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jueves, 16 de mayo de 2013

Un siglo de soledad


Lo que sigue quizá sólo sirva para averiguar si se puede matar a un elefante con un cortauñas, aunque quizá haya que averiguar primero si a García Márquez se le puede considerar, para este caso, un elefante, o si a Fernando Vallejo se le puede considerar, para este caso, un mataelefantes. El cortauñas, en todo caso, es esta diatriba que escribió contra Cien años de soledad, la celebérrima novela del Nóbel colombiano, aunque antes una aclaración, todo tomado de El Espectador:
Portada del libro de Fernando Vallejo que contiene el texto que nos ocupa.
El siguiente es el mensaje que envió a este diario Andrés Hoyos, director de la revista ‘El Malpensante’: 
“En el ‘Alto Turmequé’ del domingo hay una imprecisión que quisiera señalar. Dicen allí que El Malpensante rechazó un ensayo que Fernando Vallejo nos propuso en 1998 por ser un ataque contra García Márquez y Cien años de soledad, lo cual es sólo parcialmente cierto. De hecho, publicamos por esos días otro ensayo de Vallejo llamado ‘Cursillo de orientación ideológica para García Márquez’, donde Fernando arremete contra el comportamiento político de su famosísimo compatriota sin la menor contemplación (ver: http://bit.ly/10bJ9XH). El que no publicamos pretendía demoler Cien años de soledad diciendo que es una novela escrita en tercera persona y otras cosas que ustedes citan en la nota. Yo era el director en esa época y recuerdo que mi respuesta a Vallejo fue: ‘uno no ataca a un elefante con un cortauñas’. Dicho esto, me parece estupendo que Alfaguara haya publicado el ensayo de marras para que sean los propios lectores quienes decidan si el elefante muere o no”.

El siguiente es el texto completo del ensayo “Un siglo de soledad”, rescatado por Alfaguara para el libro ‘Peroratas’, ya en librerías, y cuya publicación exclusiva en El Espectador fue autorizada desde México por el escritor Fernando Vallejo con este mensaje: “¡Cómo voy a atacar yo a un elefante! Ni con un cortauñas ni con nada. Yo no soy como el Borbón bribón que tienen los españoles, que hace poco mató a uno de esos hermosos animales con un rifle y salió como un héroe en primera plana en El País de España. Yo amo a los animales. En prueba los cien mil dólares del premio Rómulo Gallegos, que los di para los perros abandonados de Venezuela; y los ciento cincuenta mil del premio de la FIL, que los di para los de México. Muchos años después del incidente de El Malpensante, recuerdo la remota mañana en que el coronel Andrés Hoyos me rechazó el artículo sobre nuestro genio máximo escrito para nuestra revista máxima. Bogotá era entonces una aldea de cien mil habitantes que vivían de huevos prehistóricos”. 


