niño habrá de refugiarse en la lectura y la escritura. Por eso le encanta cuando su padre lo lleva a la universidad. El doctor se va a dar clases y el niño, que aún no va a la escuela, se queda en su despacho, sentado en una silla enorme frente a una máquina de escribir enorme, colocando hojas en blanco en el rodillo que aprende a girar rápido, ¡Rrrrrrrrm! Luego empieza a jugar con las teclas, sacando con sus pequeños dedos índices sonidos como en un piano de letras. Tac, tic, toc, tac, tac, toc... Una hoja llena de letras. ¡Rrrrrrrrm! La saca y pone otra. Cuando el padre vuelve de clase el niño se las enseña y recibe una gran felicitación.

De allí procederá este experimento de contestar esta entrevista con su puño y letra y luego leer la respuesta. "Cuando escribo pienso mejor, no oigo mi voz, no vigilo mi voz, es la voz de otro, una voz no interior sino exterior que me dicta aunque no sea el Espíritu Santo, pero sí creo que mi mano se comunica mucho mejor con mi cerebro que mi lengua. La escritura también tiene su ritmo y se parece más a mi pensamiento. Sabes, siempre he fingido que sé hablar", y su burla bordea la carcajada. Hasta que confiesa: "Yo pienso muy despacio". Así es que se llega al acuerdo de que algunas preguntas tendrán una respuesta más amplia o matizada a través del correo electrónico para poder avanzar en la conversación.

Vuelve a escribir. En silencio y sin tachaduras. Con la mano derecha, mientras la izquierda la pone extendida cuidadosamente sobre el pupitre, sobre la mesa. Acaba. Inclina un poco el cuaderno y lee: "El escritor tiene que tener una personalidad disociada, algo esquizofrénica. Tiene que ser capaz de salirse de sí mismo, de ponerse en el lugar de la otra persona. Siempre, cuando un periodista me pregunta algo, yo soy el periodista, no estoy pensando en su pregunta sino en lo que hay detrás de esa pregunta. Los escritores podemos definirnos así: somos detectores de mentiras, detectores biológicos de mentiras. Cuando tú me preguntas esto, yo pienso ¿qué es lo que me está preguntando realmente? Entonces me desconcentro y no sé qué contestar y digo: usted tiene razón, es una manera de ganar tiempo".

Tiempo. En mayúscula. Ésa es una de las presencias latentes en sus libros. Sobre todo en las tres crónicas o relatos de Traiciones de la memoria. Recuerdo, olvido, memoria, vida, vidas disociadas, sueños, futuro, pasado, reinvención; todo bajo el amparo del Tiempo. Como si apareciera el río de Heráclito citado a su vez por Borges. El último de los textos es una pieza sobre los ex futuros. "Es una idea muy bonita de don Miguel de Unamuno. Los ex futuros son esos yoes que se quedaron en la vera del camino de la vida, lo que nunca llegaron a ser, lo que pudieron haber llegado a ser. Todo el mundo tiene despojos de yoes que se van quedando ante una encrucijada...".

Rrriiinnnggg... rrriiinnnggg... Ante la sorpresa del móvil, él coge la grabadora con la mano derecha para acercársela a la cara mientras dice: "Tranquilo, yo le voy contestando a la máquina. Cuando uno llega a una encrucijada, a una disyuntiva y toma por un lado de la ye (Y), pues en Colombia decimos una ye, sea la parte izquierda o derecha eso hace que la vida se aleje del tronco; tome por un camino muy distinto. Todos tenemos de alguna manera una cierta nostalgia por el camino que no tomamos, una cierta curiosidad por saber qué hubiéramos llegado a ser si nos hubiéramos ido por otro lado. Eso es de lo que trata el tercer relato de ese libro. Indago en eso que Unamuno dejó esbozado. Como te das cuenta, a mí me gusta más hablar solo o con una máquina o con un papel que con alguien", y sus palabras terminan entre risas que eclipsan el rugido de la máquina de A Brasileira. Un tema perfecto en un café de Pessoa, porque él creó yoes absolutos con sus heterónimos, a los que hizo incluso horóscopos y dotó de una personalidad definida. "Una vez leí esto: 'Los cuatro poetas portugueses del siglo XX son Fernando Pessoa'. Es verdad, y se llaman Ricardo Reis, Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Fernando Pessoa".

Es el paso a la procesión de ex futuros de Héctor Abad Faciolince. "Pienso en ellos permanentemente. La vida de cada uno está colgada de un hilito. La mayoría de mis ex futuros son muertos. Yo vivo en un mundo de pesadilla donde mis hijos se viven muriendo. Y yo sé que el hecho de que un hijo mío sufra una catástrofe transformaría mi cerebro en una mente loca y desesperada y destrozada". Echa un vistazo atrás en su vida y ve que varios de sus ex futuros quedaron en la Italia de comienzos de los noventa. Lo esboza ahora, pero dos semanas después lo precisará por Internet fundiendo este tiempo presente con el futuro: "Hubo un momento en que yo quise dejar de ser colombiano y volverme italiano. Dejé incluso de hablar en español. La nacionalidad también es una ficción, un disfraz: algo que uno se pone, como la ropa. Tal vez la única nacionalidad auténtica es la lengua, como pensaba Canetti: uno es lo que habla. Y yo hablo una variedad del castellano que es el antioqueño: una especie de español antiguo que se habla en las montañas centrales y aisladas de Colombia. Pero no soy un nacionalista; en realidad no soy nada, o no sé qué soy. Uno tiene que inventarse cada año lo que quiere ser. La identidad -esa palabra tan antipática- también es una ficción, no es una realidad, es una cosa que uno se inventa y se pone, como un sombrero".

