Mostrando entradas con la etiqueta Javier Marías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Javier Marías. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de julio de 2012

El universo Faulkner


Faulkner escribiendo un guion para la Warner Bros.
En El País dedican hoy unas páginas a William Faulkner, que anda celebrando cincuenta años de haberse largado de aquí, con un breve perfil y algunos pincelazos de parte de seis escritores. Juan Gabriel Vásquez y Javier Marías son dos de ellos y sus comentarios sobre el Nobel norteamericano pueden leerse al final de esta nota:
Ese hombre con el pelo blanco y bigote entrecano vestido con camisa blanca de algodón un poco arrugada y corbata a rayas que teclea una máquina de escribir en su estudio rodeado de libros, es el mismo hombre que está sentado en una terraza bajo la luz de California con gafas de sol, exhibiendo su piel bronceada sin camisa, bermudas blancas y zapatos con calcetines, inclinado frente a otra máquina de escribir. Dos imágenes distintas de un mismo autor que escribió por placer y por dinero pero con la misma entrega caudalosa de palabras al servicio de historias insólitas que iluminan sombras de la naturaleza humana. Se llama William Faulkner y es uno de los escritores a quien más deben los autores de la segunda mitad del siglo XX.

William Faulkner durante sus días como guionista de la Warner Bros, en California / Time & Life Pictures/Getty Image Alfred Eriss.

Los ecos de su torrente literario, aunque han pasado por diferentes decibelios en estas décadas, estos días suenan con fuerza con motivo del cincuentenario de su muerte, 6 de julio de 1962, a la edad de 64 años. Fue el creador de un calculado universo caótico reflejado en su nombre laberíntico: Yoknapatawpha. Un territorio ficticio inspirado en el condado de Lafayette (Misisipí) y el sur de Estados Unidos, en su época de derrota y abandono y donde el Tiempo tiene vida propia para que Faulkner lo muestre no solo oxidado o lento, a veces, sino también con un movimiento de electrón. Allí suelen transcurrir la mayoría de sus historias innovadoras en forma y fondo a la que tanto deben escritores de todas partes del mundo, especialmente, latinoamericanos que van desde Alejo Carpentier y Juan Rulfo, hasta Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa pasando por Juan Carlos Onetti y Guillermo Cabrera Infante quienes siempre reconocieron su influencia por obras como El ruido y la furia, Mientras agonizo, Santuario, Luz de agosto, ¡Absalón, Absalón!, Las palmeras salvajes…
…Historias faulknerianas que zigzaguean y penetran en las zonas de penumbra y oscuras de las emociones y los sentimientos y la razón y los instintos del ser humano en una maraña perfecta donde el tiempo, el espacio y la acción están concebidas solo para ese mundo y no para otro.

LA HISTORIA
Juan Gabriel Vásquez
Tiempo, espacio y acciones de criaturas, predestinadas o no, pero hijas de la Historia. “Ayer no terminará sino mañana', escribe Faulkner en Intruso en el polvo, 'y mañana comenzó hace diez mil años”, recuerda Juan Gabriel Vásquez, que tiene una relación especial con el escritor estadounidense. Algo que para él es una “peligrosa obsesión (la idea de que somos el producto indirecto de varias generaciones, de que nuestras tristezas y nuestra bienaventuranza son el resultado de una conspiración antigua) que ha moldeado mi ficción y es, creo, la manera más rica en que puedo leer a Faulkner”. Reconoce, entonces, que, tal vez por eso ¡Absalón, Absalón! le sigue sorprendiendo: “pocas novelas han explorado de manera tan rica el carácter inasible de la historia, su terrible ambigüedad y nuestra incapacidad para dar una versión única y confiable de ella. Contar una historia, nos dice esa novela, contar nuestro pasado, es modificarlo: no hay relato puro. 'Tal vez no hay nada que suceda una vez y se termine', dice o intuye Quentin. Lo que hay es hechos con consecuencias interminables y que, para rizar el rizo, son distintos según quien los cuente”.

EL ESTILO
Javier Marías
La fuerza extraordinaria de Faulkner está en su estilo, afirma Javier Marías. Un estilo que, agrega, lo emparenta con Proust, que ha sido una de sus influencias, y con Henry James. Lo que lo distingue de ambos “son sus párrafos largos, como si surgiera a borbotones hasta el punto de que es menos respetuoso con la sintaxis que ellos; como si a veces dijera: 'la sintaxis no me importa'. Incluso lo llegó a decir: 'Si meto tanto en un solo párrafo es porque no sé si voy a llegar vivir al siguiente'. Esa exuberancia borbotónica da a su estilo una fuerza que atrapa y convierte cada página en una suerte de oleada que atrapa al lector y que nadie jamás, ni antes ni después de él, se aproxima a esa prosa”. Para Marías, se trata de un autor más rupturista que el propio Joyce, “que es más deliberadamente rupturista, en Faulkner todo parece más natural”. ¿Una obra? Las palmeras salvajes.

sábado, 16 de julio de 2011

El espantoso futuro del héroe

 John Wayne en Centauros del desierto.

Javier Marías, a quien hace mucho no recibíamos en este blog, vuelve ahora para hablarnos del western, "un género casi muerto y enterrado", según su opinión. El artículo, importado de Babelia, es extenso, por eso sólo les dejo este fragmento y el enlace al original para que puedan leerlo completo:
Por mucho que algunos optimistas se empeñen en hablar, cada cierto número de años, de unas posibles vigencia o resurrección del western, me temo -y bien que lo lamento- que se trata de un género casi muerto y enterrado, perteneciente a otros tiempos más crédulos, más inocentes, más emotivos y menos aplastados o sofocados por la plaga atroz de lo políticamente correcto. Cada vez que se estrena una nueva película del Oeste, con todo, voy a verla, aunque ya con poca esperanza. En el último decenio recuerdo tres inútiles remakes muy inferiores a sus modelos, cuando además éstos no eran precisamente obras maestras: El tren de las 3:10, de James Mangold; El Álamo, de John Lee Hancock, y Valor de ley, de los hermanos Coen, todos ellos hechos rutinariamente y sin convencimiento, mucho menos inspirados que los ya irregulares originales de Delmer Daves, John Wayne y Henry Hathaway, respectivamente. También recuerdo la interesante pero mortecina El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Andrew Dominik, la sosísima y carente de alma Appaloosa, de Ed Harris, la insoportable Enfrentados, de David von Ancken, y la australiana La propuesta, de John Hillcoat, de la que mi memoria no ha guardado una imagen. Los únicos westerns recientes que han logrado entusiasmarme han sido televisivos: Los protectores, de Walter Hill, y la serie Deadwood, cuya tercera y última temporada nadie se ha dignado publicar en DVD en España, lo cual da idea del escaso éxito que en ese mercado debieron de cosechar las dos magníficas primeras. Un poco más antigua que todas estas producciones, Open Range, de Kevin Costner, es el último western realizado para la gran pantalla que a mi modo de ver valió la pena, pese a que esté de moda, desde hace lustros, poner por los suelos cuanto hace ese estimable actor y director.

