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jueves, 2 de abril de 2015

Contra los jams de escritura

En Honduras últimamente se han puesto de moda algunas prácticas seudoliterarias como las lecturas solidarias por Ayotzinapa, "las lecturas de post y de tuits", los performances poéticos con máscara antigás, las lecturas travestis, etc., de manera que no viene mal leer este texto de Daniel Espartaco Sánchez, de su blog en Letras Libres, sobre los famosos "jams de escritura": 
Era una agradable media tarde de primavera, yo estaba en el sofá leyendo Valis de Philip K. Dick. Un tordo cantaba en las ramas del árbol frente a mi ventana, el gato estaba a mi lado dormido en el cojín que mi madre me regaló la Navidad pasada. Todo parecía estar bien hasta que sonó el teléfono.
—Disculpe, ¿se encuentra el maestro Espartaco?
Era la voz de una mujer joven, de unos  veintitantos años, acento del norte. No importa cuántas veces haya tenido que tratar con funcionarios, nunca me he acostumbrado ni me acostumbraré a que me llamen “maestro” (y este tema tal vez merezca una entrada de este blog algún día).          
—Él habla.
—Buenos días, maestro, hablamos del Instituto de Cultura de San Juan de los Palotes.
—Ajá.
—El motivo de mi llamada es porque queremos invitarlo a la Feria Interplanetaria del Libro de San Juan de los Palotes…
—Ya —le dije—, mire, el problema es que no me gustan las ferias del libro…
—¿No?
La funcionaria que me llamó guardó silencio durante unos segundos, mismos que a mí me parecieron minutos y en los que pude ver cómo la luz de la ventana se desplazaba a través del mueble donde tengo el televisor, rumbo al fin del día. El paso del tiempo es un tema que me abruma. Con frecuencia la luz de la media tarde me produce toda clase de pensamientos lúgubres: la muerte, la aniquilación de todas las cosas, la locura, mi casero (un buen hombre), mi editor, mi agente, la hipernovela, el auge de la música banda y el reguetón, etcétera. Lo que menos necesitaba yo en ese momento era hablar con una funcionaria acerca de una feria interplanetaria del libro. Y aunque mi libido a esa hora del día es apenas un pálido reflejo de lo fue (maldita fluoxetina), no pude evitar preguntarme: ¿estará guapa?
—Mire, maestro, pero esta feria es diferente —dijo por fin ella, más resuelta—, lo estamos invitando a un jam de escritura.
—Un jam de escritura. ¿Qué es eso?
—Es la moda, maestro, el año pasado vino Juanito Popochas.
Me evité cualquier comentario sobre Popochas, todo mundo sabe que es el número uno en mi lista de enemigos. Cualquier cosa en la que ande Popochas no debe de ser buena.
—¿Y en qué consiste? —pregunté, intentando ser objetivo.
La palabra inglesa “jam” me sugería muchas cosas, pero la verdad es que un concepto llamado “jam de escritura” me daba muy mala espina. Una alarma apenas audible comenzó a sonar en lo más profundo de la memoria filogenética de mi especie: mujeres sabías y obesas, llenas de estrías, hechiceras, sacerdotisas, filósofos, enojados profetas del Antiguo Testamento, con ojos de fuego, me advirtieron desde un pasado remoto acerca de los peligros del jam de escritura.
—Bueno, se trata de improvisar en público. Tenemos un escenario con una computadora y un cañón proyector.
—¿Y qué voy a improvisar?
—Pues su escritura, maestro.
—Ah, ¿pero cómo?
—Alguien del público le dice una palabra, y usted tiene que escribir un cuento ahí mismo, mientras todos lo ven. Se trata de que el público pueda ver cómo escribe usted. Es algo así como acercar a los jóvenes a su proceso creativo.
—¿Mi proceso creativo? Changos, pero... ¿cómo?, ¿qué tipo de palabra?
—Cualquiera, maestro, por ejemplo… alguien del público dice la palabra “cordero” y usted escribe un cuento con ella.   
—¿Pero cómo voy a escribir un cuento con la palabra cordero?
—Es un ejemplo, maestro.
—Aaaaaaaaaaaaaah.
Y quise decirle, pero no lo hice: un cuento no se improvisa; un cuento se escribe poco a poco, día a día; es una construcción hecha de imágenes, anécdotas, personajes. Un cuento se escribe hasta cuando no lo escribes, mientras caminas por el parque de tu colonia y piensas en él, cuando estás en la cola de las tortillas o a punto de sufrir una endodoncia. 
La funcionaria me dijo que también iba a haber música a cargo de un tal Chispita DJ, muy famoso en San Juan de los Palotes, y que me iban a pagar no sé cuánto.Durante cuarenta minutos estaría escribiendo en vivo para solaz de los curiosos y los amantes de las bellas letras.
—Está bien —le dije—, déjeme pensarlo.
Y colgué. Al día siguiente volvió a sonar el teléfono a la misma hora pero decidí no contestar. ¿Por qué? Me resultaba difícil explicarle a la funcionaria que ese concepto del jam de escritura me parecía una aberración. Si el acto de pretender escribir y publicar un libro ya es exageradamente narcisista y ególatra, escribir a la vista del público raya en la megalomanía. Pero lo que me parece aún más difícil es aquello de improvisar a partir de una palabra escogida por alguien del público (pensemos en “cordero”). Se supone que uno debe de escribir desde las propias obsesiones: la escritura es un acto íntimo; no me interesan los corderos salvo los domingos por la mañana cuando voy a comer barbacoa a Los Tres Reyes. ¿A qué grado hemos llegado de la sociedad del espectáculo que ahora hasta los escritores deben de mostrarle al público la manera como escriben? Porque la verdad es que uno escribe con lagañas en los ojos, con una bata de baño sucia y pantuflas de Barney, el dinosaurio. Uno comienza   cada mañana tembloroso y sobrecogido con una taza de té o de café; cuando del primer sorbo intentamos sacar algo de valor o de confort, acosados por las grandes preguntas: ¿para qué hago esto?, ¿valdrá la pena?, si no me lee ni mi abuelita (tiene cosas más importantes que hacer). El escritor no es un rockstar, es un tipo ordinario al que las mujeres siempre dejan y los despachos de cobranza acosan. Para él una cita es invitar a una mujer a cenar pasta en casa porque es lo más barato, compra el mandado en Waldo´s y siempre anda detrás de las ofertas, de los tres por dos. El escritor es un paria y la verdad es que nadie sensato quiere verlo garrapatear ni la lista del mandado. ¿Y dónde está el misterio? Si ese hombrecillo es capaz de lograr una imagen bella, esta se esfuma cuando lo vemos mal afeitado y vestido con ropa comprada en García. ¿Por qué nos dio ahora por andar de rockstars? Componer ficción o poesía no es solo sumar, escribir palabras, sino darle vueltas y vueltas a una misma frase, una idea, recortar, reescribir. Si el objetivo es que los espectadores puedan ver el proceso creativo de un autor, entonces un jam de escritura auténtico sería muy aburrido, duraría horas y hay cosas más interesantes que ver.
A lo mejor estos espectáculos no son sino un reflejo de cómo se hace la literatura hoy en día en México: somos esclavos de lo inmediato, cuando un autor no necesita estar en contacto con el público. La literatura es soledad. No imagino a Raymond Carver en una de estas cosas. Pero nuestra necesidad de reconocimiento no nos deja estar encerrados uno o dos años trabajando en una novela: tenemos que estar diciendo todo el tiempo, y especialmente en las redes, “mírenme aquí estoy, tengo un nuevo peinado, voy a todas las marchas y le tomo fotos a mi comida”. Yo la verdad es que no tengo ganas de que cuarenta o cincuenta personas me vean escribir. Qué ociosidad. Tampoco quiero ver a nadie hacerlo: prefiero El precio de la historia o ver a las Kardashian ir de compras.

