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lunes, 22 de febrero de 2010

Un médico, una isla

 
Por Giovanni Rodríguez
Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba de la televisión como lo hago desde finales de septiembre, cuando un señor fascista que tenía por jefe me hizo el favor de despedirme de mi trabajo. Tenía algunos años de no ver regularmente algún programa de televisión. Ni noticieros ni series ni documentales. Tan sólo algún partido de fútbol de vez en cuando. Pero, recordando una frase que (supuestamente) Vila-Matas tomó de Vilém Vok: “La vida es corta, pero el día es largo”, me he permitido últimamente dedicarle algunas horas diarias a la televisión, confiando en que habrá tiempo para mis otros intereses durante el resto de cada jornada.

He descubierto dos series interesantes: House y Lost, más que interesantes, interesantísimas, llegando a adictivas. House atrapa desde una atmósfera a primera vista poco atractiva: la de un hospital, con sus enfermos, sus emergencias y sus medicinas, y si ha logrado trascender este, al parecer, obstáculo inicial ha sido porque sus guionistas saben entretejer de manera sorprendente las historias típicas de hospital con las historias personales de sus protagonistas, pero más allá de eso, por la extraordinaria interpretación que hace el actor Hugh Laurie del personaje Gregory House, el mejor médico del hospital, de carácter fuerte, frío, directo y honesto siempre con los pacientes y con los otros médicos de su equipo, a quienes ridiculiza y da lecciones profesionales y de vida por partes iguales. Es un personaje que puede motivar antipatía entre los televidentes, pero estos no podrán negar jamás su inteligencia, su capacidad como científico y su talento para el sarcasmo y la ironía. El Dr. House es un héroe con apariencia de antihéroe, se la pasa salvando vidas desde su aspecto descuidado: sin su bata de médico y con la barba crecida, mientras consume calmantes.

Pero si House resulta adictiva por lo dicho anteriormente, la otra serie, Lost, lo es por su estructura. Todo comienza con un accidente de avión. Sobreviven, al parecer (esto es algo que se cuestiona a la altura del undécimo capítulo), 47 personas, que buscan la manera de convivir mientras esperan un hipotético rescate, en la playa de una isla aparentemente desierta.

Un amigo me ha prestado varios discos con las primeras dos temporadas de Lost. Vi los primeros 12 capítulos en una sola noche. Me preparé una cena rápida con huevos, pan tostado y queso Philadelphia, más una barra de chocolate para después, me senté frente a la pantalla a las ocho de la noche y me levanté casi a las cinco de la mañana para dirigirme a la cama. Demás está decir que soñé con ese ojo que se abre al inicio de cada capítulo y con esa selva oscura y misteriosa de la isla.

En Lost no hay personajes tan entrañables como el Dr. House pero en cambio es una serie capaz de hacer lo que hizo conmigo esa primera noche: mantenerlo a uno con los ojos pelados en la pantalla, mientras se cae el mundo alrededor. En Lost cada cinco minutos surge un nuevo misterio, pero de este misterio se nos van revelando algunas pistas en mínimas dosis a través de constantes flash backs en los que los personajes aparecen con sus respectivas vidas antes de embarcarse en el avión que los llevaría a la isla. La isla se convierte entonces en el receptáculo de las vidas de 47 sobrevivientes, de sus pasiones, de sus problemas, de sus ambiciones, de sus secretos. Y la isla puede con todo eso, y ofrece además su propia cuota pues da la impresión de que tiene vida propia y que es un personaje más, el personaje más misterioso e indescifrable de todos.

House y Lost, dos ejemplos de narrativa inteligente en la pantalla que vale la pena seguir sin sentirse uno culpable por cerrar los libros para encender la televisión.

lunes, 15 de febrero de 2010

El país desde afuera


Algún lugar de SPS, visto con Google Earth.
Por Giovanni Rodríguez
Ayer, mientras me tomaba un café, pensaba en las posibles consecuencias (para mí mismo, por supuesto) de mi hipotético regreso a H. ¿Cuánto tardaría en esfumarse este insólito deseo de volver a caminar por sus calles, de volver a encontrarme con mi familia y con mis amigos?

Una vez leí un artículo en el que el escritor argentino Andrés Neuman hablaba de la perspectiva con que uno observa a su país cuando lleva cierto tiempo viviendo fuera. Decía Neuman algo así como que se llegaban a entender mejor las circunstancias del país si uno podía confrontarlas con sus circunstancias actuales, si uno se convertía en un observador externo, foráneo y sin embargo nativo. Agregaba también lo del amor a su país y lo del odio a su país, ambas cosas en partes iguales, que nacían, o crecían, o tan sólo se exacerbaban en la medida en que uno era capaz de identificar plenamente su posición, no sólo geográfica sino también sentimental o intelectual, con respecto a su país.

¿Cuál es mi posición actual con respecto a H? ¿Desde qué lugar geográfico, sentimental e intelectual observo a H? Era esto lo que pensaba ayer mientras pasaba el rato en mi Café Kubista y miraba a la gente caminar afuera con la prisa a que los empuja el viento frío de esta época del año. ¿Cuánto tiempo tardaría en volver a desencantarme de H una vez habiendo vuelto?

Hay unos versos de Tomás Segovia que siempre me han acompañado. Los puse de epígrafe en mi primer libro de poesía y la imagen que evoca aparece en muchas de las circunstancias de mi vida: “Y salir a mirarme desde afuera/ cómo me quedo dentro”. Es precisamente eso lo que hago ahora: salir a mirarme desde afuera de mis propias fronteras para identificar lo que soy, lo que hay de mí o lo que queda de mí allá adentro. En estos versos, si los aplico al tema que me ocupa en esto que ahora escribo, el cuerpo es la metáfora del país. Mi país es mi cuerpo y yo tan sólo algo que ha salido de él, pero que nunca ha salido en su totalidad y se observa, disgregado, desarraigado y sin embargo nostálgico, desde lejos para aprender a conocerse verdaderamente. Es la óptica del Google Earth, me digo, con la que puedo simular que salgo pero sigo inevitablemente dentro.

Es posible que se haya tratado en un principio de un asunto de incompatibilidad, o que al menos yo lo haya entendido así. Nunca fueron compatibles mi temperamento y el “temperamento de H”, por decirlo de alguna manera. Pero si dije “en un principio” no significa que ahora, nel mezzo del cammin di nostra vita, piense que esta incompatibilidad ha cambiado. La incompatibilidad sigue ahí y lo que ha cambiado es mi perspectiva. Y esta perspectiva, que tiene su punto de origen en España y está a trece horas de vuelo, empieza a admitir la posibilidad de algo parecido a la tolerancia.

¿Cuánto tardaré, una vez reacostumbrándome a la falta de bibliotecas y librerías, a la falta de algún diario serio y legible para leer por las mañanas, a la falta de un cómodo café como este Café Kubista, a la falta de esa agradable sensación de anonimato que puede disfrutarse en las grandes ciudades, cuanto tardaré, decía, en hartarme de nuevo, en volver a considerar todo eso insoportable y en buscar la manera de huir, como la primera vez?

Información para los turistas: H es un lugar horrible para vivir pero hermoso para ir por unas cortas vacaciones.

lunes, 8 de febrero de 2010

Malditos tiempos modernos

En otros tiempos la mejor manera de preservar las copias de los textos escritos era utilizando papel carbón. El original y dos copias es lo que quedaba para guardar celosamente. En esos tiempos, y con esas copias obtenidas, había que ser muy cuidadoso. La humedad y el fuego eran los peligros latentes, pero en algunos casos también la censura y el permanente acecho de unas autoridades mojigatas, intolerantes y represoras. Se hablaba de manuscritos o de mecanoscritos. Eran los tiempos en los que la humanidad ni soñaba con Internet, con los e-mails ni con los programas procesadores de textos. No soñaba siquiera con las computadoras.

Ahora, en estos tiempos modernos, todo es distinto. No soñamos con todas esas cosas sino que las usamos permanentemente; y algunos incluso no podríamos concebir otra manera de sobrevivir en este mundo y en estos tiempos sin las posibilidades que ofrece el wi-fi, el correo electrónico y los archivos en bytes.

No me imagino, por ejemplo, escribiendo este texto a mano, mientras mojo la pluma en el tintero, a la luz de una vela en el siglo XVI. Ni siquiera logro imaginarme escribiéndolo en la máquina de escribir que mi mamá, experta mecanógrafa, aún guarda en el fondo de un armario de mi casa en el pueblo. Es que vine a nacer en estos tiempos modernos. Soy uno más de la generación Google, de la generación Facebook, de la generación YouTube.

Recuerdo las vicisitudes de Reinaldo Arenas cuando vivía en Cuba y trataba de preservar el manuscrito de alguna de sus novelas, probablemente la titulada Otra vez el mar, que llegó a escribir tres veces porque las dos primeras versiones le fueron decomisadas por el gobierno de Fidel Castro y, si no falla mi memoria lectora, logró ver la luz tan sólo porque introdujo, por partes y en varias ocasiones, la tercera de estas versiones en su cavidad anal, para pasarla con éxito por los controles de la prisión en donde se encontraba recluido y entregársela a dos amigos que la publicarían finalmente en Francia.