sábado, 14 de agosto de 2010

El placer de las digresiones


Javier Marías.
Juan Gabriel Vásquez es uno de los lectores más apasionados de la obra de Javier Marías. De él, dice cosas como ésta: "Durante varios años la literatura española después de Franco se redujo para mí a Marías y otros dos nombres", y no es difícil identificarse con la frase. Tan sólo de Tu rostro mañana, esa extraordinaria última novela de Marías, Vásquez ha escrito algunas cosas, y es precisamente esta obra la que motiva la entrevista que encuentro en El Malpensante y que, por su extensión, posteo tan sólo fragmentariamente. Como introducción, dice Vásquez acerca de esta novela:
La traición, ficcionalizada, es uno de los ejes de Tu rostro mañana, la singular meganovela de 1.300 páginas que Marías publicó en tres tomos entre 2001 y 2007. Su narrador, Jaime o Jacques o Jack o Jacobo Deza (su nombre cambia durante la narración, según su interlocutor y otras circunstancias), es un español que ha sido contratado por el Servicio Secreto británico para formar parte de un equipo singular: son personas cuyo talento es interpretar a los otros. Es decir, personas capaces de saber, mediante el estudio de los gestos y las palabras de otro, cómo reaccionará en el futuro, qué probabilidades lleva en su sangre: cómo será su rostro mañana.
Luego le pregunta sobre su manera proceso de escritura: ¿Llegas al final de la novela y entonces vuelves a la primera página para comenzar a corregir?
Y contesta Marías: No, nunca. Cuando hablo de borradores, me refiero a los de cada página. Yo nunca leo todo mi libro seguido, ni siquiera cuando lo he terminado. Cuando mando al editor el manuscrito, lo hago sin haber leído el libro completo. Ni siquiera fragmentos: “Voy a leer las primeras cien páginas, o voy a leer lo que llevo...”. Eso no lo hago. Solo en pruebas llego a leer el libro entero. Antes, voy haciendo página por página, y cada página es definitiva: una vez que la paso a la carpeta, la doy por buena. Así va a ir a la imprenta.
Continúa Vásquez con el asunto de las digresiones, las famosas digresiones de Marías, que dice éste haber aprendido de Sterne, pero antes de Cervantes: ¿Pero cuál es tu intención al manipular el tiempo de esta manera?
No es irritar al lector, desde luego. Habría dos intenciones: cuando abro una digresión, por larga que sea, mi desiderátum es que, aunque en un lector convencional pueda haber un momento de irritación (“pero dígame, ¿le corta o no la cabeza?”), la propia digresión tenga el suficiente valor y la suficiente fuerza como para que también sea interesante. Es lo que sucede en El padrino II, ¿no? Es una película extraordinaria: uno va viendo la parte del presente, con Al Pacino como Michael Corleone, y en determinado momento eso se corta y nos llevan a los comienzos de Vito Corleone, con De Niro. Y luego lo mismo, pero al revés. Cada vez que se hace uno de esos cambios, uno está tan interesado en lo que está viendo que detesta que lo saquen de allí. Yo quisiera que se produjera eso con mis digresiones: que al final resulten tan interesantes como la historia principal, y cueste salir de ellas.
Ésta sería tu primera intención.
Sí. Y la segunda es ésta: yo creo que la novela es el género literario –e incluso el arte– que mejor permite la existencia del tiempo que en la vida real no tiene tiempo de existir. Existe la dimensión objetiva del tiempo: un minuto siempre tiene sesenta segundos. Pero en otra dimensión, las cosas tienen diferente duración subjetiva aunque la duración objetiva sea la misma. Lo que realmente uno recuerda de una larga noche en que abandonó a su pareja, o fue abandonado por ella, puede ser un solo gesto, una frase, una mirada, y a uno le hubiera gustado que el tiempo se detuviera. Eso es lo que permanece en la memoria. Mi intención en las novelas es que las cosas tengan la duración que nunca tienen al suceder pero que siempre tienen después de haber sucedido. En la novela se puede conseguir eso. Hacia el final de la escena de la discoteca, el narrador cifra incluso la duración de la escena: dice que debió durar ocho a diez minutos. Sin embargo, ha ocupado un montón de páginas, porque para mí ésa es la duración real. Claro, Cervantes es más osado: en el capítulo del caballero vizcaíno, la acción se interrumpe con las espadas en alto. Y uno cree que va a volver a la escena, pero no. No vuelve. Esas espadas llevan 400 años en alto y no van a bajar nunca.
Otro de tus rasgos que aparecen llevados al extremo en Tu rostro mañana es ese sistema de resonancias que tienen tus novelas desde Corazón tan blanco, y que se ha vuelto uno de tus sellos característicos. ¿Puedes explicar cuál es el objetivo de esa estrategia?
Son frases que vuelven a aparecer, ligeramente cambiadas o en distinto contexto, varias veces en una novela. Para mí el efecto de las resonancias debe ser sobre todo emotivo: debe suceder lo que sucede cuando uno, escuchando música, se encuentra con la misma melodía... “Esto sonó al principio, pero lo tocaba solo el violín”, te dices, “y ahora lo toca la orquesta entera”. Y cuando funciona, produce una emoción muy intensa, por lo menos a mí me la produce.
Tratándose de una novela que publicaste en varios tomos, con tres años entre ellos, tú podías, igual que Cervantes tras la publicación de la primera parte, asistir a las reacciones que tu ficción provocaba. ¿Modificó eso tu escritura?
