domingo, 24 de junio de 2007

Paul Bowles, escritor nómada

Una mirada terrenal
Paul Bowles nació el 3 de diciembre de 1910 en Nueva York y falleció el 18 de noviembre de 1999 en Tánger, Marruecos. Fue poeta y compositor: sus poemas de juventud aparecieron en la revista Transition; creó tres obras orquestales y seis de cámara, decenas de pequeñas piezas para uno o dos pianos y doce partituras de películas. Escribió la música de Doctor Fausto, obra teatral montada por Orson Welles. El cielo protector (1949), se convirtió en un éxito de ventas y fue llevada al cine en 1991 por el director italiano Bernardo Bertolucci. En este cuarto número de mimalapalabra reproducimos parte del capítulo 13 de esa novela: un inesperado interludio de paz y concordia entre Kit y Port. Esta pareja se traslada a Tánger, pero su viaje no parece obedecer a los propósitos usuales de todo turista. Al parecer, el matrimonio de los Moresby no tiene futuro e ir de un sitio a otro es una especie de sustituto de la felicidad o una forma apenas eficaz de eludir el vacío.
Pedalearon lentamente por la larga calle en dirección de la grieta que se abría en la baja cadena montañosa, al sur de la ciudad. Donde terminaban las casas empezaba la llanura, a cada lado, como un mar de piedras. El aire era frío, el viento seco del atardecer soplaba en contra. La bicicleta de Port chirriaba un poco. Iban callados, Kit un poco más adelante. Atrás, a la distancia, alguien tocaba el clarín, una firme, brillante lámina de sonido en el aire. Aun en ese momento, a una media hora del ocaso, el sol ardía. Llegaron a una aldea, la atravesaron. Los perros ladraban frenéticamente, las mujeres se apartaban, tapándose la boca. Sólo los niños se quedaron donde estaban, paralizados de sorpresa. Después de la aldea, el camino empezaba a subir. Notaban la pendiente en el pedaleo: a la vista, el terreno parecía llano. Kit se cansó en seguida. Se detuvieron, miraron hacia atrás la llanura aparentemente chata hasta Boussif, muestrario de bloques marrones al pie de las montañas. La brisa soplaba con más fuerza.
—Jamás habrás respirado aire tan fresco —dijo Port.
—Es maravilloso —dijo Kit. Estaba pensativa, de buen talante, y no tenía ganas de hablar.
—¿Tratamos de cruzar el paso por allá?
—Dentro de un minuto. El tiempo de recobrar el aliento.
En seguida reanudaron el camino, pedaleando enérgicamente, los ojos puestos en la fisura que tenían delante. A medida que se acercaban, el desierto interminable era interrumpido de vez en cuando por agudas crestas rocosas que surgían en la superficie como espinazos de enormes peces que avanzaran todos en la misma dirección. El camino había sido abierto con dinamita en lo alto de la cadena y las piedras habían rodado a ambos lados de la grieta.
Dejaron las bicicletas a la vera del camino y comenzaron a trepar entre las enormes rocas. El sol desaparecía detrás del horizonte chato; el aire se había impregnado de rojo. Al dar la vuelta a una roca se encontraron de manos a boca con un hombre profundamente concentrado en la tarea de afeitarse el pubis con un largo cuchillo puntiagudo: tenía el albornoz recogido hasta el cuello, de modo que de los hombros para abajo estaba totalmente desnudo. Alzó los ojos, los miró pasar con indiferencia. Inmediatamente, volvió a agachar la cabeza para proseguir la cuidadosa operación.
Kit tomó la mano de Port. Treparon en silencio, felices de estar juntos.
—La puesta del sol es una hora tan triste —dijo ella de pronto.
—Cuando considero el final de un día, de cualquier día, siempre tengo la impresión de que es el final de toda una época. ¡Y el otoño! Podría ser el final de todo —dijo Port—. Por eso detesto los países fríos y me gustan los cálidos, donde no hay invierno, y cuando llega la noche sientes que la vida comienza en lugar de terminar. ¿No te parece?
—Sí. Pero no estoy segura de preferir los países cálidos. No sé. No estoy segura de que no sea un error escapar a la noche y al invierno y de que si lo haces no tengas que pagarlo de alguna manera.
—¡Oh, Kit! Estás loca.
La ayudó a subir a un montículo bajo. El desierto se extendía a sus pies, mucho más abajo que la llanura de donde acababan de subir.
No contestó. La entristecía comprobar que, a pesar de tener tan a menudo las mismas reacciones, las mismas sensaciones, nunca llegaban a las mismas conclusiones, porque sus respectivas metas en la vida eran casi diametralmente opuestas. Se sentaron en las rocas, uno junto al otro, frente a la inmensidad. Kit enlazó su brazo al de Port y apoyó la cabeza en su hombro. Él miraba hacia adelante; después suspiró y, finalmente, sacudió lentamente la cabeza. Lugares como éstos, momentos como éste eran lo que Port más amaba en la vida; Kit lo sabía y sabía también que los amaba más si ella estaba presente para compartirlos. Y aunque tenía conciencia de que los verdaderos silencios y los espacios vacíos que conmovían el alma de Port la aterraban, él no podía soportar que se lo recordaran. Era como si en él hubiera la esperanza siempre renovada de que sería sensible como él a la soledad y la cercanía de las cosas infinitas. Se lo había dicho muchas veces: «Es tu única esperanza», y Kit nunca estaba segura de lo que quería decir. A veces pensaba que Port se refería a su propia esperanza, que únicamente si ella era capaz de llegar a ser como era él, él encontraría el camino de vuelta al amor, porque para Port amar significaba amarla a ella, a nadie más que a ella. ¡Y hacía tanto tiempo ya que había desaparecido el amor, toda posibilidad de amor! Pero, a pesar de estar dispuesta a llegar a ser lo que él quisiera, había algo que Kit no podía cambiar: el terror estaba siempre dentro de ella, dispuesto a asumir el mando. Era inútil pretender lo contrario. Y así como ella era incapaz de sacudirse el miedo de encima, él era incapaz de romper la jaula que había construido mucho tiempo atrás para salvarse del amor.
Kit le pellizcó el brazo:
—¡Mira! —susurró. A unos pocos pasos, en lo alto de una roca, tan inmóvil que no lo habían advertido, estaba sentado un árabe venerable, las piernas encogidas debajo del cuerpo, los ojos cerrados. Al principio, a pesar de su postura erguida, les pareció que dormía, pues no daba muestras de percibir la presencia de ellos. Pero después vieron que movía imperceptiblemente los labios y comprendieron que estaba rezando.
Su bibliografía El cielo protector, 1949; Déjala que caiga, 1952; La casa de la araña, 1955; Cabezas verdes, manos azules, 1963; El Diario de Tánger 1987-1989, 1991; Por encima del mundo, 1966; Delicada presa, 1950; El tiempo de la amistad, 1967; Relatos completos de Paul Bowles, 1979; Días y viajes, 1993; Muy lejos de casa, 1991; En contacto, 1994.

jueves, 21 de junio de 2007

Trapos sucios

Pocas novelas pueden leerse, como se dice, de un tirón. Para eso es necesaria la combinación de tres circunstancias: que se disponga de suficiente tiempo para la lectura, que la novela no sea muy extensa y que esta lectura resulte apasionante desde el principio. En los últimos días, por fortuna, he tenido la oportunidad de disfrutar de la primera de estas circunstancias, y hoy, de las tres al mismo tiempo; es decir que me he leído otra novela de un tirón.
Antes me había ocurrido con algunas novelas célebres, auténticos clásicos de la literatura como El extranjero, La muerte en Venecia o El lobo estepario, y con otras no tan célebres pero sí definitivamente con esa capacidad de atraparlo a uno desde el principio: Damas chinas, de Mario Bellatin, Las curas milagrosas del doctor Aira, de César Aira, o La ciudad ausente, de Ricardo Piglia, pero hace mucho tiempo que no había vuelto a sucederme.
La novela de la que hablaré ahora brevemente es Trapos sucios, de David Lodge (Londres, 1935), que, según una nota previa del autor, se basa en su obra de teatro homónima estrenada en 1998. Lodge dice haber "revisado parte del diálogo, recuperado líneas que fueron eliminadas de la obra por diversas razones y en diversos estadios de su composición, cambiado algunos detalles y añadido elementos. Pero la historia es esencialmente la misma".
Adrian Ludlow es un novelista destacado que ya se ha retirado del oficio de escribir ficciones y se dedica tan sólo a la preparación de antologías de literatura inglesa. Vive casi aislado con su mujer en una casa de campo porque a estas alturas de su vida su intimidad es un asunto que aprecia demasiado. Hasta ahí llega una mañana de domingo Sam Sharp, amigo suyo de la universidad que se ha convertido en un autor exitoso, para expresarles a él y a su mujer la indignación que siente por causa de la entrevista que le hizo Fanny Tarrant, reportera agresiva de un periódico londinense, en la que se le retrata como a un tipo con excesivos defectos y manías. Sam le propone a Adrian vengarse de la reportera y éste, aún con la reticencia inicial y la oposición de su mujer, termina aceptando la idea. ¿La manera? Pues aprovechando que Fanny también quiere entrevistar a Adrian. Adrian tendría entonces que sacarle toda la "información secreta" que pueda a Fanny el día en que ella venga a entrevistarlo a su casa, y con ese material redactar una contraentrevista que sería publicada en otro diario londinense.
El plan parece al inicio un tanto difícil de ser ejecutado, pero pronto vemos a un Adrian igual de agresivo que su entrevistadora y consigue sacarle detalles de su vida que representarán un exquisito manjar para los lectores de su contraentrevista el día de su publicación. Pero es entonces cuando empiezan a producirse los acontecimientos que le dan continuamente giros a la historia, de modo que nada resulta para nadie según lo presupuestado.
Resulta muy interesante el examen que Lodge hace del mundo de la fama en contraposición con la figura del escritor y su actividad solitaria, de cómo conviven estas dos cosas al parecer tan distintas y del momento en que surgen los primeros conflictos.
David Lodge logra con esta novela exquisita y divertida de tan sólo 145 páginas presentarnos una muestra del panorama actual de los medios de comunicación como entes controladores o manipuladores de la verdad, en un mundo dominado por los efectos mediáticos en donde la noticia siempre es lo más importante, aunque las personas o las circunstancias de las personas no lo sean tanto.
Una excelente novelita como para irse con ella de día de campo, de vacaciones, a la clase aburrida del colegio o la universidad, o incluso al retrete. Por ella valdría la pena perderse una buena cena.

