viernes, 15 de enero de 2010

Robar libros no es robar




Es probable que si un día llego a asegurarme de que una confesión así, salida de mi boca, resultaría simpática antes que peligrosa, contaré unas cuantas anécdotas relacionadas con el robo de libros en bibliotecas y librerías. Por ahora, mientras dudo sobre si fue o no José Martí quien dijo eso de que "robar libros no es robar", me conformo con escuchar o leer las anécdotas de los demás, como éstas que reúne Fernando Soriano en un artículo aparecido recientemente en clarin.com:
De aquellos simpáticos ladrones de una pieza, románticos y sigilosos, subversivos del mercado editorial y su lista de precios, apenas ha quedado alguna huella, cierta reaparición intempestiva en nombre del (supuesto) amor a la literatura. Todo ha cambiado ahora; el robo de libros se alejó bastante de la rebeldía antisistema y terminó por acercarse en sus formas al "crimen organizado", para fomentar la gran oferta en parques y plazas, pero sobre todo en las páginas de la estrella de este siglo: Internet. De una u otra manera, el robo de libros no perdió su intensidad en estos años y sigue siendo el problema de las librerías. Foucault, Borges, Galeano, Cortázar y Bolaño -ladrón confeso-, entre varios de la elite literaria. "Dejá 15 minutos Vigilar y castigar, de Foucault, a la vista y no lo viste más", dice Matías, vendedor en una de las librerías de la avenida Callao, como ejemplo del extraño fervor por "llevarse" la obra del gran filósofo francés ("el más robado de la historia"). "Foucault, como muchos otros, son los más buscados por los lectores y, como consecuencia, por los ladrones, así que nosotros preferimos tenerlos bajo llave", explica el empleado de una librería de Corrientes, y detalla: "Con seguridad y todo, roban mucho. No es tanto en los números finales, pero es más de lo que parece". Según los números de esa misma librería hay un libro robado por cada 99 vendidos. Pero otras, confiesan off the record, han tenido hasta un 25% de error en los cierres. Igual, no existen cifras oficiales: en la Cámara Argentina del Libro carecen de datos al respecto. Robos hay de todo tipo: aleatorios y apurados, eruditos (como ejemplo, un librero no sabe explicar cómo alguien se llevó la obra completa de Borges de una vez), a pedido del cliente y en equipo: "Viene uno, lo marca y le saca la alarma y otro se lo lleva", detalla Eduardo, otro vendedor. En verano, pero sobre todo en invierno. "Cuanta más ropa llevan puesta, más bolsillos y lugar tienen para esconderlos. Hay situaciones insólitas también. Por ejemplo, una chica una vez entró con un sobretodo en verano, era obvio que vino a robar, así que la enganchamos con ocho libros en la parte de adentro del abrigo", ríe Sebastián, de Losada. "Aunque los ladrones son generalmente amables. Piden disculpas, devuelven el botín y prometen no volver", cuenta Nahuel. Aunque quizá sea tan simple como creía el chileno Bolaño: "Lo bueno de robar libros (y no cajas fuertes) es que uno puede examinar con detenimiento su contenido antes de perpetrar el delito".

O estas otras recopiladas por Gabriela García para lanacion.cl:
Sebastián, ladrón intelectual hace siete años, es además periodista. Para él, la diferencia entre quienes roban para lucrar y los que lo hacen para leer, dice relación con que “un amante de la literatura no se va a robar nunca un libro de Paulo Coelho o de Isabel Allende. Vas a la casa de alguien que lee y te dice: ‘me acabo de robar la segunda edición de El Innombrable de Samuel Beckett de la Editorial Sur’, que es justamente el libro que no está pirateado a dos mil pesos en la calle, y que es una joyita”. Muchos de estos personajes sienten que “no hay nada más adrenalínico que robar el libro que quieres leer. Verlo en tu estantería y saber que pudo haberte costado la vida”, dice a carcajadas Sebastián, quien orgulloso observa como su biblioteca ya bordea los 700 ejemplares, de los cuales la mitad son libros robados.

Los ladrones de libros admiten que las medidas de seguridad -si bien no los han intimidado del todo- han provocado más de algún temor a su “trabajo”. “Cada vez se roba menos en librerías. Ahora la mano está en los café literarios y las bibliotecas porque apuestan a la confianza y, además, tienen súper buenas cosas”. Sebastián, experimentado especialista en el tema tiene 25 años. Y tira las manos sobre ejemplares que lo enloquecen desde los 18. En el ambiente hay muchos como él. “Tengo un amigo que todos los días vacía su mochila cargada de decenas de libros y me dice: ‘Café literario auspicia’, y se caga de la risa”.

El compinche de Sebastián, Rodrigo, dice que hay librerías a las que simplemente sólo entran para comprar, por el respeto que se le tiene a sus libreros. “Por ejemplo, la de Sergio Parra es intocable, porque él es buena onda y siempre baja los precios, no hay pa que”. Otro de los códigos de honor que existe en el rubro de los roba libros es que conociéndose o no, el delatarse es cosa imperdonable. Se reconocen, pero el secreto va a la tumba, incluso cuando hay un ladrón que le hace la competencia al otro. “Me quería robar un libro de Enrique Lihn, y había otro tipo que caché que también se lo quería llevar. El hueón fue habiloso: en un dos por tres lo hizo desaparecer. Después, descaradamente se puso a conversar con el dueño sobre los precios, y cuando se fue, nos quedamos mirando, son gajes del oficio, ¿o no?”. Lo cierto es que los “chupadores” de libros circulan, observan y más que atacar, atracan anaqueles todos los días. La pupila dilatada del guardia que vigila, aumenta el vértigo que el ladrón parece usar a su favor. Parsimoniosos aguardan el momento oportuno. Conversan con el dueño hasta ser parte de la casa, para luego, a vista y paciencia, tenerlos de caseros.

jueves, 14 de enero de 2010

J.M. Coetzee: yo es él



JMCoetzee.
Cualquiera que haya leído la obra del Nobel sudafricano JMCoetzee espera, ansioso, que llegue a sus manos Summertime, tercera parte de lo que podríamos considerar su autobiografía, que empezó con Infancia y siguió con Juventud. En Summertime Coetzee ha muerto y unos cuantos personajes (reales) son quienes nos hablan de él. O sea: Coetzee escribe ficción hasta cuando se trata de su autobiografía. Encuentro este artículo de Mauricio Montiel Figueiras en Letras Libres que nos habla del asunto:
¿Qué significa decir que un escritor está en plena posesión de sus facultades creativas cuando acaba de publicar su libro más reciente, que resulta ser el vigésimo de su producción y el quinto al cabo de recibir el Premio Nobel de Literatura? ¿Es realmente posible, a estas alturas del partido, si no reinventar al menos reformular –lo que ya es un logro titánico– las reglas de un género tan frecuentado como la autobiografía? Estas preguntas retóricas me asaltan al terminar de leer Summertime (2009), tercer tomo de la trilogía subtitulada Escenas de una vida provinciana, en el que J.M. Coetzee riza el rizo del distanciamiento aplicado a sí mismo en Infancia (1997) y Juventud (2002). Si en estos dos libros el “yo es un otro” de Rimbaud se convertía en un “yo es él”, en Summertime enfrentamos la ecuación aumentada: “Yo es él a través de un otro.” Ese otro, cabe aclarar, se presenta como una hidra de cinco cabezas que fungen como espejos inclementes a donde se asoma Coetzee (1940), pero un Coetzee ya muerto –el rizo continúa rizándose–, para confrontar el modo en que su persona y su labor son disecadas con un agudo bisturí: “Diría que su obra carece de ambición. El control de los elementos es excesivo. En ningún lado uno siente a un escritor que transforma sus medios para decir lo que nunca antes se ha dicho, lo que para mí es la marca de la gran literatura. Demasiado frío, diría yo, demasiado pulcro. Demasiado sencillo. Demasiado falto de pasión.” Quien opina así es Sophie Denoël, amante fugaz y ex colega de Coetzee –del Coetzee, sigamos rizando el rizo, diseñado por Coetzee para sus memorias–, uno de los cinco testigos elegidos para esa especie de juicio sumario en que deriva la investigación emprendida por un joven llamado o apellidado Vincent: el biógrafo que se centra en el lapso que va de 1971-1972, cuando Coetzee volvió de Estados Unidos a Sudáfrica para residir en casa de su padre viudo, a 1977, cuando la aparición de En medio de ninguna parte trajo el primer reconocimiento público, por considerarlo un “periodo importante de [la vida del autor], importante pero desatendido, una etapa en la que aún intentaba establecerse como escritor”.

