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domingo, 15 de enero de 2012

Literatura hondureña del 2011


Poff, El mundo es un puñado de polvo y Música del desierto, tres de los títulos de narrativa publicados en 2011 en Honduras.
Repaso las líneas del estante que alberga mis libros de literatura hondureña y, sin rigor alguno pues me confío sólo a la memoria y a lo que tengo a mano, decido elaborar una lista de los títulos publicados el año recién finalizado, la mayoría de ellos por autores o por editoriales de la costa norte:
Destaca el protagonismo de la narrativa, que vio la publicación de cuatro novelas y cuatro libros de cuentos, además de una antología, lo cual es la confirmación de que este género está cobrando mayor importancia entre los escritores de este lado del país, dejando a Tegucigalpa con la hegemonía en la poesía. Entre todos ellos, dos primerizos: Darío Cálix (Poff, Editorial La Hermandad de la Uva) y Martín Cálix (Partiendo a la locura, Ñ Editores), el primero con mucha más calidad que el segundo, aunque ambos aborden temas comunes, como la música y esa especie de escepticismo Siglo XXI. Los restantes son más conocidos, aunque dos de ellos se estrenan en novela y cuento, respectivamente: Jorge Martínez, con El mundo es un puñado de polvo (Editorial Grado Cero), una novela con maras y mareros escrita desde el centro mismo de ese submundo catracho, y Jessica Sánchez, con Infinito cercano (Letra Negra Editores), que es un libro de relatos en los que la mujer suele ser la protagonista, sin que esto derive necesariamente en feminismo puro, cosa casi siempre reprochable en los libros publicados por nuestras narradoras. Mario Gallardo dio a conocer los relatos orales de la comunidad garífuna de Masca en el libro La danta que hizo dugú (Mimalapalabra Editores), precedidos por un extenso ensayo introductorio que explica con detalle el proceso de preparación del libro, la historia de esta comunidad y sus rituales y creencias. Dennis Arita publicó su segundo libro de relatos, Música del desierto (Editorial Orbis), que sigue el estilo de su anterior obra y lo confirma como uno de nuestros mejores narradores. Memorial del blasfemo (Editorial Guaymuras) es la más reciente novela de Jorge Medina García, un narrador con amplia trayectoria y gran calidad. Buscando el paraíso (Editorial Iberoamericana) es la segunda parte de la trilogía que se ha propuesto escribir Marta Susana Prieto sobre la llegada de los españoles a nuestro territorio, un proyecto que posiblemente termine este año o el próximo.
Murvin Andino decidió publicar su segundo poemario, Extranjero (Mimalapalabra Editores), y en este género se reeditaron dos libros más: La casa de los locos, de John Connoly, y El canto de las estaciones, de Javier Hernández, ambos con Ñ Editores. Otra reedición destacada es Afinidades (Mimalapalabra Editores), de Hernán Antonio Bermúdez, que reúne los mejores ensayos de crítica literaria escritos por su autor durante varios años, casi todos enfocados en obras de autores hondureños.
Finalmente, dos antologías de la Editorial Nagg y Nell: Entre el parnaso y la maison, preparada por Gustavo Campos, que reúne textos narrativos de 10 autores del norte de Honduras, y Cuarta dimensión de la tarde, preparada por Otoniel Natarén, que incluye poemas de autores de la costa norte y de la ciudad de Holguín, Cuba.

domingo, 11 de diciembre de 2011

MGallardo: "No soy ningún autor canónico para dar consejos"

Y para finalizar esta serie, tomada de esta publicación de La Prensa, les dejo las respuestas de Mario Gallardo (incluido en Puertos abiertos. Antología de cuento centroamericano) a Carlos Rodríguez:
¿A qué otro autor nacional le hubiera gustado ver en la antología “Puertos abiertos”?
Desconozco detalles acerca de los parámetros utilizados para la selección por Sergio Ramírez, por lo que sería insensato proponer inclusiones basadas en premisas personales, pero me atrevo a decir que Roberto Castillo no debiera faltar en ninguna antología de narrativa centroamericana.
¿Cree que “Puertos abiertos” ofrece una visión saludable del cuento centroamericano?
No soy muy afecto a las metáforas medicinales, pero es indudable que ofrece un panorama amplio y representativo de la narrativa de corto aliento que se está escribiendo en la región, además de tender un puente entre propuestas que marcaron el paso durante el siglo XX y las que se encuentran en proceso de definirse en el XXI.
Para un autor hondureño, ¿qué importancia tiene aparecer en una antología hecha por Sergio Ramírez para el Fondo de Cultura Económica?
La misma que para el resto de los autores centroamericanos: el honor de haber sido seleccionado por un hombre de letras con una carrera tan unánimemente celebrada como la de Sergio Ramírez y las ventajas de aparecer publicado en una editorial que puede presumir de una trayectoria impecable a nivel continental.
¿Cuál es su cuento favorito de los autores incluidos y que no aparece en la antología?
“Lejano”, de Eduardo Halfon, y “La niña que no tuve”, de Rodrigo Rey Rosa.
Algunas personas han opinado que reveló demasiado de la vida real en Las virtudes de Onán, ¿qué piensa?
Sobre “Las virtudes de Onán” han escrito Helen Umaña, Hernán Antonio Bermúdez, Giovanni Rodríguez, Rodolfo Pastor y Gustavo Campos, y en ninguno de sus trabajos he visto expresada esa sentencia, así que no podría decir mucho en torno a tales “revelaciones” ya que desconozco absolutamente su contexto.
¿Qué consejo le daría a los escritores jóvenes?
No soy ningún autor canónico para dar consejos, pero in extremis optaría por el más trillado, pero el que menos adeptos tiene: leer y, sobre todo, releer.
¿La literatura debería estar comprometida con alguna causa?
No creo en más compromisos que el de preservar la autenticidad de tu propuesta y esforzarte al máximo por escribirla bien.

jueves, 25 de agosto de 2011

Llegó La danta que hizo dugú!


Ya está en las librerías Liser y Caminante, de San Pedro Sula, Mundo Literario, de Tegucigalpa, y en Amazon.com (en formato kindle) el libro La danta que hizo dugú, de Mario Gallardo, el sexto título de mimalapalabra editores y el primero de su colección "Convergencias". En este libro se reúnen los relatos orales recopilados por el autor en la comunidad garífuna de Masca, al norte de Honduras, precedidos por un amplio estudio introductorio. Nuevamente Bayron Benítez, nuestro diagramador y diseñador, ha vuelto a sorprendernos con un libro físicamente exquisito, como nunca se había visto en la producción literaria de Honduras. A continuación, el relato "El burro y el zope", como entrada a este maravilloso mundo de la tradición oral garífuna de nuestro país:
Había un burro que estaba echado, listo ya para morirse. Pues vino el zope y daba vueltas caminando alrededor para ver si estaba vivo o estaba muerto el burro. Y también vino un gavilán y andaba detrás del zope, y los dos daban vuelta y vuelta alrededor del burro. Y entonces, como cuando uno ya se va a morir abre el culo (risas), pues los dos se fijaron que el burro ya tenía abierto ya su butute (ano). Y cuando el zope vió eso dijo: “Ese ya está muerto”. Entonces el gavilán le respondió: “Vivo”. “Muerto”, volvió a decir el zope. “Vivo, vivo”, dijo el gavilán.
Entonces el zope, que ya tiene ganas de comerse al burro, lo “jurgó” (picoteó). Y el burro no hizo nada de moverse, se quedó quietecito. Entonces el zope le fue metiendo la cabeza adentro del culo, porque allí la carne era más suavecita, y fue metiendo la cabeza y fue metiendo la cabeza… Y cuando ya estaba bien adentro, cuando el zope ya estaba jalando la tripa del burro, pues éste apretó el culo, se levantó y salió corriendo. Y detrás iba el gavilán diciendo “vivo, vivo”… (risas). Y el zope ya no pudo decir “muerto”, porque tenía toda la cabeza metida adentro del culo del burro. Bueno, y en eso el burro le da por tirarse “un gran pedo” y allá fue a caer el zope, bien bolo, todo lleno de mierda. Y el gavilán que se reía y se reía diciendo: “Jurgue, jurgue, el primero el ojo, el segundo el culo”. Por eso es que el zope si halla a un muerto lo primero que le puya son los ojos y hasta después se anima a hurgarle atrás, porque ya llevó una gran jodida.

lunes, 18 de julio de 2011

Oleada de literatura en la costa norte para el 2011


José Raúl López, Giovanni Rodríguez, Jorge Martínez, JJ Bueso y Darío Cálix son
algunos de los escritores que publicarán nuevo libro este año en el norte hondureño.
La nota publicada hoy en diario Tiempo, pero aquí corregida, aumentada y sin manos extrañas:
En el inicio del prólogo que escribiera el crítico literario hondureño Hernán Antonio Bermúdez para una novela publicada en esta ciudad en 2009 señalaba que “El eje de la narrativa hondureña parece haberse desplazado a la costa norte”. Esta frase, que en ese momento era sólo una opinión primaria, en los últimos dos años pero sobre todo en este 2011 cobra mayor significado.
Al menos unos 24 libros de literatura, 14 de ellos de narrativa, se habrán publicado en esta ciudad al finalizar el año, una estadística sorprendente, considerando que ha sido Tegucigalpa la ciudad que durante mucho tiempo llevó la pauta en cuanto a publicaciones literarias en Honduras.