martes, 19 de junio de 2007

mimalapalabra en La Prensa

Me alegra saber que ya son tres los domingos en los que aparecen esas dos páginas de literatura de nombre mimalapalabra en La Prensa. Primero fue Roberto Bolaño, después Horacio Castellanos Moya y este último domingo el turno fue para Enrique Vila-Matas. Aquí les dejo la introducción que el editor de mimalapalabra La Prensa le hace a los textos de Castellanos Moya y de Vila-Matas:

Sobre Castellanos Moya
Para los puritanos, tómese en todos los sentidos posibles, la literatura de Horacio Castellanos Moya es satánica, y es que este honduro-salvadoreño pone el dedo en la llaga sin remilgos. Castellanos Moya es uno de los escritores contemporáneos de Centroamérica más importantes, aunque sus libros sean un trago amargo para quienes abren sus bocas sedientas de libracos de autosuperación, o para los amantes de historias bonitas, o para los que sufren atrofia intelectual, o para quienes huyen de los libros "difíciles".
En su segundo número, mimalapalabra ofrece un fragmento de El asco, un monólogo para leer sin detenerse, como si estuviéramos en el bar La Lumbre frente a Edgardo Vega, un salvadoreño que llega a San Salvador al entierro de su madre, pero que destapa la "lata de gusanos" de la sociedad salvadoreña; un panorama violento, vomitivo, deprimente e hipócrita que bien podría aplicarse a estas honduras y sus hundidos.
Sobre Vila-Matas
El novelista catalán Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es uno de los grandes renovadores de la prosa española. Dueño de una escritura límpida y precisa, plena de humor e invención, Vila-Matas ha creado una obra narrativa que parece autocontenerse, encerrarse sobre sí misma.
Desde la novela-ensayo Historia abreviada de la literatura portátil, el tema cardinal de las narraciones de Vila-Matas es el mismo: la escritura como piedra angular de la construcción de un mundo de ficción en el cual priman el juego, la permanente alusión a seres y ambientes reales transmutados por el arte aleatorio de la ficción y la aguda observación de hechos, lugares y caracteres.
El tercer número de mimalapalabra ofrece un extracto de uno de los textos más conocidos de Vila-Matas, Bartleby y compañía, si es que en nuestro país se puede aplicar el adjetivo "conocido" o el comparativo "más" a cualquier obra de Vila-Matas. Magistral combinación de ensayo, autobiografía y novela, es un texto sobre los autores que, por variadas razones, se han negado a seguir escribiendo: los escritores del No. Ejemplo destacado de la estética del No, Bartleby y compañía es la obra de un creador que se resiste a escribir y redacta las notas a pie de página de un libro inexistente.
Les dejamos sobre la mesa, en espera de no encontrarnos con los "lectores del No", un pequeño fragmento de este texto que nos remite al primer Bartleby que se escapó, ¿o se posesionó?, de la mente del escritor Herman Melville. Aunque en las librerías locales es cuestión de suerte encontrarnos con un texto de Vila-Matas, le invitamos a visitarlas y entregarse a la búsqueda de sus libros. Suerte.

sábado, 16 de junio de 2007

Tokio blues

Recuerdo unas líneas de Antonio José Rivas que dicen: "El destino no es otra cosa que lo que se encuentra condensado en la infancia". Y lo que me hace recordarlas es la reciente lectura de una gran novela del japonés Haruki Murakami (Kyoto, 1949) que trata, entre otras cosas, de ese paso que se da de la adolescencia a la juventud, el momento en la vida que los seres humanos dedicamos por primera vez a la búsqueda del sentido de nuestra existencia en el mundo.
Una canción de los Beatles, Norwegian Wood, desencadena en Toru Watanabe, un japonés de 37 años que aterriza a bordo de un Boeing 747 en el aeropuerto de Hamburgo, una serie de recuerdos de su juventud en Tokio, cuando caminaba por las calles con Naoko, la novia de su amigo Kisuki que se había suicidado hacía un año, y cuando conoció a Midori, una chica extrovertida de quien finalmente se enamora.
Con reminiscencias de El guardián entre el centeno de Salinger, Tokio blues se inscribe en ese tipo de novelas que llaman "generacionales" porque retratan la vida de un adolescente y su relación con otros adolescentes y su entorno, lo que después constituye para los lectores algo así como un testamento de su generación.
Pueden identificarse perfectamente tres obsesiones de Murakami en esta novela: la muerte, el sexo y el amor. La muerte aparece siempre sobrevolando las cabezas de los personajes, como una amenaza latente. Da la impresión de que en cualquier momento la muerte acabará con el personaje al que le seguimos la pista. Así, sabemos que Kisuki, el único amigo de Watanabe y novio de Naoko, se suicida a los diecinueve años sin una razón aparente que lo explique. Hatsumi, la novia de Nagasawa, el que después sería amigo de Watanabe, acaba también suicidándose años después de que su relación con el primero acabó y buscó el inútil consuelo del matrimonio con otro hombre. Y finalmente Naoko, para quien Watanabe dedica durante algún tiempo su amor y su dedicación, se ahorca en el sitio en donde trataba de curarse los problemas mentales que la aquejaban desde hacía mucho tiempo.
¿Por qué –podríamos pensar- tantos suicidios en una sola novela? Quizá porque la novela trata precisamente de los problemas de la juventud, que es cuando los conflictos emocionales están a la orden del día, o quizá porque está ambientada en los sesentas, una época en la que Japón apenas se reponía de los estragos de la guerra y los conflictos sociales afectaban de alguna manera en la conciencia del individuo. Pero dejémoslo ahí, que no soy antropólogo ni sociólogo… Quizá en Japón el suicidio no es una costumbre tan extraordinaria como en Occidente.
Con el sexo pasa lo mismo que con la muerte en Tokio blues. Hay una buena dosis de sexo en sus páginas, y de muy variada índole, aparte del tradicional: sexo lésbico, sexo oral y sexo entre personas de edades distantes. Pero muy pocas veces en una novela encontramos este tema tratado de una manera tan limpia, tan natural y tan desprejuiciada. En ningún momento se percibe que el autor haya intentado meter a como diera lugar, con un interés extraliterario, todas estas escenas en su libro. Los personajes de esta novela son adolescentes en su mayoría, y esa circunstancia implica el reconocimiento en sus páginas de otras circunstancias inherentes a la misma, como el sexo, el amor, la angustia o la desesperación.
Y el tema del amor, que podría servir perfectamente para catalogar Tokio blues como una novela sentimental, aflora a cada vuelta de página. Watanabe está enamorado de Naoko, a pesar de que nunca ha tenido con ella una relación normal ni estable (ella muestra signos de locura y lucha con eso en un centro de rehabilitación en las afueras de Tokio), pero aunque está dispuesto a ayudarla y a esperar su recuperación, termina también enamorándose de Midori, una chica a quien conoce en una clase de teatro en la universidad. Antes del suicidio de Naoko, Watanabe sufre una fractura emocional por causa del amor que también le depara a Midori, y después del suicidio, cae en una profunda depresión que lo lleva a viajar por todo Japón tratando de encontrarle un sentido a lo que está viviendo. Entonces Reiko, la mejor amiga de Naoko, quien también parece ser una loca incurable, le dice: "Si sientes dolor por la muerte de Naoko, siéntelo el resto de tu vida. Y si algo puedes aprender de este dolor, apréndelo. Pero intenta ser feliz con Midori. Tu dolor no tiene nada que ver con ella. Si continúas así lo estropearás todo. Aunque sea duro, trata de ser fuerte. Crece, madura. He salido del sanatorio pare decirte esto. He venido desde lejos, en aquel tren que parece un sarcófago…"
Podría adaptar las líneas de Rivas y decir ahora que el destino no es otra cosa que lo que se encuentra condensado en la adolescencia. Porque esta novela trata de eso, de lo que se vive en la adolescencia y de lo que hay que dejar anclado en la adolescencia para seguir viviendo. Podría también decir –como Rodrigo Fresán- que la lectura de esta novela es adictiva y que el estilo de Murakami tiene algo de hipnótico, como la música de los Beatles, y podría, por último, asegurar como lo hice al principio, que Tokio blues es una gran novela; pero está claro que esto es sólo una opinión particular.