A esclarecer tal etapa –o a enturbiarla: depende del cristal con que se mire– contribuyen, además de Sophie, Julia Kiš, una mujer casada con quien Coetzee tuvo un romance accidentado; Margot Jonker, la prima favorita del autor; Adriana Teixeira Nascimento, una bailarina brasileña que contrató al Nobel sudafricano como tutor de su hija menor y acabó siendo objeto de una torpe persecución amorosa; y Martin J., ex compañero de la Universidad de Ciudad del Cabo. Cada uno de ellos ofrece una faceta distinta aunque a fin de cuentas complementaria de Coetzee, dibujado como un prisma inserto en los convulsos años setenta durante “el auge del apartheid”; así podemos ver al escritor en ciernes que se preocupa por la función de la literatura (Julia), al extraño en ese pueblo que es la familia (Margot), al desterrado del mundo femenino (Adriana), al intruso en su país de origen (Martin), al utopista que aboga por una política de integración racial y un “futuro brasileño” (Sophie). A los relatos de estos cinco personajes o personas –difícil caminar por el filo delgado entre autoficción y autobiografía sin caer en la hermosa trampa preparada por Coetzee– se suman extractos de los cuadernos del “difunto” autor, en los que resurge el distanciamiento pronominal practicado en Infancia y Juventud y recobrado en la transcripción de las declaraciones de la prima Margot: “El ella que uso –dice el biógrafo a su entrevistada– es como el yo pero no es yo.” La identidad problemática que genera tal estrategia en los tomos anteriores de Escenas de una vida provinciana, y que remite al “yo” esquizoide que vaga por los libros de W.G. Sebald, se acentúa al máximo en Summertime: ¿qué tan bien delimitada está la frontera entre “él” y “yo”, entre invención y realidad; dónde se localiza el Coetzee de carne y hueso y dónde el Coetzee trocado en ente literario? El conflicto lo replantea Martin J. al señalar al biógrafo: “Sería muy ingenuo inferir que, porque está presente en su escritura, el tema tuvo que estar presente en su vida.”

El tema en cuestión es la relación que un hombre maduro sostiene con una joven y reaparece en Summertime merced a Maria Regina, la hija menor de Adriana, a quien Coetzee da clases de inglés y de quien se expresa así: “La belleza, la verdadera belleza, va más allá de la piel, es el alma que aflora a través de la carne.” Si coincidimos con otro testigo de cargo –Julia, para quien un asunto recurrente en la obra coetzeeana es “la mujer [que] no se enamora del hombre. El hombre puede o no amar a la mujer, pero la mujer nunca ama al hombre”–, entonces las palabras dirigidas a Maria Regina son el eco de una aseveración previa: “La belleza de una mujer no le pertenece a ella sola. Es parte de la recompensa que trae al mundo. Y su deber es compartirla.” Con estas frases el cincuentón David Lurie empieza a seducir a la veinteañera Melanie Isaacs en Desgracia (1999), la novela que posee otros puntos en común con Summertime (la fascinación por el desierto del Karoo, patente asimismo en En medio de ninguna parte y Vida y época de Michael K., y el abandono final de un ser querido) y que en 2008 fue llevada a la pantalla por Steve Jacobs con guión de Anna Maria Monticelli. Pese a ser fiel al original, la adaptación de Desgracia evidencia las dificultades de traducir al cine libros como los de Coetzee, cargados de una densidad literaria para la que no hay un equivalente preciso en el lenguaje visual; y si a ello añadimos la elección de un actor protagónico (John Malkovich) que con todo y su larga experiencia no consigue transmitir el peso de la ordalía de Lurie, una de las criaturas más soberbiamente patéticas de la narrativa contemporánea, el resultado es un filme correcto aunque frío, desapasionado. Curioso: frialdad y falta de pasión son características que las mujeres de Summertime insisten en adjudicar a J.M. Coetzee, el hombre de madera descrito por Adriana al que Julia increpa durante una discusión con una sentencia letal: “Un libro debe ser un hacha que perfore el mar helado que crece dentro de nosotros.” Frente a semejante declaración, poco importa saber dónde comienza el “yo” y dónde termina “él”; importa, eso sí, que el hacha del escritor permanezca siempre bien afilada. Y la de Coetzee no ha dejado de cortar y perforar.

martes, 12 de enero de 2010

Un montón de lápices chatos



De vez en cuando, como para despertarnos del sueño que nos lleva al patíbulo, alguien como Rafael Lemus vuelve a recordárnoslo:

En principio, Heidegger. Para ilustrar las absurdas convulsiones del arte moderno, el alemán propuso alguna vez una imagen. Ésta: la de una humanidad que afila permanentemente un lápiz con el que nadie sabe escribir una palabra. Esfuerzo inútil: demasiado movimiento, escaso significado. Heidegger murió antes de contemplar el escándalo que se avecinaba: un arte contemporáneo todo velocidad y sinsentido. Quienes afilan hoy el lápiz no se preocupan ya por escribir siquiera signos: el garabato basta. Quienes se mueven no lo hacen, a la manera de los modernos, en línea recta: cualquier dirección –hacia el futuro o el pasado, dentro de la cultura popular o fuera de ella, en espiral o tropezando– da lo mismo. El objetivo es moverse rápido, sencillamente. Como la moda. Como el mercado. Para moverse de hecho más grácilmente, el arte ha terminado por volverse vaho. Yves Michaud lo explica en El arte en estado gaseoso: hoy todo está salpicado de arte –el diseño, la publicidad, el cochino escusado en que orinamos– y, sin embargo, la obra de arte apenas si aparece en algún lado. Vapor y vértigo, las señas del arte contemporáneo.