Yo he dicho que esta novela no es una trilogía, como se le ha llamado impropiamente. Es una novela publicada en tres volúmenes. Y sin embargo, lo cierto es que para mí, desde el punto de vista de la escritura, funcionaron como tres novelas distintas. Es decir que el esfuerzo que yo he debido hacer al comienzo de cada volumen ha sido equivalente al esfuerzo que uno hace cada vez que empieza una novela nueva. A mí el principio es lo que más me cuesta, y luego llega un momento en el cual uno nota que va cuesta abajo. Y esto no me ha ocurrido al pasar la mitad del total: ha sido como si cada vez tuviera que hacer el esfuerzo de empezar una nueva novela, aunque no fuera nueva. Una de las cosas que hice, sin embargo, fue prevenirme un poco: cuando publiqué el primero –y aún creía que iban a ser solo dos– me planteé si leer o no las críticas que salieran. Si las leo y son buenas, pensé, corro el peligro de pensar que esto está hecho. Y si son muy negativas, eso me puede desalentar, o hacerme cambiar el proyecto. Veía peligro en ambos casos. Y descubrí que se puede estar perfectamente sin leerlas, sin saber. En cuanto a las reacciones de los lectores, no, no creo que me hayan hecho cambiar el proyecto. En fin: si esta novela cuenta con algún mérito, es el de tener las dimensiones de una novela río, siendo todo menos una novela río. A mí me parece muy fácil hacer una novela muy larga cuando hay muchos acontecimientos, muchos personajes, cuando la acción transcurre a lo largo de varias generaciones. Si esta novela se puede leer hasta el final, es sin recurrir a ninguna de esas cosas. La novela transcurre en un plazo de tiempo que nunca se establece con claridad, pero que es de un par de años. Y en realidad esos años se ven reducidos a unas cuantas noches, a un período breve en Madrid, y ya está. Tampoco hay muchos personajes. Alguien me dijo que eran 26; las tres partes suman más de 1.600 páginas. No son muchos personajes por página, ¿verdad?
Muy interesante lo que viene a continuación. Vásquez interroga a Marías acerca de los dos personajes reales que inspiraron a los personajes ficticios Juan Deza y Peter Wheeler: Están ostensiblemente basados en tu propio padre y en uno de tus amigos de Oxford, sir Peter Russell. ¿Cómo fue el proceso de transformar a esos dos modelos originales en personajes de ficción? ¿Los utilizabas como fuentes deliberadamente, ibas a ver a tu padre con la conciencia de que usarías lo que te dijera para la novela?
No, en absoluto. Incluso las conversaciones que hay entre Jacobo y Juan Deza, su padre, no tienen una base real. Son conversaciones que yo habría podido tener con mi padre, y digamos que la tonalidad del padre de Deza es la de mi padre, pero no necesitaba renovarla estando con él. Ni tampoco iba a hablar con él con el propósito de nutrir la novela. No me gusta hacer eso. Pero sí, nunca en mi carrera literaria lo había hecho de manera tan clara y tan abierta. Y además les pedí permiso, lo hice con su consentimiento. En el caso de Russell, le pregunté inicialmente si podía usar para este personaje su biografía somera, solamente lo que uno puede encontrar en el Who’s Who o en una enciclopedia donde esté la entrada P. E. Russell. Lo que no hice fue sonsacarlo, ni intentar que me contara cosas. A partir de los datos que estaban al alcance de cualquiera, yo podía fabular. Él, como el personaje de la novela, sirvió en el Servicio Secreto durante los años de la guerra, el MI5 en su caso. Lo que no hice nunca fue preguntarle qué había hecho, qué pasó... En la novela se cuentan algunas cosas que coinciden con su experiencia, pero no las supe a través de él, sino de textos de terceras personas, cosas que ya eran públicas. No me gusta tratar a las personas con vistas a un aprovechamiento. Los novelistas nos nutrimos de cosas reales, claro. Pero no me gusta que mi trato con las personas sea utilitarista.
¿Crees que el novelista es la persona que se obliga a ver? ¿A abrir los ojos donde los demás los cierran?
Bastante, sí. Frente a esa idea que se ha esgrimido alguna vez de la novela como una forma particular e insustituible de conocimiento, yo la veo como una forma de reconocimiento. Con esos autores que ven, que se atreven a mirar las cosas como son –pienso en Shakespeare, en Conrad, en Proust–, uno a menudo tiene una fuerte sensación de verdad precisamente porque reconoce lo que dicen. Uno dice: “Sí, esto es así, es verdad”. Y no te están haciendo una revelación, no estás accediendo a un conocimiento nuevo. Estás viendo algo que sabías pero que no sabías que sabías. Lo reconoces porque lo has vivido, y a veces son cosas no muy gratas. Proust es quizás uno de los autores más crueles de la historia de la literatura. Cruel en el sentido de que rara vez se engaña: nos dice cosas muy duras, pero quien acepte meterse en esa verdad dirá: “Sí. Así es”. Faulkner comparó la literatura con la cerilla que uno enciende en medio de un campo oscuro, y esa cerilla no sirve para iluminar nada, sino simplemente para ver mejor la enorme cantidad de oscuridad que hay alrededor. Eso es lo que hace la literatura, ¿no? Y es suficiente. Uno trata de entender un poco mejor aquello que la gente rehúye, en lo que rehúye pensar. Esta idea de que la gente quiera saber, quiera entender... no es verdad. Nadie quiere saber nada, nadie quiere ver, y si ven, hacen como que no han visto. Nuestra capacidad de engaño es extraordinaria. El escritor se obliga a mirar un poco más, a no engañarse.
Al final de la entrevista, Marías adelanta algo de lo que habrá en su próxima novela:
Bueno, hay un cuento breve contado por una mujer que está haciendo pruebas para una película porno... En fin, yo he creído darme cuenta de que los hombres y las mujeres se diferencian en muchas cosas pero no tanto en la mente. Lo que sí veo en este nuevo libro es que será muy pesimista. Quizás el más pesimista que he hecho.
Pero no puede terminarse una conversación con Javier Marías si no se habla antes de fútbol: ...Eso me hace pensar en una pequeña tradición de futbolistas “letrados” que hay en España. Yo suelo contar la anécdota de Guardiola: minutos antes de saltar al campo y ganar la final de la Copa de Europa de 1992 terminó Belle du Seigneur, de Albert Cohen. Y decía que la emoción de la novela le ayudó a jugar esa noche.
Sí, no es muy extensa la lista, pero recuerdo a Marcial, del Español y del Barcelona luego, que era muy lector y un gran centrocampista; a Miguel Ángel, portero del Madrid; a Breitner, alemán izquierdista del Madrid, bastante leído. Más recientemente, claro, a Guardiola, a Valdano, a Pardeza (éste escribe, incluso). Y cuando Butragueño leyó Salvajes y sentimentales, se quedó tan encantado que quiso leer todo lo demás que sobre fútbol hubiera escrito (no había más, ay). Lo mismo le pasó al Lobo Carrasco, del Barcelona. Y tengo en mucho una llamada que me hizo Valdano para felicitarme por el artículo que escribí sobre el famoso gol de Zidane en la final de la Copa de Europa contra el Bayer Leverkusen. Me dijo: “Hay que saber mucho de fútbol para escribir lo que has escrito”. Quizás sea uno de los elogios de los que estoy más orgulloso. Y, ahora que caigo, todos los jugadores mencionados son del Madrid o del Barça...