sábado, 9 de junio de 2007

Noticias recientes

Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, y lo único nuevo en este blog durante este silencio son los comentarios dejados por algunos lectores sobre los diversos textos que aquí aparecen. Debo ahora hacer una pausa y hablarles acerca de un pequeño acontecimiento que he encontrado interesante y que de alguna manera contribuye al crecimiento de este espacio. Resulta que esos comentarios que mencioné -la mayoría de ellos escritos con demasiado entusiasmo y ligereza, y con poco rigor- (de hecho, fue ese el motivo por el que rechazara la publicación de varios) al parecer se originan por la buena intención de un profesor cuyo nombre desconozco de una universidad de San Pedro Sula, quien les ha encomendado a sus estudiantes entrar a este blog, leer los textos publicados y finalmente dejar sus comentarios. Curioso acontecimiento, ¿no creen? Bueno pues, eso significa que el blog está llegando a más gente.
Otro pequeño pero significativo acontecimiento (me gusta echarme estas frasecitas trilladas de vez en cuando) es la publicación, ¡por fin!, el pasado domingo tres de junio de 2007 (apunten la fecha) de dos páginas dedicadas a la literatura en diario La Prensa, algo que hacía falta desde hace mucho tiempo en este importante periódico nacional.
No viene mal un poquito de historia acerca de esta publicación. A principios de noviembre de 2006 Carlos Rodríguez, periodista cultural de La Prensa, había obtenido el visto bueno de sus jefes para que se publicara en el diario, dentro de su Revista Dominical, una sección de literatura. Carlos me comunicó la buena noticia y me dispuse a colaborar con él. Así es como, con la ayuda de uno de los diseñadores del diario, armamos el primer número de la sección, a la que bautizamos "mimalapalabra". Desafortunadamente las trabas surgieron antes de esa primera publicación y el proyecto quedó en el aire. Ese primer número de "mimalapalabra" listo desde noviembre es el que apareció el domingo tres de junio. Tuvo que pasar más de medio año y tuvo que aceptar Carlos, actual responsable de la sección, suprimir el nombre "mimalapalabra" para que por fin viera la luz esta vieja iniciativa.
Supongo que lo de suprimir el nombre de la sección responde al temor de las autoridades de la redacción de La Prensa de que la misma no llene las expectativas de nadie y deba ser abolida en cualquier momento, por ejemplo el momento en que surja la necesidad de aumentar en dos páginas la información sobre reggueatón (¿se escribe así esa papada?). Claro, será más fácil eliminar dos páginas emergentes y sin nombre propio que dos páginas que constituyan una sección específica dentro del diario. Pero así es la vida. Por ahora sólo nos resta esbozar una sonrisa de alegría contenida y esperar que esas dos esperadas páginas se mantengan durante mucho tiempo.
Hasta aquí las noticias. Esperen más durante los próximos días.