Pide otro oporto en medio de tintineos y el ruido de la máquina registradora por alguien que ha pedido la cuenta. Le llama la atención que la entrevista haya derivado en el tema del relato de los ex futuros, "el que a menos personas le ha interesado". Pero cuya idea del tiempo y el espacio, y concepciones de realidad y ficción, se entrecruzan en las tres piezas de Traiciones de la memoria. Incluso la última frase del tercer relato conecta y complementa al segundo al desmontar de un plumazo la realidad contada hasta ese instante difuminando lo real con lo ficticio y lo imaginado. Mientras el primero es una gran crónica periodística y literaria que se convierte en sí misma en un cuento policiaco donde el hijo quiere saber por qué su padre llevaba el día de su asesinato un poema de Borges que empieza diciendo: "Ya somos el olvido que seremos", y que todos creían apócrifo, pero que tras un largo periplo geográfico y filológico encuentra su paternidad y lo confirma como auténtico junto a otros cuatro en una historia sembrada de pistas, azares y persistencia y que al final parece más un farol del determinismo. El libro alterna muchas imágenes de las pruebas y pistas que Abad Faciolince va encontrando y que invitan a diversificar la lectura, sobre todo porque en Colombia hubo un gran debate sobre la autoría del poema de Borges, puesto como epitafio en la tumba del doctor Héctor Abad Gómez. La pesquisa sirve para que el hijo plante cara a la justicia colombiana ante la impunidad del asesinato, al encontrar una verdad literaria.

El fotógrafo se acerca a la mesa. Es señal de que fuera ha escampado. El escritor se levanta de la silla y a medida que avanza hacia la puerta su imagen se aleja en el espejo a su espalda. Sale con Jordi Socías a la calle y hace todo lo que él le dice para las fotos. Pasan delante de la estatua de Pessoa, suben por la rúa de Garrett y cruzan la António Maria Cardoso, en cuya esquina acaba de instalarse un puesto de castañas delante de un edificio donde el fotógrafo quiere hacerle unas pruebas. A los pocos minutos vuelven a bajar por la rúa de Garrett y el pelo acaracolado del escritor está más alborotado que nunca al haberle cabestreado a Socías sus peticiones, cuyas imágenes al final han ilustrado esta entrevista.

Su aspecto de científico loco es el de un buen momento. Ya era hora. Tras una adolescencia donde el dolor y la muerte se hizo presente con una hermana y empezó sin terminar varias carreras como medicina, filosofía y periodismo. Luego, en la universidad, un artículo contra el Papa hizo que lo expulsaran, y que al final terminara, precisamente, en Italia, donde se graduó en Literaturas Modernas. Al regresar a Colombia en 1987, en agosto los paramilitares asesinaron a su padre, y el día de Navidad estaba volando de nuevo a Italia por amenazas. Después llegarían su esposa e hijos, y un periodo de incertidumbre y penurias (narrado en parte en el segundo relato). A comienzos de los noventa empezó a escribir una columna dominical el diario bogotano El Espectador, y publicó algunos libros hasta que en 2000 ganó en España, con Basura, el I Premio Casa América de Narrativa Innovadora. Un año después firmaría aquella carta de protesta por la exigencia de visado a los colombianos con la promesa de no volver hasta que eso cambie. En 2006, casi 20 años después del asesinato de su padre, se sintió con fuerzas para escribir sobre aquello, lo que le ha valido el reconocimiento de público y crítica. Ahora es miembro del consejo editorial de El Espectador, con una columna de opinión muy leída.

De vuelta en A Brasileira, la conversación va hacia su vida entre la realidad real del periodismo y la ficción literaria. Es la penúltima pregunta. Se entusiasma e improvisa, pero luego la matizará en un correo electrónico: "Yo creo que vivo siempre en la realidad; y al mismo tiempo, como lo que percibe y filtra la realidad es mi cerebro, creo que vivo siempre en la ficción. Nunca sé muy bien si algo que viví lo viví realmente o si mi cerebro se está inventando un recuerdo. Cuando uno se da cuenta de las deformaciones que hace permanentemente la memoria, cuando uno ve los sesgos con que la ideología nos hace percibir la realidad, a veces me da la impresión de que todos vivimos en un mundo ficticio. La ideología es como una lente de color rosa o de color negro y todo depende del cristal con que se mire. Dos periodistas asisten a una misma batalla y parece que nos hablaran de dos batallas distintas cuando la cuentan: un periodista cubano y un periodista español nos hablan de una huelga de hambre en La Habana, y parece que hablaran de dos cosas distintas. Yo como escritor trato de ponerme dentro de la cabeza del hombre que hace la huelga de hambre, y aparece otra historia más, diferente. ¿Cuál de las tres es la historia real? Y si la historia es contada por el mismo protagonista, y él se ve a sí mismo como un mártir o un héroe, también hace de su misma huelga una leyenda. Cada vez me interesa más la realidad y menos la ficción, pero cada vez me parece más que todo, todo, es ficción".
...
La máquina registradora suena ahora por la mesa del rincón. Un par de minutos después, el barullo y el olor a café de A Brasileira quedan atrás y son reemplazados por el ruido de la calle y el olor a castañas asadas. Ya en la esquina de la humareda, antes del adiós, el escritor colombiano le pregunta al fotógrafo si su apellido es con ese o con ce: "Con ce", responde. "Ya, pero viene de sosias, es decir, de algo doble o que se parece mucho, está en el Anfitrión, de Plauto, cuando Mercurio se hace pasar por Sosias el criado del general Anfitrión". Son casi las cinco y media, y la tarde va a terminar como empezó, el mismo cielo pálido y el mismo tema de tres horas antes cuando Héctor Abad Faciolince se despida, saliendo del humo oloroso a recuerdos, contestando la última pregunta: ¿Cuándo vuelve a España? Y se autorretratará y resumirá en 17 palabras: "Soy un exiliado español. La próxima vez nos veremos en la frontera o allí donde murió Machado, en Collioure...", para perderse andando por la rúa de Garrett arriba en busca de una de sus pasiones, librerías de viejo.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Los libros y la vida

Vuelve Héctor Abad Faciolince con un artículo sobre literatura y vida, tema fetiche en este blog:
Alguien dijo alguna vez que hay tres tipos de personas: las que viven la vida, las que la escriben y las que la leen.

Si pienso en el primer tipo, recuerdo a un amigo mío, vividor, que —como me lo explicó una vez Santiago Gamboa— “se pasó la vida tratando de empezar una nueva vida”. Nada, ni lo más desaforado, le parecía nunca suficientemente vital. Empezó tantas vidas que no terminó ninguna y al final vivió con tanta intensidad cada una de ellas que resolvió que nadie le iba a quitar el último pedazo de vida que le quedaba y terminó quitándosela él mismo.

