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martes, 17 de julio de 2012

Los diez de Roth, por Fresán


Philip Roth. Fotografía: Richard Drew/AP.
Motivado por la buena noticia del otorgamiento del premio Príncipe de Asturias a Philip Roth, el narrador (y excelente lector de la literatura norteamericana) Rodrigo Fresán preparó un repaso por los que considera los mejores diez libros de este escritor judío nacido en Nueva Jersey, desde Goodbye, Columbus (1959) hasta Indignación (2008). Vale la pena leerlo completo siguiendo este enlace a Letras Libres, pero aquí les dejo sólo los primeros párrafos:
La lista de premios recibidos aquí y allá y en todas partes por Philip Roth –a la que ahora se suma el Príncipe de Asturias– quita el aliento y devuelve la fe en la sabiduría de los jurados. A esta altura del asunto –su nombre suena en los pasillos de la academia sueca año tras año– en sus estantes y vitrinas solo le falta el Nobel. Pero, de no ser así, Roth ya ha sido más que digno merecedor de lo que también ganaron Lev Tolstói, Antón Chéjov, Marcel Proust, Francis Scott Fitzgerald, James Joyce, Vladimir Nabokov, Jorge Luis Borges, Italo Calvino, Iris Murdoch, Robertson Davies, Juan Carlos Onetti, Anthony Burgess, John Cheever, Kurt Vonnegut, John Updike y tantos otros: la gran medalla a aquellos que norecibieron el Nobel porque ni falta que les hacía, aunque...
A la hora de la verdad, lo que importa y lo que queda y permanece es la obra. Roth –junto a Saul Bellow y Eudora Welty en su momento y ahora el poeta John Ashbery– ha sido uno de los cuatro autores a los que la canonizadora Library of America decidió comenzar a publicar y ordenar en vida. Ya se han publicado siete volúmenes de lo que se estima será un total de nueve. Pero con Roth (Newark, Nueva Jersey, 1933) nunca se sabe: de un tiempo a esta parte, no hace otra cosa que escribir y escribir y escribir. Y así, en lo que va del milenio, ha publicado ocho novelas y una recopilación de ensayos y entrevistas. Para dentro de poco –aunque muchos lo tildan de leyenda urbana-editorial– se anuncia algo titulado Notes for my biographer. Exista o no, título intrigante e inequívocamente rothiano, porque –¿serán memorias, será ficción?– en su mundo nunca se sabe qué es cierto, qué fue lo que no sucedió, qué es inequívocamente real luego de que él lo haya puesto por escrito.

viernes, 30 de abril de 2010

J. M. Coetzee, el muerto vivo


Portada del libro de J.M. Coetzee, en Mondadori.
Sólo conozco a una persona, presunto buen lector (saludos, Luis), para quien J.M. Coetzee no es todo lo que de él se habla. Cómica excepción a la regla que dice: "Nadie discutirá los elogios a Coetzee". Coetzee es, sencillamente, superlativo. Lo sé yo y lo sabe cualquier lector con un mínimo de talento. Lo sabe, por ejemplo, Rodrigo Fresán, que en la siguiente reseña de Verano, el más reciente libro del sudafricano, tercera parte de su trilogía supuestamente autobiográfica, resume muy bien las cualidades y los méritos de este indiscutible premio Nobel:
De lo único que puede acusarse al escritor surafricano John Michael Coetzee (Cape Town, 1940) es de hacer demasiadas cosas y de hacerlas todas bien. Veamos, leamos. Ha ganado, merecidamente, dos veces el Premio Booker. Ha ganado también, muy joven, un Nobel de esos que, raramente, nadie discute. Ha escrito con gracia y elegancia y furia y contundencia sobre conflictos raciales sin caer en la obviedad o el panfleto y, superada la era del apartheid (que nutre buena parte de su libros tempranos), ha sabido buscar y encontrar otros rumbos. Ha logrado procesar a su favor la clara influencia de dos maestros imposibles de manipular: Kafka y Beckett. Ha conseguido combinar con éxito y originalidad una prosa limpia y seca con maniobras experimentales donde, por una vez, el experimento sale bien. Ha hecho suya la estampa de escritor global e intelectual de fuste sin haber caído en los abismos polémicos que marcan el rumbo de alguien como Naipaul, con el que comparte más de un rasgo, pero nada de su ira y desplantes. Ha construido con sus ensayos una segunda casa desde la que enseña y comenta con generosidad e inteligencia el trabajo de los otros. ¿Quién da más?

