Mostrando entradas con la etiqueta Fragmentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fragmentos. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de diciembre de 2010

Feliz Navidad

De John Cheever para los lectores de este blog en estos días de Navidad y Año Nuevo:
“Abrumado por la soledad, decidió sorprender a la familia volviendo antes de Navidad. Su esposa lo recibió en el aeropuerto con la noticia de que se había enamorado de otro y vivía con él desde hacía tres meses. Habló sin parar hasta que él le dijo que estaba bien, que lo comprendía, y sólo le pedía que lo llevara al hotel. Entonces ella dice: ‘¿Cómo puedes ser tan desconsiderado? Las luces del árbol están encendidas y hemos comprado regalos para ti; además, mamá, papá y los chicos te esperan’. Y él dice: ‘Acabas de decirme que mi vida contigo y los niños se ha terminado. Acabas de decirme que ya no puedo vivir contigo. Ahora quieres que vuelva disfrazado de Papá Noel. Y nunca me han gustado tus padres’. Entonces ella responde: ‘No sabía que fueras tan cruel. No ha sido culpa mía que me haya enamorado de Henry. Fue más fuerte que yo. Actúas como si lo hubiera hecho a propósito. ¿Qué quieres que les diga a papá y mamá? No saben nada. Nos hemos pasado toda la tarde decorando el árbol sólo por ti. Te esperan, se han puesto su mejor ropa’. Y él, que desea ver a sus hijos y las cuatro paredes de su casa, vuelve”.

viernes, 3 de julio de 2009

Los periódicos son precisamente la mejor muestra de la miseria intelectual y espiritual de este pueblo

Todo es una alucinación, Moya, entendelo, la gente que piensa por cuenta propia, la gente interesada en el conocimiento, la gente dedicada a las ciencias y las artes, debe largarse lo más rápidamente de esté país: aquí te vas a pudrir, Moya, no sé qué has regresado a hacer, esa tu idea de fundar un periódico de nuevo tipo es una verdadera ingenuidad, una estupidez de cerebros calenturientos como el tuyo que se niegan a ver la realidad... Los periódicos son precisamente la mejor muestra de la miseria intelectual y espiritual de este pueblo, Moya, basta hojear los dos diarios de la mañana para entender en que país estamos, para entender la miseria intelectual y espiritual de quienes hacen esos periódicos y de quienes compran esos periódicos, para comprender que son periódicos que no están hechos para ser leídos sino para ser hojeados, porque a nadie le interesa leer en este país y porque en los periódicos no hay gente que sea capaz de escribir artículos para ser leídos, en realidad no se trata de periódicos en el sentido estricto de la palabra, ninguna persona con una instrucción mínima llamaría periódicos a esos catálogos de ofertas, a esos muestrarios de anuncios, por eso te digo que la gente no compra los periódicos para leerlos sino para hojear los anuncios, para estar al tanto de las mejores ofertas, es lo único que a la gente le interesa de los periódicos, los anuncios y las ofertas, es para lo único que sirven, para estar al tanto de los anuncios y las ofertas, me digo Vega. Y nunca he visto editorialistas tan fanáticos, editorialistas tan rabiosos y obtusos, con tal miseria intelectual y espiritual como los de estos periódicos: esta misma mañana uno de ellos escribió que el presidente Bill Clinton es comunista, que el secretario general de la ONU es comunista, que la ONU es en realidad un organismo controlado tras bambalinas por los comunistas. No importa que desde hace cuatro años los comunistas vayan en estampida, no importa que se trate del presidente de los Estados Unidos, para el editorialista de ese mugroso catálogo de ofertas el tiempo no ha transcurrido y el mundo no va más allá de sus obsesiones patológicas, me digo Vega. Un verdadero asco de periódicos, si lo pensás bien, Moya, pero a la gente le gustan, este pueblo es tan bruto y abyecto que ése es el tipo de periódicos que le gustan, no hay nada que hacer, Moya, por eso más te vale no meterte a redentor, más te vale no pensar que podés cambiar los gustos de esta gente a través de un periódico para ser leído, te aseguro que nadie lo comprará, te aseguro que a nadie le interesará un periódico para ser leído, sería la cosa más extraña en este país la existencia de un periódico para ser leído, lo único que aquí interesa son los anuncios y las ofertas...

fragmento de El asco, Horacio Castellanos Moya

miércoles, 10 de junio de 2009

"Este no es un país de escritores"

"Moya, con esos cuentitos famélicos no vas a ninguna parte, no es posible que a tu edad sigás publicando esos cuentitos famélicos que pasan absolutamente desapercibidos, que no los conoce nadie, que nadie ha leído porque a nadie le interesan, esos cuentitos famélicos que pasan absolutamente desapercibidos, que nos los conoce nadie, que nadie ha leído porque a nadie le interesan, esos cuentitos famélicos no existen, Moya, sólo para tus amigos del barrio, ninguno de esos cuentitos famélicos con sexo y violencia vale la pena, te lo digo con cariño... No perdás el tiempo, Moya, éste no es un país de escritores, resulta imposible que surjan escritores que valgan la pena en un país donde nadie lee, donde a nadie le interesa la literatura, ni el arte, ni las manifestaciones del espíritu. Basta con revisar el caso de los famosos, de los mitos de provincia, para descubrir que se trata de escritores regulares, medianos, sin talla universal, siempre más preocupados por la ideología que por la literatura; no hay que hacerse el tonto, Moya, nada más tenés que comparar con los países vecinos para darte cuenta que los mitos locales son de segunda: Salarrué a la par de Asturias se convierte en ese provinciano más interesando en un esoterismo trasnochado que en la literatura, un tipo más dedicado a convertirse en santón de pueblo que a escribir una obra vasta y universal; Roque Dalton a la par de Rubén Darío parece un fanático comunista cuyo mayor atributo fue haber sido asesinado por sus propios camaradas, un fanático comunista que escribió alguna poesía decente pero que en su obcecación ideológica redactó los más vergonzosos y horripilantes poemas filocomunistas, un fanático y cruzado del comunismo cuya vida y obra estuvieron postradas con el mayor entusiasmo a los pies del castrismo, un poeta para quien la sociedad ideal era la dictadura castrista, un zoquete que murió en su lucha por establecer el castrismo en estas tierras asesinado por sus propios camaradas hasta entonces castristas, me dijo Vega... Ya sé que no estás de acuerdo, Moya, pero no vale la pena discutir, no tiene ningún sentido discutir sobre la literatura de un país que no existe literariamente, no tiene el mínimo sentido discutir sobre algo que a nadie le interesa, me dijo Vega..."

Fragmento de El asco, Horacio Castellanos Moya

Tomado de: El infierno musical

jueves, 14 de mayo de 2009

La poesía depende de la libertad intelectual

Puede que me reprochéis el haber insistido demasiado sobre la importancia de lo material (aquí se refiere a la pensión y su habitación propia). Aun concediendo al simbolismo un amplio margen y suponiendo que quinientas libras signifiquen el poder de contemplar y un pestillo en la puerta el poder de pensar por sí mismo, quizás me digáis que la mente debería elevarse por encima de estas cosas; y que los grandes poetas a menudo han sido pobres. Dejadme entonces citaros las palabras de vuestro propio profesor de Literatura, que sabe mejor que yo qué entra en la fabricación de un poeta. Sir Arthur Quiller-Couch escribe:

¿Cuáles son los grandes nombres de la poesía de estos últimos cien años aproximadamente?

Coleridge, Wordsworth, Byron, Shelley, Landor, Keats, Tennyson, Browning, Arnold, Morris, Rossetti, Swinburne. Parémonos aquí. De estos, todos menos Keats, Browning y Rossetti tenían una formación universitaria; y de estos tres, Keats, que murió joven, segado en la flor de la edad, era el único que no disfrutaba de una posición bastante acomodada. Quizá parezca brutal decir esto, y desde luego es triste tener que decirlo, pero lo rigurosamente cierto es que la teoría de que el genio poético sopla donde le place y tanto entre los pobres como entre los ricos, contiene poca verdad. Lo rigurosamente cierto es que nueve de esos doce poetas tenían una formación universitaria: que significa que, de algún modo, consiguieron los medios para obtener la mejor educación que Inglaterra puede dar. Lo rigurosamente cierto es que de los tres restantes, Browning, como sabéis, era rico, y me apuesto cualquier cosa a que, si no lo hubiera sido, no hubiera logrado escribir Saúl o El anillo y el libro, de igual modo que Ruskin no hubiera logrado escribir Pintores modernos si su padre hubiera logrado ser un próspero hombre de negocios. Rossetti tenía una pequeña renta personal; además pintaba. Solo queda Keats, al que Atropos mató joven, como mató a Jonh Clare en un manicomio y a James Thomson por medio del láudano que tomaba para drogar su decepción. Es una terrible verdad, pero debemos enfrentarnos con ella. Lo cierto –por poco que nos honre como nación- es que, debido a alguna falta de nuestra sistema social y económico, el poeta pobre no tiene hoy día, ni ha tenido durante los pasados doscientos años, la menor oportunidad. Creedme –y he pasado gran parte de diez años estudiando unas trescientas veinte escuelas elementales-, hablamos mucho de democracia, pero de hecho en Inglaterra un niño pobre no tiene más esperanzas que un esclavo ateniense de lograr esta libertad intelectual de la que nacen las grandes obras literarias.