Del segundo tipo de persona, los que escriben la vida, o mejor, los que dedican la vida a escribir, no se me ocurre mejor ejemplo que el de Gustave Flaubert. Se impuso a sí mismo la rutina más sosa y carente de interés que pudo —repetitiva, sobria, retirada— con el único fin de vivirlo todo en su obra. Esto le dijo en una carta a Louise Colet: “Llevo una vida áspera, carente de toda alegría exterior y lo único que me sostiene es una especie de rabia permanente. Amo mi trabajo con un amor frenético y pervertido, como un asceta el cilicio que le araña el vientre. Escribo con regularidad unas diez horas diarias, y si me molestan, me pongo frenético. Ya no espero nada de la vida excepto unas cuantas hojas de papel que emborronar de negro”. Y este era su dogma práctico: “Hay que vivir como un burgués y hay que pensar como un semidiós”.

Los del tercer tipo son personas que dedican su vida a leer. Son, de algún modo, vividores vicarios. Todo lo que no aman, todo lo que no lloran, todo lo que no luchan o trabajan, lo experimentan en los libros. No se me ocurre un ejemplar más acabado de esta especie que ese viejo lector ciego, Borges, que vivió más bien poco, escribió maravillas, y leyó o le leyeron sin parar. Su lema, no por excesivamente citado, deja de seguir siendo hermoso: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.

Quizás estos tipos de hombre correspondan también a una diferencia de carácter más honda, que ya no es ternaria sino binaria: aquellos que prefieren la vida activa frente a los que escogen la vida contemplativa. Hay quienes hacen y hay quienes piensan; están los que hablan y otros que se muerden la lengua. Por supuesto que no es necesario vivir exclusivamente de una manera. Se puede vivir, con distintas proporciones, a ratos en la realidad y a ratos en el sueño. Borges, por ejemplo, en sus 86 años de vida, estuvo casado 17 meses con su primera esposa, y con la última tres. Es poco, pero es algo. De Flaubert se dice que se retiró del mundo después de que contrajera la sífilis en un aventurero viaje de juventud a Egipto. No le quedaron ganas de una vida de excesos.

Por deformación profesional he citado casos de escritores, pero supongo que algo parecido ocurre en otras profesiones. Todos conocemos adictos a la sociedad y cusumbosolos. Si me preguntaran qué quisiera más para mí (o para mis hijos), si una vida intensamente vivida, o una vida leída, o una vida dedicada a un oficio retirado como las matemáticas o la escritura, no sabría responder con una receta. Flaubert, cuando escribía sobre una pobre mujer adúltera, vivía con tanta intensidad su adulterio como si fuera él el pecador. No creo que el gozo de Borges leyendo a Kipling fuera menos que el de un viajero en India.

De mí puedo decir que me gusta vivir lo que leo en los libros. Si el protagonista toma ginebra, no puedo resistirme a servirme una. Si un personaje es celoso, acabo haciendo una escena de celos en mi casa. Hace poco leí sobre un viejo escritor con cáncer de próstata y esa misma semana me medí el antígeno y pedí cita urgente con el urólogo. Y por otro lado, muchas cosas que vivo me provoca escribirlas, acomodándolas algo en el recuerdo, y otras que me imagino, me encantaría llevarlas a la vida real. No he podido saber a qué tipo humano pertenezco. No concibo vivir, en todo caso, sin escribir cada día, sin leer cada noche, ni sin salir a disfrutar a ratos el espectáculo del mundo.

domingo, 31 de enero de 2010

Vargas Llosa responde en Cartagena


Mario Vargas Llosa conversa con el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince en Cartagena de Indias- REUTERS.

En estos días se realiza en Cartagenda de Indias, Colombia, el Festival Hay, que El País sigue con mucha atención, con la participación de reconocidos escritores. Uno de estos escritores es Mario Vargas Llosa, que el mediodía de ayer llenó un teatro. Su compañero de charla sería Héctor Abad Faciolince, el escritor colombiano que estos días publica Traiciones de la memoria (Alfaguara), una suerte de coda de El olvido que seremos, el estremecedor libro en el que narró el asesinato de su padre. Abad no dejó que la admiración inutilizara su papel de mínimo inquisidor y el resultado fue una vibrante visita guiada al universo de Mario Vargas Llosa. Éstas son algunas de las estaciones del recorrido:
Un escritor sin inspiración. "Mi disciplina a la hora de escribir nació de la comprobación deprimente de que no tenía inspiración. Por eso me sirvió tanto descubrir, cuando llegué a París en 1959, a Flaubert y, sobre todo, su correspondencia. Flaubert empezó siendo un mal escritor, un mero imitador, y para llegar a ser el genio que fue se impuso una disciplina de galeote. Yo llegué a la conclusión de que si uno no tenía talento podía provocárselo a base de trabajo".

Crisis social, salud artística. "Las sociedades inestables en las que se percibe una cierta inseguridad tienden a generar literaturas más ambiciosas que aquellas sociedades más estables en las que se percibe como algo pueril el deseo de llevar a cabo un gran proyecto novelesco. Por eso la literatura latinoamericana dio grandes frutos en los años 60, en un momento convulso en el que nadie apostaba por América Latina. Pero todo esto no es más que una tendencia y no una ley histórica, yo no creo en las leyes históricas. Además, en el arte siempre prima el elemento individual".

Políticos y rufianes. "¿Por qué me presenté a la presidencia de Perú si le había hecho decir a uno de mis personajes que la política es un mundo de rufianes? Tal vez por la atracción del abismo, pero sobre todo porque no debemos sacar conclusiones de desdén aristocrático de esa frase. Eso sería hacer el avestruz. Cuanta más gente decente haya en la política más se adecentará ésta".

Elogio de la imperfección. "Si fui muy crítico como opositor a Alan García en Perú y ahora no lo soy tanto es porque él piensa ahora cosas que yo pensaba entonces. En materia estética podemos ser intransigentes porque la imperfección es intolerable, pero en política eso es imposible. Hay que optar por el consenso y hacer concesiones, eso es la democracia, el menos malo de los sistemas. Los únicos que creen que la perfección es posible en política son los fanáticos".

Diez años huérfano. "A mí me vacunó contra el fanatismo la mala relación que tuve con mi padre, un hombre muy autoritario al que conocí cuando tenía 10 años. Hasta entonces me habían ocultado que mi padre estaba vivo por la vergüenza familiar de decir que mi madre se había divorciado. Yo me había criado como un niño muy mimado y seguro que era engreído e insoportable, pero la aparición de mi padre fue brutal. Eso sí, reconozco que en mi propio trabajo hay una dosis de fanatismo, el de sacrificarlo casi todo en busca de la gran obra".