P.S.
Me entero gracias a un amigo de que estos espectáculos también se organizan en bares y cafeterías. Si es así, alguien debería de inventar una app para teléfono que nos mantenga al tanto de dónde van a realizarse estas cosas, para que no nos tomen por sorpresa. Pensemos en el peor escenario: uno está en una cantina tomándose una cerveza como si nada, pensando en algo bello, una mujer de un pasado remoto, un verso, cuando de pronto se apagan las luces y unos tipos con lentes de pasta detrás de una mesa con un proyector y una computadora te piden que les digas una palabra: sorpresa, estás en un jam de escritura. Sugiero que la aplicación también funcione para presentaciones de libros y lecturas de poesía en cantinas. Cada vez es más difícil mantenerse seguro en la ciudad.

martes, 9 de diciembre de 2014

Imitadores y originales

Hace mucho que no dejábamos por aquí un artículo de Vila-Matas, un escritor que siempre indaga en esos aspectos de la ficción que la mayoría de las veces pasan inadvertidos y que resultan, sin embargo, indispensables para entender, o para empezar a entender, cómo funciona el asunto. Esta vez, recordando a Diderot y a Sterne, nos habla de la imitación y la originalidad, que pueden llegar a confundirse.
No oímos alguna vez que “todo está escrito”? A mí, desde tiempo inmemorial, han tratado de convencerme de esto. “La imposibilidad de ser original”, repetía el primero que intentó desengañarme; me acuerdo muy bien de él: un tipejo que carecía de talento literario y ajustaba cuentas con todo el mundo que escribía en lugar de ajustarlas consigo mismo, lo que tanto le habría convenido. Cansaba tanto que un día hallé un fragmento de Macedonio Fernández y se lo leí y pude ver que le causaba los mismos problemas que una estaca a un vampiro: “Todo se ha escrito, todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían y aún no había creado el mundo, todavía no había nada. También eso ya me lo habían dicho, repuso. Y comenzó”.
Salió por piernas, y su fuga fue liberadora, porque me permitió adentrarme en el estudio de la originalidad. Quizá por eso me atraen las reflexiones de Adam Thirlwell en su ensayo La novela múltiple(traducción de Aleix Montoto, Anagrama). Me gusta cómo organiza sus comentarios sobre la originalidad a partir de un Kundera impresionado por el hecho de que un libro como Tristram Shandy,de Laurence Sterne, siga siendo excepcional en la historia de la novela: “Nadie lo siguió. Nadie salvo Diderot”.
Basada en la extraña relación entre Sterne y Diderot, Kundera desarrolló su teoría de la originalidad: Diderot fue receptivo enJacques el fatalista a la invitación sterneiana a recorrer nuevos caminos, y, por mucho que pueda parecer lo contrario, fue un escritor inmensamente original. Al hilo de esta certeza, el joven Thirlwell observa que la historia del arte de la novela está basada en una paradoja: una obra nueva sólo tiene sentido si forma parte de una tradición, pero sólo tiene valor en esa tradición si —como ocurre con Diderot con respecto a Sterne— ofrece algo nuevo. Esto vendría a decirnos que toda forma artística supone una confrontación directa con esta cuestión: ¿qué diferencia hay entre repetición y variación? ¿A partir de qué momento una imitación es original?
Dentro de la línea sin duda más feliz de la literatura universal, Sterne aportó algo nuevo al mundo de Cervantes y Diderot a su vez lo aportó al de Sterne, al que imitó, pero uno diría que para parodiarle; empleó para ello la ambigüedad del propio Sterne y lo hizo, claro está, de forma ambigua, lo que precisamente imposibilita saber si le imitaba o se reía. Y es que un ambiguo homenaje a la ambigüedad recorre esa también excepcional novela que es Jacques el fatalista.
Frente a las acusaciones de copia o de imitación insulsa, Diderot debió de experimentar un orgullo secreto, porque, en un mundo como el literario tan lleno de imitadores, él se sabía original. Porque no hay duda de que, inscrito en la franja más feliz de la historia de la novela, contribuyó a extender el lado más genial de ésta; un lado para el que Sterne y Diderot abrieron caminos de grandes posibilidades, que asombra ver que tan pocos han seguido. Pero las posibilidades están ahí. Y luego aún hay quien dice que el género está agotado.
Tomado de El País.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Narrativa hondureña actual: una voluntad posmoderna