Se supone que en estos tiempos ya no deberíamos tener problemas para preservar nuestros escritos. Podemos guardar copias en varias computadoras, en nuestra cuenta de correo electrónico, en alguna página web. Incluso podemos imprimirlos cuantas veces deseemos. Y sin embargo son muchos los casos de personas a las que alguna vez un virus o el fin de la vida útil de su computadora acabaron llevándose al limbo informático el trabajo de algunos meses o años.

Acaba de ocurrirme algo parecido. Acaba de ocurrirme, además, por segunda vez. Por fortuna en esta ocasión no tendré que rescribir demasiado. Tan sólo sondear por aquí y por allá para reagrupar textos, y después, eso sí, volver a corregirlos. Es el precio que se paga por pertenecer a estos tiempos modernos, por ser uno más de la generación Google o Facebook o YouTube.

Algo más peligroso que la humedad, el fuego o la censura son los virus de las computadoras y las computadoras mismas. Y más peligrosa aún es la aparente seguridad que uno adquiere con las herramientas de la tecnología, al grado de llegar, a veces, a confiar absolutamente en ellas, como si fueran ellas las que habrán de sufrir a la hora de las pérdidas. A veces da rabia pertenecer a estos tiempos, a estos malditos tiempos modernos.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Me emborraché en París, sin aguacero




Salí temprano del piso con rumbo a la estación de tren, para llegar a tiempo a Perpignan y tomar ahí, a la una de la tarde, un tren de alta velocidad que me llevara a París. 4 o 5 horas de viaje hasta la capital francesa, no recuerdo bien, porque tuve que hacer cambios de tren en Montpellier, Nimes y otras ciudades cuyos nombres tampoco recuerdo. Viajaba poca gente en ese trayecto inicial desde Perpignan, la mayoría jóvenes con pinta de estudiantes que, lo supuse en ese momento, se dirigían a la universidad de Montpellier. Pensé entonces que hacía mucho tiempo que no visitaba Montpellier y que debía volver algún día, quizá a mi regreso de esa poco planificada gira europea que acababa de empezar, pero no sabía cuándo sería ese regreso ni sabía tampoco si después de mi desaparición me quedarían ganas de volver a un lugar que ya conocía de sobra.

Llegué a París a las seis de la tarde. Al salir del tren sentí un golpe de aire frío y me di cuenta de lo baja que estaba la temperatura ahí con respecto a Figueres. Así que saqué de entre mi escaso equipaje la chaqueta y la gorra. Luego, con una intensa sensación de libertad nunca experimentada, busqué la línea del metro que me acercara al centro de la ciudad. Minutos después, al buscar entre las señales la que indicara alguna salida a la calle, volví a sentir esa como levedad en el cuerpo que me producen los viajes a lugares desconocidos. Sin embargo, en esta ocasión no se trataba de un viaje a un lugar del todo desconocido. Comparé en los mismos términos Montpellier y París y no encontré ninguna diferencia. Ambas ciudades eran conocidas por mí. En ambas había estado ya en más de alguna ocasión. En París, cuando leía a Cortázar o a algún otro, pero sobre todo a Cortázar, y sobre todo al Cortázar de Rayuela; y en Montpellier, cuando puse a vivir ahí a dos de los personajes de una novela que escribía sobre la marcha. Pero cuando salí de la boca del metro en la estación de Gare de Lyon y empecé a devorar con una mirada ávida todo cuanto había alrededor, supe que ni aún con el recuerdo de Cortázar podría llegar a considerar París una ciudad familiar. Unos cuantos años en Europa me habían enseñado a no sorprenderme demasiado ante lo nuevo que descubría, pero algo de romanticismo había en mí en ese momento, algo de una nostalgia literaria remota, de compenetración conmigo mismo, que me hacía estar ahí como si fuera el primer momento de algo nuevo, de una nueva vida, como si hubiera sido el primer testigo de un nuevo orden de cosas en el universo. Aquello se me figuraba como una realidad distinta a la que había conocido hasta entonces. Y no era que París tuviera efectos narcotizantes o algo parecido, no era que la ciudad y sus primeras luces de la noche ejercieran sobre individuos como yo una fuerza hipnótica, porque la sensación que yo experimentaba no tenía su fuente en factores externos sino que nacía de mí mismo, de mi condición de hombre renacido y distinto en ese momento. Mi decisión de irme a París había sido el primer gran paso en mi proyecto de desaparición y ahora que estaba ahí, solo en el mundo pero también libre de todo el mundo y quizá muerto para buena parte de ese mundo, no pude evitar que ese mismo mundo del que intentaba esconderme se me antojara un lugar maravilloso, y la vida, esa vida a la que, al menos nominalmente, renunciaba con mi desaparición, me pareciera hermosa y llena de posibilidades de felicidad.

Más tarde me había sentido ridículo al recordar esa sensación, pero aunque quisiera negarlo, algo había cambiado en mí desde el momento en que pisé París por primera vez. Ahora, por lo menos, no dudaba, como al principio, de que el proyecto de mi desaparición fuera algo factible y hasta necesario.

Mientras caminaba y miraba hacia todos lados, tomando fotografías aquí y allá a las cosas más simples o a las que más me sorprendían, descubrí un McDonald`s y recordé que desde el croasán y un café con leche tomados en la estación de Perpignan a mediodía, no había probado algo más consistente. Obviamente el McDonald`s no era la opción más recomendable pero no podía obviar la necesidad de ahorrar todo cuanto pudiera en ese viaje que, dado el ánimo recobrado en la última hora, sería bastante largo, y una hamburguesa con papas deluxe y Coca-Cola se presentaban como una posibilidad muy económica. Cuando salí del restaurante ya París era de noche. Me dispuse a recorrer la zona para buscar un hostal barato y encontré uno por 25 euros la noche con derecho a desayuno. Más tarde me fui a caminar por los barrios cercanos al hostal para gastar lo que quedaba del día.

Desperté a eso de las siete de la mañana pero logré levantarme hasta casi las ocho. Después de un desayuno con tostadas y queso Philadelphia, más café y jugo de naranja en un desayunador minúsculo en el que apenas cabíamos unas ocho personas, todas con buen ánimo y ninguna hablando en francés, recogí mis cosas de la habitación, entregué la llave en la recepción y salí, ahora sí, dispuesto a conquistar París.

Tomé el metro que me llevó hasta el Arco del Triunfo en la Plaza de Charles de Gaulle, llamada también Place de L'Étoile debido a la convergencia en ese punto de ocho calles rectísimas en una visión que semeja una estrella. Éste es uno de los monumentos de París que tiene las puertas abiertas hasta tarde, específicamente hasta las 10:30 de la noche, y supuse que esa era la razón de que fuera tan fácil acceder ya que no habían colas de personas a la hora en que llegué. Más tarde, caminé por la avenida de los Campos Elíseos hasta llegar a la torre Eiffel, en donde me esperaba una cola de veinte minutos para poder subir al tercer nivel. El costo: 11 euros. Desde arriba pude contemplar todo París en una visión de 360 grados. El cielo estaba despejado y el guía dijo que habíamos tenido suerte ese día, porque por lo general el cielo permanecía nublado en esa época del año. El interior de ese tercer nivel es una cabina de forma cuadrada con un letrero luminoso alrededor de toda la base del techo en donde se pueden comparar las distancias desde ese punto de la torre hasta muchas de las capitales del mundo. Y ahí estaba Tegucigalpa, con la banderita del país. Cuando me cansé de estar ahí, bajé al primer nivel de la torre, el más grande, en donde hay cafés y tiendas de souvenirs. Ahí comí durante una media hora y luego me fui al Metro para dirigirme a la catedral de Notre Damme.

Podría enumerar y describir cada cosa que hice en París durante ese par de días, pero no tiene sentido hacerlo. No visité el Louvre porque había escuchado que sólo para recorrerlo necesitaría un día entero, y la verdad es que entonces no tenía ánimo para el ejercicio contemplativo que me exigiría esa visita, y prefería invertir mi tiempo en caminar por las calles, en seguirle la pista a Oliveira y a La Maga, en detenerme un buen rato en la Place St. Sulpice para imaginarme lo que podía haber experimentado Perec cuando escribió su Tentativa de agotar un lugar parisino hace unos treinta y cinco años. Mencionaré, sí, mi visita a un par de cafés célebres: Les Deux Magots y el Café de Flore, el primero en la Place Saint-Germain-des-Prés y el segundo al lado, pero sobre el boulevard St. Germain, tan sólo porque, a pesar de haberme sentido por un momento un auténtico perseguidor de los fantasmas de Hemingway, Cortázar, Vallejo, Joyce o Camus, no pude evitar sentirme un tanto decepcionado, o más bien fastidiado, al encontrarme sus mesas llenas de gente escribiendo a mano o en su computadora portátil, tratando de encontrar las musas que probablemente hayan “inspirado” a sus dioses literarios. Un espectáculo curioso pero a la vez algo repugnante, aunque de todas maneras yo contribuyera, con mi visita, a su composición.

Demás está decir que no me emborraché en París, como probablemente haya inducido a pensar el título de esta pequeña crónica. Tampoco hubo aguacero en algún momento de los dos días en que permanecí ahí. Si acaso, París me emborrachó de libertad, y eso bastó.