Caudillo a la vista. Uno de los momentos cumbre de la charla fue la pregunta de Héctor Abad por las posibilidades de progreso en América Latina cuando proliferan tantos "caudillos que se hacen reelegir ,empiece su nombre por Ch, M o U", dijo el escritor colombiano en alusión a Hugo Chávez, Evo Morales y Álvaro Uribe. La respuesta de Vargas Llosa fue igual de contundente: "Hay que acabar con los caudillos, que no son más que máquinas destructoras, y hay que aceptar esa cosa que a veces parece mediocre que es la democracia. Un escritor sabe lo importante que es la forma. Si se rompen las formas de la democracia lo que sufre es su contenido".

Los riesgos del compromiso. "Ya sé que con mis opiniones políticas corro el riesgo de que me caricaturicen como imperialista y capitalista manchesteriano, pero asumo el riesgo. Por eso escribo en los periódicos, para matizar, y para que se entienda por qué hago lo que hago. Por ejemplo, apoyar a Piñera en Chile, el candidato conservador, porque me parece que la alternancia es importante. Lo conozco personalmente y sé que es un demócrata convencido que nunca apoyó a Pinochet. Por lo demás, él es católico y yo no, yo estoy a favor de los matrimonios homosexuales, el aborto y la eutanasia y él, no. Pero no puedo apoyar a alguien idéntico a mí porque no lo encontraría. La única manera de que no te caricaturicen es callarse y convertirse en un mirlo blanco. Prefiero que me ataquen y aportar mi grano de arena. Optar por una posición es optar por el riesgo. Por eso no entiendo a los intelectuales que prefieren los eslóganes a las ideas".

Nueva novela. "En una biografía de Joseph Conrad me topé con un amigo suyo diplomático que le hizo ver la brutalidad que los colonizadores aplicaban en países productores de caucho como el Congo, un país del tamaño casi de Europa occidental que las potencias mundiales decidieron regalar a Leopoldo de Bélgica. Sin él El corazón de las tinieblas no sería como es porque hasta entonces la idea que Conrad tenía del Congo estaba manipulada por la propaganda del rey de los belgas. Me fascinó el personaje y ya tengo una primera versión del manuscrito de una novela en torno a él. Siempre me vienen así las ideas: la curiosidad dispara la ficción. ¿De dónde saco la energía para viajar, estudiar y entrevistar gente preparando los libros? De que en el fondo quiero ser un buen escritor. Pero no juguemos al niño digno: es un esfuerzo, pero, sobre todo, un enorme placer".

domingo, 17 de enero de 2010

Por qué es tan malo Paulo Coelho



La mina de oro llamada Paulo Coelho.
Hay que admirar a Héctor Abad Faciolince por darse a la tarea de leer a Coelho sólo para tratar de averiguar el por qué de su éxito editorial. ¿Por qué Coelho -se pregunta, en este artículo de elmalpensante-, siendo un escritor tan rudimentario en el uso del lenguaje, tan pobre en el pensamiento y tan elemental en sus recursos estilísticos, consigue tocar la sensibilidad de tanta gente? Pegaré a continuación algunos fragmentos del artículo que responden a esta pregunta. Para empezar, HAF compara su éxito editorial con un pasaje en uno de sus libros:
Traducido a 56 idiomas, publicado en 150 países, con más de 54 millones de libros vendidos, a Paulo Coelho hay que reconocerle al menos una virtud: es una mina de oro para sí mismo y para las editoriales. En su libro de mayor éxito, El alquimista (1988), un pastor de ovejas andaluz viaja hasta las pirámides de Egipto en busca de un tesoro. Antes de llegar a su destino se encuentra con el gran mago que posee los dos pilares de la sabiduría alquímica, es decir, sabe destilar el elíxir de la larga vida y ha fabricado un huevo amarillo, la piedra filosofal, con cuya ralladura se puede convertir en oro cualquier otro metal. En su viaje hacia las tumbas de los faraones el alquimista le ha revelado al muchacho otro secreto: “Cada hombre sobre la faz de la tierra tiene un tesoro que lo está esperando”. Luego le explica que si no todos encontramos este tesoro personal, es porque “los hombres ya no tienen interés en encontrarlo”. Sospecho que muchos desgraciados se consuelan creyendo semejante ingenuidad. Vista descarnadamente, es sólo una simpleza o una pía ilusión. Sin embargo hay algo que tenemos que conceder, y es que sin duda Paulo Coelho encontró su propio tesoro, en cierto sentido su piedra filosofal: la ralladura sosa y rosa y empalagosa de su prosa se convierte —como por arte de magia— en oro editorial, en millones de copias de consumo masivo de mediocridad. Pero ¿cómo lo hace? ¿Y por qué, siendo un escritor tan rudimentario en el uso del lenguaje, tan pobre en el pensamiento y tan elemental en sus recursos estilísticos, consigue tocar la sensibilidad de tanta gente?
Y, después de dejar a un lado las respuestas obvias, empieza con las respuestas que él encontró luego de sus lecturas:
La primera respuesta que me di, apenas empezando la lectura de algunos de sus libros, fue que quizá Coelho disfrazaba de misterio y asombro las puras tonterías. Oigan esta, por ejemplo: “Era un día caluroso y el vino, por uno de estos misterios insondables, conseguía refrescar un poco su cuerpo”. De verdad, qué misterio insondable que un líquido quite la sed. Después me di cuenta de que sus técnicas narrativas no se agotan en la simple estupidez; son algo más hábiles y algo menos burdas. Para empezar, los libros de Coelho explotan hábilmente un universal humano: nuestra fascinación por los poderes de adivinación y conocimiento sobrenaturales.