Vocación de «outsider». Puestos a buscarle algún defecto, podría reprochársele a Coetzee su vocación de outsider, su parquedad en público, su timidez crónica, su cara de «no me molesten y no me miren fijo», y el férreo control de su programa creativo. Para quienes consideren esto una falta imperdonable, aquí llega Verano: un libro inesperado pero inequívocamente marca Coetzee, que cuesta etiquetar, y que -como viene sucediendo desde esa perfectamente aceitada bisagra en su obra que fue Desgracia, donde la narración naturalista muta a otras formas- vuelve a sorprender como ya sorprendieron los recientes Elizabeth Costello o Diario de un mal año. Formato mixto. Ganas de confundir desde la claridad absoluta. Y, acaso, la regocijante y poco frecuente ocasión de contemplar a un maestro haciendo una magistral travesura.

Porque, en principio, podría pensarse que Verano se ubica como la siguiente estación de esa autobiografía en curso -Coetzee prefiere definirlas como «memorias noveladas»- que se inició con Infancia (concentrándose en su infancia rural en Karoo) y Juventud (su llegada al Londres de los primeros años 60): una nueva entrega en la historia de cómo se va formando un escritor mientras se deforma un ser humano.

Un tal Vincent. La cosa no es tan sencilla. Porque Verano es memoir y novela de iniciación concentrándose en tres años -los que van de 1972 a 1975- en los que Coetzee siente por primera vez que comienza a hacer lo que corresponde como se debe y publica su primer título, Tierras de poniente. Pero, también, parece transmitir desde una dimensión alternativa que no es la nuestra. Y lo comprendemos enseguida: el Coetzee que aquí abre ofreciendo un tan revelador como esquivo cuaderno de notas ha muerto hace tiempo y su sombra es perseguida e invocada por un académico inglés, un tal Vincent, que interroga a relaciones del desaparecido mientras intenta dilucidar cuál es el «Rosebud» del asunto.

Así conocemos a Julia (quien tuvo un affaire con Coetzee y pocas cosas buenas para decir sobre él), a Margot, su sobrina (la Agnes de Juventud), a Adriana (brasilera y profesora de danza cuya hija fue alumna de inglés del escritor, y quien tampoco recuerda con particular simpatía al fantasma, «un hombre bailando desnudo, que no sabía cómo bailar»), y a Martin y Sophie (poco amigables amigos en la universidad), que ofrecen para la posteridad de Coetzee cosas como «En general, yo diría que su obra carece de ambición. El control de los elementos es demasiado férreo. En ningún momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se ha dicho antes, que [...] es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío, demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil y falto de pasión».

Y, de acuerdo, Philip Roth ha hecho guiños similares a la hora de borrar límites entre creador y criatura, ego y álter ego, realidad y ficción (recordemos, especialmente, La contravida) con la ayuda de su Nathan Zuckerman. Pero Coetzee no se conforma aquí con reeditar los movimientos del norteamericano y propone un libro de múltiples voces al servicio de una voz única que, acaso, apenas esconda, por una vez, la maliciosa astucia de quien decide decirlo primero antes de que lo digan los otros.

Iluminar una sombra. De esta manera, lo más interesante de Verano -su condición de backstage, la autobiografía de una autobiografía- es la forma en que Coetzee parece decirnos: «Así es como se mezclan y cocinan las biografías de escritores. He aquí los problemas y los peligros cuando se trata de iluminar una sombra». Coetzee se autodestruye (hay momentos en los que consigue en el lector, en especial a lo que hace a su «autista» y schubertiana vida sexual y romántica, la más regocijante y perturbadora de las vergüenzas ajenas) anticipándose a la destrucción de los demás, mostrándoles el camino. Desvelando de antemano que es un mago que conoce el truco y, por lo tanto, anulando la sorpresa de la magia de los otros mientras quita el aliento con la propia. Coetzee -famoso por mostrarse poco y no dar entrevistas, desde siempre obsesionado por la figura del doble, basta con releer su discurso de aceptación del Nobel, donde se refirió a sí mismo en tercera persona del singular- decide contarlo todo desde la ficción. De este modo acaba más y mejor escondido que nunca: el muerto sobreviviendo a los vivos.