Exactamente. La libertad intelectual depende de cosas materiales. La poesía depende de la libertad intelectual.

Una habitación propia, Virginia Woolf

Foto tomada de:

Virginia Woolf, cuchitril literario

lunes, 11 de mayo de 2009

Sobre Luciferes tardíos

-Cuando se ha sobrepasado la edad de la rebeldía, y continúa uno desencadenándose, el efecto es el de un Lucifer lelo.
E. M. Cioran

domingo, 1 de febrero de 2009

Ernesto Sábato. Entre la letra y la sangre

“Inestable, depresivo, con una lúcida conciencia de su valer, influenciable ante lo negativo y tan ansioso de ternura y de cariño como podría serlo un niño abandonado. Esta necesidad casi patológica de ternura hace que comprenda y sienta de tal manera a los desvalidos y desamparados. Pero también –y debo subrayar cada vez menos- es arbitrario y violento, y hasta agresivo, aunque creo que estos defectos son producto de su impaciencia (…). Para escribir, para liberarse de sus obsesiones y traumas necesita verse rodeado de un muro de cariño, de compresión y de ternura (…) ha sido desde niño un alma meditativa, un artista. Con un interior melancólico, pero al mismo tiempo rebelde y tumultuoso. La ciencia lo limitaba en forma atroz, de modo que fue lógico haber buscado el único cauce que podía ayudarlo a expresar, a vomitar su tormento interior: la novela”.
(Carta de Matilde KusminskyRichter en repuesta a una carta de Carlos Catania. Ernesto Sábato. Entre la letra y la sangre. Conversaciones con Carlos Catania. )

domingo, 23 de noviembre de 2008

El suicidio debe ser una vocación

Jacques Rigaut

El suicidio debe ser una vocación.

(…)

Cada vez que he podido traicionar la confianza de un amigo, he procurado hacerlo.

(…)

¡Qué carcajada al ver la cara asustada de mi amante, que esperaba recibir una caricia, cuando la golpeé con mi puño americano, y su cuerpo se abatió unos pasos más allá, y qué espectáculo, ver la gente luchando por salir del Gaumont Palace, después de que yo le prendiera fuego.

(…)

La segunda vez que me maté fue por pereza. Pobre, teniendo un horror anticipado por cualquier trabajo, me maté un día sin convicción, tal como había vivido.

Antología del humor negro, André Bretón

jueves, 9 de octubre de 2008

Primeras palabras de J. Marías

"No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola..."
Corazón tan blanco
Javier Marías

domingo, 28 de septiembre de 2008

Las citas literarias

Plenamente de acuerdo con Savater cuando dice que los maniáticos anticitas están abocados a los destinos menos deseables para un escritor: el casticismo y la ocurrencia, es decir, las dos peores variantes del tópico. Citar es respirar literatura para no ahogarse entre los tópicos castizos y ocurrentes que le vienen a uno a la pluma cuando se empeña en esa vulgaridad suprema de "no deberle nada a nadie". Y es que, en el fondo, quien no cita no hace más que repetir pero sin saberlo ni elegirlo.
Dietario voluble, Enrique Vila-Matas.

viernes, 26 de septiembre de 2008

El Tiempo Lento

A la mañana siguiente, recibí en el hotel a un señor muy serio que preguntó si podía hacerme exactamente cuatro preguntas. Empezó queriendo saber si me identificaba plenamente con el título de mi libro El viajero más lento. Dudé al contestar. El señor aquel tenía un gesto tan grave que no parecía proclive a las vacilaciones. Opté por decirle que sí, y me pareció que después de todo era la respuesta más coherente. Entonces sonrió y, con palabras pausadas, me dijo que era el presidente de la Asociación del Tiempo Lento. ¿Qué se contesta a alguien que dice algo así? Me quedé lento de reflejos. La segunda pregunta buscaba conocer mi opinión sobre el tiempo. "Si no me lo preguntan, lo sé, pero si me lo preguntan, lo ignoro", dije imitando a San Agustín, y temiendo la reacción airada del señor del Tiempo Lento. Pero el hombre ni se inmutó, siguió anotándolo todo en su cuaderno. La tercera pregunta pretendía averiguar si el tiempo era la imagen móvil de la eternidad. Comencé a preocuparme porque tuve la impresión de que aquel hombre tenía todo el tiempo del mundo y que iba a ser difícil -después de haberme declarado a favor del Tiempo Lento- explicarle que tenía cierta prisa porque me esperaban en la plaza Sordello. Hubo una cuarta, quinta, sexta pregunta. Y más anotaciones parsimoniosas en su cuaderno. Sentí que había quedado atrapado en una trampa claustrofóbica. Y pensé en decirle al señor del Tiempo Lento: "Soy un ser anónimo, ¿me permite volver a la libertad?" Iba a decírselo cuando el hombre, esbozando una sonrisa, cerró su cuaderno y me comunicó que habíamos llegado al final de nuestro tiempo. "Siga su camino", añadió magnánimo. Frenando mi velocidad, salí perturbado, pero libre, hacia la plaza Sordello.
Dietario voluble, Enrique Vila-Matas.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Prochazka y el éxito

El narrador peruano Enrique Prochazka

El más reciente libro de Vila-Matas, Dietario voluble, quedaría muy bien siendo publicado por partes, tal como él asegura que lo escribió, en un blog como éste, pero como ni hay tiempo suficiente ni quiero meterme en problemas con Anagrama, sólo reproduciré aquí, de vez en cuando, algunos fragmentos. El primero es el que sigue y en él Vila-Matas nos descubre a un narrador peruano que, al parecer, le escribe a "los intelectuales". Si quieren seguir la historia completa, la encontrarán en el blog PUENTE AÉREO dándole clic aquí

Hace unos días entré en un diario-blog peruano de carácter literario y ese blog me llevó a otro, y acabé entrando en un tercer blog, también peruano y literario, el del escritor Gustavo Faverón. Ahí se decía lo siguiente acerca de un narrador peruano con apellido de jugador de fútbol polaco, Enrique Prochazka:
"Tengo una hipótesis un tanto agresiva sobre su falta de éxito comercial. Ls textos de Prochazka exigen un lector entrenado y que maneje muchos referentes, y nunca tendrán ventas millonarias. Pero en el Perú nadie las tiene. Escribiéndole sobre todo a la intelectualidad, Prochazka reduce su público infinitamente. Pero si sus ediciones, pequeñas en cantidad, no se agotan, se debe a que ni siquiera nuestra intelectualidad está muy interesada en leer literatura demasiado inteligente."
Pensé en el aislamiento de algunos escritores peruanos que no cuentan con editoriales que les hagan cruzar fronteras. Y me demoré algo más pensando en lo que decía Ricardo Piglia en una entrevista mexicana en la que le preguntaban si se sentía a salvo de la tentación del éxito: "A veces digo en broma que el éxito es el gran riesgo de los escritores actuales, en el siglo XIX el fracaso era el problema."
Y, bueno, algo más tarde olvidé todo esto, hasta que días después me encontré con la respuesta de Prochazka en uno de los blogs peruanos y leí fascinado: "Abrigo la teoría de que uno tiene éxito porque se agita como loco, o logra que los demás se agiten como locos por uno, o bien los demás lo obligan a uno a agitarse como loco. Según esta noción a mis textos les sucede lo que les sucede porque yo no me agito. De hecho escribir estas líneas ya me parece acercarme demasiado a la visibilidad y al agitarse, si bien levemente. "Prochazka reduce a su público infinitamente": sí. Y también el contacto con las personas. Vivo en una especie de distante Sydney del espíritu, que se llama Lima. Camino un sábado por la noche de Magdalena a Chacarilla, pasando por todos los sanantonios y centrosculturales y cafés, y literalmente no conozco a nadie, y nadie me saluda ni conoce mi cara. Me borré en paz, hace años. Entro al Virrey lleno de clientes, compro un libro, dos libros, salgo del Virrey: nadie sabe quién soy. Me borré..."
Enrique Vila-Matas, Dietario voluble.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Primeras palabras de Saer