...“con donaire y destreza”, Paulo Coelho le saca partido a nuestra credulidad, a nuestras debilidades y a nuestra ignorancia. Me limitaré inicialmente a El alquimista, su obra más leída, pero el mismo procedimiento se puede rastrear en otros libros suyos. El pastor de ovejas andaluz, al principio del cuento, tiene un sueño y va donde una adivina para hacérselo interpretar. Qué deleite; la gitana no sólo le interpreta el sueño (“los sueños son el lenguaje de Dios”) sino que también le lee la mano. Los sueños del protagonista son el leitmotiv del libro, y es a través de ellos como poco a poco se acerca a su tesoro en el periplo Andalucía-Pirámides-Andalucía. Para que un mago cobre prestigio como persona capaz de predecir el futuro, mucho le conviene obrar el prodigio de adivinar el pasado. Éste es el paso siguiente en el libro de Coelho: un adivino escribe sobre la arena los episidios más significativos del pasado del joven protagonista, incluyendo la primera vez que se hizo la paja. Cabe aclarar que esta íntima revelación se expresa con palabras mucho más recatadas: “Leyó cosas que jamás había contado a nadie, como (...) su primera y solitaria experiencia sexual”.
 
El tono sapiente (de una sapiencia falsa, pero en fin) y el ambiguo lenguaje oracular se van soltando en pequeñas dosis a lo largo del libro. Les copio algunos ejemplos: “Cuando deseas alguna cosa, todo el Universo conspira para que puedas realizarla”; “La vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal”; “Todo es una sola cosa”; “Existe un lenguaje que va más allá de las palabras”; “Dios escribió en el mundo el camino que cada hombre debe seguir: sólo hay que leer lo que Él escribió para ti”; “Cualquier cosa en la faz de la tierra puede contar la historia de todas las cosas”. Pero además de este tipo de enseñanzas baratas, de seducción infalible a pesar de su pésimo gusto intelectual, el uso de la magia tradicional también va apareciendo capítulo tras capítulo.
 
Hay un ingrediente adicional que hace más eficaz el recurso al pensamiento esotérico. Para volverlo doctrinalmente inofensivo, para despojarlo de todo peligro satánico, Coelho lo combina con dosis adecuadas de cristianimo tradicional: citas de la Biblia, cuadros del Sagrado Corazón de Jesús, rezos del Padrenuestro... El público mayoritario no se siente en pecado porque lee herejías, y el narrador, al tiempo que se hace pasar por alguien dotado de poderes paranormales (capaz incluso de telepatía), deja saber que él es también un buen cristiano, a pesar de sus coqueteos con la magia.

Aquí se detiene HAF en el análisis temático de los libros de Coelho y empieza a señalar algunas estrategias narrativas del autor brasileño:
Sus técnicas para ir tejiendo la trama son tan elementales que me recordaron de inmediato el estudio clásico sobre las formas canónicas del cuento infantil. Vladimir Propp, uno de los padres de la narratología, publicó en Leningrado su monumental Morfología del cuento infantil (1928). El principal mérito de este gran trabajo consiste en haber hallado, por encima de los argumentos superficiales de cada cuento, una serie de elementos formales repetitivos. Mirados al microscopio, es posible descubrir que en todos los cuentos de hadas los personajes, por distintos que sean, acometen siempre las mismas acciones, se ven envueltos en situaciones o “motivos” análogos. Como señala Propp, “cambian los nombres de los personajes, pero no sus acciones, o funciones, por lo que se puede concluir que el cuento le atribuye operaciones idénticas a personajes distintos”.

No voy a decir que Coelho leyó a Propp, estudió cuáles son las “funciones” más elementales del relato tradicional descubiertas por el ruso, y con esta receta se dedicó a escribir el oro en polvo de sus novelas. Eso sería muy sofisticado. La cosa es más simple: Coelho usa, intuitivamente y con alguna destreza, las estructuras más primitivas del cuento infantil. Tomen ustedes cualquiera de los libros de Coelho y verán lo fácil que resulta identificar situaciones como las siguientes, señaladas por Propp en su Morfología: “El héroe abandona la casa”; “el héroe es puesto a prueba o interrogado”; “el héroe se pone en contacto con alguien que le dará un don”; “el héroe recibe un objeto mágico”; “el héroe cae en desgracia”; “el héroe se traslada o es llevado al lugar donde está el objeto de su búsqueda”; “el héroe lucha con un antagonista”; “el héroe regresa”; “el antagonista es castigado”; “el héroe se casa y sube al trono (u obtiene grandes riquezas)”.

Es inútil cansarlos con los ejemplos detallados en que las historias de Coelho parecen calcar literalmente estos esquemas elementales. Les puedo asegurar que, al menos en sus primeros libros, el brasileño repite paso a paso las estructuras narrativas reveladas por el gran formalista ruso hace casi un siglo (y éstos sí que son pronósticos: Propp no sólo describió la tradición popular, sino que anticipó las recetas de un gran éxito editorial).

Los libros más recientes de Coelho, por ejemplo el último, Once minutos (2003), son un poco menos rudimentarios que aquellos primeros títulos que lo lanzaron a la fama. En este caso la trama, nutrida por algunos elementos realistas (para esta novela Coelho usó el testimonio de prostitutas existentes), es menos infantil, menos predecible. En todo caso es posible que el inevitable desencanto que viene con los años haya hecho que este último libro de Coelho sea menos ingenuo. Pero el buen gusto estético e intelectual es muy difícil de adquirir, y por lo mismo Once minutos (el cálculo de Coelho de lo que dura un coito), aunque menos esquemático, es un libro incluso más cursi que los anteriores. No quiero afirmar nada que no pueda demostrar con citas textuales. ¿Cuántos ejemplos necesitan para convencerse de la irremediable cursilería de Once minutos? Podría usar un número mágico, de esos que les encantan a los autores de cuentos infantiles, siete, o tres. Para no exagerar, me voy a limitar a tres momentos:

1. La protagonista (prostituta brasileña que trabaja en Suiza, y la sola situación es ya de un sentimentalismo telenovelesco), se encuentra con un pintor joven que la invita a su casa. Ella observa que la casa es grande y está vacía. Entonces concluye: “Debía de tener dinero de verdad. Si estuviese casado no osaría hacer aquello porque siempre había gente mirando. Entonces era rico y soltero”.

2. En el final feliz de la novela este mismo pintor se le aparece a la muchacha con flores: “Ralf llevaba un ramo de rosas, y los ojos llenos de luz que ella había visto el primer día, cuando la pintaba”. El rico y soltero que en la última página se aparece con un ramo de rosas y se lleva a la muchacha a conocer París es una situación tan perfectamente cursi que, por kitsch, creo que ni Corín Tellado se atrevería a ponerla en una fotonovela. Pero al promediar el libro hay otro momento todavía peor:

3. La prostituta le hace un regalo al pintor del que se empieza a enamorar. Abre el bolso y busca su bolígrafo. Dice: “Tiene un poco de mi sudor, de mi concentración, de mi voluntad, y ahora te lo entrego. (...) Tú tienes mi tesoro: el bolígrafo con el que he escrito algunos de mis sueños”.