domingo, 6 de mayo de 2007

Monstruo

Dennis Arita
Aunque Peralta le había escrito pocas veces a su madre y apenas podía recordar el paisaje de su infancia, cuando en la fábrica le dieron unas vacaciones que no deseaba, se dio cuenta de que no tenía mucho que hacer en la ciudad y que podía aprovechar esos doce días para visitar el pueblo de su madre. A Peralta le gustaba mucho ver, desde la ventana de la oficina de la fábrica, la plaza que hacia diciembre es de un verde más intenso; mientras empacaba unas cuantas cosas en las dos maletas verdes, se dio cuenta de que comenzaba a extrañar la oficina con su olor matinal a café y a pan, ese su inofensivo no hacer nada los miércoles y los jueves y recibir el café de la mañana para pensar en nada o en Ernestina. Después, decidió que era mejor no extrañar nada de su vida actual y, por juego, por distracción, por maldad, le pareció bien comenzar a extrañar otras cosas; el lugar donde nació y se crió, por ejemplo. Era un buen ejercicio. Una nadería sin consecuencias.
Era jueves, hacía frío en el apartamento y en la ciudad y aunque Peralta sabía que en el sur haría un calor espantoso, se puso la chamarra porque de ese modo le parecía desafiar aunque sólo fuera por un momento y sin testigos la autoridad que su madre sabía imponer en la casa del sur. Dejó en la cómoda dinero para Ernestina y una nota escrita rápidamente para explicarle su ausencia porque no se atrevía a decirle cara a cara que iba a ver a su madre.
En la estación había poca gente y Peralta no se molestó cuando le dijeron que el autobús tardaría dos horas en salir, aunque el boleto y las cartulinas decían que debía salir media hora después. Peralta sentía frío y quería seguir sintiéndolo un poco más porque sabía que duraría poco, le hubiera gustado pedir entonces un café; en el sur se le iba a hacer tan difícil poder tomar uno sin sudar como no recordaba haber sudado desde hacía años. También le gustaba la idea de dormir un poco en las bancas acolchadas de la estación y contemplar a gusto a la mujer de vestido rojo que andaba un nene en brazos. Peralta buscó una banca verde al fondo de la sala, bajo un anuncio profiláctico y un poema de Kipling que siempre le ha parecido horroroso. Rotuló sus maletas y se quedó sentado, sosteniendo un café ralo y un trozo de pastel incomible. Sin acabar de explicárselo, lo sorprendió gratamente el color del niño contra el suéter rojo de la mujer, que no estaba tan mal a pesar de los treinta y cinco o cuarenta años, pero el sombrero verde con la flor amarilla que la mujer llevaba le parecieron inconsistencias inquietantes que podían arruinar un jueves un poco menos malo que éste.
No se atrevió a echar una siesta en la banca porque se le ocurrió que en la mujer había algo que a la larga podía interesarle. Era una especie de fijación inexplicable con los objetos y las personas que a Peralta no lo alarmaba tanto como sus olvidos o esos hábitos terribles que terminaban por arruinar sus relaciones sentimentales. Entre los viajeros había un anciano con una chaqueta a cuadros y una bolsa de tela que llevaba como otros llevan un tesoro; más cerca de Peralta, un grupo de obreros o campesinos miraban por turnos a Peralta y a la mujer de rojo y al final se decidieron por Peralta.
Peralta saludó sin ánimo y casi sin hablar y se puso a estudiar un anuncio de cigarrillos. No supo en qué momento se durmió y cuando sintió que lo zarandeaban y despertó bruscamente con la cara de un campesino pegada a la suya y diciéndole algo, se sobresaltó y se sintió mal, con un regusto de metal en la lengua. Se levantó de la banca y vio la cara divertida de los obreros que ya subían al autobús con sus pequeños atados en las manos. Hacía más frío ahora, le dio las maletas a un muchacho y subió sintiéndose torpe y lento, en ese momento le hubiera gustado más que nunca poder tomar algo caliente. «Ya hará calor adonde voy», pensó.
Peralta subió al autobús y decidió no ponerle atención a los obreros que sin duda bromeaban sobre él; por fortuna uno de sus hábitos era la burla de sí mismo y por eso no se molestó demasiado. Prefirió buscar un asiento vacío. Al fondo estaban el anciano de la chaqueta a cuadros y la mujer de rojo, que había comenzado una conversación con un obrero de gorra y bigote. Sin saber por qué, Peralta se sintió extrañamente desolado y aunque estaba a sólo dos asientos de la mujer de rojo, retrocedió disculpándose con nadie y encontró un asiento ocupado por un campesino.
-¿Cuánto iremos a tardar? -preguntó el campesino, que era delgado y membrudo.
-No sé -dijo Peralta-. Tengo tiempos de no viajar al sur.
De pronto recordó a su madre. «Quince años», pensó. Había un árbol junto a la casa de su madre que su padre nunca quiso derribar. Peralta trató de recordarse niño y trepado en el árbol, pero le pareció curioso y alarmante no poder imaginarse niño.
-No ha de ser mucho -dijo el campesino.
-¿Cómo sabe? -dijo Peralta, preguntándose cómo iba el campesino a saber que eran no pocos los años en que el único vínculo entre él y su madre eran los cheques que enviaba cada fin de mes. La cantidad era menor desde la muerte del padre y de Óscar.
-Dicen que como tres horas.
-Ah, ya -dijo Peralta.
Peralta comenzó a sentir más frío que antes y estuvo cabeceando mientras otro campesino, cuidadosamente afeitado, le contaba una vida de viajes de ida y vuelta; el sur fue de pronto adquiriendo una forma definida y Peralta trató de mantenerse despierto fijándose en el rostro cetrino y agradable del campesino y decidió que le gustaban sus gestos y su conversación, que se estaba bien dentro del autobús que con rapidez alarmante iba recorriendo el atardecer lleno de luces y árboles. La mujer de rojo se había dormido contra el hombro del obrero de gorra azul y Peralta comprobó que era peculiarmente atractiva, la cara afilada y los pómulos altos. Antes de dormirse, creyó escuchar que los obreros cantaban una canción. Cuando despertó en la estación, era de noche y el autobús estaba vaciándose en medio del alboroto de maletas y bienvenidas ruidosas. Mientras caminaba entre la gente, asombrado de que no hiciera tanto calor como esperaba, se dio cuenta de que ya no era capaz de recordar con precisión el rostro de la mujer ni el de Ernestina.
Su madre estaba en la sala pelando papas para la cena cuando Peralta entró después de tocar la puerta. Recordó al verla absorta y lejana que ella ya no oía tan bien como antes y trató de recordar tantas otras cosas sobre su madre que debía tener presentes para no ofenderla. Se daba cuenta de que era así siempre: reglas del juego que debemos aprender y recordar, pequeños hábitos que señalan distancias y límites.
-¿Querés ayudarme? -dijo su madre.
Peralta se sentó en una de las tres sillas, junto a su madre, se acercó el bol con papas y comenzó a pelar tratando de que el cuchillo no cortara demasiado profundo. Había olvidado quitarse la chamarra, pero sentía aún algo de frío que ya se quitaría con un paseo, quizá su madre lo acompañaría hasta la pulpería y se tomarían un café o la mitad de una cerveza. Miró el rostro de su madre y le pareció menos vieja de lo que esperaba; le gustaba saberla viva como le gustaba el asombro feliz y nostálgico que le venía al recorrer de nuevo lugares y personas. «Así ha de ser siempre, madre», pensó. «Volver y encontrarnos de nuevo vivos es como volver a esos sitios de la infancia y sorprenderlos cubiertos de maleza o sucios de antiguas lluvias». Su madre le tocó el pelo y lo peinó con los dedos. Peralta dejó de pelar las papas y sintió el contacto de las manos callosas contra el cráneo.
-Estoy bien -dijo Peralta-. Sólo cansado por el viaje.
-Vamos a estar bien, ya vas a ver -dijo su madre-. Voy a abrir tus maletas —lo miró un poco antes de acabar de levantarse, sin dejar de tocarle el pelo—. No has cambiado nada —dijo.
En la maleta había camisas, dos libros, cinco paquetes de cigarrillos ásperos y una botella de coñac barato, que Peralta había comprado por pura fantasía. Su madre tendió las camisas sobre la cama del cuarto de Peralta y puso en el guarda comida los cigarrillos y el coñac; sabía que su hijo no fumaría ni bebería en la casa y que seguramente se iría sin haberlos tocado. Aunque lo había visto fumar en dos o tres ocasiones, tener en las manos los cigarrillos le produjo un asombro que rápidamente se convirtió en una melancolía silenciosa. Peralta terminó de pelar las papas y se puso a guardar su ropa.
Su madre cocinó, Peralta se quitó la chamarra y bebió refresco en un vaso de plástico, apoyado en el vano de la puerta de la cocina, mientras hablaba de la fábrica, de Ernestina, que para su madre era casi una desconocida. Comieron arroz, carne, papas y una mazorca de maíz hervido y él rechazó la sal y la mantequilla; su madre comió poco y lo miró comer un momento, estuvo en la cocina, regresó a la mesa con una bandeja tapada y volvió a sentarse.
-¿Ernestina es tu novia? -le preguntó.
-Sí.
-¿Menor que vos?
-Sí.
-Qué rápido cambia todo. Peralta dejó de comer y miró a su madre. Ahora le parecía más joven que antes y lo perturbó la sospecha de que por alguna razón oscura estaba perdiendo contacto con la realidad, y se obligó mentalmente a fijar todo ademán o toda palabra que pudiera influir en su futuro, aunque intuía que como siempre rompería ese compromiso consigo mismo. Como tantas otras veces, era incapaz de retener el rencor, el asombro,la alegría o la duda. Se sentía avergonzado y de pronto perdió el apetito.
-Comé -dijo su madre. Volvió a tocarle la cabeza.
-Sí, es malo dejar la comida.
-Tu papá hubiera dicho lo mismito. ¿Me vas a acompañar?
-¿A dónde?