Llamémoslo nomás Bianco. Que en ciertos períodos de su vida él se haya hecho llamar Burton, le explicaría un día a Garay López, no se debía más que al color de sus cabellos, considerando que llamarse Bianco puede minar la credibilidad de un pelirrojo.
La ocasión
Juan José Saer

lunes, 9 de junio de 2008

Lección en un bar

(...) un día en un bar de Blanes en que Bolaño quiso saber de qué trataba El viaje vertical, la novela que estaba por entonces escribiendo y que yo no estaba muy seguro que debiera continuar. Era un día que no he olvidado, de un invierno muy frío y húmedo. Estábamos en un bar muy abrigados, junto al mar, tomando cafés con leche y croissants. Le conté el argumento de mi novela, le hablé de los avatares de la vida de un viejo a medio camino entre Barcelona y el continente desaparecido de la Atlántida, y me di cuenta, contándolo, que en mi libro “no sucedía nada”. Así se lo dije, apesadumbrado. Un breve silencio. Me había escuchado más atentamente de lo que creía.“¿Pero cómo puedes decir que no sucede nada si pasan ahí ‘muchas’ cosas?”, dijo de pronto. ¿Pasaban muchas cosas? Probablemente exageraba, pero hizo que me creyera que, en efecto, había ahí muchas cosas que yo no había visto. Y hablando de cosas no vistas: de pronto Bolaño se levantó y, dejando por unos momentos el bar, fue a su cercana casa y regresó con un extraño plano de la Atlántida, un plano que yo nunca había visto y que demostraba que la geometría callejera del continente hundido era idéntica a la del centro de Barcelona. No olvidaré nunca que aquellas palabras y gestos de Bolaño me llevaron a continuar mi novela, a continuarla con un nada disimulado entusiasmo exagerado.
Lección de humildad y abismo, Enrique Vila-Matas, Turia nº 75

viernes, 25 de abril de 2008

Apuntes/ Notes/ Notes/ Notizen

Ilustración: Despedida, Remedios Varo

Apuntes/ Notes/Notes/ Notizen Errancias/ Wanderings/ Errances/ Wandlungen por/ by/ par/ von Horacio Castellanos Moya

No poseo nada: ni casa, ni auto, ni habitación, ni una cama. Vivo de paso y de prestado. I own nothing: no house, no car, no room, not even a bed. I wander from place to place and live from hand to mouth. Je ne possède rien : ni maison, ni voiture, ni chambre ni même un lit. Je vis de l’air du temps et de ce qu’on me prête. Ich besitze nichts: kein Haus, kein Auto, kein Zimmer, nicht einmal ein Bett. Ich lebe von Tag auf den anderen Tag und bin auf milde Gaben angewiesen. *
Pasan los años y padezco las mismas indecisiones. Cualquier pregunta sobre mi futuro carece de respuesta. The years go by and I suffer the same doubts. Any question about my future lacks an answer. Les années passent et je suis accablé par les mêmes indécisions. Toute question sur mon avenir est sans réponse. Die Jahre vergehen und immer noch leide ich unter der gleichen Ungewissheit. Jegliche Fragen über meine Zukunft entbehren einer Antwort. *
Las ataduras endebles, la ausencia de posesiones, me conceden esta libertad de la que ahora me quejo. The flimsy bonds, the absence of belongings: I now complain about the freedom they grant me. Les attaches fragiles, l’absence de biens, me concèdent cette liberté dont à présent je me plains. Ungewisse Beziehungen, das Fehlen von irdischen Gütern, sie schenken mir jene Freiheit, über die ich mich nun beklage. *
Busco a ciegas, tan a ciegas que olvido lo que busco y el hecho de estar buscando. I seek blindly, so blindly I forget what I seek and even that I seek. Je cherche à l’aveuglette, si à l’aveuglette que j’oublie ce que je cherche et que je suis en train de chercher. Blindlings suche ich, so blindlings, dass ich das, was ich suche, ja sogar das Suchen selbst vergesse. *
Pienso: estoy lejos de mi mundo. Siento: estoy lejos de mi mundo. Descubro: no tengo más mundo que éste. I think: I am far from my world. I feel: I am far from my world. I discover: I have no world but this one. Je pense : je suis loin de mon monde. Je sens : je suis loin de mon monde. Je découvre : je n’ai pas d’autre monde que celui-ci. Ich meine: Weit bin ich von meiner Welt entfernt. Ich spüre: Weit bin ich von meiner Welt entfernt. Ich entdecke: Ich habe keine andere Welt mehr als diese. *
Extraña mi vida de ahora: una vez que comienzo a acostumbrarme a un espacio, a una luz, a una atmósfera, a un sofá y a una mesa, debo volver a partir. My current life, so strange: once I get used to a space, a light, an atmosphere, a couch, and a table, again I must leave. Ma vie actuelle est étrange : dès que je commence à m’habituer à un espace, une lumière, une atmosphère, un canapé et une table, je dois repartir. Seltsam mein jetziges Leben: Ich beginne mich an einen Ort, an ein Licht, an eine Atmosphäre, an ein Sofa und an einen Tisch zu gewöhnen; ich muss wieder fort. *
Un hombre que deambula a la deriva y llama a eso libertad. A man wanders off course and calls it freedom. Un homme qui déambule à la dérive et appelle cela la liberté. Ein Mann wandert auf Irrwegen – das nennt er Freiheit. *
El sentido de la pertenencia: la tontería indispensable. The meaning of belonging: the requisite stupidity. Le sens de l’appartenance : la sottise indispensable. Das Verlangen dazu zu gehören: eine bittere Torheit. *
En todas partes, lejos; en cada sitio, ajeno. Everywhere, far away; in each place, a stranger. Loin partout ; étranger en chaque lieu. Überall – Ferne; jeder Raum – fremd. *
Desolación: viajar tanto para encontrar lo mismo. Desolation: so much traveling only to find the same. Désolation : voyager autant pour retrouver la même chose. Trostlosigkeit: viel reisen, stets das gleiche vorfinden. *
No me resigno a aceptar que pertenezco a una tierra grosera, imbécil, bestial. Mi única salida es lo imposible: ser otro. I have not resigned myself to accepting that I belong to a gross, idiotic, savage land. The only way out is impossible: to be somebody else. Je ne me résigne pas à accepter d’appartenir à une terre grossière, sotte, bestiale. Ma seule issue est l’impossibilité d’être un autre. Nie werde ich mich damit abfinden, dass ich zu einer brutalen, schrecklichen und wüsten Erde gehöre. Mein einziger Ausweg ist das Unmögliche: anders sein. *
Mi patria es un escalofrío. My homeland is a shudder. Ma patrie est un frisson. Meine Heimat ist ein Schüttelfrost. *
Deambulo, de ciudad en ciudad, como zombi. I wander, from city to city, like a zombie. Je déambule de ville en ville, comme un zombi. Gleich einem Untoten wandere ich von einer Stadt zur anderen. *
Voy ligero de equipaje, pero pesado de ambiciones. My luggage is light, my ambitions heavy. Mes bagages ne pèsent guère, contrairement à mes ambitions. Ich gehe leicht an Gepäck, aber schwer an Ehrgeiz *
Harto estoy de ser fugitivo, de huirme. I’m sick of being a fugitive, of fleeing from myself. J’en ai assez d’être un fugitif, de me fuir. Ich habe es satt, ein Flüchtling zu sein, der vor sich selbst flieht. *
El avión del retorno partió sin mí. Preferí la incertidumbre a la vieja pesadilla. The return flight took off without me. I preferred uncertainty to the same old nightmare. L’avion du retour est parti sans moi. J’ai préféré l’incertitude au vieux cauchemar. Das Flugzeug startete ohne mich. Die Ungewissheit habe ich dem Albtraum vorgezogen. *
En ningún lugar el sosiego, ni el hogar, ni el futuro. Siempre la huida como único horizonte. No repose, no home, no future, nowhere. Always escape as the only horizon. Nulle part la tranquillité, le foyer, l’avenir. Toujours la fuite comme seul horizon. An keinem Ort finde ich Ruhe, auch nicht Heim und Zukunft. Immer ist Flucht die einzige Möglichkeit. *
La libertad, el libre albedrío. Vaya alucinación. ¿Y si el planeta se hartara? Freedeom, free will. What an illusion. And what if the planet gets fed up? La liberté, le libre arbitre. Belle hallucination! Et si la planète s’en lassait ? Freiheit, freier Wille. Was für Hirngespinste. Und wenn der Planet davon genug haben wird? *
Perder el último asidero, soltarse como nene que no sabe nadar en la honda piscina. To let go of the last handle like a child who can’t swim in a deep pool. Perdre la dernière occasion, se laisser couler comme un bébé qui ne sait pas nager dans la piscine profonde. Den letzten Halt verlieren und loslassen gleich einem Kleinkind, das in dem tiefen Becken nicht zu schwimmen vermag. *
Arrancarse el país como se extrae un tumor maligno, sin contemplaciones, extirpando hasta la última ramificación. Extracting one’s country as if it were a malignant tumor, without ceremony, eradicating even the ultimate ramification. S’arracher le pays comme on extrait une tumeur maligne, sans atermoiements, extirpant jusqu’à la dernière ramification. Das Vaterland aus sich herausreißen, wie man einen Tumor, ganz ohne Rücksicht, bis in die letzte Verästelung entfernen. *
Siempre la angustia del siguiente mes: dónde estaré, de qué viviré, cómo haré para regresar donde ella. He hecho del desastre un destino. Always that anguish about next month: where will I be, what will I live off, how will I get back to her. I’ve made a destiny out of disaster. Toujours l’angoisse du mois suivant : où serai-je, de quoi vivrai-je, comment ferai-je pour retourner auprès d’elle? J’ai fait du désastre un destin. Stets die Angst vor dem kommenden Monat: Wo werde ich sein, wovon werde ich leben, was werde ich machen, um die Rückkehr in die Heimat zu schaffen. Ich habe die Katastrophe zum Schicksal gemacht. Translated from Spanish to English by Katherine Silver. Traduit de l’espagnol en français par André Gabastou. Aus dem Spanischen von Sonia Solarte und Helmuth A. Niederle.
Tomado de la web del PEN World Voices Festival