Fuera de la ridiculez de la frase, que es única, hay algo todavía más perturbador: al leerla uno se imagina que el autor está copiando aquí su propia vida. Me parece ver la escena; el multimillonario que ha vendido 54 millones de ejemplares con tantas revelaciones de su estro poético, le muestra a una muchacha el objeto mágico (y fálico) con que la va a conquistar. Le dice, pensando ya en el colchón de la suite que los espera: “Te entrego mi tesoro: el bolígrafo con el que he escrito algunos de mis sueños”. Debe tener un bolígrafo para cada día, cada hotel y cada viaje. Y algo más triste: seguramente algunas víctimas, igual que miles de lectores, se dejarán conquistar con semejante frase y semejante halago. Claro que esto último es lo único que no puedo demostrar de todo lo que he dicho sobre Coelho en este artículo. Esta última situación tan sólo la supongo y es sólo una hipótesis sin fundamento, producto de una mente malpensada; todo lo demás lo he tomado directamente de sus libros.

martes, 29 de diciembre de 2009

Mis mejores lecturas del 2009



Dibujo de Agente Artehormiga. Fuente: hcfacebook.
En Hermano Cerdo lo están haciendo de nuevo. ¡Vamos!
Excelentes las dos novelas cortas de Patrick Modiano que leí empezando el año: Calle de las Tiendas oscuras (Anagrama) y Dora Bruder (Seix Barral). Extraordinario poder de síntesis para contar historias que atraviesan la Historia de la mano de personajes que buscan algo y que al mismo tiempo se buscan a sí mismos. Ya saben: de lo mismo, pero esta vez con Modiano.

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, una intensa novela de aprendizaje que leí durante las pausas y las noches de mis días de más trabajo en agosto, con personajes que huyen de un mundo más o menos confortable para ir en busca de aventuras abajo de la frontera mexicoamericana.

Algo tiene Mario Levrero para que uno se empeñe en seguir leyendo sus “aventuras cotidianas” sin esperar nada más que, quizá, un pequeño accidente en su computadora, una visita o una conversación telefónica banal. Eso fue lo que me dije cuando llevaba por la mitad El discurso vacío (Debolsillo) y es lo que seguía pensando cuando leía La novela luminosa (Debolsillo). ¿Qué es lo que nos atrapa de esa “estética de lo cotidiano” de Levrero? Seguiré leyendo lo que encuentre de Levrero y seguiré, con absoluto placer, preguntándome lo mismo.

Angosta (Planeta), una novela de Héctor Abad Faciolince que me hizo llegar un amigo desde Colombia, plantea la situación de un país, Angosta, con una política que establece tres castas: los dones, los segundones y los tercerones, y en el que se dan cita todas las posibilidades sociales, culturales y políticas de Latinoamérica. La violencia y la exclusión podrían ser sus temas predominantes, pero la novela no es sólo eso, porque también hay sexo, amor y aventuras; y todo con una prosa traviesa, juguetona, en la que la ironía está a cada vuelta de página.

Nocilla Lab es la novela que más me ha gustado de la trilogía de Agustín Fernández Mallo. El monólogo de la primera parte y el tema del escritor enfrentado con lo que podría ser su doble, más ese cómic del final en donde encontramos a Fernández Mallo y a Vila-Matas hablando de la desaparición… Se pregunta uno si seguirá produciéndose nocilla después de esto.

Horacio Castellanos Moya es un escritor que escribe desde la experiencia del exilio, ese casi destierro autoimpuesto que lo hace volver a sus orígenes, pero sólo en sus libros, con una mirada oblicua, casi pendenciera, para tratar de recuperar algo que no considera del todo perdido. En Con la congoja de la pasada tormenta (Tusquets) reúne casi todos sus cuentos. Una excelente puesta a punto de su trayectoria como cuentista, casi desconocida para los lectores en España.

¿Qué puede esperar uno al leer Historia argentina (Anagrama), de Rodrigo Fresán: una novela o un libro de cuentos? Yo diría que ambas cosas. Tomemos al azar cualquiera de sus capítulos y leámoslo como si fuera un cuento. O empecemos desde el principio y vayamos observando, de cuento en cuento, o de capítulo en capítulo, el particular modo que tiene Fresán de contar la historia de su país. Fresán tiene una escritura precisa, cada frase es una unidad autosuficiente y sugerente, y además, una perspectiva tan particular de ver el mundo que uno no quiere dejar la lectura o, una vez terminado el libro, no quiere leer por el momento otra cosa que no sea de Fresán. ¿Exagerado? Pero es que así me lo pareció.

Aprovechando el desempleo, me propuse leer la kilométrica El arco iris de gravedad (Tusquets), de Thomas Pynchon. Tres semanitas en las que agoté una lámpara, dos botes de Nescafé, unas cuantas madrugadas y un buen porcentaje de mi capacidad de visión. Pero ha valido la pena. Cómo no. Secuelas: 1: cuando pasa un avión o cuando sopla el viento de la Tramuntana pienso que puede tratarse de un cohete. 2: cuando tengo una erección espontánea pienso que se acerca un cohete. 3: caen cohetes en mis sueños. Loor a ti, Thomas Pynchon.