Publiqué este artículo en el último número del boletín literario "Página al Viento" de la Editorial Universitaria y al parecer, ya empezaron a salir ronchas por todas partes. Es el "riesgo" que se corre al decir la verdad, supongo. Qué cosas, ¿no?
Por Giovanni Rodríguez

¿Cuándo fue la última vez que se publicó un libro de narrativa en Honduras? ¿Fue, acaso en 2013, El equilibrista, una novela que Roberto Quesada ya había publicado, con otro título, hace muchos años? ¿O acaso en 2012, Entonces, el fuego, de Raúl López Lemus, una colección de cuentos de un tiraje cortísimo que pocos alcanzamos a leer? Es curioso que a pesar de ser pocos los libros de narrativa hondureña que llegan a nuestras exiguas librerías, resulte difícil recordarlos. ¿Cuántos habrán leído Final de invierno y Música del desierto, los dos libros de cuentos de Dennis Arita aparecidos en 2008 y 2011, respectivamente? ¿O Las virtudes de Onán (2007), la obra de Mario Gallardo que probablemente represente para una generación próxima lo que para la nuestra significó El arca, de Óscar Acosta?
Escasos son los lectores como escasa es nuestra narrativa, y más allá, escasa la calidad de esta narrativa, del mismo modo que pobre es nuestra vida cultural y deficiente nuestra formación académica. Una cosa no deriva necesariamente de la otra pero es obvio que alguna relación guardan entre sí. Un escritor de ficciones de nuestro llamado “tercer mundo” estará menos preocupado por escribir que por conservar el trabajo que le permita llenar la nevera. Con ese panorama, al que se le podría sumar la casi nula existencia de medios que permitan la difusión de la literatura, la incipiente industria editorial y el oneroso costo de la autoedición, distribución y promoción de los libros, poco se puede hablar de una narrativa contemporánea hondureña sólidamente establecida, pues, más que escritores, quienes de vez en cuando publicamos algún libro en estas Honduras somos profesores, periodistas, correctores de textos, y cuando hay menos suerte, nos dedicamos a labores que nada tienen que ver con la literatura.
Pero digamos, siendo optimistas, más allá de todas esas circunstancias adversas, que algún movimiento existe en Honduras con sus narradores, que ahí en sus viviendas, en sus respectivos escritorios, con el empuje inicial que ha supuesto la publicación de alguno de sus libros, se fraguan ahora los cuentos y las novelas que constituirán en el futuro las referencias de la narrativa de la generación actual. Y así, optimistas y expectantes, quedémonos por un momento.

De los siete autores hondureños incluidos en el libro Puertos abiertos, antología de cuento centroamericano, de Sergio Ramírez, sólo cuatro, Jorge Medina García, Julio Escoto, Mario Gallardo y Juan de Dios Pineda, publicaron al menos un libro de narrativa en los últimos 10 años; Gallardo y Pineda cuentan solamente con uno y dos libros de narrativa publicados, respectivamente, aunque “Las virtudes de Onán”, del primero, y “Sensemayá-Chatelet”, del segundo, son dos de los mejores cuentos de la narrativa hondureña de todos los tiempos.
De todos ellos, sólo Jorge Medina García publica regularmente, y si Julio Escoto aún tiene vigencia será por sus cuentos de La balada del herido pájaro y la novela El árbol de los pañuelos y no porque aprovechó la coyuntura del Golpe de Estado de 2009 para publicar una novelita de título absolutamente olvidable en donde coloca a unos comerciantes mayas a conspirar para derrocar a su gobernante.
Otra antología de cuento centroamericano con el título Un espejo roto publicó Sergio Ramírez recientemente y en el caso de Honduras la selección es, cuando menos, una “recogida” improvisada.
Hay que consignar tres casos de narradores hondureños publicando en el extranjero: Horacio Castellanos Moya, nacido en Tegucigalpa pero considerado salvadoreño por casi todo el mundo, cuyos libros aparecen, al menos cada dos años, en Tusquets; León Leiva Gallardo, otro escritor hondureño casi desconocido para nosotros y residente en Chicago, ha publicado dos novelas también con Tusquets, en 2006 y 2008; y Roberto Quesada, quien, después de La novela del milenio pasado (Tropismos, 2004) no ha dado a conocer a los lectores nada nuevo.
En cuanto a la narrativa escrita por mujeres, habría que destacar a Marta Susana Prieto, una de las pocas integrantes de nuestras letras actuales que no se ha dejado llevar por el influjo de ese feminismo machacón que entiende la literatura como campo de batalla ideológico y no como arte.
Otra vez, entonces, la revisión del panorama, pobre y triste, sobre todo si lo comparamos con el de otros países centroamericanos. Así, es necesario mencionar al grupo de narradores que integramos el libro Entre el parnaso y la maison (2011), que llegó a confirmar lo que Hernán Antonio Bermúdez dijera dos años atrás: “El eje de la narrativa hondureña parece haberse desplazado a la Costa Norte”. En ese libro aparecíamos los autores que, probablemente, nos habíamos formado en San Pedro Sula y sus alrededores y que teníamos, más o menos, ciertas afinidades literarias. De ese grupo de diez autores, sólo dos se mantienen sin publicar su propio libro. Hasta la fecha de aparición de ese libro no ha habido otro acontecimiento realmente importante para la narrativa hondureña.