Sólo un detalle para terminar. Mientras salía de la ciudad y contemplaba desde la ventanilla del tren lo que dejaba atrás, vi brevemente a lo lejos, en una plaza, de espaldas y sentado en una banqueta, a un hombre con las solapas de su abrigo negro levantadas. Una imagen llena de melancolía. Pensé en Vallejo justo cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a azotar el cristal de la ventanilla y la imagen se volvía agua, recuerdo líquido y lejano.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Suposiciones

Por Giovanni Rodríguez
Es increíble que Honduras esté sumida en esta crisis política por culpa de una simple suposición. Los golpistas suponían que de no haber actuado como lo hicieron, Mel Zelaya habría implantado en el país un régimen dictatorial basado en las ideologías de izquierda y apoyado por el ogro político de Chávez. Esto, si suponemos (también nosotros tenemos derecho a suponer, supongo) que lo único que a los golpistas les preocupaba era que Zelaya se perpetuara en el poder, pero ya dados a suponer, supongamos que temían además que Zelaya continuara agarrándoles los huevos con las reformas sociales que había empezado a implementar y que les afectaban directamente pues éstas tenían que ver con beneficios a las clases más desposeídas y ellos, los golpistas, claro, son la otra cara de la moneda, en donde cualquiera con dos dedos de frente puede identificar la explotación obrera, las prebendas desde el Gobierno, las licitaciones prefabricadas, la impunidad empresarial, la exoneración de impuestos, etcétera.
Sólo en un país como Honduras podía ocurrir semejante imbecilidad. Y mientras tanto, siguen ocurriendo cosas que confirman que lo que Micheletti y su pandilla temían era simplemente que Zelaya continuara coartándoles su libertad para hacer y deshacer, para abusar y reabusar, para manejar la economía a su antojo con las facilidades de siempre. Siguen ocurriendo cosas que confirman que ellos mismos, los golpistas, se están convirtiendo en tiempo record en aquello que tanto suponían sería exclusividad gubernamental de Zelaya: abuso de poder, supresión de las garantías individuales de los ciudadanos, en resumen: un régimen dictatorial y por si fuera poco, con visos de chavismo.
Sigamos nosotros también suponiendo y supongamos que esta crisis política nunca acabará, que se mantendrán vigentes hasta el fin de los días las esperanzas en el Plan Arias, que el diálogo entre golpistas y depuestos se iniciará cualquiera de estos días, que Micheletti seguirá al frente de la gran farsa hasta el día que haya que entregarle el poder al presidente que resulte de las elecciones que supuestamente se celebrarán en noviembre (será también golpista). Supongamos que la resistencia se mantendrá con la misma fuerza que hasta ahora y que el gobierno golpista seguirá suprimiendo a los ciudadanos, en otra clara anulación de la Constitución de la República, sus garantías individuales, una de ellas: la de negar la libertad de expresión y cerrar los medios de comunicación que se le opongan, calcada de Chávez, a quien tanto critican y relacionan con Mel Zelaya.
Supongamos que la OEA, la ONU, la Corte Internacional de Justicia, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y por separado cada país más o menos civilizado del mundo siguen pronunciándose en contra del Golpe de Estado y a favor de la restitución de Mel Zelaya. Supongamos que seguirán desapareciendo unos y apareciendo muertos otros, que cada día Honduras le irá haciendo honor a su nombre y quedará reducida a una cloaca que desde hace mucho tiempo viene mereciendo ser pero que ahora un oportuno brote de dignidad permite reconocer como terreno propicio para un poco de esperanza. Supongamos que todas esas cosas seguirán sucediendo de aquí a, por ejemplo, cinco o diez años, y hagámonos la pregunta: ¿en qué quedará Honduras?
Es fácil y hasta divertido suponer. La imaginación da para mucho. Dio para mucho por lo menos para los golpistas. Pero ahora no se trata de suposiciones. La evidencia es abrumadora. El Golpe de Estado nos está hundiendo todavía más. ¿Qué espera el mundo, ese mundo que en su mayoría se ha mostrado en contra del Golpe de Estado, de la represión y del inicio de esta dictadura, para mover algo más que su diplomática lengua?

jueves, 6 de agosto de 2009

Los días malos

Por Giovanni Rodríguez

Tengo curiosidad por saber lo que ocurrirá en las próximas elecciones generales de H. Los candidatos de los dos partidos políticos mayoritarios llegan a la contienda frotándose las manos, sabiendo (o creyendo) que sus zambullidas en este río revuelto generarán ganancia.
Esta expectativa está bien fundamentada en el caso del candidato “conservador” pues su condición de líder del partido de la oposición en el actual gobierno (¿dije “actual gobierno”? ¿A cuál gobierno me refiero? Vaya usted a saber) mantiene intactas sus aspiraciones, pero no lo está en el caso del candidato “liberal”, militante del mismo partido del derrocado Mel Zelaya y del golpista Micheletti, lo cual constituye, desde cualquier punto de vista, una enorme desventaja.
Supongo que habrán notado el uso de las comillas en las palabras “conservador” y “liberal” del párrafo anterior. Se debe a que en el fondo en H conservadores y liberales son el mismo contenido excrementicio aunque el envase se pinte de azul o de rojo. Y esto es algo que han demostrado de sobra los acontecimientos del último mes en H, que han llegado insólitamente a unir a los representantes de dos partidos políticos radicalmente opuestos, a dos ideologías contrarias, en nombre de lo que los falsos voceros de la patria se han empeñado en llamar desvergonzadamente con el eufemismo de “sucesión constitucional” pero que ya fuera de pajas se llama “golpe de Estado”.
Digo que tengo curiosidad por lo que nos traigan esas elecciones pero en realidad lo que tengo es ganas de comprobar de qué tamaño es la conciencia del pueblo, ganas de alegrarme de que por fin se haya producido la justa respuesta que necesita nuestra historia nacional o quizá tan sólo ganas de confirmar lo que siempre he pensado: que nuestro país es conformista, estúpidamente aguantador y que merece de sobra a la gente que lo gobierna.
De lo que no tengo ganas es de seguir viendo pasar estos tristes días hondureños y sobre todo verlos pasar a través de esta distancia por ahora insalvable de un océano. Porque los días malos son irremediable e insoportablemente largos y mientras uno se autoinyecta pequeñas dosis de esperanza otros se encargan de rociarnos con agua fría, o con balas.
Mientras tanto, en H ocurre mucho más del doble de lo que se suponía iba a ocurrir si Mel Zelaya continuaba en el poder. Ocurre, por ejemplo, que hay gente que muere por el delito de no estar de acuerdo con el que en este momento siente que tiene a Dios agarrado de los huevos. Ocurre también que ya nadie quiere salir a la calle porque en cualquier momento puede aparecer por una esquina un policía o un militar con ganas de encontrarle cara de “sospechoso” y hacérselo ver a garrotazos o porque el supuesto presidente de la reputapública (el mismo agarrahuevos que mencioné antes) acaba de anunciar en cadena nacional la entrada en vigencia de un nuevo toque de queda. Ocurre que es difícil no mirar al otro con ojos de respeto o de desprecio, las únicas dos vías posibles, porque parecemos no estar para medias tintas.
Tengo ganas de que llegue noviembre, o el mes que sea en que vayan a celebrarse las elecciones en H. Tengo ganas, pero ganas urgentes, de que H renazca o se hunda definitivamente. Lo que no quiero es que esta mierda se alargue, porque de seguir así nos hundiremos todos paulatinamente, así nomás, sin saberlo, creyendo que la esperanza es para toda la vida.

martes, 21 de julio de 2009

Honduras: país de ficción

Por Giovanni Rodríguez
Leamos lo que dice Rubén Escobar, periodista del diario Tiempo de Honduras: “Algo que está por investigarse es el hecho de que los ejemplares del periódico ‘desaparecen’ muy rápido de los kioscos. De hecho hoy recibí una llamada de un lector de Tegucigalpa que me dijo que a las 8 de la mañana ya no lo encontró, por lo que no sabemos si alguien los está comprando en grandes cantidades para que no lleguen al público. Lo mismo sucede en San Pedro Sula y en otras ciudades.”
Y leamos ahora un fragmento de la novela Ensayo sobre la lucidez del premio Nóbel de Literatura José Saramago en su página 405 de la edición de Alfaguara: “Entonces aconteció lo inevitable, llegando al décimo quiosco el comisario no encontró el periódico. Lo pidió haciendo como que iba a comprarlo, pero el quiosquero le dijo, Ha llegado tarde, hace menos de cinco minutos que se los han llevado. Se los llevaron, por qué, Están retirándolos de todas partes, Retirándolos, Es otra manera de decir que han secuestrado la edición.”
Como ven, será poco lo que yo pueda decir para comentar este extraño fenómeno de la desaparición de los ejemplares de un diario desde tempranas horas de la mañana en Honduras, será muy poco lo que desde mi indignación como hondureño pueda decir al respecto, tan sólo que en estos días en nuestro país la realidad abruma mucho más que antes y además asusta porque se parece demasiado a una obra de ficción.
Entre el cerco mediático impuesto por el gobierno golpista algunos medios de comunicación han sabido resistir; uno de ellos es diario Tiempo, y su valiente postura será recordada y correspondida durante muchos años por los hondureños que hoy defienden su derecho a vivir en un país libre y con dignidad.
Durante los primeros días del golpe de Estado el drama era para cualquier hondureño sensible la única forma de saber que existíamos. Si nunca habíamos observado nuestra realidad nacional con ese componente de dramatismo que los hondureños tenemos tan a flor de piel es porque lo de nuestro hundimiento había sido un proceso, y además, un proceso relativamente lento, repartido en pequeñas dosis de ignominia, en calculados golpes bajos a nuestra dignidad. Pero ahora, a partir del 28 de junio, es distinto. Ahora en estas Honduras llegamos a tocar el fondo sin que nadie nos avisara nada, ahora la realidad es percibida por nuestros cinco sentidos y lo abarca todo, y por si fuera poco, se parece demasiado a una obra de ficción.
Es fácil encontrar en la literatura situaciones como las que plantea Saramago en sus novelas, pero hasta ahora creíamos que era muy difícil encontrarlas en la realidad. Honduras se ha convertido en un inmenso escenario en donde convergen las miradas atónitas del mundo entero mientras unos u otros personajes se disputan el futuro de la patria.
Nadie sabe cómo acabará esta obra espontánea de nuestra historia nacional, esta otra novela con personajes autoritarios, represiones, sangre y muerte. Será difícil observar, después de los muertos, los desaparecidos y el atraso de muchos años que estos acontecimientos representarán, un balance positivo, pero al menos habrá servido, al igual que las ficciones, para descubrirle la cara a la mentira y extraer de todo eso algunas cuantas verdades que nadie, por muy obtuso que sea, podrá negar jamás.