Desde hace tiempo venían llamándome, desde una estantería de la biblioteca de Figueres, los tres volúmenes de Tu rostro mañana, de Javier Marías. El miércoles me llevé a casa el primero, subtitulado "Fiebre y lanza", que leí entre las fiestas de Nochevieja, las cervezas y la goma. Lo devolví el sábado y saqué ahí mismo el segundo volúmen, subtitulado "Baile y sueño", que ya estoy leyendo con el mismo placer con el que leí el anterior. Tiene una prosa envolvente esa novela, una prosa sensual, poética en muchos momentos. No se les ocurra no leerla. Aunque debo advertirles que no podrán soltarla una vez llegue a sus manos.

domingo, 24 de mayo de 2009

Los libros y la vida

JLBorges cuando trabajaba de bibliotecario.
Por Héctor Abad Faciolince
Alguien dijo alguna vez que hay tres tipos de personas: las que viven la vida, las que la escriben y las que la leen.
Si pienso en el primer tipo, recuerdo a un amigo mío, vividor, que —como me lo explicó una vez Santiago Gamboa— “se pasó la vida tratando de empezar una nueva vida”. Nada, ni lo más desaforado, le parecía nunca suficientemente vital. Empezó tantas vidas que no terminó ninguna y al final vivió con tanta intensidad cada una de ellas que resolvió que nadie le iba a quitar el último pedazo de vida que le quedaba y terminó quitándosela él mismo.
Del segundo tipo de persona, los que escriben la vida, o mejor, los que dedican la vida a escribir, no se me ocurre mejor ejemplo que el de Gustave Flaubert. Se impuso a sí mismo la rutina más sosa y carente de interés que pudo —repetitiva, sobria, retirada— con el único fin de vivirlo todo en su obra. Esto le dijo en una carta a Louise Colet: “Llevo una vida áspera, carente de toda alegría exterior y lo único que me sostiene es una especie de rabia permanente. Amo mi trabajo con un amor frenético y pervertido, como un asceta el cilicio que le araña el vientre. Escribo con regularidad unas diez horas diarias, y si me molestan, me pongo frenético. Ya no espero nada de la vida excepto unas cuantas hojas de papel que emborronar de negro”. Y este era su dogma práctico: “Hay que vivir como un burgués y hay que pensar como un semidiós”.
Los del tercer tipo son personas que dedican su vida a leer. Son, de algún modo, vividores vicarios. Todo lo que no aman, todo lo que no lloran, todo lo que no luchan o trabajan, lo experimentan en los libros. No se me ocurre un ejemplar más acabado de esta especie que ese viejo lector ciego, Borges, que vivió más bien poco, escribió maravillas, y leyó o le leyeron sin parar. Su lema, no por excesivamente citado, deja de seguir siendo hermoso: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”.
Quizás estos tipos de hombre correspondan también a una diferencia de carácter más honda, que ya no es ternaria sino binaria: aquellos que prefieren la vida activa frente a los que escogen la vida contemplativa. Hay quienes hacen y hay quienes piensan; están los que hablan y otros que se muerden la lengua. Por supuesto que no es necesario vivir exclusivamente de una manera. Se puede vivir, con distintas proporciones, a ratos en la realidad y a ratos en el sueño. Borges, por ejemplo, en sus 86 años de vida, estuvo casado 17 meses con su primera esposa, y con la última tres. Es poco, pero es algo. De Flaubert se dice que se retiró del mundo después de que contrajera la sífilis en un aventurero viaje de juventud a Egipto. No le quedaron ganas de una vida de excesos.
Por deformación profesional he citado casos de escritores, pero supongo que algo parecido ocurre en otras profesiones. Todos conocemos adictos a la sociedad y cusumbosolos. Si me preguntaran qué quisiera más para mí (o para mis hijos), si una vida intensamente vivida, o una vida leída, o una vida dedicada a un oficio retirado como las matemáticas o la escritura, no sabría responder con una receta. Flaubert, cuando escribía sobre una pobre mujer adúltera, vivía con tanta intensidad su adulterio como si fuera él el pecador. No creo que el gozo de Borges leyendo a Kipling fuera menos que el de un viajero en India.
De mí puedo decir que me gusta vivir lo que leo en los libros. Si el protagonista toma ginebra, no puedo resistirme a servirme una. Si un personaje es celoso, acabo haciendo una escena de celos en mi casa. Hace poco leí sobre un viejo escritor con cáncer de próstata y esa misma semana me medí el antígeno y pedí cita urgente con el urólogo. Y por otro lado, muchas cosas que vivo me provoca escribirlas, acomodándolas algo en el recuerdo, y otras que me imagino, me encantaría llevarlas a la vida real. No he podido saber a qué tipo humano pertenezco. No concibo vivir, en todo caso, sin escribir cada día, sin leer cada noche, ni sin salir a disfrutar a ratos el espectáculo del mundo.

domingo, 15 de marzo de 2009

Columna enmarihuanada

Por Héctor Abad Faciolince
Es como si los hubiera leído a todos y me saludan de lejos, moviendo las páginas como viejos amigos. No sé por qué, miro a mi novia y se me parece a Nefertiti; casi nunca la había visto tan bonita. Yo sé que los libros no bailan y que mi novia no es Nefertiti; pero verlos bailar y verla como Nefertiti es una experiencia bonita. Irreal, pero bonita.
Daniel Pacheco, columnista de este periódico que valientemente se declara consumidor de drogas, nos está invitando, antes de que prohíban la dosis personal, a que hagamos una manifestación portando “una dosis de personalidad”. Yo espero poder asistir y pienso llevar una soga. Es la soga con la que podría ahorcarme, pero con la que espero no tenerme que matar. Quiero tenerla a mano, por si me da la gana, nada más. Porque ni Uribe ni Uribito, ni Palacio ni Palacito, me lo pueden impedir.
Prohibir el porte y el consumo personal de marihuana o de cocaína, para que no haya drogados, será tan eficaz como prohibir las cuerdas y el matarratas para que no haya suicidas. Si uno se quiere matar y no encuentra cuerdas, se busca un precipicio o se cuelga de un bejuco. Lo que defendemos quienes defendemos la dosis personal es la libertad. La libertad, incluso, para jodernos la vida, si la vida nos jode y nos la queremos joder.
Hacía años que no me fumaba un porrito de marihuana. Me la consiguió un amigo; empacada al vacío, punto rojo de la Sierra Nevada de Santa Marta. De lo mejor del mundo. En Ámsterdam la venden carísima. Tengo sed; tengo los ojos rojos. Acabo de poner las Variaciones Goldberg, de Bach, tocadas por Glenn Gould. Siempre me ha parecido, estando sobrio, que es una música celestial. Ahora, con el efecto del punto rojo, me parece que he llegado a un paraíso musical superior.
Cojo un viejo libro que me estaba saludando mucho. Es de un autor inglés consumidor de opio. Dice algo muy interesante. Dice que cuando uno consume opio comprende que “lo único real es el dolor”. No voy a probar nunca el opio; no debo. He estudiado y sé que produce una adicción irrefrenable. Si no la produjera, probaría también opio, pero la educación me dice que no lo debo hacer.
No fumo tabaco, por el cáncer. Si Uribe y Uribito prohibieran por completo el cigarrillo, me pararía frente al Palacio (y frente al Palacito) a fumarme un Pielroja, dos Pielrojas, cien Pielrojas. Dice Nefertiti que ella no confía en aquellos que no se toman ni un trago. Algún demonio muy hondo tendrán que ocultar. Si Uribe y Uribito prohibieran el alcohol (con lo que les gusta), me conseguiría una botella de ron de contrabando y me haría encanar.
Cuando prohíban la dosis personal, por la pica, me voy a parar a fumar marihuana en la puerta de la Catedral. Para que me lleven, obligado, donde un policía y donde un psiquiatra. Le mostraré al psiquiatra todos los libros que he leído, todos los libros que he escrito, toda la música que he oído y todos los cuadros que he visto con la percepción exacerbada por la droga. Y si quieren, que me encanen. Si me encanan, llevaré una cuerda. Si me quitan la cuerda, llevaré los cordones de los zapatos. Si me quitan los zapatos, dejaré de respirar. Para qué respirar donde no hay libertad. Creo que ya se me pasó el efecto. No creo que me haya hecho ningún daño. El que se sienta dañado por mí, que arroje la primera piedra. Adiós, me voy p’al cuarto a dormir con Nefertiti. Bien comprendo la envidia que les da.
Tomado de Elespectador.com

