miércoles, 31 de agosto de 2011

Vida en vilo

El poeta Roberto Sosa, sentado en un pupitre de la UNAH-VS, en diciembre de 2010. Fotografía de Gerardo Torres.

A tres meses de su fallecimiento, Roberto Sosa, el poeta que todos consideraban la voz de la conciencia social en Honduras, sigue reclamando la atención de los estudiosos de su obra. El jueves pasado sus familiares y amigos le rindieron un homenaje póstumo en la biblioteca de la UNAH-VS y hoy, Hernán Antonio Bermúdez, uno de los críticos literarios más importantes del país, le dedica un texto en el que rescata su voluntad férrea de escribir aún con todo en contra.
“El escritor no considera de ninguna manera su trabajo como un medio. Es un objetivo en sí; hasta tal punto (…) que brinda en sacrificio la ofrenda del trabajo y cuando hace falta, su propia existencia personal”. Carlos Marx.

No hay un autor que haya dejado un rastro más hondo en la literatura hondureña contemporánea que Roberto Sosa. Ante su ausencia definitiva, ese convencimiento no hace sino afianzarse. Como se sabe, su brillante carrera literaria se vio jalonada por premios y reconocimientos internacionales así como por la traducción de su obra a varios idiomas. Sin embargo, dentro del país no se le ha valorado en la dimensión que merece.
Si bien a un autor se le juzga precisamente por la obra que ha dejado, es necesario decir que Sosa asumió la profesión de escritor no como una actividad secundaria sino como un quehacer vital, es decir, convirtió la literatura en una forma de existencia.
En tal empeño supo combinar su implacable virtuosismo con el sarcasmo y la ironía que constituyen, según Robert Musil, una suerte de profilaxis contra la estupidez de la sociedad.
Se puede afirmar de Sosa lo que dijera Nicolás Guillén del cartagenero Luis Carlos López: “sus versos son los de un gran poeta, amargo, profundo, en quien el sarcasmo es arma ofensiva de superior eficacia”.
Por su parte, Milan Kundera nos recuerda que “la ironía irrita. No porque se burle o ataque, sino porque nos priva de certezas revelando el mundo como ambigüedad”.
No extraña, entonces, que la “sal dulce” (valga ese título oxímoron) de la poesía de Sosa nunca fuera del todo digerida ni su figura integrara el lánguido olimpo de las glorias locales. Es más, Sosa supo disponer los asuntos de tal manera que ni siquiera en ausencia pudieran tocarlo los helados reconocimientos del poder. En esto fue fiel hasta el final a su temple contestatario, ese riesgo que consiguió alejarlo del eterno sainete de la cultura oficial.
Por el contrario, el poeta degustó el habla popular. De allí sus poemas menos literarios y más coloquiales, y aun cuando emplee expresiones callejeras, la fuerza y economía de las formas enriquecen el ritmo de su poesía.
Según Marx, el escritor debe tener la posibilidad de ganarse la vida para poder existir y escribir, pero en modo alguno debe existir y escribir para ganarse la vida. Roberto Sosa tuvo que escribir para ganarse el sustento, e hizo la “travesía del desierto” a fuerza de azarosos menesteres literarios, de labores de editor de revistas, antologías y compilaciones, a menudo desde la “infinita discreción de la humildad”.
Conoció, en consecuencia, sinsabores, dificultades y mezquindades como pocos, y sintió el cerco de la barbarie. Tal es el desfiladero por el que transitan las escrituras de gran calado, que suelen desembocar en el aislamiento y la indiferencia de un ambiente hostil. Y es que, en definitiva, como lo ha demostrado Canetti, es en las palabras donde se encuentra la verdadera rebelión contra el orden establecido.
Que la obra de Roberto Sosa, tras su muerte, se hunda en el olvido o pierda su valor, resulta dudoso, incluso improbable. O, mejor aún, improbable, incluso imposible.
23 de agosto del 2011

jueves, 25 de agosto de 2011

Llegó La danta que hizo dugú!