miércoles, 15 de julio de 2009

El país y el asco

Por Giovanni Rodríguez
Pasan los días y en Honduras algunos se empeñan en decir: “aquí no ha pasado nada, sigamos adelante”, y no sé si es más triste ver a la gente ignorante o incapacitada para razonar o a la que, aún sabiendo la verdad, opta por taparse los ojos y elaborar “argumentos” para defender lo indefendible.
Estoy de acuerdo en que al principio de esta nueva oscura historia nacional apareciera por todos lados gente mal enfocada apuntando los supuestos peligros que representaba la iniciativa de la cuarta urna, pero que a estas alturas, después de un Golpe de Estado, después de algunos muertos, muchos heridos e infinidad de acciones anticonstitucionales y represivas por parte del gobierno golpista, después de la desvergüenza manifiesta de muchos “periodistas” y medios de comunicación supuestamente comprometidos con la verdad pero evidentemente pagados por los de siempre, después de ver a las nefastas iglesias unidas “orando” por la “paz y la democracia”, palabras prostituidas impunemente en estos días, después de toda esta tormenta de mierda desatada por Micheletti y sus secuaces, después de todo esto (y más), que todavía haya quien defienda la supuesta legitimidad del gobierno de facto representa el colmo de la indignidad y la mejor prueba de lo miserables que somos como país.
No entiendo por qué algunos se asombran del grado de servilismo que han venido a mostrar muchos en estas últimas semanas en Honduras. Algunos llegan incluso a sentirse traicionados por quienes al parecer defendían la verdad y la justicia, como si hubiesen sido auténticos héroes de la patria. Pero a mí eso ya no me asombra. Siempre he visto la subyacente hipocresía en los rostros de esos tipejos que a diario aparecen en la prensa y la televisión y siempre he percibido el doble sonido en las voces melifluas de los que hablan en la radio. Algunos se salvan, porque para que la historia consigne los nombres de los traidores debe haber unos cuantos que resistan, y esos son los que merecen llamarse hombres libres y dignos.
En la novela El asco, de Horacio Castellanos Moya, un personaje dice: “Un verdadero asco de periódicos (…), pero a la gente le gustan, este pueblo es tan bruto y abyecto que ése es el tipo de periódicos que le gustan, no hay nada que hacer, por eso más te vale no meterte a redentor”. Y eso es lo que me repito a mí mismo cada día desde hace una semana: para qué intentar cambiar a un pueblo que no quiere cambiar. Para qué intentar ayudar en algo a un país que cree que no necesita ayuda, que se precia de muchas cosas que ni por asomo es, que fomenta, sin saberlo, el conformismo y la mediocridad, además de un orgullo insano en una práctica chauvinista que nos hunde cada vez más en la miseria.
No es increíble que mientras el mundo entero condena el Golpe de Estado y sus consecuencias, en Honduras todavía haya gente convencida de que ese golpe ha sido lo mejor que pudo haber ocurrido; no es increíble que mucha gente siga tragándose el discurso oficial y mediático de “la paz y la democracia” alcanzadas a punta de fusil y a costa de la bota militar pisoteando nuestros más elementales derechos como ciudadanos. No es increíble este tipo de “actitud nacional”. Nuestro país ha sido siempre demasiado imbécil. ¿Por qué habría de cambiar ahora? Y sin embargo, aún queda algo parecido a la esperanza…

miércoles, 8 de julio de 2009

La causa

Por Giovanni Rodríguez
La gente acostumbra a verlo todo monocromáticamente. Cree que si uno está en contra de algo es porque también está a favor de lo otro. Pero en la vida no todo es necesariamente blanco o negro, dulce o amargo, derecha o izquierda. Que en estos momentos apoyemos la causa que representan Mel Zelaya y su iniciativa de la cuarta urna no significa que esté en contra del orden, de la paz y de la democracia; no significa tampoco que quiera taparme los ojos ante las posibles faltas a la ley en que Mel haya incurrido a lo largo de su mandato ahora interrumpido por el Golpe de Estado. Si en estos momentos unos cuantos amigos, todos gente de literatura que nunca había tenido militancia política, nos hemos dado a la tarea de apoyar la causa que promueve Mel y de denunciar las sucesivas y cada vez más graves faltas a la ley y a la justicia en Honduras por parte del gobierno de facto de Micheletti es porque consideramos que éstas superan con creces cualquier acusación que se le haga al destituido presidente y cualquier “amenaza” que éste representaba, llámese a esta amenaza “continuismo” o “chavismo” o “comunismo”.
Somos gente de literatura, ya lo dije, y siempre hemos descreído de la “buena voluntad” de los políticos para resolver los problemas reales que aquejan a las mayorías; siempre hemos sido escépticos del discurso proselitista, y sobre todo, pesimistas con respecto al futuro que nos espera como país.
Quizá ante esta aparente indiferencia nuestra es que reaccionamos ahora, conscientes de que con esta reacción apasionada no le insuflamos vida a una causa al tiempo que sepultamos otra, como tampoco de que con los resultados que obtengamos vayamos a ganar mucho más que la simpatía de algunos o el desprecio de otros, pero sí estamos enteramente convencidos de que en este importante momento histórico en el que tocaba estar en algún lugar, estuvimos del lado más cercano a la dignidad y a la verdad.
El domingo, séptimo día de mi semana más larga como hondureño, un poco cansado y hasta algo aburrido de todo esto, retomé la lectura de una novela de Cormac McCarthy, y al llegar más o menos a la página 50 no pude evitar sentir una especie de bajón, y empezó a invadirme una ola de pesimismo, de ese pesimismo con el que siempre he asumido los asuntos sociales o políticos de mi país. Y entonces me puse a pensar en el futuro que probablemente nos espera, después de ver lo ocurrido ese día, el señalado por Mel Zelaya para volver a pisar suelo hondureño, cuando el piloto del avión en que se transportaba recibió la advertencia de que si seguía sobrevolando la pista sería “interceptado” por el ejército golpista, mientras una multitud lo esperaba en el aeropuerto Toncontín, incluso después de sufrir con sangre y muerte la represión del ejército.
Me puse a pensar también en lo que le había ocurrido a Carlos unos días antes, cuando mientras se detenía con otro compañero de trabajo en el parque central de San Pedro Sula para registrar visualmente las acciones represivas contra los manifestantes, fue detenido por un policía arrogante luego de comunicarles a ambos que estaba prohibida la formación de grupos en lugares públicos, algo que, efectivamente, era cierto, pero sólo a partir de las nueve de la noche, durante el toque de queda impuesto por el gobierno golpista, y en ese momento eran las tres y media de la tarde, y ante esta observación que mi amigo le hiciera al policía, éste optó por pedir refuerzos (no los necesitaba: Carlos es un pacífico caballero de triste figura) y luego entre tres abusivos miembros de la Policía Nacional fue conducido a la fuerza hasta una patrulla móvil, en donde lo golpearon y lo retuvieron durante cuatro horas.
Pensé también en lo que me dijera Gustavo durante toda la semana pasada: “Han intentado romperme la cámara, golpearme y hasta lincharme en las manifestaciones; por más que les explico que soy uno de ellos y que lo que hago es grabar videos y tomar fotografías para publicar en Internet y aportar algo en nuestra causa contra los golpistas”. Y pensé, con tristeza, que quizá mis amigos están arriesgando sus vidas por una causa inútil, por una causa que ni siquiera es capaz de reconocer a sus defensores y que habrá perdido demasiado antes de haber ganado nada.
Hoy, Gustavo me dice que anoche Junnior, otro amigo, fue detenido por la policía en la calle por “violar” el toque de queda impuesto por el gobierno golpista. No sabemos cuánto tiempo permanecerá detenido, y no quiero pensar en el peligro que corre en momentos como éste por estar a merced de esos animales corruptos de la policía. Quisiera pensar que todo esto no es otra cosa que un mal sueño pero no puedo, la realidad pesa demasiado y la esperanza no es algo que uno pueda comprar en cualquier sitio.
Que todo esto acabe. Que el país tome un nuevo rumbo o siga hundiéndose como lo ha hecho siempre. Pero que todo esto acabe ya. Que nadie siga escribiendo con su sangre las palabras que la historia hondureña jamás ha sido capaz de leer.