-Hay que llevar esto al comedor de Ramírez —señaló la bandeja tapada—. Pero terminá de comer. Primero terminás y luego salimos, ¿verdad?Peralta probó dos bocados y desistió; miró a su madre a los ojos y ella suspiró. Recordó a Ramírez: sus gestos excesivos y sus manos talladas en piedra. Sintió con angustia que algo nuevo comenzaba y le dolió no saber con exactitud qué era.
Ramírez tenía diez años menos que su madre. Peralta sintió una extraña desolación cuando comprobó que Ramírez era un hombre pequeño y vivaz, de voz alta y agradable. Sus gestos, sin embargo, eran los que Peralta recordaba: los de un hombre criado en una ciudad extranjera, esa amabilidad suya que sabía imponer una distancia a veces necesaria. En el comedor de Ramírez sólo había dos hombres que ni hablaban ni consumían y que parecían ser parte del mobiliario. Había una máquina de música en un rincón, cada mesa tenía un quinqué y las paredes, de un azul sucio, estaban cubiertas de calendarios y dibujos de santos. El calor venía de la cocina, no de afuera; Peralta se asomó a la puerta de la cocina y vio el desorden de ollas y platos que iban y venían con pollos ensangrentados y cucharones y las manos manchadas desangre y harina. Ramírez palpó la bandeja que Peralta había traído y trasladó a una mesa cerca de la puerta de la cocina el pan y la carne salada.
-Éste es mi hijo -dijo la madre de Peralta.
-Me da gusto conocer al hijo de Merceditas. Son cosas que no pasan todos los días -Ramírez dio dos palmadas para sacudirse el azúcar y le tendió una mano a Peralta, que la sacudió con distracción.
-Igual —dijo—. Este lugar está igualito como cuando me fui.—Acá las cosas cambian poco o no cambian nada, eso me dicen. Sólo el calor está igualito. Ya lo sintió ¿verdad? Peralta se sentó en una silla, cerca del mostrador donde Ramírez servía bebidas y platos con una eficacia asombrosa.
—¿Va a creerme que no lo sentí? Cuando me bajé en la estación ni me quité la chamarra.
De pronto Peralta se sintió culpable por sentir tanta simpatía por Ramírez. O quizá no era culpa; era sólo que lo asombraba simpatizar con un hombre como Ramírez, por quien debía sentir desprecio o temor. Más que todo, lo asombró ver el rostro feliz y redondo de Ramírez y saber que en una época lejana él, Peralta, había sido un niño al que Ramírez acaso había cargado o colmado de dulces y regalos.
—Estos días ha llovido un resto y el aire se queda algo fresco, pero nomás amanezca se va a dar cuenta —dijo Ramírez mientras destapaba la bandeja que Peralta había traído. En la bandeja había dulces rojos y amarillos, que Ramírez fue poniendo en una pequeña vidriera con marco de aluminio. Para Peralta fue extraño darse cuenta de que su madre hacía dulces, porque en sus breves cartas ella jamás mencionó esa manera de ganar dinero. Mejor no pensar más en ese asunto o, mejor, dejarlo para después, cuando él y su madre estuvieran solos en la casa. Pidió una cerveza; Ramírez sacó la botella del congelador y se la pasó a la madre de Peralta. Cuando su madre le dio la cerveza, Peralta la vio fijamente, tratando de que su mirada transmitiera todo su asombro y su indignación, porque Peralta ya había decidido que había cosas en la vida de su madre que eran indignantes, no sólo para ella y para él: también para la memoria de su padre y de Óscar, más que todo para Óscar, a quien Peralta le había prometido no dejar jamás que su madre pasara aprietos ni se rebajara.
—Su mamá se la pasa hablando de usted, dale que dale con su hijo, lo quiere —dijo Ramírez, poniendo en la voz algo de ternura que a Peralta le pareció horrorosa y falsa. Por un momento, sintió el deseo de ver hacia otro lado, donde no tuviera que encontrar su mirada.
—¿Sí? No me diga —la cerveza estaba muy fría y Peralta se bebió la mitad de un trago—. De seguro le ha de haber dicho más de lo que me dice a mí. Casi no me cuenta nada de lo que pasa acá en el pueblo. Ramírez vio a la madre de Peralta y le sonrió.
—No le creo.
—Cómo no —dijo Peralta—. Por ejemplo, nunca me dijo que acá llovían piedras. Si hubiera sabido que llovía y hace frío, me hubiera venido preparado. —Imagínese usted —dijo Ramírez—. De seguro no le pareció importante, ¿verdad, Merceditas?
Peralta sintió la mirada de su madre y por un momento le pareció que en ella había algo impreciso, enfado, extrañeza, vergüenza —difícil saberlo en ese momento, quizá después podría averiguarlo. Le molestó que tantas cosas fueran quedando pendientes, que en tan poco tiempo tuviera que enfrentarse a la duda y a la inquietud. Pero ¿por qué inquietud, por qué duda? Ya lo sabría —no, no lo sabría, todo quedaría en el límite de lo indefinido, en esa zona donde su madre siempre había vivido, con sus cosas, con la fotografía de su padre y las calificaciones de Óscar y las cartas de Peralta que también, por qué no, estaban llenas de imprecisiones y dudas. Sin embargo, descubrió que lo verdaderamente molesto era sentirse inquieto por algo que nunca antes le había causado la menor impresión, como las noticias terribles de algún lugar del mundo que jamás conocería, como la existencia de sus vecinos en el edificio que habitaba, como la vida de su madre en ese pueblo al que jamás debió haber vuelto.
—Se me olvida decirle muchas cosas —dijo su madre, que de golpe pareció recobrar la compostura y lo miró con una ternura que a él se le antojó más desagradable que la dureza de su primera mirada—. Tenés razón —volvió a ver a Peralta—, pero con los años a uno se le olvidan las cosas.
—Claro —dijo Ramírez.
Peralta terminó la cerveza. Sintió que su madre estaba repitiendo demasiadas frases, y eso, por alguna razón, era como el presagio o la confirmación de algo, sabrá Dios qué. Ramírez terminó de ordenar los dulces en la vidriera y entró a la cocina. Un hombre y una mujer entraron al comedor, se acercaron a la máquina de música y comenzaron a hablar en voz baja y a ver a Peralta con curiosidad. Peralta se reclinó en la silla y extendió y cruzó las piernas, sin saludar a los desconocidos, que siguieron viéndolo.
—No hay por qué ponerse así —dijo su madre, que siguió de pie, acodada en el mostrador, el torso echado hacia adelante y la grupa hacia atrás; una postura varonil que a Peralta le desagradó—. Hay cosas.
—Que se te olvidan, claro —dijo Peralta; en cuanto terminó de hablar sintió que se estaba convirtiendo en otra persona y lo abrumó el temor.
Estaba viendo a su madre cuando escuchó la música estridente a sus espaldas y, con una violencia que era otro signo de su trastorno, volteó a ver a la mujer y al hombre, que se estaban sentando en una mesa, cerca de la máquina. El hombre, sin dejar de ver a Peralta,pidió cervezas y algo para picar; cabeceó, a modo de saludo, y Peralta se quedó quieto y sintió frío, más frío que nunca, y supo que ese hombre era lo único verdadero en ese comedor, además de las cervezas frías. Cabeceó también, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Se levantó y salió. El viento barría las nubes; no había luna ni estrellas y el cielo era una sombra sobre su cabeza.
Su madre salió con la bandeja en la mano. Echaron a caminar por el camino de tierra, sin hablar.
Su madre entró primero a la casa y Peralta se quedó de pie, apoyado contra la baranda del soportal. Entró. Mientras su madre estaba en la cocina, fue hasta su cuarto, buscó la chamarra y se la puso y sacó la botella de coñac y un paquete de cigarrillos; regresó a la salita, puso la botella en la mesa y fue a la cocina a traer un vaso. Su madre estaba llorando, las manos sumergidas en el agua jabonosa del fregadero de losas verdes que su padre había construido con sus propias manos, dos años antes de morir de septicemia. Peralta dijo «permiso» en un susurro, su madre se apartó y se enjugó los ojos enuna toalla sucia y él sacó el vaso del mueble empotrado en la pared. Regresó a la sala y se sirvió un trago tras otro, hasta acabarse lamitad de la botella. Empezó a fumar, viendo las paredes desnudas. Ya no estaban el retrato de su padre ni los diplomas que Óscar había ganado en la secundaria. Entonces recordó, sin asombro esta vez, las palabras que su madre había escrito en una carta no tan antigua: «También están todavía allí los retratos, fijate, pero están un poco gastados ya, el de tu papá tiene unas manchas en las orillas». «Me gusta tocar los diplomas de Óscar, siempre lo recuerdo cuando era niño. Todavía me acuerdo cuando vino con el primero, estaba feliz». «Vivo bien, sin necesidades, nada me falta, hijo». «Casi no sé nada dela gente de acá, no salgo, con lo vieja me voy poniendo más gruñona». Sintió más frío y estuvo escuchando el gemido del viento y el ruido que hacía una lámina al golpear las vigas. Se puso a pensar por qué en los pueblos siempre hay una lámina que golpea las vigas. Vio a su madre salir de la cocina, se distrajo un momento y luego descubrió que la tenía cerca, que estaba de pie y lo miraba, los ojos húmedos. Peralta sintió rabia o lástima al verla, pequeña y esbelta, aún hermosa, demasiado hermosa para su edad, para la idea que su hijo se había hecho de ella, de su apariencia, de sus rasgos, de sus hábitos en esa casa del sur a la que Peralta se arrepentía de haber vuelto. «Sólo pensar que. . . .» pensó, sin terminar la frase. No dijo nada, fumó en paz, tranquilo, sin asombrarse ya. La escuchó dar las buenas noches y la vio entrar a su cuarto.