Editoriales
Aunque no es el único factor, el surgimiento de algunos sellos editoriales ha sido determinante para que se produzca esta eclosión editorial en la costa norte pues los autores que empiezan a formar parte de sus catálogos ya no necesitan dirigir la mirada hacia la capital en busca de editores, diagramadores y diseñadores de libros.
Algunas de estas editoriales, como las sampedranas Mimalapalabra y Nagg y Nell, surgieron en 2009 con libros de poesía y narrativa y cuentan con tres y cinco títulos publicados hasta la fecha, respectivamente. Pero otras como La Hermandad de la Uva, Grado Cero Cartonera y Palapan, las primeras dos sampedranas y la tercera progreseña, aparecen por vez primera en el mercado editorial hondureño.

Nuevos títulos
Títulos como Entre el parnaso y la maison, una recopilación de textos narrativos de 10 autores sampedranos, publicada por Gustavo Campos en la editorial Nagg y Nell en abril o 15° Norte. Narradores del Valle de Sula. 1991-2011, que aparecerá a finales de año bajo la dirección de Mario Gallardo en Mimalapalabra Editores, dan cuenta de este “boom” de las letras en la costa norte de Honduras.
También en narrativa, el 2011 verá en San Pedro Sula la aparición de varias novelas. Dos de ellas son Poff, de Darío Cálix y Fastidium, de J.J. Bueso, ambas con La Hermandad de la uva, una editorial que pretende aglutinar el trabajo literario de la más reciente generación de escritores noroccidentales.
El libro de cuentos Sobre la locura, del progreseño Martín Cálix, aparecerá bajo el sello editorial del colectivo Palapan, acompañado por dos libros de poesía: La casa de los locos, de John Connolly y El canto de las estaciones, de Javier Hernández.
Un curioso proyecto resulta ser Grado Cero Cartonera, el sello de los Poetas del Grado Cero, que publicará la sorprendente cantidad de 10 libros en ediciones artesanales, utilizando materiales reciclables y empezando por las novelas El mundo es un puñado de polvo, de Jorge Martínez y Con la lluvia en los ojos, de Luis Ávila.
Además, tres libros de ensayo, el poemario Las causas perdidas y una colección de relatos, también de Jorge Martínez, y tres poemarios más de Karen Valladares.
En el género del ensayo, Mimalapalabra Editores reeditará este año dos libros indispensables para entender el campo literario que cada uno de ellos aborda: La danta que hizo dugú, de Mario Gallardo, un estudio sobre la tradición oral garífuna en la comunidad de Masca, acompañado de relatos orales de los pobladores, y Afinidades, reseñas y ensayos de Hernán Antonio Bermúdez sobre libros hondureños.
Además, Giovanni Rodríguez lanzará, bajo el título Café & Literatura una colección de 50 artículos publicados durante un año en un diario guatemalteco, acompañados por algunas reseñas de libros hondureños.
Recientemente aparecieron Extranjero, de Murvin Andino, el quinto libro de Mimalapalabra Editores, cuarto de su colección de poesía, Infinito cercano, el primer libro de cuentos de Jessica Sánchez, bajo el sello guatemalteco Letra Negra Editores y la antología de poesía Cuarta dimensión de la tarde, que reúne a poetas cubanos y hondureños. Música del desierto, segundo libro de cuentos del limeño Dennis Arita, se publicará este mes con el sello Orbis.

jueves, 14 de abril de 2011

Prólogo de "Entre el parnaso y la maison"

Del parnaso a la maison: apuntes personales para una bitácora colectiva o breve digresión en la que se habla poco de literatura y mucho de la vida, lo que no debe sorprender a los presuntos implicados, quienes leyeron a Verlaine vía Borges y están al tanto de los alcances de la frase et tout le reste est littérature
Mario Gallardo