Y de paso -mal que le pese a Sophie- consigue algo que es ambicioso, libre, transformador, caliente, limpiamente sucio, complejo y apasionado.

En resumen: gran literatura.

domingo, 28 de marzo de 2010

La historia según Rodrigo Fresán

Portada de Historia argentina, de Fresán, con esos comentarios de la crítica.
A algunos les molesta mi insistencia con algunos escritores en este blog, pero debo comunicarles que son libres de no visitarnos. Para los que sí tengan ganas de venir a tocar la puerta, les abren hoy, de nuevo, Juan Gabriel Vásquez y Rodrigo Fresán, con un artículo que el primero publica en El Espectador sobre el segundo. Pasen y lean:
"Únicamente son mías las cosas cuya historia conozco", escribe Ricardo Piglia en Respiración artificial. Para Rodrigo Fresán, que nació un par de décadas después, la cosa es muy distinta: la historia es algo que se deja quieto, un animal peligroso que es mejor no molestar, no sea que nos haga daño.
 
Pero eso no se ve a simple vista. Las novelas de Fresán se inscriben en esa arraigada tradición argentina que consiste en no ser reconociblemente argentino y por lo tanto ser convencidamente argentino. En otras palabras: nada hay tan argentino como una novela cuyo narrador es inglés, cuyo personaje principal es James Matthew Barrie, el autor de Peter Pan, y cuyo escenario es la ciudad de Londres en el cambio de siglo y también en los años sesenta. ¿No han leído Jardines de Kensington, la penúltima novela de Fresán? Háganlo ahora. Y enseguida busquen sus demás libros, y comiencen si pueden por el principio: por esa maravilla de debut que es Historia argentina. El libro tiene dos epígrafes (bueno, tiene varios, pero sobre todo dos). Uno es de Alfred Andersch: “La Historia cuenta cómo fue que ocurrió. Una historia cuenta cómo pudo haber ocurrido”. El otro es de Adolfo Bioy Casares: “Para sobrellevar la historia contemporánea, lo mejor es escribirla”.

Y a eso se dedican los cuentos del libro: a sobrellevar la historia contemporánea. No es una tarea fácil, todo hay que decirlo, precisamente porque en la historia reciente de Latinoamérica no hay nada fácil. Y además porque la historia de su país entró en franca enemistad con Rodrigo Fresán desde que Fresán era niño: a los diez años el Niño que quería ser escritor fue brevemente secuestrado por la “Triple A”, un grupo paramilitar de extrema derecha. Esto es ampliamente sabido: no cometo imprudencias ni impertinencias al contarlo, porque Rodrigo lo cuenta en uno de los mejores cuentos del libro. He vuelto a leerlo en estos días; me ha deslumbrado como la primera vez que lo leí. “La vocación literaria” arranca preguntándose cómo se forma un escritor, y pronto entendemos la relación entre el breve secuestro de un niño —el miedo, la soledad, la angustia— y el nacimiento de la vocación. El resto es una ficción donde los orígenes “reales” (ojo a las comillas) de la anécdota son lo menos importante o interesante de todo.

“Uno a menudo descubre”, dice el narrador del cuento, “que los escritores son aquellas personas que durante su infancia aprenden, en tiempos terribles, a refugiarse en sus propias fantasías o en la acción; en la voz de algún piadoso narrador, en lugar de las voces de los seres reales que lo rodean”. Pero luego es mucho más crudo y, también, mucho más preciso: “Un escritor es un mecanismo de defensa con nombre y apellido”. ¿Y de qué se defiende? Está claro, por lo menos en este cuento, que se defiende de la historia argentina, encarnada en esos dos matones que un día se aparecen en la casa del Niño que quería ser escritor con la visible intención de secuestrar a sus padres izquierdistas y, al no encontrarlos, se lo llevan a él. Más tarde, escondiéndose de los secuestradores, en el clímax del miedo, el Niño que quería ser escritor dice: “Descubrí cuál iba a ser el tema de mi primera novela: la historia de un hombre que puede cambiar la historia a voluntad”.