domingo, 16 de septiembre de 2007

Jack Kerouac no abandona el camino

Hace 50 años, 5 de septiembre de 1957, se publicó On the road, novela de Jack Kerouac que para muchos se convirtió en una especie de Biblia y que ahora es un clásico de la Generación Beat. Este año la editorial Viking ha publicado el manuscrito original y deja atrás las ediciones retocadas. Literatura y experiencia vital: viajes enloquecidos, amistad, sexo, drogas, alcohol, jazz, mucho jazz, y soledad; un grito desde lo subterráneo contra el establishment. Kerouac, escritor indispensable para conocer la buena literatura norteamericana. En su décimosexta entrega en La Prensa, mimalapalabra les presenta un fragmento de En el camino.
En el camino

Conocí a Dean poco después de que mi mujer y yo nos separásemos. Acababa de pasar una grave enfermedad de la que no me molestaré en hablar, exceptuado que tenía algo que ver con la casi insoportable separación y con mi sensación de que todo había muerto.
Con la aparición de Dean Moriarty empezó la parte de mi vida que podría llamarse mi vida en la carretera. Antes de eso había fantaseado con cierta frecuencia en ir al Oeste para ver el país, siempre planeándolo vagamente y sin llevarlo a cabo nunca.
Dean es el tipo perfecto para la carretera porque de hecho había nacido en la carretera, cuando sus padres pasaban por Salt Lake City, en un viejo trasto, camino de Los Angeles.
Las primeras noticias suyas me llegaron a través de Chad King, que me enseñó unas cuantas cartas que Dean había escrito desde un reformatorio de Nuevo México. Las cartas me interesaron porque en ellas, y de modo ingenuo y simpático, le pedía a Chad que le enseñara todo lo posible sobre Nietzsche y las demás cosas maravillosamente intelectuales que Chad sabía. En cierta ocasión, Carlo y yo hablamos de las cartas y nos preguntamos si llegaríamos a conocer alguna vez al extraño Dean Moriarty... Luego, llegaron noticias de que Dean había salido del reformatorio y se dirigía a Nueva York por primera vez; también se decía que se acababa de casar con una chica llamada Marylou.
Un día yo andaba por el campus y Chad y Tim Gray me dijeron que Dean estaba en una habitación de mala muerte del Este de Harlem, el Harlem español.
Había llegado la noche antes, era la primera vez que venía a Nueva York, con su guapa y menuda Marylou; se apearon del autobús Greyhound en la calle Cincuenta y doblaron la esquina buscando un sitio donde comer y se encontraron con la cafetería de Héctor, y desde entonces la cafetería de Héctor siempre ha sido para Dean un gran símbolo de Nueva York.
Todo este tiempo Dean le decía a Marylou cosas como éstas: "Ahora, guapa, estamos en Nueva York y aunque no te he dicho todo lo que estaba pensando cuando cruzamos Missouri y especialmente en el momento en que pasamos junto al reformatorio de Booneville, que me recordó mi asunto de la cárcel, es absolutamente preciso que ahora pospongamos todas aquellas cosas referentes a nuestros asuntos amorosos personales y empecemos a hacer inmediatamente planes específicos de trabajo... y así seguía del modo en que era aquellos primeros días.
Fui a su cuchitril con varios amigos, y Dean salió a abrirnos en calzoncillos. Marylou estaba sentada en la cama; Dean había despachado al ocupante del apartamento a la cocina, probablemente a hacer café, mientras él se había dedicado a sus asuntos amorosos, pues el sexo era para él la única cosa sagrada e importante de la vida, aunque tenía que sudar y maldecir para ganarse la vida y todo lo demás.
Se notaba eso en el modo en que movía la cabeza, siempre con la mirada baja, asintiendo, como un joven boxeador recibiendo instrucciones, para que uno creyera que escuchaba cada una de las palabras, soltando miles de «Síes» y «De acuerdos.»
Mi primera impresión de Dean fue la de un Gene Autry joven —buen tipo, escurrido de caderas, ojos azules, auténtico acento de Oklahoma—, un héroe con grandes patillas del nevado Oeste, de hecho, había estado trabajando en un rancho, el de Ed Wall, en Colorado, justo antes de casarse con Marylou y venir al Este. Marylou era una rubia bastante guapa con muchos rizos parecidos a un mar de oro; estaba sentada allí, en el borde de la cama con las manos colgando en el regazo y los grandes ojos campesinos azules abiertos de par en par, porque estaba en una maldita habitación gris de Nueva York de aquellas de las que había oído hablar en el Oeste y esperaba como una de las mujeres surrealistas delgadas y alargadas de Modigliani en un sitio muy serio. Pero, aparte de ser una chica físicamente agradable y menuda, era completamente idiota y capaz de hacer cosas horribles. Esa misma noche todos bebimos cerveza, echamos pulsos y hablamos hasta el amanecer, y por la mañana, mientras seguíamos sentados tontamente fumándonos las colillas de los ceniceros a la luz grisácea de un día sombrío, Dean se levantó nervioso, se paseó pensando, y decidió que lo que había que hacer era que Marylou preparara el desayuno y barriera el suelo.
—En otras palabras, tenemos que ponernos en movimiento, guapa, porque si no siempre estaremos fluctuando y careceremos de conocimiento o cristalización de nuestros planes.
Entonces yo me largué.
Durante la semana siguiente, comunicó a Chad King que tenía absoluta necesidad de que le enseñase a escribir; Chad dijo que el escritor era yo y que se dirigiera a mí en busca de consejo.
Entretanto, Dean había conseguido trabajo en un aparcamiento, se había peleado con Marylou en su apartamento de Hoboken —Dios sabe por qué fueron allí—, y ella se puso tan furiosa y se mostró tan profundamente vengativa que denunció a la policía una cosa totalmente falsa, inventada, histérica y loca, y Dean tuvo que largarse de Hoboken. Así que no tenía sitio adónde ir. Fue directamente a Paterson, Nueva Jersey, donde yo vivía con mi tía, y una noche mientras estudiaba llamaron a la puerta y allí estaba Dean, haciendo reverencias, frotando obsequiosamente los pies en la penumbra del vestibulo, y diciendo:
—Hola, tú. ¿Te acuerdas de mí? ¿Dean Moriarty? He venido a que me enseñes a escribir.
—¿Dónde está Marylou? —le pregunté, y Dean dijo que al parecer Marylou había reunido unos cuantos dólares y había regresado a Denver.
—¡La muy puta!
Entonces salimos a tomar unas cervezas porque no podíamos hablar a gusto delante de mi tía, que estaba sentada en la sala de estar leyendo su periódico.
En el bar le dije a Dean:
—No digas tonterías, hombre, sé perfectamente que no has venido a verme exclusivamente porque quieras ser escritor, y además lo único que sé de eso es que hay que dedicarse a ello con la energía de un adicto a las anfetas.
Y él dijo:
—Sí, claro, sé perfectamente lo que quieres decir y de hecho me han pasado todas esas cosas, pero el asunto es que quiero comprender los factores en los que uno debe apoyarse en la dicotomía de Schopenhauer para conseguir una realización interior... —y siguió así con cosas de las que yo no entendía nada y él mucho menos [...].
No se olvide, sin embargo, que no era tan ingenuo para sus otros asuntos y que sólo necesitó unos pocos meses con Carlo Marx para estar completamente in en lo que se refiere a los términos y la jerga. En cualquier caso, nos entendimos mutuamente en otros planos de la locura, y accedí a que se quedara en mi casa hasta que encontrase trabajo, además de acordar que iríamos juntos al Oeste algún día. Esto era en el invierno de 1947.
Una noche que cenaba en mi casa —ya había conseguido trabajo en el aparcamiento de Nueva York— se inclinó por encima de mi hombro mientras yo estaba escribiendo a máquina a toda velocidad y dijo:
—Vamos, hombre, aquellas chicas no pueden esperar, termina en seguida.
—Es sólo un minuto —dije—. Estaré contigo en cuanto termine este capítulo —y es que era uno de los mejores capítulos del libro.
Después me vestí y volamos hacia Nueva York para reunimos con las chicas. Mientras íbamos en el autobús por el extraño vacío fosforescente del túnel Lincoln nos inclinábamos uno sobre el otro moviendo las manos y gritando y hablando excitadamente, y yo estaba empezando a estar picado por el mismo bicho que picaba a Dean. Era simplemente un tipo al que la vida excitaba terriblemente, y aunque era un delincuente, sólo lo era porque quería vivir intensamente y conocer gente que de otro modo no le habría hecho caso. Me estaba exprimiendo a fondo y yo lo sabía (alojamiento y comida y «cómo escribir», etc.) y él sabía que yo lo sabía (ésta ha sido la base de nuestra relación), pero no me importaba y nos entendíamos bien: nada de molestarnos, nada de necesitarnos; andábamos de puntillas uno alrededor del otro como unos nuevos amigos entrañables. Empecé a aprender de él tanto como él probablemente aprendió de mí. En lo que respecta a mi trabajo decía:
—Sigue, todo lo que haces es bueno.
Miraba por encima del hombro cuando escribía relatos gritando: —¡Sí! ¡Eso es! ¡Vaya! ¡Fuuu! —y secándose la cara con el pañuelo añadía—: ¡Muy bien, hombre! ¡Hay tantas cosas que hacer, tantas cosas que escribir! Cuánto se necesita, incluso para empezar a dar cuenta de todo sin los frenos distorsionadores y los cuelgues como esas inhibiciones literarias y los miedos gramaticales...
—Eso es, hombre, ahora estás hablando acertadamente —y vi algo así como un resplandor sagrado brillando entre sus visiones y su excitación. Unas visiones que describía de modo tan torrencial que los pasajeros del autobús se volvían para mirar «al histérico aquel». En el Oeste había pasado una tercera parte de su vida en los billares, otra tercera parte en la cárcel, y la otra tercera en la biblioteca pública [...]
De su vida