Para el DRAE no es más que un “escrito antepuesto al cuerpo de la obra”, en tanto que la inefable Wikipedia destaca el carácter literario, tras advertir sobre su condición periférica; no obstante, la naturaleza esencial de un prólogo se afinca en su relación con la historia literaria: “pues con frecuencia ofrece las claves críticas de la interpretación de la obra por su propio autor o por alguien cercano”.
En este caso no se puede obviar que quien esto escribe también participa en esta muestra y, además de mantener relaciones de amistad, ha seguido con atención el desarrollo de las “inquietudes” creativas de los aquí reunidos; de hecho, al hurgar en mi biblioteca puedo presumir de que ahí se encuentran, prolijamente alineadas en un estante, las primeras ediciones de sus obras con sus respectivas dedicatorias. También puede comprobarse al hojearlas que en la mayoría abundan las anotaciones a lápiz, en un modesto, pero constante, ejercicio de acercamiento en busca de encontrar sus señas de identidad.
Partiendo de tal antecedente habría que comenzar por afirmar que, desde su título, este libro plantea la idea del viaje, un recorrido espacial que va de nuestro añorado parnaso a la actual maison, que además lleva implícito el elemento temporal: una década, la primera del siglo XXI, que ha servido de marco para los encuentros y desencuentros, tanto literarios como personales, que han definido la vida y obra de los autores aquí reunidos.
Algunos, los más jóvenes y los más recatados, jamás pusieron un pie en el parnaso, ni supieron de la generosidad de sus tacos y sopas, de sus juglares y clerecías, de las interminables conversaciones y disputas con la música de fondo de la lluvia incesante sobre el techo de zinc y los chillidos de las ratas, mientras corrían impávidas sobre las vigas en busca de refugio. Pero queda el mito persistentemente renovado a través de la tradición oral que no deja de volver, una y otra vez, sobre los episodios fundacionales, recreando las anécdotas que todavía atrapan la atención de los desocupados oyentes, a quienes sorprende esa suerte de surrealismo posmoderno que campeaba en tan especial cour des miracles. Asombro que se multiplica al darse cuenta de su prosaica ubicación: en pleno centro de la capital del sudor, al lado de la incombustible Pizzería Italia.
Los peatones pasaban al lado y jamás se percataron (tampoco es que estaban obligados) de que al fondo de ese patio polvoriento, bajo la sombra de un par de árboles, se encontraba una glorieta con piso de madera y techo de zinc, en cuyo desarbolado interior se reunía un grupo de marginales aspirantes a narradores, poetas renegados y locos a discreción, a regocijarse con el descubrimiento de un escritor chileno llamado Roberto Bolaño, a despotricar contra el boom que en comparación se antojaba rancio y trasnochado, salvo raras excepciones. También se planeaban revistas y se soñaba con que un hipotético mecenas asumiría el riesgo incuestionable de publicarlas, pero la mayor parte del tiempo se ocupaba en comentar libros y compartir lecturas, en participar las ofertas más significativas del exangüe mercado editorial del pueblón fenicio donde teníamos el disgusto de malvivir, en el que según Mando no se puede caminar por más de veinte minutos en una sola dirección sin dar de narices contra el monte. Y aunque ese monte nos atosigara, en el parnaso encontrábamos el espacio propicio para respirar, para salir a flote, para sentirnos parte de algo que no tenía que ver con nuestros menesterosos afanes, con la opacidad cotidiana.
En el parnaso aprendimos que no estábamos solos ni éramos tan originales, que compartíamos un gusto por el jazz y que el rock era en música nuestra lingua franca, que Borges y Cortázar nos parecían mas auténticos que García Márquez y Fuentes, que la prosa de Vargas Llosa había envejecido aceleradamente después de La guerra del fin del mundo, que había que leer y releer a Rimbaud, a Baudelaire, a Pound y a los beatniks, también a Girondo, a Vallejo y a Parra, que nuestra educación sentimental estaba en deuda con Bukowski, Miller y Anäis Nin, que Sosa y Turcios estaban sobrevalorados y que había que leer con verdadera devoción a Merren, a Cardona Bulnes y a Martínez Galindo, que era obligatorio estudiar a Roberto Castillo y completar, sin hacer trampas, la lectura de Una función con móbiles y tentetiesos; pero lo más importante es que adquirimos la certeza absoluta de que no se puede aspirar a escribir con honestidad sin antes haberse convertido en un lector impenitente y esforzado.
No todo en el parnaso se regía por el signo de lo libresco, también ocurrían acontecimientos trascendentes: los conciertos de Ricardo y su guitarra de acento desacompasado, el estreno etílico de Gustavo en una noche de marzo y salvavidas a granel, el debate literario en el que Edilberto se ganó el apelativo de Birry The Kid, el maratón cervecero patrocinado por Chávez un sábado antes de semana santa. Tampoco puede olvidarse que el parnaso a veces se trasladaba a nuestro apartamento del edificio María Antonia, donde Rocío se convertía en Frida, mientras el “cetáceo iconoclasta” mostraba sus atributos de baby sitter apaciguando los ánimos de Marito, a quien el fragor de los debates trasnochados no parecía hacerle mella. Y qué decir de las noches de karaoke en Khalúa’s, con Giovanni emulando a Ricardo Arjona, en veladas que usualmente tenían su obligatorio colofón en “el lugar sin límites”, refugio último de los reyes de la trasnochada.
Fueron varios años de riguroso aprendizaje de vida, de lecturas frenéticas, de noches inacabables, de ríos de cerveza y de escasas “boquitas”; pero en ningún momento la literatura cedió su sitio privilegiado, éramos una secta de lectores empeñados en descubrir sus secretos, afanados en la construcción de un canon desprejuiciado e irreverente, caótico y posmoderno. Nunca tuvo más razón Lyotard al advertir sobre el fin de los metarrelatos: escépticos y reacios ante cualquier imposición, sabíamos que algo estaba pasando (o algo se estaba cayendo) y nos empeñábamos afanosamente en ser espectadores de excepción, ecuánimes cartógrafos de un nuevo orden que venía a refrendar el axioma de corsi e ricorsi, la espiral histórica que planteara Vico.
Este parnaso no fue compartido por todos. De los que integramos esta muestra fuimos habituales Giovanni, Gustavo, Carlos y yo, Jorge realizó visitas esporádicas, mientras que Jessica, José Raúl y Dennis, enfrascados en sus quehaceres académicos, apenas supieron de su existencia cuando ya había cerrado sus puertas y era evocado con nostalgia en nuestras conversaciones. Darío y JJ estaban dedicados a sus afanes escolares, todavía en pantalones cortos. Tampoco se puede esbozar una bitácora fiel de ese tiempo sin mencionar a ilustres cofrades parnasianos como Óscar, César, Wilmerio, Kalki, Edilberto y la mención especial para Ricardo, quien inventó el tomesiano en una de las noches más afortunadas que se recuerdan, cuando se instituyó la academia, que en su sesión inaugural aceptó la única entrada proveniente de otra tradición distinta a nuestro slang: “le trúa le verg”, de inocultable cuño garcíamandiano.
Después vinieron nuevos retos: familias, hijos, amores fallidos, trabajos de supervivencia, estudios, pero también llegaron los premios florales. Fueron los años de nuestro dominio avasallante en Santa Rosa de Copán, intercambiando lugares y seudónimos en estomacal lucha por echarse un par de pesos a la bolsa, pero Gustavo, José Raúl y Giovanni trascendieron las fronteras del pueblón y fueron reconocidos en la culta capital y en la capitanía general. No obstante, parecía que el centro de la capital del sudor nos había atrapado sin remedio, ya que nuestras vidas discurrían en un radio de un par de kilómetros, entre los antros de rigor (Kahlúa’s, Misceláneas, Pedroza, el lugar sin límites, el café infecto americano, Klein), limitados a ese ámbito en razón directa al decreciente vigor de nuestras zancadas y la exigua capacidad de la “motora” de Ricardo, cansada de multiplicarse llevando borrachos al anca.
Ya para la segunda mitad de la primera década del siglo XXI vinieron cambios radicales. Sin abandonar una inveterada propensión a la bohemia marginal, de repente nos hicimos serios y publicamos libros, viajamos, abrimos blogs, adquirimos nuevos empleos y empezamos a encontrar nuestro sitio en el mundo, al grupo original se sumaron los más jóvenes quienes aportaron frescura y buen humor y todo marchaba bien y hasta nos acusaban de vivir en un falso Olimpo, cuando “nos cayó el veinte” de un solo golpe. Y así, de golpe por el golpe, concluyeron nuestras aventuras en Wonderland, mientras veíamos caer las caretas de los falsos amigos, en tanto que el pueblo en resistencia era gaseado y toleteado en plazas y calles, decenas de compañeros caían asesinados y la sombra de la sospecha caía sobre todo aquel que osaba expresar su repulsa ante la mezcla nauseabunda de catolicismo opusdeísta, santurronería evangélica y jerga neofascista que caracterizó al gorilato micheletista.
Y el grupo se amplió, abandonamos el sentido original y atávico de la secta y nos conectamos con teatreros y músicos, con dibujantes y pintores, con grafiteros y poetas emergentes, con todo aquel que compartiera nuestra indignación; desencantados, renegamos de los sitios edulcorados de la periferia consumista y desandando el camino fuimos en busca del omphalos original, al llegar a nuestros oídos las primeras noticias sobre la existencia de una misteriosa maison en pleno Guamilito. Tampoco nos sorprendió demasiado que en la primera visita descubriéramos al amigo de antaño, hijo pródigo que un buen día decidió tornar al antiguo teatro de sus hazañas ochenteras para fundar una versión posmoderna de la comuna original, recinto amurallado donde ahora nos congregamos, bajo las ramas y al olor de los buenos cigarros, con la secreta alegría de quien ha vuelto a casa después de un largo viaje.

miércoles, 28 de octubre de 2009

Coloquio sobre Jean-Marie Gustave Le Clézio

Invitan: Alianza Francesa de San Pedro Sula, Consejo Regional de Cultura Norte "A" y Carrera de Letras UNAH-VS

Lugar: Alianza Francesa de San Pedro Sula

Fecha: jueves 29 de octubre de 2009

Hora: 7:00 p.m.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Salvaje ménage à trois con H incluida

Fuente: sunwalked.wordpress.com/.../menage-a-trois

Asistamos a este trío, narrado por el poeta real visceralista Juan García Madero, en el que se ve implicado -hasta las heces- el hijo del embajador de H en México, y a las conclusiones de Onán al respecto:

Y ya que unas líneas atrás mencionamos al recordado Roberto Bolaño, justo es reconocerle la elegancia con que se dejaba seducir por el discreto encanto y la manera sutil y ligera con que desgranaba gentilicios a lo largo de las páginas de sus novelas más conocidas. Como en la página 57 de Los detectives salvajes, donde debemos rastrear el antecedente para no perderno s el sentido de la composición o, mejor dicho, del ménage à trois que representan Ernesto San Epifanio, el muchacho rubio (a quien luego conoceremos como Billy) y su hermana mayor: “Aproximadamente por la foto número veinte el muchacho rubio comenzaba a vestirse con la ropa de su hermana...a partir de la treinta o treintaicinco San Epifanio también se desnudaba... Las fotos siguientes mostraban a San Epifanio besando el cuello del adolescente rubio, sus labios, sus ojos, su espalda, su verga a media asta, su verga enhiesta (una verga, por lo demás, notable en un muchacho de apariencia tan delicada), bajo la siempre atenta mirada de su hermana...Tal y como temía las siguientes fotos mostraban al lector de Brian Patten enculando al adolescente rubio... El rostro del muchacho enculado se retorcía en una mueca que presumí de placer y de dolor mezclados”. Quizás la extensión y naturaleza de la cita anterior molesten a más de algún silvestre narrador vernáculo, pero era imprescindible para que comprendiéramos más cabalmente la siguiente afirmación, que cae como un bloque de mármol sobre nuestra lectura: “Es el hijo del embajador de Honduras -dijo San Epifanio lanzándome una mirada funesta- Pero no se lo digas a nadie -añadió después, arrepentido de haberme confesado su secreto.”
Y páginas más adelante, exactamente en la 59, un aire de misterio complementa la revelación: “Así que el hijo del embajador de Honduras se llamaba Billy; muy apropiado, pensé”. No pueden ser más inescrutables las razones que tiene Juan García Madero –el poeta real visceralista cuya voz narrativa predomina en esta parte de la novela titulada “Mexicanos perdidos en México (1975)”- para afirmar que resulta “muy apropiado” que el hijo del embajador de Honduras, maricón para más señas y amante de otro poeta real visceralista, Antonio San Epifanio, se llame Billy. No obstante, G. Domínguez -anodino gacetillero que formó parte durante varios años de la sala de redacción de un diario nacional- me aseguró que no era más que una evidente alusión a cierto columnista de gustos sodomitas, quien medró en las páginas sociales de ese periódico durante la década perdida. Domínguez también me contó que dicho personaje era “el consentido” del jefe de redacción, un dipsómano empedernido de sonrisa perpetua sobre la faz inexpresiva, a quien el columnista aberrado y Sarah Dobles -su amiga del alma y conocida rufiana, que labró su fortuna “consiguiendo carne fresca de concurso de belleza” (sic) para los jefes militares de la década perdida- convidaban cada fin de semana a francachelas inacabables en su casa de playa, herencia que la compañía bananera había dejado al padre del sodomita, a quien se consideraba, además de obediente lamesuelas de los jerarcas de Cincinnati, coautor de la nefasta “Carta Rolston”. Según Domínguez, el columnista aberrado había vivido en México durante la época en que Bolaño ambienta su novela y quizás pudo servir de modelo para el “Billy” de San Epifanio, ya que de manera consuetudinaria desgranaba en sus “escritos” melancólicos recuerdos de su paso por “la región más transparente del aire”. Quizás los investigadores literarios del próximo siglo logren aclarar éste y otros misterios que concita la narrativa de Roberto Bolaño.
"El discreto encanto de la H". Las virtudes de Onán. Mario Gallardo.

viernes, 19 de diciembre de 2008

De cómo Bolaño se dejó encantar por la H

Bolaño investigando en las calles de Tegucigalpa. Fuente: El Mercurio, Alfredo Cáceres.