Ya está en las librerías Liser y Caminante, de San Pedro Sula, Mundo Literario, de Tegucigalpa, y en Amazon.com (en formato kindle) el libro La danta que hizo dugú, de Mario Gallardo, el sexto título de mimalapalabra editores y el primero de su colección "Convergencias". En este libro se reúnen los relatos orales recopilados por el autor en la comunidad garífuna de Masca, al norte de Honduras, precedidos por un amplio estudio introductorio. Nuevamente Bayron Benítez, nuestro diagramador y diseñador, ha vuelto a sorprendernos con un libro físicamente exquisito, como nunca se había visto en la producción literaria de Honduras. A continuación, el relato "El burro y el zope", como entrada a este maravilloso mundo de la tradición oral garífuna de nuestro país:
Había un burro que estaba echado, listo ya para morirse. Pues vino el zope y daba vueltas caminando alrededor para ver si estaba vivo o estaba muerto el burro. Y también vino un gavilán y andaba detrás del zope, y los dos daban vuelta y vuelta alrededor del burro. Y entonces, como cuando uno ya se va a morir abre el culo (risas), pues los dos se fijaron que el burro ya tenía abierto ya su butute (ano). Y cuando el zope vió eso dijo: “Ese ya está muerto”. Entonces el gavilán le respondió: “Vivo”. “Muerto”, volvió a decir el zope. “Vivo, vivo”, dijo el gavilán.
Entonces el zope, que ya tiene ganas de comerse al burro, lo “jurgó” (picoteó). Y el burro no hizo nada de moverse, se quedó quietecito. Entonces el zope le fue metiendo la cabeza adentro del culo, porque allí la carne era más suavecita, y fue metiendo la cabeza y fue metiendo la cabeza… Y cuando ya estaba bien adentro, cuando el zope ya estaba jalando la tripa del burro, pues éste apretó el culo, se levantó y salió corriendo. Y detrás iba el gavilán diciendo “vivo, vivo”… (risas). Y el zope ya no pudo decir “muerto”, porque tenía toda la cabeza metida adentro del culo del burro. Bueno, y en eso el burro le da por tirarse “un gran pedo” y allá fue a caer el zope, bien bolo, todo lleno de mierda. Y el gavilán que se reía y se reía diciendo: “Jurgue, jurgue, el primero el ojo, el segundo el culo”. Por eso es que el zope si halla a un muerto lo primero que le puya son los ojos y hasta después se anima a hurgarle atrás, porque ya llevó una gran jodida.

El Consorcio

Mimalapalabra editores, Editorial Nagg y Nell, La Hermandad de la Uva, Grado Cero Cartonera y Ñ Editores se unieron para formar algo que han decidido llamar "Consorcio Editorial". Esto es algo que nunca se ha hecho en Honduras, país en donde todo está por escribirse siempre, así que resultará interesante ver las cosas que puedan hacer juntos estos sellos editoriales. Cada uno irá publicando algunos libros en varios géneros en el transcurso del año, así que prepárense, porque esto será la revolución editorial en Honduras.

viernes, 19 de agosto de 2011

Fallece Raúl Ruiz, director de Utopía


Raúl Ruiz flanqueado por Catherine Deneuve (izq.) y Emmanuelle Béart en Cannes, en 1999- ASSOCIATED PRESS.


Acabo de leer en El País la noticia de la muerte de Raúl Ruiz, el director de la hermosa película hondureña Utopía, en la que actúan, entre otros, Eduardo Bähr y Armando García.