*
¿Vapor y vértigo? No en la literatura. Si algo, la literatura contemporánea es pesada. Antes que vértigo, produce pereza. Basta asomarse a la mesa de novedades de cualquier librería para descubrir, entre bostezos, una nutrida pila de basura y excremento. Una única sorpresa nos deparará el viaje: todo lo que allí se expone, aunque pretendidamente nuevo, es viejo. Conocemos casi todos los volúmenes sin necesidad de leerlos: novelitas sentimentales, relatos históricos, libros que emulan a otros libros que emulan, ay, a un programa televisivo. Aquel que busque ejercicios radicales, vastas exploraciones formales, en la narrativa de hoy se llevará un merecido chasco. Hace décadas que la literatura –enemistada con la noción de vanguardia– es la más conservadora de las artes. Lo que impera en ella es el conformismo, el gesto aún romántico, la factura anacrónicamente clasicista. Aquello ya vedado en otras artes –el académico bodegón, por ejemplo- pulula en la narrativa: casi todo es, por decirlo de algún modo, decimonónico. Salvo excepciones, los narradores emplean cómodamente las formas creadas, en el mejor de los casos, a principios del siglo XX. Ocurrió esto: en vez de enfrentar el vacío como los demás artistas, el escritor optó por dar marcha atrás. Exhaustas las vanguardias, la literatura no se quedó allí, donde la crisis, girando absurdamente, como las otras artes. Dio algunos pasos atrás hasta hallar cobijo, de nuevo, en las convenciones decimonónicas. Para volver a Heidegger: el escritor de hoy sabe escribir pero su lápiz no tiene punta.

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¿En qué momento se jodió la narrativa? Probablemente en la segunda mitad del siglo XX. Seguramente cuando el clasicismo le ganó la partida a las vanguardias. Porque hubo una riña entre la literatura y la escritura y ganó finalmente la Literatura. Porque hubo autores radicales, deseosos de arrebatarle la mayúscula a Literatura, que se fatigaron, en cierto sentido, vanamente: llevaron lejos sus exploraciones formales pero no destronaron el gusto clasicista. Aunque arrastraron la narrativa hasta sus angustiosos confines, no lograron fijarla allí de una vez por todas. Quedó la puerta abierta para la reacción y ésta pasó por allí contundente, devastadoramente. Peor: el poderoso hocico del clasicismo no dejó de masticar a aquellos autores radicales hasta incluirlos, ya desactivados, en su ecuménico canon. ¿Es necesario decir que todo pudo haber sido de otro modo? En las artes plásticas, por ejemplo, ocurrió visiblemente lo contrario: los radicales vencieron a los académicos. Allá, la furia dadaísta, la vigorosa experimentación formal y la deliberada confusión de disciplinas terminaron por desdefinir el arte (Harold Rosenberg). Arrastrado todo hasta el extremo, la marcha atrás se volvió impracticable: no hubo ya manera de volver al Arte con mayúscula, entre otras cosas porque éste se hallaba ya irreparablemente perforado. Incluso el más ingenuo de los pintores tuvo que aceptar que la Mona Lisa tenía ahora bigotes.

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Escribía Walter Benjamin que el arte, en la época de la reproducción mecánica, no demanda ya del espectador contemplación ni recogimiento. Un vistazo basta, una apresurada “recepción en la distracción”. El arte de hoy exige incluso menos: no un vistazo sino la mera presencia del espectador. Como ha notado Ives Michaud, las obras de arte –insertas en una imparable maquinara comercial– importan cada vez menos. ¿Para qué contemplarlas entonces? La misión del espectador actual no es mirar concentradamente una pieza sino estar allí y percibir el ambiente que rodea a la pieza: la galería, la pomposa fiesta de inauguración, el rostro extraviado de los otros espectadores. Da pena decir que en la narrativa ocurre hoy algo no muy distinto. De pronto, ante la mayoría de los libros, meras mercancías, no es ya necesaria aquella lectura lenta y concentrada a que nos obligaban las obras modernas. Apenas si es necesaria, de hecho, la lectura: una rápida hojeada es muchas veces suficiente. ¿Por qué? Porque, desterrada la pulsión vanguardista, los nuevos libros imitan con docilidad a los anteriores y así sucesivamente. A falta de poéticas, hay fórmulas, además. Atrás quedó aquella época heroica en la que los libros creaban a sus propios lectores. Hoy el lector/consumidor es quien manda: tiene un gusto ya definido –formado ante todo por el cine y la televisión– y el 80, 90% de la narrativa compite para complacerlo servilmente.

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El problema no es, finalmente, el clasicismo. La pulsión clasicista –gusto por el equilibrio, respeto por la tradición, manipulación virtuosa de las convenciones– ha existido siempre y no atestiguaremos su caída. El problema es el abrumador dominio del clasicismo. Vencida la ira radical, todo quiere ser transparencia y templanza en la narrativa. Incluso los autores más rupestres se pretenden saludables. Como si a su alrededor no se apilaran los escombros. Como si su género predilecto, la novela, estuviera exento de fisuras. Relegado el ánimo vanguardista, una parte de la existencia queda sin ser pronunciada. Aun cuando es elocuente –cosa que pasa cada vez con menos frecuencia– el clasicismo no puede decirlo todo. No dice la violencia. No la oscuridad. No la confusión. No el tedio. No la desesperada agonía de las cosas.

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Además del clasicismo, el mercado. Si algo marca a la literatura del incipiente siglo XXI, es su vocación de mercancía. Se dirá: hace siglos que los libros se comercian. Se agregará: los best-sellers son cosa vieja. Es cierto, pero también es verdad que el mercado jamás había impuesto condiciones como ahora. Cualquier manual de ciencia política podría explicarlo: allí donde hay un vacío de poder emerge un nuevo cuerpo para ocuparlo. Desaparecido el ánimo vanguardista, reinante el dócil temperamento clasicista, la mesa quedó puesta –es decir, vacía– para quien dijera yo. El mercado dijo yo. Y aquí estamos. Un montón de lápices chatos.

lunes, 11 de enero de 2010

Cuando los escritores hablan



Buen artículo de Arthur Krystal en elmalpensante sobre la diferencia entre el escritor cuando escribe y el escritor cuando habla:
Ese que está en la pantalla de mi computador es Vladimir Nabokov. Se ve a la vez pulcro y desaliñado. Lleva traje y un chaleco de varios botones que aprieta la parte superior de su corbata y hace que se asome por el cuello de su camisa como un fular anticuado. Grande, regordete, delicado, con anteojos de marco negro, está sentado en un sofá junto al más fino y cariacontecido Lionel Trilling. Ambos sortean las preguntas de un elegante interlocutor que lleva un bigote de película clase B. La entrevista se grabó en algún momento a finales de los cincuenta en lo que parece ser la sede de un club o un estudio de televisión disfrazado para parecerlo. Discuten sobre Lolita. “No... yo no quiero tocar corazones”, dice Nabokov con su acento de ninguna parte. “Ni siquiera quiero afectar mucho las mentes. Lo que realmente quiero producir es ese pequeño escalofrío en la columna del artista-lector”.

Nada mal, pienso, mientras miro detenidamente la oscura caja granulada en YouTube. De hecho, es una frase extraordinariamente buena para haberla sacado directamente de la manga. ¡Pero esperen! ¿Qué es lo que Nabokov está haciendo con sus manos? ¡Está dándole vueltas a unas fichas bibliográficas! Está ojeando notas. Está leyendo. Domina tres idiomas y sin embargo se apoya en respuestas prefabricadas para hablar acerca de su trabajo. ¿Estoy desilusionado? Al principio sí, pero después pienso que los escritores no tienen que ser conversadores brillantes; su trabajo no es ser inteligentes a excepción, por supuesto, de cuando escriben. Hazlitt, el más cohibido de todos los escritores, comentaba que no veía por qué un autor “está obligado a hablar más de lo que estaría obligado a bailar, o a montar a caballo, o a practicar esgrima mejor que otras personas. Leer, estudiar, estar en silencio y pensar son una mala introducción a la locuacidad”.