Peralta despertó. Era la mañana del viernes. Se había dormido sentado en la silla junto a la mesa de la sala, con el cigarrillo colgándole de los labios. Sintió más frío que la noche anterior, buscó calentarse abrochándose la chamarra y frotándose las palmas de las manos y sirviéndose más coñac. Era mejor no tomar demasiado, dejar un poco para el día y la noche; ya vería qué otros licores vendían en el pueblo, quizá un aguardiente recio. Cosa de buscar. La mesa estaba cubierta de hormigas pequeñas y rojas y a Peralta lo divirtió su actividad febril y esta vez no las comparó con hombres, como otras veces; sencillamente las miró, le gustó que estuvieran tan lejanas dela comprensión, el amor o el odio; no las perturbó: tomó coñac concuidado, poniendo la botella en la mesa cuando estaba seguro de que ninguna de las hormigas podía resultar aplastada.
Fue hasta el cuarto de su madre y abrió la puerta. Estaba dormida ofingía dormir. El cuarto, contra cualquier expectativa de Peralta, era de una sencillez dura y blanca, casi cruel. Todo era blanco, las cortinas, la ropa de cama y de dormir, las paredes muy limpias, elvelador de madera. Su madre estaba tendida de espaldas, los brazos rectos junto al cuerpo y la hermosa cabeza de nariz afilada hundida enla almohada blanca. No parecía respirar. Tenía puesto un camisón blanco que le llegaba hasta los tobillos.
—Madre —susurró Peralta desde la puerta. Entró lentamente y se detuvojunto a la cama—.
Madre —repitió.
Su madre abrió los ojos.
—Madre.
—¿Sí?
—Nada.
Regresó a la sala, guardó la botella y se metió los cigarrillos y elencendedor en la bolsa de la chamarra. Entró en la cocina e intentó preparar el desayuno, pero en algún momento descubrió que no teníaapetito. Cortó una rebanada de pan, que puso en un plato junto a un trozo de queso, calentó leche y llenó un vaso. Llevó la comida alcuarto de su madre y la dejó en el velador.
Estuvo en el patio, que no tenía árboles, salvo por un marañón retorcido, plantado junto a una pileta llena de agua verdosa. El suelo era rojizo, seco, estéril. Hacía tanto frío que Peralta, sentado en una piedra, tuvo que regresar por la botella de coñac y beber del gollete. Dejó dos tragos en la botella, que escondió entre dos piedras, y salió a caminar mientras fumaba. El cielo era gris, un gris plateado y uniforme, sin un trazo de otro color. Los terrenos vecinos eran rojizos y estériles como el de su madre; había pocas casas en losalrededores, y junto a un pozo seco, a dos kilómetros de la casa de sumadre, una manada de cabras de pelaje sucio deshojaba los arbustos achaparrados y polvorientos.
Peralta regresó a la casa y comprobó que su madre estaba aún tendida en la cama, pero esta vez estaba echada de costado. Ahora sí parecía dormir. No había probado la comida. Logró despertarla.
—Estoy enferma —dijo, sin ver a Peralta. Peralta le tocó la frente y la papada y no detectó fiebre.
—¿Querés que llame a alguien? ¿Un doctor?—No. Traeme una botella azul que está en el guardacomida.
Peralta no hizo preguntas. Encontró la botella y la trajo. Su madre bebió del gollete y dejó la botella destapada sobre el velador. Peralta la tapó y salió del cuarto.
La enfermedad continuó todo ese día, sin que su madre se quejara una sola vez. Comió poco, Peralta no la vio ir al baño ni una sola vez y prefirió no averiguar. Peralta pasó el día fumando, tomó otros dos tragos de coñac y guardó uno para el día siguiente, volvió a salir de paseo y admiró el marañón del patio, sus ramas retorcidas y grises, con peladuras de un rojo ceniciento, su carencia de frutos y hojas. En la noche, frió dos tajadas de carne e hizo café. Se comió una porción de carne y tomó café en la sala; le sirvió la otra tajada a su madre, con tortillas del día anterior y café fuerte, sin leche. Volvió a dormirse en la sala.
El sábado, Peralta no hizo desayuno y se bebió el resto del coñac. Esperó la tarde, mientras leía en la sala una novela de aventuras, pero su madre siguió tendida en su cuarto. Hacía aún más frío que el viernes; Peralta vio un turbión de nubes en el cielo plomizo y temió y luego deseó que lloviera. Advirtió, en algún momento, que durante dos días no había pensado en la fábrica ni en Ernestina y eso le pareció injusto. Sin darse cuenta de lo que hacía, comenzó a escribir, con una pluma de plata, algunas frases sueltas en la última página de la novela que leía: No estoy aquí, Diez días, Todo es mentira, Volver es como traicionar a alguien. Traicionar ¿a quién? ¿A su madre? Dejó la novela y entró al cuarto de su madre.
—Madre, mañana me voy —dijo. Su madre lo vio desde la cama sin moverse—. Voy a escribirte apenas llegue ¿estamos?
Cuando Peralta llegó al comedor de Ramírez, eran las tres de la tarde. No lo sorprendió saber que Ramírez sí tenía dos botellas de coñac, quea nadie le gustaba. Peralta compró una botella y rechazó la otra, que Ramírez le quiso regalar. «Por la vuelta del hijo pródigo» dijo Ramírez, sin burla en la voz. Peralta esperó, de pie junto al mostrador, a que una pareja dejara libre la mesa que él había ocupado la noche del jueves; se sentó y siguió bebiendo, descubriendo la bondad del coñac de Ramírez, asombrado y agradecido.
—Por nosotros —dijo, alzando el vaso lleno.
Ramírez dejó de limpiar el mostrador, sonrió y sacó un vaso, lo llenó de un licor carmesí y fue bebiendo a tragos medidos, sin hablar, sin preguntar por Mercedes ni por nadie. A las nueve, Ramírez anunció que debía cerrar, Peralta salió al patio con la segunda botella de coñac, que acabó aceptando como regalo, y se quedó de pie bajo el cielo negro. El viento cortante bajó desde el cielo sin estrellas, levantó el polvo de la calle de tierra y despeinó a Peralta, que destapó la segunda botella; no estaba borracho, y eso le dolía. Entonces recordó que cuando había salido de la casa para venir al comedor de Ramírez, había creído ver por la ventana la sombra blanca de su madre atravesando la sala. Escuchó a sus espaldas el ruido que hizo alguien al cerrar la gran puerta de doble hoja del comedor. Mientras escuchaba el ruido de cerrojos, le pegó un nuevo trago a la botella, rodeó el edificio del comedor y se arrimó a una de las ventanas de la cocina que daban al patio trasero.
Estuvo ahí, asomado a la ventana, bebiendo y fumando, una, dos horas. En algún momento vio a Ramírez, el torso desnudo, entrar a la cocina y limpiarlo todo; lo vio trabajar dos horas: minucioso, tranquilo, sin prisas, limpió los muebles, las ollas, las dos estufas, los cucharones, el piso de losa verde. No sudaba: tenía el torso brillante, lampiño y terso, como el de un niño. Cuando terminó, se sentó en un taburete forrado de fieltro rojo, cerró los ojos y se quedó quieto, las piernas extendidas frente a su cuerpo blanco ymacizo; sin abrir los ojos, encontró a tientas una toalla húmeda y se la puso en la frente y comenzó a respirar hondamente, con horrible regularidad. Peralta dejó de verlo, se dejó caer y terminó sentado, la espalda apoyada contra la pared. Estaba llorando.
Atravesó los campos oscuros a paso regular, la botella casi vacía azotándole los muslos, bajo el viento helado. La casa de su madre tenía las luces apagadas; Peralta se abrochó la chamarra y sintió que nunca antes había estado más lúcido. Cuando pisó la primera grada que llevaba al soportal, escuchó un ruido a su izquierda.
Casi de inmediato reconoció el ruido: el del agua agitada en un recipiente. Se quedó inmóvil. Luego, se dio cuenta de que eran varios ruidos: primero, el del agua agitada, después, el del agua absorbida.
Aunque estaba lúcido como nunca antes, no pensó demasiado, y eso lo aterró como nada antes lo había aterrado. Se agachó, dejó la botella apoyada en el barandal y bajó al patio.
En una zona de claridad inexplicable, entre la pileta de agua verdosa y el marañón deshojado y torcido, había algo, un animal o una bestia oscura. Quizá no era grande y acaso era más pequeña que una cabra, pero a Peralta le pareció, por un momento que se alargó demasiado, que la bestia o lo que fuera tenía el tamaño de un toro o un búfalo. Tal vez no era negra pero, bajo la sombra, era más negra que la noche; el pelaje hirsuto la rodeaba como un aura y los ojos, encendidos y rojísimos, miraban a Peralta con calma. Cada vez que la cabeza gigantesca bajaba, Peralta escuchaba el ruido que hacen los animales al beber. En contra de todas sus expectativas, la bestia no olía.
Cuando alzaba la cabeza para dejar que el agua le corriera por la garganta, los ojos rojos miraban a Peralta; salvo por el ruido que hacía al beber, la bestia era silenciosa y aunque Peralta esperó oír el sonido de su respiración, que presintió bronca y asmática, no escuchó nada. Peralta no pudo moverse. Ni siquiera tembló. Vio beber a la bestia durante mucho o poco tiempo, nadie lo sabe. No supo en qué momento los ojos de la bestia desaparecieron y de golpe entendió que había dado media vuelta, sin ruidos. No la escuchó alejarse dandococes contra el suelo, sólo vio su cuerpo empequeñecerse, deslizarse silencioso y atroz.
Peralta estuvo de pie un rato mientras se recobraba. Volvió a respirar, apoyó la cabeza contra el barandal y se sentó en la primera grada.
Cuando entró, en medio de la sala a oscuras había una sombra blanca: era su madre. Peralta encendió la luz y ambos se quedaron viendo como dos extraños; esa mirada duró sólo un instante: al final, Peralta descubrió en los ojos de su madre una ternura que lo tranquilizó.
—¿Tenés hambre? —preguntó ella.
—Sí. -Peralta esperó sentado en la sala y, cuando la comida estuvo servida, comieron con apetito. Después, en la cocina, Peralta ayudó a su madrea lavar los platos. Ella le fue pasando los platos para secarlos; cuando ya se escuchaba el canto de los gallos, le preguntó, mirándolo a los ojos con una coquetería que la volvió hermosa:
—Entonces ¿te vas mañana? Peralta terminó de secar el último plato.
—No —dijo.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Margarita, está linda la mar