martes, 9 de agosto de 2011

El partido de la muerte


Los jugadores del Start -con camiseta oscura- y los del Flakelf posan juntos después del segundo partido que los enfrentó, el 9 de agosto de 1942.
Recuerdo una historia parecida a ésta en una película en la que aparecían, entre otros, Silvester Stallone, Pelé y Michael Caine. ¿Estará hablándonos Juan Villoro en este texto acerca de los hechos que la inspiraron? La nota es de El País:
En 1942, durante la ocupación nazi de Kiev, los antiguos miembros del equipo Dínamo trabajaban en la Panadería 3.
En verano ocurrió uno de esos milagros que el sol trae en los países fríos: se volvió a jugar fútbol. Los panaderos comunistas formaron el equipo Start. Golearon a un par de escuadras ucranias y a un equipo húngaro.
El 28 de julio Stalin promulgó la Orden 227, que se resumía en cuatro palabras: "Ni un paso atrás". La tensión aumentaba en Kiev cuando el Start enfrentó a un equipo alemán, el Flakelf.
Los ucranios cumplieron en el campo la Orden 227: ganaron 5-1. El deporte era un eje decisivo de la ideología nazi. En 1936, cuando Noruega derrotó a Alemania en la Olimpiadas de Berlín, Goebbels escribió en su diario: "100.000 personas abandonaron el estadio deprimidas. Ganar un partido puede ser más importante que conquistar algún pueblo en el este". El Flakelf exigió la revancha.
El segundo juego se celebró el 9 de agosto. El árbitro era miembro de las SS y el equipo alemán recibió refuerzos (no se trataba de cracks, pero sí de aviadores mejor alimentados).
Antes del partido, el árbitro visitó a los ucranianos y pidió que al salir a la cancha hicieran el saludo nazi. Sobrevino una polémica que llevó a la típica conclusión de izquierdas: la discrepancia. Sin embargo, cuando el Flakelf gritó "Heil Hitler!", en forma espontánea, los panaderos exclamaron: "FizcultHura!" ("¡Viva el deporte!", lema de los equipos soviéticos).
El Start jugaba con camiseta roja porque no tenía otra. El accidente cromático contribuyó a la rivalidad. El árbitro toleró el juego rudo de los alemanes como si sus patadas fuerzan permitidas por el Convenio de Ginebra. Aun así, el primer tiempo terminó 3-1 a favor del Start.
En el medio tiempo, un oficial les advirtió de las consecuencias de ganar. Esta vez la unanimidad en el vestuario fue instantánea: el partido terminó 5-3 para los ucranios.
Durante décadas se ignoró lo que pasó después. Una leyenda aseguraba que los futbolistas habían sido fusilados. La tragedia tuvo otro signo: un jugador fue torturado hasta la muerte y los demás fueron llevados al campo de concentración de Siretz.
En cautiverio, los panaderos de Kiev recibieron una ración de 150 gramos de hogaza al día. El 24 de febrero, el comandante del campo enfrentó la nieve y la hambruna con una aritmética de delirio: uno de cada tres presidiarios fue liquidado. Tres miembros del Start cayeron ese día.
Cuando el Ejército Rojo recuperó Kiev en noviembre, la población había descendido de 400.000 habitantes a 80.000. El alivio fue relativo para los jugadores. En un ambiente paranoico fueron vistos como colaboracionistas. El primer reportaje sobre el tema se publicó en 1959.
La gran jugada del "partido de la muerte" no fue un gol. Alexei Klimenko sorteó a la defensa del Flakelf y llegó a la línea de cal. En vez de empujar el balón a las redes, lo pateó al centro del campo.
Los nazis no soportaron ese gol fallado adrede. Acaso por ello, el más joven del equipo fue uno de los tres que murió en Siretz, con un tiro tras la oreja.
Klimenko hizo la jugada más valiente en la historia del fútbol. Solo ante la portería, demostró a sus verdugos que no era como ellos: les perdonó.