Creo que tiene razón. Como la mayoría de los escritores, parezco ser más inteligente en letra de molde que en persona. De hecho, soy más inteligente cuando escribo. No lo digo solamente porque, por lo general, en ese espacio no hay nadie cerca para observar las salidas en falso y las frases idiotas que dejan en ridículo mi supuesta inteligencia, sino porque cuando el trabajo va bien puedo expresar opiniones que nunca he pronunciado en una conversación y que de otro modo jamás se me hubieran ocurrido. Tampoco soy el primero que tiene esta idea, que naturalmente se me ocurrió mientras escribía. Según Edgar Allan Poe, en un artículo de la Graham’s Magazine, “algún francés –posiblemente Montaigne– dijo: ‘La gente habla acerca del pensamiento, pero por mi parte nunca pienso a excepción de cuando escribo’. No encuentro estas palabras en mi ejemplar de Montaigne, pero estoy de acuerdo con la idea, quienquiera que la haya formulado. Y no porque la escritura me ayude a organizar mis ideas o revele lo que siento respecto a algo, sino porque verdaderamente genera pensamiento o, al menos, provee una placa de Petri para su génesis”.

Sin embargo, el psicólogo de Harvard Steven Pinker no está muy de acuerdo con nosotros. En un intercambio de correos, Pinker me señaló de manera sensata que el pensamiento precede a la escritura y que la razón por la que sonamos más inteligentes al escribir es que nos proponemos deliberadamente ser claros y precisos, un lujo que rara vez podemos darnos al conversar. Es verdad, sobre todo si uno escribe para revistas en las que editores quisquillosos con zapatos caros esperan patearnos el trasero por cada pequeño error que cometamos. Cuando la gente que vive de la escritura se sienta a ganarse el sueldo, se plantea exigencias que requieren un grado más alto de habilidad que cualquier conversación. Para Pinker, es un caso similar a la diferencia en cómo piensan los matemáticos cuando están probando teoremas y cuando están contando las monedas del cambio, o la forma en que un mariscal de campo lanza un pase durante la final del campeonato y como lo hace una tarde cualquiera en su jardín. Lo que sí reconoce Pinker es que, dado que la escritura da lugar a ensoñaciones y cavilaciones, probablemente compromete porciones más grandes del cerebro.

Estoy de acuerdo. Podría apostar a que se estremece más materia gris cuando me siento a escribir que cuando me paro a hablar. De hecho, si tomaran una resonancia magnética de mi cerebro en este momento, verían encenderse regiones que apenas titilan cuando hablo. ¿Cómo lo sé? ¡Porque estoy escribiendo! Es más, soy tan inteligente en este momento que sé que mi corteza cerebral está usando un grupo de neuronas que ingeniosa y encantadoramente están transformando mis pensamientos e ideas en palabras. Pero si les estuviera hablando de todo esto, un grupo distinto de neuronas se activaría, se harían diferentes asociaciones y conexiones, y se generarían frases y palabras distintas. En resumidas cuentas, los tendría aburridos hasta el cansancio.

Está bien, solo estoy especulando, pero creo que quienquiera que haya escrito que nunca piensa excepto cuando se sienta a escribir, estaba usando una hipérbole para sostener algo muy cierto. Hay algo en la escritura, cuando nos consideramos escritores, que afecta la forma en que pensamos e inevitablemente cómo nos expresamos. Tal vez no haya bases empíricas para esto, pero si, como afirman algunos científicos, son diferentes las partes del cerebro que se activan al usar un bolígrafo y al usar un computador –y las diferencias cognitivas son mayores que lo que se podría esperar debido a la aplicación de las habilidades motoras–, entonces, ¿por qué no habría diferencias significativas en la actividad cerebral cuando se escribe y cuando se habla?

En la misma línea, parece que los compositores a veces toman instrumentos distintos cuando intentan resolver problemas musicales. No se trata de que un violín revele secretos que un piano oculta, sino que la mente empieza a pensar distinto cuando tocamos instrumentos diferentes. O tal vez es simplemente que el cauce de ideas se altera cuando escribimos, y esto deja fluir oraciones encalladas en las riberas de la conciencia. Parece haber un ritmo en la escritura que atrapa notas que generalmente no están al alcance del oído. En algún punto, entre el instante de formular una idea y el de escribirla, transcurre un nanosegundo en el que ésta se transforma en una oración, distinta, sin duda, a la que hubiera sido de ser pronunciada en vez de escrita. Este ritmo, marcado no tanto por el oído como por la sensibilidad, puede alcanzarse solamente en el momento de la composición; y no puede ser simulado durante el discurso, pues la conversación ocurre en tiempo real y depende en parte de la persona o de las personas con quienes estemos hablando. Por esto, escritores maravillosos pueden terminar siendo conversadores mediocres, y grandes encantadores de serpientes se tambalean como patos cuando intentan escribir.

Así que la próxima vez que oiga a un escritor en la radio o lo agarre por televisión o lo vea en YouTube o esté sentado junto a él en un restaurante, recuerde que no es el autor de los libros que usted admira; es simplemente alguien que está de visita por el mundo exterior, lejos de su estudio, de su oficina o de donde carajos escriba. No espere que conozca los modales de este país lejano y trate de perdonar sus torpezas cuando ocurran.

Hablando de cenas, cuando el naturalista alemán Alexander von Humboldt le dijo a un amigo, un doctor parisiense, que quería conocer a un verdadero lunático, éste lo invitó a cenar. Días después, Humboldt se encontraba ante la mesa entre dos hombres. Uno era cortés, algo reservado y no entraba en conversaciones ligeras. El otro vestía ropa pobremente combinada, parloteaba a sus anchas acerca de cualquier pendejada, gesticulaba salvajemente, hacía caras horribles. Al final de la cena, Humboldt se dirigió a su anfitrión. “Me gusta su lunático”, le susurró señalando al hombre parlanchín. El anfitrión frunció el ceño. “Pero el lunático es el otro; el hombre que usted está señalando es monsieur Honoré de Balzac”.

Libros prohibidos



Para que veamos que la estupidez no es condición exclusiva de Myrna Castro, actual "ministra de Cultura de H", copio y pego este articulito de Jordi Puntí encontrado en elperiodico.com:
En Appomattox, un pueblo del estado de Virginia, la escuela prohibió este año a sus alumnos la lectura de De ratones y hombres, de John Steinbeck, a causa de su lenguaje obsceno y difamatorio. Un pretexto similar encontraron en una escuela de Tuscola, Texas, para vetar la novela Hijo de Dios, de Cormac McCarthy. En Morganton, Carolina del Norte, diversas escuelas intentaron prohibir la lectura de obras como El color púrpura, de Alice Walker; Cometas en el cielo, de Jaled Hosseini, o El guardián en el centeno, de J.D. Salinger, todas a causa de su fuerte contenido sexual.