miércoles, 21 de abril de 2010

Kundera se une a Redonda


Milan Kundera, último ganador del Premio Reino de Redonda.
La siguiente nota, tomada de El País, está llena de curiosidades. Primero está la de la existencia de un premio literario cuyo jurado es, probablemente, el mejor y más numeroso del mundo. Después, la historia de ese premio y algunas anécdotas de sus premiados, entre los que destacan J.M. Coetzee y el más reciente, Milan Kundera:
"Agradecido, honrado y divertido". Esas tres palabras usó Milan Kundera al enterarse de que se le había concedido el Premio Reino de Redonda, que este año alcanza la décima edición. El término clave es "divertido", porque el lema del "reino" es Ride si sapis (ríe si sabes) y porque el "rey" actual de ese islote antillano es Javier Marías. El autor de Tu rostro mañana cuenta que uno de los escollos que debe sortear cada año es el momento de explicarle al premiado "el asunto". Y "el asunto", reconoce su promotor, "es extravagante, un poco loco". A saber: en 1880, el escritor británico M. P. Shiel fue coronado rey de una isla caribeña de un kilómetro y medio de largo por un kilómetro de ancho comprada años antes por su padre. Poblada exclusivamente por alcatraces, la isla se convirtió en la base real de un reino imaginario que terminó bajo la "protección" de Marías en 1997 después de que "abdicara" en él el británico Jon Wynne-Tyson, que se había inventado una particular nobleza literaria de la que formaron parte Henry Miller, Lawrence Durrell y Dylan Thomas.

El novelista español dice "con comillas" cada vez que pronuncia rey, duque o abdicar. Sabe que se arriesga a que lo tomen por chiflado, pero asume el riesgo recordando que en el mundo literario "sobra solemnidad". Javier Marías lanzó en 2000 la editorial Reino de Redonda y un año más tarde, el premio homónimo, que en su primera convocatoria recayó en J. M. Coetzee, adelantándose al Nobel de literatura que recibiría en 2003. El huidizo escritor surafricano elogió el lado "quijotesco" del galardón y se convirtió en la cabeza de un palmarés de "duques" formado por John Elliott, Claudio Magris, Eric Rohmer, Alice Munro, Ray Bradbury, George Steiner, Umberto Eco, Marc Fumaroli y, ahora, Kundera.

Coetzee, además, se convirtió en el miembro más fiel de un jurado del que este año formaron parte, premiados aparte, escritores y cineastas como Pedro Almodóvar, Lobo Antunes, John Ashbery, Eduardo Mendoza, Pérez-Reverte y Vargas Llosa. Este año se sumó también Orhan Pamuk, pero falló Francis Ford Coppola, habitual desde que escribiera a Marías para convencerlo de que publicara dos cuentos en Zoetrope: All Story, la revista del director de El padrino.

Sólo un escritor declinó formar parte del jurado, W. G. Sebald. "No leo autores contemporáneos" fue su respuesta. "No acepto premios" fue la de John Le Carré cuando rechazó el galardón. Pese a que son los únicos accidentes del camino, el autor de Todas las almas está pensando en dejar de convocar el premio. ¿Los motivos? "Por un lado, el poco eco que tiene pese a contar con el mejor jurado del mundo. Por otro, la crisis. Llegó a estar dotado con 6.500 euros y he tenido que bajar a 3.000. En un año veremos".

Marías dice "he tenido" porque el dinero sale de su bolsillo aunque él no forma parte del jurado. Eso sí, le molestaría que lo ganara Lars von Trier. ¿Y quién le hubiera gustado que sí? Vale un muerto: "Thomas Bernhard. Como escribió en Mis premios que los aceptaba por el dinero seguro que habría dicho que sí".

lunes, 1 de marzo de 2010

JMarías: "La gente, en vez de leer, reacciona"

 
Javier Marías en su domicilio. Foto: EMILIA GUTIÉRREZ.
Los villanos de la nación (Los Libros del Lince) es el título del último libro de Javier Marías, una selección de los textos que, sobre temas políticos, éticos y sociales, ha publicado en diferentes medios de comunicación desde 1985. Con este motivo lo entrevistan en La Vanguardia y yo pego aquí algunas de las partes de esa entrevista que me interesaron más:
-¿Qué importancia da a sus escritos sobre actualidad?
-A uno le sirve a veces de desahogo. Tengo la sensación de que tienen pocos efectos prácticos. Pero hay mucha gente que los agradece, que me dicen que les da alivio ver que alguien dice ciertas cosas. Uno siente ahí que tiene cierta obligación de decir lo que piensa de verdad. En cambio, en las novelas, no, no me responsabilizo de ellas como ciudadano. Hay un narrador que cuenta y unos personajes que dicen las cosas que quieren. Aunque cada vez hay más confusión y hay lectores que me recriminan opiniones de mis personajes. La ficción se había distinguido siempre de lo real pero ahora cada vez hay más personas que no realizan tal distinción.
-¿Por qué critica ciertos aspectos de la solidaridad?
-Critico sus trampas. Aquí debajo de mi casa hay varios señores tumbados en el suelo a los que ningún transeúnte echa una mano. Nuestros pobres son concretos, sucios y desagradables, no los tocamos porque podrían transmitirnos su desesperación pero, eso sí, efectuamos donaciones a Haití. No es muy simpático decirlo, pero me produce un efecto contraproducente ver cómo todos los famosos del mundo entero se vuelcan como un solo hombre en Haití, y empiezan a donar dinero de manera ostentosa. Tengo la sensación de que estas solidaridades son mecánicas, que hay más deseo por parte de quienes la practican de mirarse al espejo y pensar qué majo soy que verdadera voluntad de ayudar y verdadera empatía. A mí me suena a falsedad, a medalla que se pone la gente a sí misma. Uno tiene el impulso de enviar un poco de dinero a Haití, y lo haces, privadamente, pero piensas: ¿qué es esto? Uno acaba desconfiando de los propios movimientos más altruistas del espíritu por el abuso que se hace de ellos.
-¿Los artículos contribuyen a su fama de conflictivo?
-Me ven como áspero, pendenciero, grosero. No es una imagen grata. Da la impresión de que la gente no lee bien, te contestan a cosas que no has dicho. En vez de leer, reaccionan. Semana que pasa, semana que hago nuevos amigos. Me llega mucha irritación. Hay muchas personas que cuando me conocen personalmente, aunque sea un par de minutos, me dicen: "Ah, pues eres muy normal, creía que eras muy arrogante". No sé bien, en realidad soy cortés y a veces incluso supongo que puedo ser cordial. Pero, al escribir, uno dice cosas impertinentes porque no tiene sentido escribir para decir lo que todo el mundo ya sabe, lo que todo el mundo ya piensa, lo que toca. 
-Cuando habla de que un escritor no puede saber si su editor le engaña en las liquidaciones, resuena su vieja rencilla con Jorge Herralde…
-Me temo que eso ha pasado muchas veces en la historia, y todavía sigue siendo así. Los autores no tenemos manera de saber los libros que vendemos, es muy difícil, a uno le informan de que se ha hecho una tirada determinada de ejemplares, se puede pedir el resguardo del impresor, pero se sabe que hay algunos impresores que ponen lo que les dice el editor porque, si no, pierden el volumen de trabajo procedente de dicho editor. Nunca hay una seguridad absoluta. Pero uno no puede ir por la vida con desconfianza, es un horror ir por la vida creyendo que te engañan. Pero llega el momento en que tienes la convicción de que es así, ves las cifras que no casan, no tienes pruebas para ir a un tribunal pero sí la certeza.
-Para acabar, una pregunta literaria. Lo de publicar su última novela (Tu rostro mañana) en tres entregas, a medida que las escribía, demuestra una enorme auto-confianza, ¿no? ¿Qué sucede si quiere hacer cambios en capítulos anteriores?
-Si descubría que me convenía algo diferente no podía rectificar, porque ya estaba publicado el libro anterior. Pero no ha sido tan distinto, tengo esta manera de escribir un poco rara y un poco suicida, voy improvisando en gran medida y no me permito cambiar nada de lo que he escrito con anterioridad. No hago una segunda versión de los textos. Trabajo mucho cada página pero luego va a la imprenta tal como ha quedado. Aplico el mismo principio de conocimiento a las novelas que el que rige en la vida: a los 50 dices: 'ojalá me hubiera casado con esta persona, hubiera aceptado aquel trabajo…' pero te tienes que conformar, ser consecuente con lo que has hecho.