¿No es eso lo que quisiéramos todos?

martes, 29 de diciembre de 2009

Mis mejores lecturas del 2009



Dibujo de Agente Artehormiga. Fuente: hcfacebook.
En Hermano Cerdo lo están haciendo de nuevo. ¡Vamos!
Excelentes las dos novelas cortas de Patrick Modiano que leí empezando el año: Calle de las Tiendas oscuras (Anagrama) y Dora Bruder (Seix Barral). Extraordinario poder de síntesis para contar historias que atraviesan la Historia de la mano de personajes que buscan algo y que al mismo tiempo se buscan a sí mismos. Ya saben: de lo mismo, pero esta vez con Modiano.

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, una intensa novela de aprendizaje que leí durante las pausas y las noches de mis días de más trabajo en agosto, con personajes que huyen de un mundo más o menos confortable para ir en busca de aventuras abajo de la frontera mexicoamericana.

Algo tiene Mario Levrero para que uno se empeñe en seguir leyendo sus “aventuras cotidianas” sin esperar nada más que, quizá, un pequeño accidente en su computadora, una visita o una conversación telefónica banal. Eso fue lo que me dije cuando llevaba por la mitad El discurso vacío (Debolsillo) y es lo que seguía pensando cuando leía La novela luminosa (Debolsillo). ¿Qué es lo que nos atrapa de esa “estética de lo cotidiano” de Levrero? Seguiré leyendo lo que encuentre de Levrero y seguiré, con absoluto placer, preguntándome lo mismo.

Angosta (Planeta), una novela de Héctor Abad Faciolince que me hizo llegar un amigo desde Colombia, plantea la situación de un país, Angosta, con una política que establece tres castas: los dones, los segundones y los tercerones, y en el que se dan cita todas las posibilidades sociales, culturales y políticas de Latinoamérica. La violencia y la exclusión podrían ser sus temas predominantes, pero la novela no es sólo eso, porque también hay sexo, amor y aventuras; y todo con una prosa traviesa, juguetona, en la que la ironía está a cada vuelta de página.

Nocilla Lab es la novela que más me ha gustado de la trilogía de Agustín Fernández Mallo. El monólogo de la primera parte y el tema del escritor enfrentado con lo que podría ser su doble, más ese cómic del final en donde encontramos a Fernández Mallo y a Vila-Matas hablando de la desaparición… Se pregunta uno si seguirá produciéndose nocilla después de esto.

Horacio Castellanos Moya es un escritor que escribe desde la experiencia del exilio, ese casi destierro autoimpuesto que lo hace volver a sus orígenes, pero sólo en sus libros, con una mirada oblicua, casi pendenciera, para tratar de recuperar algo que no considera del todo perdido. En Con la congoja de la pasada tormenta (Tusquets) reúne casi todos sus cuentos. Una excelente puesta a punto de su trayectoria como cuentista, casi desconocida para los lectores en España.

¿Qué puede esperar uno al leer Historia argentina (Anagrama), de Rodrigo Fresán: una novela o un libro de cuentos? Yo diría que ambas cosas. Tomemos al azar cualquiera de sus capítulos y leámoslo como si fuera un cuento. O empecemos desde el principio y vayamos observando, de cuento en cuento, o de capítulo en capítulo, el particular modo que tiene Fresán de contar la historia de su país. Fresán tiene una escritura precisa, cada frase es una unidad autosuficiente y sugerente, y además, una perspectiva tan particular de ver el mundo que uno no quiere dejar la lectura o, una vez terminado el libro, no quiere leer por el momento otra cosa que no sea de Fresán. ¿Exagerado? Pero es que así me lo pareció.

Aprovechando el desempleo, me propuse leer la kilométrica El arco iris de gravedad (Tusquets), de Thomas Pynchon. Tres semanitas en las que agoté una lámpara, dos botes de Nescafé, unas cuantas madrugadas y un buen porcentaje de mi capacidad de visión. Pero ha valido la pena. Cómo no. Secuelas: 1: cuando pasa un avión o cuando sopla el viento de la Tramuntana pienso que puede tratarse de un cohete. 2: cuando tengo una erección espontánea pienso que se acerca un cohete. 3: caen cohetes en mis sueños. Loor a ti, Thomas Pynchon.