Estos ejemplos y muchos más aparecen en el mapa de libros prohibidos y cuestionados que realiza cada año Banned Books Week, una campaña que desde 1982 celebra la libertad de lectura y desenmascara los intentos de prohibición en EEUU. El mapa con todos los lugares donde se prohíben libros puede verse en internet (www.bannedbooksweek.org). Además de la religión, las palabrotas y las blasfemias religiosas, los temas más recurrentes a la hora de censurar un título son la homosexualidad abierta, la masturbación, la eutanasia y, por supuesto, el aborto.

Entre los clásicos que hoy en día siguen prohibiéndose están Lolita de Nabokov o el Huckeblerry Finn de Mark Twain, pero el libro más perseguido en los últimos años es Tres con Tango (RBA), de Justin Richardson. Es ésta una obra infantil que cuenta con dibujos la historia de una familia de pingüinos, dos machos que incubaron el huevo de una hembra y tuvieron un pingüinito llamado Tango. Pese a estar basado en unos hechos reales, el libro ha sido acusado de antiétnico y antifamiliar porque habla de la homosexualidad entre animales. No es broma. Ante este panorama, uno puede pensar que en Europa estamos lejos de la rigidez mental de los católicos fundamentalistas de EEUU.

A primera vista, así es. Pero tomemos las escuelas del Opus Dei, por ejemplo, cuya moral carca nada envidia a la de los norteamericanos pacatos. Según su índice de libros prohibidos en el 2003, títulos como El nombre de la rosa de Umberto Eco, o Intimidad de Hanif Kureishi, solo se pueden leer si un padre o prelado de la Obra te autoriza. En cuanto a los pingüinos homosexuales para niños, no se pronuncian, pero figúrate tú.
 
Recomendable, para seguir en el rollo, este otro artículo.

domingo, 10 de enero de 2010

Otra vez Bolaño



Ya está en las librerías la primera de las novelas exhumadas de Roberto Bolaño, El Tercer Reich, escrita supuestamente hace 21 años. Aquí el texto de Anagrama para anunciarla:
Udo Berger tiene veinticinco años y su pasión son los juegos de guerra. También tiene independencia económica y una novia a la que ama, Ingeborg. La pareja pasa unos días en el lugar de la Costa Brava donde él veraneaba con su familia. Udo hace instalar en su habitación una gran mesa donde piensa nuevas estrategias para el Tercer Reich, su juego. Y por la noche van a una discoteca y conocen a Charly y Hanna, otra pareja de alemanes. Cuando bajan a la playa, el imprevisible Charly les introduce en la comunidad del lugar, plena de turbios personajes como el Lobo o el Cordero, que tanto pueden ser trabajadores de verano como mafiosos; Frau Else, la guapa encargada del hotel, o el Quemado, un hombre desfigurado y del que nadie sabe nada, aunque insinúan que es extranjero, que fue torturado en su país... El Tercer Reich, un texto inédito escrito en el año 1989, es una espléndida novela de la primera etapa de Roberto Bolaño, el feliz hallazgo de un ejercicio narrativo donde el autor despliega algunos de sus grandes temas, como las extrañas formas del nazismo, o que la cultura –los juegos, o la literatura– es la realidad.

¡Leed, leed, malditos!



En plan irónico, Constantino Bértolo, editor y crítico literario, deja este breve texto en publico.es:
Leer nos salva de la muerte, dicen los autores cuando se ponen estupendos. Los libros son ese amor que nunca te maltrata, repite hasta la saciedad el marketing. ¡Leed, leed, malditos!

Ya sabemos que cada vez se venden más ejemplares de unos pocos títulos mientras los restantes rotan y rotan como huérfanos que esperan la mano de nieve que sabrá valorarlos, algo cada año más difícil dado el calentamiento del marketing editorial que sufrimos por mucho que las pequeñas editoriales sigan hurgando en las minas abandonadas en busca de las literaturas olvidadas. Lo único complicado es averiguar quién será el nuevo Stieg Larsson que salve a los editores de las devoluciones, a los libreros del fin de mes y a los lectores de las dudas. Menos mal que los narradores de hoy están tan domesticados que es de esperar nos ofrezcan novelas de catástrofes, extrañas epidemias o historias con nazis al fondo, mujeres vengadoras y sin escrúpulos, misterios en trama, gotitas de metaliteratura, un buen puñado de erotismo explícito y salpicón de nuevas tecnologías.

Previsiones: La novela histórica dará sus últimas boqueadas, la narrativa tecnocostumbrista agotará su propia novedad, se editarán tres ensayitos semiológicos sobre Belén Esteban, la poesía seguirá tan correcta y, como siempre, la novela negra será lo que leamos cuando estemos cansados de leer y releer las páginas de nuestras vidas malvendidas. Y los libros electrónicos al acecho.

viernes, 8 de enero de 2010

GGMárquez, una vida



Gabriel García Márquez. Una vida. Gerald Martin. Debate, 2009. 768 págs.

Terminé de leer hace poco Gabriel García Márquez, una vida, la biografía del inglés Gerald Martin del premio Nobel colombiano. Pocas cosas encontramos en este libro que no sepamos ya. No sabremos qué sucedió exactamente con Vargas Llosa para que un día lo recibiera con un puñetazo después de un tiempo de no verse. Tampoco conoceremos al detalle la siempre difícil relación del escritor con su padre. Ni acabaremos, una vez finalizada la lectura, sintiéndonos poseedores de la verdad absoluta acerca del mago de Aracataca. ¿Y esto por qué? Porque García Márquez ha querido que así sea. A pesar de que en una de sus últimas entrevistas concedidas a un medio de comunicación (al diario La Vanguardia de España, el 2008) dijera que Gerald Martin era su biógrafo oficial, nunca quiso darle a éste todas las cartas descubiertas. "No esperes que haga tu trabajo", le advirtió desde el primer momento, pues siempre ha querido mantener distancia entre su vida privada y su vida literaria. Además, el propio García Márquez, por su vocación de fabulador y su sentido del humor, ha hecho circular distintas versiones de algunos episodios de su vida. Y por esta razón, podemos suponer, el biógrafo ha tardado tanto en publicar el libro. Estaba investigando la vida de García Márquez, no pidiéndole al escritor que se la mostrara libremente.

El resultado es una obra minuciosa, rica y de apasionante lectura. Y es que aquí se encontraron el talento del biógrafo y la extraordinaria vida de un hombre extraordinario.

Uno tiene derecho a resentir un poco ese (quizá) entusiasmo desbocado del biógrafo por el biografiado, pero no puede esperarse menos de un hombre que ha investigado, estudiado y desmenuzado la vida de otro hombre durante más de 17 años, por muy insignificante que este último sea, que no es el caso de García Márquez, por supuesto. Es, si acaso, un pequeño defecto que no le resta el mérito a su grandiosa empresa. Una figura de la literatura mundial como Gabriel García Márquez siempre despierta un interés a veces desmedido. Los detalles de su vida no sólo son noticia para el periodismo cultural sino también para la prensa rosa. Y en determinados momentos, posiblemente cansado de tanta especulación alrededor suyo, el escritor se da a la tarea de brindar al público una imagen de sí mismo que no es necesariamente la verdadera.

Cualquiera puede saber que García Márquez tuvo un inicio de vida difícil, que se prolongó hasta su juventud, cuando a los veintipico de años estuvo viviendo en París, trabajando como corresponsal para algún diario colombiano, y llegó incluso a rebuscar en las bolsas de la basura para poder llevarse algo a la boca. Ahí acumuló deudas, hambre y hasta una desventura amorosa, pero nunca se dio por vencido. Tuvo, además, siempre buenos amigos que lo ayudaron en los peores momentos.