martes, 30 de junio de 2009

El día señalado

Por Giovanni Rodríguez
Ya había dicho una vez que no sabía si lo que resultaría del debate generado alrededor de la consulta popular interrumpida el domingo por los militares sería el inicio de otra oscura historia nacional, pero reafirmo mi postura y digo que prefiero tomar parte en este debate al favor de lo que, al menos en apariencia y aunque nos dé menos garantías que un melón en tiempos de salmonela, tiene el rostro de la defensa de la dignidad.
Es muy probable que Mel Zelaya no sea el mesías político que todos esperamos para el inicio de la redención de nuestro país, y es muy probable que algunas de las manchas que se le adjudican a su Gobierno existan realmente, más allá de la nefasta campaña mediática a través de la cual se propusieron derrocarlo, pero acostumbrados como estamos a la desesperanza, sus mínimos gestos en defensa de nuestra dignidad nacional representan la más auténtica señal de un cambio positivo después de tantos años de servilismo, de conformismo, de mendicidad internacional.
Si algo defendemos no es la iniciativa de la consulta popular, ni el bigote espeso ni las botas ni el sombrero de ala ancha de Mel, no es la posibilidad de que en el futuro cualquier presidente de la república pueda ser reelecto, como ocurre con absoluta normalidad en cualquier país con una mayoría más o menos sensata, tampoco defendemos “el desorden”, “la anarquía” o “el continuismo” que supuestamente pretendía Mel sino el valor histórico de este momento, un momento que ha propiciado el sano despertar de un pueblo dormido, defendiendo lo que puede resumirse en una sola palabra: DIGNIDAD.
Ha tenido la suerte Mel de estar al frente de este momento histórico, pero sobre todo ha tenido el valor de no ceder, ni en los días en los que, desde Casa Presidencial, reafirmaba su decisión de llevar a cabo la consulta popular, ni en el momento en que, en ropa de dormir, llegaba a Costa Rica desmintiendo el infame argumento de su renuncia fraguado por los arribistas que ahora tiemblan ante la inminencia de la caída del cielo sobre sus podridas cabezas.
El jueves es el día anunciado para el regreso de Mel Zelaya a nuestro país. Y no será un día importante sólo porque los actuales efímeros gobernantes enviarán a sus guachimanes a ponerle de nuevo las esposas. No será un día importante sólo por la tensión y las probables acciones violentas de la policía y el ejército contra el pueblo que lo recibirá. Será un día importante porque el pueblo hondureño y el mundo entero estarán haciendo justicia al devolverlo al puesto para el que fue elegido democráticamente y del que fue destituido ilegal y violentamente. El jueves será un día importante para la historia de Honduras y de Latinoamérica porque será el día en que, por primera vez en mucho tiempo, el pueblo dará las más auténticas señales de haber despertado de su pesado sueño, porque será el día en que habremos recobrado un poco de nuestra dignidad perdida a lo largo de toda nuestra miserable historia nacional, porque por fin veremos en las calles a los hombres y mujeres libres reclamando sus derechos y denunciando a aquellos que se los han coartado, porque ese día sí se estará practicando de verdad la democracia en Honduras, porque en ningún otro momento nos sentiremos más libres, más soberanos y más independientes.

lunes, 29 de junio de 2009

¿Cuál era el miedo?

Por Giovanni Rodríguez
¿Qué es lo que propicia por primera vez en mucho tiempo que el pueblo hondureño se decida a participar activamente en un debate tan importante como el que el motivo de la consulta popular del domingo pasado nos proponía si casi nunca –e incluso en situaciones más delicadas que la de una simple e inofensiva consulta popular- lo había hecho?
Durante los últimos días hemos sido testigos –y a veces protagonistas- de este debate importantísimo en la política nacional, un debate que, más que a personas, tiene como oponentes a dos causas: la defensa de la dignidad, representada inicialmente en la frustrada consulta popular del domingo, y la defensa de los intereses mezquinos de los poderosos, los que siempre han decidido el rumbo del país, los que han permitido la explotación inmisericorde de la clase obrera, los que han vendido, a pedazos, esa patria con la que en los últimos días tanto se llenaban la boca.
Los opositores a la iniciativa del arbitrariamente destituido presidente constitucional de Honduras Manuel Zelaya Rosales ponían como argumento principal el peligro de que Honduras se estuviera orillando, desde la consulta popular y de la mano de un hombre al que tildaron de “loco”, hacia una forma de Gobierno similar a las practicadas en Cuba o Venezuela. Era éste un argumento exagerado, pues para que Mel “se perpetuara en el poder” hacía falta, en primer lugar, que la consulta arrojara resultados positivos para el Gobierno, y después, que en el referéndum de noviembre también saliera favorecida la iniciativa de instalar una Asamblea Nacional Constituyente, y que ésta reformara la Constitución a favor de la opción de reelección al puesto de Presidente de la República, y que en el caso de que Mel presentara su candidatura, también fuera reelegido. Evidentemente, hacía falta mucho camino para “el continuismo de Mel”.
Entonces, ¿por qué tanto alboroto por parte de los opositores?, ¿por qué tanto miedo?, ¿por qué arriesgar tanto en una campaña difamatoria contra el Gobierno durante los últimos meses? ¿Por qué crear, a través de la Corte Suprema de Justicia, leyes apresuradas tendientes a desarticular la iniciativa gubernamental de la consulta popular? Y finalmente, ¿Por qué un Golpe de Estado? ¿Por qué la falsificación de la firma del presidente en una “carta de renuncia” a su puesto? ¿Por qué tan rápida la instalación del “nuevo Gobierno”? ¿Por qué los toques de queda, el corte de la energía eléctrica en gran parte del territorio nacional, el silencio obligado de los medios de comunicación independientes e imparciales, las primeras desapariciones de personas que apoyaban la encuesta del domingo, las acciones represivas contra quienes han salido a las calles a protestar pacíficamente?
Por un momento, al conocer la noticia del secuestro del presidente de Honduras y su posterior expulsión a Costa Rica, vi en el suelo de nuevos mis más recientes esperanzas, quizá las mismas esperanzas que tiene la mayoría de los hondureños, la mayoría que el domingo iban a manifestar democráticamente que apoyaban las reformas sociales que emprendía el Gobierno y que con ese gesto demostrarían a la minoría que ahora se jacta de su poder absoluto recientemente adquirido que su voluntad sería en adelante la que se respetaría.
Pero no es tarde para corregir este nuevo error histórico que representa el Golpe de Estado del domingo, e incluso es posible que a esta hora en que escribo este artículo los hombres y mujeres dignos de Honduras estén en la calle barriendo los restos de la infamia de ese pequeño grupo de arribistas y de sus lacayos y bastardos.
Por nuestra dignidad, ¡sigamos adelante!

jueves, 25 de junio de 2009

Mi país es un circo

Por Giovanni Rodríguez
Definitivamente mi país es un circo. Uno llega a sentirse como una de esas criaturas que, enjauladas, exhiben, bajo el látigo instigador, sus deformidades para que un público se sorprenda, se asuste o simplemente se ría. Uno llega a sentirse parte de ese gran espectáculo bochornoso por el único hecho de haber nacido ahí. Uno llega a sentir pena por el país, por sus habitantes, por uno mismo. A esta hora todos los hondureños nos preguntamos al unísono: ¿Qué sucederá con Honduras? La respuesta viene de dos lados opuestos: el de los que apoyan la iniciativa del Gobierno de establecer una consulta popular el próximo domingo con el fin de conocer la decisión de la mayoría de los hondureños en lo referente a instalar una “cuarta urna” en las elecciones generales de noviembre próximo, entre quienes al parecer sobresalen las clases populares, y el lado de los que se oponen a esta iniciativa, entre los que destacan los empresarios y la mayor parte de la prensa nacional.
Es preocupante el rumbo que está tomando Honduras, pero es más preocupante lo dócil que puede llegar a ser el hondureño común, que se traga todo lo que le va metiendo en cantidades industriales la prensa, evidentemente identificada (léase: “pagada”) por los empresarios, y que se deja invadir por el miedo que le meten el “apóstol” analfabeto y el cardenal ilustrado, ambos amparándose en lo que un país tan ignorante y crédulo como Honduras tiene como baluarte: la puta falsa moral.
La iniciativa del presidente es simplemente una consulta al pueblo, una simple pregunta: “¿estaría usted de acuerdo en que en las próximas elecciones generales se celebre un referéndum sobre la necesidad de reformar la Constitución?”, y por lo menos a mí esta consulta me provoca menos miedo que el que me provocan todos estos opositores poderosos y sus lambiscones, que, en un momento en el que se sienten perdidos, llegan a atemorizar al pueblo con la amenaza de veinte años de cárcel si votan (legalmente) a favor en la consulta del domingo.
Los grupos que históricamente han hecho de Honduras un país marioneta temen la llegada de lo que podría ser el inicio de la recuperación de nuestra dignidad como país y tratan de satanizar la iniciativa del presidente, aprovechándose de esa maldita credulidad del hondureño, de su vocación al drama y al alarmismo.
No sé si éste es el inicio de otra oscura historia nacional, pero ya sentimos que Honduras, además de ser un país oprimido por sus problemas y opresivo para sus habitantes, va camino de convertirse también en un país opresor, y no hablo precisamente de las supuestas intenciones absolutistas del actual presidente de la república sino de las acciones que al parecer sus detractores son capaces de emprender en la defensa de sus mezquinos intereses.
Y ante todo este alboroto, este caos de payasos, de domadores con látigo, de animales y de criaturas serviles, uno no puede evitar hacerse la pregunta: ¿Cuándo acabará la función?