La actual narrativa hondureña se debate entre el realismo mágico o costumbrista y la posmodernidad, entre el puritanismo y la heterodoxia, entre lo políticamente correcto y la rebeldía, entre la autocensura y el desparpajo, entre el afán reivindicativo de alguna causa y la búsqueda de lo meramente artístico, y la pugna entre todos estos elementos, aunque a algún despistado seguramente cosmopolita le parezca provinciano, hay que asumirla como parte de nuestro devenir histórico, pues no vivimos en una sociedad homogénea; aquí conviven, en una armonía delirante, lo antiguo y lo moderno, por lo que no es extraño que algunos de nuestros narradores (o poetas) sigan, a estas alturas, con los discursos trillados de hace cuarenta o cincuenta años.
        Una nueva generación de narradores empezó a manifestarse durante los últimos años, en la que Mario Gallardo y Dennis Arita sobresalen y a la zaga vamos otros, más jóvenes, quizá insolentes y hasta fanfarrones, pero enteramente comprometidos con la búsqueda que deberá conducirnos a la consolidación de una nueva narrativa hondureña.
      ¿Qué características marcan a esta nueva generación? En lo relativo al “fondo”, la casi ansiedad por desmarcarse del relato bananero, del apego a la tierra y a lo rural que caracterizó a generaciones anteriores, y la identificación de los espacios urbanos no como simples estaciones de paso sino como escenarios centrales. Ahí se mueven personajes ya no preocupados por el abordaje totalizante de la historia, que incluye en nuestra narrativa, entre otros aspectos, la guerra, la inestabilidad política, la explotación laboral y el asunto remasticado de la identidad, sino por los temas inherentes a la época más reciente: la criminalidad, la emigración, la crisis económica, pero desde una perspectiva particular, que va de la mano con la soledad del individuo, con sus relaciones interpersonales, su visión del arte y la literatura, el erotismo y el hedonismo. No se trata de grandes temas sino de temas muy específicos que implican el abandono de una visión abarcadora en favor de un acercamiento con la obligada “obsesión del miope”, como apuntó Antonio Skármeta.
       En cuanto a la “forma”, se percibe en algunos narradores esa misma voluntad posmoderna que apela a la fragmentación, aunque en algunos casos habría que preguntarse si no se trata de cierta incapacidad para la construcción de relatos más homogéneos. La incorporación de elementos propios del género policial, del lenguaje de la tecnología, del humor, de la ironía y el uso del pastiche y la intertextualidad, son otros rasgos que permiten entender a la narrativa actual como inmersa en un proceso posmoderno.
   Pero a pesar de que todas estas características pueden ya identificarse en nuestra narrativa contemporánea, resultan escasos los libros dignos de estudio, los libros que pasen los rigores inherentes a una obra literaria de calidad; por ello habría que esperar una buena cantidad de años antes de aventurarse a hablar con propiedad de una narrativa hondureña de principios del Siglo XXI que no pase de ser apenas un intento, un punto de partida prometedor, una entelequia.