UN SIGLO DE SOLEDAD

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».
En uso del derecho a malpensar que me confiere esta revista, voy a hacerte unas preguntas, Gabito, muchos años después, sobre tu libro genial que así empieza. ¿Muchos años después de qué, Gabito? ¿De la creación del mundo? Si es así, yo diría que tendrías que haberlo dicho, o algún malpensado podrá decir que se te quedó tu frase en veremos, como una telaraña colgada del aire. Pero si no es después de la creación del mundo sino «después de aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo», entonces algo ahí sobra. O te sobra, Gabito, el «remota» pues ya está en «muchos años después», o te sobra el «muchos años después» pues ya está en el «remota».
Pero no te preocupés por la sintaxis, Gabito, que con las computadoras y el Internet ¿hoy a quién le importa? Al que te venga a criticar con el cuento de la sintaxis, decile que ésas son ganas de malpensar, de joder, y mandalo al carajo, que vos estás por encima de eso. Soltales un «carajo» de esos sonoros, tuyos, como los de tu coronel Buendía.
Y en efecto, la originalidad de tu frase inicial, así a algún corto de oído le suene sintácticamente coja, es soberbia, y no está en la sintaxis sino en la escena luminosa que describes. Un viejo que lleva a un niño a conocer el hielo, ¿no es una originalidad genial? ¿Cómo se te ocurrió, Gabito? ¿Cómo se dio el milagro? ¿De veras fue como lo has contado en repetidas ocasiones a la prensa, una tarde calurosa en que ibas camino de Acapulco con Mercedes? ¿En qué ibas pensando camino de Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa? Aunque yo soy un pobre autor de primera persona que a las doce del día no recuerdo qué desayuné, y no un narrador omnisciente como vos que todo lo sabés, oís y ves, y que leés los pensamientos y nos podés contar lo que recordó el coronel Buendía muchos años después, apuesto a que sé en qué ibas pensando esa tarde calurosa camino de Acapulco con Mercedes. Ibas pensando en Rubén Darío, en su autobiografía, en la que el poeta nicaragüense, muerto en 1916, cuenta que su tío abuelo político, el coronel Félix Ramírez, esposo de su tía abuela doña Bernarda Sarmiento, lo lleva a conocer el hielo: «Por él aprendí pocos años más tarde a andar a caballo, conocí el hielo, los cuentos pintados para niños, las manzanas de California y el champaña de Francia». ¡Te plagió, Gabito, te plagió ese cabrón nicaragüense! ¡Y con semejante frase tan fea! Y no sólo te robó el hielo y el grado de coronel, sino hasta la expresión genial tuya de «muchos años después», pues el «pocos años más tarde» de ese sinvergüenza ¿no viene a ser lo mismo, aunque al revés? Y después dicen que los colombianos somos ladrones. ¡Ladrones los nicaragüenses! Cuando te acusen de plagio me llamás a mí, Gabito, yo te defiendo. A cambio vos me vas a enseñar a ser autor omnisciente y a leer los pensamientos. Como ves, ya empecé a aprender, vos me diste el ejemplo, ya sé en qué ibas pensando camino de Acapulco con Mercedes esa tarde calurosa en que se te ocurrió lo del hielo: en ese nicaragüense ladrón. Pero explicame ahora la segunda frase de tu libro genial: «Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos». ¿Huevos prehistóricos? ¡Prehistóricos serán los tuyos, güevón! No hay huevos «prehistóricos». Los huevos son del Triásico y del Jurásico, o sea de hace doscientos millones de años, cuando los pusieron los dinosaurios, y nada tienen que ver con la prehistoria, que es de hace diez mil o veinte mil. Los bisontes de las cuevas de Altamira y de Lascaux sí son prehistóricos. Sólo que los bisontes no ponen huevos. ¿O en el realismo mágico sí? En esto de los huevos prehistóricos sí metiste las patas, Gabito. ¡Por no consultarme a mí! ¿Qué te costaba, si yo también vivo en México, llamarme por teléfono desde Acapulco? Yo tengo en México dos o tres libros de paleontología con unos huevos de dinosaurio fosilizados, magníficos, muy útiles para tu creación del mundo y de tu Macondo.