martes, 23 de junio de 2009

Diario para una novela (II)

Tercer Mundo, de Wilfredo Lam. Fuente: danielmontoly.blogspot.com
Por Giovanni Rodríguez
Cuando nuestro mundo es demasiado pequeño y además seguimos viviendo en el mismo sitio de siempre, ese mundo se vuelve más pequeño todavía. Perdemos nuestra capacidad de asombro por estar condenados a ver las mismas cosas todo el tiempo. Las caras se vuelven aburridas. Las mujeres, a fuerza de verlas todo el tiempo, pierden su atractivo en nuestros ojos. De vez en cuando ocurre un cambio mínimo pero pronto ese cambio se vuelve también parte de la rutina. Por eso irremediablemente tendemos a la repetición. Somos lo que fueron quienes estuvieron antes de nosotros. Decimos lo que dijeron los otros. Nadie hace algo nuevo, nadie dice algo nuevo. Somos sombras. Somos las sombras de otras sombras. Nuestro pequeño y miserable mundo se vuelve, sin saberlo, una parodia de sí mismo.
Imagínenme viviendo así, ahí, en H, convertido en un ser miserable y repetitivo en el mismo pequeño y miserable mundo en el que había vivido durante veintisiete años. En los últimos años todo había cambiado un poco, sin embargo. Había abandonado todo aquello para lo que me preparé en la vida: mi trabajo en un banco, mi carrera de administración de empresas; y había olvidado a mis primeros amigos, mis primeras novias, mis primeras aficiones, mis primeras formas de vida. Ahora tenía un trabajo muy mal remunerado de profesor de español en un colegio a cuyo director solamente le interesaba superar el volumen de la matrícula cada año. Por fortuna no me exigían ahí que asistiera a las estúpidas “reuniones de maestros” de cada semana, ni que me incorporara a las “actividades de motivación”: excursiones, paseos, fiestas, cenas, etcétera.
Después de un tiempo de, llamémosle, “holgura académica”, decidí también cambiar de carrera en la universidad. Ahora estudiaba Letras. Imagínenme antes, por aquellos días en que aún estudiaba administración de empresas, escuchando a un profesor encorbatado y excesivamente serio hablar de eficiencia y eficacia, de productividad, de fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas, y de muchas otras pendejadas de las cuales yo apenas percibía un murmullo a lo lejos, en el último asiento en una esquina del aula, mientras leía que a Joseph K lo despertaban en su habitación para comunicarle un arresto inexplicable.
Ahora tenía más tiempo para dedicarme a las cosas que de verdad me interesaban. Había podido terminar de corregir mi novelita. Pero, ¿qué seguía entonces? ¿La publicaría algún día? Estaba seguro –y cuánta razón tenía- de que no sucedería pronto. Mi sueldo de profesor no me ajustaba a veces para comer y mucho menos para planear una edición de mi novelita. Además, en H no existían editoriales serias como para enviarle a alguna de ellas el texto y que ahí lo evaluaran para una eventual publicación. Nada de eso. ¿A qué puede aspirar entonces un escritor en un país como H?
Cuando publiqué mi primer libro de poesía tenía la vaga esperanza de que generara algo de crítica escrita, pero ahora que han pasado los años y que de ese libro algunos sólo saben recordar el color de la portada, me viene a la mente una cita que leí en un artículo de Gabriel Zaid en Letras Libres: “Publicar un libro de poemas es como dejar caer un pétalo de rosa en el Gran Cañón y esperar el eco”. La cita es de un escritor que desconozco: Tony Augarde, en The Oxford dictionary of modern quotations.
Así que quien decide convertirse en escritor en H tiene de antemano la pelea perdida. Es lo que pienso ahora que repaso los años de mi vida que he decidido dedicar a la literatura sin importarme nada más. Por eso no me preocupo por esa novelita inicial. Escribo, aun considerando la pelea perdida. Doy la batalla al menos, como diría Bolaño.

miércoles, 3 de junio de 2009

Eternos habitantes de Macondo

Tegucigalpa, de noche.
Por Giovanni Rodríguez
Recuerdo las primeras veces que fui a la capital cuando era niño. Percibía todo diferente allá, lejos de mi pueblo; sentía, y con razón, que era un mundo completamente distinto al que yo conocía. Tenía apenas diez años y sin embargo recuerdo cuando las personas de la capital se referían a mí como “el niño que viene de provincia”.
Tres años después acabaría viviendo entre ellos. Para entonces, ya había hecho unos cinco o seis viajes de exploración a ese mundo desconocido y grandioso que era la ciudad más importante del país, me había ido acostumbrando a que se me reconociera como “el niño de provincia” sin que hasta ese momento yo identificara en ese mote la pequeña dosis de exclusión que contenía.
Para los de la capital ser capitalino significaba estar ubicado en un escalón superior en cualquier aspecto de la vida: un capitalino era más listo, estaba más informado y por lo tanto tenía menos capacidad de asombro que un provinciano, lo cual le permitía desenvolverse en la vida (en la vida capitalina al menos) de una manera más eficaz; y todo eso es cierto, pero sólo en la medida de la timidez inicial del provinciano en la capital. Yo era muy tímido entonces, pero a la vez cauteloso y astuto. Sabía identificar plenamente todo aquello que me ayudaría a sobrevivir en la urbe y por consiguiente, suprimía de mi modo natural de proceder todas aquellas manías provincianas que obstaculizarían mi rápida inserción en el mundo idealizado de la capital.
Hoy, dieciséis años después, me río de todo eso. Porque si bien es cierto yo no era más que un niño de provincia en la capital, tampoco es cierto que ellos, los capitalinos, fueran gente cosmopolita. En realidad todos éramos más o menos provincianos, viviéramos en Tegucigalpa o en San Luis del Pajón, en San Pedro Sula o en Tangamandapio. Y seguimos siendo igual de provincianos ahora, aunque hace tiempo nos haya llegado Internet y hayamos empezado a formar parte, sin querer y sin saber, de un mundo globalizado.
Parece que estuviéramos condenados a ser eternamente habitantes de Macondo, amantes del guaro y la ranchera, seguidores de cuanto mequetrefe nos vaya imponiendo la historia, aspirantes a sabios desde el diletantismo, fanáticos de La Biblia y defensores de la idiotez absurdamente disfrazada de moral.
Así somos, provincianos desde el hígado a la médula, tercermundistas mentales, especímenes curiosos para el mundo entero. Somos el tópico que se confirma en cada muerte violenta, en cada escándalo por corrupción, en cada cruzada evangélica en un estadio de fútbol, en el enfoque noticioso por parte de los medios de comunicación (y en lo pésimamente escritos y dirigidos que están, dicho sea de paso).
¿Qué nos queda a los que siempre nos hemos sentido algo extranjeros en este desolado paisaje provinciano? Dos posibilidades: el pacífico alejamiento, la práctica Zen de la lectura en casa, sin salir nunca, o el exilio más o menos voluntario y un cierto afán de destruir la puta patria para que después, sobre las cenizas, podamos soplar y quizá descubrir un vestigio para la esperanza. La decisión depende del temperamento de cada uno.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El estúpido índice acusador