Jean-Louis Lebris de Kerouac nació en Lowell, Massachussets, el 12 de marzo de 1922. En la adolescencia destacó como deportista, pero una lesión y la pelea con su entrenador en la Universidad de Columbia minaron una prometedora carrera en el fútbol americano. Lo expulsaron del ejército por demencia precoz y se enroló en la marina mercante. Luego se instaló en la Nueva York e hizo amistad con Allen Ginsberg, Neal Cassady y Williams Borroughs. La cirrosis lo condujo al otro lado del camino el 21 de octubre de 1969, cuando aún no había cumplido los 48 años.

domingo, 2 de septiembre de 2007

El balón y la cabeza

Ya sea en sus crónicas sobre fútbol o sobre un concierto de los Rolling Stones, en sus agudos ensayos o en sus magníficas novelas, Juan Villoro siempre nos sorprende y nos divierte. Pero en estas fechas en que el deporte de masas ha reiniciado en casi todo el mundo su costumbre de domesticarnos una temporada más, mimalapalabra les trae en su decimocuarta entrega (dedicada a aquellos famélicos que nunca practicaron o vivieron un deporte y, en una pose ridícula, creen que literatura y goles no son compatibles) un texto que este mexicano escribió, literalmente, al borde de la cancha. Leamos pues, que el balón está en el centro. ¡Pitazo inicial!

El balón y la cabeza
El aficionado in extremis lleva una pelota entre los oídos. Rara vez trata de defender lo que piensa porque está demasiado nervioso pensando en lo que defiende. Cuando los suyos pisan el pasto, el mundo, el balón y la mente son una y la misma cosa. Con absoluto integrismo, el fanático reza o frota su pata de conejo; en ese momento Dios es redondo y bota en forma inesperada.
Sería exagerado decir que todas las minorías ajenas al futbol le profesan enemistad. A pesar de las obvias carencias de quienes creen que gritar "¡Síquitibum!" sirve de algo, hay quienes no honran al futbol con otra reacción que la indiferencia. Pero tampoco falta el que ofrece sus cerillos para que el futbol arda en hogueras ejemplares. Odiar puede ser un placer cultivable, y acaso las canchas cumplan la función secreta de molestar a quienes tienen honestas ganas de fastidiarse. Cada tanto, un Nostradamus sin otro apocalipsis en la agenda ve un partido, se chupa el dedo y decide que el viento sopla en pésima dirección. ¿Cómo es posible que las multitudes sucumban a un vicio tan menor? El diagnóstico empeora cuando el Mundial interrumpe las sobremesas y los matrimonios: los amigos que parecían lúcidos hablan de croatas impronunciables. Sin embargo, despotricar contra los malos gustos es inútil; nuestra amiga María preferirá hasta la eternidad los mangos verdes y Nicole Kidman galanes imposibles de elogiar.
El oficio de chutar balones está plagado de lacras. Levantemos veloz inventario de lo que no se alivia con el botiquín del masajista: el nacionalismo, la violencia en los estadios, la comercialización de la especie y lo mal que nos vemos con la cara pintada. Todo esto merece un obvio voto de censura. Pero no se puede luchar contra el gusto de figurarnos cosas. Cada aficionado encuentra en el partido un placer o una perversión a su medida. En un mundo donde el erotismo va de la poesía cátara a los calzones comestibles, no es casual que se diversifiquen las reacciones. Los irlandeses aceptan el bajo rendimiento de su selección como un estupendo motivo para beber cerveza, los mexicanos nos celebramos a nosotros para no tener que celebrar a nuestro equipo, los brasileños enjugan sus lágrimas en banderas king-size cuando sólo consiguen el subcampeonato y los italianos lanzan el televisor por la ventana si Baggio falla un penal.
El hombre en trance futbolístico sucumbe a un frenesí difícil de asociar con la razón pura. En sus mejores momentos, recupera una porción de infancia, el reino primigenio donde las hazañas tienen reglas pero dependen de caprichos, y donde algunas veces, bajo una lluvia oblicua o un sol de justicia, alguien anota un gol como si matara un leopardo y enciende las antorchas de la tribu.
En sus peores momentos, el fan del futbol es un idiota con la boca abierta ante un sándwich y la cabeza llena de datos inservibles. Es obvio que la Ilustración no ocurrió para idolatrar héroes cuyas estampas aparecen en paquetes de galletas ni para aceptar el nirvana que suspende el juicio y la mordida. La verdad, cuesta trabajo asociar a estos aficionados con los rigores del planeta posindustrial. Pero están ahí y no hay forma de cambiarlos por otros.
En sociedades descompuestas Hamlet es una incitación a matar padrastros y el futbol a cometer actos vandálicos o declarar la guerra. Para ser legítimas, las taras de los hinchas deben resultar tan inofensivas como la costumbre que los futbolistas tienen de escupir.
Quienes hemos corrido infructuosamente tras un balón sabemos que escupir no sirve para nada, pero escupimos. Se trata de un mantra, como el del tenista que se concentra acariciando las cuerdas de su raqueta, sólo que más guarro. Llegamos a un punto esencial: si combatir al futbol es tan infructuoso como perder el ánimo ante la supervivencia de las estudiantinas, elogiarlo carece de efecto proselitista. Nadie se convence "en teoría" de extasiarse con un gol. Hablar de un entusiasmo tan compartido y vulgar depende de otras claves: alargar en palabras los prodigios instantáneos, imaginarlos minuciosamente hasta que se conviertan en un dominio autónomo, un edén podado al ras. En suma: sustituir a un Dios con prestaciones que no trabaja los domingos.
En los partidos de mi infancia, el hecho fundamental fue que los narró Ángel Fernández, capaz de transformar un juego sin gloria en una trifulca legendaria. Las crónicas de fut comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron; casi ciego, Cristino Lorenzo fabulaba desde el Café Tupinamba; el Mago Septién y otros pocos lograron inventar gestas de beisbol, box o futbol, a partir de los escuetos datos que llegaban por telegrama a la estación de radio.
Por desgracia, no siempre es posible que Homero tenga gafete de acreditación en el Mundial y muchas narraciones carecen de interés. Pero nada frena a pregoneros, teóricos y evangelistas. El futbol exige palabras, no sólo las de los profesionales, sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca. ¿Por qué no nos callamos de una vez? Porque el futbol está lleno de cosas que francamente no se entienden. Un genio curtido en mil batallas roza con el calcetín la pelota que hasta el cronista hubiera empujado a las redes; un portero que había mostrado nervios de cableado de cobre, sale a jugar con guantes de mantequilla; el equipo forjado a fuego lento, pierde de golpe la química o la actitud o como se le quiera llamar a la misteriosa energía que reúne a once soledades. Los periodistas de la fuente deben dar respuestas con detalles que las hagan verosímiles: el abductor frotado con ungüento erróneo, la camiseta sustituta del equipo (es horrible y provoca que fallen penaltis), el osito que el portero usa de mascota y fue pateado por un fotógrafo de otro periódico.
El novelista que analiza tobillos eminentes puede ensayar conjeturas más desaforadas e indemostrables. Ya lo dijo Nelson Rodrigues: "Si los datos no nos apoyan, peor para los datos." La indagación literaria del futbol parte de un presupuesto: la mente decide los partidos y jamás sabremos cómo opera. Lo importante resulta imponderable; los lances no derivan del rendimiento atlético sino de una habilidad secreta. Zidane filtra el balón a un hueco donde no ocurre nada pero ocurrirá Raúl; Romario hace un quiebre y prepara el perfil izquierdo: todos los ojos del estadio miran el ángulo equivocado; Valderrama se detiene, baja los brazos y duerme de pie, su siesta representa la forma más sorpresiva del ataque: la pausa.
Al escrutar estos asombros, el cronista renuncia a tener la razón absoluta; juega contra su sombra al modo de Gesualdo Bufalino: "Cada día lanzo penaltis contra mí mismo. Por gracia o por desgracia doy siempre en el poste." El futbol es una condición subjetiva. Imposible saber si acertamos al interpretarlo. No hay solución a la infinita tarea de confundir el balón con la cabeza.