Pero aclarame aunque sea otra frase, la tercera, Gabito: «El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo». Si vos estás escribiendo en español –una de las contadas «lenguas de civilización» de que habla Toynbee, y que ha producido la máxima obra literaria, el Quijote, después de la cual sigue la tuya, si no es que es al revés–, ¿no se te hace que se te fue un poquito la mano con eso de que muchas cosas carecían de nombre y que para mencionarlas había que señalarlas con el dedo? ¿No hay ahí una inadecuación entre la lengua tuya, la del narrador (así sean tan genialmente pobres su léxico y su sintaxis), y el mundo que describes? Para mí que te hubiera quedado mejor tu libro en protobantú o en una lengua de la Amazonia. Pero claro, en protobantú nadie se llama Aureliano Buendía con nombre y apellido, ni mucho menos tiene grado de coronel. Gabito: ¿No se te hace raro que en Macondo muchas cosas no tengan nombre pero las personas sí? Y para colmo con grado militar. En un mundo tan primitivo, Gabito, tan recién bañado por el primer aguacero cual es el caso de Macondo, ¿de dónde salió la jerarquía militar? Pues donde hay un coronel hay generales y mayores y cabos. Pero esto no es un reproche, Gabito, yo a vos te tengo buena voluntad. Nada más te lo recuerdo por si algún cabrón malpensado algún día te lo saca a relucir, estés preparado y sepás qué responder. Respondele: «Animal, ¿no ves que estamos ante el realismo mágico? Por eso es mágico. Si las cosas tienen explicación, ¿dónde está la magia? ¿Qué chiste hay pues?».
De todas formas, Gabito, si cuando escribías tu creación del Universo me hubieras consultado sobre este asunto de los nombres de los personajes, yo te habría aconsejado que para evitar malpensamientos de cabrones los señalaras con el dedo. Además eso de llamar a los personajes cada vez que se mencionan con nombre y apellido en realidad no es manía tuya, es de Rulfo y de Mejía Vallejo: Pedro Páramo, Pedro Canales, Anacleto Morones, Fulgor Sedano, Susana San Juan... Vos que sos tan imaginativo y genial ¡qué vas a copiar a ese par de güevones!
Ahora bien, si no querés señalar a tus personajes con el dedo, pues mencionalos siempre con nombre y dos apellidos para que te distingás de ellos. Por ejemplo: Mauricio Babilonia Asiria, Pietro Crespi Rossini, Pilar Ternera Mesa. Con este cambio tu comienzo te quedaría así: «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía Iguarán habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Mejora mucho en originalidad. Incluso el «Iguarán» lo podés cambiar por «Iguana»: el coronel Aureliano Buendía Iguana. Suena más paleontológico, más a huevo prehistórico.
Llegados a este punto, Gabito, te quiero preguntar una última cosa, pero si no me la querés contestar no me la contestés: ¿De veras plagiaste a Balzac? ¿O eran elucubraciones sin fundamento de ese guatemalteco envidioso de Miguel Ángel Asturias? ¿Te acordás con la que salió ese güevón? Que dizque vos sacaste a tu coronel Aureliano Buendía del Baltazar Claës de La búsqueda del absoluto de Balzac, quien arruina a su mujer tratando de fabricar oro pero en vez de oro sólo fabrica un diamante. ¡Cómo lo ibas a plagiar si tu coronel Aureliano Buendía no fabrica diamantes sino pescaditos de oro! El tono, claro, de las dos novelas, la tuya y la suya, se parece mucho. Ustedes dos escriben como comadres chismosas, en prosa cocinera. Pero eso está bien para el tema de ambos. Además, ¿quién te puede probar Gabito que le robaste a Balzac el tono? Robarle un autor a otro el tono es como robarle un hombre a otro el alma. Y si a ésas vamos, también a vos te lo robó Salvador Allende. Ah no, fue su sobrina, ¿cómo es que se llama?
En fin, Gabito, para terminar porque ando corrigiendo unas pruebas y muy apurado, una última inquietud, ahora sobre el título de tu libro genial. ¿Por qué le pusiste «Cien años de soledad» en vez de «Un siglo de ausencia» como el bolero? Yo hubiera preferido «un siglo» ya que estás hablando en números redondos y que tuviste el acierto de que no fueran ciento uno o noventa y nueve, lo cual es otra genialidad. ¿Cómo se te ocurrió? Claro que «años» me suena mal. «Año» me suena a «caño», «coño». Yo sería incapaz de poner la palabra «año» en el título de un libro mío. La eñe es fea letra, hay que desterrarla del idioma. En cuanto a la soledad, mejor cambiásela por «ausencia», pues en español «Soledad» también es nombre propio, y así algún malpensado puede pensar que tus «Cien años de Soledad» son los cien años que doña Soledad lleva sola: doña Soledad Acosta viuda de Samper, doña Sola, doña Solita, ¡ay!
Gabito: No te preocupés que vos estás por encima de toda crítica y honradez. Vos que todo lo sabés y lo ves y lo olés no sos cualquier hijo de vecino: sos un narrador omnisciente como el Todopoderoso, un verraco. Y tan original que cuanto hagás con materiales ajenos te resulta propio. Vos sos como Martinete, un locutor de radio manguiancho de mi niñez, que con ladrillos robados a la Curia se construyó en Medellín un edificio de quince pisos propio. E hizo bien. Las cosas no son del dueño sino del que las necesita. Además vos también estás por encima del concepto de propiedad. Por eso te encanta Cuba y no lo ocultás. El realismo mágico es mágico. ¡Qué mágica fórmula!