Salman Rushdie fotografiado por Daniel Mordzinski. Fuente: MOLESKINE LITERARIO
Por Giovanni Rodríguez
En la anterior entrega de este Café Kubista decía que representa un problema exponer las ideas propias cuando se es joven, ya que en el futuro, cuando llega el momento de confirmar o modificar esas ideas o incluso de renunciar a ellas, uno debe armarse de valor y convicción para defenderlas o aceptar que todo lo dicho ha sido sólo un error más en nuestras vidas. Pues bien, pensando en el asunto éste del peligro de exponer las ideas, me acordé de algunos escritores que son perseguidos por haber dicho o escrito algo que afectaba a alguien poderoso, y me acordé también de los que han padecido lo mismo en el pasado.
Son muy conocidos los casos, entre muchos otros en Cuba, de Reinaldo Arenas y de Heberto Padilla, ambos víctimas de la represión política por considerarlos subversivos; es muy conocido también el caso de Salman Rushdie, sobre quien, a raíz de la publicación de su novela Los versos satánicos, un líder musulmán emitió una fawta, una sentencia de muerte que hasta la fecha no ha sido revocada y que lo obligó en los primeros años a vivir oculto en las casas de sus amigos. Más recientes son los casos de Roberto Saviano en Italia y de Nedim Gürsel en Turquía, el primero por retratar en su libro Gomorra el teje y maneje de la mafia napolitana y que se la pasa en permanente huida pues la mafia también se la tiene jurada; y el segundo por la publicación de su novela Las hijas de Alá, considerada blasfema, que lo llevará pronto a un juicio absurdo.
Algo parecido le había ocurrido al premio Nobel también turco Orhan Pamuk cuando en 2004 fue llevado a juicio por “insultar y debilitar la identidad turca” en un periódico suizo, y en una noticia reciente informan que podría enfrentar nuevas demandas por los comentarios que realizó sobre la muerte de armenios durante la Primera Guerra Mundial.
Son muchos los casos en los que un escritor ha sido acusado o perseguido por motivos como los ya mencionados, motivos que sólo tienen justificación en sí mismos y que se derivan de la estrechez con la que miran quienes se encargan de levantar el estúpido índice acusador.
En nuestros países latinoamericanos no somos tan extremistas como en Turquía, pero cada día “avanzamos” hacia formas de estupidez que en el futuro quizá podrían derivar también en reacciones extremistas. Es sorprendente cómo la hipocresía y la mojigatería van ganándole el terreno a la razón y a la cordura sin que nadie dé muestras de hartazgo. Vemos con absoluta normalidad, por ejemplo, que en un canal de televisión un grupo de estafadores se dedique a pedirle dinero a la gente en nombre de “la gloria de Dios” pero muchos considerarán blasfemo o irrespetuoso a cualquiera que diga que eso es un robo.
Se percibe cercano el día en que la represión contra quienes tenemos la capacidad de indignarnos ya no se manifieste en casos aislados sino que funcione como forma natural de proceder por parte de quienes provocan nuestra indignación y nuestro irrespeto. Por ahora, mientras ese peligroso futuro se mantiene apenas como una amenaza latente, tendríamos que ser nosotros quienes levantáramos la mano y señaláramos con nuestro índice acusador a todo aquello que consideramos un atentado contra nuestra dignidad, tendríamos que ser nosotros los primeros en indignarse, los primeros en hacerles ver a toda esa pandilla que no todos somos como ellos, que entre nosotros encontrarán un poco de resistencia. Pero, ¿quién se atreve? Muy pocos, o casi nadie.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Los temibles 30

Aún falta un año pero...
Por Giovanni Rodríguez
Estoy llegando a una edad a la que, según los teóricos respectivos, si uno dispone de ideas, estas o se modifican o se eliminan o se reafirman. Es la edad del “plazo fatal”, el momento de las decisiones definitivas, agregan estos teóricos. Lo de tener ideas representa un problema –esto lo digo yo, no los teóricos- si uno tiene la costumbre –o si uno ha tenido la costumbre en el pasado- de escribirlas, pero sobre todo de escribirlas para que las lea un público. No hay duda de que evolucionan nuestras ideas, ya sea hacia su confirmación –lo que implica un proceso previo de autoconvencimiento paulatino- o hacia su extinción –que tiene que ver más con la cuestión de la edad que con cualquier otra cosa-.
Porque si uno decide alguna vez exponer sus ideas a un público, y si uno aún es demasiado joven cuando lo hace, deberá tener en cuenta que muy probablemente en el futuro estas ideas no serán las mismas, y entonces surgirán los primeros problemas, porque uno llegará a un momento en que tendrá que enfrentarse a un dilema que tiene que ver con dos cosas básicamente: el valor y la honestidad. Porque habrá que decidir si a partir de ese momento, por no dar el brazo a torcer, nos aferraremos a lo que hemos dicho antes o si aceptaremos que nos hemos equivocado y que debemos empezar de nuevo.
A partir de cierta edad uno debe decidir si todo eso que ha escrito todavía pertenece a las cosas que estamos dispuestos a defender. Yo, me voy acercando a esa edad supuestamente crítica de los treinta años. La treintena es la edad que los teóricos de la personalidad del individuo consideran como la edad crítica en el hombre, momento en el que la curva ascendente en la vida llega a su punto más alto y es entonces cuando puede ocurrir que lo que sigue durante algún tiempo sea sólo una línea recta hacia derecha o izquierda o –y éste es el caso que los teóricos definen como “punto de inflexión en la personalidad masculina” o “punto crítico del hombre”-, el peor de los casos, que empiece una vertiginosa caída conducente a las depresiones y a constantes altibajos emocionales que, en condiciones extremas, puede conducir también a acciones lamentables como el suicidio. Pero no es éste mi caso, que me tomo la vida no demasiado en serio y me preocupo únicamente –al menos en este momento- por darle forma a una novela que escribo sobre la marcha.
Aún me falta un año para llegar a esa edad temida pero ya voy acusando los primeros síntomas: duermo menos, bebo más, me vuelvo más escéptico y disminuye mi esperanza en las cosas en las que siempre he tenido esperanza. Empiezo a pensar seriamente en el futuro, y esto representa un cambio considerable, porque antes sólo había pensado en el presente; era una máquina pensadora en tiempo presente y por lo tanto no existían en mi cabeza los proyectos que ahora empiezan a cobrar formas más o menos definidas.
Se acercan los temibles treinta y ya empiezo a mirar el pasado con algo de nostalgia. Se acercan los treinta y hago cálculos y concluyo que he perdido mucho tiempo en causas inútiles y que, si no me doy la suficiente prisa, los años que vienen pasarán más rápido que los anteriores. Y entonces me acuerdo de un poemínimo de Efraín Huerta que dice: “No puedo parar de escribir, porque si me detengo, me alcanzo”, y es lo que hago ahora: no paro de escribir, y escribo sobre mi vida, porque mi vida es lo que tengo más a mano, hasta que me agote, hasta que, quizá a mis sesenta años, vuelva a mirar atrás y a decirme que todo ha sido una pérdida de tiempo y que habrá que empezar de nuevo. Para entonces espero que mi vida haya sido por lo menos una hermosa obra de ficción.

jueves, 14 de mayo de 2009

Diario para una novela (I)

Por Giovanni Rodríguez
Cualquiera que lea esto debe imaginarme así, que es como ahora me la paso: corrigiendo una línea más. Donde antes se leía: “los que sólo saben redimirse en el dulce placer de sus pecados”, ahora se lee: “los que sólo saben redimirse en la dulce diaria miel de sus pecados”. No estoy del todo satisfecho, pero puedo asegurarme a mí mismo que he puesto todo de mi parte para que el texto resulte digno de ser leído. Por lo menos ahora me siento capaz de escribir una novela. Después intentaré algo más serio, algo que ponga en juego todo eso a lo que la gente llama “el verdadero potencial” y no sólo ese impulso salvaje que me llevó a escribir esto que ahora acabo de corregir –esta vez sí- por última vez.
Mi vida, por supuesto, fue alguna vez la versión original de la vida de los personajes que he creado. No puede pedírseme otra cosa. Alguien que empiece una novela a los veintiún años (y ésta de la que hablo empecé a escribirla a esa edad) no tendrá conciencia sino de su propia persona, por lo que se verá abocado sin remedio a la autobiografía, ya que no tiene nada más a su alcance. Es lo que dice Martin Amis y es lo que me repito a mí mismo para justificarme. Puede decirse entonces que hasta cierto punto la novela que escribí es una novela autobiográfica. Una “novela verdadera”, me digo; eso es, al final de cuentas, lo que para mí representa una autobiografía.
El sol afuera es insoportable. Imaginen treinta y siete grados de temperatura. Imaginen el tamaño de mi impaciencia. Pero ni modo, qué se le va a hacer, a veces uno no escoge dónde vivir y debe acomodarse a las circunstancias. A veces, incluso, uno no escoge vivir con una mujer y ahí se ve, de repente, viviendo a la medida de la vida de una mujer.
Pero, ¿estaría yo consciente en ese momento de esa situación? (estoy hablando ahora del rollo con la mujer que mencioné atrás); es decir, ¿me habría dado cuenta para entonces que mi vida era sólo la extensión de la de la mujer que vivía conmigo? Probablemente no. Y ahí pueden imaginarme de nuevo, más atrás que estos días de ahora, diríase casi feliz, porque feliz hubiera sido (es lo que creía) viviendo en Europa, en donde existen unas librerías enormes con lo mejor de la literatura latinoamericana, que es lo que entonces me mantenía entusiasmado; feliz hubiera sido con la publicación de mi novelita, sacándole algo de provecho monetario, por supuesto, que es lo que representaba mi necesidad más inmediata; feliz hubiera sido, al fin y al cabo, si al estar con la mujer de la que hablo hubiera podido olvidarme de todo lo demás y no hubiera deseado nada que no fuera la compañía de esa mujer; pero bien pueden ir ustedes suponiendo que ésta no era la realidad y que, si bien es cierto hasta entonces no había surgido con ella el primero de esos llamados “conflictos de pareja”, tampoco es cierto que me sentía absolutamente cómodo con esa situación semiconyugal.
Pero déjenme caminar por ahí, con esa expresión apacible en el rostro que me hace parecer casi feliz ante los ojos de cualquiera que, al cruzarse conmigo por las calles, pueda, por casualidad, quedárseme viendo, y hablemos un poco de otras cosas, de cosas que sucedieron también en el pasado y que no necesariamente tienen que ver con la historia de la mujer que vivió a mi lado, de cosas que he visto y de cosas que he hecho, aunque podría hablar también de cosas que he imaginado; pero en fin, todo lo que diga de aquí en adelante, a la manera de un diario personal, no tendrá mayor importancia que la de que en un futuro me sirva para escribir otra novela, quizá también otra novela verdadera, no importa, no le temo a las palabras ni a las palabras que nacen de los actos. Le temo, sí, al silencio, a mi propio silencio, a mi probable grito ahogado en estas páginas futuras, pero no por las páginas sino por mí, porque de estas páginas futuras depende todo.