viernes, 26 de febrero de 2010

¿Es usted lector de Javier Marías?

 
Tercer volumen de Tu rostro mañana.
Acabé el 2009 y empecé el 2010 leyendo Tu rostro mañana, de Javier Marías, y ya lo he dicho varias veces, pero lo repito: es de las mejores novelas que he leído. Que nadie le tema a las 1,600 páginas de sus tres volúmenes porque son un reto que vale la pena. Juan Gabriel Vásquez opina más o menos lo mismo en el siguiente texto tomado de elespectador.com:
El primer libro que leí de Javier Marías fue Corazón tan blanco, y me sigue pareciendo que es ésta la puerta de entrada ideal a su obra.

Lo leí en marzo de 1999; en estos once años he leído todo lo que ha escrito Marías: sus extraordinarias novelas, sus novelas menos extraordinarias, sus varios volúmenes de cuentos o artículos. E incluso he leído lo que no ha escrito, sino traducido: El espejo del mar, de Conrad, lo leí primero en la traducción de Marías que en el original. Lo que quiero decir es que Marías es uno de esos autores rarísimos: los que generan pasiones, los que no permiten las medias tintas. Uno lo colecciona o lo aborrece. Yo lo colecciono, aunque no podría defender todos sus libros. Pero tampoco puedo defender todos los libros de Vargas Llosa, por decir algo, ni de Philip Roth. Y siempre me interesarán más estos novelistas, los que se caen por la borda de tanto llevar las cosas al extremo, que los otros, los medianos que no disgustan a nadie, esos tibios de la literatura.

Pues bien, la última novela de Marías me viene muy bien para ilustrar el punto, porque no se me ocurre, dentro de la literatura contemporánea en español, un libro más radical, más extremista, que Tu rostro mañana. Todos ustedes ya conocen las características externas del libro, sus intimidantes señas particulares: son tres volúmenes de títulos herméticos que Marías publicó en 2001, 2004 y 2007; el total, por lo menos en la edición original, es de 1.608 páginas. Muchos críticos despistados siguen hablando de trilogía, pero no es una trilogía lo que tenemos aquí: es una novela en tres volúmenes, igual que En busca del tiempo perdido es una novela en siete volúmenes. Digo que es un libro extremista y radical porque —y que esto funcione a manera de advertencia— Tu rostro mañana es una especie de hipertrofia de Javier Marías: todos sus rasgos como novelista están ahí, sólo que mucho más. Y eso seduce a sus lectores de siempre, claro, pero impacienta y hasta indigna a quienes no lo son.

¿Y cuáles son esos rasgos que aparecen hipertrofiados en esta novela? Los comienzos meditativos, por ejemplo: igual que Mañana en la batalla piensa en mí y Negra espalda del tiempo, los tres volúmenes de Tu rostro mañana comienzan con esas consideraciones abstractas de los narradores de Marías, y la única diferencia es que en aquellas novelas la meditación duraba un párrafo, y en éstos dura diez páginas. Otro ejemplo: las digresiones. A Marías, lector fiel de Don Quijote y de Tristram Shandy, le ha gustado siempre interrumpir la acción para irse por una rama (que muchas veces, dicho sea de paso, acaba siendo más interesante que el tronco). En otros libros, esa digresión podía durar algunas páginas; en Tu rostro mañana hay una escena magistral en que un inglés, armado con una espada antigua, está a punto de degollar a un español en un baño para minusválidos del Londres del siglo XIX, pero basta con que el hombre levante la espada para que Marías nos tire a la cara una desviación de 70 páginas sobre las armas, el miedo y la Guerra Civil española.

En fin: se trata —como espero haber transmitido, así sea por simple entusiasmo— de una gran novela. Es excesiva, caprichosa, idiosincrásica, y no es necesariamente la que yo recomendaría para empezar a leer a Marías. Pero es una gran novela.

martes, 29 de diciembre de 2009

Mis mejores lecturas del 2009



Dibujo de Agente Artehormiga. Fuente: hcfacebook.
En Hermano Cerdo lo están haciendo de nuevo. ¡Vamos!
Excelentes las dos novelas cortas de Patrick Modiano que leí empezando el año: Calle de las Tiendas oscuras (Anagrama) y Dora Bruder (Seix Barral). Extraordinario poder de síntesis para contar historias que atraviesan la Historia de la mano de personajes que buscan algo y que al mismo tiempo se buscan a sí mismos. Ya saben: de lo mismo, pero esta vez con Modiano.