Por Giovanni Rodríguez
En Margarita, está linda la mar, del nicaragüense Sergio Ramírez, el relato se presenta en dos niveles, uno que nos remonta a 1907, año del regreso de Rubén Darío a Nicaragua, siendo recibido por sus compatriotas con gran entusiasmo en un homenaje que se le brinda; y el otro en 1956, año de la muerte del dictador Anastasio Somoza García a manos de Rigoberto López Pérez, un poeta leonés que, tras un plan llevado a cabo minuciosamente por él y sus compañeros, logra infiltrarse en una fiesta que se realizaba en honor al dictador.
Ambas historias, la que inicia con la llegada de Darío a Nicaragua y que acaba con su muerte producto de cirrosis hepática, y la que conduce finalmente al atentado y muerte del dictador Somoza, son presentadas alternativamente, ya sea por un narrador omnisciente, que nos lleva principalmente desde la perspectiva del capitán Agustín Prío, uno de los conspiradores de Somoza, o por los apuntes de Rigoberto López Pérez en 1956, que obligan a saltar constantemente al pasado.
Rubén Darío llegó, se dijo, procedente de París, a la ciudad de León en 1907. Los nicaragüenses reunidos a orillas del mar esperando el barco le brindaron un homenaje sin precedentes que el poeta recibió con mucho agrado, sobre todo porque entre los anfitriones figuraba Eulalia, una joven mujer ya casada pero con grandes atributos, que de inmediato atrapó la atención del homenajeado.
49 años más tarde el capitán Agustín Prío observa desde el balcón del café, donde desde hace algún tiempo viene reuniéndose un grupo para reconstruir la historia del poeta y al mismo tiempo conspirar contra el régimen dictatorial de Somoza, cómo el dictador y su esposa Salvadora Debayle, la Primera Dama, llegan a León para disfrutar de una fiesta en honor a Somoza.
Desde este momento, a partir de lo que el capitán Prío supone que debe estar pensando la Primera Dama frente a la tumba de Rubén Darío, empiezan a ocurrir los frecuentes saltos al pasado y su consiguiente vuelta al presente a través de las conversaciones de los conspiradores en el café.
Darío se prende de la belleza de Eulalia y la hace sentarse a su lado durante el homenaje. Todos comparten la alegría del poeta: el sabio Louis Debayle, su esposa Casimira, el obispo Simeón, el entonces pequeño Quirón, a quien el poeta habría de traspasarle luego el numen de las musas apretando fuertemente su cabeza, y las hijas del sabio y Casimira, Salvadora y Margarita, esta última propietaria del abanico depositario del famoso poema de Darío "Margarita, está linda la mar".
Pero todo vuelve a 1956, el presente del relato, cuando los conspiradores llegan al punto en su recuento de la vida del poeta en el que La Maligna, apodo adjudicado a la legal esposa de Darío, se presenta sorpresivamente en el homenaje y sin considerar el valor de los buenos modales se brinda con todo a su impostergable pregunta: "¿Quién es esa puta?" , refiriéndose, por supuesto, a Eulalia, tan inocente y presumiblemente tan casta hasta el día en que el vate operó divinamente en ella.
Más adelante, antes de la muerte de Rubén Darío y del atentado contra Somoza, los momentos más importantes de la novela, se registran otros episodios que ayudan a hilvanar la relación entre las dos historias creando una continuidad temporal entre pasado y presente para situarlos como un mismo orden de acontecimientos en la percepción de los lectores.
Quirón se constituye en uno de esos personajes tejedores y unificadores de la historia cuando, luego de la muerte del poeta, el sabio Debayle y Andrés Murillo, hermano de La Maligna, se disputan su cerebro. Quirón, a quien, recordemos, el poeta había traspasado el numen de las musas, logró al final de cuentas apoderarse del cerebro y salir corriendo a enterrarlo al pequeño jardín trasero del burdel de La Caimana. Y lo mismo hizo casi medio siglo después con los testículos de Rigoberto López luego que éste disparara contra Somoza y muriera acribillado por miembros de la Guardia Nacional. Quirón se deslizó, como antes lo había hecho por el cerebro de Darío, esta vez por las calles oscuras y vigiladas por la Guardia Nacional y luego de que Caradepiedra Diómedes Baldelomar, un esbirro del dictador, le cortara, según presunta orden del convaleciente mandatario, los testículos, aprovechó una distracción de todo el mundo para agenciarse tan preciada joya, o más bien joyas, si recordamos que eran dos, para salir de nuevo corriendo al jardincillo del burdel de La Caimana y enterrarlos junto al cerebro del poeta Darío.
Rubén Darío murió debido a una de las tantas operaciones infructuosas, entre las que valdría mencionar la de cambio de sexo de La Caimana, que a lo largo de toda su vida como médico había practicado Louis Debayle. El poeta había recaído por causa de su nada reprochable afición a los productos destilados y tonificadores del ánimo, afición que lo conducía hacia lo que él mismo llamaba "Los paraísos artificiales", y el sabio Debayle, aún sabiendo que para la cirrosis hepática no había cura, se aventuró en busca de la tan ansiada gloria científica, encontrándose solamente con la triste muerte de uno de los más grandes poetas de todos los tiempos.
Mientras tanto, casi medio siglo después, en el que, repetimos, es el presente de la historia, Rigoberto López Pérez ha entrado ya con una acompañante a la fiesta en honor de Somoza. La forma de perpetrar el atentado está suficientemente discutida por todos ellos, los conspiradores. Todo está listo. Calcula los movimientos, saca a bailar a su pareja, se acerca a Somoza y le encaja los libertadores disparos que diez días después habrían de ocasionarle la muerte en el refugio de una clínica privada.
Así nos presenta la historia Sergio Ramírez, con un Rubén Darío de carne y hueso y un Somoza no tan poderoso que termina siendo atacado, para después morir, de una forma muy simple.
La novela, el héroe, el estilo
Margarita, está linda la mar es una novela que refleja la madurez literaria de Sergio Ramírez, quien llega a la raíz literaria y al drama político de Nicaragua y América Latina con una conjunción perfectamente armónica de sustancia y estilo.
Las dos líneas argumentales que se alternan responden al declive y muerte del poeta Rubén Darío, entre 1907 y 1916, y a la pequeña conspiración que terminará con la vida de Somoza, en 1956. A partir de un poema escrito en el abanico de una niña se desarrolla la historia de la Nicaragua del siglo pasado teniendo como centro la ciudad de León y como telón de fondo la corrupción política, la constante intervención militar y política norteamericana y la violencia de la dictadura somocista.
Se trata, una vez más en Sergio Ramírez (ya lo había demostrado en sus dos novelas anteriores), de la fuerza poderosa de la memoria tamizada por la imaginación del escritor que incluye, además, la imaginería centroamericana, y expresada mediante un prodigio verbal rico y sutil.
La voz del narrador adquiere a veces un carácter omnisciente y a veces se individualiza en la del poeta Rigoberto López Pérez, un joven que investiga y apunta en su cuaderno de notas a los personajes curiosos que le rodean en León, y cuya afición lo lleva tanto a averiguar detalles de la muerte de Darío como a conocer los antecedentes miserables del dictador a quien odia. Rigoberto no sólo será la voz que dé coherencia a las numerosas historias que constituyen en entramado narrativo, sino que se irá convirtiendo en el héroe que lúcidamente se enfrentará a la muerte para cumplir con lo que considera un deber patriótico: matar al dictador.
La vida de Rubén Darío forma parte del fondo de Margarita, está linda la mar y su poesía impregna el estilo y la forma de la novela. El afán de coherencia, la madurez conceptual de Sergio Ramírez han dado lugar a que en esta novela su lenguaje sea un vehículo modernista terso y matizado para una historia al mismo tiempo provinciana y universal. El estilo de Margarita, está linda la mar revela la reflexión del autor sobre la propia escritura, la preocupación, al mismo tiempo obsesiva y refinada, por encontrar una forma adecuada y nueva para esta historia de pasiones humanas.
La forma
Margarita, está linda la mar presenta una secuencia aparentemente lineal; de hecho, si consideramos por separado las historias de Rubén Darío y de Anastasio Somoza, cada una presenta su propia secuencia de acontecimientos en un orden lineal. Sin embargo, a pesar de que los hechos se van presentando en un orden cronológico dentro de cada una de las dos historias, al analizarlas juntas se registran numerosos saltos al pasado (1907-1916), del cual es posible volver para instalarse de nuevo en el presente (1956) sólo a través de las conversaciones de los conspiradores en el café Prío.
De modo que esta novela tiene una forma bastante compleja que implica una lectura muy atenta para no perder el hilo de los acontecimientos.
El rompimiento de los mitos
Algo que llama la atención en esta novela es la forma como Sergio Ramírez presenta a la figura de Rubén Darío. “Voy a poner a caminar en las calles de esta novela a un Rubén Darío de carne y hueso”, declaró una vez Ramírez en una entrevista que le hicieran en Costa Rica.
De modo que el Rubén Darío mítico de las estatuas de mármol y de bronce, el aristócrata impecable, aparece aquí como un hombre cualquiera; y no sólo eso, lejos de una intención meramente desmitificadora, que se conformaría sólo con restarle pompa y colorido a sus días, Ramírez se permite ofrecernos una perspectiva nueva del poeta, muy diferente de la tradicional, observando sus más marcados defectos, sus momentos de declive artístico y humano e incluso aquellos episodios de su vida que resultan cómicos, por ejemplo aquél en que se duda de la virilidad del poeta: "El impotente era Rubén. Nunca pudo haber preñado a Eulalia –dijo Edwin-. Para los días de su viaje triunfal a Nicaragua el licor le había consumido toda su potencia viril".
Otra de las características de esta novela es que la verdad acerca de los acontecimientos, ya sean los históricos o los ficticios, depende de la perspectiva desde la cual se los mira. Así es como los personajes entran en constantes contradicciones respecto de lo que ocurrió en la vida del poeta Darío. Un ejemplo de esto puede encontrarse en el episodio del traspaso del numen de las musas de Darío al niño Quirón. La primera vez que se nombra el suceso en la voz de Rigoberto se lee: "El niño quiere retroceder pero las manos lo retienen implacables, apretándolo cada vez más. Un sordo rumor de caracolas va llenando su cráneo, y tanto lo aturde aquel ruido que rueda desvanecido". Y en la segunda ocasión, durante la discusión de los conspiradores en el café Prío, puede, en cambio, leerse: "-Eso de que se le pueda traspasar a un niño el numen de las musas con sólo apretarle la cabeza, me parece una grave exageración –dice entonces Edwin. -Ninguna exageración –dice el Capitán Prío-. El niño rodó por los suelos, prendido en calentura. El sabio Debayle lo estuvo tratando por meses. Sufría una especie de paludismo mental".
Estos pasajes demuestran una vez más las dotes de narrador de Sergio Ramírez. Tal vez el contenido argumental de Margarita, está linda la mar lleve a la idea preliminar de que estamos sólo ante una novela de época, con personajes históricos, con anécdotas verificables, con un paisaje social y político de inmediata identificación; y, sin embargo, con tener todo ello, la novela de Sergio Ramírez se eleva sobre sus circunstancias históricas para proponerse como un excelente artefacto de encantamiento narrativo.