miércoles, 3 de agosto de 2011

O’Henry en tierras catrachas


Para quienes creían ya olvidada nuestra sección "El discreto encanto de la H", en la que recogemos todas las citas sobre nuestra Honduras que vamos encontrando en los libros y en internet, aquí les va la última. Se trata de un libro que publicará en septiembre el escritor José Ovejero con la editorial Alfaguara. El libro se titula Escritores delincuentes y en él Ovejero comentará el caso de varios escritores que fueron encarcelados. Pero vamos a lo que nos compete: el caso de O’Henry en tierras catrachas, adelantado por Nuria Azancot para El Cultural (y encontrado en el blog Moleskine Literario):
A veces los escritores-delincuentes tienen mucho cuento, y se convierten, como en el caso de O’Henry, en maestros del género tras su paso por la prisión. Su verdadero nombre era William Sydney Porter (1862-1910) y simultaneaba su trabajo en el First National Bank con el alcohol, sus escritos en un semanario humorístico llamado The Rolling Stone, y una desdichada vida familiar. Acusado en 1895 de desfalco, no ayudó mucho a sus defensores al huir en julio de 1896 rumbo a Honduras. La noticia de que su mujer estaba agonizando le hizo regresar a Estados Unidos, donde fue juzgado y condenado a cinco años de cárcel, aunque sólo cumplió tres por buena conducta: mientras, escribía los relatos a los que debe su fama.

lunes, 1 de agosto de 2011

Así murió un chino

Escena de la película El complot mongol.

El texto que sigue es el inicio de la novela policiaca La melancolía del karateca, obra de un autor de la costa norte hondureña que, por ahora, prefiere ocultar su identidad bajo el seudónimo Gualberto Posadas. El personaje, Antúnez, es un detective sampedrano que decidió serlo luego de ver la película mexicana El complot mongol en el cine Lux del barrio Medina, lugar en el que vive y por el que se mueve buscando pistas en la década de los 80. Un día recibe una visita que se traduce en oferta de trabajo: la búsqueda de un chino muerto, y desde entonces empieza su aventura.
El detective privado Francisco Antúnez estaba seguro de que todo le ocurría intempestivamente. Se sentía viejo, sabio y lento y le habían pasado mil cabronadas y por eso no tenía duda de que era lo bastante jugado para decidir que todas las cosas le sucedían cuando menos las esperaba.
Siempre que pensaba en eso recordaba el día de 1979 en que decidió convertirse en detective después de ver la película mexicana El complot mongol, con Pedro Armendáriz y Blanca Guerra, en una tanda nocturna del cine Lux. La decisión fue tan intempestiva y lo tomó tan de sorpresa como todo en su vida. Ese día, Antúnez había terminado de mercar incienso y jabones Don Simón con sus prospectos reglamentarios y folletones ilustrados con oraciones infalibles contra las malas influencias y para conseguir el éxito en el amor y los negocios en un puesto de santeros del mercado Rápido y al salir de su trabajo se encontró en la sexta calle, bajo el sol purpúreo, con dinero suficiente para hacer una de tres cosas: visitar a una de sus tres putas predilectas en los