domingo, 1 de julio de 2012

Gabo está en todos sus cuentos


GGMárquez visto por Sciammarella.
Buen artículo éste de Juan Cruz, en el que habla acerca de los cuentos de García Márquez, que recientemente aparecieron completos en edición de Mondadori. Las anécdotas del Nobel colombiano siempre son interesantes, y aquí se cuentan algunas de ellas:
Gabriel García Márquez le dijo a Luis Harss, el autor de Los nuestros, la biblia del boom, que aborrecía sus primeros cuentos, los que escribió para El Espectador de Bogotá. Entonces era 1965, dos años antes de que apareciera Cien años de soledad, el que sería Nobel se alimentaba de hierbas y otras esperanzas, y escribía como un poseso mientras hacía cine, periodismo y cumplía otros ritos para alimentarse, para alimentar a sus hijos y para llevarle a Mercedes Barcha, su joven esposa, la tranquilidad que no tuvo el coronel de El coronel no tiene quien le escriba.
Cuando le dijo eso a Harss, García Márquez no hablaba en serio, y de hecho la historia no se lo ha tomado en serio cada vez que dijo que quería dar un escrito a las llamas. Ahora esos cuentos (incluidos en el volumen Ojos de perro azul, sobre todo), y muchos más, aparecen en un solo volumen por primera vez en la historia editorial del prolífico escritor lento de Aracataca. El libro tiene 509 páginas y ha sido publicado, como toda la obra de Gabo, por Mondadori. Está impreso en Barcelona, donde vivió el escritor (en la calle de Caponata), y donde pasan algunas de estas fábulas que despiertan a un muerto, y que por cierto están llenas de muerte, que es el ramaje en el que se desenvuelve, a grandes rasgos, la narrativa de este enorme cuentista.
Casi 30 años después de haberle dicho a Harss que él quemaría sus primeros cuentos, Gabo vino a Barcelona con un disquito (un disquete), pues ya hacía rato que se había pasado al ordenador. Traía ahí sus últimos escritos, y seguía contando cuentos. Ahí estaban sus Doce cuentos peregrinos, que cierran este volumen con algunas historias que, como el silencio que transmiten, y la sangre con que están escritos, producen escalofríos.
Ahí se advierte, mucho más que en todos los anteriores, hasta qué punto Gabo se ha servido, en la novela pero también en los cuentos y en la vida, de los artilugios que aprendió en el periodismo. Su cuento El rastro de tu sangre en la nieve, con el que se cierra este libro, es la esencia misma de su voluntad de narrar desde la realidad lo peor de los sueños. Una recién casada se hiere en el dedo donde lleva el anillo, pero sigue en un viaje que arranca en la ignorancia y termina... Bueno, tienen que leerlo, pues releer a García Márquez es leerlo por primera vez. Ese cuento en concreto está lleno de sus exageraciones, de sus mentiras, y de los trucos con los que amparó su periodismo. El profesor y novelista Pedro Sorela ha rastreado en el García Márquez periodista algunos hábitos que le sirvieron al narrador: el ritmo a veces requiere ciertos requiebros, así que alimenta datos inocentes con impares que le vienen bien, y que no destrozan la realidad (en la no ficción), y que la embellecen (en la ficción).
Ese cuento es algo así como la caja negra del libro, donde está el resumen de sus secretos. Dijo en 1991 (cuando fue con su disquito a la casa de Carmen Balcells) que ahora comprendía “por qué los abuelos contaban cuentos”: para oírlos. Y lo que sucede en este cuento es que uno ve el artilugio como si lo contara un abuelo: alguien le diría al pasar que una chica colombiana esposa de un dandi de coches de lujo se había herido en la noche de bodas, y que había hecho el viaje de bodas dejando un rastro de sangre en la nieve. La exageración cobró cuerpo en la mente que concibió Cien años de soledad y el cuento se lee igual que se leían esa novela o los artículos que, para ganar mano, escribió en los ochenta en El País.