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, una intensa novela de aprendizaje que leí durante las pausas y las noches de mis días de más trabajo en agosto, con personajes que huyen de un mundo más o menos confortable para ir en busca de aventuras abajo de la frontera mexicoamericana.

Algo tiene Mario Levrero para que uno se empeñe en seguir leyendo sus “aventuras cotidianas” sin esperar nada más que, quizá, un pequeño accidente en su computadora, una visita o una conversación telefónica banal. Eso fue lo que me dije cuando llevaba por la mitad El discurso vacío (Debolsillo) y es lo que seguía pensando cuando leía La novela luminosa (Debolsillo). ¿Qué es lo que nos atrapa de esa “estética de lo cotidiano” de Levrero? Seguiré leyendo lo que encuentre de Levrero y seguiré, con absoluto placer, preguntándome lo mismo.

Angosta (Planeta), una novela de Héctor Abad Faciolince que me hizo llegar un amigo desde Colombia, plantea la situación de un país, Angosta, con una política que establece tres castas: los dones, los segundones y los tercerones, y en el que se dan cita todas las posibilidades sociales, culturales y políticas de Latinoamérica. La violencia y la exclusión podrían ser sus temas predominantes, pero la novela no es sólo eso, porque también hay sexo, amor y aventuras; y todo con una prosa traviesa, juguetona, en la que la ironía está a cada vuelta de página.

Nocilla Lab es la novela que más me ha gustado de la trilogía de Agustín Fernández Mallo. El monólogo de la primera parte y el tema del escritor enfrentado con lo que podría ser su doble, más ese cómic del final en donde encontramos a Fernández Mallo y a Vila-Matas hablando de la desaparición… Se pregunta uno si seguirá produciéndose nocilla después de esto.

Horacio Castellanos Moya es un escritor que escribe desde la experiencia del exilio, ese casi destierro autoimpuesto que lo hace volver a sus orígenes, pero sólo en sus libros, con una mirada oblicua, casi pendenciera, para tratar de recuperar algo que no considera del todo perdido. En Con la congoja de la pasada tormenta (Tusquets) reúne casi todos sus cuentos. Una excelente puesta a punto de su trayectoria como cuentista, casi desconocida para los lectores en España.

¿Qué puede esperar uno al leer Historia argentina (Anagrama), de Rodrigo Fresán: una novela o un libro de cuentos? Yo diría que ambas cosas. Tomemos al azar cualquiera de sus capítulos y leámoslo como si fuera un cuento. O empecemos desde el principio y vayamos observando, de cuento en cuento, o de capítulo en capítulo, el particular modo que tiene Fresán de contar la historia de su país. Fresán tiene una escritura precisa, cada frase es una unidad autosuficiente y sugerente, y además, una perspectiva tan particular de ver el mundo que uno no quiere dejar la lectura o, una vez terminado el libro, no quiere leer por el momento otra cosa que no sea de Fresán. ¿Exagerado? Pero es que así me lo pareció.

Aprovechando el desempleo, me propuse leer la kilométrica El arco iris de gravedad (Tusquets), de Thomas Pynchon. Tres semanitas en las que agoté una lámpara, dos botes de Nescafé, unas cuantas madrugadas y un buen porcentaje de mi capacidad de visión. Pero ha valido la pena. Cómo no. Secuelas: 1: cuando pasa un avión o cuando sopla el viento de la Tramuntana pienso que puede tratarse de un cohete. 2: cuando tengo una erección espontánea pienso que se acerca un cohete. 3: caen cohetes en mis sueños. Loor a ti, Thomas Pynchon.

Desde hace tiempo venían llamándome, desde una estantería de la biblioteca de Figueres, los tres volúmenes de Tu rostro mañana, de Javier Marías. El miércoles me llevé a casa el primero, subtitulado "Fiebre y lanza", que leí entre las fiestas de Nochevieja, las cervezas y la goma. Lo devolví el sábado y saqué ahí mismo el segundo volúmen, subtitulado "Baile y sueño", que ya estoy leyendo con el mismo placer con el que leí el anterior. Tiene una prosa envolvente esa novela, una prosa sensual, poética en muchos momentos. No se les ocurra no leerla. Aunque debo advertirles que no podrán soltarla una vez llegue a sus manos.