De qué está hecha la novela

 Ilustración de Fernando Vicente.
Muy bueno el artículo "La realidad asalta la ficción", de Berna González Harbour que publica hoy El País. "No nos llamaremos a engaño. Que la realidad es la materia prima más sustanciosa de la ficción es una verdad probada desde que la sabiduría popular tomó forma de Sancho Panza, por ejemplo, o el Essex, el ballenero hundido por un cachalote en 1820, se transformó en el Pequod en el tintero mágico de Melville", señala la autora del texto. "La novela no solo no ha muerto, como predijeron muchos, sino que se renueva y revive con una fortaleza inusitada", sigue diciendo, a lo que Javier Cercas, uno de esos autores que ha sabido mezclar con eficacia realidad y ficción, agrega: "Lo que ocurre ahora son muchas cosas a la vez: estamos rompiendo determinadas barreras. La historia de la novela es la historia de cómo el género va apropiándose de todo lo que encuentra a su alrededor —la historia, la poesía, el ensayo y el periodismo— y al hacerlo se transforma". Otro escritor español, Antonio Muñoz Molina, amplía el panorama: "En el siglo XIX y desde entonces hay una experimentación increíble en la novela, desde Balzac a Flaubert, este cambia constantemente en sus propias novelas. Miremos a Conrad, o James Joyce a Tolstói o Dostoievski. La realidad se ha contado siempre en la novela. El Lazarillo se presenta como autobiografía o ahí tenemos a Robinson Crusoe. Pero la novela siempre ha jugado con parecerse a la realidad o con introducir elementos de la realidad. En el Quijote aparece el bandolero que atemoriza Cataluña. Forma parte del panel de atracciones que tiene el arte de la novela: mezclar ficción con realidad". Jorge Herralde, el editor de Anagrama, analiza el fenómeno: "En los sesenta y setenta, en plena ebullición del Nuevo Periodismo, Norman Mailer (La canción del verdugo, Los ejércitos de la noche) y Truman Capote (A sangre fría) popularizaron la novela de no ficción y estos años hay un renovado interés por esta aproximación narrativa". "Toda buena novela quiere sonar a verdad", defiende también Juan Cerezo, editor de Tusquets. "Y saturados de ficción, o de los trucos de cierta ficción, muchos novelistas recurren a la crónica, la autobiografía, a la documentación para incrementar la eficacia de la verosimilitud. La autoficción, que fue motivo de exploración metaliteraria en tantas novelas, se ha ido convirtiendo en autoconfesión como estrategia necesaria de credibilidad. El narrador testigo es ahora narrador personaje y muchas veces objeto de autoanálisis en paralelo y confundido con la historia que quiere contar, sin ocultar su punto de vista o su implicación emocional en lo que cuenta".
¿Cómo distinguir, entonces, una novela de una crónica, por ejemplo? Muñoz Molina advierte: "Que algo se convierta en novela no depende de que sus elementos sean reales o no, sino de la construcción que lo convierte en novela, de un discurso narrativo autónomo al mezclar la experiencia del asesino con la mía. La frontera entre narración y crónica es muy exacta, es la misma que entre ficción y no ficción: la libertad. Si hiciera un reportaje hay libertades que no podría tomarme. La novela te da libertad de usar la realidad como tú quieres y una sola gota de ficción la convierte en ficción. En periodismo la única libertad es solo organizar los hechos de una manera, y es escasa. Cuando tú haces un texto histórico o de no ficción no tienes libertad, mientras la novela te da el grado de libertad que quieras. Responde a necesidades distintas".
Y Cercas remata:
"Lo que distingue a la literatura es la ambición formal —la certeza de que a través de la forma se puede acceder a una verdad a la que no se puede acceder de ninguna otra manera— y un género se distingue de otro por las preguntas que se hacen y las respuestas que se dan. La pregunta que yo me hago ante el 23-F no es la pregunta de un ensayista o un historiador, sino la de un novelista: ¿por qué se queda sentado Adolfo Suárez en su escaño mientras las balas zumban a su alrededor? Lo mismo pasa con la pregunta que me hago ante el caso de Marco o el fusilamiento de Sánchez Mazas. Y en todos estos casos la respuesta también es novelesca: no hay respuesta, es decir, no hay una respuesta clara, nítida, taxativa, sino poliédrica, ambigua y contradictoria, como la propia realidad. Hay infinidad de respuestas y cada lector puede sacar la suya. La novela es una pregunta cuya respuesta solo la tiene el lector".
El debate sobre ficción y no ficción dura tanto como la literatura y quizá, como dijo Günter Grass: "Este asunto es un sinsentido. Tal vez les resulte útil a los libreros para clasificar los libros por género. Siempre he imaginado una suerte de comité de libreros reuniéndose para decidir cuáles deben ser ficción y cuáles no. ¡Diría que lo que hacen los libreros es ficción!". Quién sabe. Tal vez todo esto, incluida la anunciada muerte de la novela, también es ficción. Y la única verdad sea, en palabras de Cercas, que: "Si la novela está muerta —cosa que se dice casi desde que está viva—, la culpa es nuestra por no aprovechar todas las posibilidades que abrió Cervantes, que nos dio un género en el que cabe todo. Esa fue su genialidad".
  

sábado, 11 de octubre de 2014

Para acercarse a Modiano

Patrick Modiano.
Más allá de que no lo haya recibido (otra vez) Philip Roth, me alegré de saber que este año el Nobel de Literatura se lo dieron a Patrick Modiano, porque es un autor al que he leído y disfrutado y del que tengo la sensación de que no defraudará nunca a nadie. El crítico español J. Ernesto Ayala-Dip dijo esto ayer tras la concesión del premio:
No recuerdo haberme alegrado nunca tanto como ayer, cuando supe que el Nobel de Literatura le fue otorgado a Patrick Modiano. Un alegría inmensa, en contraste con la decepción que me invadió cuando hace unos año, el mismo premio le fue dado a otro autor francés, Jean-Marie Gustave Le Clézio. Aquel día me pregunté, sin despreciar la labor literaria del autor de El africano, para cuándo el Nobel a un clásico contemporáneo de la talla de Modiano, no solo de la literatura gala sino también universal.
La casualidad quiso que leyendo una novela de George Simenon, me viniera a la memoria un personaje de Modiano. En la historia de Simenon, Los Mahé, hay un hombre de treinta y cinco años que se pregunta por el futuro de su existencia. La angustia de ese hombre me recordó al Louis de Una juventud de Modiano, de la misma manera que el policía final de La hierbas de la noche me recordó tanto la resignada serenidad del comisario Maigret. Nada tienen que ver Modiano y Simenon, salvo que ambos tienen un sonido inimitable, de la misma manera que hay sonido Mozart o un sonido Ravel. También hay un sonido Modiano. Lo hay cuando registra la vergüenza colectiva de una ciudad colaboracionista. O el sonido entre desesperanzado y canallesco de la ciudad martirizada por el hambre y la necesidad de supervivencia.
Si hay alguien que nunca hubiera leído nada del flamante premio Nobel y quisiera empezar hoy mismo con su lectura, me atrevería a sugerirle cinco libros. Empezaría con La trilogía de la ocupación (El lugar de la estrella, 1968, La ronda nocturna, 1969, y Los paseos de circunvalación, 1972), excelente idea de Anagrama al juntar en un volumen las tres grandes novelas ambientadas en el París ocupado. No dejaré de recomendar Una juventud (1980), texto esencial para entender el funcionamiento psicológico y moral de sus habituales supervivientes.
Un libro que suele pasarse por alto pero que es un ejemplo de literatura de investigación y a la vez de pronunciamiento ético sin explicitarlo (las famosas elipsis modiananas), sobre la redada de judíos ejecutadas por las autoridades policiales de París en el verano de 1942: me refiero a Dora Bruder. También Un pedigrí (2007): texto cumbre de la literatura autobiográfica: no se trata de ninguna confesión, se trata de un ejercicio de memoria individual vinculada a la memoria colectiva. La escritura de Modiano al servicio de las verdades personales, sin ira, sin resentimiento: la intachable búsqueda (o crónica interior) de unos progenitores condenados a sobrevivir al filo de lo delictivo y la vergüenza. Y por último, La hierba de las noches (2012): libro paradigmático de la literatura de las turbiedades. Una historia de amor escondida entre seres que son sombras, mediaspalabras, seres tan reales como conjeturales.
La Academia sueca se premia a sí misma premiando a quien ha escrito siempre el mismo libro (como dice el propio Modiano). El mismo libro imposible de no escribir y de no imaginar, dado lo que se vivió en una tristísima Europa hace solo un poco más de medio siglo. Y con esa prosa de quirúrgico lirismo. Así es el sonido Modiano, en medio del ruido del mundo.