El volumen es el palimpsesto de su obra principal, todo lo que tiene que ver con Macondo. En Los funerales de la Mamá Grande, cuentos que fueron escritos en 1962, el narrador dice, en el inquietante La siesta de los martes: “Todo había empezado el lunes de la semana anterior (...). La señora Rebeca, una viuda solitaria que vivía en una casa llena de cachivaches, sintió a través del rumor de la llovizna que alguien trataba de forzar desde afuera la puerta de la calle. Se levantó, buscó a tientas en el ropero un revólver arcaico que nadie había disparado desde los tiempos del coronel Aureliano Buendía, y fue a la sala sin encender las luces. Orientándose no tanto por el ruido de la cerradura como por un terror desarrollado en ella por 28 años de soledad, localizó en la imaginación no solo el sitio donde estaba la puerta sino la altura exacta de la cerradura”.
La ambición de los cien años ya estaba descrita. “Macondo interesa no por lo que es, sino por lo que sugiere”, explica Harss después de escucharle hablar a Gabo en México sobre el proyecto que tenía. La crónica de ese proyecto está aquí, en muchos de los cuentos de ese largo capítulo de este volumen total, Los funerales de la Mamá Grande. A mediados de los sesenta, Gabo concedía que se había extralimitado, hasta entonces, con la combinación de sus ancestros literarios, había mezclado a Hemingway con Virginia Woolf y con Kafka, aunque ya se estaba decantando por Faulkner; antes, su amigo Álvaro Mutis le había arrojado Pedro Páramo, de Rulfo, para que se fuera enterando. Pero es cierto que en los cuentos que hubiera quemado (Ojos de perro azul, por ejemplo) esa atmósfera derivada de múltiples mezclas literarias ya hacen adivinar al Gabo que escribió Cien años de soledad. Lean, por ejemplo, La tercera resignación, de 1947: “Estaba pesado y duro aquel ruido. Tan pesado y duro que de haberlo alcanzado y destruido habría tenido la impresión de estar deshojando una flor de plomo”. Estaba dispuesto el joven Gabo, de todos modos, a dejarse provocar por las sensaciones que en literatura parecen la materia sentimental que da gasolina a los dedos. Se lee: “Pero de pronto el miedo le dio una puñalada por la espalda. ¡El miedo! ¡Qué palabra tan honda, tan significativa! Ahora tenía miedo; un miedo físico, verdadero. ¿A qué se debía?”. La vida fue llevándolo por una fábula más rítmica, que tuvo en ese libro, El coronel no tiene quien le escriba, el homenaje que le debía a Hemingway, y en Cien años de soledad el homenaje que le debía a Aracataca.
En aquel entonces leía e imitaba a Kafka y a Joyce (le dijo a Harss); se pasaba el día “truqueándolos”, con resultados negativos, “malabaristas”. La perfección (él es consciente de que la perfección era su objetivo) vino del ritmo, de la música. Muchas veces cita a sus compositores (Brahms, Bach), y se diría que cuando escribe trata de imitarlos. Si ahora se lee el libro combinando los cuentos de una época y de otra, los cuentos de los años cuarenta y aquellos que escribió ya en sazón, y de eso hace 30 años, uno ve que aquel que escuchó los cuentos en la cuna de Aracataca no paró desde entonces hasta hallar el ritmo con que los almacenó en su memoria de fabulador. La experiencia solo le ha dado historias. La música la lleva en las venas.