cumajones, comer pollo, tajadas de guineo verde fritas y rodajas de chile jalapeño en el puesto de doña Meche o ir al cine a imaginarse que era Jimmy Wang Yu en La guillotina voladora o Charles Bronson en Los caballos de Valdez. Había una cuarta posibilidad que era, en realidad, una especie de combinación de las primeras tres: cambiar sus novelitas Bruguera de vaqueros, espías y monstruos en la librería de don Quintín, comprar pollo para llevar y comer en su cuarto, mientras leía a Clark Carrados o Keith Luger, y levantarse de vez en cuando para estar pendiente del momento en que su vecina saldría del único baño de la cuartería con una toalla apretada contra las tetas. No tenía hambre y, aunque en esa época aún podía considerarse joven, sentía que por algún motivo todavía indeterminado se le habían quitado las ganas de hacer el amor. Sólo le quedaba el cine. Se entretuvo caminando por las anchas calles del barrio Medina, donde había nacido treinta y dos años antes, se dio el lujo de comprar mango verde con chile, sal y pimienta y un paquete de Royales y se fumó cuatro puchos sentado sobre una pila de ladrillos frente a un taller mecánico. A las seis y media se fue al cine, pagó su boleto, contó el dinero que le quedaba, calculó si era suficiente para comprar una coca-cola y churros, decidió que ya había gastado más que suficiente, se emocionó mirando los carteles de películas mexicanas y chinas y entró a tiempo para ver las extras. Se acomodó en el asiento de madera, vio a su alrededor en busca de algún conocido y no encontró a nadie. Mejor. No le gustaba que uno de los vagos del mercado lo interrumpiera cuando se divertía. Apoyó las suelas de los tenis en el asiento de enfrente y miró las aspas de los enormes ventiladores y el techo desde cuyos agujeros algún murciélago ensayaba un vuelo siniestro y fantaseó, como tantas otras veces, que uno de los ventiladores se desprendía y les partía el cráneo a los espectadores. Exhibían dos películas. Primero pasaban El complot mongol y después La furia del dragón, con Bruce Lee. Cuando el Mico le había contado que exhibían ese doblete en el Lux, Antúnez creyó que se trataba de dos cintas chinas y se alegró porque le gustaba el gran arte. Pero el comienzo de El complot mongol lo inquietó. La película mostró que era una mexicanada desde que aparecieron los títulos con los nombres de los actores. Se sintió mejor al recordar que de hecho le encantaban las mexicanadas, aunque en el fondo de su mente, mientras miraba a Pedro Armendáriz hijo enfrentándose a matones asiáticos y a Blanca Guerra con un maquillaje de china que no ocupaba porque sin él ya parecía más nativa de Hong Kong que el mismo Wang Yu, siguió sintiéndose ligeramente estafado. Cuando pusieron el rótulo FIN, Antúnez estaba tan extasiado que tomó la decisión de hacerse detective. Esa determinación fue tan intempestiva como la que lo había alejado de la casa de sus padres en el litoral o como la que lo llevaba de un trabajo a otro, cada uno peor pagado que el anterior, algunos increíblemente peligrosos y otros, decididamente anestésicos.
De esa manera comenzó todo.