Datos biobibliográficos

Juan Villoro. Escritor mexicano nacido en México DF. Estudió la licenciatura en sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana. Condujo el programa de Radio Educación, El lado oscuro de la luna de 1977 a 1981 y fue agregado cultural en la Embajada de México en Berlín, dentro de la entonces República Democrática Alemana, de 1981 a 1984. Ha sido profesor en la Universidad Autónoma de Madrid, en Yale y en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Director del suplemento La Jornada Semanal de 1995 a 1998, además de impartir talleres de creación y cursos en instituciones como el Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Nacional Autónoma de México. Fue jefe de redacción de la revista Pauta, y colaborador en los periódicos y suplementos La Jornada, Uno más uno, Diorama de la Cultura, El Gallo Ilustrado y Sábado, entre otros. Entre sus obras más representativas encontramos las novelas El disparo de argón (1991), Materia dispuesta (1997) y El Testigo, con la que ganó el Premio Herralde de Novela 2004; los cuentos El mariscal de campo (1978), La noche navegable (1980), El cielo inferior (1984), Albercas (1985), La alcoba dormida (1992), Autopista sanguijuela (1998) y La casa pierde (1999); y los ensayos Los once de la tribu (1995), Efectos personales (2000) y Dios es redondo (2006).

domingo, 5 de agosto de 2007

Acercamiento a Giovanni Papini

Los gustos literarios divergen de un lector a otro, aunque a veces convergen gracias a la mediación de grandes autores como Giovanni Papini, autor que mimalapalabra presenta en su décima edición de Diario La Prensa. El relato incluido pertenece al libro Un hombre acabado.
Un millón de libros
Después de algunos años de lecturas furiosas y desordenadas, me percaté de que los pocos libros que había en casa y los otros pocos que podía tener recurriendo a las casas librería de parientes y conocidos, o comprando alguno usado, con los céntimos ahorrados del desayuno, o con los cuartos robados a mi madre, no bastaban. Supe, por un muchacho algo mayor que yo, que en la ciudad había grandísimas y riquísimas librerías abiertas a todos, donde en determinadas horas se podía ir, pedir el libro que se quisiese, y, lo que es más, sin pagar nada. Decidí ir en seguida. Pero había una dificultad: para entrar en aquel paraíso era menester contar, por lo menos, dieciséis años. Yo tenía doce o trece, pero, para mi edad era demasiado alto. Una mañana de julio probé. Subí una gran escalera, que me pareció ancha y solemne, temblando. Después de dos o tres minutos de incertidumbre y latir del corazón, entré en la salita de pedidos, escribí como pude mi solicitud, y la presenté con el aire turbado y sospechoso, de quien se sabe en falta. El empleado -lo recuerdo todavía: ¡maldito sea!, era un hombrecillo un tanto panzudo, con ojillos celestes de pez muerto, y un pliegue maligno a ambos lados de la boca- me miró con cierta compasión y con odiosa y arrastrada voz, me preguntó:
-Perdone, ¿cuántos años tiene usted?
Se me enrojeció la cara, más de rabia que de vergüenza, y respondí, haciéndome tres años más viejo:
- Quince.
- No bastan. Lo siento. Lea el reglamento. Vuelva dentro de un año.
Salí de allí humillado, despechado, abatido y lleno de odio infantil contra aquel horrible hombre que me impedía a mí, pobre y hambriento de saber, el libre uso de un millón de libros, robándome así, cobardemente, en nombre de un número escrito, un año entero de luz y de felicidad. Había entrevisto, al entrar, que del otro lado había una sala vasta y larga, con venerables sillones de altos respaldos, cubiertos de paño verde, y alrededor, libros y libros, libros viejos gruesos y macizos, con las cubiertas de pergamino y de piel, con letras y frisos de oro: una maravilla. Y cada uno de aquellos libros contenía lo que ya buscaba, ofrecía el alimento hecho para mí: historias de emperadores y poemas de batallas, vidas de hombres semidivinos, libros santos de pueblos muertos, y las ciencias de todas las cosas y los versos de todos los poemas y los sistemas de todos los filósofos. Aquellas millares de promesas en letras de oro, eran para mí: a una orden mía los volúmenes que esperaban bajo el polvillo, tras la red tupida de los anaqueles, habrían descendido hasta mí y los hubiera abierto, hojeado y devorado a mi placer.
No esperé un año para intentar la segunda prueba. También salió mal. Debí esperar otro verano para vencer. Tenía poco más de trece años, tal vez trece y medio.
Junto con otro muchacho más grande que yo, que desde hacía tiempo entraba sin dificultad, entré, por fin. Para no dar en el ojo y no pasar por niño en busca de pasatiempo, pedí un libro serio, un libro de ciencia -el de Canestrini sobre Darwin.
Estaba, esta vez, del otro lado de la pared de madera y de vidrio, otro empleado -un tipo alto y seco, como un pingüino pelado, desgarbado de movimientos y que nunca estaba quieto. Tomó mi solicitud sin mirarme, le hizo una seña con un lápiz azul y la pasó a un muchachote que estaba cerca de él sin decir palabra.
Esperé media hora, royéndome por dentro de miedo que el libro no estuviese o que no quisiesen dármelo. Cuando vino, lo apreté bajo el brazo y entré todo avergonzado y en puntas de pie en la gran sala de lectura. No había experimentado jamás un tal sentido de reverencia -ni siquiera en la iglesia, cuando pequeño. Como asustado de mi atrevimiento y de encontrarme allí dentro, después de tanto, en medio de aquel gigantesco relicario de la sabiduría de los siglos, fui a sentarme en el primer sillón libre que tuve delante. Era tal el desfallecimiento y el placer, el estupor y el sentimiento de haberme hecho de pronto más grande y más hombre, que durante una hora casi, no logré entender nada del libro que tenía ante mí.
Todo, allá dentro, me parecía santo y majestuoso como el congreso de una nación. Aquellos sillones sucios y desteñidos, cubiertos de tela, cuyo verde descolorido terminaba en el amarillo o se ocultaba bajo la grasitud negra, parecían a mis ojos, colosales y fastuosos, como tronos y el vasto silencio me pesaba en el alma más grave y solemne que el de una catedral.
Desde aquel día volví todos los días, por todo el tiempo que la tediosísima escuela me dejaba libre. Poco a poco me acostumbré a aquel silencio, a aquella estancia tan alta sobre mi cabeza enmarañada de adolescente descuidado, a aquella riqueza interminable de volúmenes nuevos y viejos, de diccionarios, de revistas, de opúsculos, de mapas, de códices y de manuscritos. Pronto me hice como de casa, distinguí las caras de los distribuidores, descubrí los secretos de las signaturas, penetré en los catálogos, conocí todos los rostros de los fieles y de los apasionados que, como yo, venían todos los días, puntuales e impacientes, como a un lugar de voluptuosidad.
Y me arrojé de cabeza en todas las lecturas que me sugerían mis pululantes curiosidades o los títulos de los libros que encontraba en los que iba leyendo, y comprendí entonces, sin experiencia, sin guía, sin siquiera un proyecto, pero con todo el furor de la pasión, la vida dura y magnífica del omnisapiente.
¿Fascista y antisemita?
Mucho se ha dicho y escrito sobre las opiniones políticas de Papini. Se le señala como simpatizante del fascismo; para algunos, esa presunción tiene su fundamento en la dedicatoria a Benito Mussolini que aparece en su Historia de la literatura italiana, de 1937: "Al Duce, amigo de la poesía y de los poetas". Prueba de su adhesión a la doctrina reaccionaria: el fascismo a ultranza de su "Discurso de Roma". ¿Fue antisemita? Un pasaje de su libro Gog iguala el Judaísmo con la adoración del oro y aduce que la cultura judía es un derivado de los cultos asirios que pretende socavar las bases del cristianismo mediante la cábala y los escritos de Spinoza. En otro lugar de ese texto se afirma que las teorías del judío Einstein provocan el caos y la anarquía.

domingo, 15 de julio de 2007

La guerra mortal de los sentidos

Una novela que admite varias lecturas. Sin duda, una de las obras imprescindibles del canon de la literatura hondureña. Imposible leerla sin dejar escapar una risa cómplice, como cuando Chorro de Humo convence a sus compañeros de que al queso Kraft donado por Alianza para el Progreso "le echan mocos de gringo". Un viaje maravilloso, en busca del último Hablante Lenca, a la comunidad de El Gual (según los nativos lencas) o El Reguero (nombre escogido por los colonizadores españoles), en el Occidente de Honduras, donde convergen la premodernidad, la modernidad y la posmodernidad. Una novela con la cual el autor nos transporta a un mundo mítico, pero sin atosigarnos con los artilugios gastados del "boom". La guerra mortal de los sentidos (Dirección de Publicaciones e Impresos, 2002) de Roberto Castillo pertenece, según su narrador, Illán Monteverde, a un tiempo en que los lectores de novelas se han convertido en una especie casi extinta. En esta séptima entrega de mimalapalabra en La Prensa les ofrecemos un fragmento del primer capítulo de la novela y uno de los 29 testimonios captados por un profesor español que busca, obsesivo, al ultimo Hablante Lenca.