Pero el gran mérito de Gerald Martin en esta biografía no es relatarnos los detalles, acaso desconocidos para la mayoría, de la vida del escritor colombiano sino mostrarnos los diferentes matices en los momentos clave de esa vida. Cómo fueron los días del GM niño o adolescente, cómo los del GM periodista en Europa, los del GM pobre, en la miseria, los del GM hijo y los del GM enamorado, los del GM político, los del GM después de publicar sus primeros cuentos en El Espectador o después de publicar Cien años de soledad, la novela que lo catapultó a la fama. Cómo fue la digestión de cada uno de esos acontecimientos de su vida hasta llegar a la concesión del premio Nobel en 1982. Y las razones, documentadas con absoluto rigor, para que actuara de una manera o de otra, para que al fin y al cabo nosotros, sus lectores, acabemos no identificándonos con él, pero sí al menos comprendiéndolo, y para que salgamos otra vez corriendo, desesperados, a la biblioteca o a las librerías en busca de sus libros.

martes, 5 de enero de 2010

Desvarío

mimalapalabra comienza el presente año con una nueva sección literaria: "El arca" -en honor al libro de cuentos del poeta Oscar Acosta, publicado en 1956 en Lima, Perú-, en la cual aparecerán textos narrativos de nuestra literatura nacional. Al igual que "Torre trunca", sección de poemas hondureños, "El arca" pretende difundir la literatura hondureña debido a su desconocimiento en el extranjero.

Desvarío

Arturo Martínez Galindo

(1900-1940)

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La tarde es un poema de serenidad. Limpio el cielo azul. Clara la atmósfera de cristal. Bajo aquella limpidez y aquesta claridad, como una moza sensual recién poseída se adormece la ciudad.

En el parque alardean las arenas de los senderos y parecen empiñatados los rosales. La mirada se me va, tal un rapaz curioso, hacia la luz, hacia el tinte de las corolas, hacia el brinco del surtidor, y se aferra también a los pies incansables de la chiquillada que viene y va.

Un desfallecimiento placentero me ha hecho abandonarme en este banco rústico, bajo la sombra pía del empenachado macizo de bambúes. Mientras mis ojos ruedan por la gaitería que envuelve este jardín, mi alma se ha olvidado de sí misma y descansa, porque no hay mayor fatiga que la producida por llevar a cuestas el pesado fardo de uno mismo.

Por la carrera de los naranjos un hombre se acerca a mí; se detiene, echa un vistazo distraído en derredor, con la intención de no reparar en mi presencia; pero en seguida se decide a buscar descanso a mi lado; al acomodarse en el banco me saludó fríamente con un breve:

-¡Excúsame!

-¡Está bien! – le respondo.

Él insiste en olvidarme y yo hago otro tanto.

Una nenita toda rosada –cinco años blondos y rotundos- pasa corriendo frente a nosotros, tras de su aro multicolor y…he aquí que la hemos visto caer. Corremos a auxiliarla, pero él es más presto que yo: la toma en brazos, la acaricia y súbitamente hunde su cara en el regazo infante, estrechándola fuertemente, locamente, como sólo es permitido hacer con las doncellas púberes. Todo esto ocurre en un instante y no he podido intervenir, mas como la niña empezara a llorar y a debatirse, yo le grito:

-¡Que le hace daño! ¿Está usted loco?

El hombre abandonó en el suelo su presa; la nena recogió presurosa su aro y huyó amedrentada.

Aquel arrebato de pasión en carne que no debe desearse, en carne prohibida y tierna, me indignó y casi sin darme cuenta de ello, me encaré al desconocido:

-¿Qué ha pretendido usted?

Al principio no pareció reparar en mi voz; sus facciones revelaban un gran tormento, una pena muy honda, y clavaba sus ojos en los míos como si no me comprendiera. Después hizo un gesto indicándome que debíamos sentarnos. Le obedecí maquinalmente. Luego me dijo:

-¡He estado a punto de encontrarla…!

Hablaba en alta voz y con singular vehemencia. Yo, que iba adquiriendo la certidumbre de estar entendiéndose con un loco, empecé a inquietarme y guardé silencio, pero él cortó mi pensamiento para explicarme:

-No se equivoca usted si cree que yo estoy loco. Desde que la perdí mi razón se ha declarado en bancarrota y… ¡quién si sabe si nunca tuve yo razón!

Me atisbaba con la fiebre de sus ojos negros y se retorcía las manos, como si doliera desprenderse de su secreto.

-La conocí en un baile- prosiguió-; en uno de esos salones de la barriada pobre que atemorizan a la gente burguesa; en una de esas zarabandas plebeyas donde las mujeres y los hombres se llenan de alcohol hasta la borrachera. El ambiente estaba opalescente por la humareda de los tabacos, y a fuerza de calor y de humo apenas se podía respirar. A poco de entrar se percibía un olor a hembra en celo y a macho cabrío, y hasta las palabras olían a satyrion. Pero ella…

Recalcaba con tal fruición siempre que decía “ella”, que me daba la sensación de estar pronunciándolo con todas sus letras mayúsculas.

-… parecía un rayito de sol, una blanca promesa; esperaba sin duda al príncipe encantador o la chinela de cristal; tenía quince años, tersa la piel, rico el color en las mejillas ricas, flava la melena y la boca de miel y la mirada de fulgor. La llamaban por un extraño nombre, un nombre magno según la clásica heroína, la llamaban Miranda. Insólito sucedido eso de encontrar un tal nombre bautizando a una hija del arrabal, pero es el caso que le venía espléndidamente tal denominación. Antojóseme que ella había sido una bebé de esas que en las noches frías de los cuentos –una noche de San Silvestre quizá- se encuentran abandonadas en los portalones, finalmente envuelto su abandono en linos fragantes, un colgante de oro en el pecho, y en el colgante un nombre. ¡Naturalmente! “Esta es la verdadera historia de la niña”, pensé. Tal vez en ella granó un amor prohibido, y su abandono evitó una tragedia.

Y la amé. La amé por su extraño nombre y por su extraña impubertad. Y al notar que sus senos no habían tenido tiempo de alzarse, y parecían temerosos de punzarle el corpiño, la amé. Era una cosita nueva. Capullo reventón, un fruto tierno y dulce, el más tierno y más dulce porque todavía no era más que flor; amé en ella cuanto de promesa encerraba; amé lo que ella podría llegar a ser, lo que podría tener yo en mis brazos cuando ella llegara a la edad ensangrentada del milagro…

Yo estaba asombrado y espantado ante aquella manera febril de relatar, ante aquella suma de exaltaciones; y no atinaba a comprender el entronque que tendría un tal cuento con la escena morbosa que yo había presenciado. El hombre no dejaba de hablar un instante y se le congestionaban las venas del cuello como a los oradores populares; por momentos adoptaba gestos teatrales y ridículos; vestía como cualquier hijo de vecino, y llevaba un esplendido diamante solitario en el dedo anular de la mano izquierda y una cadenilla de oro en el puño derecho.