lunes, 28 de mayo de 2012

La repetición de la repetidera

Cuando uno lee artículos escritos por una mujer poeta extranjera siente algo parecido a la nostalgia, pero no una nostalgia por algo que ha perdido sino por algo que nunca ha tenido. Y es que en H es tan difícil encontrar una "poetiza" (perdón si les molesta la palabrita) que logre deslumbrarlo a uno más que con sus versos, si es que tal cosa llega a suceder alguna vez (perdón de nuevo). Aunque esto, en términos generales, aplica para poetas y poetizas: rara vez escribien bien otra cosa que no sea poesía. Pero mejor leamos a Piedad Bonnett, una poeta colombiana que no sólo puede jactarse de escribir buenos poemas:
Alguna vez, siendo jurado de un concurso de poesía en Medellín, asistí a un debate entre mis colegas, dos reconocidos escritores, sobre el libro de uno de los finalistas con mayor opción; aunque tenía muchos aciertos, decían, lo malograba el hecho de que fuera una pobre imitación del poeta X.
Como yo no conocía bien la obra del poeta X, un autor local, no podía terciar en la discusión desde esa perspectiva. Sin embargo, el argumento fue tomando tal peso en la decisión de mis compañeros que finalmente, después de muchos ires y venires, ellos se impusieron y le dimos al libro cuestionado un modesto tercer lugar. Al abrir las plicas pudimos comprobar, con horror, que el libro era del poeta X.
Una de las muchas interpretaciones de este episodio podría ser que un autor se puede copiar a sí mismo; y aunque parezca increíble, mientras mejor lo haga más mal le resultará, pues eso significa que se está repitiendo, pero sin el impulso y la fuerza que su obra tuvo en algún momento. Pecado grave, si tenemos en cuenta que se espera de un artista que no codifique su lenguaje, que se reinvente y no se deje asfixiar por su propio estilo.
Nadie está exento de que esto le suceda, ni los grandes maestros. Y nos duele, cuando de ellos se trata, pues es difícil que una larga vida creativa no termine en agotamiento. Lo vemos en Botero, un pintor extraordinario en sus primeras obras, pero que, víctima de su propio hallazgo, a partir de cierto punto se banaliza; y en García Márquez, ese buscador incansable, genio capaz de escribir El coronel y El otoño, dos obras magníficas y a la vez enteramente distintas, que copia sin la misma potencia su propio realismo mágico en algunas de sus últimas novelas. En todo creador, pues, habita un posible enemigo de sí mismo, cuya amenaza crece a medida que se llega a la vejez. Y se necesita coraje tanto para silenciarse como para asumir que el arte es una búsqueda perpetua.
También le sucede, aunque de otra manera, a Fernando Vallejo, nuestro Bernhard criollo, ese escritor apasionado, en últimas un moralista, que a punta de sarcasmo e ironía ha señalado en sus novelas la mala entraña de “este paisito de mierda” y en general del universo. Después de escribir sus primeras obras, y la extraordinaria biografía de Barba Jacob, Vallejo, un hombre amable en la intimidad, refinó el personaje que inventó para sí mismo y se convirtió en un profesional del escándalo que aprovecha la “fascinación de la cultura moderna por quienes putean”, de la que habla el incisivo Piglia. Es que eso da sus réditos y él lo sabe. Lo vemos, pues, desde hace años, vertiendo frente al público y los periodistas sus viejas ideas, con apenas leves variaciones, e insultando y despotricando, de una manera ya conocida, contra el papa, los presidentes, las mujeres paridoras y todo lo que se le ocurre. A muchos su perorata les fascina. A otros, ya no sólo no nos divierte ni nos convence, sino que nos fatiga. Lástima, porque es fácil compartir sus juicios.
Por los lados del periodismo hay también quienes perseveran en los papeles que se han autoimpuesto, hasta volverse predecibles. Son los idénticos a sí mismos, aquellos cuya mirada se ha petrificado en el tiempo porque para ellos el mundo ya está definido. Y no es que no disfrutemos, al lado del análisis frío de la mayoría, de la aguda perversidad crítica y el humor corrosivo capaz de develar lo que de podrido hay en Dinamarca. Es que el arte de la diatriba, cuando viene en el mismo empaque por años y años, en forma programática, pierde su poder contestatario, su capacidad subversiva. Es más, se oficializa. Y no creo que haya un mayor contrasentido que un rebelde oficial y de oficio. Aunque, como dice un ingenioso poeta amigo, hay una explicación posible: que el que es caballero repite.