En "El discreto encanto de la H", el relato de Mario Gallardo que hemos venido copiando y pegando aquí para engrosar nuestro archivo sobre la presencia de la H en la literatura mundial, el narrador ofrece algunas pistas que nos ayudarán a comprender por qué Bolaño se dejó seducir. Veamos:

En su afán por iluminar algunos detalles en torno a esta alusión, la investigadora Helen Umaña, en su libro inédito Roberto Bolaño y la literatura nazi en Honduras, confirma que el autor chileno estuvo de visita varias veces en Tegucigalpa a fines de la década del 80. No fue necesario que tratara de preservar su anonimato porque, de hecho, en aquellos tiempos nadie conocía su gracia ni su obra por estos patrios lares. Umaña refiere que “una fuente fidedigna, que me rogó guardar su nombre bajo absoluta reserva”, le había confiado que Bolaño había visitado Tegucigalpa “para reforzar la investigación sobre su libro La literatura nazi en América, ya que fuentes cercanas al nimio y, dicho sea de paso, vitalicio director de la Editorial Universitaria, le habían informado que a fines de la II Guerra 80 Mundial arribó al país un buen grupo de nazis de medio cuño, la resaca de los que no pudieron asilarse en Argentina, Chile, Brasil y Paraguay, quienes finalmente lograron establecerse en el sur, por la facilidad que les ofrecía, como posible ruta de escape, el puerto de Amapala”.
A manera de conclusión, Umaña agrega que “en la historia de Popescu y su esposa hondureña Asunción Reyes es evidente que Bolaño, durante sus visitas a Honduras, pudo percibir algunas características de la vida nacional, y de esta suerte vemos retratada con singular fidelidad la importancia de las autoridades eclesiásticas, así como la influencia determinante de los Estados Unidos en la economía, aunque quizás resulta excesiva su observación sobre la pujanza del síndrome de Alí Babá entre nuestros connacionales”.
"El discreto encanto de la H". Las virtudes de Onán. Mario Gallardo.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Alan Pauls y la H para Sofía

El escritor argentino Alan Pauls. Fuente: www.publico.es

Otro argentino, Alan Pauls, que fue seducido por el discreto encanto en su excelente novela El pasado, ganadora también del premio Herralde. Esta vez el informante pudo haber sido Horacio Castellanos Moya:

Pero otro porteño de nuevo cuño, Alan Pauls, se dejó querer por la musicalidad abisal de su nombre y lo escogió para una de las últimas direcciones conocidas de ese vampiro detestable llamado Sofía, precisamente adonde se llevará al pequeño Lucio, disparatado secuestro que marca el final del matrimonio de Rímini y Carmen y, además, se convierte en el simbólico primer escaño del protagonista en su desbocado descenso a los infiernos. El episodio es entrecortado y sibilante -como la tos de un enfermo de enfisema- pero su simbología es clara, la asociación del nombre con el inicio de la debacle de Rímini: “Finalmente subió, mientras rumiaba una vaga represalia contra la zapatería o la marca, y al oír la dirección que daba Rímini –“Bulnes y Beruti, por favor”- corrigió: “Honduras al 3100”. Ante la sorpresa de Rímini, ese espectro vengador llamado Sofía le explicará que fue desalojada de su anterior apartamento mientras estaba en Alemania, pero la declaración final es alegórica in extremis: “Y conseguí Honduras, que tiene mil veces mejor vista”. Y así, en la página 305 de El pasado nos encontramos con que la sima insondable se ha esfumado, como por arte de magia, ante la irrupción de la panorámica altura.
Definido por Roberto Bolaño como un "melancólico que escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país", Horacio Castellanos Moya -desde su refugio en Frankfurt- le refirió a Deutsche Welle que, conocedor de su origen centroamericano, Pauls le había preguntado por esa nación de nombre tan recóndito. Castellanos Moya entonces se vio obligado a darle un crash course sobre su país de nacimiento (Tegucigalpa, 21 de noviembre de 1957), aunque le aclaró que, por formación cultural y afinidad electiva, era más salvadoreño que Roque Dalton, declaración que dicho sea de paso cayó como un balde de agua fría sobre los ingenuos pedagogos nacionales, seguidores acérrimos del jus solis, que para ese entonces planeaban otorgarle a HCM un doctorado honoris causa al estilo que acuñaron con Tito Monterroso, a quien importunaron con protocolares razones en su refugio mexicano apenas acabaron de leer Los buscadores de oro. Pero esa es otra historia, lo cierto es que Castellanos Moya le habló a Pauls, quien le seguía con contenida atención, sobre una historia compartida, acerca de la gratuidad del crimen, de los abusos de la derecha y de la izquierda, del deterioro de las utopías revolucionarias y el desencanto que comparten las naciones del istmo centroamericano. Una vez terminó de hablar Lacho, y tras darle una larga chupada a su cigarro, Pauls se limitó a decir: “Es un buen nombre para albergar a Sofía”.
"El discreto encanto de la H". Las virtudes de Onán. Mario Gallardo.

Borges y la H en “El Aleph”

Borges y su dilema de si Honduras o Garay... Fuente: www.pagina12.com.ar

Seguimos con este hondo encantamiento de la H; esta vez le toca el turno a Borges. Y de nuevo aparece Óscar Acosta como informante:

Ni siquiera Borges pudo sustraerse a su encanto. En Borges. Esplendor y derrota, María Esther Vázquez afirma, en la página 350, que el ilustre narrador argentino pasó largos días cavilando sobre la posibilidad de ubicar el aleph a inmediaciones de la calle Honduras. Aunque Borges aclaró en su momento algunas claves personales que aparecen en “El Aleph”, Vázquez advierte que Georgie encontraba una “hermosa y bizarra analogía entre su esfera tornasolada de casi intolerable fulgor y la recia hondura del centroamericano onomástico, sin embargo, a última hora, en una decisión quizás influenciada por alguna charla con su madre, optó por la añeja casa de la calle Garay para que fuera el albergue del aleph de Carlos Argentino Daneri”. Esto no debe extrañarnos, ya conocemos la devoción de Borges por su madre y los gustos aristocráticos de doña Leonor que obviamente influyeron para que el nombre de la calle escogida evocara al segundo fundador de Buenos Aires: Juan de Garay (1528-1583), explorador y colonizador español.
Sobre este tema, el poeta Oscar Acosta, entrevistado por Carlos Rodríguez para la sección “El Personaje” de La Prensa, señaló que “en Borges quizás haya influido la fraterna amistad que desarrolló con el escritor hondureño Arturo Mejía Nieto, con quien compartieron intensas charlas en la sede de la Sociedad de Escritores Argentinos, junto a otros autores como Eduardo González Lanuza, Horacio Rega Molina, Evar Méndez, Conrado Nalé Roxlo, Norah Lange, Ricardo Molinari, Carlos Mastronardi, Roberto Arlt, Raúl González Tuñón, Nicolás Olivari, Jacobo Fijman y otros más.”
Más adelante, Acosta le dice a Rodríguez: “Tal vez fue durante una de esas tertulias que Borges supo de Honduras –a través de Mejía Nieto- y pensó en ubicar su aleph en la calle Honduras, para reforzar el simbolismo, pero luego pudo más la influencia de su madre y se decidió por la calle Garay, como refiere la señora María Esther Vázquez en su libro, aunque le aconsejo que investigue otras versiones, por ejemplo, le recomiendo la biografía de Borges escrita por Volodia Teitelboim, tal vez allí encuentre nuevos datos.”
"El discreto encanto de la H". Las virtudes de Onán. Mario Gallardo.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La H, BTraven y Vila-Matas