-Nadie parecía reparar en ella –continuó-. Yo la invité a bailar. Una marquesita de los dorados tiempos de la chacone la habría envidiado por lo frágil de al contextura y por la nobleza de la línea. Al bailar, ella se recostaba sobre mi pecho como para llorar un gran dolor. “Echa de menos –me dije-, el buen siglo cortesano, cuando para danzar apenas érase permitido a los varones rozar, con enguantada mano, las manos de las damas”. A pesar de todo lo delicado y fino que ella encerraba, hilvané un hilván morboso y sensual alrededor de su carne agraz. Quise vaciar mi alma enferma de su vida y enseñarla a rimar crueles aberraciones en las páginas rojas de la sexualidad; gozarla equívocamente hasta anonadar la prohibición; morderla como a un fruto; encenderla como un hachón crepitante; hundirla en todas las simas hirvientes del gran pecado…

Indudablemente que yo estaba asistiendo a una crisis psicopática, en la que actuaba un prurito nefando. Aquel hombre era uno de los casos de la Medicina Legal. Yo ya empezaba a impacientarme, pero decidí continuar escuchándolo:

-¿Y bien?- le dije.

El reanudó su desvarío:

Esa noche ella me amó también; me amó como nadie lo había hecho antes; en fiebre y en violencia me dio todo lo que yo le he pedido al amor; y hacia la media noche, en un cuartucho que pretendía de reservado, ebrios de raras embriagueces, teniéndola en mis brazos toda menuda e insexuada, nos enloquecimos bajo una onda de sensaciones crueles, candentes y contradictorias, que recorrían desde la perversión hasta el incesto: a ratos un efebo y a ratos hija mía. Nos despedimos a la madrugada, convencido yo, y ella también al parecer, de que habíamos atado nuestras vidas con u dogal sagrado y perdurable. Ofreció esperarme al día siguiente en su casa, a donde yo iría a buscarla para no separarnos jamás…

Se le quebró la voz, se le nublaron los ojos y se puso a llorar como un chiquillo. Tres veces intentó proseguir, pero su garganta anudada sólo le permitió emitir los hipos de la angustia. Esto me impresionó y quise consolarlo, pero mis palabras se deslizaron sobre su dolor, sin calmarlo; sollozaba con la frente hundida en las dos manos, cuyos dedos crispados le despeinaban los cabellos negros. Al fin pudo continuar:

-No la he vuelto a ver…no la he vuelto a ver… ¡la he perdido! Al día siguiente seguí las señas que ella me diera, pero nadie la conocía, ¡nadie! Se alejó de mi vida, por amor o terror, yo no lo sé. Saltó ligeramente desde el trampolín de un engaño y la cubrió la sombra impenetrable, la devoró el misterio. ¿Dónde estará? ¿Dónde estará? Y lo más desgarrador y fulminante de mi caso es que la he perdido también dentro de mí: ¡he olvidado cómo era ella! Hace tres noches me di cuenta de la horrible verdad. Quise evocar sus ojos, quise evocar su frente, su nariz, la línea de su cabeza, y… ¡no pude! Sólo reconstruí su boca, sus labios acogedores, sus labios tibios… En tres días ella se ha borrado de mí y no es más que una boca, unos labios que besan en el vacío…

De pronto deja de dirigirse a mí, y se dirige a ella, a su Miranda, a la mujer que ha perdido:

-Pero Tú estás en mí –dice casi gritando-; te siento, me haces rebosar. Es preciso creer que existe el alma, porque si no hubiera algo más dentro de los ojos, más dentro de las venas, más dentro del cráneo, más allá de todas esas cosas que atrapan los sentidos, al olvidar tu imagen te habría olvidado. Mas tú persistes y triunfas dentro de mi ser como un germen vibrante; Tú eres Tú, vencedora de ti misma, sobreviviendo al hundimiento de tu propia imagen… Mi corazón marca un ritmo triunfal: amo a una mujer, lo grita mi sangre, lo grita mi cabeza, lo gritan todas mis fibras temblorosas, estoy empapado de esa mujer, saturado de ella estoy. Pero… ¿cómo es ella? ¿Cómo es su voz, y sus ojos y su frente? ¿Cómo sus líneas y sus ángulos? Un día –es todo lo que puedo recordar, ella vivió en mis sentidos; mis sentidos dieron razón de ella un día; por mis ojos entró a mí, por mis palpaciones, por mi lengua, y, como una fragancia, aturdió mis alfaciones anhelantes. Hoy mis ojos no la recuerdan, tampoco la saben mis manos, tampoco puedo aspirarla ni oírla…Sin embargo, libre de mis sentidos, yo me rebelo y la proclamo e insisto en gritar definitivamente: ¡“Ella está en mí! ¡Ella persiste!” Pero una curiosidad dolorosa no me da tregua y desgarra con fiero gancho mi quietud: ¿cómo es ella? ¿Cómo es ella? ¡Ah! Esta tarde he estado a punto de encontrarla al abrazar la nena que cayó…

Yo comprendí entonces y él lo adivinó porque me dijo:

-Usted lo sabe, usted fue testigo de ello…Cerré los ojos y aspiré y apreté fuertemente aquella carne tierna que olía a ella. Por un minuto mis ansias creyeron que se descorrería el velo, y mientras esperaba el milagro, apretaba cada vez más fuerte los párpados y mis manos apretaban cada vez más fuerte…

Calló un instante. Su respiración era fatigada como la de aquel que ha corrido mucho, mas su locura no le dio reposo y reanudó casi al momento:

-A veces pienso, como los enfermos que evocan desde sus lechos los días de salud y de sol, que hace apenas un mes yo era un ser normal; comía, vestía, frecuentaba los espectáculos, trabajaba como todos los demás. Ahora todo se reduce a buscarla: inquiero fuera de mí; la comparo con las otras mujeres: de ésta tiene la palidez, de aquélla los ojos, de esotra el andar, y así preparo todos los materiales, pero cuando quiero armonizarlos, mi construcción se derrumba, no doy con ella…

Ya sus palabras no tenían la vibración vehemente de al principio, sino una entonación desmayada; me hacía pensar que se le estaban cayendo las frases de los labios, como caen de los árboles las hojas secas.

-Y el sentirla a cada instante, y el pensarla, y el soñarla, me hacen estar cruelmente seguro de que ella dentro de mí. Creo a ratos que quizá por amarla se me fue muy dentro, muy dentro, más allá de todas las cosas, más allá de todo lo que me ha dado la vida, de todo lo que me han contado los libros; quisiera entonces vaciarme, convencido de que en el fondo de mí mismo la encontraría como una joya rutilante. Otras veces creo que se ha difundido en todo mi ser, y que cada partícula guarda algo de ella: entonces cierro los ojos y me acaricio suavemente con una mano la otra mano, y cuando la ilusión quiere cobrar contornos, de pronto no sé si la mano que acaricia o la mano acariciada es la de ella y…

Las sombras habían caído sobre el jardín. Ya no había niños y la negrura creciente nos daba la idea de que nos estaba envolviendo, algo que no sabíamos lo que era, algo que podía ser el alma de la noche. Una silueta de mujer, de mujer joven pasó frente a nosotros, y mi extraño acompañante se echó a correr tras de su sombra. En su carrera, olvidó sobre el banco su sombrero y su bastón. Una intensa compasión me hizo tomar aquellas prendas y correr tras el alucinado. Corrí y corrí, pero el hombre fue más veloz que yo y le perdí de vista en un recodo. Por el mismo camino vi venir a un gendarme.