martes, 5 de mayo de 2009

Ámsterdam (II)

Vista interior del coffe shop The Doors.
Por Giovanni Rodríguez
Salí del Blue Bird media hora más tarde, apestoso a marihuana pero sabiendo que esa circunstancia en Ámsterdam no constituye ninguna posibilidad delictiva. Me interné en la ciudad por unas hermosas callejuelas en las que, de cualquier parte, emergían grupos de yonkis, en su mayoría negros, ofreciéndome todo tipo de drogas, generalmente adulterada, como me informaría más tarde un empleado del hotel. Crucé dos pequeños puentes curvos y llegué al New Market, un edificio inmenso que a pesar de su nombre me daba la impresión de tratarse de un hotel y no de un centro comercial. Tenía dos torres a los lados, semejantes a molinos de viento, el símbolo de la ciudad.
Una oportuna mirada hacia la izquierda, en diagonal con el New Market, me ofreció la panorámica de otro sugerente coffe shop: el coffe shop The Doors. Debo entrar ahí, me dije, pensando que si no lo hacía estaría faltando a la amistad de Ricardo, el primer fanático de Morrison en Honduras, quien se ha jactado siempre de haber conquistado a la madre de su hijo sólo porque el día en que por primera vez ella lo vio, él andaba vestido con sus jeans rotos y sucios y su camiseta negra con Jim Morrison en el pecho.
Al lado del coffe shop de los Doors había otro: el Rocker, del que salían, junto con el olor a hierba, las notas de una canción de Yes que no supe identificar, pero yo ya había decidido entrar a saludar a Morrison y así brindarle un modesto homenaje a Ricardo. Opté por la mínima consumición: un porro de la variedad que quisiera por un euro solamente. Uno de Purple Haze entonces, pensando en la canción de Jimi Hendrix, lo que consideré una pequeña traición al lugar, a Ricardo y al mismo Morrison, pero esto era algo de lo que ni Ricardo ni Morrison iban a enterarse nunca. Me sentó muy bien el cigarrito, porque justo al empezar a fumarlo empezó a sonar Riders of the Storm. El efecto de la hierba no me impidió, sin embargo, pasar revisión del lugar: espacio reducido y muy poco iluminado; a derecha e izquierda de la barra, mesas bajas cada una con una silla a un extremo y un asiento en el otro, adosado a la pared; bajo el bar, una montaña de Cd´s; y todo decorado, cómo no, con afiches de los Doors.
Volví a pensar en el hipotético mundo feliz compuesto esencialmente por hombres y mujeres jóvenes que fuman marihuana y escuchan a los Doors, a Led Zeppelin, a Black Sabbath mientras hacen el amor en el suelo de Woodstock, pero recordé que eso ya había sucedido hace más de treinta años y decidí olvidarlo y pensar en otra cosa.
Después de salir del coffe shop me dispuse a recorrer sanamente las calles de la ciudad. Descubrí entonces las cabinas de putas de las que bien me había informado por Internet, que consisten en escaparates con un tubo rosa alrededor del cual las chicas hacen sus movimientos para invitar a los incautos como yo en esa ocasión a que les echen, en una habitación minúscula detrás de la cabina, un polvo por unos 60 u 80 euros la media hora. Pronto pude comprobar que una calle típica de Ámsterdam contiene una cabina de putas, una sex shop, un coffe shop, un bar, otra cabina de putas, otro coffe shop, etcétera, un paisaje hermosamente repetitivo.
El día siguiente, antes del mediodía, salí del hotel y me dirigí caminando a la Central Station. Y cuando el tren había emprendido la marcha, Ámsterdam me pareció una ciudad infinitamente grande e inagotable, una ciudad que a pesar de sus tópicos, de su aroma y su paisaje, te invita a volver y a quedarte ahí definitivamente.

martes, 28 de abril de 2009

Ámsterdam (I)

Zona roja de Ámsterdam.

Por Giovanni Rodríguez

Ámsterdam, en un primer momento, me pareció un pueblecito: casas pequeñas y calles estrechas. Pero a medida que iba adentrándome y dejando que mis sentidos fueran invadidos por todo alrededor, la ciudad se me revelaba como lo que verdaderamente es: una gran y hermosa ciudad. Bajé del tren en la Central Station, al lado del puerto, y luego de quedarme contemplando durante un par de minutos un curioso reloj cuyo mecanismo funciona con el viento, lo primero que me llenó la mirada fue un enorme parking de bicicletas contiguo al hotel Ibis, donde tenía reservación para una sola noche. Había llovido y estaba todo mojado y reluciente, y alcancé a respirar, más con mi olfato imaginario que con otra cosa, un leve olor a cannabis venido desde donde supuse estarían ubicados los primeros coffe shops de la ciudad.
Ya en mi habitación del hotel, experimenté de nuevo esa sensación de levedad que se apodera de mi cuerpo siempre que visito un lugar desconocido. Desde el balcón de mi ventana en el tercer piso me quedé un rato disfrutando del paisaje, compuesto básicamente por las pequeñas embarcaciones –algunas de ellas hogares para sus ocupantes- sobre los canales de agua marrón cuyas orillas estaban forradas de hierba muy verde y las casas, casi siempre de tres o cuatro plantas, con el tejado gris, las paredes rojas y unas ventanas muy grandes.
Pero no contaba con demasiado tiempo como para malgastarlo en ese éxtasis contemplativo; la ciudad, con su oferta de libertad y placer, con sus coffe shops y su zona roja, reclamaba mi reconocimiento. Saqué de la mochila mi cámara, mi grabadora y mi libreta de notas y me lancé a la primera de mis exploraciones.
A 500 metros al interior de las primeras calles, en pleno centro histórico, ahora sí que pude confirmar las exactas propiedades del aire. Es el aroma de Ámsterdam, me dije, mientras pasaban por mi mente, en un orden extrañamente cronológico, mis primeros recuerdos con la marihuana, cuando tenía unos cinco o seis años y veía al más joven de mis tíos fabricarse aplicadamente unos cigarros diminutos que al encenderlos despedían más humo que un cigarro normal y ese aroma dulzón que ahora estaba respirando en la capital de Holanda. La ciudad, en ese momento, no difería mucho de la que había visto por la televisión o Internet y las sensaciones que producía eran similares a las que manifestaban esos jóvenes actores de las películas hollywoodenses que habían explotado el tema Ámsterdam: droga y sexo.
En el Blue Bird, un pequeño coffe shop con una fachada de vidrio y luces de neón, quise informarme acerca de los productos del cannabis y sus precios. El color amarillo, que siempre he relacionado con la enfermedad, esta vez, al comprobar que el interior del local estaba pintado casi absolutamente de ese color, no me causó desagrado sino más bien una cierta predisposición a la felicidad.
Dos o tres mesas a la izquierda y dos o tres mesas a la derecha. En el centro una escalera en espiral que conduce a una ventana. Ahí una muchacha rubia y bajita que aparenta unos 16 años pero que debe tener al menos 28. Ahí también la carta, con la oferta del establecimiento, que me la entrega la muchacha con una sonrisa nada impostada pero tampoco excesiva. A la izquierda, en la carta, el hachís; el más caro: el hachís de Marruecos: 5 gramos a 10 euros. A la derecha, las hierbas: Shark Attack, Blue Hash, Purple Haze, White Widow, Santa Sativa… Abajo, galletas naturales y de chocolate con marihuana: 3.50 euros cada una; setas y galletas de setas. Y en la oferta de bebidas: únicamente té: té de esto, té de lo otro, té de aquello, etc., nada de cerveza ni otras bebidas alcohólicas. Supuse que esto último se debía a lo desaconsejable de combinar alcohol y marihuana, porque lo primero inhibe a lo segundo, como yo había podido comprobar en muchas ocasiones cuando con mis amigos, entre cervezas y más cervezas, nos fumábamos unos porros sin que estos nos causaran el mínimo efecto. Pedí un té de menta caliente de un euro y me fui a una mesa de esquina, de las diez o doce repartidas detrás de la ventana, y mientras me lo tomaba me dediqué a observar a los parroquianos. Una buena parte eran franceses. Todos se veían relajados, sonrientes, felices, libres, algunos fumando y casi todos tomando un té parecido al mío. La música era bossanova y jazz básicamente y el ambiente tranquilo, sin nadie que alzara mucho la voz ni demasiados movimientos que alteraran la paz y una deliciosa somnolencia que parecía apoderarse de las cabezas de todos.
Imaginé entonces un mundo en donde todos estuviéramos permanentemente bajo el efecto de la marihuana o el hachís, y me gustó imaginarlo, pero sólo por un par de minutos. Después, pensé que lo mejor en la vida es saber elegir esos momentos y dosificarlos, para no volverlos parte de lo cotidiano.