Desde hace tiempo venían llamándome, desde una estantería de la biblioteca de Figueres, los tres volúmenes de Tu rostro mañana, de Javier Marías. El miércoles me llevé a casa el primero, subtitulado "Fiebre y lanza", que leí entre las fiestas de Nochevieja, las cervezas y la goma. Lo devolví el sábado y saqué ahí mismo el segundo volúmen, subtitulado "Baile y sueño", que ya estoy leyendo con el mismo placer con el que leí el anterior. Tiene una prosa envolvente esa novela, una prosa sensual, poética en muchos momentos. No se les ocurra no leerla. Aunque debo advertirles que no podrán soltarla una vez llegue a sus manos.

viernes, 20 de noviembre de 2009

RFresán: "No necesito decir que ese ya no soy yo"



Rodrigo Fresán. Foto: Isabel Carroll
El título de esta entrevista de Luis Fernando Charry en cambio.com alude a la situación de Rodrigo Fresán con respecto a su primer libro publicado: Historia argentina, un libro en el que aún se reconoce y en el que podemos encontrar "el germen, el Big Bang, de lo que vendría después" en su obra.
Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) publicó Historia argentina en 1991. El libro se convirtió de inmediato en un éxito en ventas y crítica. Desde entonces ha sido reeditado cuatro veces, la más reciente en la colección 'Otra vuelta de tuerca' de la editorial Anagrama, con un nuevo cuento sobre el fútbol y textos del escritor, guionista y director de cine español Ray Loriga y del crítico literario Ignacio Echevarría.


Aunque siempre es incómodo juzgar los libros propios, ¿cómo cree que ha envejecido Historia argentina?
Creo que ha envejecido bien. Es decir, sigo reconociéndome en el libro y sigo contento de haberlo firmado. Ninguna necesidad de negarlo o de andar ensayando un "ese no era yo" o un "ese ya no soy yo". De alguna manera, en Historia argentina ya está el germen, el Big Bang, de lo que vendrá después y que se proyecta hasta mi nueva novela, El fondo del cielo. Muy puntualmente, creo que todas mis claves aparecen en el relato final, en "La vocación literaria". Ese es el manual de instrucciones y la declaración de intenciones de todo lo que vendrá después. Y, la verdad, me ha alegrado mucho esta reedición en tándem junto a mi nuevo libro. Me gusta verlos juntos -al primero y al último hasta ahora- en las librerías. Me recuerda un poco a ese gran momento en la última película de la serie Star Trek en el que el Mr. Spock joven y el Mr. Spock viejo se encuentran en un pliegue del espacio-tiempo y se saludan.

El cuento ha sido el gran género dentro de la tradición argentina: Borges, Bioy Casares, Cortázar, Walsh, Piglia, etc. ¿Fue premeditado debutar con un libro de cuentos?
Fue premeditado debutar con un libro de cuentos que no fuera el típico libro de cuentos. Es decir: yo siempre distingo entre libro con cuentos (donde se reúnen relatos sueltos) y libros de cuentos (donde los diferentes relatos se relacionan entre ellos y acaban configurando un todo casi novelesco). El cuento es el género argentino por excelencia, claro, pero no abunda ese modelo de libro de cuentos que sí es más fácil de hallar dentro de la literatura anglosajona.

En esta nueva edición de Historia argentina hay un cuento sobre fútbol, ¿por qué le pareció importante incluirlo?
Muchas personas me señalaron la ausencia del fútbol en Historia argentina (aunque había una mención a Maradona) y, sí, nunca me interesó el fútbol pero siempre me intrigó la ausencia o inexistencia de una gran novela argentina sobre el fútbol. Sobran los relatos (Soriano, Fontanarrosa...) pero falta esa novela. Así que se me ocurrió escribir sobre esa 'desaparición' en el contexto de los desaparecidos: que fuese un secuestrado quien intentara explicar las razones para ese secuestro. Y, de paso, aproveché para tender nuevos lazos con otros relatos del libro. Escribí "La pasión de multitudes" durante los últimos tramos de la escritura de El fondo del cielo y, aprovechando que Jorge Herralde quería reeditar Historia argentina, le propuse agregar un nuevo texto/capítulo al asunto. Enseguida me preocupó mucho la posibilidad de que yo ya no estuviera capacitado para recuperar la 'voz' o el 'tono' de mis inicios. Pero, para mi sorpresa, fue muy sencillo. Fue como volver a probarte unos blue jeans que no te ponías desde hacía años y descubrir que te siguen quedando bien.