martes, 16 de septiembre de 2014

Los informes de Bazlen

Bobi Bazlen.
Pudiera ser que exista un género literario que no conocíamos: el informe de lectura, o que ya lo conocíamos pero no considerábamos su importancia como género literario. O pudiera ser tan sólo que, sin estar pensando o no en la posibilidad de un nuevo género, nos interesemos por esos informes de lectura que escribió Bobi Bazlen, de quien nos habla Enrique Vila-Matas en esta ocasión en las páginas de El País:
Bobi Bazlen (Trieste, 1902-Milán, 1965) fue un legendario ágrafo que leía mucho y no ensalzaba a casi nadie, pero festejó como un loco la aparición de Gombrowicz: “Uno de los aliados más honestos que podemos tener en la verdadera revolución contra el amor, el arte, los principios inmortales y todas las tonterías de siempre”. Fue también un perfecto detector de la falta de talento de sus contemporáneos y de la recaída constante de muchos de estos en “las tonterías de siempre”.
Huyó tanto de la escritura que acabó apasionándose por la intervención directa en la vida de las personas. Una de sus amigas le recordó así: “Era maléfico. Se pasaba el tiempo ocupándose del vivir ajeno, de las relaciones de los otros, lo liaba todo: en suma, un fracasado que vivía la vida de los demás”. 
Como este “fracasado” opinaba que casi todos los libros de sus contemporáneos no eran más que notas a pie de página, apenas escribió nada, salvo un cuaderno de notas, una novela inacabada, y un montón de dictámenes literarios entregados a editoriales de Turín. Cuando hace dos años una selección de sus Informes de lectura (acompañados de unas cuantas cartas al poeta Montale) fueron publicados por la editorial argentina La bestia equilátera, algunos se enteraron entonces de que Bazlen no escribía, pero se le podía leer. En sus papeles hablaba de los mismos libros que publicaba entonces Carlos Barral en Barcelona: la prueba de que al menos en el terreno editorial no andábamos en nuestro país tan atrasados como en todo lo demás.
En esos informes califica a Blanchot de “acróbata inconsistente”, pero ensalza su ensayo La mirada de Orfeo. Confiesa no haber pasado de la página 30 de Los reconocimientos, de William Gaddis. Se ríe de un modo infinitamente serio de García Lorca, de Neruda, de Robbe-Grillet. Y, al ocuparse de El hombre sin atributos, de Musil, sentencia que es un libro importantísimo, pero nada comercial, pues la novela le parece “demasiado larga”, “demasiado fragmentaria”, “demasiado lenta, o aburrida, o difícil” y “demasiado austríaca”.
En una reciente reseña, Christopher Domínguez Michael observa cómo Bazlen nunca se olvidaba del factor comercial de un libro; parecía no perder jamás de vista que si sus dictámenes engañaban a la editorial y ésta se arruinaba, él iría directo al paro. Debería escribirse, propone Domínguez Michael, la historia del informe literario junto a la historia de su hermana-enemiga, la contraportada. Creo que sin duda daría para un exquisito relato: los informes de lectura eran siempre ferozmente sinceros; las contraportadas, en cambio, modosas y artísticamente hipócritas, aunque mucho más decorosas que el Blurb de nuestros días, esa “máxima para tarados”, lo llama Domínguez Michael, para quien si la contraportada pertenece al dominio de las virtudes públicas, el informe de lectura se origina en los vicios privados… ¿Mi conclusión? Pues que a medio camino entre el texto hipócrita y el excesivamente sincero, se encuentra el manuscrito ideal: aquel que alguien —tal vez un ágrafo trágico— escribirá algún día.

jueves, 16 de mayo de 2013

Un siglo de soledad


Lo que sigue quizá sólo sirva para averiguar si se puede matar a un elefante con un cortauñas, aunque quizá haya que averiguar primero si a García Márquez se le puede considerar, para este caso, un elefante, o si a Fernando Vallejo se le puede considerar, para este caso, un mataelefantes. El cortauñas, en todo caso, es esta diatriba que escribió contra Cien años de soledad, la celebérrima novela del Nóbel colombiano, aunque antes una aclaración, todo tomado de El Espectador:
Portada del libro de Fernando Vallejo que contiene el texto que nos ocupa.
El siguiente es el mensaje que envió a este diario Andrés Hoyos, director de la revista ‘El Malpensante’: 
“En el ‘Alto Turmequé’ del domingo hay una imprecisión que quisiera señalar. Dicen allí que El Malpensante rechazó un ensayo que Fernando Vallejo nos propuso en 1998 por ser un ataque contra García Márquez y Cien años de soledad, lo cual es sólo parcialmente cierto. De hecho, publicamos por esos días otro ensayo de Vallejo llamado ‘Cursillo de orientación ideológica para García Márquez’, donde Fernando arremete contra el comportamiento político de su famosísimo compatriota sin la menor contemplación (ver: http://bit.ly/10bJ9XH). El que no publicamos pretendía demoler Cien años de soledad diciendo que es una novela escrita en tercera persona y otras cosas que ustedes citan en la nota. Yo era el director en esa época y recuerdo que mi respuesta a Vallejo fue: ‘uno no ataca a un elefante con un cortauñas’. Dicho esto, me parece estupendo que Alfaguara haya publicado el ensayo de marras para que sean los propios lectores quienes decidan si el elefante muere o no”.