martes, 20 de diciembre de 2011

Qué es y qué no es una novela


Portada de la novela de GGMárquez aludida en el artículo.
Con ocasión de una reciente noticia relacionada con García Márquez, el novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez nos entrega en este artículo, publicado en El Espectador, una leccioncita que tendrían que aprender muchos de nuestros "lectores" catrachos, acostumbrados a confundir, con ignorancia y altanería a la vez, algunas cosas elementales:
Hace 17 años, un tal Miguel Reyes Palencia demandó a García Márquez por haber convertido su vida en literatura.
Sostuvo Reyes que el personaje de Bayardo San Román era él, o que él era Bayardo San Román. Ustedes lo recuerdan: aquel hombre misterioso y adinerado que en Crónica de una muerte anunciada se casa con Ángela Vicario, descubre que la novia no es virgen, la devuelve a su familia y pone en marcha la tragedia que acabará con la muerte de Santiago Nasar. Sostuvo Reyes que García Márquez le debía la mitad de las regalías que hubiera obtenido por la novela y que además su nombre, el de Reyes, debía figurar en la portada como coautor. Hace unos días, un tribunal superior de Barranquilla falló a favor de García Márquez y en contra de las curiosas pretensiones del modelo real del personaje ficticio. Y al hacerlo ha recordado algunas verdades sobre la creación literaria que al parecer no son, o no son siempre, del dominio público.
El asunto tiene un lado humano, demasiado humano: el oportunismo. Y no es la primera vez que alguien trata de sacarle tajada al éxito económico de García Márquez con estas estrategias: ustedes recuerdan que ya el marinero cuya experiencia informa el Relato de un náufrago había probado suerte de la misma forma. Con una diferencia: el hecho de que ese relato fuera un reportaje —y no una ficción— podía provocar cierta confusión en gente bienintencionada. Pero alegar que uno es coautor de una novela por el hecho de que su vida ha inspirado la creación de un personaje no sólo es cómico: es delirante. En la (justamente) célebre entrevista con Hemingway, el entrevistador de la Paris Review le dice: “¿Podría usted decir algo acerca del proceso de convertir a un personaje de la vida real en un personaje ficticio?”. La respuesta de Hemingway es: “Si explicara cómo se hace a veces, sería como hacer un manual para abogados expertos en difamación”. Y para oportunistas, añado yo.
Una novela no es nunca las cosas que cuenta, sino cómo se cuentan esas cosas. Tomen ustedes la siguiente historia: una mujer frívola se casa mal, se aburre de su matrimonio, se enreda con uno o dos amantes y la vida se le enreda tanto que acaba en la desgracia. Con semejante material pueden ocurrir dos cosas: una mala telenovela venezolana o Madame Bovary. Un joven confundido comete un asesinato, es perseguido por la policía y acosado por la culpa hasta que decide confesar su crimen, va a parar a la cárcel y allí encuentra la redención gracias al amor de una mujer. Con eso se hace una pésima película de Hollywood o Crimen y castigo. La diferencia, por supuesto, está en las palabras que se escogen, el orden en que se ponen, las escenas o los párrafos que construyen: ese complejo aparato que es una novela es la consecuencia de muchas decisiones, y ninguna de ellas pertenece a la persona real que el novelista usó.
Crónica de una muerte anunciada, ese librito que en mi edición tiene apenas 120 páginas, es uno de los aparatos narrativos más sofisticados de nuestra lengua. Su construcción y su prosa son una maravilla; su falsa estrategia periodística, una lograda osadía. Bayardo San Román es una criatura hecha de lenguaje, y ese lenguaje no es el de Miguel Reyes Palencia, sino el de Gabriel García Márquez. Y eso, me parece, es todo lo que hay que saber.

viernes, 8 de enero de 2010

GGMárquez, una vida



Gabriel García Márquez. Una vida. Gerald Martin. Debate, 2009. 768 págs.