viernes, 5 de diciembre de 2008

"Cada vez escribo peor"

El escritor antioqueño Héctor Abad Faciolince. Foto: Luis Benavides/EL TIEMPO
Hernán, nuestro corresponsal en Colombia, nos envía una divertida entrevista (tomada de aquí) a Héctor Abad Faciolince con motivo de la reciente aparición de su libro de cuentos Amanecer de un marido. Digo divertida porque el pobre periodejo que se la hace parece saber de literatura lo mismo que yo sobre radiaciones atómicas, de modo que (para que les quede claro a ese segmento de pobres lectores cobardes que nunca entienden nada e insisten en manifestarse cada día a través de correos anónimos) el título de ésta es irónico y demuestra tan sólo que el entrevistado se aburrió mucho con las preguntas que le hicieron. He aquí algunas de sus respuestas.
'La Balada del viejo pendejo' ya la había incluido en Basura, ¿son los cuentos de este libro resultado de una recopilación de textos que ya había escrito con los años, o los escribió pensando en este libro? ¿En qué circunstancias escribió este libro? ¿En Berlín, en Medellín, después de una separación dolorosa?
No escribo libros de cuentos. Escribo cuentos. Algunos de los cuentos del libro, como es normal en cualquier escritor, han aparecido en revistas literarias, en suplementos de periódicos o en antologías de relatos. Hay cuentos escritos en Berlín, cuentos escritos en Turín, cuentos escritos en Medellín. Encontré un hilo temático y los junté en este libro. En cuanto a mis separaciones, han sido siempre indoloras, como las de todo el mundo.
¿Qué tan autobiográfico es Amanecer de un marido?
Es completamente autobiográfico: mi madre se acaba de morir en un asilo de ancianos (cuento 'Album'). Una esposa mía se suicidó por amor a mí, porque yo la traicionaba con otra (cuento 'Memorial de agravios'). Me separé porque me pusieron unos cuernos inmensos como catedrales (cuento 'Alguien oculta algo'). Soy un celoso patológico que se imagina que su mujer lo traiciona con muchachitos (cuento 'La fiebre en Tolú'). Tengo una amante de 20 años por lo que se me puede considerar un perfecto viejo verde (cuento 'La balada del viejo pendejo'). Cometí un homicidio culposo con mi padre, en un accidente de tránsito (cuento 'Juventud, divino tesoro'). Tengo un hermano gemelo, pero sólo lo supe después de su muerte (cuento 'Sosia'). Me encontré una guaca millonaria en el apartamento de mi casa, ahora soy millonario y vivo en Montreux (cuento 'La guaca'). Y como si esto fuera poco, también fui asesinado hace poco por sicarios (cuento 'Mientras tanto'). Como puede ver, escribo sobre mí desde el más allá.
¿Por qué dar este título al libro si no contiene en su mayoría cuentos sobre el matrimonio?
Piense en esto: ¿por qué Borges habrá llamado su libro de cuentos El Aleph, si la mayoría de cuentos no hablan del Aleph? ¿Y por qué Chéjov habrá titulado su libro de cuentos La dama del perrito si en la mayoría de los cuentos no hay perritos? Es habitual que un libro de cuentos lleve el título de uno de los cuentos. Eso es todo. Y cuente bien: la mayoría hablan del matrimonio.
En una entrevista afirmaba que con el tiempo ya no sabe si lo que escribe vale la pena, ¿le quedó ese sentimiento con El olvido que seremos o con Amanecer de un marido?
Lo que escribo no vale la pena, ni ahora ni nunca.
¿Qué libro lo hace sentirse más orgulloso?
Los libros de los demás. Los míos, yo dejo que se defiendan solos. No los defiendo de los ataques de los maliciosos ni los acaricio con los elogios de los benevolentes.
¿En qué cree que ha evolucionado o involucionado su escritura desde que comenzó a publicar libros?
Su pregunta, como en las encuestas mal hechas, sugiere ya la respuesta. Usted habla de involución. En efecto, cada vez escribo peor. ¿Qué tanta presión ejerce sobre usted el éxito de El olvido que seremos?
Ninguna presión. El que crea en su propio éxito es un bobo o un ingenuo. Todo está condenado al fracaso porque todos nos vamos a morir.
¿Le habría gustado o le gustaría tener dos esposas, como le ocurre a su personaje de 'Oriente empieza en El Cairo'?
Practico la poligamia, aunque no al mismo tiempo, sino a lo largo del tiempo.
¿Se considera una persona melancólica?
Melancolía es una bonita palabra, porque melan es negro, en griego, y kholé humor o bilis. Según la teoría de los humores, el alma de uno se manifiesta según el color de los humores predominantes que secreta nuestro cuerpo. Hay entrevistas que me vuelven melancólico, sí. Por ejemplo ésta. Las preguntas impertinentes generan bilis negra.