Resulta imposible no tener una postura política a la hora de tocar grandes temas nacionales. ¿Cuál ha sido su experiencia en esos casos?
Cuando me preguntan por esta cuestión siempre digo, como suele decirse a esas personas que llaman a nuestras puertas para solicitarnos dineros para esta o aquella obra más o menos benéfica o maléfica: "Yo ya di". Es decir: fui pseudo-secuestrado a los 10 años, canjeado por mis padres (todo el asunto está en el ya mencionado La vocación literaria, de lo más autobiográfico que he escrito) y eso es todo, amigos. Volví a este paisaje con mi novela Esperanto pero siempre intrigado por una historia y no por La Historia. No me interesa la política, los políticos siempre resultan ser personajes lamentables y mucho menos me plantaría en el casillero aquel de escritor-comprometido-preocupado-por-los-grandes-temas. Para bien o para mal, siempre pensé que la práctica de la literatura es una actividad más bien burguesa, bastante dandy y absolutamente solipsista y hasta egoísta desde el punto de vista social.

Ha sido una constante en su vida el gusto por los autores de lengua inglesa. ¿De dónde viene esa predilección?
Tiene que ver fundamentalmente con un orden de lecturas y el atractivo de ciertos ritmos y cadencias. Leo básicamente en inglés, pero eso no quiere decir que no me interesen lo europeo, lo oriental, lo español y lo argentino. Pero está claro que me gusta el rol del alien y la postura del extraterrestre. Algo que trasciende al idioma y que tiene más que ver con una determinada actitud. Así, disfruto más y mejor de la Buenos Aires alienígena de escritores como Borges y Bioy Casares y Cortázar que de una necesidad absoluta de contar las cosas tal cual son. Creo que eso se nota muy claramente en Historia argentina donde, de algún modo, lo que se ofrece es una mirada marciana o hiper-extranjera de determinados "episodios nacionales". Historia argentina es, por lo tanto, más un guiño travieso que un título confiable: es más un "este libro se llama Historia argentina pero...".

Después de vivir más de una década en Barcelona, ¿sigue pensando que la verdadera patria de un escritor es su biblioteca?
Cada vez más seguro de ello. Pero en Barcelona, hace tres años, nació mi hijo y eso, claro, altera un poco la intensidad de las cosas. Por lo que -en lo estrictamente sentimental- ahora matizaría con un "la verdadera patria de un escritor es su biblioteca y mi biblioteca vive ahora en Barcelona y lo cierto es que, por el momento, muy pocas ganas de meter esa patria en cajas y salir a buscar un nuevo lugar donde reordenarla y volver a fundarla".

domingo, 18 de octubre de 2009

La Historia argentina, según Fresán

Rodrigo Fresán. Fuente: hotelkafka.com

Hace un par de semanas leí, con mucho entusiasmo, Historia argentina, una novela (o conjunto de cuentos estrechamente relacionados) cuya primera edición Rodrigo Fresán publicó en 1991. Ahora aparece en Anagrama, en una edición corregida y aumentada con textos introductorios de Ray Loriga e Ignacio Echevarría, y a un lector como yo, que la lee por primera vez en 2009 y no en 1991 le da la impresión de que ésta es una novela recién creada y no una que ya cumple 18 años (la mayoría de edad generalmente aceptada) pues tanto por su ambigüedad en cuanto a qué tipo de libro es (novela o conjunto de cuentos) como por los temas que la atraviesan, más ese tono a veces discursivo característico del tipo de novelas que algún crítico llama "novelas pensamentales", le dan un carácter fresco, fresquísimo, como de invento recién dado a conocer y recién puesto a funcionar. Y los resultados de ese invento, sobra decirlo, son sorprendentes. En el abcd las artes y las letras del sábado Jordi Carrión reseña ésta y otra novela de Fresán, El fondo del cielo, que acaba de publicar Mondadori:

Tres detalles paratextuales. La nueva edición de Historia argentina, de Rodrigo Fresán, aparece en la colección «Otra vuelta de tuerca» de Anagrama (la de los «tesoros escondidos» del catálogo). Y con estudio introductorio -excelente, por cierto- de Ignacio Echevarría. Además, su última novela, El fondo del cielo, ha sido editada por Mondadori en tapa dura. Los tres datos apuntan hacia un cambio en el estatus del autor hispano-argentino, que tras ocho títulos y traducciones a quince idiomas, se ha convertido en un escritor consolidado.
La suya es una forma de narrar propia del siglo XXI (la novela, de hecho, tiene como epicentro el 11-S). La asociación de ideas e historias, su motor, no proviene del simbolismo, sino del azar del zapping y del hipervínculo. Cada variación, cada digresión apunta hacia la relación freudiana de la histeria con las ideas parásitas.
Un humilde Grumete
Siguiendo a Deleuze, se podría incluso decir que la obra de Fresán no sólo se entiende a sí misma -en su altísimo nivel de autoconciencia- como la exploración de la lengua propia como si fuera una lengua extranjera, a través de una traducción que cruza (sub)géneros, sino que histeriza los discursos heredados para sonsacarles lo que hasta ahora no habían dicho. «Histeria argentina II», justamente, se titula uno de los cuentos de Historia argentina. El primero del volumen, el que leemos como el primer cuento de Rodrigo Fresán, «Los padres de la patria», empieza en la gauchesca y finaliza así: «Sólo yo, un humilde grumete cuyo nombre no es digno de figurar en página alguna, sobrevivió para contar esta y tantas otras historias». Si en el espíritu de nuestra época está Bartleby, Fresán apuesta por Moby Dick a través de Sherezade. Si el Tema parece ser el Futuro, en verdad es -proustianamente- la articulación del Pasado. Si aparentemente estamos ante una historia sobre ciencia-ficción, en realidad leemos un ensayo sobre el binomio escritor/lector. Como Borges, se trata de ser punk y clásico al mismo tiempo. Los cruces constantes de todo tipo son la dinámica de esa escritura.
Fresán ha impuesto, como marca de autoría, notas finales que siempre revelan sus modelos. En el caso de El fondo del cielo, todos los nombres son anglosajones (Vonnegut, Cheever, Ballard, P. K. Dick y Foster Wallace). En vez de ocultar sus cartas, el autor de Mantra parece mostrarlas.
Conflicto de tradiciones. Precisamente por eso quizá sea pertinente intentar aquí una lectura hispánica (e histérica) de la novela. Porque desde su arquitectura («Este planeta»/«Otro planeta»), que podría reactualizar la de Rayuela, hasta sus temas (el amor y la distancia: de nuevo Cortázar, el tiempo y lo fantástico: Bioy Casares), pasando por el salto narrativo (Macedonio Fernández) y una atmósfera apocalíptica que recuerda a El eternauta, nos hallamos ante la sospecha de un conflicto entre dos tradiciones literarias finalmente convergentes.
Como señala Echevarría, la gran aportación de Fresán a la literatura hispánica de estas dos últimas décadas ha sido lo mutante. Mutación doble: sus relatos tratan el tema de la metamorfosis, de la variante, de nuestro multiverso; y sus relatos se tornan múltiples. En el primer aspecto, su poética conecta con la -pionera- de César Aira y con la -paralela- de Mario Bellatin; y antecede, entre otros autores que también trabajan en la frontera entre el libro de relatos y la novela, a la de Manuel Vilas (Aire Nuestro sintoniza sin duda con la idea fresaniana de la literatura como transmisión multicanal). En el segundo aspecto, en cambio, Fresán continúa en solitario. Añade cuentos, corrige inexactitudes, suma páginas. Cada edición es diferente. Eso crea una suerte de efecto Peter Pan en el lector: no se percibe el crecimiento o el envejecimiento de la voz. Como si no hubiera evolución. Porque, además, las obsesiones y sus figuras son las mismas en todos los libros.
En El fondo del cielo encontramos una vez más el mundo de Canciones Tristes, la chica que cayó en la piscina aquella noche, la ballena y hasta a Mantra (en una aparición inicial, por cierto, un tanto forzada). De manera que cada libro resume sus obras completas y el conjunto de su obra reclama una lectura similar a la que Borges impuso en las suyas. No en vano, un epígrafe de Borges encabeza su cuento primero. Y, por extensión, toda la narrativa de Fresán.