Fotografía que posiblemente corresponda al escritor B. Traven. Fuente: traven
Empezamos por donde hay que empezar siempre que no se sabe cómo empezar: por el principio, o sea, por la introducción de "El discreto encanto de la H", el relato de Mario Gallardo que da nombre a este archivo catracho en la literatura mundial. Después viene la parte en la que se habla del encantamiento de la H a Vila-Matas:
Cercado desde sus orígenes por la polémica, el absurdo y la modestia, su encanto, no obstante, se ha ido afirmando con la sorda persistencia que algunos envidiosos definen como característica inconfundible de los mediocres exitosos, condición sine qua non de quienes ven al mundo, pese a sus obvias limitaciones, como el teatro incuestionable de sus hazañas, el espacio vital en donde están predestinados a escribir la gesta inmarcesible de su doméstico triunfo histórico. Y así, con el discreto encanto del convidado de piedra, nombre y gentilicio campean a lo largo de las mejores páginas de la literatura universal, siempre asequibles para la pluma indecisa cuando de exhibir exóticos bizantinismos se trata.
Algo de su honda trascendencia atrajo a Vila-Matas, y al escribir Bartleby y compañía decidió incluir una referencia capciosa a un incierto colectivo de escritores hondureños que escribieron varias de las obras de B. Traven, el elusivo autor de El barco de la muerte y El tesoro de la Sierra Madre.
En su afán por resolver el enigma Traven (¿Quién fue Traven? ¿El cerrajero polaco llamado Feige? ¿O Ret Marut, el actor que se convirtió en periodista radical en la ciudad de Munich? ¿O el emigrante alemán o tal vez noruego que se llamaba Traven Torvsan y desembarcó en Tampico en 1942? ¿O sería el Hal Croves que en 1947 se presentó ante John Huston como el agente del autor de El tesoro de la Sierra Madre? ¿O, en otra desopilante versión, será que se trata del hijo ilegítimo, producto de los amoríos del Kaiser Guillermo con la actriz llamada Helen Mareck o Helen Maret?), Vila-Matas abreva de todas estas historias, pero es evidente que el narrador español se ve seducido por el discreto encanto al plantear la hipótesis que bajo el nombre B. Traven se escondía, en realidad, un colectivo de plumas nacionales, y así a la altura de la página 176 asegura: “Cuando se estrenó la película se puso de moda el misterio de la identidad de B. Traven. Se llegó a decir que detrás de ese nombre había un colectivo de escritores hondureños”. Tito Monterroso, a quien las narraciones de Vila-Matas le parecían poco menos que admirables, aseguró -en una entrevista publicada por la revista “Lateral” poco antes de su fallecimiento- que “la hipótesis no me parece tan descabellada, probablemente se trate de un grupo coordinado por mi viejo amigo Óscar Acosta, a quien siempre le han apasionado las ficciones misteriosas y retorcidas”.
"El discreto encanto de la H". Las virtudes de Onán. Mario Gallardo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

Onán, un aventurero espiritual

Por Gustavo Campos

Por muy quijotesca que pueda parecer esta tarea, bosqueja la poderosa estrategia por la cual los autores modernos declaran que ya no son responsables; responsables en el sentido en que los autores que celebran su época y los autores que la critican son igualmente ciudadanos probos de la sociedad en que actúan. Los autores modernos pueden reconocerse por su esfuerzo por «desestablecerse», por su deseo de no ser moralmente útiles a la comunidad, por su inclinación a presentarse no como críticos sociales sino como videntes, aventureros espirituales y parias sociales.

Susan Sontag

Ya he hablado con anterioridad sobre mi esterilidad de pensamiento, de mi dificultad de concluir ideas y argumentos sobre lo que quiero escribir. Creo que es pereza. Me la paso en una constante renuncia de emisión de juicios sobre obras literarias. No soy publicista. Ni mercader literario ni todólogo. No soy crítico, ni aspiro a serlo. Siempre me he considerado creador y lector. Un lector con oficio de escritor debe debutar en algún momento para justificarse como escritor. En la crítica el “crítico” debe hacer gala de sus ganas de escribir, debe siempre poner al tanto a la gente sobre sus estudios o lecturas. Quienes me conocen saben que voy por senda contraria. Sin embargo, soy un lector irritable. Mi irritación a veces se torna en sorna o en burla cuando un sabiondo del patio -o extranjero- emite un juicio que no lo considero a la altura de la obra comentada. Pero me irritan más los juicios moralistas. O cuando oigo prejuicios anticuados sobre libros que yo considero invaluables.

Estallo. Y cuando me animo a defender tal obra –como si necesitara ser defendida, idea absurda-, de pronto algo borra de mi mente cada frase construida. Y no lo hago. Y de pronto me obstino en no hacerlo. Y renuncio. Es mi costumbre. Quedo a la espera, entonces, de que uno de mis amigos que sí posee entusiasmo y que lo apresan las ganas de opinar, lo haga. Y cuando lo hacen me dejan insatisfechos. Algunos me desilusionan. Critico entonces cierta irresponsabilidad y ligereza en el tema abordado. Y nuevamente me animo a escribir sobre la obra. Y comienza otra vez la misma historia de renuncias e intentos y una tristeza avasallante me liquida en el acto, mientras otra tristeza, responsable, me guía, me auxilia. ¿Y por qué suelo indignarme? En un caso aparte, siempre me burlaba o despotricaba contra aquellos a los que Artaud o Panero no les parecían auténticos creadores. Eso me molestaba mucho, pero, por otra parte, me tranquilizaba, razonando, que el paladar gustativo de ellos difiere del mío. Y los autores que persiguen o alaban ellos con devoción no son de mi gusto. Defiendo a Sade. Pero él y su obra pueden defenderse solos. A John Cleland. Las once mil vergas, de Apollinaire. (Quizás por morbo o para alarmar a los críticos de ojos castrados). A Sacher Masoch (lo imagino vestido de cuero e imagino, también, al vocalista de Deep Purple haciendo moda la vestimenta de la novela de Masoch) Los sonetos lujuriosos de Aretino, Los versos más desvergonzados del buen Catulo. Debo confesar que soy rabelesiano. Y que yo soy a Rabelais lo que otros son al Cantar de Roldán o al Cid. Agrego a la lista a Arturo Martínez Galindo. A Bukowski y Miller. Y sumen cuanto escritor gusten.

Existe una pregunta, la del millón: ¿en qué se basa una persona al etiquetar un escrito como “obsceno” o “vulgar”? ¿Y por qué razón lo asocian a la pornografía? Podría responderse (en un escrito previo creí más conveniente remitirlos a los estudiosos de los conceptos de “obsceno” “obscenidad” “pornografía” y “erotismo” y de esta manera ahorrarme tanta palabrería, entre ellos: Jerzy Ziomek, Carlos Castilla del Pino, G. Bataille, Susan Sontag, Jean Baudrillard, H. Montgomery Hyde, Lo Duca, Paul Goodman, Teresa del Valle, Fernando Savater, Claudio Guillén, Antonio Lara, Amelia Valcárcel, Juan Villoro, Laura Cuevas, Octavio Paz, Apollinaire, Amaury García Rodríguez, Miguel Ángel García Peinado y Juan Pedro Monferrer, Nobokov, Miller, Bukowski, entre otros. Castos lectores, cito a esos autores sin el ánimo de ser pedante, de una manera provocativa quizás, pero no pe-dantesca) acercándose a los conceptos de “obsceno” y su implicación ética y moral más que estética.

“Sería una ilusión pensar que el ordenamiento de los términos conducirá a la solución del problema, pero sería una ligereza no tratar de introducir algún que otro orden. Supongo que por lo menos una parte de los malentendidos tiene un carácter terminológico. El primero de ellos es la confusión de la pornografía con lo obscenum. La etimología de «pornografía» la conocemos. La etimología de obscoenum (también obscaenum y obscenum) es oscura. Havelock Ellis afirma que la palabra procede del latín scaena y significa más o menos lo mismo que «fuera de escena» (off the scene), o sea, algo indecente. Esta etimología, seguramente, es falsa, en vista de que (ob)scenum significa en latín «suciedad». Pero más importantes que la etimología son los contextos habituales de empleo. Se debe tomarlos en consideración al establecer una definición, puesto que las proposiciones demasiado arbitrarias, que no toman en cuenta los hábitos lingüísticos, tienen exiguas oportunidades de éxito y aplicación…” (“La pornografía y lo obsceno”, Jerzy Ziomek).