sábado, 30 de julio de 2011

La danta que hizo dugú en Amazon.com


La segunda edición del libro La danta que hizo dugú, de Mario Gallardo, con una nueva portada y diagramación a cargo de Bayron Benítez, está a punto de salir de imprenta como primer título de la colección Convergencias de mimalapalabra editores, pero antes quisimos adelantarnos colgándolo en Amazon.com. Así que aquí lo tienen (clic clic clic), en formato kindle, para que puedan adquirirlo desde cualquier parte del mundo.

lunes, 25 de julio de 2011

JJ Bueso: “En tus inicios tenés derecho a ser irreverente”


JJ Bueso.
Cualquiera que viva en una de nuestras ciudades ha oído hablar alguna vez del “negocio de los masajes” pero pocas veces se conocen los detalles de éste, como los que ofrece el siguiente fragmento de la novela Fastidium, de J.J. Bueso, de próxima aparición en el mercado literario nacional. La nueva narrativa hondureña tiene en este texto una muestra de esa urbanidad y de esa desenvoltura que la caracterizan:
Los buhoneros me ven pasar, veo su rostro de barro y su mirada de submundo. Camino acercándome a especímenes en proceso de engorde con melenas femeninas vendiendo prendas a 6 lempiras cada una. Trenecitos humanos avanzan a diestra y siniestra, chocan, se amontonan, obstruyen mi camino y el de los hormigos locos asechando al transeúnte inseguro con navajas oxidadas y culpables. Me he detenido un segundo dudando de todo por un instante, una sensación marica, sapiente, inoportuna trata de frenarme. La empresa cíclica de la incertidumbre encuentra siempre situaciones sospechosas, miedos ancestrales, ojos escondidos en algún escaparate. Ni mierda, hay que seguir, hay que asegurarse de lo incierto, caminar sin vacilar, decidirse, dejarse de paranoias. Encuentro el lobby del hotel “San Judas”: habitaciones sencillas y con aire, servicio a la habitación, agua caliente, televisión por cable. Subo las gradas y un recepcionista malicioso parece adivinar mis pensamientos, le digo con voz nerviosa, habitación 12, señala, me ve, me sigue con mirada gélida, expectante. Filas de aires acondicionados gotean por el pasillo, puertas marrones parecen latir más fuerte mientras camino: 7, 8, 9, 10, 11…
Me abre una rubia de estatura media de entre 18 y 20 años, ojos pequeños y bonitos, cabello recién planchado. Platicamos, nos ponemos de acuerdo, nos entendemos sin objeciones. El látex resbala adentro y afuera con convicción, ella tensa las piernas y gime con el mismo ánimo de mi ritmo. Sus pezones son apetitosos, como de chocolates Hershey´s, sus caderas al arquearse revelan un par de libras extra, su piel es color miel, su entusiasmo en las posiciones me revela simpatía. -Nicol, así me llamo. -20 años, ¿y usted? -Hace poco estoy en esto. -Sí tengo, está en los Estados Unidos. -No, no sabe nada al respecto. -Estudio, me estoy graduando, seré enfermera. -¿Por qué no quiso que le hiciera el masaje? -¿Cómo le parecí?, ¿le gustó? -¿Va a regresar? -¿No?, ¿por qué? -Entonces no le agradó cómo se lo hice. -Ok, está bien, al menos yo sí lo estaré esperando. -Tal vez nos veamos otra vez, ¿no cree? -Bueno, que le vaya bien.
Hay una colilla de cigarrillo todavía encendida sobre las gradas que ahora bajo, el negocio va en alza. Veo de reojo al recepcionista y comienzo a pensar que no me irá muy bien en esta nueva ciudad, a lo mejor el desencanto no se vaya jamás. Los escaparates del mercado son esqueletos con intestinos a veces vegetarianos, compro una manzana y sigo caminando con un par de reflexiones. Estaré bien, lo peor ya ha pasado, todo se resume en un par de pastillas anticonvulsivas, de lo demás me encargo yo sin ayuda de nadie.

La entrevista:
San Pedro Sula se ha convertido en un escenario recurrente entre los últimos narradores de la costa norte. ¿Será que empieza a construirse la mitología literaria de la ciudad?
La imagen de esta ciudad está impregnando nuestra literatura y creo que en San Pedro Sula vemos a la ciudad tercermundista que es, no es una imagen que busque repetir esa tontería de “La Gran Ciudad” sino todo lo contrario, aunque en mi caso, la veo desde la óptica de un inmigrante, porque no nací aquí, y observo el día a día de los sampedranos de manera diferente.
Muchos cuestionan el ánimo desafiante de tu generación. ¿Qué podés decir ante eso?
En tus inicios tenés derecho a ser irreverente, a plantear las cuestiones de manera irreverente, que busquen desafiar a las generaciones anteriores. Así como nosotros desafiamos a la generación inmediatamente anterior a la nuestra, otros vendrán a desafiarnos a nosotros, y eso es saludable para la literatura.
¿Estás de acuerdo con tu colega Darío Cálix en cuanto a que los narradores hondureños son demasiado tímidos a la hora de escribir sobre erotismo?
No es cuestión tanto del autor. Un escritor puede llegar a escribir muy bien sobre el erotismo, la cuestión está en que hay cierto temor a la hora de publicar un texto sobre ese tema porque muchos piensan en las críticas que vendrán y se autocensuran. Creo que piensan demasiado en el lector, y eso es algo que quizá esté cambiando en mi generación.
¿Cuál es tu argumento para decir “aquí estoy, soy un nuevo narrador hondureño, párenme bola”?
El mejor argumento siempre será el texto impreso y publicado porque eso no va a engañar nunca a nadie. Podrás hablar mucho, dar opiniones interesantes, ser irreverente, pero a la hora de la hora lo que importa es la obra.