domingo, 16 de agosto de 2009

El género abandonado

El afiche de Atrapado en el tiempo (En Latinoamérica se tituló El día de la marmota) de Harold Ramis.
Sin dejar a un lado la seriedad, que va implícita en la crítica, Javier Marías nos recuerda en este artículo que en los tiempos que corren ya casi no hay espacio para la buena comedia (para la comedia seria, podríamos decir) y en cambio, saltan como grandes exponentes del género tipos ridículos como Ben Stiller o Adam Sandler. Por otra parte, habla de ese cine que se autoinyecta excesos de drama sólo para que la crítica lo tome en serio. Buen artículo. Lo tomo de Babelia. Aquí les va:
Pese a ser libros graciosos algunas de las obras maestras indiscutidas de la literatura universal -El Quijote, Tristram Shandy, El sueño de una noche de verano, Alicia en el País de las Maravillas y hasta Los viajes de Gulliver-, el humor y la comedia no gozan de mucha reputación entre los críticos y estudiosos actuales. Es como si cualquier asunto, por importante que sea, resulte "rebajado" si es acometido con ligereza y con ironía y sin aspavientos, y en cambio el tono grave y campanudo venga inmediatamente premiado, aunque los asuntos que con él se traten sean baladíes o trillados o impostados. Lo peor -lo que hace pensar que estamos ante una tendencia general de nuestro tiempo, que no se limita a lo literario- es que con el cine ocurre lo mismo. Es sorprendente comprobar cómo en una época que se presume menos ingenua que cualquier otra anterior -bueno, el presente siempre cree eso-, los críticos y los espectadores son más fáciles de engañar que nunca, y cómo el "gesto" de los autores -sean literarios o cineastas- acaba predominando sobre lo que en verdad dicen sus obras. Alguien presenta su nueva película como "muy profunda" o "muy desgarrada", como "coral y mestiza", como una "denuncia" de esto o lo otro, como "una reflexión sobre las miserias del ser humano contemporáneo", y acto seguido parece como si casi nadie fuera capaz de distinguir lo anunciado por ese autor de lo que contempla luego en la pantalla. Se supone que la misión de los críticos es justamente esa, distinguir sin dejarse persuadir por la grandilocuencia, pero ya casi nunca lo logran. Si una película tiene el ademán ampuloso, o se ocupa con enorme solemnidad de un tema "serio" -el paro, el maltrato a las mujeres, la explotación de los países pobres, el Holocausto, la eutanasia, algo social a poder ser-, al instante se califica tal película con dos de los adjetivos más falaces y tontos de cuantos se tienen a mano, a saber: "necesaria" e "imprescindible". Falaces y tontos porque no hay ninguna obra de arte -ni siquiera del pasado- que sea una cosa ni la otra. Es cierto que el mundo no sería el mismo si no hubiera habido literatura ni cine, pero sí lo sería si no hubiera existido la obra de cualquier autor determinado, con las posibles excepciones -sólo posibles- de Shakespeare y de John Ford, los cuales, dicho sea de paso, cultivaron la comedia, y no sólo como género, sino que la hicieron aparecer también, aquí y allí, en sus mayores tragedias. O, expresado de otro modo, nunca se permitieron presentar éstas con el gesto ampuloso. El que es bueno de verdad nunca lo necesita. Sólo lo necesita el farsante.
Ahora pasan por comedias obras que carecen de varios de los elementos del género: elegancia, ausencia de subrayados y alegría
Hay comedias que dejan huella. Uno las ve con una sonrisa emocionada. ¿Hace cuánto tiempo que eso no nos sucede?
Se aplauden incondicionalmente películas solemnes y huecas como las de Lars von Trier o González Iñárritu o hace ya más años la horrenda El piano de Jane Campion, por no hablar de españolas como Mar adentro, Los lunes al sol o alguna de Medem, y las loas son tan unánimes y conminatorias que quien no se suma a ellas es visto como un hereje. Les llueven los premios y el reconocimiento, por lo que no es nada extraño que los cineastas con ambiciones artísticas no se atrevan a rodar jamás una comedia. Las que se hacen son estrictamente comerciales, facilonas y chuscas, es decir, sin ambiciones, cosa que sí tenían las comedias clásicas auténticas, las de Billy Wilder y Lubitsch y Capra, las de Donen y Cukor y Minnelli y Edwards, las de Hawks y Leisen y Chaplin, las de Dino Risi y Comencini en Italia, las de Mackendrick y Crichton en Inglaterra, las de Berlanga y Ferreri en España. Las suyas son comedias profundas, si la combinación es aceptable -y no veo por qué no-, que maravillan por su ingenio y su ritmo y su gracia, pero que además no se olvidan nada más salir de la sala. El apartamento y Primera plana y El bazar de las sorpresas, Ser o no ser y La fiera de mi niña y Luna nueva, Desayuno con diamantes y Mi desconfiada esposa y Página en blanco, La escapada y Todos a casa, El verdugo y Bienvenido, Mr. Marshall, todas ellas dejan huella y emocionan, a la vez que divierten sin cesar y arrancan de vez en cuando la carcajada. Uno las ve con una sonrisa en el rostro, pero es una sonrisa emocionada. ¿Hace cuánto tiempo que eso no nos sucede? Extrañamente, sólo hay retazos de aquello en películas con cierto humor de mala sombra, como algunas de Tarantino o de los hermanos Coen.
Ahora pasan por comedias obras que carecen enteramente de varios de los elementos característicos del género: la elegancia, la ausencia de subrayados, la sutileza, la complicidad de buena ley con el espectador, y por supuesto la alegría, aunque fuera una alegría melancólica a veces. Pasan hoy por comedias memeces rudimentarias como Sexo en Nueva York o Guerra de novias, por mencionar dos que me he tragado hace poco, cosas amorfas y ñoñas, sin guión y sin encanto. También pasan por tales las películas que protagonizan una serie de "cómicos" detestables y sin atisbo de gracia que no comprendo cómo tienen éxito: Ben Stiller, Adam Sandler, Will Ferrell, Rob Schneider, los ya veteranos y sosísimos Steve Martin y Jim Carrey, y el más reciente y abominable, un tal Seth Rogen que al parecer hace reír a los jóvenes "modernos" (?). Hasta Woody Allen ha recurrido a algunos de ellos en un par de ocasiones, y no sé qué es más deprimente, si tal rebajamiento o su caída en el más absoluto ridículo en cuanto ha puesto una cámara en España. Y, dicho sea de paso, es significativo que a Allen le lleguen los mayores elogios cuando se pone trascendente, como en la tramposa y autoplagiaria Match point -una pobre variación de Delitos y faltas-, y abandona la comedia. Otro tanto puede decirse respecto a Clint Eastwood: cuanto más tremendista y afectada es la historia que cuenta, como en Mystic river o en Million dollar baby, más parabienes recibe, mientras otras películas suyas menos pretenciosas y severas y "griegas", como Deuda de sangre o Gran Torino, son despachadas como "menores" rápida y despectivamente. Parece que vivamos en un mundo pomposo y dramático y grave, en el que no tienen cabida la gracia ni la ligereza.
Nada, pues, incita a hacer comedia, menos aún alta comedia. En cuanto un actor o una actriz interpretan un papel de loco, o de idiota, o de ciego, o de fea -si la actriz es guapa-; si hacen el histérico en la pantalla, o aparecen en ella desgarrados o histriónicos, o imitando a un borracho o a un drogadicto o a alguien real con una nariz postiza, o poniendo acentos raros, se los premia en el acto con un Oscar: es algo sabido que, cuanto peor y más exagerado y risible esté un buen actor en un film, más posibilidades tiene de llevarse la ignominiosa estatuilla. En cambio, lo que es casi seguro es que no la conseguirá jamás nadie por su actuación en una comedia, y sólo así se explica que nunca la obtuviera uno de los mejores intérpretes de la historia, Cary Grant, y que Jack Lemmon sólo la alcanzará como principal por un pesadísimo y mediocre papel dramático: el pecado de ambos fue participar en demasiadas películas de ese género hoy casi abandonado y que sin embargo, a los que aún crecimos con él, nos enseñó algunas de las mejores lecciones. Una de ellas, por cierto, fue no ir por la vida como van tantos críticos y espectadores de este siglo nuevo -con la solemnidad pintada en la frente-, y saber que en todas las situaciones, hasta en las más tristes y dramáticas, siempre hay algo que nos hace gracia, y que así nos alivia o nos salva.