Terminé de leer hace poco Gabriel García Márquez, una vida, la biografía del inglés Gerald Martin del premio Nobel colombiano. Pocas cosas encontramos en este libro que no sepamos ya. No sabremos qué sucedió exactamente con Vargas Llosa para que un día lo recibiera con un puñetazo después de un tiempo de no verse. Tampoco conoceremos al detalle la siempre difícil relación del escritor con su padre. Ni acabaremos, una vez finalizada la lectura, sintiéndonos poseedores de la verdad absoluta acerca del mago de Aracataca. ¿Y esto por qué? Porque García Márquez ha querido que así sea. A pesar de que en una de sus últimas entrevistas concedidas a un medio de comunicación (al diario La Vanguardia de España, el 2008) dijera que Gerald Martin era su biógrafo oficial, nunca quiso darle a éste todas las cartas descubiertas. "No esperes que haga tu trabajo", le advirtió desde el primer momento, pues siempre ha querido mantener distancia entre su vida privada y su vida literaria. Además, el propio García Márquez, por su vocación de fabulador y su sentido del humor, ha hecho circular distintas versiones de algunos episodios de su vida. Y por esta razón, podemos suponer, el biógrafo ha tardado tanto en publicar el libro. Estaba investigando la vida de García Márquez, no pidiéndole al escritor que se la mostrara libremente.

El resultado es una obra minuciosa, rica y de apasionante lectura. Y es que aquí se encontraron el talento del biógrafo y la extraordinaria vida de un hombre extraordinario.

Uno tiene derecho a resentir un poco ese (quizá) entusiasmo desbocado del biógrafo por el biografiado, pero no puede esperarse menos de un hombre que ha investigado, estudiado y desmenuzado la vida de otro hombre durante más de 17 años, por muy insignificante que este último sea, que no es el caso de García Márquez, por supuesto. Es, si acaso, un pequeño defecto que no le resta el mérito a su grandiosa empresa. Una figura de la literatura mundial como Gabriel García Márquez siempre despierta un interés a veces desmedido. Los detalles de su vida no sólo son noticia para el periodismo cultural sino también para la prensa rosa. Y en determinados momentos, posiblemente cansado de tanta especulación alrededor suyo, el escritor se da a la tarea de brindar al público una imagen de sí mismo que no es necesariamente la verdadera.

Cualquiera puede saber que García Márquez tuvo un inicio de vida difícil, que se prolongó hasta su juventud, cuando a los veintipico de años estuvo viviendo en París, trabajando como corresponsal para algún diario colombiano, y llegó incluso a rebuscar en las bolsas de la basura para poder llevarse algo a la boca. Ahí acumuló deudas, hambre y hasta una desventura amorosa, pero nunca se dio por vencido. Tuvo, además, siempre buenos amigos que lo ayudaron en los peores momentos.

Pero el gran mérito de Gerald Martin en esta biografía no es relatarnos los detalles, acaso desconocidos para la mayoría, de la vida del escritor colombiano sino mostrarnos los diferentes matices en los momentos clave de esa vida. Cómo fueron los días del GM niño o adolescente, cómo los del GM periodista en Europa, los del GM pobre, en la miseria, los del GM hijo y los del GM enamorado, los del GM político, los del GM después de publicar sus primeros cuentos en El Espectador o después de publicar Cien años de soledad, la novela que lo catapultó a la fama. Cómo fue la digestión de cada uno de esos acontecimientos de su vida hasta llegar a la concesión del premio Nobel en 1982. Y las razones, documentadas con absoluto rigor, para que actuara de una manera o de otra, para que al fin y al cabo nosotros, sus lectores, acabemos no identificándonos con él, pero sí al menos comprendiéndolo, y para que salgamos otra vez corriendo, desesperados, a la biblioteca o a las librerías en busca de sus libros.