martes, 1 de mayo de 2007

La muerte por última vez

la muerte se muere de risa pero la vida
se muere de llanto pero la muerte pero la vida
pero nada nada nada
Alejandra Pizarnik
Desde que Alejandra Pizarnik murió en septiembre de 1972, muchos de sus versos cobraron para los lectores un sonido diferente; y es que ya no se les vio solamente como los buenos versos de una buena poeta, sino también como los versos anunciadores de su muerte.
La ingesta de cincuenta pastillas de seconal nos dice que se trató de un suicidio; pero ¿en una poeta como Alejandra Pizarnik, grande entre las grandes, acaso importa más la forma de su muerte que el hecho de la muerte misma? Al acercarnos con atención a la poesía de Alejandra nos encontramos con la escritura de alguien inmerso en la experiencia mortuoria.
Así como Vallejo, anunciando su muerte en París, con aguacero, o como Rimbaud, pasando por ese proceso de desorganización de los sentidos, vemos a Alejandra Pizarnik, con una pasión demencial, diluyendo su propia certeza de la muerte en tantos versos: "…pero ahora/ por qué te busco, noche,/ por qué duermo con tus muertos". Alejandra parece invitarnos en cada poema a seguirla en este camino suyo, en este andar infatigable hacia una muerte deseada y misteriosa.
"No quiero ir nada más que hasta el fondo", dejó escrito en el pizarrón de su cuarto de trabajo la noche en que se fue para siempre. Pero ya antes, muchas veces antes, había dado Alejandra nombre a la muerte. El suicidio no sería más que la versión definitiva de esa permanente obsesión suya.
Para Camus “morir voluntariamente supone que hemos reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter ridículo de esta costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento”. Camus niega en el suicida cualquier posibilidad de nexo satisfactorio con la vida, y el acto mismo de darse muerte representa el afán por desprenderse completamente de ella.
Otros piensan que en el borde mismo del abismo un suicida no es alguien que se niegue a la voluntad de vivir, sino que, por el contrario, en el momento previo a la muerte, confirma categóricamente esa voluntad. En este sentido, el suicidio no es una negación de la voluntad de vivir, sino una fuerte afirmación de amor a la vida. La persona que se da muerte sólo estaría descontenta de las circunstancias de su vida y si éstas llegaran a cambiar se aferraría a ellas con todas sus fuerzas.
Pero la complejidad de la vida y la poesía de Alejandra Pizarnik nos tienta a considerar otra posibilidad, la de una vocación genuina, casi inconciente, a la exploración de la muerte; es decir, un afán por el conocimiento de la muerte, ya fuera físico o metafísico, pero un afán al fin y al cabo, sin que hubiera una razón particular que lo motivara: “He de partir/ no más inercia bajo el sol/ no más sangre anonadada/ no más formar fila para morir”.
Si revisamos algunos datos concernientes a la infancia y la juventud de Alejandra, nos encontraremos con esta presencia permanente de la muerte en la vida de la poeta: lo primero es que gran parte de su familia –sólo habría que exceptuar, además de sus padres, al hermano del padre, radicado en París, y a la hermana de la madre, que vivía en Avellaneda desde poco antes de la llegada de los padres de Alejandra- pereció en el holocausto, lo que para la niña debió significar un contacto temprano con los efectos de la muerte.
El ambiente en el que creció, sintiéndose quizá extranjera en esa tierra que no era la que había visto el nacimiento de sus padres, y la manera pesimista de verse a sí misma también dan fe de una Alejandra introvertida y sumida en su propio mundo. Alejandra creció con los conflictos típicos de la adolescencia: complejos por su fealdad, por su escasa estatura, su tartamudez, su gordura, su acné, su inadaptación, su asma. Con toda esta evidente carga emocional, el padre no pondría reparos no sólo en mantenerla sin que trabajara, sino también en pagar la edición de su primer libro y probablemente la de los dos siguientes, y pagar las clases de pintura, el psicoanálisis, y a la larga, con reticencias, un viaje a Europa.
Aunque con el tiempo, después de los primeros años de juventud, llegaría a preocuparse por su independencia económica (que nunca logró), jamás se resignó a buscar un empleo o prepararse para hacerlo. Los padres debieron de ser complacientes, o más o menos indiferentes, en ese aspecto. Esta situación de dependencia familiar pudo haber propiciado en ella la exploración de mundos más propios, más íntimos, y quizá más interesantes.
Una Alejandra demasiado preocupada consigo misma no podía, definitivamente, resultar autora de una poesía afianzada en el compromiso político de su generación. Los versos de Alejandra nacen de la más absoluta introspección ante una vida que le llevaba siempre la delantera. La soledad y el silencio son referencias constantes en su obra: “Noche que te vas/ dame la mano/ obra de ángel bullente/ los día se suicidan/ ¿por qué?/ noche que te vas/ buenas noches”.
La obra cumbre de Pizarnik son sus dos últimos libros: Extracción de la piedra de la locura (1968) y El infierno musical (1971); sin duda los dos títulos indican ya la peligrosa relación de la autora con la desazón vital y el sufrimiento.
Pero Alejandra creyó siempre en la terapia del lenguaje como única forma de ayudarse a superar el tedio de la vida: "Sin saber cómo ni cuando, he aquí que me analizo. Esa necesidad de abrirse y ver. Presentar con palabras. Las palabras como conductoras, como bisturíes. Tan sólo con las palabras. ¿Es esto posible? Usar el lenguaje para que diga lo que impide vivir. Conferir a las palabras la función principal. Ellas abren, ellas presentan. Lo que no diga será examinado. El silencio es la piel, el silencio cubre y cobija la enfermedad".
Aunque esta terapia pudo haber mitigado un poco su incuestionable vocación a la muerte, no logró apaciguarla por completo. La poesía, ese lenguaje cifrado, con sus posibilidades de revelar secretos inefables, le propició quizá un mayor acercamiento a la muerte; de modo que mientras escribía para decir “lo que impide vivir”, iba sintiendo cada vez más de cerca la sospechada experiencia de la muerte, la que llegó a concebir como un descanso ante el cansancio de la vida: “Cansada por fin de las muertes de turno/ a la espera de la hermana mayor/ la otra la gran muerte/ dulce morada para tanto cansancio”.
Para Alejandra Pizarnik el acto final de darse muerte no representó sino una especie de nueva visita, aunque ésta sería la definitiva, a unos paisajes que desde mucho antes le eran familiares: los paisajes tantas veces nombrados de la muerte.
Pensemos en Dante y su paso por el infierno, pensemos en todas esa imágenes claras de la muerte que sus versos nos revelan; tanta nitidez en esas visiones suyas nos hacen sentir que de verdad él estuvo en el infierno; en este sentido Dante pudo haber obtenido, antes de su propio deceso, la experiencia de la muerte.
Pero, ¿cabe suponer que de la propia muerte haya experiencia? He aquí una posibilidad que sólo en la poesía y en los poetas cobra fuerza. Alejandra nombró tantas veces a la muerte que su poesía nos remite a unos paisajes y a unas sensaciones específicas, aquellos que probablemente sólo en la muerte son posibles: “pero no quiero hablar/ de la muerte/ ni de sus extrañas manos”.
Alejandra Pizarnik, entonces, ferviente admiradora de la muerte, la nombra y vuelve a nombrarla, hasta que ese nombre adquiere no la dimensión de un lugar lejano, inalcanzable, sino más bien de un sitio de descanso, seguro, confortable. La muerte, a fuerza de nombrarla tantas veces, habría de revelársele a través de la poesía, al grado de que ella misma haya podido estar ahí en esos momentos de ansiedad por el vacío.
Así, Alejandra, aquel 25 de septiembre de 1972 no estaba conociendo la muerte, estaba visitándola de nuevo, por última vez. Por última vez la muerte en ella y ella en la muerte. Tantas veces lo dijeron sus versos que algún día tenía que quedarse, como una forma de confirmarse a sí misma y confirmarnos a nosotros, sus lectores, esa fascinación suya. Hasta esa hora de la noche en que tomó la decisión, la muerte no era absolutamente cierta todavía.