sábado, 21 de marzo de 2009

Otra vez BTraven y los literatos de H

B. Traven. Fuente: la jornada.
Probablemente Javier Marías obtuvo el dato del libro de Vila-Matas (aunque, ahora que lo pienso, Bartleby y compañía apareció el año 2000, mientras que lo escrito por JMarías es de 1999, así que pudo ser Vila-Matas quien tomara el dato de JMarías), pero el rollo es que otra vez se dice, entre otras -muchas- versiones, que el misterioso escritor conocido como B. Traven era la máscara tras la que se ocultaban un grupo de escritores hondureños. En una nota titulada La H, BTraven y Vila-Matas apuntamos una vez el dato en este blog. Hoy, seguimos la pista de B. Traven a través del texto introductorio de Javier Marías a su novela El barco de la muerte, que aparecerá este mes en español. Dice el texto de JMarías publicado hoy por El Cultural del diario El Mundo (Nótese que en lugar de "literatos hondureños" dice "litertatos hondureños"):
EL HOMBRE QUE SUPO MENTIR (Texto introductorio de Javier Marías)
No está de más recordar hoy a Traven. Hoy, cuando no hay secreto ni misterio que aguante más allá de unos meses, cuando nuestras chismosas y ridículas sociedades exigen saberlo todo, hasta lo que no les incumbe y ni siquiera interesa; cuando al hombre teóricamente más poderoso de la tierra no se le consiente mentir en lo que se debe mentir, y ha de confesar por televisión sus pecadillos, y hasta los pocos escritores que han decidido esconderse son asaltados, como Salinger, a la salida del mercado por cámaras rapiñadoras. No está de más recordar a quien logró enmascararse durante toda su vida y los casi treinta años pasados desde su muerte.
Es de lo poco seguro: B. Traven murió en ciudad de México el 26 de marzo de 1969, quizá a los ochenta y siete años, y sus cenizas, como había pedido, fueron esparcidas sobre el río Jataté en la selva de Chiapas. Con esa inicial y ese apellido firmó la mayoría de sus libros, de los que se llevan vendidos más de 35 millones de ejemplares en 36 lenguas. El más famoso -aunque gracias al cine- fue El tesoro de Sierra Madre. Se cuenta que era el novelista favorito de Einstein, y su historia, su enigma, su leyenda, no han sido puestos en claro de forma unívoca y definitiva, así que será lo último lo que acabará prevaleciendo. En tres obras relativamente recientes sobre su personalidad y su vida, cada autor llega a muy distintas conclusiones, si bien coinciden los tres en algunos datos, para que se acreciente la intriga. No puedo resumir aquí tantas pesquisas, pistas falsas, contradicciones y desmentidos, esforzadas deducciones y certezas negadas, tanta labor detectivesca. Pero para hacerse una idea de la capacidad esquiva de Traven, basta con enumerar los nombres que utilizó en la ficción o en la realidad: Arnolds, Baker, Hal Croves (con éste se hacía pasar por su propio agente cinematográfico), Traven Torsvan, Traves Torsvan, Berick Traven, Bruno Traven, Traven Torsvan Torsvan, Traven Torsvan Croves, B.T. Torsvan, Ret Marut, Rex Marut, Robert Marut, Fred Maruth, Fred Mareth, Red Marut, Richard Maurhut, Albert Otto Max Wienecke, Adolf Rudolf Feige, Kraus Martínez, Fred Gaudet, Otto Wienecke, Lainger, Goetz Ohly, Anton Riderscheidt, Robert Bek-Gran, Arthur Terlelm, Wilhelm Scheider y Heinrich Otto Becker, que se sepa. Más modesta es la lista de nacionalidades que dijo tener, a menudo con pasaporte: inglesa, americana, sueca, noruega, lituana, alemana y mexicana. No se quedó corto, en cambio, respecto a las profesiones que desempeñó o dijo desempeñar en algún momento: escritor, actor, director teatral, mecánico, ingeniero, librero, fotógrafo, agente teatral, profesor de drama, marino mercante, cocinero, explorador, guía, traductor, marinero, profesor de lenguas, granjero, frutero, tutor, panadero, empresario, soldado, cerrajero, periodista, revolucionario, anarquista bávaro, peón algodonero, científico, guionista, agente literario y psicólogo. Según las diferentes descripciones que de sí mismo hubo de aportar en documentos oficiales, su estatura fue de 1.71, 1.66, 1.65, 1.68 y 1.70. Sus ojos oscilaron tan sólo entre el gris, el azul y el azulgris, pero su pelo fue consignado como castaño, gris, negro, castaño oscuro, castaño claro, rubio, rojizo, blanco y cano. Se dijo que escribía en inglés, en español, en noruego, en sueco y en alemán (al parecer lo hacía en esta última lengua, al menos en primera redacción, aunque siempre negó ser alemán o austríaco). En vista de lo escurridizo que era, le fueron atribuidas las siguientes personalidades, ocultas tras su inicial y apellido públicos: el novelista Jack London, el cuentista Ambrose Bierce (quien, ya viejo, había cruzado la frontera con el México revolucionario y desparecido para siempre en 1913), un millonario americano, un negro fugitivo, Frans Blom, el profesor Frank Tannenbaum, un leproso, el Presidente Adolfo López Mateos, Esperanza López Mateos, August Bibelje, Jacob Torice, el Presidente Elías Calles, un editor alemán, Arthur Breisky, el capitán Bilbo, un grupo de litertatos hondureños (?), un grupo de guionistas izquierdistas de Hollywood, un hijo ilegítimo del Kaiser Guillermo II y el hijo ilegítimo de un albañil polaco.
Dejó viuda, y ésta colaboró cuanto pudo con el biógrafo Jonah Raskin durante todo un año, al cabo del cual Raskin no sólo estaba más desorientado que al principio, sino que, facilitado el acceso a las pertinencias de Traven, se vestía con su ropa, se ponía sus gafas y acabó abandonando el proyecto para contar sólo la búsqueda. él cita una frase de Traven que quizá hoy más que nunca nos basta: «La única verdadera defensa del hombre civilizado contra quienes los agobian es mentir». La escribió en 1926, y cuánto debió reír desde entonces.
Javier Marías, 1999

jueves, 18 de diciembre de 2008

Ocultos y furibundos, según JMarías

Habrá gente que diga que Javier Marías es un mal escritor o que no le gusta cómo escribe, etcétera. Yo, no lo creo así, pero sí creo que en su último artículo, Una región ocultamente furibunda, publicado en diario El País se puso a mear fuera de la nica. El resultado: cachimbazo de críticas recibidas precisamente de quienes forman parte de esa ROF. En una de ellas es ésta: Traducción furibunda de la columnita de Javier Marías. Ah! Se me olvidaba: ya existe también el blog Una región ocultamente furibunda. Les sugiero seguir los enlaces en el orden en que aparecen. Hasta otra.

jueves, 9 de octubre de 2008

Primeras palabras de J. Marías

"No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola..."
Corazón tan blanco
Javier Marías