Y agregar que nuestra sociedad está tan acostumbrada a las imágenes que el cine, la fotografía y todo medio de comunicación, a la muestra de una especie de plenitud del sexo, que destruye la ilusión, que nos hace recordar siempre la soledad y lo inalcanzable de lo mostrado, que lo hemos transgredido todo, incluido los límites de le escena y de la verdad, como apunta Jean Baudrillard en Las estrategias fatales, no nos queda más que presentir el sabor fatal de los paraísos materiales, y la transparencia, que es la consigna ideal de la era de la alienación, y que se realiza actualmente bajo la forma de un espacio homogéneo y terrorista: hiperinformación, hipervisibilidad.

Una vez que el lector o el estudioso estén debidamente informados con las citas anteriores podremos pasar a lo que nos compete, no sin antes citar esa justa apreciación sobre el arte que hiciera Sainte-Beuve: “el arte consagra y purifica todo lo que toca”. Lo que debe interesarnos es el arte, la literatura en este caso. Y ésta, la que estudiaremos específicamente, nos aclara una época y se distancia de ella para revelarnos, además de los temas que la entretejen, la problemática de una sociedad sin velos para su entendimiento y estudio. Además, quedan muchos más aspectos por explorar, como ser una especie de “intertextualidad cultural e intertextualidad literaria”, por mencionar algunos ejemplos en Las virtudes de Onán, el libro de relatos de Mario Gallardo, objeto de toda esta disquisición.

Hace poco más de un año se publicó Las virtudes de Onán, y no pasó mucho tiempo para que la falsa moral de los “oráculos del patio” (frase de una amiga) alertara al público común y al público especializado. (Es curioso que quienes se sienten más cercanos al libro de cuentos citado sean jóvenes, fenómeno parecido al de Roberto Bolaño o Enrique Vila-Matas, aunque de este último no estoy tan seguro que tenga más lectores jóvenes que viejos. Y también parecido ha ocurrido con los libros de Cortázar).

Rodolfo Pastor Fasquelle, historiador y actual Ministro de Cultura, Artes y Deportes, presentó el libro en el Museo de Antropología e Historia de San Pedro Sula, haciendo hincapié en la correspondencia que existe entre este libro y el Satiricón de Petronio, invalidando, de antemano, la crítica de estos turistas literarios nacionales (hay escritores nacionales obsoletos tanto en sus lecturas como en sus creaciones). La identificación de personajes de Las virtudes de Onán con personas del medio era anulada, erradicada en caso de su utilización como elemento censor. Alusión es vencida por intertexto. Advirtió, simpático, que era imposible que el autor escribiera como “londinense”, agregando que, a pesar de ser una obra primeriza, el autor daba muestras de consolidar en el futuro una obra maestra. Y habló, trato de recordar su discurso extenso, de sociedades hipócritas y de la sexualidad como tabú, de la relación entre literatura y sociedad, del reflejo que proyecta el libro de la década de los 80’s y de la influencia del rock en la juventud hondureña. A esta disertación se sumaron muchos más argumentos que he olvidado.

A la lista del lector especializado que reconoce la obra como lo que es se suman Helen Umaña y Hernán Antonio Bermúdez. La primera con un justo comentario que aparece en la contratapa del libro, y que da fe de su ejercicio continuo de lectura, siempre receptiva sobre las obras contemporáneas y que la muestran al día con la literatura universal actual; conocedora de Vila-Matas como de Bolaño, de Halfon como de Áira, de McEwan y otros; este conocimiento la sitúa por delante de los demás escritores y estudiosos anquilosados de neuronas macondianas. Quien no conozca tales fuentes, que guarde su piedra al lado de su ignorancia. El segundo, con un ensayo titulado “Por fin, la noche sampedrana”. A Bermúdez he osado darle un epíteto -como esos que aparecen en Homero- por respeto a sus criterios, y es “Hernán, el de los ojos no castrados”, que remite a Bataille y que dice algo como que los que tienen “ojos castrados” son aquellos que el pudor y la moral hipócrita los domina y no el placer que ofrecen las obras de arte. Tengo mis discrepancias con él en relación con otros temas pero la lucidez de sus ensayos es asombrosa. No estaría de más agregar a la lista a Giovanni Rodríguez, quien escribió un artículo sobre Las virtudes de Onán y entrevistó al autor Mario Gallardo.

No creo que a Bataille (que en placer descanse) le indigne que ventile sus ideas sin la cita al pie de página, estoy seguro de que con la excusa de hacérselas saber a los estudiosos de “ojos castrados”, cautos con corbatas decentes y medieval cinturón de castidad en las neuronas, me lo perdona. Dijo Dominique Aury: “El amor es un ideal, y no se alcanza nunca. En cuanto al sexo, si uno logra liberarse de su propia censura, ¿qué es la obscenidad? Si no existe una mirada degradante de uno mismo, la pornografía no existe”.

Entonces damos por sentado que el individuo (“lector casto” o “lector común” o “lector especialité” –no sé francés-) debe liberarse de la autocensura. Y que aquel que alce la mano para censurar a Onán, se censura a sí mismo, a su simiente y a su época. Censura el medio en el que vive y se convierte en hipócrita. Censor de épocas y falso moralista. Censor de estéticas y del espíritu de una nación y del ser humano. Onán “revela la verdadera identidad de las virtudes”[1]. Onán es un aventurero espiritual. No aspira al heroísmo sino al conocimiento vivencial en el mundo que le tocó vivir. Amista con su medio. La influencia del rock en los años 70’s y 80`s junto al “progreso económico” de la región noroccidental del país evidencian la época. De vez en cuando imagino un parecido entre Onán y Alexandre (personaje de una película de Jean Eustache y que protagoniza Jean-Pierre Léaud).

“La hipocresía juega en la frontera de las virtudes”[2], es máscara. “La sociedad le encarga a un hombre volverse contra ella y cuestionarla”[3]. Obsceno es un adjetivo calificativo moral, no estético. El arte es amoral. “Onán se centra en la desmitificación, expresa, ataca a la vez”. En Las virtudes de Onán ocurre más que la adjudicación de un calificativo “inmoral”, “obsceno”, sino un aspecto que aunque parezca simple, su dificultad nubla a los lectores de vieja escuela, censores que hacen de la hipocresía su máxima virtud, de la censura su miel atrayente a la masa que confía en estos tipos baluartes de ser ejemplos de una vida sin excesos y sin trasgresión a las normas de la sociedad. Su mismo título es su primer juego, nos sugiere penetrar y decodificar la dialéctica que existe entre los vocablos de su título. ¿Por qué virtud? ¿Quién es Onán? ¿Es Onán virtuoso? Por qué el título Las virtudes de Onán? Existe una intención secreta de parte del autor de mostrarnos algo más que la máscara de las palabras, de la superficialidad aparente del enunciado. ¿Qué es una virtud? ¿Qué muestra y qué esconde? ¿La virtud puede ser un calificativo estético? ¿O desde el título busca ofender la moral pública, haciendo uso de la ironía, arma contra la sociedad y su hipocresía, o no ofender la moral pública sino buscar su verdadero significado, oponer la moral a la estética, que no se llevan de la mano? Y he aquí la dialéctica que propone Barthes: ese “estatus contradictorio”, al que es sujeto el autor.

El autor nos entrega no una visión parcial sino integral de la historia. En la década perdida hondureña dudo mucho que no se consumiera alcohol, o que hubieran sido erradicados los bares y night clubs. ¿Todos los hondureños militaban y defendían la izquierda? Versión rasgada con velo ideológico de esos escritores obstinados en vendernos una imagen falsa de nuestra sociedad, una imagen idílica para ellos donde sólo conviven la pureza, el hermanazgo y la virtud.

¿Y qué ocurría con los jóvenes que ignoraban la problemática social? La tendencia a mitificar e idealizar persiste en la escritura de los hondureños, distan de la sinceridad y sacralizan al mártir.

Dice Barthes que “las virtudes tomadas separadamente no pueden constituir el objeto de ninguna descripción; no se puede coordinar el heroísmo, la bondad, la honestidad y el reconocimiento para hacer un haz de méritos”. Y agrega que “cada virtud no existe sino a partir del momento en que se alcanza lo que oculta” y que “no es posible ningún sistema de virtudes si no se desciende a las realidades, es decir a la otra cara”.

Qué noble coartada la del arte, nos dice Bolaño. Y es que cuando leo Las virtudes de Onán, cuento que le da el nombre al libro, de pronto no puedo más que conmoverme. Sensación similar –no igual- siento el ver la película argentina La noche de los lápices. Quizás todo se deba a que Onán es un joven que no milita en la izquierda ni es parte de los agites políticos, y es capturado por dos militares al presenciar una felación entre ellos. Siempre me he sentido distante de esta parte de la historia latinoamericana, quizás porque no la viví, pero cuando digo distante no me refiero a insensible, sino a ser un simple espectador excluido de esa época. Yo desconocía todos esos temas en relación a desaparecidos, sólo escuchaba de servicios militares obligatorios y del miedo que infundían estos a la población. A veces pensaba que yo también sería llevado, aunque entonces estuviera en la escuela y contara menos de 10 años. En la colonia donde vivo asesinaron a Moisés Landaverde y a Miguel Ángel Pavón, yo quizás ni había nacido, pero era un tema de conversación en el barrio.