¡-Detenga a ese hombre – le grité-, deténgalo, que está loco!

-¿Cuál hombre?- me repuso el gendarme con desconfianza.

-Ese que va corriendo…va descubierto…ha olvidado su sombrero y su caña…

Al decir esto le muestro las prendas y me doy cuenta de que tengo en mis manos mi propio sombrero y mi propio bastón. Un estremecimiento de horror recorre mi cuerpo al notar que en mi mano izquierda mi solitario destella, mi viejo solitario, y que, en mi muñeca, una cadenilla de oro me aprieta como para hacerme recordar…Y recuerdo, y torno a temblar por mi pobre razón, y torno a pensar que quién sabe si nunca tuve yo razón…

(1926)

Para leer la biografía -por Oscar Acosta- y otro relato del autor, descargue en el siguiente link: "Sombra"

La ilustración es de Balthus.

lunes, 4 de enero de 2010

La maldición de Babel



"Babel revisited", de Julee Holcombe. Fuente: mocoloco.com
Malas noticias para el tomesiano. Según esta nota de publico.es, lo más probable es que no logre consolidarse como alternativa a nuestra aspiración de convertirla en lengua universal. La razón: "Es imposible convencer a una comunidad para que adopte un idioma que no le apetece hablar".
El filósofo George Steiner considera que Babel fue "la catástrofe primaria" que provocó "una sordera mutua" entre los habitantes de este mundo: una auténtica maldición que sigue pesando sobre la humanidad. Desde que la multiplicación de los idiomas consiguió dinamitar la construcción de la torre, el deseo de inventar una lengua única y común, entendida y hablada por todos, ha sido permanente. A lo largo de los siglos, mentes iluminadas han invertido horas en esa quimera imposible: inventar un nuevo idioma. La mayoría de estos creadores de códigos, decididamente ilusos, quisieron contribuir a que el mundo fuera un lugar un poco mejor gracias a ese extraño invento llamado lengua. Todos esos lunáticos inventores fracasaron. "Cuando muere un idioma, fallece con él un enfoque de la vida, de la realidad y de la conciencia", dejó dicho el mismo Steiner al ganar el Príncipe de Asturias de 2001.

Una lingüista estadounidense, Arika Okrent, lleva años investigando sobre los más de 900 idiomas inventados a lo largo de los últimos nueve siglos. Okrent acaba de publicar en su país un apasionante ensayo titulado In the Land of Invented Languages donde analiza estos códigos desconocidos y determina por qué ninguno de ellos logró imponerse. "La razón es muy sencilla: nunca hablaremos lenguas perfectas porque nosotros tampoco lo somos", sintetiza Okrent. "La evolución humana es imperfecta y la lengua no es un instrumento ajeno a la propia evolución. Igual que no podemos respirar bajo el agua o correr a la velocidad de un guepardo, tampoco podemos hablar una lengua ajena a nuestras imperfecciones", analiza. En otras palabras, tenemos la lengua que nos merecemos.

En la universidad, Okrent descubrió un oscuro rincón poco frecuentado de la biblioteca: una estantería donde reposaban libros llenos de polvo sobre estos misteriosos idiomas inventados. Allí encontró el célebre esperanto, pero también el misterioso loglan, y otras lenguas creadas para libros y películas. Por ejemplo, las élficas con las que J.R.R. Tolkien ilustró sus libros; o el klingon, idioma hablado por la raza de humanoides del mismo nombre en la interminable saga Star Trek.

Okrent ha invertido diez años en concluir su investigación: la mayoría de idiomas inventados se hundieron por sí mismos, al no calar en hablantes dispuestos a aprenderlos. "La lengua no es una simple herramienta, sino que forma parte de la conducta humana. Es un instrumento de socialización. No es una lavadora o un instrumento que se pueda manipular de forma técnica", cuenta Okrent. "Es como si regaras una planta de plástico. ¿Crees que crecerá por mucha agua que viertas sobre ella?".

¿Por qué fracasó el esperanto, que en su momento parecía destinado a cambiar el mundo? "Es imposible convencer a una comunidad para que adopte un idioma que no le apetece hablar. Y todavía menos cuando se utiliza la propaganda política para convencerles", analiza Okrent, que habla esperanto con fluidez, así como húngaro supuestamente, una de las lenguas más difíciles de aprender de todo el mundo, junto al vasco y el finés y otra media docena de idiomas.

La nota pone ejemplos de estas lenguas inventadas, algunas de ellas con el objetivo de universalizar el entendimiento entre los seres humanos, y otras tan sólo como herramientas o como juegos literarios. El caso de Tolkien es bastante conocido:
En otra división juegan las lenguas creadas para libros y películas, que en algunos casos han logrado trascender los límites de la obra para la que fueron ideadas y alcanzar una notoriedad sin precedentes. El klingon es la más conocida de todas ellas. Inventada de forma inconsciente por un actor secundario de la serie televisiva que dio origen a la franquicia galáctica, logró un éxito inesperado. "Lo más curioso es que la única lengua inventada que ha conseguido tener cierto éxito no tiene ningún objetivo práctico", opina Okrent, que decidió sacarse el certificado de hablante mientras investigaba para su libro. Como recompensa por aprobar el examen, fue galardonada con una de las insignias plateadas que lucen los tripulantes de la nave Enterprise.

Considera que el klingon es "prácticamente imposible de aprender". Contiene los elementos irracionales que caracterizan a las lenguas naturales, pero esta vez elevados a la máxima potencia. Desde su creación a mediados de los sesenta, el klingon se ha convertido en la lengua oficial del poderoso imperio geek, ese submundo marginal y relacionado con la tecnología que tanto dinero mueve en el sector del ocio. Hoy incluso se han traducido obras de Shakespeare a este idioma de ficción. A principios de este año, Google decidió poner en marcha una versión en klingon y el idioma acaba de ser parodiado en un episodio de Los Simpson, reconocimiento oficial de su estatus de culto.

J.R.R. Tolkien también fue un apasionado de estas lenguas inventadas e incluso decidió dejar su grano de arena para la posteridad. Fascinado por la sonoridad del galés, el escritor se inventó una lengua llamada sindarin, que daría origen a todo su imaginario élfico junto al qenya, otra de las lenguas del mundo de Arda, libremente inspirada en el finés, que intrigaba a Tolkien por su carácter indescifrable.

En la misma categoría se encuentran el liliputiense de Jonathan Swift, la neolengua que creó George Orwell para 1984, el argot callejero que Anthony Burgess introdujo en La naranja mecánica o el más reciente navi, cuya creación James Cameron encargó a un lingüista para su película Avatar. Pero pocos tienen la constancia de un experimento tan peculiar como el láadan. Fue creado a mediados de los ochenta por la escritora estadounidense Suzette Haden Elgin, que prentedía inventar una lengua que fuera fiel al universo femenino de sus personajes. Igual que los esquimales tienen varias palabras para designar la nieve, Elgin se inventó diez términos para el embarazo o la menopausia.

Desde que publicó su libro, Okrent no ha dejado de recibir cartas de creadores de lenguas que le piden un hueco en su inventario. Por ejemplo, un anciano lector canadiense, que durante los cincuenta se inventó una lengua llamada nordlinn junto con su mejor amigo para poder hablar de chicas sin que sus progenitores se enteraran del tema. "¿Quién dijo que las lenguas artificiales eran inútiles?", concluye Okrent.