El siguiente es el texto completo del ensayo “Un siglo de soledad”, rescatado por Alfaguara para el libro ‘Peroratas’, ya en librerías, y cuya publicación exclusiva en El Espectador fue autorizada desde México por el escritor Fernando Vallejo con este mensaje: “¡Cómo voy a atacar yo a un elefante! Ni con un cortauñas ni con nada. Yo no soy como el Borbón bribón que tienen los españoles, que hace poco mató a uno de esos hermosos animales con un rifle y salió como un héroe en primera plana en El País de España. Yo amo a los animales. En prueba los cien mil dólares del premio Rómulo Gallegos, que los di para los perros abandonados de Venezuela; y los ciento cincuenta mil del premio de la FIL, que los di para los de México. Muchos años después del incidente de El Malpensante, recuerdo la remota mañana en que el coronel Andrés Hoyos me rechazó el artículo sobre nuestro genio máximo escrito para nuestra revista máxima. Bogotá era entonces una aldea de cien mil habitantes que vivían de huevos prehistóricos”. 


UN SIGLO DE SOLEDAD

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
En uso del derecho a malpensar que me confiere esta revista, voy a hacerte unas preguntas, Gabito, muchos años después, sobre tu libro genial que así empieza. ¿Muchos años después de qué, Gabito? ¿De la creación del mundo? Si es así, yo diría que tendrías que haberlo dicho, o algún malpensado podrá decir que se te quedó tu frase en veremos, como una telaraña colgada del aire. Pero si no es después de la creación del mundo sino «después de aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo», entonces algo ahí sobra. O te sobra, Gabito, el «remota» pues ya está en «muchos años después», o te sobra el «muchos años después» pues ya está en el «remota».
Pero no te preocupés por la sintaxis, Gabito, que con las computadoras y el Internet ¿hoy a quién le importa? Al que te venga a criticar con el cuento de la sintaxis, decile que ésas son ganas de malpensar, de joder, y mandalo al carajo, que vos estás por encima de eso. Soltales un «carajo» de esos sonoros, tuyos, como los de tu coronel Buendía.
Y en efecto, la originalidad de tu frase inicial, así a algún corto de oído le suene sintácticamente coja, es soberbia, y no está en la sintaxis sino en la escena luminosa que describes. Un viejo que lleva a un niño a conocer el hielo, ¿no es una originalidad genial? ¿Cómo se te ocurrió, Gabito? ¿Cómo se dio el milagro? ¿De veras fue como lo has contado en repetidas ocasiones a la prensa, una tarde calurosa en que ibas camino de Acapulco con Mercedes? ¿En qué ibas pensando camino de Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa? Aunque yo soy un pobre autor de primera persona que a las doce del día no recuerdo qué desayuné, y no un narrador omnisciente como vos que todo lo sabés, oís y ves, y que leés los pensamientos y nos podés contar lo que recordó el coronel Buendía muchos años después, apuesto a que sé en qué ibas pensando esa tarde calurosa camino de Acapulco con Mercedes. Ibas pensando en Rubén Darío, en su autobiografía, en la que el poeta nicaragüense, muerto en 1916, cuenta que su tío abuelo político, el coronel Félix Ramírez, esposo de su tía abuela doña Bernarda Sarmiento, lo lleva a conocer el hielo: «Por él aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, las manzanas de California y el champaña de Francia». ¡Te plagió, Gabito, te plagió ese cabrón nicaragüense! ¡Y con semejante frase tan fea! Y no sólo te robó el hielo y el grado de coronel, sino hasta la expresión genial tuya de «muchos años después», pues el «pocos años más tarde» de ese sinvergüenza ¿no viene a ser lo mismo, aunque al revés? Y después dicen que los colombianos somos ladrones. ¡Ladrones los nicaragüenses! Cuando te acusen de plagio me llamás a mí, Gabito, yo te defiendo. A cambio vos me vas a enseñar a ser autor omnisciente y a leer los pensamientos. Como ves, ya empecé a aprender, vos me diste el ejemplo, ya sé en qué ibas pensando camino de Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa en que se te ocurrió lo del hielo: en ese nicaragüense ladrón. Pero explicame ahora la segunda frase de tu libro genial: «Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos». ¿Huevos prehistóricos? ¡Prehistóricos serán los tuyos, güevón! No hay huevos «prehistóricos». Los huevos son del Triásico y del Jurásico, o sea de hace doscientos millones de años, cuando los pusieron los dinosaurios, y nada tienen que ver con la prehistoria, que es de hace diez mil o veinte mil. Los bisontes de las cuevas de Altamira y de Lascaux sí son prehistóricos. Sólo que los bisontes no ponen huevos. ¿O en el realismo mágico sí? En esto de los huevos prehistóricos sí metiste las patas, Gabito. ¡Por no consultarme a mí! ¿Qué te costaba, si yo también vivo en México, llamarme por teléfono desde Acapulco? Yo tengo en México dos o tres libros de paleontología con unos huevos de dinosaurio fosilizados, magníficos, muy útiles para tu creación del mundo y de tu Macondo.