Retomando el tema del libro y la película, los alumnos torturados en La Plata eran niños colegiales, inocentes niños colegiales víctimas de la inhumanidad de las políticas de estado. También Onán era un joven inocente víctima del azar, de haber coincidido en lugar y espacio en un acto homosexual entre militares. Si hay obscenidad en el texto es porque todo horror al que asista el público es obsceno: la muerte de Onán es obscena, el burdel de travestís es obsceno. Onán muestra la otra cara de la época, se mitifica a todo aquel que haya contribuido a defender los derechos inalienables de los seres humanos, pero no sólo ellos mueren, muere también aquel que nació en la misma época aunque sea un joven sin inclinaciones izquierdistas y sin interés de militar en partidos políticos; su misión es otra, morir, pero primero vivir, disfrutar, gozar la vida, aprehenderla, acumular experiencia.

Nadie se atreve a mostrar el horror. Se habla de él, pero se le esconde.

Y en Las virtudes de Onán hay eso: compromiso y disidencia política, pero no esa noción de “compromiso” de origen sartreano y basada en el carácter central del sujeto, entendido como sujeto cívico, no discursivo… sino con la literatura.

En Onán también encontramos parte del pensamiento de Bataille, una especie de “autodestrucción impasible” que rige al joven que siente “la necesidad de negar el amor para expresarlo”. Una pregunta surge entonces: ¿cuál es la razón por la que Onán prefiere llamar a su novia Thamar y no por su nombre real? La muerte lo abraza y lo vence y su mente está fijada en los recuerdos de ella, de la simiente una y otra vez derramada, en ella, ahora que está atravesando el umbral entre vida y muerte asegura amarla. Y la ama cuando su ser se está disolviendo, tratando de aunar su agonía con la vida. Amor por la fantasía y por la invención, Onán recurre y prefiere reinventar a su amada, en un intento quijotesco por trascenderla.

Pero, ¿hacia dónde debe estar orientada nuestra reflexión en torno al tema de si esta obra merece el calificativo de “obsceno”, “pornográfico” o “erótico”, sabiendo de antemano el significado de tales conceptos y habiendo explorado toda una tradición por las culturas antiguas de occidente y oriente? Para eliminar de inmediato el término de “pornografía” basta con remitirnos a las ideas citadas con anterioridad de Ziomek y Aury, sin antes acotar una frase ingeniosa de D. H. Lawrence: “Aquello que para éste es pornografía es para aquél la risa del genio”. Tampoco podemos decir de primas a primeras: “esto” es obsceno. La obscenidad es una relación. Esto es obsceno si alguien lo ve y lo dice, no es exactamente un objeto, sino una relación entre un objeto y la mente de una persona. En este sentido, podemos definir situaciones tales en las que determinados aspectos sean o al menos parezcan obscenos. Estas situaciones son por lo demás inestables, siempre suponen elementos mal definidos, o si tienen alguna estabilidad, ésta no deja de ser arbitraria (véase Bataille).

Los lectores y críticos, el ser humano en sí, suelen enamorarse de las etiquetas, su modus operandi es la invención de etiquetas sobre obras de arte para justificar su profesión de crítico a tiempo completo. Existe un afán de clasificación en el hombre, y a este afán se le llama ciencia, si existe algo inclasificable, preocupa al hombre, lo teme. Se me viene a la mente un cuento de Bukowski que aparece en La máquina de follar, en donde el horror de la monstruosidad enternece. Después de la lectura de ese cuento, no recuerdo con exactitud su nombre, supe que la “aberración” puede despertarnos sentimientos de ternura. Igual sentimiento me sacudió al leer La isla del Dr. Moreau, de Wells.

En Las virtudes de Onán encuentro tres momentos clave que valen la pena citarse y relacionar entre sí. Uno de ellos se encuentra en el primer cuento del libro: “Y tu mamá también”. Entre los temas detectados están “onanismo”, “incesto” y “voyeur”. El niño Virgilio espía a quien creyó era Paty, la sirvienta de la casa, a través de un agujerito para descubrir posteriormente que los gemidos no le pertenecían a ella sino a su madre. Aquí aparece la primera conexión fundamental entre el hombre y la negación de la sensualidad, o de la animalidad carnal, que es el incesto (el mismo aparecerá nuevamente en “Para verdades, el tiempo”, cuando el personaje príapico mantiene relaciones sexuales con su prima), primera prohibición de la obscenidad de carácter universal. El acierto fundamental del cuento es el distanciamiento que maneja el personaje en relación a una escena que sólo sucede en lo privado, o sea in situ (dentro de la escena). Él está descubriendo algo que está prohibido. Por medio de la inocencia de un niño aborda la embriaguez que sólo el erotismo puede aportar. Si “obsceno” es aquello que sucede “dentro de una escena” y que es de carácter privado, no indecoroso, entonces el personaje sirve de ángulo para apreciar una imagen. Su primer conocimiento es el primer conocimiento del lector, el primer conocimiento del erotismo, de su experiencia personal, requerida e indispensable para trasladarla o “sacarla” de escena. Y es cuando el término voyeur, muchas veces asociado al lector, cumple su doble función y fundamenta su acierto. Y es en este momento cuando aparece por vez primera el tema –prohibido y transgresor- que dominará la temática del libro: onanismo, que aparece de entrada en su título. El niño sacia sus deseos masturbándose al ser estimulado por la imagen que observa.

En el relato “Las virtudes de Onán” el personaje es unos años mayor que el personaje de “Y tu mamá también”: Onán es un joven que experimenta y va descubriendo el mundo. Da fe de una época: la década de los ochenta en Honduras. Parte del valor que adquiere un libro es cuando una obra en literatura nos aclara una época (quedan satisfechos los materialistas que pregonan que toda obra literaria debe reflejar la dinámica contradictoria de la sociedad). Y es también cuando provoca su respuesta censora al retratar toda la dinámica de una sociedad hipócrita y hostil. Ocurre nuevamente más allá de la embriaguez abierta a la vida juvenil, el poder de abordar la muerte cara a cara y de ver en ella por fin la apertura a la continuidad imposible de entender y conocer. El epígrafe de Severo Sarduy (“la vida es un sueño fuerte/ de una muerte hasta otra muerte/ y me apresto a despertar”) nos esclarece y advierte el tránsito fugaz e ilusorio que tendrá Onán. Como apuntamos anteriormente, el tema del onanismo aparece en la relación que este mantiene con Ixkik, a quien le llama Thamar, nombre de la mujer que, según la Biblia, era cuñada de Onán y con la que éste se negó a dejar simiente.

Dos felaciones aparecen en este cuento: la de un travesti mulato que se la practica al doble de Freddy Mercury y la de los dos militares.

Pero experimentamos, en el momento de la transgresión, la angustia sin la cual no existiría lo prohibido: es la experiencia del pecado. La experiencia conduce a la transgresión acabada, a la transgresión lograda que, manteniendo lo prohibido como tal, lo mantiene para gozar de él. Y ese “agujero océano” del que habla Onán no es sino la experiencia interior del hombre que se da en el instante en que, rompiendo la crisálida, toma conciencia de desgarrarse él mismo, y no la resistencia que se le opondría desde fuera. La superación de la conciencia objetiva, limitada por las paredes de la crisálida, está vinculada a esa transformación.

En “Noche de Samba Bárbara”, Heimito (personaje de Roberto Bolaño en Los Detectives salvajes) ha venido a vacacionar desde Viena a Honduras. Descubre un mundo para él inédito lleno de eso que Carpentier le llamó “maravilloso”. En su visita a las Ruinas de Copán se encuentra con el descubrimiento de la sexualidad de los antiguos pobladores de la civilización maya, cuando un arqueólogo cuenta la felación que recibe el fundador de la primera dinastía maya Yax K’uk Mo’.

El narrador en su primer reconocimiento se ubica fuera de escena apenas percibiendo su “desconocido”, lo que ocurre dentro de escena y que es privado. Al sacarlo de escena por medio del personaje de un niño existe una imbricación entre inocencia y el futuro condicionamiento que le dará en su vida futura. Este mira pero no participa, y es lo mismo que ocurre con la muerte de Onán. No hay una muestra del zoom o de lo que es “más verdadero que lo verdadero”, como decía Baudrillard. Y “Las virtudes de Onán” finaliza con un soliloquio: “Extrañamente, el agujero océano ha desaparecido del lado izquierdo del pecho. No tengo miedo. Sólo pienso en Ixkik.”