Empieza la guerra...
Los cuatro ángeles cruzaron la pequeña plaza de armas en busca de la casa con la señal pintada en la puerta. Hieráticos y corpulentos, acosados por la luz de la tarde que enrojece los rostros y exaspera los ánimos, lucían extraños y desentonaban en la ciudad cuya atmósfera, desde el año 1894, se tiñe confusa y engañosamente de liberalismo ilustrado. Cuando se recostaron despreocupadamente en el gigantesco león de cemento que guarda la entrada del parque Unión Centroamericana, no se dieron cuenta del espectáculo que ofrecían a la población aburrida. Qué raras veces se veían las palabras de la inscripción en el obelisco, DIOS, UNIÓN, LIBERTAD, simulando refulgir junto a cuatro ángeles de verdad. Ellos no lograban dar con la dirección exacta y no tenían modo de preguntarla, porque nadie era capaz de comprender su jerga ininteligible. Sus nombres: Gamaliel, Abdullah, Osterwin y Gualtal, decían claramente que cuatro razas de la tierra estaban representadas entre los ángeles. De los cuatro sólo Gamaliel entendía griego; pero no el koiné que tan disciplinada y pacientemente estudió por doce años don Juan Diego Eleudómino de la Luz Morales, en aburridas lecciones, con el propósito de hablar directamente con los ángeles [...]. Curiosos y periodistas se congregaron de inmediato. Querían entrevistas, declaraciones y fotografías. No sospecharon nunca que Gamaliel ya había estado en la ciudad, años atrás. Esta vez lo vio temblando bajo la lluvia Josiah Anderson, gambusino alcohólico y ex mormón de Utah. Fue un gracioso suceso que ocurrió la madrugada del 5 de octubre de 1962, mientras Josiah recibía los efectos de su más fuerte ataque de delirium tremens junto a la ventana del bar de Casín. Se sentía morir y sus ojos no se desprendían de la visión de un ángel empapado, dando diente con diente a causa de la fiebre y con el rostro descompuesto. Al oír varios gritos desesperados, entró a la habitación el canadiense Arthur P. Langagne con una linterna de pilas en la mano [...].
Gamaliel se acordaba muy bien de esa visita a la ciudad, porque enfermó de disentería y lo pasó muy mal bajo unas matas en el jardín de ese famoso bar. De cuando en cuando evocaba el susto mutuo que se sacaron con Josiah Anderson: éste se aterrorizó porque tuvo que hacerle frente a la impresión de estar ante la presencia de un ángel; Gamaliel, porque sintió mucha vergüenza de que un mortal le viera en tan lamentable condición. Pero ahora su mente estaba centrada en el laberinto de calles [...].
DONDE SE DA A CONOCER QUE EL HABLANTE LENCA TOMÓ LA DECISIÓN RADICAL DE "IRSE A LA MIERDA"
Eliseo Berriozábal, 62 años, profesor jubilado (informante)
Es una cosa que hoy resulta difícil de entender. En un tiempo entró como una desesperación en el ánimo de los muchachos. Era algo inexplicable: dejaban casa, familia, bienes si los tenían y se iban hacia un lugar incierto, una ocupación incierta, un futuro incierto y hasta un país incierto: como ocurrió con un pequeño grupo de jóvenes que salieron con destino a Estonia, Letonia y Lituania, sin que se sepa porqué ni para qué (posiblemente enganchados como marineros); y al llegar allá resultó que esos países ya no existían como estados independientes. Y todos se despedían siempre con la misma frase: "me voy a la mierda".
En un medio donde la gente cuida mucho lo que dice, este "irse a la mierda" tiene varios significados. Por un lado, era una especie de reacción nihilista frente a un mundo que, aparentemente (y sólo aparentemente), estaba condenado a no cambiar nunca. Los muchachos preferían la nada ("la mierda"), que entrañaba riesgo, pero donde muchos hechos sucedían, a un orden de cosas de cosas que continuaría siendo igual. Otros entienden que la expresión oculta un fuerte sentido localista y un profundo amor por El Gual, donde las condiciones económicas (miserables) y políticas (intolerables, opresivas) no permitían vivir más. El Gual sería lo más querido y todo lo demás, "la mierda". Vivir en él sería mejor que vivir en cualquier otra parte de la Tierra. Por eso "irse a la mierda" significaba dejar aquello que se tenía por algo donde, pasara lo que pasara, todo sería peor. Otros sostienen que denotaba el abandono de la vida familiar, el calor de la comunidad y -muy importante para los lingüistas- la vieja y desecada cuenca de una lengua que juntaba el castellano del siglo XVI con un lenca juguetón y gracioso.
Fueron muchos los que decidieron "irse a la mierda". Y lo hicieron de verdad, pues se lanzaron a perecer en naufragios de mares lejanos, a dar en cárceles de otros países o a quedar tristemente adheridos al desolado paisaje urbano de muchas grandes ciudades. Se fueron "a la mierda" como se han ido el bosque, los ríos, los pájaros y otros animales (quién me puede decir hoy dónde están el quetzal, el cenzontle, el venado o la guara) Era impresionante ver pasar a los muchachos llenos de un coraje o de algo muy fuerte y vivo que los quemaba por dentro; se paraban frente a la plaza de los pueblos y gritaban: "Yo me voy a la mierda". Y se iban. Desaparecían sin que nadie los volviera a ver nunca más, como valientes tragados por el abismo sin fondo que abría su propio desafío.
El que usted llama Hablante Lenca también tomó un día la decisión de "irse a la mierda". Todo El Gual resultó conmovido con su grito, lanzado frente a la plaza de Gualmoaca; y desde allí se regó inmediatamente como pólvora encendida, escandalizando a todo mundo porque nunca se le había oído una palabra procaz. Ese "yo también me voy a la mierda" fue lo único "sucio" que se oyó salir de su boca. No se sabe en concreto qué fue lo que le llevó a lanzar el grito. Pero una cosa sí es cierta: de todos los que se "fueron a la mierda" sólo él sobrevivió, aunque tuvo que permanecer "muerto" durante veinte años. Tenía veintidós años cuando "murió". (Fragmentos tomados de las páginas 13, 14, 102 y 103).
Del prólogo
"Ahora que una conciencia finisicular nos abruma hasta la saciedad, quiero pensar en lo que fue ese gran siglo que vio pasar las mejores y más productivas etapas en la vida de mi bisabuelo, evocar una época que supo mostrarse con grandeza a través de un género literario que ha caído en desuso. En él encontré la herramienta más apropiada para resucitar la pasión central de mi ascendiente: su indagar sin descanso sobre un mundo deslucido sólo en apariencia; sorprendente espacio en el que terminó encontrándose a sí mismo a la par que le reveló la presencia del hombre lenca". Illán Monteverde, Gualmoaca, 20 de enero 2099.
Locura
El ángel Gualtal come tortillas y, contra la naturaleza de su divinidad, se esconde en unas matas de plátano, para calmar las urgencias de la disentería. Él y otros tres ángeles llegan a buscar a don Diego Eleudónimo de la Luz Morales, un personaje que ya aparece en el cuento "El loco divino", del libro Figuras de agradable demencia, publicado por Editorial Guaymuras en 1985. Este loco divino, que se paseaba en la madrugada por el corredor de su casa y con quien el Padre Divino tenía comunicación, surge de nuevo en La guerra mortal de los sentidos, condición que, para los lectores avisados, abre otras rutas para el disfrute de la literatura de Castillo.
El gérmen de la novela
"Todo empezó en 1979. Me ocupaba febrilmente de terminar mi novela breve El corneta y a la vez me dejaba ir con entusiasmo tras unas historias de cipotes que jugaban por las tardes frente a sus casas. El principal involucrado en el juego era el lenguaje y con el tiempo lo sería la propia palabra ‘cipote’, que en Honduras, El Salvador y Nicaragua está llena de inocencia, mientras en España es todo lo contrario. La escritura y la maduración fueron avanzando con la lentitud requerida. Recuperé y elaboré vivencias de la región lenca de Honduras, y por esta vía fui encontrando el eje central de lo que buscaba: el problema de la identidad con los múltiples planos que se anudan en él para garantizarle su condición de conflicto". (Fragmento de una entrevista hecha por Jacinta Escudos).
Acerca del autor
Roberto Castillo nació en 1950 en San Salvador, de padres hondureños, pero después vivió en Erandique, departamento de Lempira. Estudió filosofía en la Universidad de Costa Rica y laboró durante más de dos décadas en la cátedra de filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Unah. Entre sus obras publicadas están: Subida al cielo y otros cuentos, 1980; Figuras de agradable demencia, 1985 y Traficante de ángeles, 1996. Su primera novela, El corneta, apareció en 1981 y La guerra mortal de los sentidos, en 2002. También ha cultivado el ensayo, con Filosofía y pensamiento hondureño, 1992 y Del siglo que se fue, 2004, por el que obtuvo el premio Centenario de José Carlos Lisboa que otorga la Academia Mineira de Letras, Brasil, en el 2002. Es miembro del consejo de redacción de la revista Paraninfo y escritor permanente en la misma. En 1991 se le otorgó el Premio Nacional de Literatura Ramón Rosa.