Pero aclarame aunque sea otra frase, la tercera, Gabito: «El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Si vos estás escribiendo en español –una de las contadas «lenguas de civilización» de que habla Toynbee, y que ha producido la máxima obra literaria, el Quijote, después de la cual sigue la tuya, si no es que es al revés–, ¿no se te hace que se te fue un poquito la mano con eso de que muchas cosas carecían de nombre y que para mencionarlas había que señalarlas con el dedo? ¿No hay ahí una inadecuación entre la lengua tuya, la del narrador (así sean tan genialmente pobres su léxico y su sintaxis), y el mundo que describes? Para mí que te hubiera quedado mejor tu libro en protobantú o en una lengua de la Amazonia. Pero claro, en protobantú nadie se llama Aureliano Buendía con nombre y apellido, ni mucho menos tiene grado de coronel. Gabito: ¿No se te hace raro que en Macondo muchas cosas no tengan nombre pero las personas sí? Y para colmo con grado militar. En un mundo tan primitivo, Gabito, tan recién bañado por el primer aguacero cual es el caso de Macondo, ¿de dónde salió la jerarquía militar? Pues donde hay un coronel hay generales y mayores y cabos. Pero esto no es un reproche, Gabito, yo a vos te tengo buena voluntad. Nada más te lo recuerdo por si algún cabrón malpensado algún día te lo saca a relucir, estés preparado y sepás qué responder. Respondele: «Animal, ¿no ves que estamos ante el realismo mágico? Por eso es mágico. Si las cosas tienen explicación, ¿dónde está la magia? ¿Qué chiste hay pues?».
De todas formas, Gabito, si cuando escribías tu creación del Universo me hubieras consultado sobre este asunto de los nombres de los personajes, yo te habría aconsejado que para evitar malpensamientos de cabrones los señalaras con el dedo. Además eso de llamar a los personajes cada vez que se mencionan con nombre y apellido en realidad no es manía tuya, es de Rulfo y de Mejía Vallejo: Pedro Páramo, Pedro Canales, Anacleto Morones, Fulgor Sedano, Susana San Juan... Vos que sos tan imaginativo y genial ¡qué vas a copiar a ese par de güevones!
Ahora bien, si no querés señalar a tus personajes con el dedo, pues mencionalos siempre con nombre y dos apellidos para que te distingás de ellos. Por ejemplo: Mauricio Babilonia Asiria, Pietro Crespi Rossini, Pilar Ternera Mesa. Con este cambio tu comienzo te quedaría así: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía Iguarán habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Mejora mucho en originalidad. Incluso el «Iguarán» lo podés cambiar por «Iguana»: el coronel Aureliano Buendía Iguana. Suena más paleontológico, más a huevo prehistórico.
Llegados a este punto, Gabito, te quiero preguntar una última cosa, pero si no me la querés contestar no me la contestés: ¿De veras plagiaste a Balzac? ¿O eran elucubraciones sin fundamento de ese guatemalteco envidioso de Miguel Ángel Asturias? ¿Te acordás con la que salió ese güevón? Que dizque vos sacaste a tu coronel Aureliano Buendía del Baltazar Claës de La búsqueda del absoluto de Balzac, quien arruina a su mujer tratando de fabricar oro pero en vez de oro sólo fabrica un diamante. ¡Cómo lo ibas a plagiar si tu coronel Aureliano Buendía no fabrica diamantes sino pescaditos de oro! El tono, claro, de las dos novelas, la tuya y la suya, se parece mucho. Ustedes dos escriben como comadres chismosas, en prosa cocinera. Pero eso está bien para el tema de ambos. Además, ¿quién te puede probar Gabito que le robaste a Balzac el tono? Robarle un autor a otro el tono es como robarle un hombre a otro el alma. Y si a ésas vamos, también a vos te lo robó Salvador Allende. Ah no, fue su sobrina, ¿cómo es que se llama?
En fin, Gabito, para terminar porque ando corrigiendo unas pruebas y muy apurado, una última inquietud, ahora sobre el título de tu libro genial. ¿Por qué le pusiste «Cien años de soledad» en vez de «Un siglo de ausencia» como el bolero? Yo hubiera preferido «un siglo» ya que estás hablando en números redondos y que tuviste el acierto de que no fueran ciento uno o noventa y nueve, lo cual es otra genialidad. ¿Cómo se te ocurrió? Claro que «años» me suena mal. «Año» me suena a «caño», «coño». Yo sería incapaz de poner la palabra «año» en el título de un libro mío. La eñe es fea letra, hay que desterrarla del idioma. En cuanto a la soledad, mejor cambiásela por «ausencia», pues en español «Soledad» también es nombre propio, y así algún malpensado puede pensar que tus «Cien años de Soledad» son los cien años que doña Soledad lleva sola: doña Soledad Acosta viuda de Samper, doña Sola, doña Solita, ¡ay!
Gabito: No te preocupés que vos estás por encima de toda crítica y honradez. Vos que todo lo sabés y lo ves y lo olés no sos cualquier hijo de vecino: sos un narrador omnisciente como el Todopoderoso, un verraco. Y tan original que cuanto hagás con materiales ajenos te resulta propio. Vos sos como Martinete, un locutor de radio manguiancho de mi niñez, que con ladrillos robados a la Curia se construyó en Medellín un edificio de quince pisos propio. E hizo bien. Las cosas no son del dueño sino del que las necesita. Además vos también estás por encima del concepto de propiedad. Por eso te encanta Cuba y no lo ocultás. El realismo mágico es mágico. ¡Qué mágica fórmula!