A este cuento le sigue “El discreto encanto de la H”, cuyo argumento es mencionar entre la ficción y la realidad algunas de las veces en que el nombre del país Honduras ha aparecido en la literatura universal. Al final del texto aparece una advertencia del editor: “Nota evidentemente incompleta y pedantísima encontrada entre los papeles de Onán”. Y esta nota aporta una nueva interpretación -o contradicción-, una nueva forma de leer Las virtudes de Onán.

¿El joven Onán, muerto en su juventud, escribió el cuento con el que cierra el libro?

Existen un dato o incongruencia a considerar: en la página 17 el personaje príapico, del cuento “Para verdades, el tiempo”, dice tener 38 años, contrario a lo expresado en la página 23, en la nota de Prensa publicada en Guatemala, que dice tener 33 años. ¿Equivocación del periodista al redactar la nota de prensa? Puede ser.

Las virtudes de Onán es un libro que deberá leer todo lector o quien se precie de serlo. Como dice Helen Umaña: “Resumiendo: (Mario Gallardo) un escritor informado, penetrante, iconoclasta y provocativo.”


[1] Roland Barthes, El grado cero de la escritura y otros ensayos.

[2] Op. Cit.

[3] Op. Cit.

Nota: más información en http://lasvirtudesdeonan.blogspot.com

sábado, 8 de marzo de 2008

Por fin, la noche sampedrana

En esta reseña Hernán Antonio Bermúdez examina Las virtudes de Onán (2007), libro de relatos de Mario Gallardo, y, más allá de los juicios acerca de los temas y el estilo, hace un feliz descubrimiento: el de la ciudad de San Pedro Sula como escenario -hasta ahora virgen- para la ficción. Según el crítico, este libro constituye "la primera aproximación a una topografía literaria sampedrana".
Hernán Antonio Bermúdez
“Nada tan efectivo como la violencia rural en el espacio urbano, si se la sabe emplear de modo fulminante y teatral”. Roberto Castillo
Hace poco más de un año apareció Las virtudes de Onán, libro que agrupa cinco relatos de Mario Gallardo quien, conocido hasta ahora como autor de las antologías El relato fantástico en Honduras (2002, 2004) y Honduras. Narradores siglo XX (2005), incursiona por primera vez en la narrativa con su propia voz.
Se trata de un libro refrescante donde proliferan los axiomas de la lujuria y el sexo es la única lingua franca. Intensamente erótico, en buena parte de Las virtudes de Onán se asiste a una especie de rapacidad sexual, narrada con desparpajo, como pocas veces se ha visto en la narrativa hondureña. La única comparación posible sería con la desinhibición lúbrica que ha solido desplegar en su obra Horacio Castellanos Moya. Fuera de éste, nuestros mejores narradores, Marcos Carías, Eduardo Bahr, Julio Escoto y el mismo Roberto Castillo, lucen recatados al lado de Mario Gallardo.
Y es que así labora la historia literaria: cada generación subsana los vacíos de sus antecesores (Gallardo es cinco años menor que Castellanos Moya y doce años menor que Roberto Castillo), cada generación –así como cada escritor individual- formula sus propias demandas a la literatura, y posee sus propios apremios expresivos.
Cabe destacar la notable habilidad de Gallardo para insuflarle vida a la composición de sus relatos, tanto en el bosquejo de los personajes como en el tejido de la temática total, pues cada hilo de la trama está entreverado para configurar el repertorio cuentístico del libro (a excepción de “El discreto encanto de la H”, más ensayístico –o digresivo- que narrativo).
Las virtudes de Onán es un libro del todo legible y capaz de valerse por sí mismo, y existe merced a la persistencia de una tonalidad y de un estilo. Éste es simplemente el ritmo narrativo que mejor se acopla a la forma en que el autor se imagina la realidad.
Además de su osadía erótica, Gallardo sabe evocar la vibración y atmósfera de San Pedro Sula que, hasta ahora, conserva su virginidad en el plano de la ficción.
El autor es capaz de mostrar la geografía literaria de una ciudad, a veces inventada y a veces real, a ratos generada por una operación memoriosa, a ratos surgida gracias a una elaboración imaginativa.
En efecto, Gallardo ha edificado una primera aproximación a lo que sería una topografía literaria sampedrana, más real que inventada, menos imaginada que existente. Ciudad sitiada por ladrones, hampones y criminales, donde la violencia y el peligro acechan de continuo, y se vive bajo el asedio permanente de la bestialidad. Y, por si fuera poco, espantosamente provinciana, de la que se está tentado de escapar.
Se trata de una prolija empresa estética: la ciudad elaborada, imaginada y evocada por el autor de Las virtudes de Onán emerge como resultado de un empeño en el cual la realidad es fabulada para que, una vez dentro del ámbito de la ficción, lo verosímil y lo inverosímil (o, si se prefiere, lo posible y lo imposible, lo creíble y lo increíble) se encuentren e interactúen en un mismo nivel: el narrativo.
Así, se dan los primeros pasos para configurar un cosmos urbano en el valle de Sula, tan ficticio como realístico, tan cabalmente inventado como perfectamente plausible. Gallardo ha iniciado, pues, la elaboración de una ciudad literaria que, si bien sólo es dable en la imaginación, resulta del todo apta para revelar esa otra que, perturbada, yace a la sombra del Merendón.
San Pedro Sula, la urbe que sirve de escenario para los relatos agrupados en este libro, pareciera destilar una pócima viscosa y turbia que impregna a sus habitantes pero, al mismo tiempo, resulta atractiva pues constituye la única instancia donde la vida cobra sentido para sus moradores. Vale decir, la ciudad conforma al individuo, lo moldea, y no a la inversa: lo habita, es –a su vez- personaje y no mero paisaje.
De allí que Heimito, el protagonista del excelente relato “Noche de samba bárbara” (quizá el mejor junto con el que le da nombre al libro), se lance (previo paso por Copán Ruinas) al tránsito desasosegante de una ciudad que parece estar dispuesta a cumplir una amenaza que apenas se hace explícita, aunque al final Wilmerio, su inminente asesino, “oprime con fuerza el puñal” (p. 48).
Tanto en “Noche de samba bárbara” como en “Las virtudes de Onán” el lector es llevado a sumergirse en el trajín nocturno, bacán y pecaminoso, del trópico absoluto. Al calor de las cervezas “Salvavida”, y de los efluvios de la marihuana, la promesa sexual agita los sentidos e incita al aturdimiento, lo que le costará la vida a Heimito, ese austriaco alborotado y gozador. Onán también será sórdidamente liquidado por haber sido testigo involuntario de un acto homosexual protagonizado por un jerarca militar, tras una larga noche bohemia y accidentada, en cuyo transcurso asiste al primer “Miss Honduras Tercer Sexo Belleza Nacional”.
Las virtudes de Onán está poblada de guiños a novelas como Tres tristes tigres, de homenajes literarios (a Cortázar y a otros conspicuos miembros del “boom”), de referencias musicales, roqueras, de alusiones al cine, de descalificaciones e improperios. A ratos, el autor no parece contenerse al airear sus “simpatías y diferencias”, resuelto a “marcar”su territorio.
Se sabe que cada libro interactúa de manera impredecible con el medio histórico-cultural que le es propio, y los mejores escritores son aquellos que contienen en sus obras una buena parte de la dialéctica de su cultura y de su época. Aldo Busi alude a ello en términos más prosaicos: el escritor es el guardarropas del teatrillo de su tiempo.
En ese sentido, Las virtudes de Onán es un libro clave para entender las entrevisiones de una nueva generación literaria hondureña. No se trata, aclaremos, de un documento sobre un momento determinado ni la manifestación de un cierto género o programa. Se trata, ante todo, de la expresión única de la visión individual de su autor, cuyo brío y audacia sobresale en la “noche de Walpurgis” tanto de Heimito como de Onán (ese alter-ego del narrador), en la que toda apariencia de orden resulta, a la postre, demolida.
Hay pocas fallas en esta obra: es inevitable mencionar expresiones flojas como “viajar hacia el pezón y retorcerlo con pérfida dulzura” (p. 20); “(el) vacío intergaláctico de su estómago” (p. 35), o “para un detestable y adorable vago como yo” (p. 60).
Debo igualmente admitir que las alusiones a Horacio Castellanos Moya en la página 75 me desconciertan, habida cuenta de la reciente tentativa de adjudicarle el premio nacional de literatura, y de los argumentos válidos esgrimidos por Rodolfo Pastor Fasquelle al respecto, que no es del caso reiterar.
Nada de lo anterior opaca el valor de un libro herético, provocador, de meritoria valentía y de una solidez incontrastable. Las dotes de narrador de Mario Gallardo le auguran una prometedora carrera literaria.
Quito, 6 de marzo del 2008