domingo, 8 de julio de 2007

Pregúntale al polvo

Dos historias narra Arturo Bandini en Pregúntale al polvo (Anagrama, 2001), novela que John Fante escribió allá por la década de los años treinta del siglo pasado en Los Ángeles: la de su sueño juvenil de ser escritor y la de su amor por Camila, una mexicana que trabaja de camarera en un restaurante. Bandini es italoamericano y católico, además de aprendiz de escritor. Son suficientes elementos para anticipar que ésta es una novela autobiográfica de Fante, quien también era italoamericano y vivió como su personaje. Hasta que Bukowski lo escubriera en 1979 y confesara una abierta admiración por él, Fante fue un desconocido, un olvidado de su generación. Siguiendo la estela de estos narradores desafortunadamente desconocidos en Honduras, mimalapalabra les entrega en su sexto número un fragmento de esta novela apasionante, que engancha de principio a fin; que se lee de un solo respiro, con sus personajes fracasados y sus pecados, temores y tristezas; con su humor, su ironía y su odio desbordantes; con todo lo que Fante fue hasta su muerte en 1983.
Fragmento de Pregúntale al polvo
Cierta noche me encontraba sentado en la cama de la habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir.
Cuando desperté por la mañana, me dije que tenía que hacer más ejercicio y comencé en el acto. Practiqué varias flexiones. Luego me cepillé los dientes, noté el sabor de la sangre, vi una mota sonrosada en el cepillo, me acordé de los anuncios y resolví bajar a la calle y tomar un café. Fui al restaurante donde siempre me restauraba, tomé asiento en un taburete que había ante el largo mostrador y pedí un café. Se parecía mucho al café, pero no valía el precio que se pagaba por él. Me fumé allí mismo un par de cigarrillos, leí los resultados de la Liga Americana de béisbol, pasé concienzudamente por alto los resultados de la Liga Nacional y comprobé con satisfacción que Joe DiMaggio seguía siendo un orgullo para Italia, ya que seguía encabezando la lista de mejores bateadores. Una máquina de hacer tantos el DiMaggio. Salí del restaurante, me situé ante un pitcher imaginario y largué un pelotazo que se llevó por delante la barrera. Anduve luego por la calle, hacia Angel’s Flight, preguntándome qué hacer aquel día. Pero no había nada que hacer y por tanto resolví pasear por la ciudad.
Mientras recorría Olive Street, pasé ante una casa de vecindad sucia y amarillenta, todavía húmeda como un secante a causa de la niebla de la noche anterior, y pensé en mis amigos Ethie y Carl, ambos de Detroit, que vivían allí, y recordé la noche en que Carl había pegado a Ethie porque ésta iba a tener un niño y él no quería ningún niño. Pero lo tuvieron y no hubo más que hablar. Y recordé el interior de la casa, que olía a polvo y a ratones, y a las ancianas que se sentaban en el zaguán cuando el calor apretaba por la tarde, y a la anciana de piernas bonitas. También estaba el ascensorista, un individuo de Milwaukee que estaba hecho polvo y que ponía cara de burla cada vez que se le indicaba un piso, como si uno fuera un imbécil por querer ir a ese piso concreto, el ascensorista, que siempre tenía dentro del ascensor una bandeja con bocadillos y una revista de historietas baratas.
Seguí bajando la colina por Olive Street y pasé ante las horribles casas de madera que apestaban a crímenes y, sin abandonar Olive, ante el Philarmonic Auditorium, recordé que había estado allí con Helen para oír a los coros de los Cosacos del Don, que me había aburrido y que nos habíamos peleado por culpa de aquello, y me acordaba de lo que Helen llevaba puesto aquel día, un vestido blanco, y de que los riñones se me ponían en órbita cada vez que lo rozaba. Ay, Helen, Helen... aunque allí no, claro.
Así llegué al cruce de Olive con Fifth Street, donde los tranvías enormes destrozaban los oídos a causa del ruido que producían, donde el olor a gasolina hacía que las palmeras parecieran tristes y donde el asfalto negro seguía húmedo a causa de la niebla de la noche anterior. Y así llegué también ante el Hotel Biltmore, ante la hilera de taxis amarillos, en cuyo interior dormían los respectivos conductores, salvo el que estaba más cerca de la puerta principal, y pensé con asombro en aquellos sujetos y en su repertorio informativo, y me acordé de cuando Ross y yo hicimos una consulta a uno, que se sonrió con salacidad y nos llevó a Temple Street, precisamente a Temple Street, donde sólo encontramos un par de sitios muy desagradables; y de que Ross estuvo todo el tiempo arriba, mientras yo me quedaba en el salón, poniendo discos en la gramola, asustado y solo.
Pasé ante el portero del Biltmore, que me cayó gordo en el acto, con sus galones amarillos, su metro ochenta de estatura y toda la dignidad de que se rodeaba, y en aquel punto se acercó al bordillo un automóvil negro del que descendió un hombre. Parecía rico; acto seguido descendió una mujer, la mujer era una belleza, la piel que llevaba era de zorro plateado, una melodía que cruzase la acera y se colase por la puerta giratoria, y me dije, chico, quién pudiera estar un rato con ella, sólo un día y una noche con ella, un sueño, y yo seguí andando y el perfume femenino quedó en el aire húmedo de la mañana.
Luego estuve un rato interminable mirando el escaparate de un estanco y el mundo entero desaparecía salvo el escaparate ante el que me encontraba fumando todo el tabaco que veía, e imaginé que era un autor célebre, y llevaba en la boca una pipa de brezo italiano, muy chula, y en la mano un bastón, y salía de un coche negro imponente, y también ella estaba allí, la señora de la piel de zorro plateado, orgullosísima de mí. Nos inscribíamos, nos íbamos a tomar unos cócteles, luego a bailar, a continuación a tomar más cócteles y yo le recitaba unos versos en sánscrito, y el mundo era fabuloso, porque no pasaban dos minutos sin que alguna maravillosa mujer se me quedara mirando a mí, al autor célebre, y aunque lo único que pasaba era que le firmaba un autógrafo en la carta, la del zorro plateado se ponía muy celosa. ¡Dame algo tuyo, Los Ángeles! Ven a mí tal y como yo voy hacia ti, con los pies en tus calles, ciudad preciosa a la que tanto amo, flor triste enterrada en la arena, ciudad preciosa.
Un día, el siguiente, la víspera, y la biblioteca con las estanterías llenas de amiguetes, el viejo Dreiser, el viejo Mencken, todos los muchachos estaban allí e iba a verles, Hola Dreiser, Qué tal Mencken, Hola, hola: también para mí hay un sitio, comienza por B, en el estante de la B, Arturo Bandini, haced sitio para Arturo Bandini, un hueco para su libro, y me sentaba a la mesa y me quedaba mirando el sitio donde estaría mi libro, muy cerca de Arnold Bennett; no igual que Arnold Bennett, pero algo de lustre sí daría a los que estuvieran en la B, el bueno de Arturo Bandini, otro miembro de la banda [...].
Algunos datos biográficos
John Fante nació en un ambiente relativamente pobre en Colorado, el 8 de abril de 1909. En 1929 abandonó los estudios y se mudó a California, para centrarse en su carrera como escritor. Sus personajes son en la mayoría de los casos perdedores en medio de una sociedad cruel. Su estilo literario es claro, cortante, con rasgos de humor y de violencia; una lectura recomendada.
Obra publicada en español por Anagrama:
Pregúntale al polvo, 2001; Camino de Los Ángeles, 2002; Espera a la primavera, Bandini, 2001; Sueños de Bunker Hill, 2002.
Ocaso
En 1977 perdió la vista por la diabetes. Murió en Woodland Hills, California, en 1983