lunes, 18 de julio de 2011

Oleada de literatura en la costa norte para el 2011


José Raúl López, Giovanni Rodríguez, Jorge Martínez, JJ Bueso y Darío Cálix son
algunos de los escritores que publicarán nuevo libro este año en el norte hondureño.
La nota publicada hoy en diario Tiempo, pero aquí corregida, aumentada y sin manos extrañas:
En el inicio del prólogo que escribiera el crítico literario hondureño Hernán Antonio Bermúdez para una novela publicada en esta ciudad en 2009 señalaba que “El eje de la narrativa hondureña parece haberse desplazado a la costa norte”. Esta frase, que en ese momento era sólo una opinión primaria, en los últimos dos años pero sobre todo en este 2011 cobra mayor significado.
Al menos unos 24 libros de literatura, 14 de ellos de narrativa, se habrán publicado en esta ciudad al finalizar el año, una estadística sorprendente, considerando que ha sido Tegucigalpa la ciudad que durante mucho tiempo llevó la pauta en cuanto a publicaciones literarias en Honduras.

Editoriales
Aunque no es el único factor, el surgimiento de algunos sellos editoriales ha sido determinante para que se produzca esta eclosión editorial en la costa norte pues los autores que empiezan a formar parte de sus catálogos ya no necesitan dirigir la mirada hacia la capital en busca de editores, diagramadores y diseñadores de libros.
Algunas de estas editoriales, como las sampedranas Mimalapalabra y Nagg y Nell, surgieron en 2009 con libros de poesía y narrativa y cuentan con tres y cinco títulos publicados hasta la fecha, respectivamente. Pero otras como La Hermandad de la Uva, Grado Cero Cartonera y Palapan, las primeras dos sampedranas y la tercera progreseña, aparecen por vez primera en el mercado editorial hondureño.

Nuevos títulos
Títulos como Entre el parnaso y la maison, una recopilación de textos narrativos de 10 autores sampedranos, publicada por Gustavo Campos en la editorial Nagg y Nell en abril o 15° Norte. Narradores del Valle de Sula. 1991-2011, que aparecerá a finales de año bajo la dirección de Mario Gallardo en Mimalapalabra Editores, dan cuenta de este “boom” de las letras en la costa norte de Honduras.
También en narrativa, el 2011 verá en San Pedro Sula la aparición de varias novelas. Dos de ellas son Poff, de Darío Cálix y Fastidium, de J.J. Bueso, ambas con La Hermandad de la uva, una editorial que pretende aglutinar el trabajo literario de la más reciente generación de escritores noroccidentales.
El libro de cuentos Sobre la locura, del progreseño Martín Cálix, aparecerá bajo el sello editorial del colectivo Palapan, acompañado por dos libros de poesía: La casa de los locos, de John Connolly y El canto de las estaciones, de Javier Hernández.
Un curioso proyecto resulta ser Grado Cero Cartonera, el sello de los Poetas del Grado Cero, que publicará la sorprendente cantidad de 10 libros en ediciones artesanales, utilizando materiales reciclables y empezando por las novelas El mundo es un puñado de polvo, de Jorge Martínez y Con la lluvia en los ojos, de Luis Ávila.
Además, tres libros de ensayo, el poemario Las causas perdidas y una colección de relatos, también de Jorge Martínez, y tres poemarios más de Karen Valladares.
En el género del ensayo, Mimalapalabra Editores reeditará este año dos libros indispensables para entender el campo literario que cada uno de ellos aborda: La danta que hizo dugú, de Mario Gallardo, un estudio sobre la tradición oral garífuna en la comunidad de Masca, acompañado de relatos orales de los pobladores, y Afinidades, reseñas y ensayos de Hernán Antonio Bermúdez sobre libros hondureños.
Además, Giovanni Rodríguez lanzará, bajo el título Café & Literatura una colección de 50 artículos publicados durante un año en un diario guatemalteco, acompañados por algunas reseñas de libros hondureños.
Recientemente aparecieron Extranjero, de Murvin Andino, el quinto libro de Mimalapalabra Editores, cuarto de su colección de poesía, Infinito cercano, el primer libro de cuentos de Jessica Sánchez, bajo el sello guatemalteco Letra Negra Editores y la antología de poesía Cuarta dimensión de la tarde, que reúne a poetas cubanos y hondureños. Música del desierto, segundo libro de cuentos del limeño Dennis Arita, se publicará este mes con el sello Orbis.